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En el corazón de la apachería: Una larga fila de flechas

El en corazón de la apachería es la serie de crónicas literarias sobre el genocidio y cultura apache por el escritor Vinicio Chaparro

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Imagen anónima de la red

Por Vinicio Chaparro

Capítulo Uno

Capítulo Dos

 

Crónica

Capítulo Tres

 En los tiempos de La Apachería aún no existía lo que hoy es la ciudad de Nuevo Casas Grandes, entonces solo había un poblado llamado Casas Grandes, al que hoy los lugareños llaman El Pueblo, para diferenciarlo de la joven y gran ciudad que domina la región del corazón de La Apachería.

Pues a El Pueblo fuimos a presentar el libro El Otro lado de la luna. Un lugar con historia. Ahí se encuentran las ruinas de la gran ciudad prehispánica de Paquimé.

Anazasis, apaches, paquimeítas, chichimecas, poblaron esta región mucho antes de que la cultura que llegó del occidente viniera a destruir a estas grandes culturas americanas. Hoy tenemos que escarbar mucho en la tierra de nuestros ancestros para tratar de reconstruir el pasado de estos lugares, nuestro pasado.

A eso íbamos a El Pueblo, a tratar de reconstruir nuestro pasado. El pasado de todos los chihuahuenses y de mucha, mucha otra gente, la que aún tiene sangre rebelde. Los de sangre mansa (o mensa) todavía celebran el descubrimiento de América, (perdón por la ofensa, pero es cierto) y algunos genuflexos todavía llaman a España, la Madre Patria.

La comitiva era enorme: Miguel Méndez, Carlos Chávez y un servidor. Era enorme, ya verán por qué.

Pues resulta que llegamos al lugar donde se haría la presentación del libro y, no lo van ustedes a creer, pero no había nadie. Ni un alma. Cero multiplicado por cero. Unas cinco sillas desordenadas y un estrado que parecía no haber sido usado en años nos recibieron con total parsimonia.

No había indios, pensé; mejor, menos flechas.

Las heridas de la tarde anterior aún dolían, ya no quería más pedernales expansivos alojados en mi cuerpo. Traté de convencer a Miguel y Carlos que en ese momento suspendiéramos el evento, pero los desgraciados apaches modernos son peor de aferrados que los antiguos. Enfrente había una plaza, dos puestos de artesanías adornaban el lugar, uno de ellos era de huicholes de trajes coloridos.

-Bueno, en vista del éxito obtenido, podemos ir en paz, a platicar con una buena botella de sotol, ya saben que el sotol saca cosas que el hombre calla-, dije en voz alta y clara.

-No, no, no, no. Esperen-, dijo Miguel y, volteando a ver a Carlos, con una sonrisa siniestra, expresó con ánimos de apache aferrado, -¿Vamos a invitar a la gente que está en los puestos y dando vuelta a la plaza?

-Vamos-, secundó Carlos.

-Hijosdesú, ¿serán capaces?-, pensé mientras decía, -Yo aquí los espero, mientras voy a ver si consigo unos tabacos-, lo dije escéptico e incrédulo, que es lo mismo.

El público forzado sería un seguro fracaso.

-Están locos si piensan que la gente que hay en la plaza iría a escuchar nuestros discursos apachosos-. Y me fui.

Al regresar, de pronto empezó a entrar gente al salón. En una docena de minutos se aglomeraron casi 30 parroquianos curiosos que, con cara adusta, buscaban un lugar donde sentarse. Se hizo un pequeño caos silleril, pero Carlos, que no había regresado después de recorrer la plaza, llegó sorpresivamente con una trocada de sillas de Coca Cola. O de Carta Blanca, no sé.

Asustado por la sorpresiva acción de mis dos superamigos (ni Supermán era capaz de tales acciones), solo atiné a pensar, -Estos si son apaches, yo solo era una copia fotostática-, pensando que tal vez hubieran frotado la lámpara maravillosa de Aladino para aparecer a tanta gente en un tris. No lograba explicarme la situación de otra manera.

Miguel, aún sudoroso, satisfecho del deber cumplido, como dice el Subcomandante Marcos, inició la presentación. Expuso su magnífica ponencia y después invitó a la gente a leer el libro, la animaba a conocer la historia de estas tierras, a recuperar nuestra memoria indígena. Ahí fue donde comprendí que Miguel, y Carlos, eran el motor de aquel movimiento neoapachista en El Corazón de la Apachería, el núcleo que había mantenido unida a la palabra apache y logrado grandes avances en la recuperación de la memoria indígena. Los admiré. Me olvidé del público y, atento, escuché sus sabias e indias palabras, dispuesto a aprender más. Nunca había visto que un gerente de un banco tuviera esas capacidades culturales. Raro. (Los leedores de ésta crónica debieran mandarle una felicitación, a él y a Carlos, por medio de Facebook, en el lugar donde se publicará este artículo, de no haber sido por ellos solo hubiese sostenido una larga conversación con una buena botella de sotol y, por supuesto, me habría evitado una lluvia de flechazos y este tercer capítulo hubiera sido chiquitito, como una pulguita. ¿O no?).

Imagen del perfil de FB The Nedni Apache Project

Contagiado por su espíritu de guerrero, le hice segunda y empecé hablando de la llegada de los apaches a estas tierras, “…Hace alrededor de mil años los apaches llegaron al área que después sería transformada geopolíticamente en El Septentrión Novohispano, que eran conocidos como Atapascanos del Sur, que por evidencias lingüísticas se sabía esto, pero que hacía más de 500 años se separaron de los navajos. Que después se habían dividido en varios tipos de apaches, en dos grupos: Apaches del Este y Apaches del Oeste.

Que estos últimos vivían al este del Río Grande y su cultura se basaba en la caza del búfalo. Eran los jicarillas, los mescaleros, los lipanes y los kiowa-apaches. Que los Apaches del Oeste estaban al oeste del Río Grande. Que eran los chiricahuas, los chihenne, los bedonkohes, los chokonen, los nedni, los sierra blanca, los coyoteros, los tonto-apaches, los yavapais, los san carlos, etc.

Que muchos historiadores habían englobado a los cinco primeros genéricamente como chiricahuas. Que los chihennes, los de Vitorio, eran también conocidos como mimbreños o warm springs. Que los bedonkohes eran los antiguos gileños, los de Gerónimo, que los nedni eran los de Ju, los que tenían su último refugio en un lugar inhóspito entre Madera y Casas Grandes, que los sierra blanca eran ahora conocidos como white mountains, que los chiricahuas solo eran dos bandas, la de Cochise y la del jefe Chihuahua, que Naiché, hijo de Cochise, había quedado como jefe a la muerte de su hermano Taza, pero que estaba muy joven y se apoyaba en Gerónimo tal como Vitorio recurría al sabio consejo del viejo Nana y muchas cosas más”.

También me esforcé por explicar que “los apaches eran seminómadas, que era difícil ubicarlos en un lugar determinado. Que no solo era difícil, sino un error decir que vivían en un solo lugar. Los apaches seguían rutas nomádicas desde el norte de Arizona hasta el norte de Durango, pasando por Sonora y hasta por Tamaulipas. Que ya en la etapa final de la guerra cuando su territorio había sido fuertemente constreñido a unas cuantas sierras inhóspitas, iban a sus sitios predilectos, o se rendían ahí, cansados de luchar y cargar con niños y mujeres a donde quiera que fueran, con el temor perpetuo a los ataques sorpresivos de los blancos que los perseguían como fieras para arrancar sus valiosas cabelleras”.

Fui claro al afirmar que viajaban siguiendo la maduración de las frutas y la recuperación de la caza. Que en esas rutas escondían provisiones, cobijas, armas para cuando volvieran a pasar por ahí. Que recolectaban alimentos para todo un año.

Apache quiere decir enemigo, aclaré, ellos se llamaban y se llaman a sí mismos Indeh, Ndee.

Ndee, la gente; Ndee, el pueblo.

Hablé de su organización social, claro, un antropólogo fracasado tiene siempre que hablar de la organización social de la gente que estudia. De sus costumbres, su sistema jurídico, sus normas, hasta de sus reglas sexuales y de su número mágico, el cuatro.

Luego de una larga explicación de las causas de la guerra contra los españoles, los que, abusones, llegaban de muy lejos diciéndose dueños de todas las tierras indias (hay que recordar que los indios en general no tenían el concepto de la propiedad privada y, por lo tanto, la compartían con otros humanos) y que muy orondos y barbones, los españoles, claro, ponían una cruz, leían un pergamino y empezaban a construir y escarbar en la madre tierra, sin ningún respeto, luego empezaron a tomarlos presos para llevarlos como esclavos a las minas del sur y a mutilar a los rebeldes. Oñate usaba cortar una pierna de los renegados que no iban a misa los domingos.

Dejé suficientemente claro que ésta fue la causa de la guerra. Se mencionó el corte de cabelleras y una larga explicación de que, quien inició la práctica de la mutilación de los cuerpos fueron los españoles quienes, al parecer, habían adquirido esa misma práctica de los bárbaros que atacaban a España en aquellos bárbaros tiempos. Que a los apaches su cultura no les permitía la mutilación de los cuerpos.

Y hablé de cuando los mexicanos se sacaron la rifa del tigre y se apropiaron de La Apachería, Kirker, Glanton, Johnson y Joaquín Terrazas fueron descubiertos como los amos del escalpe, en el periodo de la guerra contra los mexicanos, y después se habló de como los generales del ejército norteamericano, Crook y Miles, los persiguieron como presas de caza, como animales, después de que en 1848 los estadunidenses se quedaron con la parte norte de La Apachería.

Varios detalles más se vieron, aparte de los huicholes de la primera fila que adornaban aquel momento indio; se hizo una férrea defensa de Gerónimo, el más denostado de todos los apaches y se explicó de como algunos sobrevivientes de la guerra, cuando eran viejos, se decidieron a escribir o dictar sus memorias y de que el libro estaba basado en esas memorias, en la versión de los vencidos, y que por eso se llamaba El otro lado de la luna y, al final, una serie de preguntas inició.

Y ahí fue donde “la puerca torció el rabo”. Estoy seguro que si les platico lo que sucedió, lloran. Bueno, saquen los Kleenex y escuchen lo que entonces sucedió. No se vale reírse.

Primero las preguntas fueron suavecitas, preguntas de historia, de duda, de detalles, de si Vitorio era mexicano, que si Ju murió en el Río Casas Grandes o en el Río Aros, luego unas preguntas sobre la cultura apache y… cuando parecía no haber más, un singular personaje levantó su manita. Esa manita era de Ernesto Beall, después me enteraría, uno de los historiadores más completos que he conocido sobre historia apache, junto con Nelda Whetten creo que difícilmente alguien en todo México podrá saber lo que estos dos archivos vivientes saben.

Y sí, todo iba bien hasta que levantó la manita Neto Beall. (Ahora lo veo en mis pesadillas como que no levantaba la manita, sino que la alzaba para extraer una flecha del carcaj de su archivo mental, para tirármela derechito al meritito corazón, así lo sentí). Primero me aclaró, fíjense, y aquí es donde está la clave del asunto, el veneno de la flecha; me aclaró que Johnson no se llamaba como yo decía. Johnson, el de la masacre donde asesinó a su amigo, el jefe Juan José Compá. Ese. ¿John o James?, el caso es que puso en evidencia que yo no recordaba el nombre real de Johnson.

Si una noche anterior Nelda Whetten me había mandado al segundo lugar de los historiadores apachosos, esta vez, Neto Beall me estaba mandando hasta el tercer lugar. Bronce. Mi ego se derrumbó como se derrumban las estatuas de los dictadores. La flecha fue mortal.

Pero vendría una segunda flecha. Esta vez fue ooootra aclaración, el dueño de la manita levantada dijo que el alambre de púas no se había aún inventado cuando yo afirmaba que con cercos fueron cortadas las rutas nomádicas de los apaches. ¡¡¡Poingggggg¡¡¡, se escuchó como gong japonés. No era todo, Neto volvió a sacar otra flecha de su carcaj mágico y me remató. Me aclaró que la masacre de la gente del jefe Juan José se sucedió cuando aún no se había inventado la ametralladora. Yo decía en mi libro que esa masacre se había cometido con un arma giratoria. ¡Purrúncatelas!, nomás se oyó dentro de mi cabeza. Ya no veía lo duro.

Con la cola entre las patas solo atinaba a aclarar que la versión manejada en el libro era la versión de Donald E. Worcester de su libro The apaches, eagles of the Southwest, pero que había otra versión que no había incluido, la de John C. Cremony, de su libro Life among the apaches, en donde éste decía que el asesinato masivo se había cometido con un cañón al que se cargó con clavos y hasta con vidrios. Era demasiado tarde, mi ignorancia había quedado develada. Hasta el tercer lugar de los historiadores apachosos me tuve que ir. Sin llorar. También la medalla de plata se me acababa de escapar. Bronce, ni modo. Y quien sabe.

Luego vendría el derrape mortal. Un amigo de Janos cuestionó el fundamentalismo con el que defendía a los apaches y atacaba a los mexicanos. Y empecé a patinar en la arena. Lancé una larga perorata para explicar mi pasado ideológico y justificar mi fundamentalismo, hablé de mis 12 años de estudios de marxismo-leninismo y mi militancia en una organización de corte comunista en mi época estudiantil. Que por eso era un renegado, que Marx y Engels tenían la culpa. Y no paré ahí, me atreví a cuestionar la política indígena del gobierno y me fui con todo contra nuestro querido gobernador de Chihuahua diciendo que ante la recién descubierta hambruna ancestral de los tarahumaras, el gober solo atinaba a fingir que atendía el problema llevando unas cuantas pinchurrientas despensas, para simular que se daba atención al problema indígena actual en Chihuahua. Enseñé el cobre, pues.

La respuesta no tardó en llegar, se me pidió mesura, se me aclaraba que no todos pensaban igual. Un tremendo coscorrón sentí en mi cráneo de neandertal también, con aquella respuesta de guante blanco. El que se emociona pierde, repetí varias veces. No lo volveré a hacer. El comunismo trasnochado de mi juventud hizo estragos con mi tolerancia infinita de cura católico.

Afortunadamente hubo una tertulia al finalizar el evento, nos fuimos a Nuevo Casas Grandes y ahí entablamos una tremenda conversación, Neto Beall y un servidor. Ahondamos con profundidad los temas tratados y corroboré que el legado histórico de Neto Beall era inmenso. Su bibliografía cerebral era tres veces mayor que la que usé para el libro, no me quedó otra opción más que reconocer mi enanismo. Quedamos amigos y dispuestos a unir esfuerzos para fortalecer el rescate de la memoria indígena, en lo que a apaches se refiere.

Esa noche no dormí, lo que hice fue pensar. Yo que me creía, el rey de todo el mundo, comprendí que debía considerar todas esas flechas para la segunda edición de El otro lado de la luna. Ah, y no criticar al gobernador de manera tan directa, ya ven como es de enojón.

Le preguntaba a Neto que por que no escribía lo que sabía. Dijo que no, que tendría que hacerlo en inglés, que en español no se lograba expresar como quería. ¿Entonces si no escribe para que sabe tanto?, le pregunté. -Para poner en aprietos a los historiadores que vienen a darnos conferencias-, contestó riendo.

O sea que si era un flechador, yo no lo imaginé.

Sin esperarlo, mi libro había sido modificado por conocimientos que no conocía. La segunda será una mejor edición gracias a los flechazos de Neto Beall y Nelda Whetten.

-Y si la segunda edición-, dijo Carlos Chávez, -también sale con la letra tan minúscula como en la primera, habrá que pegar una lupa en la contraportada de cada libro, aunque sea con cinta Scotch.

La noche triste de Hernán Cortés fue una lagrimita frente a la noche que pasé.

Vinicio Chaparro.

Enviado especial de Proyecto Nedni.

 

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Septiembre

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kissinger y nixon golpe de estado Chile

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

Si alguien dudaba que algo tiene de inquietante el mes de septiembre, el pasado lunes 19 borró toda incertidumbre.

Septiembre significa “séptimo mes”, pero en el calendario es el noveno y además transcurre bajo la protección de Vulcano, dios de muy corta mecha. Es una anomalía lunaria.

Quienes tuvieron el presentimiento de que el viaje de Isabel II para encontrarse con Cerdic de Wessex precisamente en septiembre anunciaba el fin de la civilización occidental, seguramente confirmaron su corazonada.

No pretendo alarmar a mis lectores ni escribo en la negra sombra del recelo por un evento que tenía 0.0000021% de posibilidades de ocurrir. El sismo de 2007 me cambió la vida y el lunes anterior no fue un día fácil, pero garantizo que tengo firme la rienda en el oficio de articulista no político.

Veamos algunas razones por las que atisbo nubarrones en este mes. El primero de septiembre de 1939 los nazis desencadenaron la II Guerra Mundial, que terminaría en el mismo mes con la rendición de Japón seis años después. 

El onceavo día me parece particularmente siniestro. Ese día de 1973 se concretó en Chile el golpe de estado asestado por Mr. Nixon y Herr Kissinger en contra del gobierno de Salvador Allende y en el 2011 tuvo lugar en Nueva York el espeluznante ataque a las Torres Gemelas

Un repaso histórico revela otros episodios hórridos del séptimo mes que se creyó noveno. Se dirá que fueron casualidades o no, mas no siendo la parapsicología hagiográfica el fuerte de JdO, permítaseme una ociosa reflexión septembrina en lugar de la apología patriótica de la temporada mexicana.

Para leer más del autor: Ve y dilo en la montaña, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

En la noche del 10 al 11 de septiembre de 1541 fue la catástrofe que costó la vida a doña Beatriz de la Cueva, viuda de Pedro de Alvarado, noticia que conocemos como “Relacion del espantable terremoto que agora nuevamente ha acontecido en las Yndias en una ciudad llamada Guatimala es cosa de grade admiración y de grande exemplo para que todos nos enmendemos de nuestros pecados y estemos aprescibidos para cuando Dios fuerere servido de nos llamar”, crónica del notario Juan Rodríguez que inaugura el género periodístico en América. 

Un año después, las fuerzas de Michimalonco destruyeron la ciudad de Santiago de Nueva Extremadura, en territorio que hoy llamamos Chile. En 1649 Cromwell se cubrió de gloria con la masacre de Drogheda y en 1714 Barcelona es arrasada por las tropas borbónicas.  

En 1943 los nazis iniciaron el exterminio de los judíos en los guetos de Minsk y Lida. En 1965 llegó a Vietnam la primera división de caballería del ejército yanqui y quedó sellado el destino de cientos de miles de jóvenes gringos y vietnamitas, peones en un tablero de ajedrez manipulado desde Washington, Moscú y Pekín. 

En 1972 el comando palestino “Septiembre Negro” secuestró a once israelíes en los Juegos Olímpicos de Múnich. En 1973 el general Augusto Pinochet derrocó al presidente Salvador Allende. En 1982, Israel invadió Líbano y se dieron las masacres de Sabra y Shatila.

De todos esos acontecimientos, sólo uno, el de Guatemala en 1541, fue un desastre natural. Todos los demás tienen que ver con lo humano. Permítaseme el lugar común: “Homo lupus hominem”. 

Mas el tiempo, que todo pone en su lugar, un día levanta los velos y nos enteramos de las razones ruines, casi siempre impunes, con que los poderosos siegan vidas y destruyen pueblos por “razones de Estado”, cuidando siempre que tales “razones” se cumplan puntualmente en las vacas del vecino y no en las reses propias. 

Hay en el documental Fahrenheit 9/11 de Michael Moore una escena conmovedora en donde el robusto director se apuesta a las afueras del Congreso e invita a los padres de la Patria que acaban de votar la invasión a Irak a que enlisten a sus hijos para defender la tierra que los vio nacer. Todos sin excepción -a semejanza del señorito Aznar, que en un encuentro con estudiantes en México declaró que había sido “engañado” en ese asunto-, huyen con risas nerviosas. En mi rancho a eso le llamamos mariconería.

Hace tiempo el Archivo Nacional de Seguridad de la Universidad de Georgetown (NSA por sus siglas en inglés), desveló las transcripciones de telefonemas entre el señor presidente Richard Nixon, el señor profesor Henry Kissinger (asesor de seguridad nacional y Premio Nobel de la paz), el señor secretario de Estado William Rogers y el señor director de la CIA Richard Helms, que confirman lo que todos sabíamos: en 1973 el gobierno de Estados Unidos organizó y estuvo tras el golpe militar de Pinochet, tal como organizó y estuvo tras los asesinatos de Madero y Pino Suárez en 1913, en contubernio con Inglaterra y Alemania. 

Nixon murió hace 28 años, Rogers hace 21, Helms hace 20. Pero el professor K. sigue vivito y coleando a los 99. ¿Pisará la cárcel por acciones que hubiesen tenido cabida en el tribunal de Núremberg? Apueste usted a que no.

Poco después de la asunción de Allende en 1973, este feroz retoño de Metternich gritaba a Helms: “¡No permitiremos que Chile se vaya por el drenaje!” 

No te pierdas: Al cielo por el arte: la obra pictórica de Rosalío González, la columna de Miguel Sánchez Armas

Leemos en la transcripción del Archivo Nacional de Seguridad: “Después de que Nixon habló personalmente con Rogers, Kissinger grabó una conversación en la que el secretario de Estado estuvo de acuerdo en que, ‘como tú dices, deberíamos decidir a sangre fría qué hacer y después llevarlo a cabo’; mas aconsejó proceder ‘con prudencia para que no nos salga el tiro por la culata’. El secretario Rogers consideró que ‘después de lo que hemos dicho acerca de las elecciones, si la primera vez que un comunista gana los E.U. intentan impedir el proceso constitucional, nos vamos a ver muy mal’”.

Demos dar gracias a la diosa Walpurga o a nuestra deidad favorita de la antigua Alemania, de que el señor profesor Kissinger, a imagen y semejanza de los represores de izquierda y derecha con los que seguramente no estaría dispuesto a convivir, haya grabado secretamente sus conversaciones telefónicas como la que tuvo el ¡16 de septiembre! de 1973 con su jefe Nixon. Es posible que tenga efectos eméticos en algunos lectores, por lo que se recomienda precaución:

(Saludos respetuosos. Nixon pregunta si hay novedades.)

K. No. Nada de importancia. El asunto chileno se está consolidando. Claro que los periódicos están desgarrándose porque un gobierno pro-comunista fue derrocado.

N. Vaya, vaya. Qué cosas.

K. Digo, en vez de celebrar. En la administración de Eisenhower seríamos héroes.

N. Bueno, no lo hicimos –como sabes- no aparecimos en esto.

K. No lo hicimos. Quiero decir los ayudamos ______ generamos condiciones tan amplias como fue posible.

N. Así es. Y así es como se va a jugar. Pero escúchame, en lo que toca a la gente, déjame decir que no se van a tragar ninguna mierda de los liberales en ésta.

K. De ninguna manera.

N. Saben que es un gobierno pro-comunista y eso es lo que es.

K. Exactamente. Y pro-Castro.

N. Bueno, lo principal fue… Olvidémonos de lo pro-comunista. Fue un gobierno totalmente antiestadounidense.

K. Ferozmente.

N. Y los fondos de que dispusiste. Vi el memorándum que giraste acerca de la plática confidencial _________ para una política de reembolsos para expropiaciones y cooperación con Estados Unidos y por romper relaciones con Castro. Bien; diablos, ése es un gran aliciente si lo piensan. No, de ninguna manera te fijes en las columnas y en los desgarres sobre eso.

K. Oh. No me molesta. Sólo se lo informo a usted.

N. Sí. Me lo informas porque es típico de la mierda a la que nos enfrentamos.

K. Y la increíblemente sucia hipocresía…

N. Eso lo sabemos.

K. De esa gente. Cuando se trata de Sudáfrica, si no los derrocamos arman un escándalo.

N. Sí. Tienes razón.

En fin, ¡otra historia septembrina!

25 de septiembre de 2022

@juegodeojos  facebook.com/JuegoDeOjos sanchezdearmas.mx

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El amante, un encuentro con la escritura de Marguerite Duras

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El amate, de Marguerite Duras, es un viaje a la memoria de la autora

 

Por Guadalupe Lizárraga

De París a Saigón. De la adolescencia al “envejecimiento brutal” en tan sólo dos años. Es El amante de Marguerite Duras. La escritora viaja –a través de su memoria– no sólo hacia el pasado, sino hacia el interior de sí misma, para construir de nueva cuenta aquellas fronteras que a sus quince años traspasó apenas sin percibirlas y que inseminaron su ser-escritora. Transgresora de culturas, el amor la transforma en “Otra”, re-descubriéndose, despojándose de la sombra de su propio origen, para entregarse a lo “extraño”, a lo extranjero, en una fusión que le asigna una nueva esencia, desde donde aprende a contarse su transición, mucho tiempo después.

“Tengo un rostro destruido. Diré más, tengo quince años y medio. El paso de un transbordador por el Mekong. La imagen persiste durante toda la travesía del río. Tengo quince años y medio. En ese país, las estaciones no existen, vivimos en una estación única, cálida, monótona, nos hallamos en la larga zona cálida de la tierra, no hay primavera, no hay renovación.”

Lee más: Ve y dilo en la montaña, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

 

Su escritura es un acto solitario en la búsqueda de los confines de su corta edad. De una existencia que configura su sentido en una amalgama de sentimientos y desazones que sólo podía comprender a través de la existencia necesaria del “otro”: su amante chino. La adolescente envejecida escudriña, a través de la escritura, sus pudores, sus ocultamientos, sus miedos, sus deseos y liviandades; “para ellos”, un acto moral, para ella, nada; y mientras escribe va corriendo el velo de esa su historia que no existe y que sin embargo da origen a su realidad de futuro:

“Años después de la guerra, después de las bodas, de los hijos, de los divorcios, de los libros, llegó a París con su mujer. Él le telefoneó. Soy yo. Ella le reconoció por la voz. Él dijo: sólo quería oír tu voz. Ella dijo: soy yo, buenos días. Estaba intimidado, tenía miedo, como antes. Su voz de repente, temblaba. Y con el temblor, de repente, ella reconoció el acento de China. Él sabía que ella había empezado a escribir libros. Lo supo por la madre a quien volvió a ver en Saigón. Y también por el hermano menor, que había estado triste por ella. Y después ya no supo qué decirle. Y después se lo dijo. Le dijo que era como antes, que todavía la amaba, que nunca podría dejar de amarla, que la amaría hasta la muerte.”

El amante. Marguerite Duras, Madrid, Ed. El País, 2002.

Reseña.

el amante

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Martha Robles en un monólogo catártico revelador, la columna de Alberto Farfán

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Alberto farfán reseña el último libro de la escritora Martha Robles

La condena: Biografías clandestinas

Por Alberto Farfán

La extraordinaria ensayista literaria y profunda analista de escritoras mexicanas, Martha Robles, guarda entre sus diversos libros publicados un volumen de orden trascendental para nuestras letras por su elevada composición estética y su contenido temático incuestionable.

Autora de La sombra fugitiva. Escritoras en la cultura nacional, Entre el poder y las letras: Vasconcelos en sus memorias, Espiral de voces, y Mujeres, mitos y diosas, entre otras obras, Martha Robles (1948) nos entrega en La condena: Biografías clandestinas (FCE) una especie de monólogo testimonial, que pone de relieve las aristas enquistadas en una relación de pareja entre un hombre y una mujer a todas luces antagónicos.

Para leer más del autor: Del feminismo sexista sobre el tema de la sexualidad, la perspectiva de María Teresa Döring

Sin embargo, la estructura de espiral ascendente en que descansa el discurso que ofrece nuestra autora permitirá que éste paulatinamente tome consistencia de una genuina catarsis, cuyo objeto central por resolver adquirirá visos universales: el punto en cuestión particular e intimista dará paso a uno de carácter ontológico, en donde el ser del sujeto logrará su cristalización integral e individualizadora, es decir, su propia identidad.

Escrito por una mujer culta para lectores cultos, este texto se encuentra obligado a oscilar, sin menoscabo del feminismo crítico subyacente, entre la política, la historia y la filosofía en el contexto de nuestro país en décadas pasadas, debido a que dichas disciplinas forman parte del acervo del gran intelectual a que se hace referencia en este monólogo. Mientras ella es una principiante de 25 años, él ya es una connotada autoridad a sus 57, edades en las que ambos contraen nupcias.

La extraordinaria fluidez narrativa empleada correrá paralela a diversas líneas de hondura lírica y filosófica, en ese afán exorcizante y revelador. Emancipación necesaria de su entorno, cuyos demonios la anulan como mujer y profesionista, hasta convertirla en un vulgar receptáculo del rencor de un anciano frustrado y decadente, así como también de los vicios del mundo a que éste pertenecía, los cuales tendría que enfrentar posteriormente debido a su rompimiento conyugal.

Lee más: Aristas históricas en torno a la sexualidad

Al ir depurando y afirmando su identidad, la voz femenina trazará múltiples hallazgos de toda índole respecto al matrimonio, al amor, al hombre y a la mujer, los cuales la afianzarán en su perspectiva liberadora; como cuando hace alusión a su esencial vocación ya recuperada. El drama que ella vive por reencontrarse con la literatura resulta fundamental.

Leemos al respecto: “La fidelidad a lo que se es y la decisión de llevar a cabo un proyecto por encima de todo conllevan precios que sólo estamos dispuestos a pagar quienes conocemos la hondura del propio don, la señal de la gracia”.

O cuando hace referencia a la condición femenina: “Hija de mi raza, intervenir en ciertos asuntos era tanto como atentar contra la masculinidad o contra la jefatura del tribuno: la palabra, ya se sabe, no es recurso de mujeres, sí el palabrerío, el que distrae con ruido el acto del pensar”.

 

Autobiográfico o no, este extenso monólogo climático de una mujer en su afán por afirmarse como individuo irreprochable y consecuente, resulta sumamente cautivante y enriquecedor. Y más si consideramos la decadencia y el sin sentido que se vive en esta etapa del siglo XXI.

 

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