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Con voz propia

El retrato de Acapulco

El azote de la tormenta en Acapulco pone en evidencia la corrupción en construcción de infraestructura y el manejo de los recursos para atender desastres

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Un aspecto de los derrumbes provocados por la tormenta. Foto: sipse.com

Por Emmanuel Ameth

Acapulco, que otrora fuera el puerto paradisíaco de México por excelencia es hoy blanco de un sinfín de tragedias. A los desastres naturales más comunes como lo son sismos de alta magnitud, huracanes, tifones, etc., habrá que sumarle el desempleo, la pobreza y sobre todo, la corrupción y la delincuencia exacerbada. Las condiciones actuales del puerto representan no sólo la consecuencia lógica del abandono por parte de las autoridades sino también, el resultado de una política pública perversa que hoy el Revolucionario Institucional (PRI) quiere extrapolar a todo el país.

Familias evacuadas de sus hogares. Foto: latam.com

Familias evacuadas de sus hogares. Foto: latam.com

Lucrando con el sufrimiento

Porque los desastres naturales duelen más donde menos recursos y organización hay; incluso pareciera que la inundación se hubiera dado en Haití si lo medimos por sus consecuencias. Existen recursos para hacer frente a este tipo de tragedias como lo han habido cada año por parte del Fondo de Desastres Naturales y muchos otros; pero si estos no son supervisados para que se lleven a cabo trabajos de calidad, los mismos problemas se presentan de forma periódica.

La corrupción fomenta así el bizarro negocio de la tragedia, el que les garantiza recursos a las empresas pertenecientes a la clase política tener actividad cada temporada, arreglando los defectos intencionales que no se corrigieron en la anterior.

Salvando la computadora. Foto: lanacion.com

Salvando la computadora. Foto: lanacion.com

Cultivando mano de obra barata

En Acapulco la formación superior de calidad simplemente no existe a pesar de contar con más de 700 mil habitantes. Quien desee tener una buena formación académica, deberá mudarse a otro municipio con las dificultades que ello implica. Sus instituciones públicas no destacan mientras que las privadas son de muy baja calidad. Tampoco fomentan el emprendurismo y es que no les interesa tener nuevos empresarios ni generadores de empleo. Así garantizan la conservación del statu quo que mantiene a 9 de cada 10 habitantes allí en condiciones de pobreza y vulnerabilidad, candidatos perfectos para ocupar las vacantes que requiere el sector turístico.

Acapulco es el municipio con mayor número de pobres alimentarios que hay en México como bien reconociera Desarrollo Social.

El puerto está ubicado en el Estado de Guerrero, mismo que forma que junto con sus vecinos Oaxaca y Chiapas complementan el cinturón de mayor pobreza en México, con municipios que viven con Índices de Desarrollo Humano equiparables a los de África Subsahariana a pesar de la abundancia de recursos naturales.

La muestra más terrible de la descomposición social del puerto es la delincuencia. Tan sólo el año pasado Acapulco se convirtió en la 4ta ciudad con mayor número de homicidios dolosos en el mundo, a pesar de no ser, aparentemente, una región que se encuentre en guerra. La disputa de cárteles por el control de territorio se torna cada vez más cruenta a la vez que mientras se engrosan las filas de estos grupos, mayores son las necesidades de financiación para su subsistencia.

Muchos de estos grupos se formaron por líderes locales siendo Manuel Añorve y Ángel Aguirre un exquisito ejemplo de la falta de escrúpulos de la clase política. Los entonces priístas que contendían para ser candidatos a la gubernatura de Guerrero, se acusaron de trabajar bajo órdenes del narco. Lo peor, que incluso presentando pruebas uno del otro siguieron el proceso hasta que Ángel Aguirre resultó ganador.

La estrategia que eligieron las autoridades para ‘recuperar’ el puerto de la creciente delincuencia fue convencerlos a base de spots televisivos, discursos triunfalistas y censura de la prensa de que su situación no era grave. Y la estrategia de ocultar la verdad mientras no se mueve un solo dedo para que las condiciones mejoren, agrava la situación.

Ahora no sólo la delincuencia es impune sino que quienes allí habitan se vuelven apáticos. Acostumbrados a caminar entre cadáveres y balaceras con la misma naturalidad que lo hacen entre mendigos y niños de la calle, se consuelan repitiéndose frases como ‘por algo lo mataron’ o ‘andaba en malos pasos’, sabiendo en su interior que la mayor parte de las víctimas eran inocentes. Es tanta la negación que incluso se les escucha los tristes ‘por lago lo secuestraron’, ‘por algo lo asaltaron’…

Tienen razones de sobra para no confiar en las autoridades pero tampoco lo hacen en sí mismos. La única forma de componer el tejido social es dejando que la misma sociedad se organice; pero se creyeron el cuento del individualismo, el de buscar el bienestar para sí antes que el de los demás, ese que les repite que sus acciones individuales y el dedicarse a lo suyo, a no mirar más allá de su responsabilidad por sí mismo traerá buenas consecuencias. Dicha mentalidad no sólo les aleja cada vez más de encontrar una solución sino que además alienta el consumismo, que es otra forma de manipulación.

El estrato

La clase más baja es invisible si bien es la más numerosa. Y es que esta allí, pero avergonzada, se esconde. La doctrina que les han inculcado les ha enseñado que deben bajar la mirada, salir lo menos posible y desaparecer rápido de cualquier lugar público antes de ser reconocidos: es por ello que a las autoridades no les preocupan pues son incapaces de organizarse. Les han convencido que el valor de las personas está en función de sus posesiones y ellos no poseen nada; al menos nada de lo que la sociedad de Acapulco aprecia.

Al resto de los pobres y de los que poseen carencias sociales les han convencido de que son clase media. Pero su ingreso es apenas suficiente para la subsistencia y entre sus necesidades contemplan accesorios para los cuales necesitan no sólo dedicar más horas al día sino renunciar a ciertas necesidades básicas, al punto de esclavizarse por darse ese ‘lujo’. Son ellos los trabajadores perfectos, a los que ponen la zanahoria enfrente. Por ello no les interesan los problemas sociales, están convencidos que trabajando toda una vida, como empleados, algún día dejarán de serlo, ‘porque son clase media, no baja’. Muy tarde se dan cuenta de que no es así, o los años les cansan o al fin se dan cuenta de que bajo las condiciones en las que viven, jamás lo conseguirán. En ambos casos suele ser tarde para que comiencen a inconformarse con el sistema, además que luego de haberlo adoptado y obedecido durante tanto tiempo, les es más difícil reconocer que vivieron la mayor parte de su vida equivocados.

Los obreros que esclavizaron su mente y renunciaron a cualquier tipo de organización que les lleve a mejores condiciones son quienes llenan los bolsillos de la minoría, de la clase rica de Acapulco conformada por empresarios y políticos, casi siempre siendo ambos y comenzando por un cargo público antes de emprender.

Los delincuentes obedecen a esa misma mentalidad. No hay oportunidades de empleo y todos quieren ser consumistas, necesitan serlo. En ciudades donde lo más importante es lo que se tiene y lo que se aparenta, la consecuencia es lógica. Bajo el capitalismo puro, las formas son lo menos y el suyo lo observan como sólo un negocio irregular. Cambian su propia vida y venden los años de vejez por unos años de accesorios. Es paradójico que busquen un auto, buena ropa, todo ello para verse como mejores personas según las ideas capitalistas cuando para conseguirlo, tienen que convertirse en los peores de los monstruos… despojar de la vida a alguien por unos accesorios que ni siquiera acercan a la felicidad y que sólo son apreciados por gente igual de vacía, es la muestra clara de que algo se pudrió.

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Es común que en las tragedias naturales la desesperación lleve a las personas a hacerse de víveres donde estos se encuentren. Lo que no lo es, es que antes de buscar los mismos lleven electrodomésticos e ingresen a saquear otras viviendas con el mismo propósito, mucho menos que lo hagan a tan poco tiempo de haber transcurrido la tragedia.

Sí, Acapulco se perdió por su gente y las tragedias no cesarán mientras esta no cambie. La forma en la que los afectan fenómenos naturales reflejan la forma de conducirse en este puerto: los deslaves carreteros, las inundaciones y un sinfín de otras consecuencias no se dan por otra cosa que no sean deslaves e inundaciones anteriores, que nunca se arreglaron y que por ello cada tormenta se aprecia lo mismo. Así de descompuestos están. La delincuencia se incrementó bajo la complacencia de las autoridades pero también de ellos mismos. La doctrina de negación de los problemas y de ‘esforzarse’ sin quejarse, sin organizarse, viendo por ellos mismos, es la misma política que amenaza a México y que quiere emular las mismas consecuencias. La condición más terrible de Acapulco es que es la misma que podría observarse en todo el territorio nacional.

 

 

 

 

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Con voz propia

Fiesta familiar de gobernador de Hidalgo se hizo con la Sonora Dinamita y Mariana Seoane

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Para la celebración anual de la familia Meneses, el gobernador del Estado habría gastado junto con su familia alrededor de 1.7 millones de pesos en una fiesta privada

Por Emmanuel Ameth

Omar Fayad Meneses, gobernador de Hidalgo (Méx), se puede dar lujos desde el poder que para el resto de los mortales sería imposible. Y es que según se observa en un video en propiedad de este medio, el mandatario contrató a la Sonora Dinamita así como a Mariana Seoane para amenizar la reunión familiar anual de la familia Meneses, misma que tuvo una asistencia de al menos 2 mil 100 invitados.

La reunión, que es llevada cada año, sufrió un salto exponencial en cuanto a los artistas contratados con Omar Fayad en el poder y con su primo, el entonces alcalde de Zempoala Héctor Meneses Arrieta, toda vez que invitaron a artistas de talla internacional.

Durante el video que fue compartido a este medio, se observa al gobernador de la entidad dirigiendo unas palabras a los asistentes:

“Hoy tengo el orgullo y el agrado de presentar un espectáculo maravilloso con dos grandes artistas. Por una parte una sonora muy caliente ¡La Sonora Dinamita! van a pasar para deleitarnos con muchas de sus canciones. También quiero presentarles a una amiga muy querida, una mujer guapísima, actriz… (pausa) ese chiflido se quedó corto… va a estar aquí esta tarde animando a nuestra familia y ella es ¡Mariana Seoane!”, dice Omar Fayad en el video que corresponde a su reunión familiar anual 2019.

Fayad Meneses agradeció también el prestar el recinto (municipal) a su primo el entonces presidente municipal Héctor Meneses Arrieta.

El costo del evento

Si bien el costo de los artistas depende de la agencia que los contrate, el personal que lleve, la producción, la distancia de la Ciudad de México, si el evento es público o privado y sobre todo la fecha en que son contratados, este medio hizo una aproximación del valor pagado a los artistas para su presentación.

De acuerdo con blogs especializados en redes, hace una década, contratar a la cantante y actriz Mariana Seoane costaba unos 350 mil pesos por presentación, cifra que habría subido a por lo menos medio millón de pesos en 2019.

En el caso de la Sonora Dinamita, la revista Proceso reveló que la suma de todos los costos asociados a su presentación, en un día cotidiano -el evento e Fayad fue en fin de año-, supera el millón de pesos.

Es así que entre ambos personajes, independientemente del costo del recinto, la cifra erogada asciende a por lo menos millón y medio de pesos solamente de la presentación, pues también se departió una cena para los más de 2 mil asistentes, lo que añadiría por lo menos otros 200 mil pesos al total.

Y es que aunque en el caso de Fayad Meneses así como el de su esposa Victoria Ruffo, podría existir un precio especial -o incluso ninguno- por parte de los artistas, los costos asociados a su traslado y equipo de producción siguen siendo millonarios.

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Arteleaks

Un amigo de Dios

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JUEGO DE OJOS

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

En esta entrega comenzamos con un acertijo. ¿Podrá el lector adivinar de quién hablo?

Un escritor, nacido alrededor de 1890, es famoso por tres novelas. La primera es corta, elegante, un clásico inmediato. La segunda, su obra maestra, presenta a los mismos personajes, aunque es más larga y compleja, e incorpora en forma creciente elementos míticos y lingüísticos. La tercera es enorme, casi una locura exuberante de la imaginación.

Una pista: no se trata de Joyce.

Un escritor, nacido alrededor de 1890, denunció la producción masiva, el estruendo del tráfico y el descarno y fealdad de la vida moderna europea, y amó los árboles y la verdura de la campiña inglesa en donde vivió de niño, así como a las pequeñas y delicadas criaturas con las que se topó en las leyendas nórdicas.

Una pista: no se trata de D. H. Lawrence.

Un escritor, nacido alrededor de 1890, mezcló porciones de literatura antigua con su propia obra maestra, aderezándolas magistralmente conforme avanzaba.

Una pista: no se trata de Ezra Pound.

Un escritor, nacido alrededor de 1890, se declaró monárquico y católico.

Una pista: no se trata de T.S. Eliot.

Los más antiguos de mis lectores –antiguos en el sentido clásico- quizá hayan adivinado ya de quién hablo.

Y si son mis contemporáneos y fueron como yo vagamundos y en su camino a Damasco se toparon en un callejón con el grafiti “¡Frodo vive!”, entonces ya lo saben de cierto.

Para los más jóvenes, quizá un cuento les ayude:

“Había una vez un cuarentón, profesor de lingüística y filología, que sabía más que nadie en el mundo sobre las antiguas lenguas nórdicas y el Beowulf. El maestro había quedado huérfano muy joven, y el ejército de su país lo mandó a una guerra terrible en donde estuvo a punto de perder la vida.

“Anegado en el lodo sanguinolento de las trincheras y apabullado por el estruendo del cañón y la metralla y los lamentos de amigos y enemigos, quizá haya imaginado el mundo que creó cuando muchos años después interrumpiera por un momento la calificación de un examen para escribir al reverso de la hoja: “En un agujero en la tierra vivía un hobbit”.

Es claro que el escritor de quien hablo, nacido alrededor de 1890 en África del Sur, es John Ronald Reuel Tolkien, hoy una referencia doméstica gracias a Hollywood, pero en mi adolescencia y primera juventud, vicario de un rito arcano cuyos miembros nos reconocíamos por señas secretas y conjuras pronunciadas en voz baja como la de “¡Frodo vive!”

Me asombra que haya sido hasta fines de los ochenta que encontré en mi propio país con quien hablar sobre la tetralogía de Tolkien y sus asonancias y disonancias con, entre otros, Joyce, Lawrence, Pound y Eliot, de la manera juguetona que se consigna al inicio de este texto y que ojalá fuera mía, pero lo es de Jenny Turner, la espléndida periodista autora de Razones para amar a Tolkien.

He aquí un personaje deslumbrante y paradójico. De él se dice que era aburrido en una sociedad y un siglo de tiesuras, y que su devoción por la filología se percibía anticuada incluso entonces.

Pero la obra de este flemático inglés nacido en Sudáfrica, quien nunca alzaba la voz, vestía siempre en tweed y chaleco y fumaba pipa, despertó una corriente pasional pocas veces vista en la literatura.

Jenny Turner confiesa que le asusta haber pasado “demasiado tiempo” de su adolescencia en compañía del demiurgo de El señor de los anillos y que ya adulta si bien encuentra los libros repetitivos y “ruidosos”, éstos siguen conectándose a su espíritu de manera inquietante.

“Hay una succión, un algo primigenio que se transmite entre ambos, como cuando una nave espacial se enchufa a la nave madre. Es como el seno materno, es un alivio infantil… que también es como un hoyo negro”.

Escalofriante memoria, pero humana y generosa si la comparamos con otros juicios, como el de mi admirado Edmund Wilson: “Hipertrofiado… Un libro infantil que de alguna manera se salió de madre… Una pobreza creativa casi patética…”.

John Heath-Stubbs estima que la obra es “Una mezcla de Wagner y el osito Winnie Pooh, mientras Germaine Greer exclama que fue “su pesadilla”.

Vaya, pues. Supongo que el viejo profesor, tan enemigo de las pasiones terrenas, nunca imaginó que la obra iniciada con la frase, “En un agujero en la tierra vivía un hobbit”, fuera a despertar tantas y tan opuestas durante tantas generaciones, pues a estas alturas del siglo y mal que me pese gracias al cine, la cofradía tolkiense es ya una muchedumbre.

No escapa a la aguda e inteligente mirada de Jenny Turner la paradoja: si los libros son tan criticables, ¿por qué a tantos millones les han apasionado?

No es una pregunta fácil, pero tengo mi propia experiencia. El Hobbit (1937) me encontró, aún adolescente, en el aeropuerto de Londres, olvidado o escondido por alguien entre el Time, el Newsweek y el Life.

Lo compré por no dejar, por tener algo que leer en el vuelo de interminables horas que me esperaba. ¿Por no dejar? ¿O fue que se cumplió el adagio de Edmundo Valadés sobre los libros que nos están destinados en la vida?

En la sala de espera comencé la lectura y a la mitad del vuelo maldije no haber adquirido los tres tomos de la secuencia, conocida como El Señor de los Anillos (1954).

Caí en la red del viejo profesor, atrapado, de nuevo, en el vicio solitario que nos libra para siempre de la soledad. No descansé hasta que pude fatigar la trilogía con pasión talmúdica y transité los caminos de toda la obra del viejo profesor y de lo que su hijo Christopher editó amorosamente en memoria del demiurgo de la Tierra Media.

Y como dicen los angloparlantes, al final del día lo que me quedó fue una profunda identificación con la obra, una suerte de simbiosis que, ahora lo pienso, tiene en verdad algo de misterio sobrecogedor.

Leo y releo los libros. Sé de memoria pasajes enteros. Y cada vez que los visito descubro algo novedoso. Quizá ahí esté la explicación. Tolkien fue capaz de comunicarse con otros espíritus en un nivel anímico primario que escapa a toda explicación y que tiene como hilo conductor las emociones y sensaciones más humanas.

Desde luego que una mirada crítica, como apunto arriba, descubre inconsistencias en el texto, en los diálogos, en los personajes y en la narrativa.

Yo daría cristiana sepultura a Tom Bombadil, un personaje arbóreo que transcurre cantando tonadillas hueras y que no tiene mayor consecuencia en el resto de la historia, y trabajaría la estructura interna de algunos protagonistas así como la lógica de varios episodios.

Y ya que de utopías hablamos, también sacaría del mercado la horrenda traducción al español de Taurus, con su majadera “castellanización” de nombres que en vez de un Bilbo Baggins nos sirve un “Bilbo Bolsón” amén de otras aberraciones asestadas a la obra del viejo profesor. No ha nacido el argentino que se deje intimidar por los versos aliterativos del Beowulf. ¡No señor!,

Y a todo esto, ¿quién fue este personaje, esa suerte de hobbit mayor?

John Ronald Reuel Tolkien nació el domingo 3 de enero de 1892 en Bloemfontein, África del Sur, después de un parto difícil y prolongado. Apunto este detalle íntimo porque lo encuentro en la biografía de muchos escritores.

Sus padres fueron Arthur Tolkien y Mabel Suffield. A ese país habían emigrado en busca de fortuna y ahí creció, un niño débil y enfermizo. A la muerte de Arthur en 1896, Mabel regresó a Inglaterra, en 1900 se convirtió al catolicismo y en 1904 murió de diabetes, enfermedad incurable en la época.

La madre es un personaje fascinante por derecho propio y creo que su personalidad impregna a los espíritus etéreos y fuertes de las pocas mujeres en la obra de J.R.R.

Antes de casarse con Arthur a los 21 años, había sido misionera de la Iglesia Unitaria en África y, créalo o no el lector, ¡impartió catecismo en el harén del sultán de Zanzíbar!

Ahora bien, imaginémonos a esta familia de la clase media pobre en la Inglaterra anglicana y victoriana de entonces y las consecuencias que sin duda estos hechos tuvieron sobre la sensible personalidad del niño J.R.R.

¿Recuerda el lector a Shelob, el mefistofélico ser que en forma de tarántula gigante custodia el paso de Cirith Ungol a Mordor por donde deben transitar Bilbo y Samwise merced a las intrigas de Gólum?

Pues en Sudáfrica el niño John tuvo experiencias que aparecerán reflejadas en su obra: un encuentro con una tarántula peluda que lo picó, y con una serpiente.

Y un mozo de la familia “lo tomó prestado” durante varios días para llevarlo a su aldea y presumirlo a su extensa parentela, con las consecuencias que el lector podrá imaginar.

Creo que su niñez africana, su adolescencia en la campiña inglesa, su estancia en las trincheras en la primera guerra mundial -donde el gas mostaza daño su salud para siempre y en donde perdió a la mayoría de sus amigos- , su vida enclaustrada como profesor de filología y sajón antiguo… toda su existencia, pues, está reflejada en la saga de los Baggins, desde la fiesta a la que asisten los enanos sin invitación, hasta la última escena en que Bilbo, Frodo y otros personajes abandonan para siempre la inolvidable Tierra Media.

Pero me estoy saliendo de cauce. Si el viejo profesor pudiera leer estas cuartillas y en particular el anterior párrafo, sin duda las haría confeti, ya que detestaba a los críticos y a los exégetas… ¡y a fe mía que tenía razón! Así que en resumen diré que los cuatro libros de la saga (El Hobbit,  El Señor de los Anillos, Las dos torres y El regreso del rey) con El Silmarilion, integran una república abierta a quien desee pedir la ciudadanía del país mayor del gozo, que es la tierra de la imaginación.

Reuel, el tercer nombre de Tolkien (John Ronald), es un apelativo heredado de padres a hijos en esa familia, y quiere decir, literalmente, “Amigo de Dios”. Sin duda el viejo profesor lo fue.

***

Fuente: juegodeojos.mx

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Con voz propia

Samuel García y Mariana Rodríguez, con trastorno de personalidad narcisista: Ernesto Lammoglia

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Por Alberto Farfán

 En ocasiones en México se suelen encontrar en análisis periodísticos de algunos columnistas imberbes y limitados términos propios de la psiquiatría para plantear la personalidad de gobernantes, servidores públicos y otros de este ámbito, en el afán de vituperar tanto sus actividades de Estado como las personales o sociales, aunque también esta práctica puede encontrarse en otros países.

De ahí que sean importantes las observaciones del doctor Ernesto Lammoglia (Veracruz, 1940), connotado médico psiquiatra, criminólogo, escritor y comunicólogo, que desarrolla acerca del gobernador de Nuevo León y su esposa, Samuel García Sepúlveda y Mariana Rodríguez Cantú, respectivamente.

En entrevista, el Dr. Lammoglia, siempre ético y profesional, advierte que el perfil que brindará está sujeto a lo expuesto por los medios de comunicación y redes sociales, lo cual no se podría considerar un diagnóstico objetivo porque para ello el matrimonio regio debería haber sido analizado en su consultorio. Razonamiento que nos parece perfectamente válido e incluso obligado ponerlo sobre la mesa. (Conversación con Julio Hernández en Astillero Informa por YouTube, 13/05/22).

Sin embargo, resulta interesante la caracterización que realiza el doctor si tomamos en cuenta la serie de peculiaridades que García y Rodríguez han mostrado antes, durante y después, ya ubicados en el pináculo del poder en Nuevo León, a través de redes sociales sobre todo. Las cuales no voy a enumerar porque francamente sus sketchs son siempre lo mismo: llamar la atención a costa de quien sea o de lo que sea con un humor que se supone graciosísimo.

Así, para el Dr. Lammoglia, galardonado en múltiples ocasiones por su labor profesional y con más de una docena de libros publicados, ambos personajes padecen del trastorno de personalidad narcisista. Palabras más, palabras menos, desprendemos que dicho trastorno mental implica que las personas padecerán de un sentido desproporcionado de su propia importancia, una necesidad exagerada de atención desmedida, relaciones de explotación emocional y una ausencia profunda de empatía por las personas a su alrededor.

No obstante, esto no es más que una especie de máscara protectora de hierro, pues en realidad su autoestima es rotundamente frágil y vulnerable al comentario crítico más anodino. Y añade el Dr. Lammoglia que “el nivel más alto de esta condición es la psicopatía”.

Y al revisar con detenimiento estas características del narcisismo, pero fundamentalmente al confrontarlas con las curiosidades del matrimonio en redes sociales, no puede uno soslayar que acaso el Dr. Lammoglia no esté equivocado, sino todo lo contrario.

Situación que, en efecto, no tendría ninguna relevancia si Samuel García y Mariana Rodríguez fueran ciudadanos comunes y corrientes, divirtiéndose con sus ocurrencias en videos y demás. Sin embargo no lo son. Más aún, él como gobernador y ella como primera dama detentan un gran poder en la entidad en que viven, con el objeto, se supone, de velar por la ciudadanía en todos sentidos, pero al ser narcisistas me temo que difícilmente se podrán erradicar los feminicidios, el narcotráfico, la trata de personas y otros flagelos sociales que prevalecen impunes. Si otros que no lo son no lo logran, menos ellos.

Finalmente, es evidente que un perfil psicológico o psiquiátrico por más objetivo y exacto que sea no necesariamente indicará que el gobernante diagnosticado con alguna condición mental podrá constituirse en el mejor o el peor, pero estemos de acuerdo o no nos dará una idea sobre a qué atenernos. Y serán los hechos los que hablarán a este respecto. Lamentablemente, ya están hablando con claridad de manera negativa en Nuevo León en torno a los más recientes feminicidios y al cuestionable proceder de los responsables de la fiscalía del estado.

 

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