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El poder de la dictadura en México: rivalidad entre revolucionarios

La dictadura de Porfirio Díaz tardó en caer y cobró muchas vidas de revolucionarios valientes por la rivalidad que suscitaba entre éstos

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El gral. Juan M Banderas y su Estado mayor. Foto: especial

El gral. Juan M Banderas y su Estado mayor. Foto: especial

Por Miguel Alonso Rivera Bojórquez*

Amado A. Zazueta los convocó a ambos para levantarse contra Porfirio Díaz, después fue creciendo la rivalidad entre Banderas e Iturbe, a la postre generales de la revolución y gobernadores: La ejecución del coronel Luis G. Morelos fue uno de los trágicos episodios de ese antagonismo.

Segunda Parte 

El 14 de enero de 1911, una columna revolucionaria sale de Tamazula con la intención de atacar el pueblo de Topia, Durango.

Saliendo de la población, iban cruzando el río Tamazula, cuando Agustín Beltrán se acerca a Juan M. Banderas para decirle, refiriéndose a Ramón F. Iturbe:

–Mire a aquel catrincito que va allá, lleva la silla muy canteada por el lado donde cuelga un morral, ¿no será algo que deba investigarse?

Banderas apura su caballo y gritándole a Iturbe, le dice:

–¡Oye… chamaco… espérate allí afuera!

Y al salir del río, le quita el morral que iba repleto de monedas de oro y plata, enseguida Banderas extiende una manta sobre las piedras a orilla del río y vacía sobre ella el morral.

Acto seguido, reparte el dinero entre todos los jefes de guerrilla, en forma proporcional a la gente que mandaban y al terminar le da una regañada a Iturbe:

–¡Ya dijimos que no andamos robando, que respetaremos los hogares y las familias y tú te acabas de sacar este morral de dinero!, no importa quién sea la víctima, lo malo es que lo hayas quitado.

Surgió entre Banderas e Iturbe una acalorada discusión, que posiblemente la hubieran dirimido con las armas, pero la oportuna intervención de Conrado Antuna y Agustín Beltrán lo evitó.

Esta discusión, fue una rencilla que siempre tuvieron Banderas e Iturbe.

El gral. Juan M. Banderas. Foto: especial

El gral. Juan M. Banderas. Foto: especial

Ramón F Iturbe y Juan M. Banderas, aliados y enemigos

Esta anécdota es una muestra de la conducta que tanto Banderas como Iturbe, tendrían durante la revolución.

Ambos fueron llamados a la revolución por Amado A. Zazueta. Banderas sería siempre leal con su amigo; Iturbe se convertiría en su enemigo.

La cámara de su hermano Alejandro A. Zazueta,  fotógrafo de la revolución en Sinaloa, captó muchos de estos momentos históricos. No solamente vivió la evolución de la revolución desde sus propias entrañas sino que sus gráficas forman parte de la historia visual de la capital sinaloense. Sus fotografías, muchas de ellas perdidas en el tiempo, captaron la personalidad de estos personajes.

Juan M. Banderas medía casi dos metros; pesaba 90 kilos y caminaba encorvado, por lo que le decían “El Agachado”. Este aguerrido revolucionario moriría pobre en 1918, en tanto Iturbe, para ese año convertido en empresario, formó parte del grupo de generales revolucionarios constitucionalistas sinaloenses, que se enriqueció.

Juan M. Banderas fue gobernador interino designado por Madero en 1911 y Gobernador y Comandante Militar del Estado de Sinaloa nombrado por Villa en 1915.

En una discusión el 10 de febrero de 1918, el diputado federal, coronel Miguel A. Peralta, por miedo saca su pistola y mata a quemarropa al General Juan M. Banderas, en la Dulcería El Globo de la Ciudad de México. Murió pobre, sin conocer la gloria de su historia.

Ocho años después, el coronel Peralta fue asesinado el 3 de octubre de 1927 junto con el general Francisco R. Serrano, de origen sinaloense, que disputó el poder a los poderosos generales Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón.

Ramón F. Iturbe quien siempre era pulcro en su vestir y le gustaban los lujos, le apodaban “El Catrincito”. Fue Gobernador Constitucional del Estado de Sinaloa de 1917 a 1920. En 1913 ordenó la construcción de la escalinata de La Lomita, Parroquia de nuestra Señora de Guadalupe. El motivo no fue religioso.

El historiador Herberto Shinagawa Montoya sostiene que esta obra emblemática de Culiacán fue construida para enamorar a Mercedes Acosta, guapa mujer de Cosalá, con la que Iturbe contrajo matrimonio en 1914 siendo testigo de la boda, el Presidente Venustiano Carranza.

Iturbe murió después de muchos homenajes, de ser empresario y ostentar cargos públicos, ya anciano y en buena posición económica, el 27 de octubre de 1970.

Llegada del coronel Morelos. Foto: Colección Miguel Tamayo

Llegada del coronel Morelos. Foto: Colección Miguel Tamayo

La Comisión de paz en el Santuario

Tiempo después de ese episodio, en mayo de 1911 tomaron por asalto la ciudad de Culiacán, Juan M. Banderas, Ramón F. Iturbe y Herculano de la Rocha.

El Gobernador Diego Redo había tomado las acciones correspondientes para la defensa de la ciudad. El General Higinio Aguilar y el Coronel Luis G. Morelos estaban al frente de esa defensa, el primero en la Catedral de San Miguel Arcángel, y el segundo en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús.

Otros puntos de la ciudad, incluyendo el sitio donde se encontraba el gobernador, fueron resguardados por otras fuerzas militares. Todos rindieron sus armas menos el Coronel Luis G. Morelos quien mantuvo el Santuario vomitando fuego. Dicen que mandó volar las escaleras para que sus soldados no pudieran bajar.

La mañana del 2 de junio, Teresa Villa de Zazueta formaría parte del grupo de damas que, acompañadas por el Obispo de Sinaloa, acudieron a aquel sitio de muerte.

Ramón F. Iturbe se mostró complacido por la presencia de aquella singular comisión que llevaba como estandarte “La palma de la Paz”, con la que el coronel Morelos estuvo dispuesto a parlamentar frente a una pira de muertos pestilentes que conmovían a los más fuertes corazones.

Fue cuando le informaron a Morelos de lo inútiles de sus esfuerzos puesto que no solamente la plaza ya se había rendido sino que el Presidente de la República, Porfirio Díaz, ya había renunciado y se había embarcado en un buque alemán rumbo a Francia.

Morelos habló de su juramento de morir sin claudicaciones pero accedió ante las damas y el ilustrísimo prelado.

–No quiero desoír sus observaciones ni las de este honorable grupo de damas que lo acompañan, más bien por no ser el asesino de mis leales compañeros; al fin mi juramento no será violado, pues sin recibir la muerte dentro de las trincheras a mi defensa, lo será frente al pelotón de fusilamiento. Estoy a sus órdenes.

El Obispo, sorprendido de aquel arranque de comprensión, se emocionó hasta las lágrimas y abrió los brazos para estrecharlo contra su pecho.

Salió Morelos con la promesa de que se respetaría la vida de sus soldados. Caminando con dificultad, acompañado de tan singular escolta femenina y apoyándose en el prelado.

Ramón F. Iturbe sale al encuentro de Luis G. Morelos y estrecha su mano.

Al entregarle su espada Morelos dijo: “Soy su prisionero”.

A lo que Iturbe contestó: “Soy su custodio”.

Atrás quedaban los agujeros de la metralla que, hasta la fecha, se pueden observar en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús.

Coronel Luis G. Morelos. Foto: especial

Coronel Luis G. Morelos. Foto: especial

La ejecución del coronel Luis G. Morelos

El coronel Morelos despertaba la animadversión de algunos revolucionarios, como Agustín Beltrán que había sido derrotado en Tamazula, Durango, por este militar.

Después de esa batalla, al levantar del campo los muertos, revolucionarios y algunos civiles que se encontraban entre los combatientes, se encontró el cadáver de un ciego, hecho que exasperó los ánimos populares y quedó escrita por Beltrán la sentencia de muerte de Morelos.

El Mayor Eliseo Quintero Quintero escribió en sus memorias que no pensaron los enemigos de Morelos que tales desgracias no son intencionales, sino el resultado de la guerra y mandato del destino que “paguen justos por pecadores”. Sin embargo, la gente de Tamazula, Durango, acusaba a Morelos también de asesinatos, violaciones y saqueos.

Agustín Beltrán formaba parte del grupo que encabezaba Juan M. Banderas, que tenía un claro antagonismo con Iturbe. Juan M. Banderas fue nombrado Gobernador Provisional de Sinaloa.

En opinión de Eliseo Quintero, Banderas apoyó a Beltrán para que ejercitara su venganza y se hizo un juicio sumario militar. El veredicto del jurado fue la pena máxima. Lo condenaron al paredón

Luego una escolta le pidió a Iturbe la entrega del prisionero. Iturbe estaba empeñado en salvar al Coronel Morelos. El mismo prisionero que veía su vacilación le dijo:

–Señor General, reconozco de sobra su buena voluntad en mi favor; cumpla usted con su deber que las circunstancias le imponen y le dejo mi gratitud que me falta tiempo para dejarle prueba de ello.

Fue así como en una noche sin luna del mes de junio de 1911 salió de la prisión el Coronel Morelos, escoltado, hacia un Panteón. Eliseo Quintero dice que fue en el Panteón San Juan; Luis Zazueta Villa decía que eso había sucedido en el Panteón Civil.

Lo cierto es que, quienes vivieron tan terrible espectáculo, recuerdan que el tenebroso paisaje era una línea de sombras y soledad entre las férreas cruces y lápidas en la noche más oscura.

Al llegar al sitio de la ejecución, al ver que había dificultades para formar el cuadro de fusilamiento dijo:

–Permítaseme formarlo por mí mismo.

Concedido, procedió como si la víctima fuera un extraño de acuerdo a las leyes militares y terminando el acto sacó de su bolsillo una carta cerrada y unas joyas en las que iba su reloj de oro y mil 755 pesos.

–Esto es para mi esposa Ana María; esta otra carta y un collar de perlas es para mi hija Anita y el reloj para mi hijo Arturo; favor de entregarlas.

Su hijo con el tiempo seguiría la carrera de las Armas. Una señora de apellido Rivas le haría el favor de entregar las prendas a su familia, tomando 500 pesos para el viaje a la Ciudad de México.

Luego sacó del bolsillo unas monedas y las repartió entre los que serían sus ejecutores.

–Esto es para ustedes. Hay quienes aseguran que sus verdugos aceptaron el obsequio; otros, que no quisieron tomar nada.

El coronel Agustín Beltrán, responsable inmediato de su fusilamiento, dijo con arrogancia:

–Todo será entregado fielmente a sus destinos como usted lo ordena.

Morelos se negó a ser amarrado y a que le taparan los ojos.

–Amarrado es asesinato, no fusilamiento, y no me tapen los ojos, que no soy ningún robavacas, dijo.

Parándose firme y desafiante, exclamó:

-Estoy listo, apunten aquí, fijando su diestra en el pecho. No me tiren a la cara, que no les estoy pidiendo ningún favor–, dijo antes de ordenar a sus enemigos ¡Fuego!

Y cayó sin vida.

El profesor Gerardo Sisniega, ya anciano pero fuerte, cerró los ojos del coronel Morelos y lo trasladó al Santuario donde fue velado en la más absoluta soledad pues su familia se encontraba en la Ciudad de México.

Higinio Aguilar, a quien también quería ejecutar Juan M. Banderas, corrió con buena ventura, gracias a la oportuna intervención de Don Amado A. Zazueta y su esposa Teresa Villa de Zazueta.

Amado A. Zazueta, al enterarse de la suerte que estaba a punto de correr el Coronel Luis G. Morelos, intentó salvarle la vida. No veía con buenos ojos tales actos de barbarie. Se trasladó al Panteón en un carruaje de Jesús “El Güero” Torres, para tratar de evitar el fusilamiento.

Jamás se imaginó el coronel Luis G. Morelos lo cerca que estuvo, quizás, de seguir viviendo. Desafortunadamente, al acercarse el carruaje al camposanto, se escuchó una descarga de fusilería.

Don Amado A. Zazueta ordenó al “Güero” Torres:

–Devuélvete, Jesús; ya no tiene caso.

(Continuará)

 * * *

Primera Parte

Ramón F. Iturbide y su Estad mayor. Foto: especial

Ramón F. Iturbide y su Estad mayor. Foto: especial

* Periodista miembro de La Crónica de Sinaloa, A.C.

E-mail: correo@miguelalonsorivera.com

Twitter: Miguel_A_Rivera

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Miguel Alonso Rivera Bojórquez

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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