Connect with us

Arteleaks

En el corazón de la apachería: Una larga fila de flechas

El en corazón de la apachería es la serie de crónicas literarias sobre el genocidio y cultura apache por el escritor Vinicio Chaparro

Avatar

Published

on

Imagen anónima de la red

Por Vinicio Chaparro

Capítulo Uno

Capítulo Dos

 

Crónica

Capítulo Tres

 En los tiempos de La Apachería aún no existía lo que hoy es la ciudad de Nuevo Casas Grandes, entonces solo había un poblado llamado Casas Grandes, al que hoy los lugareños llaman El Pueblo, para diferenciarlo de la joven y gran ciudad que domina la región del corazón de La Apachería.

Pues a El Pueblo fuimos a presentar el libro El Otro lado de la luna. Un lugar con historia. Ahí se encuentran las ruinas de la gran ciudad prehispánica de Paquimé.

Anazasis, apaches, paquimeítas, chichimecas, poblaron esta región mucho antes de que la cultura que llegó del occidente viniera a destruir a estas grandes culturas americanas. Hoy tenemos que escarbar mucho en la tierra de nuestros ancestros para tratar de reconstruir el pasado de estos lugares, nuestro pasado.

A eso íbamos a El Pueblo, a tratar de reconstruir nuestro pasado. El pasado de todos los chihuahuenses y de mucha, mucha otra gente, la que aún tiene sangre rebelde. Los de sangre mansa (o mensa) todavía celebran el descubrimiento de América, (perdón por la ofensa, pero es cierto) y algunos genuflexos todavía llaman a España, la Madre Patria.

La comitiva era enorme: Miguel Méndez, Carlos Chávez y un servidor. Era enorme, ya verán por qué.

Pues resulta que llegamos al lugar donde se haría la presentación del libro y, no lo van ustedes a creer, pero no había nadie. Ni un alma. Cero multiplicado por cero. Unas cinco sillas desordenadas y un estrado que parecía no haber sido usado en años nos recibieron con total parsimonia.

No había indios, pensé; mejor, menos flechas.

Las heridas de la tarde anterior aún dolían, ya no quería más pedernales expansivos alojados en mi cuerpo. Traté de convencer a Miguel y Carlos que en ese momento suspendiéramos el evento, pero los desgraciados apaches modernos son peor de aferrados que los antiguos. Enfrente había una plaza, dos puestos de artesanías adornaban el lugar, uno de ellos era de huicholes de trajes coloridos.

-Bueno, en vista del éxito obtenido, podemos ir en paz, a platicar con una buena botella de sotol, ya saben que el sotol saca cosas que el hombre calla-, dije en voz alta y clara.

-No, no, no, no. Esperen-, dijo Miguel y, volteando a ver a Carlos, con una sonrisa siniestra, expresó con ánimos de apache aferrado, -¿Vamos a invitar a la gente que está en los puestos y dando vuelta a la plaza?

-Vamos-, secundó Carlos.

-Hijosdesú, ¿serán capaces?-, pensé mientras decía, -Yo aquí los espero, mientras voy a ver si consigo unos tabacos-, lo dije escéptico e incrédulo, que es lo mismo.

El público forzado sería un seguro fracaso.

-Están locos si piensan que la gente que hay en la plaza iría a escuchar nuestros discursos apachosos-. Y me fui.

Al regresar, de pronto empezó a entrar gente al salón. En una docena de minutos se aglomeraron casi 30 parroquianos curiosos que, con cara adusta, buscaban un lugar donde sentarse. Se hizo un pequeño caos silleril, pero Carlos, que no había regresado después de recorrer la plaza, llegó sorpresivamente con una trocada de sillas de Coca Cola. O de Carta Blanca, no sé.

Asustado por la sorpresiva acción de mis dos superamigos (ni Supermán era capaz de tales acciones), solo atiné a pensar, -Estos si son apaches, yo solo era una copia fotostática-, pensando que tal vez hubieran frotado la lámpara maravillosa de Aladino para aparecer a tanta gente en un tris. No lograba explicarme la situación de otra manera.

Miguel, aún sudoroso, satisfecho del deber cumplido, como dice el Subcomandante Marcos, inició la presentación. Expuso su magnífica ponencia y después invitó a la gente a leer el libro, la animaba a conocer la historia de estas tierras, a recuperar nuestra memoria indígena. Ahí fue donde comprendí que Miguel, y Carlos, eran el motor de aquel movimiento neoapachista en El Corazón de la Apachería, el núcleo que había mantenido unida a la palabra apache y logrado grandes avances en la recuperación de la memoria indígena. Los admiré. Me olvidé del público y, atento, escuché sus sabias e indias palabras, dispuesto a aprender más. Nunca había visto que un gerente de un banco tuviera esas capacidades culturales. Raro. (Los leedores de ésta crónica debieran mandarle una felicitación, a él y a Carlos, por medio de Facebook, en el lugar donde se publicará este artículo, de no haber sido por ellos solo hubiese sostenido una larga conversación con una buena botella de sotol y, por supuesto, me habría evitado una lluvia de flechazos y este tercer capítulo hubiera sido chiquitito, como una pulguita. ¿O no?).

Imagen del perfil de FB The Nedni Apache Project

Contagiado por su espíritu de guerrero, le hice segunda y empecé hablando de la llegada de los apaches a estas tierras, “…Hace alrededor de mil años los apaches llegaron al área que después sería transformada geopolíticamente en El Septentrión Novohispano, que eran conocidos como Atapascanos del Sur, que por evidencias lingüísticas se sabía esto, pero que hacía más de 500 años se separaron de los navajos. Que después se habían dividido en varios tipos de apaches, en dos grupos: Apaches del Este y Apaches del Oeste.

Que estos últimos vivían al este del Río Grande y su cultura se basaba en la caza del búfalo. Eran los jicarillas, los mescaleros, los lipanes y los kiowa-apaches. Que los Apaches del Oeste estaban al oeste del Río Grande. Que eran los chiricahuas, los chihenne, los bedonkohes, los chokonen, los nedni, los sierra blanca, los coyoteros, los tonto-apaches, los yavapais, los san carlos, etc.

Que muchos historiadores habían englobado a los cinco primeros genéricamente como chiricahuas. Que los chihennes, los de Vitorio, eran también conocidos como mimbreños o warm springs. Que los bedonkohes eran los antiguos gileños, los de Gerónimo, que los nedni eran los de Ju, los que tenían su último refugio en un lugar inhóspito entre Madera y Casas Grandes, que los sierra blanca eran ahora conocidos como white mountains, que los chiricahuas solo eran dos bandas, la de Cochise y la del jefe Chihuahua, que Naiché, hijo de Cochise, había quedado como jefe a la muerte de su hermano Taza, pero que estaba muy joven y se apoyaba en Gerónimo tal como Vitorio recurría al sabio consejo del viejo Nana y muchas cosas más”.

También me esforcé por explicar que “los apaches eran seminómadas, que era difícil ubicarlos en un lugar determinado. Que no solo era difícil, sino un error decir que vivían en un solo lugar. Los apaches seguían rutas nomádicas desde el norte de Arizona hasta el norte de Durango, pasando por Sonora y hasta por Tamaulipas. Que ya en la etapa final de la guerra cuando su territorio había sido fuertemente constreñido a unas cuantas sierras inhóspitas, iban a sus sitios predilectos, o se rendían ahí, cansados de luchar y cargar con niños y mujeres a donde quiera que fueran, con el temor perpetuo a los ataques sorpresivos de los blancos que los perseguían como fieras para arrancar sus valiosas cabelleras”.

Fui claro al afirmar que viajaban siguiendo la maduración de las frutas y la recuperación de la caza. Que en esas rutas escondían provisiones, cobijas, armas para cuando volvieran a pasar por ahí. Que recolectaban alimentos para todo un año.

Apache quiere decir enemigo, aclaré, ellos se llamaban y se llaman a sí mismos Indeh, Ndee.

Ndee, la gente; Ndee, el pueblo.

Hablé de su organización social, claro, un antropólogo fracasado tiene siempre que hablar de la organización social de la gente que estudia. De sus costumbres, su sistema jurídico, sus normas, hasta de sus reglas sexuales y de su número mágico, el cuatro.

Luego de una larga explicación de las causas de la guerra contra los españoles, los que, abusones, llegaban de muy lejos diciéndose dueños de todas las tierras indias (hay que recordar que los indios en general no tenían el concepto de la propiedad privada y, por lo tanto, la compartían con otros humanos) y que muy orondos y barbones, los españoles, claro, ponían una cruz, leían un pergamino y empezaban a construir y escarbar en la madre tierra, sin ningún respeto, luego empezaron a tomarlos presos para llevarlos como esclavos a las minas del sur y a mutilar a los rebeldes. Oñate usaba cortar una pierna de los renegados que no iban a misa los domingos.

Dejé suficientemente claro que ésta fue la causa de la guerra. Se mencionó el corte de cabelleras y una larga explicación de que, quien inició la práctica de la mutilación de los cuerpos fueron los españoles quienes, al parecer, habían adquirido esa misma práctica de los bárbaros que atacaban a España en aquellos bárbaros tiempos. Que a los apaches su cultura no les permitía la mutilación de los cuerpos.

Y hablé de cuando los mexicanos se sacaron la rifa del tigre y se apropiaron de La Apachería, Kirker, Glanton, Johnson y Joaquín Terrazas fueron descubiertos como los amos del escalpe, en el periodo de la guerra contra los mexicanos, y después se habló de como los generales del ejército norteamericano, Crook y Miles, los persiguieron como presas de caza, como animales, después de que en 1848 los estadunidenses se quedaron con la parte norte de La Apachería.

Varios detalles más se vieron, aparte de los huicholes de la primera fila que adornaban aquel momento indio; se hizo una férrea defensa de Gerónimo, el más denostado de todos los apaches y se explicó de como algunos sobrevivientes de la guerra, cuando eran viejos, se decidieron a escribir o dictar sus memorias y de que el libro estaba basado en esas memorias, en la versión de los vencidos, y que por eso se llamaba El otro lado de la luna y, al final, una serie de preguntas inició.

Y ahí fue donde “la puerca torció el rabo”. Estoy seguro que si les platico lo que sucedió, lloran. Bueno, saquen los Kleenex y escuchen lo que entonces sucedió. No se vale reírse.

Primero las preguntas fueron suavecitas, preguntas de historia, de duda, de detalles, de si Vitorio era mexicano, que si Ju murió en el Río Casas Grandes o en el Río Aros, luego unas preguntas sobre la cultura apache y… cuando parecía no haber más, un singular personaje levantó su manita. Esa manita era de Ernesto Beall, después me enteraría, uno de los historiadores más completos que he conocido sobre historia apache, junto con Nelda Whetten creo que difícilmente alguien en todo México podrá saber lo que estos dos archivos vivientes saben.

Y sí, todo iba bien hasta que levantó la manita Neto Beall. (Ahora lo veo en mis pesadillas como que no levantaba la manita, sino que la alzaba para extraer una flecha del carcaj de su archivo mental, para tirármela derechito al meritito corazón, así lo sentí). Primero me aclaró, fíjense, y aquí es donde está la clave del asunto, el veneno de la flecha; me aclaró que Johnson no se llamaba como yo decía. Johnson, el de la masacre donde asesinó a su amigo, el jefe Juan José Compá. Ese. ¿John o James?, el caso es que puso en evidencia que yo no recordaba el nombre real de Johnson.

Si una noche anterior Nelda Whetten me había mandado al segundo lugar de los historiadores apachosos, esta vez, Neto Beall me estaba mandando hasta el tercer lugar. Bronce. Mi ego se derrumbó como se derrumban las estatuas de los dictadores. La flecha fue mortal.

Pero vendría una segunda flecha. Esta vez fue ooootra aclaración, el dueño de la manita levantada dijo que el alambre de púas no se había aún inventado cuando yo afirmaba que con cercos fueron cortadas las rutas nomádicas de los apaches. ¡¡¡Poingggggg¡¡¡, se escuchó como gong japonés. No era todo, Neto volvió a sacar otra flecha de su carcaj mágico y me remató. Me aclaró que la masacre de la gente del jefe Juan José se sucedió cuando aún no se había inventado la ametralladora. Yo decía en mi libro que esa masacre se había cometido con un arma giratoria. ¡Purrúncatelas!, nomás se oyó dentro de mi cabeza. Ya no veía lo duro.

Con la cola entre las patas solo atinaba a aclarar que la versión manejada en el libro era la versión de Donald E. Worcester de su libro The apaches, eagles of the Southwest, pero que había otra versión que no había incluido, la de John C. Cremony, de su libro Life among the apaches, en donde éste decía que el asesinato masivo se había cometido con un cañón al que se cargó con clavos y hasta con vidrios. Era demasiado tarde, mi ignorancia había quedado develada. Hasta el tercer lugar de los historiadores apachosos me tuve que ir. Sin llorar. También la medalla de plata se me acababa de escapar. Bronce, ni modo. Y quien sabe.

Luego vendría el derrape mortal. Un amigo de Janos cuestionó el fundamentalismo con el que defendía a los apaches y atacaba a los mexicanos. Y empecé a patinar en la arena. Lancé una larga perorata para explicar mi pasado ideológico y justificar mi fundamentalismo, hablé de mis 12 años de estudios de marxismo-leninismo y mi militancia en una organización de corte comunista en mi época estudiantil. Que por eso era un renegado, que Marx y Engels tenían la culpa. Y no paré ahí, me atreví a cuestionar la política indígena del gobierno y me fui con todo contra nuestro querido gobernador de Chihuahua diciendo que ante la recién descubierta hambruna ancestral de los tarahumaras, el gober solo atinaba a fingir que atendía el problema llevando unas cuantas pinchurrientas despensas, para simular que se daba atención al problema indígena actual en Chihuahua. Enseñé el cobre, pues.

La respuesta no tardó en llegar, se me pidió mesura, se me aclaraba que no todos pensaban igual. Un tremendo coscorrón sentí en mi cráneo de neandertal también, con aquella respuesta de guante blanco. El que se emociona pierde, repetí varias veces. No lo volveré a hacer. El comunismo trasnochado de mi juventud hizo estragos con mi tolerancia infinita de cura católico.

Afortunadamente hubo una tertulia al finalizar el evento, nos fuimos a Nuevo Casas Grandes y ahí entablamos una tremenda conversación, Neto Beall y un servidor. Ahondamos con profundidad los temas tratados y corroboré que el legado histórico de Neto Beall era inmenso. Su bibliografía cerebral era tres veces mayor que la que usé para el libro, no me quedó otra opción más que reconocer mi enanismo. Quedamos amigos y dispuestos a unir esfuerzos para fortalecer el rescate de la memoria indígena, en lo que a apaches se refiere.

Esa noche no dormí, lo que hice fue pensar. Yo que me creía, el rey de todo el mundo, comprendí que debía considerar todas esas flechas para la segunda edición de El otro lado de la luna. Ah, y no criticar al gobernador de manera tan directa, ya ven como es de enojón.

Le preguntaba a Neto que por que no escribía lo que sabía. Dijo que no, que tendría que hacerlo en inglés, que en español no se lograba expresar como quería. ¿Entonces si no escribe para que sabe tanto?, le pregunté. -Para poner en aprietos a los historiadores que vienen a darnos conferencias-, contestó riendo.

O sea que si era un flechador, yo no lo imaginé.

Sin esperarlo, mi libro había sido modificado por conocimientos que no conocía. La segunda será una mejor edición gracias a los flechazos de Neto Beall y Nelda Whetten.

-Y si la segunda edición-, dijo Carlos Chávez, -también sale con la letra tan minúscula como en la primera, habrá que pegar una lupa en la contraportada de cada libro, aunque sea con cinta Scotch.

La noche triste de Hernán Cortés fue una lagrimita frente a la noche que pasé.

Vinicio Chaparro.

Enviado especial de Proyecto Nedni.

 

Continue Reading
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

Published

on

Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

Continue Reading

Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

Published

on

                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

Continue Reading

Arteleaks

Ricardo Raphael plagia título del libro sobre la vida de Luka Modric, El hijo de la guerra

El título del nuevo libro de Ricardo Raphael plagiado de los autores españoles José Manuel Puertas y Vicente Azpitarte.

Avatar

Published

on

Por Guadalupe Lizárraga

Ricardo Raphael plagia el título “Hijo de la guerra” para su nuevo libro, bajo el sello editorial Seix Barral, a los autores españoles José Manuel Puertas y Vicente Azpitarte, quienes publicaron originalmente en febrero de 2016, el título Luka Modric: El hijo de la guerra, bajo el sello Espasa Calpe, en España.

La publicación de Raphael, de acuerdo con su descripción en la prensa mexicana, es una serie de conversaciones con un presunto confundador del cártel de los Zetas. Mientras que El hijo de la guerra, de Puertas y Azpitarte, trata sobre la difícil vida como refugiado del futbolista del Real Madrid, de origen croata Luka Modric, quien sufrió los embates de la guerra de los Balcanes, y llegó a ser uno de los jugadores más reconocidos del mundo.

El periodista y escritor José Manuel Puertas al darse cuenta de la situación dijo que hablaría con su editorial para saber cómo actuar, porque era la primera vez que le sucedía.

Por otra parte, el abogado mexicano, especialista en derechos de autor, Jorge León, señaló que jurídicamente no existe el plagio, sino “el uso no autorizado de un contenido literario”, y que los derechos de autor protegen al contenido de la obra y no a los títulos.

Sin embargo, el especialista también apuntó que si hubiera similitudes del Hijo de la guerra, de Raphael, con El hijo de la guerra, de Puertas y Azpitarte, podría haber un conflicto autoral, aunque se trate de contextos y personajes distintos. También enfatizó que la situación propiciada en este caso resultaba interesante porque tenía varias vertientes, y una de ellas es que el autor mexicano podría beneficiarse del éxito de la obra de los españoles, más si se trata de un libro reconocido a nivel global.

Un caso similar se dio en España con el caso de la escritora Lucía Etxebarria, quien en su novela Ya no sufro por amor (2005) copió fragmentos del texto “Dependencia emocional y violencia doméstica”, del psicólogo Jorge Casteló. Cuando se le demostró el plagio a la escritora reconoció que parte del éxito de su libro se debía a las acusaciones de plagio.

El escritor mexicano Abelardo Gómez Sánchez, autor de varios libros de cuentos, crónica, ensayo y novela, e instructor de Literatura, opinó que “tiene que ver mucho la intencionalidad del autor que plagia, porque podría ser por ignorancia, pero si lo sabes y lo haces, es una chingadera”. Gómez Sánchez dio el ejemplo de su libro Mala mujer no tiene corazón. “Es el nombre de una canción de Matancera, y alude a Bienvenido Granda, Celia Cruz, Daniel Santos… a muchos de ellos, e incluso el personaje principal es un cantante y a través de éste hago un homenaje a la Matancera; estoy usando esa frase de la canción pero para hacer una apología de la Matancera”.  

El abogado Jorge León, por su parte, insistió en que “al final, si el contenido es similar o partes de la redacción del libro Hijo de la guerra, del autor mexicano al de El hijo de la guerra, de los autores españoles, ahí sí, sería un tema de piratería o estaría copiando el contenido de la obra original, o sería una obra derivada de ésta, si tuviera la autorización de los españoles”.

Es la segunda ocasión en que Ricardo Raphael es exhibido de usar contenidos no autorizados de otros autores, y enfrenta una denuncia formal ante la Fiscalía General de la República en México, por adjudicarse la investigación El falso caso Wallace, de la periodista Guadalupe Lizárraga, quien desde 2014, ha publicado más de cien reportajes, videos y un libro. Ricardo Raphael la entrevistó en su programa de televisión, en Canal 11, el 12 de diciembre de 2018, y a partir del 24 abril de 2019, el conductor se ha presentado a los medios como el “investigador” del caso, con un reportaje publicado en la revista Proceso, conteniendo datos e información que Lizárraga había publicado en su libro en 2018, y en el portal de noticias Los Ángeles Press.

Continue Reading

Trending