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Con voz propia

El zapatismo no está muerto

El zapatismo vigente con una política de contrainsurgencia pacífica

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Foto: chatorex.bogspot.com

Crónicas rancheras 

Vinicio Chaparro

Acá, en estas tierras inhóspitas, olvidadas de la mano de dios, y muy heladas, cada vez queda más claro por qué los analistas rancheros están en el rancho. Había anunciado con bombos y platillos la avenencia de una nueva revolución y La Séptima Declaración de la Selva Lacandona y, nanay, ninguna de las dos.

Las mordaces críticas a mi aventurismo revolucionario no se hicieron esperar, (son los riesgos cibernéticos), después de la terrible regañina que me dieron hasta por estribor, otros analistas rancheros de gran calado, no queda más que pedir una disculpa. No era la revolución. No, no era, me ganó el entusiasmo, y digo que no era porque hoy aparecieron nuevas mantas del crimen organizado. Perdón, comunicados del EZLN, pero le cayeron al gobierno como mantas de El Chapo, el famoso Chapo. O peor.

Esos comunicados estuvieron más pesados que la marcha del silencio del día 21, incrementaron las reuniones de análisis de los dueños del poder, hasta el recalentado se ha arruinado. Pobre Gaviota, una silla vacía la acompaña por doquier.

Son tres comunicados. Tres.

En un comunicado ponen al PAN, y a Luisito H. Álvarez, como sostén de gallinas (donde se paran a dormir) y lo mandan (a don Luis) a la sierra tarahumara, a aprender de los indígenas. Pobre don Luisito, tan bueno que era, casi Fray Bartolomé de las Casas. Pero no creo que le haga caso al Sub, hace mucho frío allá. Seguro que se va a hacer güey, (como analista ranchero). Lo conozco mosco. La calefacción es la calefacción.

En otro comunicado, el Sub me da la razón sobre Chauyfett, le baja la máscara, (bueno, nomás eso faltó de bajarle) y lo redescubre como el asesino de Acteal, y no se detiene ahí, se va de largo con la espada desenvainada; ninguno de los jefes quedó limpio, les sacó todos sus trapitos (¿trapitos?, ¡trapotes!) al sol, les leyó todos los delitos (¡y delotes!) y casi les dijo hasta de que se iban a morir. ¿Ya ven por qué dije que Osorio Chong había dicho una barbáridad?, hizo enojar al Sub. Todavía se andan limpiando el hedor.

Les llamó hasta delincuentes

Pero el comunicado bueno, el que me da la razón sobre el llamamiento pacífico del EZLN que había anticipado antes, es donde el EZ marca los pasos a seguir. Ahí debe ser el próximo análisis. Les recomiendo antes de entrar a esto, que lean los comunicados publicados en la página de Enlace Zapatista. Por si no, les paso un fragmento del resumen que hizo Blanche Petrich (mi novia), en La Jornada esta mañana:

“En el primero de esta nueva serie de comunicados del Comité Clandestino Revolucionario Indígena (CCRI) se anuncian los pasos que el EZLN dará en los meses siguientes: consolidará su pertenencia al Congreso Nacional Indígena; retomará el contacto con los adherentes a la Sexta Declaración de la Selva Lacandona; construirá los puentes necesarios con los movimientos sociales que han surgido y surgirán. Los zapatistas también aclaran que continuarán su distancia crítica frente a la clase política mexicana. En esta crítica tampoco hacen excepción alguna. Afirman que los partidos Revolucionario Institucional (PRI), Acción Nacional (PAN), de la Revolución Democrática (PRD), Verde Ecologista de México (PVEM), del Trabajo (PT), CC y el futuro partido Regeneración Nacional hicieron todo lo posible por destruirnos y los han atacado militar, política, social e ideológicamente”.

Hay que poner atención en estas palabras: “(…) retomará el contacto con los adherentes a la Sexta Declaración de la Selva Lacandona; construirá los puentes necesarios con los movimientos que han surgido y surgirán.”

No hay séptima declaración, La Sexta sigue rifando

Tampoco hay llamamiento a la revolución, sino un llamamiento a unirse. Ellos, hay que destacar, no dicen que quieren ser la vanguardia de la insurrección, sino que se incorporan a la bola para aprender de los otros movimientos sociales. Me llamó la atención que en una parte, el Sub, a la izquierda electoral les da, de refilón, un coscorrón furtivo, los llama a que reconozcan su otra forma de hacer política, del EZ. No se escapó nadie, ni los medios de comunicación.

En La Jornada, se sintieron heridos, pues cuando el Sub llena de heces fecales a los medios; hasta mi querida Jornada se sintió lastimada, y muy triste, dice, La Jornada: que el Sub atacó a los medios…“sin hacer distinción”. Si le cayeron unas manchitas a mi querida Jornis. Pobrecita.

Aceptamos y entendemos que no se hizo un llamado a la revolución, como lo había previsto de manera errónea, un servidor, ya pedí disculpas, pero… como acá, por estos rumbos, no sabemos perder, hay que aceptar que no fue un llamamiento a la revolución, pero es, de todos modos, un llamado a la pre-revolución. O sea que me equivoqué, pero poquito.

Y sigue mi novia Blanche Petrich diciendo:

“Al nuevo gobierno que encabeza ahora Enrique Peña Nieto, a los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, el comunicado del CCRI los emplaza: Queda entonces decidir si reincide en la política contrainsurgente que sólo ha conseguido una endeble simulación torpemente sustentada en el manejo mediático, o reconoce y cumple sus compromisos elevando a rango constitucional los derechos y la cultura indígenas plasmados en los Acuerdos de San Andrés, firmados en 1996 por el gobierno de Ernesto Zedillo.

Ya con estas pocas palabras, sin entrar todavía a un análisis más profundo sobre otros aspectos de los comunicados, está un poco más claro el panorama, los zapatistas siguen exigiendo el reconocimiento de los pueblos indios plasmado en aquellos viejos acuerdos acordados con Zedillín,

Contrainsurgencia o Acuerdos de San Andrés: disyuntiva para el gobierno de Peña Nieto

Algo que cabe destacar al respecto es que los zapatistas piden el reconocimiento de los Acuerdos de San Andrés pero no hablan, en ningún momento, de negociación. Esto significa que el gobierno deberá reconocerlos (los acuerdos), solito, o enfrentar una insurgencia pacífica. Y eso, puede definir el curso de los acontecimientos. Ya lo veremos más adelante cuando la clase política salga de los buñuelos. Los zapatistas reinciden en su lucha original. El reconocimiento jurídico de los pueblos indios. De la actitud y respuesta que tome el gobierno dependerá lo que sigue.

Por supuesto que el gobiernito de Peñita Nietito, buscará negociar, hacer tiempo, esperar a que el Congreso reaccione, habría que reconstruir la Cocopa y un sinfín de cosas más, (correr a Chauyffecito, por ejemplo, cuando se llegue al tema de Acteal), todo lo que sea, pero los zapatistas nunca dicen que quieren negociar, entonces, según esto, los acuerdos deberán ser aprobados tal como están. Así lo entiendo, hay que estar atentos a los acontecimientos posteriores de la pre-revolución. Que es una etapa poquitito antes de la revolución. Joy, joy.

Algo importante; como estrategia de lucha, los zapatistas hablan de la sabiduría indígena. se es el tema toral para comprender la estrategia de los zapatistas. La sabiduría indígena. Eso queda claro.

En buen lenguaje rural; los zapatistas pues, no llamaron a la revolución, van a hacer bola y a juntar piedras, primero.

Sólo que no hay que olvidar que anunciaron nuevos comunicados.

O sea que: No estaban muertos… eso salieron a decir en silencio el 21.

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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