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Con voz propia

El papel de la CIDH, cooperador con el Estado criminal: Caso Nestora

El caso Nestora Salgado ha sido uno de los más descuidados por las instituciones de derechos humanos, causándole daños irreparables a su vida y a su salud

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Guadalupe Lizárraga

Después de un año y un mes que le fue solicitada la atención del caso Nestora Salgado respecto a medidas cautelares y liberación, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) concluyó el pasado 28 de enero de 2015 que la situación de Nestora es grave, urgente y con probabilidad de daños irreparables en cuanto a su salud física.

El tiempo que se ha llevado la argumentación de “las partes” y la evaluación y análisis de la CIDH sobre las condiciones en las que se encuentra Nestora en el penal federal de Nayarit, es la mayor parte del tiempo que lleva Nestora con dolor físico, aislamiento injustificado, infecciones renales, maltrato verbal y psicológico, pérdida de vista y aumento de neuropatías en la columna cervical que le causan pérdida de movilidad en sus brazos; además de la obstaculización a una defensa legal adecuada, oportuna y eficiente. Todo ya ha especificado en diez páginas por la CIDH.

El extracto de la conclusión señala que:

“…la Comisión solicitó al Estado de México que adopte las medidas necesarias para preservar la vida e integridad personal de Nestora Salgado García, proporcionando el tratamiento adecuado que recomiendan los especialistas; que concierte las medidas a adoptarse con la beneficiaria y sus representantes; e informe sobre las acciones adoptadas a fin de investigar los hechos que dieron lugar a la adopción de la presente medida cautelar”.

Según la CIDH, de acuerdo al artículo 25 de su Reglamento, busca prevenir daños irreparables y solicita a los Estados implementar medidas cautelares que protejan la vida y la integridad física y psicológica de las personas. También dice promover y proteger los derechos humanos de las personas e incluso puede llevar un caso a la Corte ante una persistencia de violación de derechos humanos, a iniciativa propia o a solicitud de partes.

Sin embargo, Nestora Salgado García, detenida arbitrariamente por patrullas del ejército y de la Marina instalados en el estado de Guerrero, encarcelada en absoluta incomunicación durante los siguientes siete días de su detención el 21 de agosto de 2013, y en violación a la legalidad jurídica del sistema normativo indígena de Guerrero y de la misma Constitución mexicana, no fue beneficiada con esas tareas estratégicas que justifican la existencia de la CIDH. La atención prestada por esta institución interamericana hasta ahora sólo se logró con la solicitud expresa de los activistas de Seattle, Tomás Antkowiak y su esposa Alejandra Gonzo, impulsados principalmente por el esposo de Nestora, José Luis Ávila Báez.

No obstante, para el contexto mexicano relacionado con la defensa de los derechos humanos, no hay nada anómalo en ello; por el contrario, la resolución de la CIDH es percibida como una acción exitosa al pedir al Estado mexicano (el victimario) que implemente medidas cautelares para que proteja a una de sus propias víctimas. Pero vámonos un poco más despacio.

En la resolución, la CIDH señala que Nestora “había decidido convertirse en defensora de derechos humanos liderando la organización de un grupo de la Policía comunitaria de Olinalá”, ante la violencia y la corrupción política de la región. Si bien es cierto que la decisión final correspondía a Nestora, lo que olvida la CIDH es que su participación fue el resultado de una decisión colectiva de la comunidad bajo el régimen normativo de la Ley 701 y legalmente facultada por el Convenio Internacional 169 del derecho de los pueblos. Facultad que violó el Estado mexicano.

La CIDH tendría que cuidar sus fórmulas lingüísticas para dirigirse a las víctimas, y evitar la promoción de prejuicios sobre éstas. Nestora no tuvo un abanico de opciones en un contexto democrático, entre las que eligió ser defensora de derechos humanos como si se tratase de un oficio cualquiera, fue obligada por las circunstancias de extrema violencia en que las autoridades locales, vinculadas al narcotráfico, mantienen a las comunidades en régimen dictatorial y de terror. Asunto que no desconoce la CIDH, al margen del caso específico de Nestora.

Otro punto es que el papel que juega la CIDH en la presunta protección de los derechos humanos resulta no sólo pobre y discutible para las víctimas y sus familiares, sino además resulta cooperador con la parte victimaria. En el caso de Nestora Salgado, y no es el único por supuesto, es muy claro, porque incluso se avizora un sesgo de género, clase y etnia.

El hecho de ser mujer, con precariedad económica y líder de una comunidad indígena parecería haber influido en el trato recibido por la CIDH, en contraste con el caso, por ejemplo, de José Moisés Sánchez Cerezo, hombre, periodista, urbano, apoyado por la organización internacional Artículo 19 y miembro de una organización no gubernamental de derechos humanos que goza de prestigio en la capital de México. En este caso, la CIDH sólo tardó días para emitir una resolución sobre medidas cautelares después de su secuestro. Menciono ese caso sólo por ser de los más recientes.

Nestora fue secuestrada por el Estado mexicano y durante siete días su familia desconocía su paradero. Las autoridades usaron a las fuerzas armadas para perpetrar dicho crimen, y ahora se usa al personal de un penal federal para torturarla física y psicológicamente tergiversando sus funciones públicas y quebrando los principios éticos de quien sirve al sistema penitenciario mexicano. Se utiliza también a funcionarios judiciales para generarle daño irreparable como es el coartar su libertad por medio de delitos fabricados ampliamente evidenciados por la defensa de Nestora, como en su oportunidad lo difundió Vidulfo Rosales, abogado de Tlachinollan al presentar las inconsistencias del expediente fabricado por Iñaki Blanco, criminal que estuvo al mando de la PGJE en 2013.

La CIDH sostiene que sus gestiones pretenden prevenir daños irreparables a las víctimas. Hemos de preguntarle si perder la libertad, siendo inocente, ¿no es un daño irreparable? Perder días, meses, años, sin abrazar a sus nietos, a sus hijas, a su esposo, no ver el mar, no ver los jardines de su casa, no poder realizar las actividades cotidianas de sentirse útil a la sociedad ¿no es acaso un daño emocional irreparable? ¿O la CIDH es tan miope que para ésta sólo existe la irreparabilidad en el daño físico?

En este contexto, los familiares de Nestora Salgado son prácticamente obligados a agradecer que las autoridades mexicanas hayan decidido recluirla en un penal federal, y no desaparecerla como a los 43 normalistas o a asesinarla como a la activista de derechos humanos Rocío Mesino Mesino. En ambos casos también de Guerrero, se trata de indígenas, pobres y denunciantes de la corrupción, narcotráfico y abusos de los gobernantes locales arropados por las instituciones del Estado. En el caso de los normalistas, la CIDH ofreció en ceremonia barroca su cooperación técnica para la búsqueda de los estudiantes, que hasta ahora ha sido nula pero que en ese momento de promesas mediáticas fortalecía su aparente legitimidad. En el segundo caso, Rocío Mesino ni siquiera aparece en el imaginario de la institución.

Aludir a la gravedad, urgencia y daños irreparables de la situación de Nestora a casi dos años de su reclusión injusta parece más una cortina de humo que un intento real de protección a su vida y a su integridad. Cuando indagamos de por qué la CIDH se había tardado tanto tiempo en otorgar medidas cautelares a Nestora, su esposo y principal activista José Luis Ávila señaló en conversación telefónica que el gobierno federal había alargado el proceso por las respuestas fabricadas que daba, y ellos habían tenido que realizar una investigación propia para desmentir a las autoridades mexicanas.

Si una de las tareas de las CIDH es tomar iniciativas en la protección de derechos humanos ¿por qué esperó un año en alegatos burocráticos y distractores de gobierno federal a sabiendas que la vida de Nestora está en riesgo cada día? Si la CIDH supo y reconoció la detención ilegal de Nestora así como las violaciones internacionales del sistema normativo indígena en las que incurrió el Estado mexicano ¿por qué en su resolución no dio prioridad a la liberación de Nestora, en vez de a su atención médica? ¿Por qué la CIDH se comporta como un juez para emitir una resolución, y define a las “partes” (víctima y victimario) como si estuvieran en igualdad de condiciones jurídicas, económicas y políticas?

La CIDH da al Estado mexicano un peso jurídico superior sobre Nestora. Es decir, para la visión de la CIDH, no importa la cantidad de recursos ni el origen de éstos que han movido representantes criminales del Estado mexicano para hacer valer su versión fabricada; mientras, la voz de Nestora Salgado apenas si se ha escuchado por la persistencia de sus familiares, periodistas independientes y activistas de derechos humanos.

La CIDH tampoco parecería tomar en cuenta, que los casos de violaciones de derechos humanos son propiciados por los agentes de un Estado criminal como lo es el de México, con todo lo que ello implica en el entramado del abuso de poder, corrupción y tráfico de influencias. Se trata de funcionarios que cometen actos delictivos respaldados por leyes, reglamentos e instituciones, esto es que manipulan un ordenamiento jurídico y utilizan a discreción recursos públicos y recursos del narcotráfico para lograr sus intereses.

En el caso de Nestora, su expediente fue fabricado por el mismo procurador del estado de Guerrero en turno, Iñaki Blanco, quien fue denunciado de recibir periódicamente dinero de grupos narcotraficantes locales. Pero también se presentó evidencia sobre la falsedad de los delitos contra Nestora, y pese a que fueron desestimados los cargos por el Poder Judicial federal la irracionalidad del funcionario local sigue pesando sobre la verdad.

Además, basta recordar las consecuencias de la trayectoria delictiva del acusador de Nestora y su impacto en la CIDH. Iñaki Blanco, desde la SIEDO, sirvió de testigo de cargo en el Distrito Federal en favor de otra criminal impune, Isabel Miranda de Wallace en la simulación del secuestro y homicidio de su hijo. En ese caso, sus declaraciones falsas contribuyeron al encarcelamiento de seis personas inocentes, cuatro de ellas condenadas por más de cien años de cárcel. Y uno de ellos, César Freyre Morales, sentenciado a 131 años de cárcel por un delito que no cometió. Freyre pidió reiteradamente medidas cautelares en 2010 a la CIDH por las torturas físicas padecidas en el penal en más de veinte ocasiones para que se incriminara. Hasta la fecha, la CIDH no ha dado respuesta a la víctima.

La parcialidad de la CIDH, pues, privilegia a la “parte” que representa al Estado criminal, o donde ve una ventaja mediática, como en el caso de los 43 normalistas o del periodista secuestrado. En el caso de las víctimas sin poder, no muestra ninguna prisa por proteger sus derechos humanos, y en ello contribuye a los daños irreparables de las víctimas.

México ha sido transformado en un estado de terror donde las diferencias de grados son importantes. Decapitaciones, desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales, tortura, represión, encarcelamientos injustos son los actos aberrantes incorporados con naturalidad a la maquinaria estatal. Esta maquinaria se integra por cada funcionario delincuente que toma decisiones para su beneficio desde el poder público y utiliza a la institución para aterrorizar. La filósofa política Hanna Arendt la llama “maquinaria del terror”, donde los poderes punitivos son puestos para la represión. En el mundo oscuro del Estado criminal mexicano, esta maquinaria del terror está en óptimo estado, mientras sus operadores fingen confundir reglamentación con opresión, y en ello participa la CIDH.

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Arteleaks

Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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