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Libros invitados

El juicio de Obama

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Estados Unidos siempre ha sido tomado como modelo de democracia. Es cierto que también se ha dudado ya, sobre todo en los últimos años, desde de la administración de los Bush del funcionamiento de ésta. Sin embargo, hoy se pone de relieve un hecho trascendente que no sólo no invalida el modelo a nivel global, sino que además reafirma lo necesario que se vuelve ante un mundo donde los autoritarismos y despotismos cobran terreno e incluso con pretendida legitimidad.

La decisión calificada de “apresurada” del presidente Barack Obama de participar en la guerra con Libia lo ha metido en serios problemas con el Congreso de su país.  Y son los propios legisladores demócratas quienes se han pronunciado por el “impeach” para Obama, es decir el juicio político que mediante votación del Congreso podrían inhabilitarlo por haber violado la Constitución, al tomar decisiones sin solicitar el permiso del Congreso.

En el Artículo 1º de la Constitución de los Estados Unidos se establece que los altos funcionarios, incluyendo al propio presidente del país, pueden ser procesados por una violación constitucional o un desacato al poder legislativo. Después del juicio, el funcionario podría ser condenado por una votación y posteriormente destituido de su cargo. Con Obama, seguramente, no llegará a tal grado, sin embargo, obligarlo a dar cuentas ante la ciudadanía a través de los medios y el reclamo público de los propios demócratas ya es un control de su poder.

Por supuesto que el presidente estadounidense alega, junto con el Consejo de Seguridad de la ONU, la protección a la población civil del yugo del dictador quien lleva más de 40 años depredando y violando los derechos humanos del pueblo libio. No obstante, los más de 200 misiles del Consejo de Seguridad de la ONU que han caído sobre este país no hacen distinción entre los rebeldes, el pueblo inocente y los militares libios. Llama la atención la indiscriminación del ataque, lo cual ha generado ya un lugar común atribuirle a estos países miembros del Consejo la avaricia por los recursos petrolíferos de Libia, especialmente cuando vivimos tiempos de alternativas tecnológicas para inmovilizar a un personaje de esta naturaleza, que va desde sus cuentas en el extranjero hasta los misiles dirigidos por satélite como el que recibiera el presidente Slobodan Milosevic en su alcoba personal a finales de los noventa.

Pero no todos piensan lo mismo ni están de acuerdo con una estrategia bélica de bajo costo humano. Los legisladores demócratas están molestos por esta acción, a la que consideran que debía haberse analizado conjuntamente y evaluar los costos económicos, especialmente para los contribuyentes estadounidenses. Obama había prometido en sus campañas terminar con las guerras, o al menos intentar concluir las existentes y no iniciar nuevas. Pero a los legisladores demócratas lo que más les importa son los costos de otra guerra más que Estados Unidos no está en condiciones económicas para sostener ni a mediano plazo, ni el planeta para tolerar tal impacto.

En Estados Unidos, cada poder público busca la oportunidad de fortalecer su propio poder. Y esgrimir argumentos a favor y en contra de la guerra reacomoda poder, de acuerdo a la consistencia de éstos. Es lo que se conoce como controles y contrapesos. Lo que los padres de la Constitución estadounidense querían: separación de poderes y control entre ellos, por eso la posibilidad de destituir a un presidente la da el primer artículo constitucional.

Hoy, con Obama parecerían volver al buen funcionamiento estos controles entre los poderes públicos. Lo que no se explica en esta democracia estadounidense es ¿por qué su antecesor, George W. Bush, no es llamado cuentas todavía? ¿Por qué no se ha hecho un juicio político, un impeachment,  al ex presidente después de que se comprobara que su genocidio en Irak no tenía ningún fundamento? ¿Por qué Bush está vetado en 147 países y en los Estados Unidos da conferencias y consultorías, mientras posa en estado de ebriedad en fotografías que circulan por Internet? ¿Qué significa George W. Bush para la democracia estadounidense? ¿Qué tanta impunidad puede mantener un modelo de democracia como éste para no ser invalidado? ¿Cuántas violaciones de derechos humanos pueden tolerársele al presidente de los Estados Unidos sin ser llamado a juicio por un Congreso exigente?

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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Con voz propia

Nostalgia e intimidad de una urbe ya perdida: Perseguir la noche, de Rafael Pérez Gay

Rafael Pérez Gay, uno de los escritores mexicanos más importantes, actualmente, recorre con nostalgia e intmidad la Ciudad de los Palacios, en su novela Perseguir la noche

Tomas Borges

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#TomásBorgesRecomienda

Título: Perseguir la noche
Autor: Rafael Perez Gay
Editorial: Seix Barral

 Tomás Borges

El olvido es la mejor arma de la impunidad. Y si le echas encima
la tierra del silencio, todo se lo come el tiempo
Rafael Pérez Gay

Rafael Pérez Gay (Ciudad de México 1957) es sin lugar a dudas uno de los escritores mexicanos más importantes actualmente. Perseguir la noche, su última novela es uno de sus libros más íntimos. Al igual que en El cerebro de mi hermano (Seix Barral, 2014) donde el autor con un estilo muy característico nos contó el calvario de la enfermedad de su consanguíneo José María Pérez Gay (1943-2013), muerto por un cáncer en el cerebro, en esta ocasión el autor nos narra el mal que padeció (cáncer en la uretra), siendo la enfermedad el pretexto para que Pérez Gay nos lleve a los recuerdos más recónditos de su alma e intente hablar con los muertos, para indagar de ésta manera cómo es la vida después de la muerte y tener una luz sobre ese mundo desconocido que encierra la lápida de un cementerio.

Con la muerte rondándole por su cabeza, el autor nos cuenta la vida de los intelectuales del fin de siglo XIX en la muy noble y leal Ciudad de México bajo el régimen arcaico del llamado “Príncipe de la Paz, el General Porfirio Díaz Mori.

Por sus páginas circulan los protagonistas de la bohemia decimonónica, nombres como Bernardo Couto, Ciro B. Ceballos, Amado Nervo, Julio Ruelas, entre otros, quienes nos trasladan a las casas de perdición de finales del Siglo XIX, donde las mentes de la época bajo los brazos de Venus y los efluvios de Baco buscaban la inspiración para su obra.

Tal como dijo el escritor Arnoldo Kraus respecto a la obra: “El recuento de Pérez Gay debe leerse con un lápiz en la mano: son muchas las ideas dignas de subrayarse”. Lo dice no sin razón, ya que el autor nos traslada con su pluma hacia la vida intelectual de los escritores de la Revista Moderna, la cual buscó mover las conciencias de sus lectores y romper con los cánones del régimen decrépito de Porfirio Díaz.

Chismes, rumores y anécdotas de la época porfiriana, así como de la vida en el México de hace 50 años, hacen de la novela un libro excelso, nostálgico e íntimo de una urbe hoy ya perdida entre los ejes viales y la modernidad.

El autor, con su prosa pulcra y fina, nos dice intimidades tales como: “He dedicado años de mi vida a la historia cultural, porque la considero como un enorme libro de mensajes que vienen de lejos a través de ecos de otros tiempos”.

En sus páginas, el autor nos cuenta cómo además de los fármacos y drogas para paliar el dolor y darle estoicismo ante la adversidad, él se tuvo que refugiar entre los libros y ver cómo inmortales de la literatura enfrentaron con valor la adversidad e incluso la pobreza.

Así como una enfermedad mortal nos afronta ante lo efímero de la vida y nos hace ver lo valioso que es la salud, ese estado que hace que el ser humano se olvide del cuerpo y sólo lo tenga en cuenta, cuando el mal aparece en el umbral y con ella, el viento gélido de la parca, que desde el nacimiento nos ronda y nos acecha.

Sin duda, un libro que se deleita despacio, que al igual que los vinos de gran maridaje, y los mejores habanos, se degusta con calma, hoja tras hoja, palabra por palabra, lo que hará que el lector sea un fiel seguidor de este mexicano que, sin lugar a dudas, ya tiene un espacio en el olimpo de las letras, no sólo mexicanas, sino hispanoamericanas.

Un libro digno de leerse, releerse y comentarse con aquellos seres que todavía nos habitan y que al igual que el autor, vivieron y transitaron en las calles, tan cambiantes y desdibujadas de esta metrópoli considerada hace muchos ayeres como La Ciudad de los Palacios.

@borgestom

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Libros invitados

“Juvenicidio”: entrevista al escritor José Manuel Valenzuela

El ascenso de una generación precaria, la desigualdad social y la perversión de los Estados a través del control social y la violencia, son algunos de los temas que el autor de “El sistema es Antinosotros” y “Juvenicidio” aborda en entrevista con Los Ángeles Press.

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Marcha convocada por el movimiento YoSoy132 en Ciudad de México

Marcha convocada por el movimiento YoSoy132 en Ciudad de México

Cinthia C. Villar

El pasado diciembre del 2015, en la Feria del Libro de Guadalajara, se llevó a cabo la presentación de los libros “El Sistema es Antinosotros” y “Juvenicidio”. Este es el resultado de una plática que sostuve hace unas semanas, en la ciudad de Tijuana, con el escritor e investigador del Departamento de Estudios Culturales, y miembro fundador de El Colegio de la Frontera Norte, José Manuel Valenzuela Arce.

Pregunta: Una de las razones por las que me vi personalmente motivada a realizar esta entrevista es precisamente a raíz de la idea de la Utopía, que bien tocó al final de la presentación de sus libros, doctor. ¿Cómo convencer a todos estos luchadores sociales que son jóvenes activistas, algunos de ellos, incluso, anarquistas, nihilistas o ateos, de que un mundo, quizá no feliz, pero sí no infeliz, es posible? ¿Cómo hacer ese trabajo de convencimiento?

Respuesta: Las utopías son referentes, son senderos, que nos ayudan a pensar el mundo que vivimos. Que nos ayudan a problematizar las sociedades en las cuales nos encontramos pero que también nos permiten construir caminos, rutas, horizontes. Cuando pensamos la utopía como esta condición humana de pensar, luchar y soñar por nuevos y mejores mundos o por nuevos y mejores horizontes de civilización, estamos anclados a lo mejor de la tradición del pensamiento libertario porque, al final de cuentas, la igualdad y la libertad son siempre espacios a conquistar.

Por lo tanto, la libertad es un sendero interminable de lucha, de trabajo. Yo no me coloco en esa tradición del pensamiento utópico pero sí me coloco en la tradición del pensamiento libertario, de un pensamiento que requiere, también, de utopías. No como esta construcción meramente imaginaria, sino como realidades potenciadas. Como esta posibilidad de, a partir del mundo que tenemos, extender y potenciar lo que existe para transformarlo en aras de un mundo más justo, más igualitario, más incluyente, menos desigual. Menos racista, menos sexista, menos construido desde la desigualdad.

Lo que estamos haciendo con este tipo de razonamientos es cuestionar la razón neoliberal que trata de hacernos creer que palabras como “inclusión”, “justicia social”, “mundos mejores”, “sociedades más incluyentes”, son anacronismos, malas palabras donde debe prevalecer -desde esta narrativa- la rivalidad, la competencia, el triunfo de los más fuertes. Yo creo que vale la pena repensar esta condición humanista, el mundo que estamos viviendo, y desde ahí, juntos, pensar que sí podemos crear mundos más incluyentes.

P: Ahora que habla de los horizontes, me recordó a Eduardo Galeano, que menciona algo precisamente así, que la utopía era un horizonte. Era tener los pies aquí pero los ojos más enfrente. Dice: “Si yo camino hacia ese horizonte veinte pasos, el horizonte se va a alejar veinte pasos más”. Entonces, lanzaba la pregunta: “¿Para qué sirve la utopía?”. Sirve, efectivamente, para eso. Para caminar.

R: Así es, recordemos que en la obra de Carlos Marx, en su trabajo sobre la ideología alemana, cuando habla sobre las condiciones objetivas de vida, existe un horizonte de valores. Un horizonte que es una perspectiva de vida, que justo emerge de esa realidad cotidiana que vivimos. El planteaba que dado que las clases dominantes tienen mayor poder, la ideología dominante es la ideología de las clases dominantes. Por ideología se refiere a ese mundo de representaciones, a ese horizonte, a ese marco, desde el cual nosotros observamos nuestras posibilidades. Al igual que lo que plantea Marx o lo que plantea Galeano, hay palabras que nos ayudan para caminar. Hay palabras que nos ayudan a darle sentido a la indignación, a la frustación, a la rabia, al miedo. Se convierten en elementos para una «acción creativa» que tiene que ver con esa posibilidad de definir horizontes mejores para todos.

Dr. José Manuel Valenzuela Arce

Dr. José Manuel Valenzuela Arce

P: Dicen por ahí que “los sueños no se cumplen, sino se trabajan”, y yo creo que está bien definirlo de esa manera. Cómo un sueño se puede lograr trabajándolo, no sentado en los laureles, esperando que mágicamente o por obra divina, suceda algo. Hay que caminar, construir, reconstruir. A lo mejor va a ser duro y, quizá, inalcanzable, pero requiere mucho trabajo y coordinación, sobre todo.

R: Sí, al final de cuentas, la praxis, la articulación de teoría y práctica, sigue siendo el eje que debe orientar nuestro trabajo y nuestro involucramiento con los grandes problemas y procesos sociales. No sólo la reflexión, no sólo el pensamiento, no sólo el activismo, sino esta constante articulación entre teoría-práctica, y desde ahí, llegar a lo que a mí me parece central. Como una recuperación dentro de esta perspectiva de un materialismo cultural, en el sentido de trabajar, sí, los imaginarios pero como los que decía Cornelius Castoriadis, todo lo que tiene que ver con instituciones instituyentes. Cómo esto participa en la reproducción de los roles sociales y cómo nosotros podemos generar elementos disruptivos para considerar y crear ordenamientos sociales distintos. Tiene que haber una lógica, una forma de acción, y ahí recuperar gran parte de la tradición del pensamiento que apuesta por los espacios de libertad por los que sabemos que hay que luchar. Requiere organización, requiere trabajo, requiere imaginación. Requiere, también, una adecuada interpretación del mundo que vivimos, para poder tener una política más acertada.

P: Sobre esta -tan mentada- reconstrucción o «resarcimiento del tejido social». A pesar que ahora estamos viendo la urgencia de que todos se involucren, ¿usted cree que los jóvenes (a través de la historia, de las diferentes culturas) se han echado a cuestas esta responsabilidad? Pues son los que vemos más en las calles, como activistas. Me pregunto si el fenómeno de los jóvenes que se avientan en estas luchas se debe a su ímpetu, a su grado de conciencia, o a que quizá sienten que no arriesgan tanto como otras personas? Como las amas de casa, trabajadores, ancianos, etc.

R: Lo que creo es que los jóvenes están siendo los sectores más afectados por las condiciones críticas que estamos viviendo. No puede haber resarcimiento del tejido social en sociedades que permanentemente están produciendo la desigualdad y están produciendo escenarios necropolíticos. Escenarios de muerte, escenarios de control, de exclusión, de prospección. Entonces, parte de esto lo hemos trabajado a partir del concepto del Juvenicidio, porque estamos observando una enorme cantidad de muerte innecesaria de jóvenes. Muerte de jóvenes que no deberían morir.

Lo que tenemos es un sistema que es altamente juvenicida. Entonces los jóvenes buscan opciones, buscan alternativas. Cuando tuvimos el primer Año Internacional de la Juventud, en 1985, por todos lados se desplegaron las consignas “que hablen los jóvenes”, “que planteen sus problemas”, “que nos digan qué es lo que piensan”. Entonces, se pensaba que los jóvenes pedirían balones de fútbol, pedirían canchas deportivas, pero no. ¿Qué es lo que pedían los jóvenes? Pedían empleos dignos, pedían oportunidades para desarrollar proyectos viables de vida. Tenemos una condición donde los grandes problemas de las y los jóvenes, son los grandes problemas de la sociedad. Son los grandes problemas del proyecto social que estamos construyendo. Por lo tanto, no es un asunto de resarcir tejidos, es un asunto de redefinir las grandes orientaciones del proyecto social. Lo que hemos estado observando es que los jóvenes se han movilizado en los últimos años en distintos contextos del mundo, en torno a una serie de demandas que han marcado y que han ido más allá de lo que podría parecer la demanda original.

Plaza del Sol de Madrid, el 15 de mayo de 2011

Plaza del Sol de Madrid, el 15 de mayo de 2011

Como el caso de Yo Soy 132 en México, de los Occupy en Nueva York, de los jóvenes de la Primavera Árabe, de los Dreamers (E.U.), de la Asociación Nacional de Estudiantes Chilenos, de la Mara Colombiana; como lo que ocurrió con la Revuelta Brasileña, que empieza contra el incremento de diez centavos al costo del transporte público. No es que los jóvenes estén enarbolando demandas que no sean atendibles. Sin embargo, lo que es muy claro, es que dentro de las prioridades del perfil de este capitalismo tardío -neoliberal- que vivimos, no son prioridades las grandes necesidades de la población. Se va produciendo cierto desencuentro con núcleos adultocráticos, donde ven a los jóvenes como rebeldes, violentos, radicales, anarquistas, una palabra que se ha tratado de cargar de un sentido peyorativo, sobre todo desde los medios masivos de comunicación.

Walter Benjamin nos dice algo muy interesante en su trabajo sobre juventud, educación y cultura. Le llama la Triada Egregia. Dice cómo los adultos utilizan el concepto de la experiencia para descalificar estos afanes de cambio juvenil, estos afanes de transformación de las y los jóvenes. Decía que, usualmente, cuando los jóvenes se rebelan contra este orden que les afecta de manera muy directa, cuando los jóvenes plantean estas posibilidades de transformar o de cambiar las cosas, los adultos les lanzan la baldosa de la experiencia. “Es que tú no tienes experiencia”, “yo a tu edad…”, “es que tú eres joven”, etc. Walter Benjamin dice algo que me encanta: “Al final de cuentas, detrás de ese concepto de experiencia utilizado por los adultos, para inhibir estos deseos de cambio enarbolado por los jóvenes, no existe otra cosa más que esa condición vergonzante que tienen las personas que saben que traicionaron sus propios sueños”.

P: Me parece pertinente preguntarle sobre el poder de las redes sociales. La tecnología está jugando un papel importantísimo: hoy tenemos al alcance de nuestras manos cámaras y grabadoras de sonido. Práticamente, es como un nuevo periodismo. No todas las personas están habilitadas con estas nociones de hacer periodismo, claro, pero sí en cuanto a la divulgación de información. Para hacer estas denuncias y registro de hechos deplorables por parte de servidores públicos. ¿Le apuesta a este tipo de herramientas?

R: Claro, las redes y las nuevas tecnologías son parte central de las nuevas mediaciones de la experiencia social. Lo podemos ubicar en la estructuración de estas nuevas formas de acción colectiva, de movimientos. Creo que esto se hace muy visible a partir de la derrota del Partido Popular en España, después de la bomba en el metro. Son las redes las que activan una presencia grande y generan una idea distinta a la que quería imponer Aznar, culpando a la gente del país vasco. Después, vimos toda una serie de experiencias (como el caso de Egipto) donde son las redes las que tiene un papel central en un primer momento, cuando estalla la revuelta después de Túnez. Se bloquea el internet pero ya había la semilla y la gente recurre al voz a voz y cara a cara para transmitir información. Las redes tienen esa capacidad de generar multitud súbitamente.

Es una mediación de la experiencia que tiene una alta capacidad en términos potenciales como organizador colectivo, como detonador colectivo, como informador colectivo, y como una suerte de alarma que se activa y que convoca y de repente, el vacío se vuelve multitud. Estamos hablando de asuntos que creo que no hemos trabajado a fondo. Hace años que insisto en esto y tiene que ver con una transformación de las estructuras emocionales. No sólo estamos hablando de la mediación de las nuevas tecnologías, de las redes sociales como elementos que nos ayudan a tener una información que escapa a lo que sería el control oficial sobre los medios masivos tradicionales, sino también tenemos otras formas de conectividad y de simultaneidad entre la población, particularmente entre los jóvenes. Y con esto, otra forma de construir los vínculos emocionales.

Gracias a esta posibilidad de registro súbito, hemos podido ver distintos videos una forma del funcionamiento policial en Estados Unidos, por ejemplo, con un tono altamente racista. Estas formas de registro de la gente nos han permitido desmentir esas verdades oficiales. En Yo Soy 132, pudimos ver que a los supuestos violentos anarquistas -que llegaron a lanzar bombas y a generar disturbios durante la marcha- los vimos sentados junto a policías, del lado de la policía, después. Entonces, sí, es un dispositivo que antes no se tenía, y que nos permite, efectivamente, ir construyendo elementos para cuestionar las supuestas verdades oficiales construidas desde el poder y que antes se hacían con enorme impunidad.

P: Me llamó mucho la atención la referencia que hace en su libro Juvenicidio, sobre la Necropolítica. Aparte de instalarse como soberano y de poder decidir quién muere y quién vive, siempre he pensado que es un tipo de estrategia de control de población, por parte del gobierno.

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R: Por supuesto que hay un afán de control poblacional en varias de las estrategias de los Estados contemporáneos. Particularmente, hay dos conceptos que nos han ayudado a entender parte de esas estrategias. Uno es el de Biopolítica, de Michel Foucault, donde analiza ese interés de los Estados modernos, a partir del siglo XVIII, de generar lo que se llaman «políticas de población». Estas políticas tienen repercusiones directas sobre la vida de la gente; sobre su sexualidad, su reproducción, sobre sus condiciones de vida. Después lo espiga hacia otro campo que tiene que ver con el conjunto de procesos y dispositivos que participan en el «control del cuerpo» de los otros y de las otras, a través de las clínicas, a través de la cárcel, a través de todos estos dispositivos de control. Tengo un libro que empecé a trabajar hace algunos años, El Futuro Ya Fue, donde planteo este concepto tan potente de la biopolítica (que después siguieron autores como Giorgio Agamben en Homo Sacer, sobre la Nuda Vida o la vida que puede matarse sin cometer homicidio); mismo que plantea Zygmunt Bauman o Judith Butler, trabajando también ese concepto.

A toda esta dimensión que tiene que ver con la biopolítica, habría que colocársele un concepto que yo desarrollo, el de la Bioresistencia. Cómo, además de estas estrategias de control a través del cuerpo, los jóvenes han desplegado múltiples formas de resistencia a la Necropolítica, desde el propio cuerpo. Esas bioresistencias de las que yo hablo, parten desde el uso de tatuajes, perforaciones y alteraciones, hasta relaciones sexuales por fuera de los marcos establecidos por la moral cristiana, y decisiones sobre suspender un embarazo cuando la mujer lo decida, a pesar de las prohibiciones y la cárcel que le anticipa la ley.

P: Es una declaración política o statement, a través del cuerpo, ¿no?

R: Totalmente, es un posicionamiento político. Y también un posicionamiento identitario frente a otros jóvenes. Pero también hablo del cuerpo como espacio significado. La Bioproxemia o el cuerpo como elemento articulado al propio espacio. Frente a esta dimensión, está también el concepto de Achille Mbembe: Necropolítica. Efectivamente, su gran preocupación es esta condición, donde hay Estados que tienen esa capacidad soberana de decidir quién muere y quién merece vivir. En esta perspectiva que él trabaja para criticar las formas coloniales que prevalecen en la actualidad, nos ayuda a entender cómo desde ciertas decisiones que se toman en las grandes potencias se masacra a población inocente. Como hemos observado en Irak, en Afganistán, por ejemplo; en Siria, donde muere demasiada gente inocente.

Estrategias políticas que tienen repercusiones muy fuertes sobre los proyectos de vida y sobre la vida de la población, a partir de la política social de pobreza, de generación de más miseria, de priorización de productos genéticamente adulterados, el daño ecológico, todo eso. Desde abajo, se construyen esas resistencias, o cómo se conforman atismos y horizontes de vida frente a las políticas de muerte. A lo mejor esto podría estar mediado por un posicionamiento de orden utópico, pero una utopía posible en el sentido de elementos, de la realidad que son potenciados,

P: Existe, al parecer, una aniquilación sistemática de todo lo que represente la disidencia, de estas personas en condición de mujer, de enfermos, y básicamente cualquier persona que represente un estorbo a los intereses del Estado o de los gobernantes. Pero, actualmente, con la cuestión de la Guerra del Narco, ya es una aniquilación que no discrimina. Sean amas de casa, trabajadores, niños. Antes, los intelectuales y los artistas subversivos eran el principal foco de atención, pero ahora, sobre todo aquí en México y en países del tercer mundo, hay un derramamiento de sangre indiscriminado. La vida tiene menos valor cada vez.

R: He trabajado dos conceptos: el concepto de «miedo derivativo» de Bauman, donde cada vez más nos sentimos implicados en los escenarios de violencia y de muerte. Y dos, cada vez más, nos sentimos vulnerables, incapaces de enfrentar a esos comandos armados. El tema del narco obedece a estructuras empresariales internacionales con fuertes asideros de poder, institucional y no institucional. Pero lo que ha sido el cruising de muerte vinculado al narcomundo ha dejado, en su gran mayoría, jóvenes asesinados. Jóvenes como víctimas y jóvenes como victimarios, y esta muerte solapa otro tipo de escenarios de vulnerabilidad. Por ejemplo, el de los migrantes. Cada vez más, el narco controla rutas y circuitos que habían definido el proceso migratorio. Solapa también, un escenario de muerte en el tema de feminicidio, donde sigue habiendo asesinatos de mujeres, pero que ahora parecerían muertes vinculadas a la violencia del narco, y en muchos casos seguimos hablando del tema del feminicidio, que está ahí realmente.

La llamada «guerra contra el crimen organizado», tiene poco que ver con la búsqueda de acabar con los narcotraficantes o acabar con el trasiego de drogas, que es un negocio de 320 mil millones de dólares anuales, de acuerdo con las Naciones Unidas. El poder son las redes de corrupción e impunidad que tejen, no las armas. Y detrás de todos estos personajes siempre hay figuras que funcionan dentro del marco institucional. Los grandes perdedores hemos sido la sociedad civil. Hemos sido nosotros a quienes han limitado nuestros espacios de libertad, mientras que el narco sigue funcionando sin mayores problemas: no hay escasez de droga en ninguna parte. Aunque no a todos nos pega igual en términos sociales, sí tenemos una fuerte implantación de estos escenarios de miedo derivativo, de violencia y de muerte, asociados con la política prohibicionista y con esta supuesta guerra.

P: Doctor, ahora que habla de feminicidio -algo que ha estado sucediendo lamentablemente durante décadas-, existen personas que creen que tiene que ver con cultos y sectas satánicas. Por ahí se ha hablado que se hacen estos tipos de ofrendas o rituales. Ya estamos entrando a temas más oscuros, pero es una realidad y se habla mucho de eso.

R: Podemos tener mil explicaciones por las cuales un grupo o una persona decide asesinar a otra persona. El conjunto de motivaciones está en todas partes del mundo y no en todas partes del mundo están asesinando personas. Para que esto ocurra, tiene que haber una precarización de los elementos que organizan la vida social. Se parte de la existencia de un orden patriarcal que define una colección de subordinación de las mujeres dentro de esta estructura de desigualdad, a partir de la variable ajena. Por otro lado, cuando uno analiza el tema del feminicidio, lo que encuentras es la precarización de la vida de las mujeres. Una precarización que, en el caso específico de la frontera y de Ciudad Juárez, tiene varios elementos.

juvenicidio_FINAL_15,81mmOKDespués vino toda la precarización urbana, ciudades que crecieron por toma de tierras, ciudades que crecieron muy rápido por migración. La gente llegaba, iba ocupando, había un proceso claro de precarización de los procesos urbanos de las ciudades fronterizas. Después vino una precarización que tiene que ver con este alejamiento de los espacios de vida comunitarios, de mucha gente que fue migrando, mujeres que migraron solas, y se articula con la precarización laboral -a partir del ’65- del Programa de Industrialización Fronteriza, que empieza a dar sentido a la industria maquiladora. Hacían contratos colectivos con salarios bajos, con condiciones de crecimiento de enfermedades laborales, de vulnerabilidad, hostigamiento, etc. Luego tenemos un asunto de precarización de la vida social, vinculado a la violencia y a los detonantes provenientes del narcotráfico.

A final de cuentas, el feminicidio es el acto límite de la misoginia. Lo que permite que esto ocurra y siga ocurriendo, es la complicidad con las autoridades, es la complicidad con el poder. Si esto no ocurriera, no se darían estos asesinatos. Porque patriarcado existe en Estados Unidos, en Suecia, en cualquier país del mundo, pero no se está dando el asesinato de mujeres como en México. Para que esto ocurra, tienen que converger distintos escenarios de precarización con un «orden de Estado adulterado», con una institucionalidad adulterada, donde, en muchos casos, son cómplices. Funcionarios hablaron que la culpa era de las propias mujeres, porque tenían doble vida; que usaban minifalda o que salían de sus casas en la noche. O de los papás, que no las educaron. Todo eso construye un escenario que posibilita. No hay evidencia de que esos asesinatos estén vinculados con elementos de orden ritual.

P: Pero sí existen, ¿no?

R: Mira, cuando tienes un nivel de impunidad tan alto, con un país donde el 98% de los delitos que se cometen no son castigados, y donde ves que ocurren estas cosas y no hay responsables (porque el feminicidio sigue siendo impune hasta ahora), es obvio que habrá personas que desde distintos intereses digan “no pasa nada”. O simplemente por abusar de una mujer que les guste, muchas cosas están detrás de esto. Mientras no exista una justicia que realmente sea eficiente, mientras exista tanta corrupción y complicidad, seguirá habiendo asesinatos de personas sin responsables. Ese es el mayor problema.

P: A mí me interesa esta cuestión que es muy triste. La relación que existe entre el culto a la muerte, y estos ritos o rituales. Lamentablemente, lo he visto más en la calle; más que leerlo, o investigar en internet o en libros. Aquí en México se da muchísimo y me preocupa.

R: Hay que separar el culto a la muerte del tema del narcotráfico. Y el tema de la muerte vinculada al narco. El culto a la muerte o a la Santísima Muerte ha existido ancestralmente. Los devotos de la Santa Muerte, casi en su totalidad, son católicos, son Guadalupanos, y también van a misa, y le piden a la Santa Muerte, y de pasadita también a Malverde, y ¿por qué no?, al Niño Fidencio. Y, por si las dudas, también van con una curandera, y se hacen una limpia, y se leen las cartas, y se leen el café, y se leen la mano, y de repente una pulserita brasileña. Bueno, y el horóscopo, por si las dudas… “a ver cómo me va a ir”. No, este es un asunto en el que hay que tener claridad. Así como hay muchos católicos que seguramente están en el mundo delincuencial, hay gente que son “deudores” de la Santa Muerte que están en este mundo, pero gran parte no lo están. Se fue construyendo una imagen donde adorar a la muerte está asociado a una matriz de religiosidad que la asocian con el mal. No es así como era el origen de la relación vida-muerte en las tradiciones anteriores al catolicismo. Es otra matriz de registro.

P: Insisto porque el Satanismo existe, y es algo que muchos narcotraficantes o sicarios -las personas que están jugando su vida y que están dando muerte-, de alguna manera, sienten que tienen que advocarse a una especie de divinidad.

R: La primera divinidad a la que recurren es la Virgen de Guadalupe y Cristo, es lo más presente en ellos. Nosotros trabajamos en Tepito, donde van miles de personas. Hay de todo, pero en su gran mayoría, no tienen nada que ver con el Satanismo. Es gente que va en una condición desesperada a solicitar un apoyo. Sí, hay lugares donde se hablaba de brujas y hechiceros, donde hacían exorcismos y otro tipo de prácticas, y lugares donde simplemente era el reconocer el papel o la imagen de la Santísima Muerte, como una figura que te puede apoyar en un momento difícil. Bajo esta idea de las vidas de contextos difíciles -complicados-, efectivamente, era más fuerte el tema de la Santa Muerte entre delincuentes, entre presos, entre prostitutas.

Que es la periferización o la marginación de las creencias, de las convicciones. Porque es difícil asumir, como sociedad, que la gran mayoría de los narcotraficantes, de los sicarios y demás, son personas creyentes. Si tu lo colocas así, lo que se genera son los famosos «estereotipos de la población». Lo que se ha tratado de hacer es estigmatizar este tipo de cultos, obviamente porque no escapan a la perspectiva dominante en el terreno del control de la fe y de las conciencias y de la espiritualidad.

P: ¿Usted cree que la proliferación de drogas -específicamente el cristal- tenga que ver con este derramamiento masivo de sangre? Recordemos que la raíz etimológica de la palabra “asesino” es esta palabra árabe Hassassin o Hashsha-shin, que aparentemente hacía referencia a personas que usaban hachís para asesinar. Ha habido muchos casos, a través de la historia, donde los gobernantes repartían droga a sus asesinos a sueldo, para que mataran adversarios y poblaciones enteras de una manera inhumana. En definitiva, esta droga altera todos los procesos mentales y hace a las personas totalmente temibles y temerarias.

R: El eje debe ser en términos de la educación y las condiciones sociales que generamos, incluidas las condiciones de salud para personas que tienen diversos tipos de adicciones. En un país con más de 130 mil ejecutados y 57 mil muertes violentas (ahora con Peña Nieto), la gran mayoría de eso no está hecho por usuarios de cristal. El índice de “haber probado algún tipo de droga” era muy bajo. Gran parte de la creación musical, artística y científica es de gente que ha consumido droga. Hasta el alcohol es droga. Cuando generas un marco prohibitivo, en el fondo lo que esconde es un enorme interés económico, moralino y autoritario. Ese es el problema. En la medida que tú logres generar condiciones sociales que den el espacio que debe tener la libertad, la determinación individual y el control sobre las personas.

El gran problema que tenemos es la adulteración de las drogas, más que la droga en sí. Lo que necesitamos es, en primer lugar, un debate muy sano sobre el tema de la droga; el tema de sus efectos reales, apoyados y avalados científicamente. El tema del apoyo social a los adictos. Lo hemos centrado en un marco policial, donde, efectivamente, es muy fácil criminalizar. Las voces moralinas cierran la posibilidad de que la información científica realmente permee un debate informado. Y ahí hay -con toda la discusión que tenemos en medio mundo y en México- una gran contradicción, porque nosotros estamos matando, no porque todos los adictos sea gente que se mete cristal. Muchos de los grandes narcos no dependen de gente adicta, dependen de gente profesional. Todos los millones de asesinados en Irak, en Irán, en Siria, en las guerras que hemos vivido (como Vietnam), quienes toman las decisiones no tienen cristal o droga en la sangre.

P: Sí, andan en traje sastre. Las grandes cabezas.

R: Así es. Si nosotros lo reducimos a esto, seguimos reproduciendo una lógica criminalizante del consumo. Y tampoco tenemos evidencia que nos diga que, necesariamente, las personas que se han drogado, sean violentas o anden asesinando gente por ahí. Yo ahorita me metí unos antihistamínicos porque tengo gripa y ni se me ocurre agredir a gente o matar gente o hacer algo equivocado, y esta es una droga, como cualquier otra.

Como parte de la visita in loco a México, una delegación de la CIDH visitó la Escuela Rural Normal de Ayotzinapa / Foto: Daniel Cima

Como parte de la visita in loco a México, una delegación de la CIDH visitó la Escuela Rural Normal de Ayotzinapa / Foto: Daniel Cima

P: Sí, claro. Ahora, existe gente que cree, sobre lo que pasó en Ayotzinapa -y hablo, también, porque lo he visto en mi familia, y si lo vi en mi familia supongo que en otras familias también sucede-, que no sucedieron así las cosas, que los chicos fueron los que propiciaron todo eso. Incluso, hay gente que cree que todo es mentira, aun cuando hay tantísima evidencia. En lo personal, me ha pasado tener hasta ciertos, no pleitos, pero sí discusiones, y molestarme cuando he escuchado a miembros de mi familia decir que son unos “vagos” o que “eso se ganan”. Yo les respondo que no es así. Y que el gobierno ya está teniendo demasiado poder sobre nosotros y nos están aniquilando de una manera bien descarada. Entonces, ¿qué podemos hacer para cambiar ese prejucio?

R: Esto tiene que ver con el embelesamiento de los canales de información de nuestro país. En el mundo hay amplia información, hay mucha gente consciente sobre el tema de Ayotzinapa. La masa, en cualquier parte del mundo, está más preocupada por otras cosas. Si DiCaprio va, por fin, a ganar o no el Oscar; el tema del Superbowl, etc. Y en el caso de México, el tema de Ayotzinapa es una disposición institucional de ocultar o de impedir que la verdad salga a flote. Esto es obvio desde el primer momento, con la verdad histórica de Murillo Karam, hasta la negación a que se entreviste a los militares. La falta de información o lo qué pasó con el C4 en todas las horas que estuvo el sistema comunicativo fuera. Ahora, con lo que ha venido señalando el Grupo Interdisciplinario de Expertos Internacionales, en relación con lo que ellos llaman la «filtración de información falsa».

Las insinuaciones que están surgiendo, los obstáculos para que salga la información como debe de ser. Los obstáculos que se les ha puesto para que las cosas realmente se conozcan. Son varios niveles. Por un lado, el nivel de manipulación, de bloqueo de información y, en segundo lugar, la sevicia de los medios masivos de comunicación, que siguen filtrando la información, que siguen colocándolo en marcos no adecuados. Siguen sin darle el peso que deben tener los informes que ha realizado Human Rights Watch o Amnistía Internacional, o las declaraciones que se han hecho por parte de las Naciones Unidas o del propio Comité Internacional de Expertos.

El problema es que no se ha querido realmente esclarecer el tema de Ayotzinapa. Es un asunto que tiene que ver con personajes de gobierno, que tiene que ver con personajes de la Procuración de Justicia, que tiene que ver con el papel de los medios masivos de comunicación. Igual que en el ’68, fue un bloqueo brutal y la mayoría de la gente pensaba que eran jóvenes revoltosos que querían boicotear las Olimpiadas. Pero ha habido una verdad que ha permanecido, y ha permanecido desde abajo. Desde la voz de los proscritos, desde la voz de los indignados, desde la voz de la gente que tuvo acceso a otro tipo de información, que conocío la verdad, y que ha luchado por muchos años para que esa verdad no desaparezca y para que los responsables sean castigados.

P: ¿Recuerda usted dónde estaba ese fatídico 2 de octubre?

R: Yo era muy pequeño, estaba en la ciudad de Tecate, no tenía mucha información, no circuló mucho. Nos enteramos después por un hermano que estudiaba en México, que habían matado a estudiantes, pero no fue una noticia que impactara directamente. Recuerdo escuchar una discusión de mi hermano -que vino de vacaciones con su novia y la familia de su novia- defendiendo la voz de la verdad de los estudiantes.

P: Así como yo, con mi familia.

R: Efectivamente. Bajo la misma idea de “comunistas”, “revoltosos, se lo merecían”, etc. A mí me impactó mucho y, obviamente, por los tonos y por los argumentos, me pareció más convincente la voz de mi hermano, que hablaba de un crimen contra los muchachos.

P: El 26 de septiembre del 2014, ¿recuerda dónde estaba?

R: Sí, por supuesto. Ese 26, como muchos, me enteré por los medios impresos y por redes de amigos. Ya tenía tiempo trabajando en eso. Había publicado Sed de Mal, había publicado sobre esta violencia, construyendo el concepto de Juvenicidio. Todo esto tiene que ver con la simultaneidad del mundo contemporáneo. Como lo dice Tomlinson, los «referentes culturales de la globalización». Simultaneidad, cercanía y colectividad. Para mí fue un evento, sí, extraordinario, pero era la expresión más clara y brutal del juvenicidio que estábamos viviendo.

P: Doctor Valenzuela, y ¿dónde están esos 43 que nos faltan?

R: Bueno, eso es lo que tenemos que descubrir. Todavía no sabemos dónde están. Lo que sí sabemos es que nos faltan y que tienen que estar con nosotros. Lo que sí sabemos es que si permitimos que se sigan contaminando los elementos y cerrando los caminos que nos conducen a conocer dónde están y qué pasó con ellos, o qué está pasando con ellos, pues nos habrán derrotado.

P: Dónde están y cómo llegaron ahí, ¿verdad?

R: Sí, tenemos que saber que pasó con ellos. Eso es parte de los objetivos centrales de quienes siguen levantando la voz de “vivos se los llevaron, vivos los queremos”. De esto que coloco como epígrafe en Juvenicidio, un texto de Rosario Castellanos, que plantea: “Recuerdo, recordamos, hasta que la justicia se siente entre nosotros”. No puede haber perdón, no puede haber olvido. Todo es un asunto que tiene que ver con la memoria viva, como memoria agraviada, que busca esclarecer lo que realmente ocurrió.

El Dr. Valenzuela Arce ha publicado treintaynueve libros. Su libro Jefe de Jefes: Corridos y narcocultura en México, obtuvo el Premio Internacional Casa de Las Américas, Cuba 2001. Fue ganador de la beca Rockefeller Foundation, 1994-1995 y la Beca Guggenheim en el 2005, entre otros premios y distinciones. Sus libros están a la venta en una de las principales librerías del país (El Sistema es Antinosotros, Juvenicidio), así como en el portal virtual del COLEF.

Citando a uno de mis científicos y filósofos preferidos, Albert Jacquard:

“Una sociedad sin utopías es una sociedad pasiva que no ha alcanzado aún una condición humana verdadera. Una utopía es una estrella lejana hacia la que decidimos dirigirnos. No se trata de pretender alcanzarla, sino de ser fieles a la atracción de su fulgor, aunque apenas sea discernible en medio de la niebla”.

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