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Con voz propia

Ellas estarán en la ciencia, si así lo deciden: Eileen Pollack

Según Eileen Pollack, el sistema educativo, las diferencias culturales y el color de piel están relacionados con la exclusión de las mujeres de las ciencias

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Leticia Puente Beresford

NUEVA YORK, Estados Unidos.- Su vida, su historia en torno a la ciencia, es fascinante. Investigó durante 10 años, preguntó, detalló lo que pasan las mujeres, lo bueno y lo malo, cuando se deciden por la física, las matemáticas, las ingenierías…

Eileen Pollack cuenta en su libro ‘The only woman in the room’ que ella era una de las dos únicas mujeres junto con 118 compañeros de clase del área de ciencias de la Universidad de Yale.

Ella buscó durante una década por qué hay pocas mujeres en la ciencia. Buscó respuestas a partir de 2005, luego de que Lawrence Summers, de la Universidad de Harvard, se lo preguntara.

Buscó las palabras de maestros y compañeras de clase, de mujeres de ciencia y a todos preguntó sobre las barreras que enfrentan las mujeres y que hacen que estén sub-representadas en la ciencia. Preguntó las razones, con el fin de aportar algo que redujera la distancia entre los géneros en su acceso al estudio y desarrollo de la ciencia.

Su conclusión es que, si las mujeres desean estar en esas disciplinas, lo pueden hacer, si es que realmente lo quieren.

En su intenso libro, la autora recuerda su vida, su crecimiento, su evolución durante años, con relatos de su vida hogareña, sus años de escuela durante los 60 y 70, así como su carrera profesional en el área de ciencias exactas, en la física y la matemática.

Dice que cada vez que tenía alguna duda, su profesor la remitía al estudio de los tres tomos de Richard Feynman, porque el mejor camino para entender lo que hay detrás de un problema de física es sentarse y estudiar a ese autor.

En su libro, Pollack divide su historia y su investigación en tres partes: Learning liberty, Surviving Yale y Return to New Haven.

Una mujer o un “cerebrito”

Eileen Pollack se tituló como física teórica, pero se inclinó por las letras y da clases de escritura creativa en la Universidad de Michigan.

Durante su primer año de universidad, la mayor parte del tiempo la pasó fuera de clase, en la biblioteca de ciencias o en otras clases de física superior. Nadie la invito a salir y dice que eso fue, posiblemente, porque pensaban que era “un cerebrito”  o  sospechaban que era inteligente, que era ambiciosa y competitiva.

“Estaba más interesada en la ciencia y en las matemáticas que otras muchachas”, dice. Parecía que no era una mujer por completo, resulté que era como un hombre, recuerda. Sin embargo, entre sus vivencias cuenta cómo se inició en su vida sexual.

En el capítulo séptimo de su libro, titulado “Electricidad y Magnetismo”, Pollack reconoce que no fue fácil su carrera, ya que entre ecuaciones y desarrollo de sistemas funcionales, “cada que hacía una pregunta, no entendía la mitad de lo que decían”.

En contraste, Marie, matemática, le dijo que cuando los hombres no van bien en un curso, le echan la culpa al profesor, le reclaman o de plano se van a otra especialidad. En cambio, las mujeres se echan la culpa a sí mismas, es todo o nada, son perfectas o se salen.

Eileen le preguntó a Leslie, su compañera en la clase de física cuántica, si alguna vez se sintió fuera de lugar. Esta le contestó que “de vez en cuando, sobre todo en la clase de electrónica” y que “cuando sabes todo, te das cuenta de que eres mujer” y no necesitas ser hombre para saber.

En mi carrera, le dijo Eileen Pollack, enfrenté obstáculos psicológicos, aunque muchas mujeres que no tienen la oportunidad de estudiar ciencia quieren estar ahí.

En ese laboratorio, por razones de acción afirmativa en favor del género femenino, ahora están obligados a contratar a una mujer.

Beverly, otra de sus entrevistadas, le dijo a Pollack que eventualmente se sentía incómoda al ser la única mujer en el salón de clase. Luego se casó con un físico que da clases en Princeton.

Como estudiantes de ciencias, el tema de la maternidad las acorralaba, cuenta la autora, sobre todo porque ella y  Leslie, su compañera en física cuántica, provenían de familias donde la mamá se quedaba en casa hasta que los hijos iban a la escuela y nunca oyeron hablar de guardería. ¿Qué deberíamos de hacer, dejar seis años el estudio de la física?, se preguntaban.

La física soledad

En la vida académica no todo era el estudio de lo exacto, recuerda la autora, aunque los desafíos le fascinaban, sobre todo cuando había que descifrar un problema de astronomía o matemáticas y esto le tomara cinco meses. Era una vida solitaria, el aislamiento en que estaba aprendiendo ciencias exactas, aislada también de los demás compañeros de clase.

Recuerda que cuando rompió con su novio fue el caos, pero se repuso y en sus estudios dio lugar lo extra-físico, lo que le abrió la puerta a la filosofía literaria. Ahí se encontró con su talento y se convirtió en escritora, tras pasar tres años en la Universidad de Yale. Cinco de sus profesores la animaron a alejarse de la física teórica, donde siempre se sintió sola, en contraste con la camaradería y el ánimo que le dieron la literatura y la filosofía.

Eileen escritora

En su intento por buscar una clase de literatura, no logró ingresar con Harold Blomms al seminario de Wallace Stevens, porque era de los más avanzados. Sin embargo, sí se pudo inscribir con Jacob Bronowski, con quien publicó en Yale Cientific.

Siguió con emoción a su  profesor Martin Goldman, quien estaba intrigado porque una estudiosa de la física quería estar en el curso de escritura. Ahí había  mayoría de mujeres, con quienes sintió una gran conexión, lo contrario a lo que sentía con sus compañeros de física.

Eileen Pollack, durante una presentación en Michigan

Eileen Pollack, durante una presentación en Michigan

Leyó todo lo que le pedían para sus cursos, pero también “El segundo sexo”, de Simone de Beauvoir y Los diarios de Virginia Woolf. Nunca me hubiera vuelto  escritora si Herey no me hubiera dado ‘Goodbye and Good Luck’, de Grace Paley. Nunca había escuchado la voz de un autor que me recordara a mí misma, recuerda.

Pollack indica que su profesor John Hersey leyó uno de sus escritos y le dijo: “quiero que entiendas cuánto me llegó tu texto, me moviste, resonó en mi”. Y recuerda esa palabra porque la vibración es verdadera emoción, emoción física que llega al pecho de los lectores. Ella ama el cálculo como si leyera un poema, porque sin la física sería imposible predecir el comportamiento de cualquier objeto.

El género ¿cuenta?

La física no necesariamente es para todas las personas, dice Pollack, y pregunta si el género es importante para elegir una carrera, pues hay otras razones que influyen en las decisiones personales y que explican por qué la física no necesariamente es para todas las personas.

En su texto, Pollack recuerda el libro “Why so few? Women in science, technology, engineering and mathematics”, de la American Association of University Women, publicado en 2010, donde revela que sólo el cuatro por ciento de la fuerza laboral en Estados Unidos es empleada en ciencia, ingeniería y tecnología.

Pollack critica el sistema educativo y ubica ahí muchas de las razones por las cuales las mujeres tienen escasa presencia en las carreras científicas.

Sobre esto, su profesor Ed Wolff comentó que la preparatoria 98 por ciento de los estudiantes no toman cursos avanzados de matemáticas y quizá por eso muchos tienen un problema de actitud con las matemáticas: piensan que no pueden hacerlo y tienen miedo. Sin embargo, “las niñas son mejores en matemáticas que los niños”.

Para estudiar física, señala la autora, también es necesario haber tenido clases de pre-cálculo, porque eso ayudará bastante al llevar la carrera.

Londa Shiebinger, profesora de Stanford y autora de “Has feminism changed science?”, le dijo que es relativo que haya menos niñas en la clase de ciencias, porque la diferencia no está allí, sino que estriba en que, a la hora de obtener títulos académicos, “las niñas son educadas para ser modestas, mientras que los niños aprenden a exagerar su inteligencia, sus éxitos, su perspectiva de vida, incluso su altura y talla”. Y, en contraste, el talento de las niñas es desestimado por los niños.

Para Shelley Correl, profesor de sociología de Stanford, los niños son mejores en matemáticas y tienen mejores calificaciones “porque piensan que son mejores”.

Ella recuerda que siempre se sintió incómoda al estudiar ciencias y solo había dos o tres mujeres en su curso. Un profesor le confesó que es muy difícil trabajar con las científicas y hay algunos hombres que aseguran que las científicas no quieren ni trabajar con otras mujeres.

Son frecuentes las conductas sexistas en la escuela, recuerda Zhenya, a quien un asistente de investigación le dijo que su proyecto era una basura, que no tenía futuro, que se fuera a casa “a lavar trastes”.

Al entrevistar estudiantes de la Universidad de Michigan, una alumna le dijo que los muchachos de su equipo solo la dejaban tomar nota, no la dejaban hacer nada más. Sugiere que hay que hacer menos énfasis en la competencia dentro del salón de clase y ofrecer más la cooperación, pues no todo tiene que llevarte al aislamiento.

Pollack menciona que afuera de la oficina de la investigadora rusa Yevgeniya Zastavker hay un poster que dice: “Por cada niño  al que le dicen siempre que lo sabe todo, hay una niña cansada de que la gente no crea en su inteligencia”.

La sociedad nos dice que no estamos hechas para ser inteligentes, que al crecer seamos felices y tener como trofeo ser “la esposa”, pero no hagan caso sobre lo que la gente espera de nosotras.

Por eso, dice, es tan importante impulsar y dar confianza a las alumnas, a las niñas y jóvenes, porque necesitan con más frecuencia que los hombres ser impulsadas, debido a que se desarrollan en una sociedad sin equidad.

Esa inequidad hace que las mujeres vayan más a carreras donde las matemáticas no tienen un peso tan importante como en la física, las ingenierías o la computación. Recuerda que solo 13 por ciento de mujeres obtiene lugares en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Yale. Además, los hombres también son más estimulados para publicar sus investigaciones mientras que las mujeres permanecen más aisladas.

La investigadora Nancy Hopkins explica que si una mujer de alta capacidad académica en su área se queda en casa al cuidado de los niños, le dan una palmada en la espalda, pero si un hombre deja su carrera por la misma razón, la gente le dice que está mal, le preguntan ¿qué pasa contigo? Y que está desperdiciando todo.

Sobre este punto, dice Virginia Valian en su libro Why so slow? The advancement of Women,  que aunque los hombres publican más textos académicos que las mujeres, las publicaciones de ellas son mejor en calidad.

Jo Handelsman realizó un estudio en la Universidad de Yale, publicado en octubre de 2012, donde documenta el papel del género en las áreas de física, química y biología. Los llamados John fueron mejor recibidos a la hora de buscar trabajo y, más aún su salario era de más de 30 mil dólares, en comparación de las científicas llamadas Jennifer, que ganaban 26 mil 508 dólares.

Hay discriminación hasta en el caso de las distinciones académicas. Si una mujer gana el Premio Nobel, se dice de primera instancia que el descubrimiento seguramente lo hizo un hombre, que la mujer no es lo suficientemente capaz para algo así. Debemos pensar todo esto críticamente, afirma Eileen Pollack.

¿Influyen las diferencias culturales?

Las diferencias culturales también tienen sus implicaciones en la exclusión de las mujeres de las ciencias. Por ejemplo, en uno de los campeonatos de matemáticas, una estudiante rumana en la Universidad de Harvard le dijo al periódico The New York Times que en su país las matemáticas “no son solo para cerebritos”, es para tener intuición y ser creativos.

Pollack menciona también lo importante que es tener confianza en sí misma, ser segura. Tal y como lo demostró Richard Feyman con su  respetable 125 de IQ.

Otro tema es el del color de la piel, dice la  autora de “The only woman in the room”. La aceptación en la Universidad de Yale no es nada fácil, como se lo dijo una administradora del área de inscripciones, sobre todo si se trata de alguien “de color”.

En febrero de 2012, el American Institute of Physics registró que en 130 países había solo 15 mil hombres y mujeres inscritos en la carrera de física y que en casi todas las culturas ellas sufrían discriminación, tanto en el área de laboratorio, como en la administración escolar, en el préstamo de equipo o en los viajes académicos.

Feminismo y cielo azul

La astrofísica Andrea Dupree le dijo a Pollack que para que las mujeres destaquen en la física teórica necesitan ser “audaces, un poco más agresivas y acertadas”, que tengan sentido del ego, la habilidad para hablar y, por supuesto, para pensar”. Es decir -afirma por su parte la autora de esta reseña- necesita las mismas capacidades y habilidades que un hombre, pero dentro de un ambiente de equidad.

En el último epílogo de su libro, titulado “El cielo azul”, Pollack afirma que su deseo es que en el mundo de la ciencia las minorías, negras y latinas, trabajen juntas.

Recuerda también que durante el desarrollo de su investigación para su libro, hizo algunas publicaciones en el The New York Times, donde interactuó con las y los lectores y estas le decían “hermana, necesitas seguir haciendo esto, estás hablando por nosotras”.

La madre del investigador Fisk le dijo “el  éxito es la mejor revancha” y Pollack recomienda: “no se den por vencidas y no dejen sus carreras tan solo por criar a sus hijos, mejor es conseguirse a un esposo feminista”.

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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