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Con voz propia

Elección en México: Lisonja y traición

La elección en México también puso de relieve las traiciones de la candidata del PAN a sus militantes. Una serie de hechos así lo demuestran.

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Josefina Vázquez Mota Foto: red

Síntesis de la elección en México (Segunda de tres partes)

Primera parte

Ricardo V. Santes Álvarez*

Durante el segundo debate presidencial, el 10 de junio, Gabriel Quadri de la Torre llamó “zalamera” a Josefina Vázquez Mota; ello, a raíz de que ésta le atribuyó ser personero de los intereses de Elba Esther Gordillo. El candidato del Panal respondió de esa manera, recordándole a la panista que anteriormente se expresaba de la maestra como “querida amiga”.

El detalle fue uno de tantos, en esa maraña de desfiguros que caracterizaron la participación de Vázquez Mota en un evento donde, entre otras cosas, cambió de género a sus adversarios políticos, levantó acusaciones sin verdad a Andrés Manuel López Obrador (que fue el autor del himno del PRI de Tabasco) y repitió trillada mofa a Enrique Peña Nieto (que se escondió en un baño de la Ibero). Pese a todo, hasta el 11 de julio en entrevista con Joaquín López Dóriga, Josefina se dijo “ganadora” del debate.

El tiempo, como el mejor juez, va poniendo las cosas en su lugar. La candidata del PAN no sólo no ganó tal encuentro (lo que a fin de cuentas es insustancial) sino que ha venido dilapidando penosamente el capital político que hasta el 1 de julio había logrado. Adicionalmente, el correr de los días muestra que Gabriel Quadri tenía razón.

El papel de Vázquez Mota durante el actual proceso electoral, que (debe subrayarse) aún no concluye, vino de más a menos; al grado que ahora muchos lo juzgan como decepcionante. Sin embargo, todo acontecimiento tiene más de una interpretación; en ese sentido, la verdadera encomienda de Josefina se cumplió de forma exitosa. Ella tenía una tarea específica, asignada por las cúpulas del poder aglutinadas en el PRI y el PAN (el PRIAN), consistente en fracturar la estrategia del voto útil a favor de quien tenía posibilidades reales de competir, el odiado enemigo López Obrador.

La derrota de Josefina no fue de ella. Fue esencialmente una dolorosísima derrota de los auténticos simpatizantes del PAN, de esos ciudadanos que vieron en su candidata una verdadera opción. El tiempo muestra que los resultados del 1 de julio significan una victoria de quienes apostaron por Peña Nieto y, en consecuencia, por el descalabro de López Obrador. En este mar de apariencias, Josefina surge como triunfadora porque, como ella misma afirma, es demócrata, respeta las instituciones, se carga millones de votantes a los que agrupará en una nueva organización ciudadana, y está lista para escuchar ofertas de quien se interese por sus servicios, como insinuó a López Dóriga. “Estoy evaluando diversas alternativas”, “no he cerrado ninguna posibilidad”, expresó al comunicador.

Una mente fría, que haya asimilado los desencuentros con quienes votarían por opciones políticas diferentes, reconocerá que Vázquez Mota se prestó a jugar el triste papel de peón del ajedrez de los poderosos, quienes acordaron actuar en beneficio del abanderado del PRI. O ¿acaso no se dio cuenta que fue instrumental a la cúpula del PRIAN? Paradójicamente, las voces más sinceras pudieron ser las de Vicente Fox y Manuel Espino cuando le hicieron ver que “el bueno” era Peña Nieto. Mi impresión es que Josefina estuvo todo el tiempo consciente de esa situación y fue connivente con ella.

Pero eso no es lo peor. Lo deplorable es que, en esa actitud lisonjera hacia el círculo de los privilegiados azules (y tricolores), a Vázquez Mota le importó un comino mentir, engatusar y luego traicionar a los auténticos panistas y demás simpatizantes de su candidatura. Los sucesos de la última semana de la campaña hablan por sí mismos. Entre el 23 y el 26 de junio jugueteó con la “puntitis” y las encuestas. Primero en el DF dijo estar a sólo 6 puntos del candidato del PRI; “lo vamos a alcanzar, lo vamos a rebasar” afirmó. Luego en Mérida aseguró estar a 5 puntos, para más tarde, en Chiapas, aseverar que se encontraba a “un par de puntos” del priista. Con esa mentira, Josefina dio falsas esperanzas a sus potenciales votantes.

Para regocijo del abanderado del PRI, ese primer día de julio, antes de que empezaran a hacerse públicos los datos del conteo rápido del Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP), y antes de que en los estados de occidente, con diferente uso horario, cerraran votaciones, Vázquez Mota anunciaba que las tendencias no le favorecían. Argumentando certeza de elecciones limpias y convicción democrática, no esperó a conocer los resultados del PREP y dobló las manos prematuramente. Con esa claudicación, dejó olvidados a quienes votaron por ella, pues finalmente descubrieron que su voto no sólo fue inútil sino que, al emitirlo a favor del PAN, involuntariamente beneficiaron al PRI de Peña Nieto.

Aunque para algunos sea difícil aceptarlo, Vázquez Mota traicionó a sus simpatizantes.

Finalmente, la trampa quedaba al descubierto. Desde tiempo atrás la cúpula del poder orquestó la farsa de que Josefina mantenía “cerrada lucha” con López Obrador por ese estratégico segundo lugar de las encuestas, para así evitar el voto útil en contra del PRI (en colaboraciones previas me he ocupado de esto).

Quedó demostrado lo facciosa que fue la actitud de las encuestadoras “serias”, las que todo el tiempo estuvieron coludidas con la cúpula del poder para influir en la percepción de la ciudadanía. Luego del presunto triunfo del abanderado del PRI, un vocero de lengua muy larga y credibilidad inversamente proporcional, Ciro Gómez, reconoció públicamente que la encuestadora GEA-ISA “se equivocó”.

Dije que el proceso electoral no ha concluido. Al contrario, luego de conocerse los resultados de la elección y descubrirse infinidad de irregularidades sucedidas en las campañas y en el mismo día de la jornada, empieza a vivirse un inédito despertar social que nadie se atreve a predecir hasta dónde llegará. Seguramente por ello, continuando con la estrategia de inactivación social a través de la atomización, desde el martes 3, luego de reunirse con los privilegiados azules además del enlace directo con el PRI, el abogado Diego Fernández, la señora diferente salió al escenario, nuevamente, para anunciar la creación de un movimiento ciudadano, la “Ola civil”, que se propone aglutinar, según confía, a los 12, 786, 647 mexicanos que se inclinaron por ella. Vale reflexionar cuántos de esos votantes seguirán todavía a quien, junto con la actual dirigencia del PAN, parece haber olvidado los principios que históricamente han guiado a esa organización política, donde la democracia y las elecciones limpias son valores principales.

En su aparición del 1 de julio anunciando su fracaso, Josefina dijo ser demócrata y confiar en las instituciones. En entrevista con Reporte Índigo, insistió en esa perorata; y en la conversación con López Dóriga, reiteró por enésima ocasión su trillado discurso.

Ahora, contrastemos. Enuncio los siguientes hechos:

1) la reprobable declaración del presidente del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, José Alejandro Luna Ramos, quien ya juzgó como improcedente la impugnación de las elecciones;

2) el cuestionado papel del consejero presidente del IFE, Leonardo Valdés Zurita, quien habló de “un proceso ejemplar”;

3) la imprudente felicitación del presidente Calderón a Peña Nieto;

4) las evidencias del desaseado proceso electoral que se acumulan día tras día;

5) la declaración del presidente del PAN, Gustavo Madero, en el sentido que el PRI solamente gana “a billetazos”;

6) la afirmación del presidente de la República que es inaceptable la compra de votos y por ello exige que el asunto se investigue;

7) la declaración de Peña Nieto en el sentido que sus adversarios de la izquierda han logrado engañar al propio presidente;

8) la llamada de atención del presidente del PRI, Pedro Joaquín Coldwell, al presidente Calderón, para que recuerde cómo asumió el cargo en 2006;

9) la creciente inconformidad social que se manifiesta en las plazas públicas del país, donde los ciudadanos, incluyendo a muchos panistas, se pronuncian contra el fraude.

Luego, frente a todos esos hechos pregunto ¿por qué Josefina Vázquez Mota permanece inmóvil cuando es, supuestamente, una de las principales afectadas?

En la plática con Reporte Índigo, Josefina aseveró contundentemente que no coincide en nada con López Obrador “Yo creo que es un hombre absolutamente antidemócrata”, dijo. Aunque habrá que recordarle que, en estos precisos momentos, López Obrador está tocando la puerta de esas instituciones que ella dice respetar demandando su derecho, y el de todos los mexicanos que se sienten agraviados, para que se limpie la elección presidencial en estricto apego a la legalidad y la justicia.

El mundo al revés: el enemigo de la institucionalidad demandando la prevalencia del estado de Derecho y la demócrata guardando acomodaticio silencio… ¿Qué clase de democracia profesará? ¿Una de discurso pero de cómplice inacción?

Colofón:

En la entrevista con López Dóriga, Josefina aseguró “No dejaré abandonados a mis votantes”; tal vez se refiera a los del 2018, porque a los del 2012 los olvidó el 1 de julio. También, envió un mensaje a los jóvenes: “No se pueden cansar de defender la democracia y luchar por la libertad”; así es; pero ella no es precisamente el ejemplo a seguir. Se cansó muy pronto.

Vicente Fox recomienda a Peña Nieto invitar a López Obrador y Vázquez Mota a colaborar. Tal vez en estos momentos la demócrata esté esperando que un emisario tricolor toque a su puerta.

*El autor es mexicano, investigador del Colegio de la Frontera Norte

Twitter: @RicSantes

 

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Arteleaks

Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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