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Ellas estarán en la ciencia, si así lo deciden: Eileen Pollack

Según Eileen Pollack, el sistema educativo, las diferencias culturales y el color de piel están relacionados con la exclusión de las mujeres de las ciencias

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Leticia Puente Beresford

NUEVA YORK, Estados Unidos.- Su vida, su historia en torno a la ciencia, es fascinante. Investigó durante 10 años, preguntó, detalló lo que pasan las mujeres, lo bueno y lo malo, cuando se deciden por la física, las matemáticas, las ingenierías…

Eileen Pollack cuenta en su libro ‘The only woman in the room’ que ella era una de las dos únicas mujeres junto con 118 compañeros de clase del área de ciencias de la Universidad de Yale.

Ella buscó durante una década por qué hay pocas mujeres en la ciencia. Buscó respuestas a partir de 2005, luego de que Lawrence Summers, de la Universidad de Harvard, se lo preguntara.

Buscó las palabras de maestros y compañeras de clase, de mujeres de ciencia y a todos preguntó sobre las barreras que enfrentan las mujeres y que hacen que estén sub-representadas en la ciencia. Preguntó las razones, con el fin de aportar algo que redujera la distancia entre los géneros en su acceso al estudio y desarrollo de la ciencia.

Su conclusión es que, si las mujeres desean estar en esas disciplinas, lo pueden hacer, si es que realmente lo quieren.

En su intenso libro, la autora recuerda su vida, su crecimiento, su evolución durante años, con relatos de su vida hogareña, sus años de escuela durante los 60 y 70, así como su carrera profesional en el área de ciencias exactas, en la física y la matemática.

Dice que cada vez que tenía alguna duda, su profesor la remitía al estudio de los tres tomos de Richard Feynman, porque el mejor camino para entender lo que hay detrás de un problema de física es sentarse y estudiar a ese autor.

En su libro, Pollack divide su historia y su investigación en tres partes: Learning liberty, Surviving Yale y Return to New Haven.

Una mujer o un “cerebrito”

Eileen Pollack se tituló como física teórica, pero se inclinó por las letras y da clases de escritura creativa en la Universidad de Michigan.

Durante su primer año de universidad, la mayor parte del tiempo la pasó fuera de clase, en la biblioteca de ciencias o en otras clases de física superior. Nadie la invito a salir y dice que eso fue, posiblemente, porque pensaban que era “un cerebrito”  o  sospechaban que era inteligente, que era ambiciosa y competitiva.

“Estaba más interesada en la ciencia y en las matemáticas que otras muchachas”, dice. Parecía que no era una mujer por completo, resulté que era como un hombre, recuerda. Sin embargo, entre sus vivencias cuenta cómo se inició en su vida sexual.

En el capítulo séptimo de su libro, titulado “Electricidad y Magnetismo”, Pollack reconoce que no fue fácil su carrera, ya que entre ecuaciones y desarrollo de sistemas funcionales, “cada que hacía una pregunta, no entendía la mitad de lo que decían”.

En contraste, Marie, matemática, le dijo que cuando los hombres no van bien en un curso, le echan la culpa al profesor, le reclaman o de plano se van a otra especialidad. En cambio, las mujeres se echan la culpa a sí mismas, es todo o nada, son perfectas o se salen.

Eileen le preguntó a Leslie, su compañera en la clase de física cuántica, si alguna vez se sintió fuera de lugar. Esta le contestó que “de vez en cuando, sobre todo en la clase de electrónica” y que “cuando sabes todo, te das cuenta de que eres mujer” y no necesitas ser hombre para saber.

En mi carrera, le dijo Eileen Pollack, enfrenté obstáculos psicológicos, aunque muchas mujeres que no tienen la oportunidad de estudiar ciencia quieren estar ahí.

En ese laboratorio, por razones de acción afirmativa en favor del género femenino, ahora están obligados a contratar a una mujer.

Beverly, otra de sus entrevistadas, le dijo a Pollack que eventualmente se sentía incómoda al ser la única mujer en el salón de clase. Luego se casó con un físico que da clases en Princeton.

Como estudiantes de ciencias, el tema de la maternidad las acorralaba, cuenta la autora, sobre todo porque ella y  Leslie, su compañera en física cuántica, provenían de familias donde la mamá se quedaba en casa hasta que los hijos iban a la escuela y nunca oyeron hablar de guardería. ¿Qué deberíamos de hacer, dejar seis años el estudio de la física?, se preguntaban.

La física soledad

En la vida académica no todo era el estudio de lo exacto, recuerda la autora, aunque los desafíos le fascinaban, sobre todo cuando había que descifrar un problema de astronomía o matemáticas y esto le tomara cinco meses. Era una vida solitaria, el aislamiento en que estaba aprendiendo ciencias exactas, aislada también de los demás compañeros de clase.

Recuerda que cuando rompió con su novio fue el caos, pero se repuso y en sus estudios dio lugar lo extra-físico, lo que le abrió la puerta a la filosofía literaria. Ahí se encontró con su talento y se convirtió en escritora, tras pasar tres años en la Universidad de Yale. Cinco de sus profesores la animaron a alejarse de la física teórica, donde siempre se sintió sola, en contraste con la camaradería y el ánimo que le dieron la literatura y la filosofía.

Eileen escritora

En su intento por buscar una clase de literatura, no logró ingresar con Harold Blomms al seminario de Wallace Stevens, porque era de los más avanzados. Sin embargo, sí se pudo inscribir con Jacob Bronowski, con quien publicó en Yale Cientific.

Siguió con emoción a su  profesor Martin Goldman, quien estaba intrigado porque una estudiosa de la física quería estar en el curso de escritura. Ahí había  mayoría de mujeres, con quienes sintió una gran conexión, lo contrario a lo que sentía con sus compañeros de física.

Eileen Pollack, durante una presentación en Michigan

Eileen Pollack, durante una presentación en Michigan

Leyó todo lo que le pedían para sus cursos, pero también “El segundo sexo”, de Simone de Beauvoir y Los diarios de Virginia Woolf. Nunca me hubiera vuelto  escritora si Herey no me hubiera dado ‘Goodbye and Good Luck’, de Grace Paley. Nunca había escuchado la voz de un autor que me recordara a mí misma, recuerda.

Pollack indica que su profesor John Hersey leyó uno de sus escritos y le dijo: “quiero que entiendas cuánto me llegó tu texto, me moviste, resonó en mi”. Y recuerda esa palabra porque la vibración es verdadera emoción, emoción física que llega al pecho de los lectores. Ella ama el cálculo como si leyera un poema, porque sin la física sería imposible predecir el comportamiento de cualquier objeto.

El género ¿cuenta?

La física no necesariamente es para todas las personas, dice Pollack, y pregunta si el género es importante para elegir una carrera, pues hay otras razones que influyen en las decisiones personales y que explican por qué la física no necesariamente es para todas las personas.

En su texto, Pollack recuerda el libro “Why so few? Women in science, technology, engineering and mathematics”, de la American Association of University Women, publicado en 2010, donde revela que sólo el cuatro por ciento de la fuerza laboral en Estados Unidos es empleada en ciencia, ingeniería y tecnología.

Pollack critica el sistema educativo y ubica ahí muchas de las razones por las cuales las mujeres tienen escasa presencia en las carreras científicas.

Sobre esto, su profesor Ed Wolff comentó que la preparatoria 98 por ciento de los estudiantes no toman cursos avanzados de matemáticas y quizá por eso muchos tienen un problema de actitud con las matemáticas: piensan que no pueden hacerlo y tienen miedo. Sin embargo, “las niñas son mejores en matemáticas que los niños”.

Para estudiar física, señala la autora, también es necesario haber tenido clases de pre-cálculo, porque eso ayudará bastante al llevar la carrera.

Londa Shiebinger, profesora de Stanford y autora de “Has feminism changed science?”, le dijo que es relativo que haya menos niñas en la clase de ciencias, porque la diferencia no está allí, sino que estriba en que, a la hora de obtener títulos académicos, “las niñas son educadas para ser modestas, mientras que los niños aprenden a exagerar su inteligencia, sus éxitos, su perspectiva de vida, incluso su altura y talla”. Y, en contraste, el talento de las niñas es desestimado por los niños.

Para Shelley Correl, profesor de sociología de Stanford, los niños son mejores en matemáticas y tienen mejores calificaciones “porque piensan que son mejores”.

Ella recuerda que siempre se sintió incómoda al estudiar ciencias y solo había dos o tres mujeres en su curso. Un profesor le confesó que es muy difícil trabajar con las científicas y hay algunos hombres que aseguran que las científicas no quieren ni trabajar con otras mujeres.

Son frecuentes las conductas sexistas en la escuela, recuerda Zhenya, a quien un asistente de investigación le dijo que su proyecto era una basura, que no tenía futuro, que se fuera a casa “a lavar trastes”.

Al entrevistar estudiantes de la Universidad de Michigan, una alumna le dijo que los muchachos de su equipo solo la dejaban tomar nota, no la dejaban hacer nada más. Sugiere que hay que hacer menos énfasis en la competencia dentro del salón de clase y ofrecer más la cooperación, pues no todo tiene que llevarte al aislamiento.

Pollack menciona que afuera de la oficina de la investigadora rusa Yevgeniya Zastavker hay un poster que dice: “Por cada niño  al que le dicen siempre que lo sabe todo, hay una niña cansada de que la gente no crea en su inteligencia”.

La sociedad nos dice que no estamos hechas para ser inteligentes, que al crecer seamos felices y tener como trofeo ser “la esposa”, pero no hagan caso sobre lo que la gente espera de nosotras.

Por eso, dice, es tan importante impulsar y dar confianza a las alumnas, a las niñas y jóvenes, porque necesitan con más frecuencia que los hombres ser impulsadas, debido a que se desarrollan en una sociedad sin equidad.

Esa inequidad hace que las mujeres vayan más a carreras donde las matemáticas no tienen un peso tan importante como en la física, las ingenierías o la computación. Recuerda que solo 13 por ciento de mujeres obtiene lugares en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Yale. Además, los hombres también son más estimulados para publicar sus investigaciones mientras que las mujeres permanecen más aisladas.

La investigadora Nancy Hopkins explica que si una mujer de alta capacidad académica en su área se queda en casa al cuidado de los niños, le dan una palmada en la espalda, pero si un hombre deja su carrera por la misma razón, la gente le dice que está mal, le preguntan ¿qué pasa contigo? Y que está desperdiciando todo.

Sobre este punto, dice Virginia Valian en su libro Why so slow? The advancement of Women,  que aunque los hombres publican más textos académicos que las mujeres, las publicaciones de ellas son mejor en calidad.

Jo Handelsman realizó un estudio en la Universidad de Yale, publicado en octubre de 2012, donde documenta el papel del género en las áreas de física, química y biología. Los llamados John fueron mejor recibidos a la hora de buscar trabajo y, más aún su salario era de más de 30 mil dólares, en comparación de las científicas llamadas Jennifer, que ganaban 26 mil 508 dólares.

Hay discriminación hasta en el caso de las distinciones académicas. Si una mujer gana el Premio Nobel, se dice de primera instancia que el descubrimiento seguramente lo hizo un hombre, que la mujer no es lo suficientemente capaz para algo así. Debemos pensar todo esto críticamente, afirma Eileen Pollack.

¿Influyen las diferencias culturales?

Las diferencias culturales también tienen sus implicaciones en la exclusión de las mujeres de las ciencias. Por ejemplo, en uno de los campeonatos de matemáticas, una estudiante rumana en la Universidad de Harvard le dijo al periódico The New York Times que en su país las matemáticas “no son solo para cerebritos”, es para tener intuición y ser creativos.

Pollack menciona también lo importante que es tener confianza en sí misma, ser segura. Tal y como lo demostró Richard Feyman con su  respetable 125 de IQ.

Otro tema es el del color de la piel, dice la  autora de “The only woman in the room”. La aceptación en la Universidad de Yale no es nada fácil, como se lo dijo una administradora del área de inscripciones, sobre todo si se trata de alguien “de color”.

En febrero de 2012, el American Institute of Physics registró que en 130 países había solo 15 mil hombres y mujeres inscritos en la carrera de física y que en casi todas las culturas ellas sufrían discriminación, tanto en el área de laboratorio, como en la administración escolar, en el préstamo de equipo o en los viajes académicos.

Feminismo y cielo azul

La astrofísica Andrea Dupree le dijo a Pollack que para que las mujeres destaquen en la física teórica necesitan ser “audaces, un poco más agresivas y acertadas”, que tengan sentido del ego, la habilidad para hablar y, por supuesto, para pensar”. Es decir -afirma por su parte la autora de esta reseña- necesita las mismas capacidades y habilidades que un hombre, pero dentro de un ambiente de equidad.

En el último epílogo de su libro, titulado “El cielo azul”, Pollack afirma que su deseo es que en el mundo de la ciencia las minorías, negras y latinas, trabajen juntas.

Recuerda también que durante el desarrollo de su investigación para su libro, hizo algunas publicaciones en el The New York Times, donde interactuó con las y los lectores y estas le decían “hermana, necesitas seguir haciendo esto, estás hablando por nosotras”.

La madre del investigador Fisk le dijo “el  éxito es la mejor revancha” y Pollack recomienda: “no se den por vencidas y no dejen sus carreras tan solo por criar a sus hijos, mejor es conseguirse a un esposo feminista”.

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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