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Libros invitados

El juicio de Obama

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Estados Unidos siempre ha sido tomado como modelo de democracia. Es cierto que también se ha dudado ya, sobre todo en los últimos años, desde de la administración de los Bush del funcionamiento de ésta. Sin embargo, hoy se pone de relieve un hecho trascendente que no sólo no invalida el modelo a nivel global, sino que además reafirma lo necesario que se vuelve ante un mundo donde los autoritarismos y despotismos cobran terreno e incluso con pretendida legitimidad.

La decisión calificada de “apresurada” del presidente Barack Obama de participar en la guerra con Libia lo ha metido en serios problemas con el Congreso de su país.  Y son los propios legisladores demócratas quienes se han pronunciado por el “impeach” para Obama, es decir el juicio político que mediante votación del Congreso podrían inhabilitarlo por haber violado la Constitución, al tomar decisiones sin solicitar el permiso del Congreso.

En el Artículo 1º de la Constitución de los Estados Unidos se establece que los altos funcionarios, incluyendo al propio presidente del país, pueden ser procesados por una violación constitucional o un desacato al poder legislativo. Después del juicio, el funcionario podría ser condenado por una votación y posteriormente destituido de su cargo. Con Obama, seguramente, no llegará a tal grado, sin embargo, obligarlo a dar cuentas ante la ciudadanía a través de los medios y el reclamo público de los propios demócratas ya es un control de su poder.

Por supuesto que el presidente estadounidense alega, junto con el Consejo de Seguridad de la ONU, la protección a la población civil del yugo del dictador quien lleva más de 40 años depredando y violando los derechos humanos del pueblo libio. No obstante, los más de 200 misiles del Consejo de Seguridad de la ONU que han caído sobre este país no hacen distinción entre los rebeldes, el pueblo inocente y los militares libios. Llama la atención la indiscriminación del ataque, lo cual ha generado ya un lugar común atribuirle a estos países miembros del Consejo la avaricia por los recursos petrolíferos de Libia, especialmente cuando vivimos tiempos de alternativas tecnológicas para inmovilizar a un personaje de esta naturaleza, que va desde sus cuentas en el extranjero hasta los misiles dirigidos por satélite como el que recibiera el presidente Slobodan Milosevic en su alcoba personal a finales de los noventa.

Pero no todos piensan lo mismo ni están de acuerdo con una estrategia bélica de bajo costo humano. Los legisladores demócratas están molestos por esta acción, a la que consideran que debía haberse analizado conjuntamente y evaluar los costos económicos, especialmente para los contribuyentes estadounidenses. Obama había prometido en sus campañas terminar con las guerras, o al menos intentar concluir las existentes y no iniciar nuevas. Pero a los legisladores demócratas lo que más les importa son los costos de otra guerra más que Estados Unidos no está en condiciones económicas para sostener ni a mediano plazo, ni el planeta para tolerar tal impacto.

En Estados Unidos, cada poder público busca la oportunidad de fortalecer su propio poder. Y esgrimir argumentos a favor y en contra de la guerra reacomoda poder, de acuerdo a la consistencia de éstos. Es lo que se conoce como controles y contrapesos. Lo que los padres de la Constitución estadounidense querían: separación de poderes y control entre ellos, por eso la posibilidad de destituir a un presidente la da el primer artículo constitucional.

Hoy, con Obama parecerían volver al buen funcionamiento estos controles entre los poderes públicos. Lo que no se explica en esta democracia estadounidense es ¿por qué su antecesor, George W. Bush, no es llamado cuentas todavía? ¿Por qué no se ha hecho un juicio político, un impeachment,  al ex presidente después de que se comprobara que su genocidio en Irak no tenía ningún fundamento? ¿Por qué Bush está vetado en 147 países y en los Estados Unidos da conferencias y consultorías, mientras posa en estado de ebriedad en fotografías que circulan por Internet? ¿Qué significa George W. Bush para la democracia estadounidense? ¿Qué tanta impunidad puede mantener un modelo de democracia como éste para no ser invalidado? ¿Cuántas violaciones de derechos humanos pueden tolerársele al presidente de los Estados Unidos sin ser llamado a juicio por un Congreso exigente?

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Arteleaks

El amor no es para los cerdos como tú, los cuentos de Alejandro Montes

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán                  

 De atmósfera sórdida y asfixiante, en donde no hay lugar para la esperanza, tenemos frente a nosotros el resultado de sondear ese lado oscuro de la condición humana, cuya posibilidad de redención se encuentra cancelada ya no por el destino, sino por el transitar equívoco de estos seres sin rumbo.

Alejandro Montes (CDMX, 1975) nos entrega en este su segundo libro de cuentos publicado, El amor no es para los cerdos como tú (Fontamara), una serie de quince historias que buscan enfrentar al lector con hechos impregnados de una cotidianidad avasallante y de absurdos vitales. Los finales felices por lo tanto están vedados.

Pareciera que la realidad bajo la cual se encuentran los personajes de Montes los catapulta hacia abajo, paradoja fatal, en una espiral descendente en donde ellos se afirman dentro del papel que ya no quieren seguir representando frente a sus semejantes, los cuales son todavía más degradantes y repulsivos que ellos.

 Selección de cuentos un tanto desigual en su plano formal, destaca sobre todo el texto que da nombre al libro: “El amor no es para los cerdos como tú”, en donde podremos distinguir con toda claridad la angustia de un niño de primaria al verse obligado a enfrentar al mismo tiempo al amor y a la violencia desbordada.

Narrado en tercera persona del singular como la gran mayoría de los cuentos, nuestro autor nos lleva de la mano, segundo a segundo, por las horas de ansiedad que tiene que vivir el personaje principal previas a su inevitable cita. El mismo día de la riña con el odiado y temido bravucón de su grupo escolar tendrá que declarársele a la niña que le gusta; sin embargo, su timidez e inocencia o desconocimiento lo congelan por entero, amén de que la niña ignora su existencia. No sabe qué decirle o cómo abordarla. Pero además corre el riesgo de verse estigmatizado como homosexual por sus demás compañeros si no logra ver cristalizado su objetivo.

Montes acrecienta la tensión de manera infalible al hacer coincidir este suceso con la infernal pelea a que deberá acudir el incipiente adolescente, para ello hace que los amigos de éste sean los que provoquen el duelo con el desalmado acosador debido a sus fanfarronerías en defensa de su amigo. Y aunque los giros que le imprime a la historia nos abren la posibilidad de encontrar un final loable para el pequeño héroe, el desenlace resulta fatal en ambas direcciones.

En “Más tristeza que odio” nos encontramos con un hombre joven que vive solamente con su padre ─un hombretón alcohólico y violento─ en una casa infame. Le teme y lo odia. Pero se refugia con su novia, una joven decente y cándida. A quien finalmente intenta violar. Y en plena fuga llega a su casa para tomar sus cosas, armado con su pistola calibre 45, y ve a su padre durmiendo la borrachera, y pierde el control.

“No tenemos razón de vivir” narra la historia de un joven sobre el que no sabemos quién es ni cuáles son sus aspiraciones concretas. No trabaja ni estudia. Lo único que conocemos es que no le agrada su realidad. Acude a un apartado poblado después de viajar por varias horas. Va armado y se encuentra sumamente deprimido, y decidido a utilizar su arma de fuego.

“En la lavandería” tenemos a un hombre solo ya maduro que no soporta la vida que lleva. Trabaja en una lavandería y como consuelo a su aletargante circunstancia se droga con marihuana, y cuando la situación le es propicia se masturba con la ropa que dejan las guapas clientas en su mismo lugar de labores. Pero piensa en un cambio para su gris vida y cree que puede concretarlo…

En “Tú tienes la culpa” observamos a una mujer dueña de una fonda que culpa a su nuevo empleado de hurto, hombre reservado que además rechazó los favores sexuales de la mujer. Ésta llega a odiarlo, más por el rechazo que por el robo. Unos agentes judiciales le harán el favor de poner en su sitio al sospechoso. La eventual golpiza y el dinero aludido desbordarán el interior de la mujer por mucho tiempo al final de la historia.

El amor no es para los cerdos como tú es un libro ameno de cuentos breves, unos mejor logrados que otros, que nos remite a reflexionar sobre la realidad actual que estamos viviendo ─soledad, amoralidad, disvalores, violencia, etcétera─, poniendo de relieve el lado oscuro del ser humano, ese plano del hombre que no deja de evidenciar situaciones abyectas y reprobables cuando sale a flote ante todos.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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Con voz propia

Nostalgia e intimidad de una urbe ya perdida: Perseguir la noche, de Rafael Pérez Gay

Rafael Pérez Gay, uno de los escritores mexicanos más importantes, actualmente, recorre con nostalgia e intmidad la Ciudad de los Palacios, en su novela Perseguir la noche

Tomas Borges

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#TomásBorgesRecomienda

Título: Perseguir la noche
Autor: Rafael Perez Gay
Editorial: Seix Barral

 Tomás Borges

El olvido es la mejor arma de la impunidad. Y si le echas encima
la tierra del silencio, todo se lo come el tiempo
Rafael Pérez Gay

Rafael Pérez Gay (Ciudad de México 1957) es sin lugar a dudas uno de los escritores mexicanos más importantes actualmente. Perseguir la noche, su última novela es uno de sus libros más íntimos. Al igual que en El cerebro de mi hermano (Seix Barral, 2014) donde el autor con un estilo muy característico nos contó el calvario de la enfermedad de su consanguíneo José María Pérez Gay (1943-2013), muerto por un cáncer en el cerebro, en esta ocasión el autor nos narra el mal que padeció (cáncer en la uretra), siendo la enfermedad el pretexto para que Pérez Gay nos lleve a los recuerdos más recónditos de su alma e intente hablar con los muertos, para indagar de ésta manera cómo es la vida después de la muerte y tener una luz sobre ese mundo desconocido que encierra la lápida de un cementerio.

Con la muerte rondándole por su cabeza, el autor nos cuenta la vida de los intelectuales del fin de siglo XIX en la muy noble y leal Ciudad de México bajo el régimen arcaico del llamado “Príncipe de la Paz, el General Porfirio Díaz Mori.

Por sus páginas circulan los protagonistas de la bohemia decimonónica, nombres como Bernardo Couto, Ciro B. Ceballos, Amado Nervo, Julio Ruelas, entre otros, quienes nos trasladan a las casas de perdición de finales del Siglo XIX, donde las mentes de la época bajo los brazos de Venus y los efluvios de Baco buscaban la inspiración para su obra.

Tal como dijo el escritor Arnoldo Kraus respecto a la obra: “El recuento de Pérez Gay debe leerse con un lápiz en la mano: son muchas las ideas dignas de subrayarse”. Lo dice no sin razón, ya que el autor nos traslada con su pluma hacia la vida intelectual de los escritores de la Revista Moderna, la cual buscó mover las conciencias de sus lectores y romper con los cánones del régimen decrépito de Porfirio Díaz.

Chismes, rumores y anécdotas de la época porfiriana, así como de la vida en el México de hace 50 años, hacen de la novela un libro excelso, nostálgico e íntimo de una urbe hoy ya perdida entre los ejes viales y la modernidad.

El autor, con su prosa pulcra y fina, nos dice intimidades tales como: “He dedicado años de mi vida a la historia cultural, porque la considero como un enorme libro de mensajes que vienen de lejos a través de ecos de otros tiempos”.

En sus páginas, el autor nos cuenta cómo además de los fármacos y drogas para paliar el dolor y darle estoicismo ante la adversidad, él se tuvo que refugiar entre los libros y ver cómo inmortales de la literatura enfrentaron con valor la adversidad e incluso la pobreza.

Así como una enfermedad mortal nos afronta ante lo efímero de la vida y nos hace ver lo valioso que es la salud, ese estado que hace que el ser humano se olvide del cuerpo y sólo lo tenga en cuenta, cuando el mal aparece en el umbral y con ella, el viento gélido de la parca, que desde el nacimiento nos ronda y nos acecha.

Sin duda, un libro que se deleita despacio, que al igual que los vinos de gran maridaje, y los mejores habanos, se degusta con calma, hoja tras hoja, palabra por palabra, lo que hará que el lector sea un fiel seguidor de este mexicano que, sin lugar a dudas, ya tiene un espacio en el olimpo de las letras, no sólo mexicanas, sino hispanoamericanas.

Un libro digno de leerse, releerse y comentarse con aquellos seres que todavía nos habitan y que al igual que el autor, vivieron y transitaron en las calles, tan cambiantes y desdibujadas de esta metrópoli considerada hace muchos ayeres como La Ciudad de los Palacios.

@borgestom

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