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El poder de la dictadura en México: rivalidad entre revolucionarios

La dictadura de Porfirio Díaz tardó en caer y cobró muchas vidas de revolucionarios valientes por la rivalidad que suscitaba entre éstos

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El gral. Juan M Banderas y su Estado mayor. Foto: especial

El gral. Juan M Banderas y su Estado mayor. Foto: especial

Por Miguel Alonso Rivera Bojórquez*

Amado A. Zazueta los convocó a ambos para levantarse contra Porfirio Díaz, después fue creciendo la rivalidad entre Banderas e Iturbe, a la postre generales de la revolución y gobernadores: La ejecución del coronel Luis G. Morelos fue uno de los trágicos episodios de ese antagonismo.

Segunda Parte 

El 14 de enero de 1911, una columna revolucionaria sale de Tamazula con la intención de atacar el pueblo de Topia, Durango.

Saliendo de la población, iban cruzando el río Tamazula, cuando Agustín Beltrán se acerca a Juan M. Banderas para decirle, refiriéndose a Ramón F. Iturbe:

–Mire a aquel catrincito que va allá, lleva la silla muy canteada por el lado donde cuelga un morral, ¿no será algo que deba investigarse?

Banderas apura su caballo y gritándole a Iturbe, le dice:

–¡Oye… chamaco… espérate allí afuera!

Y al salir del río, le quita el morral que iba repleto de monedas de oro y plata, enseguida Banderas extiende una manta sobre las piedras a orilla del río y vacía sobre ella el morral.

Acto seguido, reparte el dinero entre todos los jefes de guerrilla, en forma proporcional a la gente que mandaban y al terminar le da una regañada a Iturbe:

–¡Ya dijimos que no andamos robando, que respetaremos los hogares y las familias y tú te acabas de sacar este morral de dinero!, no importa quién sea la víctima, lo malo es que lo hayas quitado.

Surgió entre Banderas e Iturbe una acalorada discusión, que posiblemente la hubieran dirimido con las armas, pero la oportuna intervención de Conrado Antuna y Agustín Beltrán lo evitó.

Esta discusión, fue una rencilla que siempre tuvieron Banderas e Iturbe.

El gral. Juan M. Banderas. Foto: especial

El gral. Juan M. Banderas. Foto: especial

Ramón F Iturbe y Juan M. Banderas, aliados y enemigos

Esta anécdota es una muestra de la conducta que tanto Banderas como Iturbe, tendrían durante la revolución.

Ambos fueron llamados a la revolución por Amado A. Zazueta. Banderas sería siempre leal con su amigo; Iturbe se convertiría en su enemigo.

La cámara de su hermano Alejandro A. Zazueta,  fotógrafo de la revolución en Sinaloa, captó muchos de estos momentos históricos. No solamente vivió la evolución de la revolución desde sus propias entrañas sino que sus gráficas forman parte de la historia visual de la capital sinaloense. Sus fotografías, muchas de ellas perdidas en el tiempo, captaron la personalidad de estos personajes.

Juan M. Banderas medía casi dos metros; pesaba 90 kilos y caminaba encorvado, por lo que le decían “El Agachado”. Este aguerrido revolucionario moriría pobre en 1918, en tanto Iturbe, para ese año convertido en empresario, formó parte del grupo de generales revolucionarios constitucionalistas sinaloenses, que se enriqueció.

Juan M. Banderas fue gobernador interino designado por Madero en 1911 y Gobernador y Comandante Militar del Estado de Sinaloa nombrado por Villa en 1915.

En una discusión el 10 de febrero de 1918, el diputado federal, coronel Miguel A. Peralta, por miedo saca su pistola y mata a quemarropa al General Juan M. Banderas, en la Dulcería El Globo de la Ciudad de México. Murió pobre, sin conocer la gloria de su historia.

Ocho años después, el coronel Peralta fue asesinado el 3 de octubre de 1927 junto con el general Francisco R. Serrano, de origen sinaloense, que disputó el poder a los poderosos generales Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón.

Ramón F. Iturbe quien siempre era pulcro en su vestir y le gustaban los lujos, le apodaban “El Catrincito”. Fue Gobernador Constitucional del Estado de Sinaloa de 1917 a 1920. En 1913 ordenó la construcción de la escalinata de La Lomita, Parroquia de nuestra Señora de Guadalupe. El motivo no fue religioso.

El historiador Herberto Shinagawa Montoya sostiene que esta obra emblemática de Culiacán fue construida para enamorar a Mercedes Acosta, guapa mujer de Cosalá, con la que Iturbe contrajo matrimonio en 1914 siendo testigo de la boda, el Presidente Venustiano Carranza.

Iturbe murió después de muchos homenajes, de ser empresario y ostentar cargos públicos, ya anciano y en buena posición económica, el 27 de octubre de 1970.

Llegada del coronel Morelos. Foto: Colección Miguel Tamayo

Llegada del coronel Morelos. Foto: Colección Miguel Tamayo

La Comisión de paz en el Santuario

Tiempo después de ese episodio, en mayo de 1911 tomaron por asalto la ciudad de Culiacán, Juan M. Banderas, Ramón F. Iturbe y Herculano de la Rocha.

El Gobernador Diego Redo había tomado las acciones correspondientes para la defensa de la ciudad. El General Higinio Aguilar y el Coronel Luis G. Morelos estaban al frente de esa defensa, el primero en la Catedral de San Miguel Arcángel, y el segundo en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús.

Otros puntos de la ciudad, incluyendo el sitio donde se encontraba el gobernador, fueron resguardados por otras fuerzas militares. Todos rindieron sus armas menos el Coronel Luis G. Morelos quien mantuvo el Santuario vomitando fuego. Dicen que mandó volar las escaleras para que sus soldados no pudieran bajar.

La mañana del 2 de junio, Teresa Villa de Zazueta formaría parte del grupo de damas que, acompañadas por el Obispo de Sinaloa, acudieron a aquel sitio de muerte.

Ramón F. Iturbe se mostró complacido por la presencia de aquella singular comisión que llevaba como estandarte “La palma de la Paz”, con la que el coronel Morelos estuvo dispuesto a parlamentar frente a una pira de muertos pestilentes que conmovían a los más fuertes corazones.

Fue cuando le informaron a Morelos de lo inútiles de sus esfuerzos puesto que no solamente la plaza ya se había rendido sino que el Presidente de la República, Porfirio Díaz, ya había renunciado y se había embarcado en un buque alemán rumbo a Francia.

Morelos habló de su juramento de morir sin claudicaciones pero accedió ante las damas y el ilustrísimo prelado.

–No quiero desoír sus observaciones ni las de este honorable grupo de damas que lo acompañan, más bien por no ser el asesino de mis leales compañeros; al fin mi juramento no será violado, pues sin recibir la muerte dentro de las trincheras a mi defensa, lo será frente al pelotón de fusilamiento. Estoy a sus órdenes.

El Obispo, sorprendido de aquel arranque de comprensión, se emocionó hasta las lágrimas y abrió los brazos para estrecharlo contra su pecho.

Salió Morelos con la promesa de que se respetaría la vida de sus soldados. Caminando con dificultad, acompañado de tan singular escolta femenina y apoyándose en el prelado.

Ramón F. Iturbe sale al encuentro de Luis G. Morelos y estrecha su mano.

Al entregarle su espada Morelos dijo: “Soy su prisionero”.

A lo que Iturbe contestó: “Soy su custodio”.

Atrás quedaban los agujeros de la metralla que, hasta la fecha, se pueden observar en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús.

Coronel Luis G. Morelos. Foto: especial

Coronel Luis G. Morelos. Foto: especial

La ejecución del coronel Luis G. Morelos

El coronel Morelos despertaba la animadversión de algunos revolucionarios, como Agustín Beltrán que había sido derrotado en Tamazula, Durango, por este militar.

Después de esa batalla, al levantar del campo los muertos, revolucionarios y algunos civiles que se encontraban entre los combatientes, se encontró el cadáver de un ciego, hecho que exasperó los ánimos populares y quedó escrita por Beltrán la sentencia de muerte de Morelos.

El Mayor Eliseo Quintero Quintero escribió en sus memorias que no pensaron los enemigos de Morelos que tales desgracias no son intencionales, sino el resultado de la guerra y mandato del destino que “paguen justos por pecadores”. Sin embargo, la gente de Tamazula, Durango, acusaba a Morelos también de asesinatos, violaciones y saqueos.

Agustín Beltrán formaba parte del grupo que encabezaba Juan M. Banderas, que tenía un claro antagonismo con Iturbe. Juan M. Banderas fue nombrado Gobernador Provisional de Sinaloa.

En opinión de Eliseo Quintero, Banderas apoyó a Beltrán para que ejercitara su venganza y se hizo un juicio sumario militar. El veredicto del jurado fue la pena máxima. Lo condenaron al paredón

Luego una escolta le pidió a Iturbe la entrega del prisionero. Iturbe estaba empeñado en salvar al Coronel Morelos. El mismo prisionero que veía su vacilación le dijo:

–Señor General, reconozco de sobra su buena voluntad en mi favor; cumpla usted con su deber que las circunstancias le imponen y le dejo mi gratitud que me falta tiempo para dejarle prueba de ello.

Fue así como en una noche sin luna del mes de junio de 1911 salió de la prisión el Coronel Morelos, escoltado, hacia un Panteón. Eliseo Quintero dice que fue en el Panteón San Juan; Luis Zazueta Villa decía que eso había sucedido en el Panteón Civil.

Lo cierto es que, quienes vivieron tan terrible espectáculo, recuerdan que el tenebroso paisaje era una línea de sombras y soledad entre las férreas cruces y lápidas en la noche más oscura.

Al llegar al sitio de la ejecución, al ver que había dificultades para formar el cuadro de fusilamiento dijo:

–Permítaseme formarlo por mí mismo.

Concedido, procedió como si la víctima fuera un extraño de acuerdo a las leyes militares y terminando el acto sacó de su bolsillo una carta cerrada y unas joyas en las que iba su reloj de oro y mil 755 pesos.

–Esto es para mi esposa Ana María; esta otra carta y un collar de perlas es para mi hija Anita y el reloj para mi hijo Arturo; favor de entregarlas.

Su hijo con el tiempo seguiría la carrera de las Armas. Una señora de apellido Rivas le haría el favor de entregar las prendas a su familia, tomando 500 pesos para el viaje a la Ciudad de México.

Luego sacó del bolsillo unas monedas y las repartió entre los que serían sus ejecutores.

–Esto es para ustedes. Hay quienes aseguran que sus verdugos aceptaron el obsequio; otros, que no quisieron tomar nada.

El coronel Agustín Beltrán, responsable inmediato de su fusilamiento, dijo con arrogancia:

–Todo será entregado fielmente a sus destinos como usted lo ordena.

Morelos se negó a ser amarrado y a que le taparan los ojos.

–Amarrado es asesinato, no fusilamiento, y no me tapen los ojos, que no soy ningún robavacas, dijo.

Parándose firme y desafiante, exclamó:

-Estoy listo, apunten aquí, fijando su diestra en el pecho. No me tiren a la cara, que no les estoy pidiendo ningún favor–, dijo antes de ordenar a sus enemigos ¡Fuego!

Y cayó sin vida.

El profesor Gerardo Sisniega, ya anciano pero fuerte, cerró los ojos del coronel Morelos y lo trasladó al Santuario donde fue velado en la más absoluta soledad pues su familia se encontraba en la Ciudad de México.

Higinio Aguilar, a quien también quería ejecutar Juan M. Banderas, corrió con buena ventura, gracias a la oportuna intervención de Don Amado A. Zazueta y su esposa Teresa Villa de Zazueta.

Amado A. Zazueta, al enterarse de la suerte que estaba a punto de correr el Coronel Luis G. Morelos, intentó salvarle la vida. No veía con buenos ojos tales actos de barbarie. Se trasladó al Panteón en un carruaje de Jesús “El Güero” Torres, para tratar de evitar el fusilamiento.

Jamás se imaginó el coronel Luis G. Morelos lo cerca que estuvo, quizás, de seguir viviendo. Desafortunadamente, al acercarse el carruaje al camposanto, se escuchó una descarga de fusilería.

Don Amado A. Zazueta ordenó al “Güero” Torres:

–Devuélvete, Jesús; ya no tiene caso.

(Continuará)

 * * *

Primera Parte

Ramón F. Iturbide y su Estad mayor. Foto: especial

Ramón F. Iturbide y su Estad mayor. Foto: especial

* Periodista miembro de La Crónica de Sinaloa, A.C.

E-mail: correo@miguelalonsorivera.com

Twitter: Miguel_A_Rivera

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Miguel Alonso Rivera Bojórquez

Facebook: miguelalonsorb

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Revelación

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Por Mónica del C. Aguirre

El inspector González despertó de una de sus familiares pesadillas. Siete años de trabajo en el Departamento de Homicidios lo habían expuesto a situaciones e imágenes que se repetían en su memoria: mutilaciones, sobredosis, suicidios, violaciones, sesos, tripas, y cuerpos morados que encontraban en el río donde los criminales arrojaban a sus víctimas. La memoria no tiene jefe, no obedece jerarquías; proyecta los recuerdos que le vienen en gana y, generalmente, son aquellos que desearíamos reprimir.

Apenas amanecía cuando el inspector González despertó. Estaba sudando, su corazón latía de prisa y sintió sus venas casi explotar por la presión de la sangre. Soñó, como solía, con otro asesinato. Pero esta vez, el asesino era él. Le pareció tan real que, cuando abrió los ojos, estaba confundido: no sabía si su habitación era el sueño, y la mujer degollada del bosque había sido una noche más de investigación.

Su habitación comenzó a iluminarse, pero aún se sentía exaltado y con una penumbra que le pesaba sobre su cabeza. Se rascó el pecho. No, no se había acostumbrado a ver tanta crueldad. Se persignó con prisa y pidió a Dios que liberara a la tierra de todo mal… y también de las prostitutas.

Sonó su teléfono, era el agente de la Policía local. Fue breve. Le informó que se le requería de inmediato en el bosque, junto al río, a cien metros de la bifurcación: habían degollado a una mujer que por su apariencia parecía tratarse de una prostituta.

El inspector González se vistió de prisa y antes de salir, se preparó con manos temblorosas una taza de café instantáneo. Mientras hervía el agua, se permitió un momento de reflexión. ¿Una prostituta? Meneó la cabeza.

Cuando llegó al lugar, los escalofríos lo sacudieron y el trago de café le supo más amargo de lo normal. Una prostituta. Mallas de red rotas. Degollada. ¿Acaso esta vez había soñado el futuro? En la mano que yacía sobre las hojas muertas, la mujer sostenía el libro “Memorias del subsuelo”, de Dostoyevski. Ése era el libro favorito del inspector González.

Dio breves y rápidas instrucciones a sus subordinados. Sin decir más, se dirigió a su casa. Buscó su ejemplar, de prisa. Confirmó que la prostituta asesinada llevaba consigo el mismo libro de su colección.

 

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Los puntos negros del concierto de Silvio Rodríguez en el Zócalo de la Ciudad de México

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Por Alberto Farfán

Por supuesto que la presencia del cantautor Silvio Rodríguez en México es todo un acontecimiento tanto por sus canciones como por erigirse en un símbolo de lucha de la izquierda latinoamericana y por ser un digno representante de la revolución cubana en todo el mundo.

Además, porque a diferencia de muchos de sus colegas comprometidos en contra de las injusticias vividas en América Latina, finalmente hicieron a un lado esa plausible entrega para situarse en la posición que siempre cuestionaron: la canción comercial, los boleros pseudoamorosos y lacrimógenos que perpetúan estereotipos y que no conducen a ninguna parte, más que a la cosificación del individuo. Pensemos en Pablo Milanés, Amaury Pérez, Tania Libertad, Guadalupe Pineda y otros más. En cambio, Silvio continúa en la misma dirección, sigue siendo el mismo necio en pro de un cambio.

Y como lo realizara quien esto escribe tiempo atrás con relación a un concierto de la fallecida cantante Mercedes Sosa en el Auditorio Nacional por llamar a un masculino producto made in Televisa a acompañarla al escenario a cantar, dando como resultado el que una parte importante de los presentes la abuchearan legítimamente para increparla, con lo cual coincidí, me temo que hay que señalar ciertos puntos negros que se pudieron observar en torno a la actuación del cantante cubano en el zócalo capitalino el pasado 10 de junio de este año.

Para empezar, es interesante que el régimen que emplea una y otra vez el concepto clasismo en contra de la oposición o en detrimento de todo aquel que disiente, se haya perpetrado sin que nadie lo apuntara. Es decir, mientras cientos de mexicanos de escasos recursos en su mayoría ─“el pueblo bueno”, diría el presidente de la nación─, tuvieron que acudir horas antes e incluso de madrugada para obtener un lugar cercano al escenario ─la cita era a las 20 horas─ y resistir la lluvia que se desató; por el contrario, la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, y el cuestionado líder de su partido, Mario Delgado, con toda comodidad disfrutaron del espectáculo en un balcón del Antiguo Palacio del Ayuntamiento. O sea, los de alto nivel bien resguardados y confortables en tanto que el pueblo de a pie en la explanada.

Por otro lado, resulta paradójico, absurdo o patético el que un gobierno que no ha disminuido sustancialmente los feminicidios ni las desapariciones de mujeres incluyera como telonera del concierto a la cantante sólo conocida en redes, Vivir Quintana, quien esgrime como su máximo éxito una canción que denuncia a las autoridades por las agresiones a sus congéneres, “Canción sin miedo”. Autora cuyas composiciones son más bien ideologizantes y burdas, que apuntan a la perspectiva afectivo-emocional con el objeto de anular la conciencia crítica del escucha y para nada a la de la reflexión, como sí lo lleva a cabo Silvio en todas sus canciones, a partir del empleo de una poética multívoca que propicia el pensar en la realidad circundante y sobre uno mismo. Y todo indica, debido a esta disparidad, que el haberla incluido fue más bien un acto demagógico, o acaso preelectoral en aras de la presidencia para la contienda del 2024.

Así las cosas, entre otras, no queda más que esperar que la serie de conciertos que ha anunciado el gobierno de esta ciudad para fechas posteriores no obedezcan a la búsqueda de cierto posicionamiento más que evidente con respecto a las aspiraciones de su titular y en realidad sean para la genuina diversión de los posibles asistentes. Pues no me gustaría escribir posteriormente que “al pueblo pan y circo”.

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Julia

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Por Mónica del C. Aguirre

Volví a ver a Julia García. Estaba tal y como la recordaba. Julia. La vi meciéndose en un columpio y sujetaba con sus delgados brazos las cuerdas curtidas por el tiempo. Julia. Se veía fresca y feliz la muy maldita.

Su melena rubia en movimiento se iluminaba por un sol de otoño que contrastaba divinamente con el color cobrizo de los árboles. Tenía puesto el vestido azul cielo que usó aquel día que la llevé en tren a Valencia; un vestido que resaltaba su exquisita figura y apretaba sus blancos pechos haciéndolos brillar. Julia.

Me acerqué y la olí. Cómo extrañaba esa fragancia natural que emanaba su cuerpo. Su piel suave olía a jabón y a cebo delicado, y su cabello a flores salvajes. Maldita sea, ¡cómo la deseaba!

La besé y su sabor a fresas me enloqueció. Ella, me devolvió el beso, pero rechazó mi cuerpo que se abalanzaba. Desperté.

Hace más de diez años que no sé de ella. La extraño tanto que me duele el pecho y el aire me falla. La vida puede ser muy larga y el tiempo muy vanidoso cuando se espera a alguien que no regresará.

Por el resto del día, sólo bastaba con cerrar los ojos y un poco de concentración para volver a saborear las fresas, oler su piel y sentir sus labios vivarachos.

Hoy ella jugará con su cuerpo y no pensará en mí. ¡Maldita seas, Julia García!

Ciudad de México

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