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Estados Unidos

El muro de Trump con México, iniciado por Bill Clinton

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  • La barrera fronteriza de México, fortalecida durante decenios, ha cobrado más de diez mil muertes en el desierto entre Arizona y Sonora.
  • Un refuerzo del muro supondrá incrementar el peligro y costo del cruce clandestino para los migrantes, cuyo número ha descendido en los últimos años.

Una patrulla de la Border Patrol custodia el muro levantado en 1994 cerca de Jacumba (California) / Foto: José Pedro Martínez

 

Por José Pedro Martínez

TIJUANA, México.- Vestidos de papá Noel, dos policías de San Diego cruzaron la línea invisible que separaba México y Estados Unidos para entregar unos regalos a los niños del poblado del cañón Zapata, en la colonia Libertad de Tijuana, Baja California. Corría la Navidad de 1986, y el fotógrafo Roberto Córdova-Leyva no dudó en sacar su cámara para inmortalizar ese momento.

“La frontera apenas tenía algunos tramos con alambrada, y esta colonia era uno de los principales lugares de cruce. Parecía un mercado o una plaza: habían migrantes, pero también gente comprando, caminando de un lado a otro de la frontera imaginaria, incluso los mismos policías de San Diego y los oficiales migración entraban y salían para comprar comida. Entonces había convivencia, la frontera era bastante permeable”, comenta.

Roberto ha sido testigo de la historia de las ciudades fronterizas de Baja California durante los últimos 30 años. Fotografió cómo la cotidianidad de la gente de ambos lados fue evolucionando, de llegar a presenciar un partido de voleibol en la misma línea divisoria, a la construcción progresiva de muros y alambradas que se terminaron por convertirse en la espina dorsal de Tijuana, Tecate y Mexicali. Aunque éste siempre ha sido un lugar clave en las rutas de migración indocumentada en Latinoamérica, recuerda, el aumento de la vigilancia y el refuerzo de la infraestructura física se han intensificado tanto, que han empujado a miles de personas a tomar rutas alternativas, más peligrosas y costosas, para poder llegar a los Estados Unidos.

Cuando comenzó su carrera como fotógrafo, Roberto -explica- que sólo la frontera colindante al centro de Tijuana tenía algunas defensas y zanjas para impedir el paso de “carros suicidas”; vehículos llenos de migrantes que cruzaban velozmente el control de los policías fronterizos. La gente que quería cruzar clandestinamente no tenía mayor dificultad que esperar a que llegara la tarde para emprender la caminata hasta San Diego. En ese mismo año, el Congreso norteamericano había aprobado una Reforma Migratoria histórica (conocida como ley IRCA), que legalizó a unos 2 millones de trabajadores indocumentados del país. Fue la última regularización migratoria “de calado” realizada por el gobierno de Estados Unidos, pero además también sirvió para sentar los precedentes legales que empezaron a marcar el cambio de rumbo en la política migratoria estadounidense: se estipularon sanciones a empleadores que estaban contratando a indocumentados y se contempló un aumento progresivo del presupuesto destinado al control fronterizo.

A finales de los ochenta, se empezó a levantar un cerco de alambre en algunos puntos de Tijuana, y en noviembre de 1993, unos tubos de hierro sobre unos rieles cerraron la frontera hasta el Pacífico. Mientras las detenciones de migrantes aumentaban, en Estados Unidos empezó a ganar peso el debate acerca de la importancia de la vigilancia en la frontera con México, y las campañas y “operaciones de control” emprendidas en estados como California y Texas dieron paso a que, finalmente, el gobierno de Bill Clinton lanzara la “Operación Guardián”: creación de 600 kilómetros de muro, unos 800 de barreras, e incremento de la vigilancia mediante tecnología y policías especializados.

 

Voluntarios de la ONG Border Angles de San Diego entregan botellas de agua en el desierto / Foto: José Pedro Martínez

En 1994, la primera barrera empezó a levantarse en la frontera de California a través de las ciudades mexicanas de Tijuana, Tecate y Mexicali, y en 1997 se alargó en algunos puntos de los límites con Texas. El entonces presidente estadounidense, Bill Clinton, además, no sólo apostaba por el fortalecimiento de la infraestructura de control fronterizo, a través de la contratación de más personal, la compra de helicópteros, cámaras y sensores de movimiento, sino que también impulsó importantes modificaciones en las leyes para castigar con mayor dureza las faltas cometidas por personas indocumentadas.

Se incrementaron las deportaciones que tradicionalmente afectaban a migrantes recién capturados por la Patrulla Fronteriza, y se empezaron a deportar a personas que ya llevaban viviendo varios años en Estados Unidos y que incluso tenían algún tipo de visado. El fenómeno de las deportaciones no dejó de aumentar desde entonces y se incrementó particularmente en el periodo de Obama, que creció más del 30% llegando a superar los 2 millones de deportados. Su impacto ha sido directo en las ciudades mexicanas que, como en el caso de Tijuana, llegaba a registrar entre 150 y 400 repatriados diarios en algunos periodos.

Con los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2011 en Nueva York, la vigilancia de las fronteras estadounidenses se convirtieron en un asunto de primer orden para el gobierno de George W. Bush. El Departamento de Seguridad Nacional terminó por absorber las competencias migratorias y las instituciones de control fronterizo, tales como la Oficina de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), y la Border Patrol (CBP). Bajo esta política de Seguridad, el gabinete de Bush decidió unificar la estrategia antiterrorista con la migratoria y redirigió el discurso acerca del muro a una defensa necesaria para cuidarse de los traficantes de drogas y los terroristas, criminalizando con ello a los migrantes.

“Lo que empezó a cambiar en esos años fue la actitud de las autoridades migratorias, las mismas que en los 80 regalaban juguetes a los niños de la colonia Libertad”, recuerda en la entrevista Córdova-Leyva. En 2004, en el marco de un festival cultural que se celebró en Tijuana, se proyectó la película ‘Un día sin mexicanos’ sobre la pared trasera de la Plaza de Toros La Monumental, que está a escasos cuarenta metros de la frontera. “Había público sentado tanto en el lado mexicano como en el gringo”, recuerda Roberto. Sin embargo, ésta fue una de las últimas muestras de normalidad en el espacio fronterizo de los dos países vecinos.

Dos años después, la aprobación de la ‘Secure Fence Act’ otorgó recursos millonarios para la construcción de una valla metálica de 8 metros de altura, mucho más alta y robusta que la creada durante la etapa de Clinton, a lo largo de más de mil kilómetros de la frontera. Dotada de cámaras térmicas y de visión nocturna, en algunos tramos -sobre todo en los que pasan por las ciudades mexicanas- se levantó paralela a la construida por Bill Clinton, creando un muro doble entre el que circulan los agentes de la patrulla fronteriza, cabalgando o a bordo de vehículos todoterreno, respaldados por drones de vigilancia.

Doble frontera en Playas de Tijuana / Foto: José Pedro Martínez

 

Una barrera innecesaria

Según los propios datos de la Patrulla Fronteriza, las detenciones a migrantes en la frontera son en la actualidad una décima parte de las que se registraban en los años 90. Si en el año 2000 fueron interceptadas 616,000 personas cruzando clandestinamente, el número cayó a 63,400 en el 2015: el nivel más bajo desde principios de los setenta. Esto supone una media de 19 aprehensiones por cada agente fronterizo, la segunda tasa más baja de cualquier año registrado en la historia migratoria de Estados Unidos.

Aunque el número total de migrantes que llegaron a la frontera aumentó ligeramente durante el 2016, la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA) aclaró que se debía al creciente flujo de llegadas de niños no acompañados y familias procedentes de Centroamérica,“los cuales huyen de amenazas y violencia, y no están tratando de evadir la captura: buscan a las autoridades de seguridad fronteriza de Estados Unidos para pedir protección”, puntualizó en su último informe.

La misma institución señaló que la gran mayoría de las drogas traficadas hacia los Estados Unidos eran introducidas por contrabando a través de los puertos legales de entrada, en departamentos ocultos en vehículos de pasajeros, o escondidos entre mercancías legítimas, no a través del desierto. “La construcción de una muralla más grande haría poco para detener el flujo de drogas al país”, apuntó en sus conclusiones.

En cuanto a la migración procedente de los países centroamericanos, ya existe una importante barrera previa a la frontera de Estados Unidos: el propio filtro de las autoridades mexicanas. Desde julio de 2014, el gobierno de México ha intensificado los controles por carretera y las deportaciones de migrantes procedentes de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua a través del Programa Frontera Sur. Se trata de acciones del gobierno mexicano operadas con 24 millones de dólares de las arcas estadounidenses, recursos que se han invertido en equipo y capacitación para funcionarios mexicanos de Migración en la frontera sur del país, al que han sumado otros 75 millones de dólares adicionales.

El primer año de funcionamiento de este programa bilateral se tradujo en un aumento de las detenciones en suelo mexicano de un 71%. La mayoría de los migrantes aprehendidos son deportados rápidamente, por lo que diversas organizaciones humanitarias han denunciado violaciones de derechos humanos y faltas al debido proceso judicial.

 

Un migrante hondureño trata de cruzar la frontera y escapar de la vigilancia de la Border Patrol en Playas de Tijuana / Foto: José Pedro Martínez

El muro hará más peligroso el cruce

Además del impacto medioambiental que podría suponer la construcción del muro a través de reservas naturales, zonas de alto valor ecológico y lugares sagrados para los pueblos indígenas de los dos lados de la frontera, la principal consecuencia que tendría la extensión de la barrera ya se ha experimentado con anterioridad, de acuerdo a la explicación de Córdova-Leyva.

A principios de los años 90, aproximadamente el 50% de los migrantes indocumentados cruzaba la frontera por Tijuana. Después del lanzamiento de la operación Guardián, en 1994, que contempló la construcción del primer muro, el aumento del personal de supervisión y la incorporación de elementos tecnológicos para la vigilancia, las rutas migratorias se desplazaron hacia el desierto de Sonora, en el área del Sásabe. Se trata de uno de los desiertos más extensos del planeta, con temperaturas extremas y con zonas de muy difícil acceso, que se ha convertido en el principal lugar de paso para miles de personas desde entonces.

Aunque en esta época ya había organizaciones que señalaban las consecuencias sobre los derechos y la integridad de los migrantes, hoy se vuelve a repetir algunas de las advertencias con datos sobre la mesa: las rutas se han hecho más peligrosas y mucho más caras.

Según un estudio realizado por Guillermo Alonso, investigador del Colegio de la Frontera Norte, y publicado en su libro El desierto de los sueños rotos, la construcción y refuerzo de la barrera fronteriza han causado más de 10,000 muertes desde 1993. Además, en los últimos años se han combinado las rutas para el narcotráfico y la trata de personas, convirtiendo el desierto de Arizona y Sonora en una gran amenaza para los migrantes tanto por cuestiones geográficas y climáticas, como por la amenaza de la violencia de los cárteles de la droga.

Para Roberto Córdova-Leyva, “la política migratoria es cíclica”, por ello decidió permanecer en la frontera de Baja California con su cámara, donde continúa documentando la historia migrante de México. “Cuando hay elecciones, el chivo expiatorio siempre son los migrantes. Y los migrantes van a seguir insistiendo en llegar, mientras haya necesidad de mano de obra barata en los Estados Unidos. La gente va a seguir cruzando mientras los agricultores estadounidenses les necesiten y les sigan diciendo que hay trabajo para ellos”, concluye.

 

Estados Unidos

OMS celebra permanencia de EUA tras salida de Trump

Ignacio García

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Por Ignacio García

La Organización Mundial de la Salud (OMS) celebró que Estados Unidos permanezca en el organismo con la llegada de Joe Biden a la presidencia de esa nación, luego de que el expresidente Donald Trump anunció la salida de ese país.

El director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, destacó el regreso de Estados Unidos al organismo internacional, por lo que consideró que se trata de un día positivo para la organización y para la salud mundial.

De acuerdo con el responsable de la OMS, el regreso de la Unión Americana al organismo internacional y su incorporación al programa Covax para la distribución de vacunas representa que el mundo estará mejor equipado en la lucha contra la pandemia de Covid-19.

Agregó que Estados Unidos tiene un papel crucial en la lucha contra la pandemia, por lo que su reincorporación a la OMS representa una noticia positiva que permitirá generar estrategias afines al control y erradicación de esta problemática global que continúa al alza en el planeta.

El gobierno de Biden envió una carta a la OMS para manifestar su interés en colaborar de forma conjunta en el combate a la pandemia de Covid-19, por lo que destacó que trabajarán para mejorar los programas de vacunación y distribución en el planeta.

En agosto pasado Donald Trump anunció la salida de Estados Unidos de la OMS, luego de acusar que supuestamente el país era el principal financiador del organismo y había ocultado información en torno a la pandemia de Covid-19, sin embargo, en el primer día de la presidencia de Biden se revirtieron 17 decisiones de la anterior administración, entre ellas el regreso al Acuerdo de París, el freno a la construcción del muro y la reincorporación a la OMS.

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Estados Unidos

Joe Biden, se pronuncia por la Constitución y la democracia, al asumir la presidencia de los EEUU

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Joe Biden asumió este miércoles la presidencia de Estados Unidos en una ceremonia sobria dirigida a reafirmar los símbolos de la maltratada democracia de Estados Unidos en contraste con los últimos cuatro años y el asalto al Capitolio de hace dos semanas. Kamala Harris se convirtió en la primera vicepresidenta de la historia del país, la primera negra y la primera india-americana en ocupar el cargo.

Por María Ramírez
eldiario.es

“Hoy celebramos el triunfo no de candidato, sino de una causa, la causa de la democracia”, dijo Biden. “La democracia es frágil… Y a estas horas, amigos, la democracia ha ganado”.

Biden pronunciaba estas palabras en la misma escalinata donde dos miércoles atrás miles de personas gritaban, rompían ventanas, ondeaban la bandera confederada y mensajes a favor de campos de concentración nazis, los líderes demócratas y republicanos. En el mismo lugar, junto a Biden y Harris, los jueces del Supremo y representantes de todas las instituciones celebraron este miércoles el traspaso pacífico de poderes con cantos de unidad, palomas de la paz y mujeres pioneras. También estaba el vicepresidente saliente, Mike Pence.

El nuevo presidente dijo que tenía puesta “toda su alma” en buscar la unidad de un país agresivamente dividido. “Sé que hablar de unidad puede sonar como una fantasía inocente estos días”, dijo. “La historia, la fe y la razón muestran el camino hacia la unidad… Tenemos que acabar con esta guerra incivil”.

Biden insistió en el valor de los hechos. “Existe la verdad y existen las mentiras, mentiras que se dicen por el poder y el provecho, y cada uno de nosotros tiene un deber como estadounidenses, como ciudadanos, como líderes, de defender la verdad y derrotar las mentiras”.

A los 78 años, Biden ha cumplido el sueño que le contaba a la madre de su novia cuando apenas era un veinteañero y ya quería ser presidente. El sueño que parecía más cerca cuando se convirtió en senador a los 29 años y que le ha costado tres carreras presidenciales a lo largo de una vida marcada por momentos muy dramáticos.

Biden juró el cargo con la mano sobre la biblia que está en su familia de inmigrantes irlandeses desde 1893. Es la misma que ha utilizado para jurar sus cargos de senador y vicepresidente.

Harris, ex senadora y ex fiscal general de California de 56 años, juró con la mano puesta en dos biblias, la de su madrina y la del primer juez afroamericano que llegó al Supremo, Thurgood Marshall. Le tomó el juramento Sonia Sotomayor, la primera latina en el alto tribunal. El marido de Harris, Doug Emhoff, es el primer “segundo caballero” de Estados Unidos.

Harris llegó al Capitolio precedida por Eugene Goodman, el policía del Capitolio que el 6 de enero despistó a los asaltantes para que no llegaran a los congresistas y consiguió evitar lo que podía haber sido una masacre.

La más sobria

La ceremonia fue la más sobria en la memoria, sin público en la explanada delante de la escalinata del Capitolio y con un grupo reducido de invitados para evitar riesgos para la salud pública por la pandemia y la seguridad reforzada por el peligro de ataque terrorista tras el asalto al Capitolio del 6 de enero.

La explanada estaba cerrada y tanto el equipo presidencial como la alcaldesa de Washington y los gobernadores de los estados vecinos Maryland y Virginia habían pedido a los ciudadanos que no se acercaran al lugar de la ceremonia. En total, había poco más de un millar de personas, una escena muy distinta por ejemplo del más de medio millón que acudió a la toma de posesión de Barack Obama en 2009. Todas las personas que estaban en el escenario se habían hecho dos test en las últimas 72 horas para comprobar que no tenían coronavirus.

En lugar de público, había un despliegue de casi 200.000 banderas de Estados Unidos, sus estados y territorios. En lugar del desfile desde el Capitolio a la Casa Blanca por la avenida de Pensilvania que se celebra desde 1873, festejos virtuales con conexiones por todo el país. Por la noche, en lugar de los bailes presidenciales, un programa de televisión presentado por Tom Hanks y con la participación de Bruce Springsteen, Lin-Manuel Miranda, el autor del musical Hamilton, y el chef José Andrés, entre otros.

Como era habitual antes del anterior presidente, la ceremonia tuvo toques simbólicos de esperanza en el futuro y respeto a la historia.

La poeta Amanda Gorman, que con 22 años es la más joven en haber recibido el máximo honor para un poeta del país, recitó “The Hill We Climb” (“la colina que subimos”). Gorman, que es afroamericana, hizo una referencia indirecta al asalto del Capitolio, donde la turba desplegó banderas confederadas y otros símbolos racistas.

“La democracia puede ser periódicamente retrasada. No puede ser permanentemente derrotada”, recitó.

El juramento a la bandera lo leyó Andrea Hall, bombera de South Fulton, en Georgia, y pionera en su ciudad.

Leo O’Donovan, cura católico, y Silvester Beaman, pastor metodista, hicieron las tradicionales plegarias. Los dos son amigos de la familia Biden. El presidente es el segundo católico en ocupar la presidencia de Estados Unidos (el primero fue John Kennedy).

Lady Gaga cantó el himno de Estados Unidos acompañada por la banda de los marines y con gran broche que representaba una paloma de la paz. Jennifer López cantó This Land is Your Land y America the Beautiful, y pronunció unas palabras en español del juramento a la bandera. El cantante country Garth Brooks entonó Amazing Grace.

Unidad bipartidista

El presidente saliente decidió no ir a la ceremonia, algo que no sucedía desde 1869 con la excepción de Richard Nixon (si bien en este último caso las circunstancias fueron distintas porque acababa de dimitir y la decisión fue de mutuo acuerdo con su vicepresidente Gerald Ford). Tampoco estuvo Jimmy Carter, que tiene 96 años y no quiso arriesgarse a viajar por la pandemia.

Pero Biden estuvo acompañado por ex presidentes de ambos partidos y sus esposas: Barack y Michelle Obama, George W. y Laura Bush, y Bill y Hillary Clinton. El grupo acompañó a Biden y a Harris a depositar una corona en la tumba al soldado desconocido en el cementerio de Arlington, a las afueras de Washington.

El recuerdo de los muertos es algo habitual en un país marcado por las guerras. Lo distinto de este año es tener que recordar a tantos muertos por una epidemia que sigue desbocada en el país.

El martes por la noche, nada más llegar a Washington para su toma de posesión, Biden acudió junto a Harris a un homenaje para las 400.000 personas muertas por coronavirus en Estados Unidos. El presidente y la vicepresidenta contemplaron en silencio junto a sus parejas la fuente junto al monumento de Lincoln, iluminada por 400 luces. “Para cerrar las heridas debemos recordar”, dijo Biden. “A veces es duro recordar. Pero así es como se cierran las heridas. Es importante hacerlo como país”.

Para Biden han sido horas muy emotivas. En las últimas horas, ha recordado a menudo a su hijo Beau, que le inspiró en su carrera política y que murió en 2015 por un cáncer cerebral a los 46 años. Beau fue fiscal general y su padre lo imaginaba a él un día como el candidato. En su despedida de Willmington, la ciudad de Delaware donde ha vivido la mayor parte de su vida, dijo, cerrando los ojos para contener las lágrimas: “Sólo tengo un lamento, que él no esté aquí. Deberíamos estar presentándole a él como el presidente”.

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Estados Unidos

Trumpismo representa miedo y segregación racial, advierte analista Danny Shaw, sobre el asalto al Capitolio

Ignacio García

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Por Ignacio García

Tras los hechos violentos ocurridos en el interior del Capitolio de Washington el miércoles pasado por parte de seguidores del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para buscar mantenerlo en la Casa Blanca, el analista político Danny Shaw aseguró que el Trumpismo representa un movimiento político de segregación racial y de miedo.

En entrevista para Los Ángeles Press, el analista de temas de América Latina de la Universidad de Nueva York (CUNY) reconoció que el Trumpismo es un movimiento político que encabeza el mandatario estadounidense saliente y que representa la segregación racial, fascismo, xenofobia y supremacía blanca.

El experto político señaló que la irrupción al Capitolio fue un hecho sin precedentes en la historia contemporánea de Estados Unidos, por lo que evidencia una ideología anti migrante de los millones de personas que lo apoyaron tanto en 2016 como en las pasadas elecciones.

De acuerdo con Shaw, podría no haber consecuencias mayores para las personas que irrumpieron la sede del Congreso de Estados Unidos, pero ahora fueron detenidas sólo 26 personas, y ejemplificó que si la movilización hubiese sido encabezada por personas afrodescendientes, latinos o de los grupos minoritarios, como los islamistas, la policía hubiera hecho una masacre.

Dijo que tras las hechos violentos de Washington, las comunidades migrantes y de otros sectores sociales manifestaron su miedo por lo que representa el Trumpismo, aunado a que se evidenció el frágil sistema democrático norteamericano que ha sido parte de la temática que ha implementado Estados Unidos para intervenir en otras naciones y continuar con el imperialismo y el neocolonialismo, que, dijo, continuará con Joe Biden o cualquier representante tanto de los demócratas como de los republicanos.

Asimismo, recordó que desde que inició la presidencia de Trump se intentó inhabilitarlo con el juicio político, pero no se logró, porque también representa a una base electoral de millones de personas que se sienten identificadas con el mensaje de miedo e ignorancia que encabeza el empresario republicano.

Además, advirtió que el mundo entero observó el espectáculo decadente que protagonizaron los seguidores de Trump en la capital de Estados Unidos, lo que puede provocar mayor animadversión tanto de los países en disputa como de sus aliados.

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