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Con voz propia

En democracia, ni Ayotzinapas ni comisiones de derechos humanos

En una genuina democracia, lo primero que se preserva es el respeto a los derechos humanos, una situación que el gobierno mexicano ha dejado de cumplir

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Marcha de Morelos al Zócalo de la Ciudad de México para exigir presentación con vida de los 43 normalistas. Foto: difunet

Marcha de Morelos al Zócalo de la Ciudad de México para exigir presentación con vida de los 43 normalistas. Foto: difunet

Patricia Barba Ávila

Un cuarto lleno de oscuridad con un solo pinche foco lo puedes iluminar y ese foco puede ser Ayotzinapa”. León Larregi, vocalista de ZOÉ

“…La apuesta por el respeto a los derechos humanos y a las instituciones…” Arturo Zaldívar Lelo de Larrea

Las dos expresiones arriba citadas exhiben la distancia de años luz existente entre un ciudadano como León Larregui, vocalista del grupo ZOÉ y Arturo Zaldívar, ministro de la Suprema Corte de Justicia –también llamada, con sobrada razón como la Suprema Cortesana de Injusticia— respecto del salvajismo desplegado contra los estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa. Mientras que el cantante dejó de lado el aspecto meramente artístico del ámbito de la farándula para compartir ante más de 40,000 personas su indignación por el crimen perpetrado en Iguala el Sr. Zaldívar asumió el mismo rasgado de vestiduras hipócrita en tanto que ha sido la misma SCJN la que, de manera cómplice, ha coadyuvado a pavimentar un sendero de inenarrable impunidad, corrupción, abuso de poder y crueldad hacia el pueblo mexicano.  La lista de fallos que la Suprema ha emitido en contra de ciudadanos inocentes y a favor de auténticos criminales es tan larga como abyecta.

Huelga decir que el tartufismo del ministro Zaldívar es emulado por los voceros de la Casa Blanca (la de Obama) que declaran que la situación es “preocupante” y que debe investigarse a fondo. En otras palabras, el desollamiento al más puro estilo kaibilesco del estudiante Julio César Mondragón nos remite, ineludiblemente, a la terrorífica Escuela de las Américas –conocida actualmente con el eufemismo de “Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad”– creada en 1946 por el Depto. de Estado norteamericano para contrarrestar la influencia de movimientos de izquierda y cuyos manuales de tortura hacen palidecer al mismísimo Hitler.  De manera que las estultas declaraciones de Murillo Karam respecto de las confesiones que habrían arrancado a los detenidos miembros del cartel Guerreros Unidos no se sostienen y exhiben a la PGR como un apéndice borreguil del asaltante de Los Pinos, además de hacer evidente la intención de atribuir al mencionado cartel un crimen enmarcado en la misma política transnacional al servicio del Cartel Financiero Internacional*.

Y es en este entorno de abierta e ininterrumpida impunidad y simulación fomentadas desde Washington, que se lleva a cabo la elección del nuevo titular de la Comisión Nacional de Derechos Humanos para sustituir a Raúl Plascencia Villanueva cuya gestión fue tan vergonzante como lo han sido las de sus predecesores por una razón fundamental: porque este oneroso elefante blanco no fue creado en el sexenio de Salinas para garantizar el respeto por los derechos humanos sino todo lo contrario: para encubrir los crímenes perpetrados por un gobierno delictivo y para obstaculizar cualquier intento de hacer justicia. Porque para que un régimen de eminente saqueo y depredación como el neoliberal pueda imponerse a una población, es menester mantenerla agobiada, temerosa e impotente ante brutalidades infames como el crimen de Ayotzinapa, respecto del cual la CNDH se exhibe como una grotesca caricatura.

Por todo lo anterior, el nombramiento de su nuevo titular, Luis Raúl González Pérez no cambia la esencia real de la CNDH. En este punto, independientemente de las calificaciones o descalificaciones sobre su trayectoria, lo que es menester subrayar es que en un auténtico estado de derecho, tutelado por un gobierno genuinamente comprometido con su pueblo, ni siquiera sería necesaria la existencia de un organismo de derechos humanos, ya que la Carta Magna contiene las garantías individuales indispensables para asegurar el bienestar y progreso de absolutamente todos los ciudadanos del territorio nacional.  Es decir, en un país en el que se cumpliera a cabalidad lo estipulado por el Art. 39 de la Constitución, los mandantes –la población– tendrían el control tanto de sus empleados –los gobernantes– como de las políticas a implementar.

Huelga decir que en un estado con tales características, jamás hubiesen ocurrido hechos tan monstruosos como las masacres de 1968, de 1971, de Aguas Blancas, de Acteal, de Villas de Salvárcar, de Iguala, así como las brutales represiones de San Salvador Atenco, del 1° de diciembre de 2012, amén de las violaciones tumultuarias de las mujeres del FPDT y el asesinato y desaparaición de miles de mujeres en Chihuahua, Estado de México, etc, etc; las fosas comunes, los asesinatos de decenas de periodistas aunados a la aprobación de las contrarreformas educativa, laboral, fiscal, de telecomunicaciones y energética, empeorada por el fallo de la Suprema de Injusticia  con el que arrebatan a los ciudadanos su derecho a ser consultados en los temas petrolero y salarial.

En un país con una ciudadanía dueña de su propio destino, no existirían cúpulas inmorales que han hecho de la actividad pública un acto de prostitución absoluta, en la que sujetos altamente corrompidos como el panista Roberto Gil Zuarth –quien funge, aunque parezca una broma del peor gusto, como Presidente de la Comisión de Justicia y miembro de la Comisión Anticorrupción (¡!¡!) del Senado– se escandalizan de los delitos cometidos contra el pueblo mexicano, que ocurren justamente, con la complacencia de la cúpula blanquiazul y el resto de cúpulas de la partidocracia.

No nos sorprende el elevado nivel de hipocresía de la mal llamada clase política ni las declaraciones de Gil y otros de sus compinches para “encontrar la verdad, reparar el daño y garantizar que nunca más se repitan hechos como estos”. Vaya cara dura! Acaso se le olvidaron los abominables crímenes cometidos por Calderón Hinojosa, de quien fue su secretario Particular?  La siguiente declaración exhibe en toda su crudeza el alto grado de complicidad del flamante senador, característica de toda la burocracia que nos desgobierna:

“Se lo he dicho en privado, señor Presidente, pero no me puedo ir sin decírselo, también, en público: Yo quiero algún día ser como usted, señor Presidente”…por favor, no se aguanten las ganas de vomitar…

En el marco de quizá la peor crisis del régimen, se exhibe en toda su degradación la politiquería electorera para elegir a nuevos “servidores públicos” en el 2015 y por ello abundan los grotescos rasgados de vestiduras y la palabrería hueca de los servidores de pasado en copa nueva. Mientras atestiguamos cómo ante el clamor nacional e internacional para que se esclarezca el brutal crimen de Ayotzinapa, el alfil de Atlacomulco no sólo es exhibido junto con su consorte, por el inocultable escándalo de la “casa blanca” de la parejita del canal de las Estrellas, cuyo costo alcanza los 7 millones de dólares –más fastuosa que la de cualquier estrella hollywoodense– sino que el “estadista del año” (Kissinger dixit) viajó a China para amarrar el multimillonario mega-negocio del tren México-Querétaro que por poco se les cae.

Todo este cúmulo de abyecciones conforma un peligroso cóctel de indignación social que se sigue espesando y cuyo procesamiento por parte de la ciudadanía tendrá que ser sumamente inteligente, comprometido, firme para que se busque no sólo la renuncia –más que obligada– de Peña y todo su gabinete, sino, mucho más importante y fundamental, el cambio de paradigma político que pasa, necesariamente, por la erradicación del andamiaje mafioso al servicio de El Cártel que ha llevado al país al estado de crítica descomposición que padecemos.

La reflexión de León Larregui es imperdible:

“Escribí algo que hace falta decirlo, que hay que ser responsables. México está de luto. México está sangrando. Qué más tenemos que aguantar para decir basta. El país está secuestrado por una pandilla de neandertales, ladrones y asesinos.

¿En qué país quieres vivir tú?, en el que el simple hecho de exigir tu derecho a una vida digna y justa signifique que te van a desaparecer y a matar.

¿Qué chingada madres es eso? Soñemos con el México que queremos y hagámoslo realidad actuando sin miedo. Tú tienes el poder de transformar la realidad.

“En un cuarto lleno de luz no hay lugar para la oscuridad, pero en un cuarto lleno de oscuridad, con un solo pinche foco lo puedes iluminar y ese foco podría ser Ayotzinapa.

De alguna forma todos somos responsables de lo que pasó, reflexionen y platiquen, júntense; tenemos que unirnos, ser un mismo pueblo, ser una gran luz, no por nada somos la raza dorada del pueblo del sol. Luz y fuerza, hermanos…ustedes son el futuro de México, no dejen que las garras de la malicia de estos pendejos los agarren”.

Que este próximo 20 de Noviembre en que los estudiantes y padres de familia de Ayotzinapa han convocado a un paro nacional con el apoyo de organizaciones y ciudadanos en lo individual, signifique el inicio de una ruta hacia la reconstrucción nacional que no se interrumpa hasta lograr esta cara aspiración.

*Cartel Financiero Internacional: grupo altamente criminal integrado por 9 clanes multibillonarios ubicados en E.U., Inglaterra, Francia, Japón, Alemania, Italia e Israel, que controlan la Reserva Federal (FED). Ponen y quitan “presidentes” y “primeros ministros” a conveniencia y son los autores de la “ideología” conocida como neoliberalismo, gracias a la cual controlan las economías de naciones enteras, incluyendo la de E.U., falsamente considerado como “el país más poderoso del mundo”. Ante todos ellos, Slim, Buffett y Gates son unos clasemedieros entrados en la clase alta.

Comentarios:paty.barba50@gmail.com, femcai.org@gmail.com

Twitter: PatySeti2014

http://femcai.org

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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