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Con voz propia

España: Sólo un año después

La sociedad de España, un paisaje en la batalla, reflexiona el escritor Antonio Hermosa

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Pobreza en España. Foto: perfil de FB/Rafael Narbona

Antonio Hermosa Andújar*

Un año, apenas un año de la victoria electoral del PP, y ya la sociedad española es un paisaje después de la batalla. En un sólo año ha agravado todos los males que marcaron el final de la era Zapatero, ha dado vida al resto de peligros que la amenazaban y muerte a las expectativas de sobrevivir a la crisis de manera reconocible a lo que había antes de su estallido. Un solo año y el PP tiene el mérito de, al menos, dar la impresión de haberse llevado el futuro por delante.

Mucha prisa tenía en aquel entonces el PP por llegar al poder. La tiene por naturaleza, porque sus mandarines piensan que ésta es una tierra que les pertenece por derecho divino (o eclesiástico, en aras de la precisión), y la tuvo en extremo en la segunda mitad del mandato socialista. En la práctica, el PP se olvidó de la política, de sus funciones y obligaciones como principal partido de la oposición y, naturalmente, de sus fatuas promesas de actuar en pro del interés de “todos los españoles”.

Infundios y descalificaciones devinieron la parte principal de su quehacer público (por no hablar de su familiaridad innata con la corrupción); infundios y descalificaciones que no sólo se centraban en el gobierno, sino que se repartían con prodigalidad similar por otras instituciones del Estado –magistratura, policía-, en relación con las cuales hicieron uso de una doble vara de medir en función de sus intereses, de su pasión por empuñar el poder: el fin que justificaba cualquier medio.

El PP se enrocó tanto en torno a su cavernícola ombligo, se encastilló hasta tal punto en su ambición desenfrenada, que durante la legislatura anterior a menudo se vio al gobierno hacer causa común junto al resto de la oposición contra él: tal y como hoy día, gobernando por mayoría absoluta, se ve al conjunto de la oposición formar un frente común contra él (como también a sectores sociales antes enfrentados entre sí). Pequeños detalles ésos que nos ilustran de su concepto de democracia tanto como de su forma de practicarla. O si se prefiere: de su ínfima capacidad para sobrellevar la democracia.

¿Cuál puede ser el temple democrático de un partido que con frecuencia se queda aislado, cuál la visión del mundo que en los hechos no pacta con los demás, cuál el respeto que éstos, sus cosmovisiones y sus prácticas, le merecen? Pero como una imagen puede valer más que mil palabras, recordemos la que sintetiza todo el quehacer del PP en un momento crítico de la legislatura anterior, salida de la patriótica boca de esa joven promesa de la economía que es el varias veces ministro Montoro con ocasión de un debate parlamentario (según afirmara una diputada de Coalición Canaria): “Mejor si se hunde España; así la rescatamos nosotros”. En relación con la comprensión de la realidad, ¿cuánta culpable inocencia cabe en una frase así, cuánta prepotente ingenuidad? Sólo la perversidad que rezuma las sobrepasa de lejos.

Lo notable fue la transmutación de la prisa en una calma chicha cuando se produjo el acceso al poder. La crisis seguía apremiando con sus urgencias; la dueña ilusoria de Europa ya le había hecho llegar desde Alemania sus órdenes con su felicitación, y la nave requería urgentes decisiones para mantenerse a flote. Pero nada se movía, y la razón, la patriótica y democrática razón, era que las elecciones andaluzas habían sido fijadas para el 25 de marzo del año siguiente, y a la espera de monopolizar el control de ese territorio para hacer aún más total su poder y ejercerlo de manera más absoluta, el presidente del gobierno demostró que le importaba un carajo y todo cuanto antes decía importarle, de modo que hizo lo que mejor se le da: hibernarse. Sangre fría se llama eso, y probablemente ningún cocodrilo lo habría hecho mejor. ¡Qué premonitoria lección de abuso de poder se impartía ahí antes de ponerse el mono de faena y sin mover un sólo músculo!

Ganaron las elecciones andaluzas sin ganar el gobierno andaluz, y entonces sí: entonces la máquina del autoritarismo se puso en funcionamiento por sí sola y allí fue Troya. O sea: mostraron lo que son. Con la excusa de contener el déficit en el 6.3% impuesto por Europa, se entregaron como posesos a alumbrar su programa oculto, que contradecía todos sus compromisos y todas sus promesas más solemnes yacentes en su programa electoral, que no es sino el contrato no firmado que un partido contrae con el conjunto de la sociedad durante la campaña electoral. Y el programa oculto desmentía no sólo las afirmaciones del explícito, mero eco de sus críticas al gobierno de Zapatero –aún hoy, con la excusa de la herencia recibida, chivo expiatorio de sus desmanes-, sino que al aplicarlas en toda su crudeza, al repetir en muchos casos las medidas de su antecesor enconadas, revelaban también el producto final de sus intenciones.

Si durante su travesía por la oposición habían obrado como si creyeran su propia mentira –que España tenía solución: bastaba con cambiar de política cambiando de gobierno-, ahora, ya desde el gobierno, aplicaron dicha política. Y el resultado no puede ser más desolador: la carrera por acabar con el Estado del bienestar –a veces, se diría, con el Estado en sí- a fuerza de crear no una pura economía de mercado, sino una sociedad de mercado.

Toda la ristra ignominiosa de medidas adoptadas, violando sin cesar sus juramentos más solemnes, insisto, tienen al aludido estado de naturaleza por finalidad suprema y consciente. Postrarse ante la banca, la subida del IVA, el IRPF y otros impuestos, el añadido de medio millón más de parados a los millones ya existentes, las restricciones infinitas a la investigación y la ciencia, clave de la vida autónoma de todo país con aspiración a serlo, las restricciones infames a la Educación y a la Sanidad, la tendencia imparable hacia la privatización de ambas, el descenso real de las pensiones, etc. La sociedad española es un gélido paisaje de tierra quemada actual y de desolación ante el futuro inmediato, sólo auto-rescatada por las lecciones de solidaridad que ha descubierto y practicado en su interior desde el fondo del abismo en el que se halla. Y como una imagen, dije, puede valer más que mil palabras, apelemos a otra que en esta ocasión sintetiza el objetivo del PP, que va más allá de lo que le exige Europa: al tiempo que todo eso deja sin aliento a la sociedad española, el gobierno de España se humilla ante un magnate estadounidense extremista que le exige el oro y el moro por instalar su casino en España.

El oro y el moro: una nueva ley de expropiación de terrenos, impedir la presencia sindical entre los trabajadores, despido gratuito, etc. Y, por si fuera poco, esto: el rico que pierda sus buenos dineros jugando en el casino podrá desgravar en su declaración de la renta parte de las pérdidas. En suma: desgravación por pérdidas en el juego frente a recortes brutales en la Sanidad o en la Educación: he ahí el modelo social del PP.

Crear y acentuar las diferencias entre ricos y pobres, pauperizando a la clase media, son elementos clave del mismo, y a él tienden otras medidas particulares tomadas desde diversos ministerios: la preferencia por la educación privada fijada por el torito Wert, la amnistía fiscal concedida por el ínclito Montoro, al que, una vez más, le ha salido el tiro por la culata; las nuevas tasas en el ámbito judicial fijadas por Gallardón -la babosa que cree ser águila-; la vitalicia congelación de los salarios a los funcionarios, los recortes añadidos a los recortes en Sanidad con los que se obsequia a los inmigrantes irregulares, ya que no deben ser humanos al no ser españoles o no tener la cartilla sanitaria en orden, con los que la ministra Mato pretende hacer de un plumazo honor a su apellido (igual le habría gustado más convencerlos de la bondad de su medida, sólo que para ello es menester no ya dialogar, sino más lisa y llanamente hablar, algo imposible para una ministra en cuyas frases no cabe sintaxis alguna).

Con su modelo de sociedad de mercado el PP hace la vista gorda ante hechos tan comunes y evidentes como que no todos los fracasos sociales tienen la raíz en los deméritos de los fracasados; que no toda la pobreza es culpable de haraganería o de indolencia; que no todo sufrimiento es azaroso ni da enseguida con sus paliativos; que hay marginados dispuestos a ganarse una segunda oportunidad, etc. Difícilmente habrá respuesta para todo esto sin la ayuda estatal; lo fácil será constatar la ampliación del infierno en la tierra.

Pero no todo son malas noticias: que le pregunten a Angela Merkel si alguna vez ha escuchado algún reproche de cualquiera de sus vasallos; alguien que le diga que están hartos de pagar los fantasmas alemanes y sus correspondientes avisperos de prejuicios; que se van a oponer a la renacida esencia alemana, que ingenuamente Mitterrand -quien la creía inextirpable- pensaba detener con la creación del euro cuando dos guerras mundiales no habían logrado más que refrenarla temporalmente, y que hoy día consigue los efectos políticos a los que propendía desde el terreno económico, y hasta le pagan por ello.

Ningún vasallo le dice eso a la aparente dueña de Europa, y menos su lacayo español, que recibe órdenes sin pedirlas de una teórica igual, y que siempre promete ser el primero de la clase, aunque luego incumpla los deberes que le dictan sus amos, como rebajar el déficit público hasta el 6.3%. Tendrán que ser una vez más los hechos, con las voces que les hacen de eco y que provienen desde el corazón de la propia Alemania, los que acaben por disuadir a Merkel de que la tierra quemada que ha creado en derredor suyo está ya dañando las exportaciones alemanas, es decir, llenando de nubarrones su horizonte. ¿Pero quedará algo reconocible de lo que un día fue la Europa del Sur cuando llegue ese momento?

Hay más sujetos que tampoco naufragan en la situación actual. No sólo los beneficiarios de tanta reforma laboral o no sólo los beneficiarios de la emancipación del dinero de la política, que se permiten el lujo de crear crisis financieras, económicas, sociales y políticas de un solo golpe y luego cobrar indemnizaciones millonarias por un trabajo tan cualificado. Y, sobre todo, no le cabe queja alguna al paraíso fiscal por excelencia que tan amorosamente cultivamos en España: la Iglesia Católica.

Con su imposición de la religión como asignatura curricular y las exigencias correspondientes de poner como alternativa una asignatura seria, a fin de que los alumnos elijan catequesis -de la que tan necesitados están en lugar de matemáticas o comprensión lectora-, y de sepultar por fin la educación para la ciudadanía, la Iglesia Católica, que mantiene los demás privilegios de que ha gozado a lo largo del eterno Ancien Régime que es la política española en relación con ella, demuestra que el PP no es en ciertos aspectos sino la putita política de la que su chulo, insaciable y amoral, se sirve como de una marioneta cada vez que toca.

Pasaré por alto el contencioso creado entre Cataluña y el Estado, al que con su galanura de “toro bravo”, según el propio Wert ha dicho ser cuando alguien le critica, tanto ha contribuido a favorecer a base de cornadas al modelo de inmersión lingüística catalán y demás exquisitices ideológicas. Me detengo en una última reflexión al hilo de cuanto ha sucedido.

Visto el ejercicio del poder por parte del gobierno del PP, favorecido por la mayoría absoluta de que dispone en el Parlamento, una conclusión se impone: es imprescindible una renovación constitucional que, si no impida, al menos obstruya en la posible la formación de mayorías absolutas. Hay varios expedientes posibles, desde una reforma en sentido más proporcional de la actual ley electoral hasta la supresión de la prima de diputados concedida al partido ganador de las elecciones cuando gracias a la misma obtenga dicha mayoría autoritaria.

Se trata de mantener la proporcionalidad entre voto y representación que impida al partido mayoritario en las urnas convertirse de hecho en partido único en el Parlamento, imponiendo así su cosmovisión política al conjunto de la sociedad, pese a que ésta supera en número a la sociedad parcial que votó a favor del partido finalmente ganador. Si es necesario, se debería transformar España en una circunscripción única, y en todo caso, con las circunscripciones actualmente en vigor, el reconocimiento de una mayoría absoluta parlamentaria debería aceptarse únicamente si dicha mayoría absoluta se da en el conjunto de las autonomías.

Así se evitaría que un partido se saltara caprichosamente la Constitución al tiempo que dice venerarla y aun la convierte en muro contra las reformas propuestas por partidos minoritarios –lo cual, a su vez, conformaría un requisito para que la nueva Constitución refundara el pacto social fijando un plan de futuro que liberara en gran medida al país de su propia historia, dos caras de la misma urgencia. Una coalición de gobierno no tiene por qué dificultar la acción del mismo, tanto si es estable por fundarse en un pacto de legislatura como si no, y tiene además la ventaja de adecuarse en su mayoría política a la mayoría social que la sustenta. En cambio, toda mayoría absoluta, en cualquier democracia, es en principio perversa, con independencia del uso que posteriormente se haga de ella. Si ese lugar es España, y el partido mayoritario es el PP, ya sabemos que el final de la legislatura puede coincidir con el final de la sociedad del bienestar e incluso con el final del propio país.

*El autor es filósofo español, académico de la Universidad de Sevilla.

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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