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Con voz propia

El sueño guajiro de la reforma energética en México

El gobierno mexicano sostiene que con la reforma energética va a haber un crecimiento del PIB, y ciertamente, lo queno dice es que será dentro de 375 años

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Los priistas Pedro Joaquín Codwell y Luis Videgaray, encargados de responder a Cuarón. Foto: sipse.com

Los priistas Pedro Joaquín Codwell y Luis Videgaray, encargados de responder a Cuarón. Foto: sipse.com

Por Jorge López Gallardo* y Emmanuel Ameth**

En México, el petróleo es un recurso que ha sido indispensable para la financiación de las instituciones y es por ello que la Reforma Energética promovida por el presidente Enrique Peña Nieto ha encontrado oposición en diversas esferas de la sociedad. De las críticas vertidas, llama la atención que fue la del cineasta Alfonso Cuarón la única merecedora de atención por parte del mandatario -tal vez porque ambos provienen del espectáculo y entretenimiento. Pero lo que llama más la atención son las afirmaciones tan descabelladas de la respuesta oficial.

Porque las proyecciones emitidas por el gobierno de Peña Nieto son absurdas y altamente improbables; afortunadamente esto es fácilmente demostrable con un simple análisis matemático.

En el documento que se responde a los diez cuestionamientos hechos por Cuarón destacan la vaguedad y ambigüedad del cronograma para la obtención de beneficios concretos como también -y más preocupante- la falsedad en cuantía sobre las proyecciones realizadas por los supuestos especialistas en Energía y Economía del gobierno mexicano.

Como se demostrará a continuación, es falso que en 2018 la Reforma Energética vaya a generar por sí misma un incremento adicional del 1% del PIB y 500 mil empleos como lo es que para 2025 sea de un 2% adicional y 2.5 millones de empleos adicionales más.

empleo

Figura 1. Gobierno de México, Presidencia de la República. “10 Respuestas”. Tomado de reformaenergetica.gob.mx

Quisiéramos suponer que la proyección realizada por el operador de Peña Nieto y flamante economista del MIT Luis Videgaray Caso, se refiere a empleos formales.

México es un país donde más de las dos terceras partes de la población ocupada lo hace en la economía subterránea. De hecho, contando los empleos formales e informales de la Economía, sí se tienen 50 millones de trabajadores en el país; el problema es que las actividades con mayor ocupación de la informalidad en México tienen que ver con la preparación de alimentos, ventas por catálogo e infinidad de servicios que más bien se asemejan al comercio ambulante.

Quisiéramos pensar que cuando el Ministro de Hacienda Videgaray dice que una Reforma Energética nos llevará a la modernidad, no se refiere a la creación de puestos de garnacha y piratería. Sería deprimente perder a la industria petrolera estatal y los casi 40% de ingresos totales que abona al país si este sacrificio no derivara en la creación de plazas formales; recordemos que en manos privadas y en contratos de licencia el petróleo redituará tan sólo el 10% de sus ingresos al erario.

Sin embargo, si Videgaray se refiere a empleos formales, sus afirmaciones rayan completamente en el absurdo, tanto en el número de empleos que se espera crear como en su relación con el crecimiento esperado del PIB. Veamos estas falacias en detalle.

 

El sueño de Videgaray

Obsérvelo de esta forma: México necesita de todos los valores agregados actuales para crear, apenas, 16.2 millones de empleos formales, según las cifras del Instituto Mexicano de Seguridad Social (IMSS), ver Tabla 1 en el Apéndice. Así, cada punto porcentual de nuestra producción generaría en promedio 162 mil empleos, y 500 mil empleos corresponderían a un crecimiento del 3%.

Por otro lado, datos del Centro de Estudios de las Finanzas Públicas de la Cámara de Diputados (ver Tabla 1), indican que la variación del PIB está íntimamente ligado a la variación del empleo; tal relación se muestra en la Figura 2.

empleo

Figura 2. Relación entre el crecimiento del PIB y el del empleo. Los puntos son los datos de la Tabla 1 y la línea es un ajuste de mínimos cuadrados a los puntos.

La confiabilidad de tal relación es cuantificable por medio de la correlación de Pearson que muestra un coeficiente de 0.956 (ver Tabla 2 en el Apéndice) entre los crecimientos del PIB y de los asegurados; siendo esta correlación tan cercana a ‘1’ podemos hablar de una correlación positiva perfecta.

Lo anterior demuestra que para que haya un crecimiento del empleo de 3% se necesita que haya un crecimiento del PIB del mismo orden, es decir, de aproximadamente 3% (ver punto “A” en la Figura 2).

 [O por el contrario, para que un 1% de crecimiento adicional del PIB genere 500 mil empleos adicionales, se necesitaría que hubieran 50 millones de empleos formales en México. Quisiéramos suponer que el Ministro no pretende llegar a tal cantidad de empleos para el 2018, pues eso significaría una generación anual de 8.5 millones de plazas equivalente al 50% del total de empleos logrados en toda la historia mexicana – ¡pero de manera anual y mantenido durante cuatro ejercicios consecutivos!]

Por el lado que se vea, asegurar que es posible hacer crecer el empleo en un 3% con un incremento del PIB del 1% es, en términos coloquiales, un sueño guajiro del ex profesor de la Ibero.

Pero adhiriéndonos al rigor matemático, pasemos ahora a cuantificar la guajirez del sueño del Dr. Videgaray.  Consultando ese bastión del conocimiento humano (wikcionario), podemos ver que “sueño guajiro” significa “Fantasía irrealizable o poco probable”, por lo que el siguiente paso es medir que tan probable es la fantasía del Doctor en Economía con especialidad en Finanzas Públicas.

En lenguaje llano, ¿qué tan probable es que se pueda obtener un crecimiento del 3% con un crecimiento del PIB de hasta 1%?

Por supuesto que esto no es imposible.  Como se puede ver en la Figura 2, los puntos no caen exactamente sobre la línea que relaciona los crecimientos, por lo que sí es posible que haya puntos que se alejen de la recta. En nuestro caso estaríamos buscando la probabilidad de que haya un año en el que los crecimientos coincidan en el punto “B”.

Suponiendo que los puntos aparecen alrededor de la línea con una distribución normal, y usando el promedio de las diferencias del crecimiento del PIB entre datos y línea recta como la variación estándar de tal distribución (0.7198), es posible estimar la probabilidad de que aparezcan puntos con crecimiento de empleo de 3% y un crecimiento del PIB de 1% o menos. Para no inventar el hilo negro, este cálculo se puede hacer en el sitio www.calculator.net (con m=3, s=0.7198) y nos da una minúscula probabilidad de 0.002662.  Esto, de hecho, nos dice que el sueño de Videgaray no es imposible, como están las cosas sucedería una vez cada 375 años, con un poco de suerte ese año podría ser el 2018.

Despertando del sueño

Quisiéramos decir que nos sorprende que el presidente del espectáculo haga afirmaciones espectaculares, pero desgraciadamente no es así. ¿Quién, además de la presidencia de la república, es responsable de avalar las proyecciones sobre las respuestas a Cuarón? Si en algo tan sencillo como las previsiones erró tan fatídicamente ¿qué podemos esperar de la reforma en su conjunto hablando de su impacto real? ¿Gozan de algún tipo de credibilidad el resto de las afirmaciones sobre los beneficios que pueden derivar de la Reforma Energética?

¡Cómo quisiéramos ser Cuarón para que la Presidencia de México se digne a contestarnos estas simples preguntas!

Apéndice

valoracion

Tabla 1. Comparativo de las variaciones del PIB y del número de asegurados del IMSS.

asegurados

  *Jorge López Gallardo es Físico Teórico mexicano miembro de la Academia Mexicana de Ciencias y multipremiado en la Unión Americana

**Emmanuel Ameth es Analista económico

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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