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El futuro de los reporteros, sólo en sus manos

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Por Gilberto Meza*            

No soy un reportero; ni siquiera estoy seguro de ser un periodista, por más que haya pasado largos años en las redacciones de periódicos, revistas o agencias de noticias. Lo que sí soy es un escritor con intereses múltiples que intenta acercarse a la realidad desde diferentes frentes. O por lo menos es lo que he creído de mí mismo y de mi trabajo.

También sé que el periodismo ofrece oportunidades inestimables para abordarla, pero en su sino este acercamiento se ofrece como la que podría tener un entomólogo. Quiero decir que mi forma de abordarla parte de al menos dos fuentes: los libros, periódicos, revistas y todo tipo de material de investigación, incluidos estudios, informes, entrevistas, la clase adecuada de material forense, como se dice ahora, y que uno necesita cuando investiga, y de la observación y experiencias personales, de mis preocupaciones y de mi voluntad por poner un grano de arena ante una realidad que desde que tengo memoria me resulta injusta, dolorosa, indignante, pero sobre todo transformable. Es cierto que no me considero optimista sobre la deriva de la humanidad, y que a veces creo no estar muy lejos de la misantropía, pero también es verdad que siempre he estado convencido del valor de la palabra, de las palabras. Es por ello que no he cejado, en toda mi vida adulta, de hacer de ellas mi principal arma de batalla. Son mi trinchera particular.

Todo esto para decir que mi visión es libresca, limitada y parcial, como es siempre el trabajo de un escritor más o menos solitario que apuesta a la escritura para descifrar el mundo y lanzar su conjuro en un golpe de dados que, como quería Mallarmé, nunca suprimirá el azar. Tal vez la suerte falle y no logre su cometido, pero la experiencia me ha enseñado lo que muchos otros, hombres y mujeres, han logrado con ellas, con sólo un puñado de ellas, lo que me da un poco de confianza, y porque he visto también que es en la escritura donde cada uno de nosotros puede revelar si es capaz de expresarse correctamente, es decir de forma verosímil. Esa es la apuesta. Porque tal vez todo consiste en hacer las preguntas adecuadas, es decir en hacérnoslas nosotros para que sepamos qué buscar en la realidad, cómo encajan en ella nuestros prejuicios y limitaciones, y decidir con base en ello qué escribir y cómo, porque a veces estas decisiones pueden ser la diferencia.

Me he debatido sobre la forma en que lo haría, pero mientras investigaba escribía y escribía textos, desentrañaba misterios y buscaba las preguntas. Porque no tenía respuestas; de hecho, si algo puedo ofrecer ahora son preguntas, unas abiertas y otras cerradas, pero sólo preguntas. Y son las que quisiera dejar hoy aquí entre los oyentes.

Tal vez nada me haya impresionado más que haber tenido la oportunidad de visitar los gabinetes de trabajo de dos grandes figuras históricas. El primer de ellos escribió: Si quieres cambiar el mundo, toma la pluma y escribe. Me refiero, desde luego a Martín Lutero, y el gabinete al que me refiero era la torre de un castillo medieval al sur de Alemania, un espacio pequeño, iluminado por una vela de cebo, con una mesa me madera brusca y una silla del mismo material. Y una biblia en latín. Y el segundo era el de Goethe, también en Alemania, en la ciudad de Weimar. En el primero Lutero traducía la biblia al alemán vulgar, lo que constituyó la mayor herejía de su tiempo, y de paso cambió la historia primero de las religiones y luego de la misma forma de mirar al mundo, y el segundo contenía una de las mayores bibliotecas de su tiempo, con poco más de seis mil volúmenes y a la que pude asomarme tímidamente. Ambas se asemejan porque me dejaron ver que no hay un solo camino para bosquejar la realidad.

La Ofensiva

Pero entremos en materia. El periodismo debe ser un espacio de reflexión, dice Alma Guillermoprieto, premio Princesa de Asturias. Y ese es el rasgo que ella atribuye a esta profesión lo que la hace tan insoportable para el poder, en un momento de nuestra historia en que la prisa parece dominarlo todo. Tenemos prisa por gastarnos el tiempo, por divertirnos, por ganar dinero. Las bolsas de valores del mundo desde hace decenios, conscientes de que el tiempo era insuficiente, decidieron inventar un nuevo instrumento: los mercados de futuros. Sí, un futuro que ellos pueden planear, vender desde ya, ganar más y más condicionando la producción, sobre todo de materias primas, con una regla básica: si las cosechas superan sus expectativas, ellos ganan más; pero si no las alcanzan, los que pierden son los productores. Y así vivimos cada día más todos nosotros, esperando que el presente pase rápido para comprar el último modelo de teléfono inteligente.

Y todo ello, ¿por qué?, se preguntan los periodistas, reflexionan los editores, indagan los reporteros. Y eso es malo para el negocio. Pero esa es su función: investigar lo que hay detrás de todo lo que hacemos, tratar de darle sentido a lo que vivimos como sociedad.

Y eso, insisto, molesta al poder, sea político, económico, financiero o del tipo que sea.

En el año 1992 la periodista bielorrusa Svetlana Aleksievich debió enfrentar un proceso, largo y desgastante, por la denuncia de una de las madres que había entrevistado para su libro Los muchachos del zinc, en la que narra los hechos silenciados por el Kremlin sobre la intervención que dejó un saldo mortal de un millón de muertos afganos y más de 15 mil soviéticos en la guerra entre 1979 y 1989, una década de muerte.

La autora, galardonada en 2015 con el Premio Nobel de Literatura por sus meticulosos testimonios, dueña de un estilo que no ahorra al lector la crudeza de los hechos que reseña, salió airosa de esa prueba que, como se denunció entonces, fue montada por las autoridades de Moscú, con la intención de desacreditarla y cuestionar la verdad que su libro muestra.

Otros no han tenido tanta suerte. Es el caso de la periodista rusa Ana Politkóskaya, asesinada en su domicilio en un crimen nunca aclarado pero que se cataloga como crimen de Estado por la fuerte crítica que ejercía sobre la represión del gobierno de Putin en la guerra de Chechenia.

Su caso, ciertamente, no es ni nuevo ni novedoso, ha sido una estrategia constante contra periodistas y reporteros, incómodos desde que tenemos memoria. Si algo sorprende acaso es la rabia con que se presenta hoy.

Se trata, en esencia, del viejo enfrentamiento entre la libertad de expresión y el poder, que se pretende dueño de ese derecho que compete a los ciudadanos.

Pese a las subdivisiones que se han hecho en el periodismo actual. Y esa esencia es lo que lo hace tan incómodo al poder, pues lo cuestiona y confronta, le obliga a explicar sus acciones, algo a lo que no está acostumbrado, y pone en duda sus intenciones al confrontarlas con la realidad.

En México algo sabemos de eso. Es el caso de Javier Valdez, uno de los fundadores de RíoDoce ejecutado en una calle de Culiacán el 15 de mayo de 2017 por sus denuncias contra el crimen organizado y sus relaciones con el poder, o el de la reportera Miroslava Breach, también asesinada en Chihuahua el 23 de marzo de ese mismo año, y así podríamos seguir hasta llegar a los 45 reporteros asesinados sólo en el curso de los últimos tres años. Sí, durante este gobierno. Si consideramos los últimos tres sexenios la cifra llega a muchos más de 100. Eran 104 contando a Miroslava, o 105 a Valdez, pero desde entonces el número se incrementa con increíble velocidad. Casi no hay semana en que no se ejecute a algún periodista o luchador social, ecologista o defensor de reservas forestales.

En los últimos diez años 278 periodistas han sido asesinados en el mundo, de acuerdo con una reciente investigación del Comité para la Protección de los Periodistas, una organización mundial que reclama su protección. Sí, la profesión de los periodistas, es decir de los reporteros, es riesgosa. Lo significativo es que casi el 90% de esos crímenes siguen impunes. En México son víctimas, me atrevería a decir que por igual, lo mismo por los criminales que por alguna instancia de poder, por el gobierno; lo mismo podemos decir de los luchadores sociales, incómodos también para los negocios del poder.

El caso de Julián Assange es distinto. Él no es periodista, sino un luchador social por los derechos civiles y la libertad de prensa, al igual que Edward Snowden, un ex analista informático de la CIA, quien como Assange hicieron públicos documentos clasificados, aunque él pudo escapar, mientras que Assange, luego de diez años, lucha por no ser extraditado a EU donde sería juzgado por traición y seguramente condenado de cadena perpetua.

Pero todos ellos forman parte de esa misma familia, la que reclama los derechos civiles, o humanos, o a la privacidad o simple y sencillamente el derecho a una prensa libre, derechos por cierto consagrados por las constituciones de los países que los condenan. Para unos se pide prisión; para otros, silencio.

Los riesgos

Desde la promulgación de la llamada Ley Patriota en los Estados Unidos esa ha sido la constante, que ha dejado ya varias víctimas. Pensamos, desde luego, en Assange, pero hay muchos otros que han enfrentado cárcel y exilio. Prácticamente todos esos casos enarbolan en muchos sentidos uno de los elementos que han cambiado el mundo del periodismo, es decir el que se abrió paso, a codazos, en el universo digital que trajeron consigo las nuevas tecnologías de la información. Hablamos del derecho a saber.

Este hecho contrasta, y actualiza, los métodos extremos de que se habían valido los reporteros para investigar, denunciar y poner en evidencia la explotación, el expolio o la degradación de amplias capas de la población, como Gunter Wallraff, autor de los libros El periodista indeseable, Cabeza de turco, y varios más. Su método conocido como investigación encubierta, o periodismo de inmersión, nos dio algunos de los mejores libros de reportaje de la segunda mitad del siglo pasado. Y cómo olvidar a Oriana Fallaci, herida de bala el 2 de octubre de 1968 durante la represión del ejército en la ciudad de México. Hablamos, desde luego, de una vertiente del periodismo de investigación, que vive en México uno de sus momentos estelares, casi tanto como el que se conoce como periodismo narrativo, con sus grandes estrellas como Gabriel García Márquez (Historia de un secuestro o Retrato de un náufrago), así como la obra de Ryszard Kapuscinski (El Emperador, El Sha, Ébano…), o la obra que sigue escribiendo el cronista Jon Lee Anderson.

El hecho es que hoy contamos también con reporteros bien formados, preparados intelectualmente y con buena pluma, lo que nos habla de años de trabajo formativo en las distintas redacciones de nuestro país y en muchas del mundo. Son reporteros comprometidos con el oficio; la mayoría jóvenes y bien plantados, que hablan lenguas extranjeras y son capaces de entender el idioma de las nuevas tecnologías y de sus plataformas, lo que también nos habla de profesionales atentos al acontecer mundial. Esto quiere decir que dejamos el provincianismo y si me apuran diría la actitud parroquial que ha sido la marca del periodismo mexicano durante larguísimas décadas, iluminadas apenas por el trabajo de autores como Manuel Buendía, algunos de cuyos asesinos comparten hoy el poder de la 4T, o Miguel Ángel Granados Chapa o el mismo Julio Scherer García. No es que antes no hubiera mujeres brillantes, las había, pero el sistema les impedía brillar, aunque permitió la existencia de una Poniatowska.

Tampoco es que los periodistas que acabo de mencionar hayan sido los únicos. En la mal llamada provincia mexicana han existido siempre reporteros y periodistas de enorme valía, pero no existían los instrumentos que permitieran compartir su trabajo con los demás.

Habría que decir que al menos en ese sentido el desarrollo de la tecnología de la información nos ha dado herramientas que nos permiten salir del ostracismo. Ha sido, sin lugar a dudas, la mayor revolución en los últimos 50 años. Que haya sido utilizada para tan diversos fines de la globalización no es su responsabilidad: las herramientas no tienen ideología, sólo se les da el uso que se quiere o se puede, y sí las tecnologías de la información es lo mejor que nos pudiera haber ocurrido a los individuos, aunque tarde y desafortunadamente no ocurrió lo mismo con la industria de la información, que entregó su modelo de negocios sin entender lo que perdía frente a los nuevos gigantes, ¿cómo es que Google, Facebook y el centenar de empresas como ellas se hacen de los recursos que les corresponderían a los diarios? En 2009, Andrew Neil, ex director de The Sunday Times de Londres, aguerrido defensor del acceso gratuito en sus orígenes, y quien reflejó entonces el gran desengaño que sufren hoy los grandes diarios, y los periodistas, cuando señaló: “La tecnología era nueva y no la entendíamos. Nos dijeron que si conseguíamos muchos lectores el dinero vendría después. Pues los conseguimos y el dinero no llegó”. Y eso fue el principio del fin.

Algunos datos como los siguientes ilustran las consecuencias de este fenómeno. En julio de 2017, el día 10 para ser exactos, News Media Alliance, asociación integrada por unos dos mil grupos de medios, entre los que se cuentan los influyentes The New York Times y The Wall Street Journal, acusó en un comunicado que frente a Google y Facebook se ven forzados “a entregar sus contenidos y jugar bajo sus normas sobre cómo presentar, priorizar y monetizar las noticias y la información”, toda vez que dichas plataformas “distorsionan el valor económico que se obtiene haciendo buen periodismo”, y puntualizó que sólo estas dos empresas se llevaron más del 70% de los 73 mil millones de dólares que se gastan actualmente en publicidad en la Web.

“Pero estos dos gigantes digitales no emplean reporteros. No hurgan en los archivos públicos para descubrir corrupción, ni envían corresponsales a zonas de guerra ni cubren el juego de anoche. Ellos esperan que la económicamente exprimida industria de noticias haga por ellos ese costoso trabajo”, escribió en el WSJ el director ejecutivo de la News Media Alliance, David Chavern.

En Estados Unidos, donde es posible seguir desde sus inicios este fenómeno, entre 2001 y 2016 los periodistas perdieron 328 mil empleos: de 9,310 empresas de medios que existían en ese primer año, sólo sobrevivieron 7,623 al concluir el segundo, es decir 18% menos. Los empleos en el sector cayeron 57.8%, y esta situación se repite con sus particularidades en prácticamente todo el mundo Occidental, excepto en los llamados países emergentes, donde el periodismo cobra fuerza, quizás por el hecho de que estas naciones llegaron tarde al proceso de mundialización y sus efectos todavía no se dejan ver en toda su crudeza.

En México, por ejemplo, de acuerdo con una investigación del periodista Roberto Fuentes Vivar (en su columna Diario Ejecutivo), de 2008 a diciembre de 2017 (no hay cifras previas en el sector), el número de periodistas, diarios y revistas se habría reducido apenas 15.1% y 18.2%, números que sorprenderían si no fuera porque ahora cada periodista empleado realiza el trabajo de cuatro, en una sobreexplotación tolerada por todos ante la creciente falta de opciones. Todo ello en un país, México, con 875 diarios reportados en 2014, 328 revistas, 53 empresas televisivas y 857 radiofónicas, pero donde el tiraje sumado de todos sus periódicos no alcanza el millón, y bajando, como escribió Jenaro Villamil en Proceso en 2017.

El Metauniverso

Por si todo esto fuera poco, hoy los periodistas deben competir contra un nuevo enemigo, el del universo mágico. Así, es común leer, luego de repasar las noticias que nos trae cada día nuestra compleja realidad, la información correspondiente a la de los héroes y heroínas y los villanos de ese metauniverso que ya forma parte de nuestra cotidianidad. Nos enteramos así que todos los actores y bellas actrices encarnarán a tal o cual personaje de ese universo Marbel, o de Amazon o de cualesquiera de las plataformas que inundan nuestra vida y nos hacen tan felices, que de eso se trata, de darle alegría a nuestra aburrida realidad. Convierten en glamour la vida de los narcotraficantes, los ladrones internacionales, los espías y, quién lo duda, algunos terroristas, siempre desde la visión maniquea a la que estamos tan acostumbrados en México. Una realidad sin matices, en blanco en negro, y que vuelve a esos personajes tan cercanos, tan parecidos a nosotros mismos, o al menos a nuestras aspiraciones, y que quizás por todo ello nos permiten interiorizar la violencia que vivimos, a normalizarla, a verla como algo natural.

Ya vivimos otras ficciones, complots habría que llamarles, en el pasado, y tuvieron la misma fuente. Que ahora se presente en forma tan inocente no debe engañarnos. Ni el comunismo durante la Guerra Fría, ni la lucha contra las drogas a partir de los 70 o del terrorismo en el 2000 deben engañarnos.   Lo que ese metauniverso, alternativo, busca es alejarnos de la realidad cotidiana. Su necesidad se hizo evidente como parte de la estrategia de reencantamiento del mundo, lo que quiere decir de hacernos volver al mundo mágico que había sido superado hace ya más de un siglo por la ciencia y la filosofía, por el psicoanálisis y la biología. En ese mundo mágico las cosas no ocurren debido a nuestros actos, sino a la suerte, al destino o por intervención divina, es decir por alguna fuerza más allá de nuestros actos y sus consecuencias, lo que nos exime de cualquier responsabilidad. Es el karma, se suele decir, y de esta manera quedamos a salvo. Como pueden apreciar, es un pensamiento atractivo.

Es contra estos problemas que los periodistas de hoy deben batallar.

En este proceso todos perdimos. Periódicos y periodistas, pero también los ciudadanos, que no sólo han ido perdiendo derechos sustantivos sino a quienes además se les escamotea su privacidad, una batalla que tomó siglos concretar. Hoy ya no la tenemos, y estamos enfocados en un proceso en el que la misma información se trasmuta de pública a privada. ¿Que qué quiero decir? Que el objetivo último de las empresas tecnológicas es que los ciudadanos nos convirtamos en el objeto, en el objetivo de la información. Y lo están logrando.

Lo que no debemos olvidar es que desde hace al menos dos siglos, el periodismo ha permitido ordenar al mundo. Y es justo por eso por lo que resulta tan peligroso para la clase política, el crimen organizado o el nuevo orden financiero mundial.

Porque el periodismo, y los reporteros en primerísimo lugar, tratan de explicar el mundo, los hechos, más allá de una visión social en blanco y negro. La realidad, lo hemos sabido siempre, está hecha de matices cuyo origen pretendemos desentrañar. Los hechos, la represión, los crímenes, no ocurren por ensalmo, ni se eliminen por conjuro, para continuar con la metáfora. Hay una palanca que los mueve, intereses que se benefician, poderes que se confirman. Hay una razón y un interés porque determinados hechos ocurran. Los reporteros indagan los resortes que los impulsan, los negocios detrás de la opacidad gubernamental. ¿Quién se beneficia de ella?, es la pregunta.

¿Por qué el poder tiene tanto miedo a la información?, ¿por qué se prefiere el silencio?, ¿por qué les da tanto miedo que un reportero, o un medio, investigue el tráfico de influencias en el poder? Ésta y muchas otras preguntas son las que motivan al nuevo periodismo, que no es sólo político, sino también ambiental, social, educativo…, pónganle el adjetivo que deseen, en todos van a descubrir los intereses ocultos que el discurso del poder intenta ocultar de los ojos de los ciudadanos. Eso explicaría por qué al menos 45 periodistas han sido asesinados en lo que va de este sexenio, o los 94 defensores ambientales.

Los reporteros, por fortuna, prefieren hablar, es decir escribir, publicar sus hallazgos, y hacerlo incluso de manera estridente para que los escuchen. Bien fundamentadas sus investigaciones para que no puedan ser negadas, y lo más ampliamente posible para que alcancen a los más.

Llama la atención, por lo menos a mí, que únicamente las investigaciones periodísticas hayan puesto a la discusión pública los grandes asuntos nacionales, de la famosa Casa Blanca a la Estafa Maestra o el escándalo Odebrecht. Para el poder nunca existieron. Incluso hoy no hay apenas avances. A la autoridad no le interesa investigar, castigar, poner ejemplo. No puedo dejar de recordar el caso del periodista hidalguense Alfredo Rivera Flores, quien en un libro extraordinario, La Sosa Nostra, porrismo y gobierno coludidos en Hidalgo, revelo los negocios sucios del poder en ese estado, y que le costó un larguísimo proceso de 18 años y el pago de una multa estratosférica por evidenciar una poderosísima organización criminal que opera como aliada de los poderes en turno, incluyendo, cómo no, al actual. Porque se le considera un aliado, no un adversario político.

Pero, hay que decirlo, justo para eso sirve el periodismo. Para, como dije antes, ordenar el mundo, darle coherencia e intentar crear un lugar mejor.

La transición hacia el periodismo del siglo XXI, sin embargo, no ha sido fácil, ni para los medios ni para, sobre todo, los reporteros. Es verdad que en muchos sentidos la incorporación a la vida cotidiana de la llamada red de redes ha venido a facilitarnos la vida y a ampliar los márgenes de la comunicación. Gadgets, redes y comunicación vía satélite, sin embargo, han creado nuevos problemas para los reporteros, fotógrafos y editores. Hoy los teléfonos inteligentes han transformado a cada poseedor en testigo y difusor de los hecho, sin criterios ni experiencia, pero que responden, todos, a la simultaneidad tan apreciada por las nuevas generaciones, y esa simultaneidad ha obligado también a los medios a entrar a esa carrera en la que tiene todas las de perder.

Hemos traslapado el interés público por el privado. El mundo es un lugar que es interesante sólo porque yo estoy en él. Esto encierra también todos los riesgos a la privacidad, a la individualidad y a una vida cotidiana plena, que es donde todos realizamos nuestra vida. Y esa es la apuesta de las empresas tecnológicas. Su apuesta es a que como todos tenemos una vida cotidiana sin sorpresas ni emociones, como aspiramos que sea, entonces lo que le ofrecemos es diversión, una inagotable lista de diversiones que le permitan matar el tiempo, función que un día llegaron a cumplir los crucigramas.

Pero ese es otro asunto. Para lo que nos ocupa, valga decir que esas coberturas en tiempo real nos han llevado a que se desvalorice el periodismo de investigación, el análisis de fondo, los enviados de guerra, los fotógrafos y camarógrafos profesionales y, desde luego, los corresponsales. Ya no los necesitamos por alguien subirá una foto, un video, un comentario jocoso o, todavía mejor, alguien transmitirá el atentado, el accidente o lo que sea desde el mismo lugar de los hechos y con su imagen incluida. Ha sido un largo proceso de desvalorización en el que, sin embargo, no podemos culpar a nadie sino a los propios medios, incapaces de entender lo que significó la toma del internet por parte de las empresas tecnológicas, que no sólo se apropiaron de su información sino también, lo que resultó más grave, de su negocio.

La cabeza de Medusa

La pregunta no es, no debe ser, sobre cuál es el futuro de los reporteros, sino si los reporteros tienen algún futuro. No estoy hablando del periodismo como tal. Es indudable que apenas por entrar a la tercera década de este siglo XXI que tantas sorpresas nos ofrece, el periodismo se está viendo obligado a reinventarse, y los reporteros enfrentan su propia disyuntiva: subsistir o desaparecer.

Sé que suena drástico, sobre todo después de más de cien años en los que su trabajo ha sido indispensable para explicarnos la historia que vivimos, por la transformación que experimentan los medios tradicionales, donde habían encontrado un espacio. Esto en momentos en que la nota informativa se ha convertido en la reina del festejo.

Es cierto también que los reporteros no se han dormido en sus laureles. Desde hace muchísimos años, han encontrado en el libro un espacio privilegiado, que ha su vez ha dado lugar a géneros, y subgéneros, de la crónica al periodismo narrativo, altamente apreciados por los lectores que buscan no sólo la sorpresa de sus revelaciones sino también el goce de estilos que podemos considerar icónicos. Pero hay que reconocer que sólo unos pocos han alcanzado esa excelencia; la mayoría sobrevive en los medios tradicionales, sin más esperanza que completar la quincena.

Los medios más fuertes y visionarios siguen apostando por el reportaje, y han formado baterías de reporteros de altísima calidad, pero son los menos, y su futuro sigue atado al destino de aquellos que acaban de encontrar, luego del avasallamiento a que fueron sometidos al fenómeno de las así llamadas empresas tecnológicas.

Por sin esto fuera poco, deben trabajar en un mundo cambiante y cada vez más violento, en el que acaban convertidos en blancos de esa violencia criminal.

Hasta hace algunas décadas, los periodistas eran las víctimas de regímenes autoritarios, pero hoy, aunque aquella situación persiste, son más bien objetivos de la criminalidad que arrastran consigo los grupos criminales. Lo peor es cuando las dos situaciones se conjuntan. Reporteros sin Fronteras y otras organizaciones similares han alertado de esta situación en muchos países, destacadamente México, con uno de los peores registros de asesinatos de periodistas en tiempos de paz, una paz condicionada por la actividad criminal y la violencia que ejercen los dueños del poder político. Los reporteros tocan sus intereses, los hacen peligrar al revelarlos mediante su trabajo de investigación.

Por eso las cifras de reporteros asesinados en México son escalofriantes, y suben en número año con año, no importa que se declaren alertas para su protección o que tampoco se declare abiertamente la censura. En los hechos, se les persigue y se les asesina, no importa lo que digan los gobiernos en turno, y tampoco si se declaran de derecha, centro o izquierda. La persecución a que son sometidos, y los reclamos desde el poder les ponen una marca, una especie de estigma, que los convierte de esta manera en objetivos críticos, y por lo tanto molestos. Prescindibles.

Lo que hemos descubierto a lo largo de las últimas décadas es que los reporteros han sido blanco del poder. Son seres incómodos, inquisitivos, preguntones, que además no se conforman con las respuestas oficiales, que quieren saber más: de dónde vienen las políticas públicas, por ejemplo; que es lo que esperan, a quién benefician, cómo se financian, por qué esa y no otra. En fin, que nunca quedan satisfechos. Y es esa insatisfacción lo que les da la oportunidad de ser un eslabón imprescindible en las sociedades. Y sí, se les contiene, se los reprime, se les cortan caminos para que puedan ejercer su oficio. Se les restringe y, la verdad, quisiera acabárseles, exterminarlos, y a veces lo consiguen, pero han probado ser como el mito de la Medusa: por cada cabeza que le cortan, surgen más. Dos, diez, cientos de nuevos reporteros que toman el relevo donde el otro lo dejó. Y exigen respuestas. Si se les acota en los diarios, buscan otras rutas, más independientes, más libres, menos frágiles, porque hoy la Red de Redes, que no es sólo las redes sociales ni las empresas tecnológicas, ofrecen ventajas comparativas que antes no tenían. Hoy su mensaje, como las palomas en los inicios de la agencia Reuters, llega a todos, sin pleonasmo. Como los mensajes del papa, urbi et orbi.

Y con esto intento responder la pregunta: sí, los reporteros tienen futuro, y ese futuro está, por primera vez en nuestra historia, sólo en sus manos. Es decir, estamos iniciando una época en que los reporteros no dependen de un editor, un jefe de redacción o el propietario del diario, la radio o la televisora. El gran reto es qué hacer con esa libertad.

 

*El autor es escritor, periodista y editor de Luna Media. Esta ponencia fue presentada en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, dentro del marco FIL Pensamiento Foro de Periodismo Cultural el 3 de diciembre de 2021.

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John Katzenbach, de la muerte en Internet

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Por Alberto Farfán

El club de los psicópatas

Imagina, estimado lector, que se te ocurre navegar por Internet y encuentras un sitio que te parece anodino, y que como es común en estos casos te permites dejar un mensaje insultante, con el que agredes a los miembros del mismo, pero que debido a ello te vas a sumergir en una vorágine incandescente de muerte, y no la de cualquiera, sino la tuya y la de tus seres queridos.

A grandes rasgos éste es el hilo conductor de El club de los psicópatas (2021) la nueva novela publicada del maestro del thriller psicológico, el norteamericano John Katzenbach (1950), quien, como en su libro anterior, Confianza ciega (abordado en Los Ángeles Press, 01/02/21), renueva la estructura clásica de la novela policíaca con el objeto de romper con esquemas y buscar mantener cautivo a sus lectores con mayor énfasis, para que estos no puedan prever qué es lo que va a ocurrir o cómo, cuándo y dónde.

Haciendo un lado la estructura de corte laberíntico a la que generalmente los protagonistas de historias de este género se deben de enfrentar, Katzenbach apuesta en esta obra a la confrontación prácticamente directa, cara a cara, pero diluyéndola al actualizar su historia con las nuevas tecnologías: Internet, redes sociales y demás, todo lo cual en realidad ofrece individuos de índole anónima en realidad. Nadie sabe en verdad quién está detrás de la computadora, de la tableta o del celular, a pesar de los seudónimos que empleen.

Así, sucede que Connor y su novia Niki, jóvenes a punto de ingresar a la universidad, un día encuentran un sitio que se llama Lugar especial de Jack, ubicado en la dark web. Connor los insulta y los ridiculiza. Y tanto él como Niki olvidan el tema. Y se abocan a sus grandes pasiones, él al futbol soccer y ella a las competencias de velocidad.

Lo que nunca imaginaron es que el Lugar especial de Jack, en honor a Jack The Ripper, era una web en donde cinco asesinos seriales y hackers expertos se reúnen para compartir experiencias y donde hablan acerca de sus siguientes asesinatos, aunque no se conocen personalmente e ignoran la vida de cada uno de ellos, y usan seudónimos. “Algún poeta dijo que morir era sólo parte de la vida… Supongo que eso significa que matar es lo mismo”, indica uno de los psicópatas del club. Y ante tal afrenta, los cinco asesinos, los Muchachos de Jack, se concentrarán en localizar al agresor y al resto de su familia, para llegar a ellos y matarlos.

No obstante, llama la atención que el autor dé por hecho que es posible que cinco psicópatas formen un club. Pero no. Katzenbach sabe muy bien que este tipo de sujetos carecen de conciencia, de empatía, de emociones, de sentimientos y de humanidad, en suma. Por ello, en la primera parte incluso lo dice abiertamente, que es absurdo, pero que se debería empezar a estudiar un fenómeno así, con cierto sarcasmo. Pues Robert Ressler, autoridad en psicología forense y quien acuñara por primera vez el término serial killers por su trabajo en la Unidad de Ciencias de la Conducta del FBI, confirma ese tipo de características (Dentro del monstruo,1997). Nuestro autor, en efecto, no comete un error, sino que con ello abre una brecha para confundir al lector conforme avance en la historia, de lo contrario ni siquiera hubiera escrito lo referido.

Los serial killers inician de inmediato su cruzada contra los protagonistas. Y en esta era tecnológica todo es posible, mediante hackeos ubican a Connor y a Niki, pero además destruyen la reputación tanto de los jóvenes como de los abuelos de él, es huérfano, y de los padres de ella. Y con ello ya saben que están detrás de ellos. El terror los invade. Sus atacantes son inasibles, invisibles. El clásico juego del gato y el ratón inicia. El suspenso emerge in crescendo. Katzenbach se solaza en esta guerra sin igual en la que sólo se perfila un inminente ganador, lo que permite una mayor tensión en el desarrollo de la historia, tensión que repercutirá en el lector. ¿Quién o quiénes morirán? La respuesta se despejará al final.

A pesar de que El club de los psicópatas es una novela que mantiene al lector en vilo y lo obliga a seguir leyendo, y que por supuesto es bastante recomendable para el solaz divertimento, hay que señalar que por regla general las culminaciones de las obras de John Katzenbach rompen con el frenesí que se experimenta por los giros que les imprime, acaso por la connotación moral que se desprende. Es decir, en términos esquemáticos y coloquiales diríamos que lo bueno es lo que debe prevalecer por encima de lo malo invariablemente. Y francamente, no siempre es así.

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Aventuras en el paraíso verde

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Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

Un felino enorme y metiche. Un sujeto duro y descorazonado que hace pareja con otro blandengue y pocoseso. Un diminuto can y una sabihonda y parlanchina adolescente: tales son los integrantes de la improbable pandilla que viaja por un lejano país en busca de un palacio verde que regentea un misterioso personaje quien según la leyenda tiene el poder para cumplir los más oscuros deseos y los medios para satisfacer los caprichos más desorbitados. En su aventura, la banda no duda en valerse del engaño, la traición y la hechicería para lograr su meta. Dos mujeres son asesinadas, numerosos seres exterminados y varios pueblos sometidos a los apetitos de la quinteta en el transcurso de la historia que culmina con el exilio del regente del palacio verde y la usurpación de su trono.

¿Síntesis de la próxima telenovela del canal del Ajusco? ¿Resumen del guion de la película con la que resucitará Estudios Churubusco? ¿Encriptación del plan de Trump y Bannon para tomar la Casa Blanca, liquidar al Congreso y hacerse del poder hasta el 2080? ¿Traducción del programa operativo de Putin en Ucrania?

Nada de eso. Es la síntesis de una obra perfectamente apta para toda la familia, un icono de la literatura infantilLos menores de 50 años quizá no le encuentren un timbre conocido, pero los de mi generación ya habrán identificado la trama de El mago de Oz, la obra de Lyman Frank Baum que recién llegó a la respetable edad de 122 años –once más que Bilbo, lo que la entrona como verdadero hobbit de la literatura.

Confieso que siendo devoto de la literatura juvenil y fanático de la fantástica y de la ciencia ficción, el tal Mago de Oz y sus personajes nunca me han sido simpáticos. Tampoco encontré memorable la famosa película -salvo el tema musical del arcoíris. La historia no me parece lo suficientemente mágica. Ingeniosa quizá, pero sin encanto. Es un libro… ¿cómo decirlo?… sin sorpresas… predecible.

 Me parece obvio que Baum intentó parafrasear Alicia en el país de las maravillas, que se había publicado en 1865, 35 años antes de su propio libro, con la intención de servir una obra más popular o menos elaborada.

Pero las diferencias entre Baum y Lewis Carroll (Charles Lutwidge Dodgson) los colocan en categorías muy separadas. Además de escritor, Carroll era un matemático que enseñaba en Oxford y había publicado textos eruditos (Euclides y sus rivales), mientras que Baum careció de una educación formal y a lo largo de su vida fue un multiusos soñador, romántico y nada práctico.

No se requiere un estudio comparativo para encontrar el paralelismo. Baum imagina que un huracán levanta una casa y la deposita en un lejano país fantástico en donde una niña, Dorotea, vivirá una serie de aventuras. Carroll, por su parte, hace que una niña, Alicia, caiga en un pozo que la llevará a una tierra fantástica en donde vivirá una serie de aventuras. Las semejanzas hasta ahí llegan.

Alguien me podría increpar que es injusto juzgar con criterios de hoy un libro publicado hace 122 años y en principio tendría razón, pero sólo en principio. La citada Alicia… El viento entre los sauces, de Kenneth Grahamedos libros que recuerdo en este momento, han resistido admirablemente el paso del tiempo y se dejan leer con magia y encanto, cosa que no encuentro en el de Baum.

Hace tiempo que esto me inquieta. Es un problema mío, desde luego, y sé que me encuentro en la misma minoría de los que detestan en futbol. En Estados Unidos el libro es venerado –aunque no necesariamente leído- y sus personajes, frases y situaciones se integraron al idioma y a la cultura urbana yanqui.

“Goodbye Yellow Brick Road” de Elton John o el apodo de la pequeña hija de Harrison Ford en Vuelo presidencial son dos ejemplos populares entre cientos que puedo citar, sin entrar en las teorías de la conspiración que han encontrado en el libro claves semejantes a las de QAnon.

Que la obra de Baum está a la diesta de Twain en el paraíso literario gringo y bañada en admiración lo confirma la edición conmemorativa del centenario aparecida en 2000 con proemios ni más ni menos que de John Updike, Daniel P. Mannix, Ray Bradbury, Gore Vidal y Nicholas von Hoffman.

Yo desde el primer capítulo le encuentro peros. Aunque en esto no estoy solo: la obra ha sido criticada y en algún momento expurgada de las bibliotecas escolares gringas. Veamos la trama:

En una árida planicie de Kansas vive la huérfana Dorotea con sus tíos y un perro en una casa de madera que un tornado eleva por los aires con la niña y el can en su interior. Eventualmente caen a tierra y aplastan a una poderosa bruja que tiene esclavizada a la comarca desde dios sabe cuándo.

Es de suponer (por que Baum no lo dice), que en ese instante la hechicera se agachó a ajustarse un zapato y se descuidó. Dorotea se calza las sandalias de plata que toma del cadáver de la que sabemos fue la Malvada Bruja del Este… y ahí comienzan sus aventuras.

Pues no me cuadra. Aplastar con tal facilidad a una arpía tan potente como se nos sugiere es como si Supermán se bebiera inadvertidamente un licuado de kriptonita, o que Puk y Suk atraparan y guisaran en cañabar a Tsekub Baloyán, o que Regino Burrón se sacara la lotería, o que Avelino Pilongano trabajara medio día. ¡Y la trama! Sólo la de Luisito, nuestro “columnista” más predecible y anodino, puede ser más aburrida que la de ese libro.

Los personajes también me causan problema. El león, el Espantapájaros y el Hombre de Hojalata con el perro, Dorotea y el propio mago de Oz, abusan del hilo narrativo. Una miríada de caracteres que chocan entre sí, desde monos alados hasta diminutos seres de porcelana, con un tutti fruti de horrendos monstruos que son puntualmente liquidados como si película de James Bond se tratara, entorpecen la historia.

Cuando quiero saber más de Dorotea o de las cavilaciones del leñador de hojalata que antes fue hombre, puede aparecer un payaso de porcelana cuyo placer es romperse una y otra vez, o saltar a escena algún engendro con los ojos en la panza.

En el libro sin duda se encuentran todos los elementos para una narración fantástica en el más amplio sentido de la palabra. ¿Por qué pues -por lo menos para mi- se diluyen? Mi única explicación es que es un libro sin sorpresas producto de la pluma de un escritor muy menor… y que me perdone el Home Security Department.

¿Y qué decir de la película? Francis Gumm –mejor conocida como Judy Garland- recibió un Oscar especial por su papel de Dorotea e inició una exitosa carrera cinematográfica que de alguna manera se vio prolongada en su hija, la talentosa Liza MinelliTodos los especialistas dicen que El mago de Oz es uno de los iconos del cine sonoro y la literatura especializada la coloca al lado de clásicos como King KongDrácula, El doctor Frankestein, La momia La banda del automóvil gris. Pero…

Lyman Frank Baum nació el 15 de mayo de 1856 en Chittenago, Nueva York, hijo de un pequeño empresario y de una severa episcopaliana que velaba con mano más que firme a su familia. Fue un niño enfermizo y débil, el séptimo de nueve hermanos, que no pudo asistir a la escuela y debió recibir clases particulares en casa.

Como ha sido el caso de otros escritores, muy pequeño aprendió a leer y pasaba días enteros en la biblioteca paterna, en donde sufrió ataques de miedo al encontrarse con las brujas y monstruos de los cuentos infantiles, lo cual, dicen sus biógrafos, le hizo jurar que de grande escribiría historias que no asustaran a los niños.

Como regalo de catorce años recibió una pequeña prensa con la que él y su hermano iniciaron la publicación de un periódico que distribuían entre los vecinos del barrio. A los 17 fundó The Empire, una revista especializada en filatelia.

A partir de entonces desempeñó una larga serie de oficios: vendedor, reportero, impresor, director de una cadena de teatros y actor, entre otros. En 1882 se casó con Maud Gage, hija de una prominente feminista. Siguieron años de problemas económicos y de salud.

En 1891 se establecieron en Chicago en donde por las tardes leía los Cuentos de Mamá Ganso a los niños que se reunían en la sala de su casa. Y como los pequeños no atinaban a comprender por qué un ratón trepaba a un reloj o cómo una vaca podía saltar sobre la luna, Lyman comenzó a inventar sus propias historias y a escribirlas a insistencia de Maud. Así nació la serie de catorce libros sobre Oz que después de su muerte continuaron varios escritores y parió veintenas de volúmenes.

Pero fue uno sólo, El mago de Oz, el que le consagró e inmortalizó su nombre y dio pie a la película (1939) convertida en un clásico, aunque ya antes, en 1901, el propio Baum había adaptado un espectáculo musical que fue muy popular y durante nueve años estuvo de gira por diversos estados. Baum intentó lo mismo con otras obras de la serie Oz, sin éxito.

Lyman Frank Baum murió de un infarto el 6 de mayo de 1919, unos días antes de su cumpleaños 63, debilitado por los problemas cardiacos que desde niño padecía. En su última época apenas tenía fuerzas para escribir un poco todos los días. Mandó guardar en una caja de seguridad dos manuscritos para ser publicados cuando la enfermedad lo postrase. Así, ese hombre melancólico y generoso, investido a su muerte con el título de “Real historiador de Oz”, se puso para siempre a salvo de los espantos de los cuentos infantiles.

 

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La prostitución del lenguaje en la era de la estupidez

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Por Alberto Farfán 

Si prostituir, según la Real Academia Española (RAE), significa “deshonrar o degradar algo o a alguien abusando con bajeza de ellos para obtener un beneficio”, considero que no exagero al aseverar que en esta era de la estupidez que estamos viviendo en la actualidad se ha prostituido el lenguaje en diversos sentidos. Pero parece que nadie lo nota o que a nadie le importa.

Pensemos en los gobiernos de varios de nuestros países latinoamericanos, en medios de comunicación corporativos o tradicionales y en los grupúsculos neofeministas, mujeres que en última instancia procuran “el fin del mundo del sexo y de sus oposiciones codificadas”, o sea, las características femeninas y masculinas (Lipovetsky, La era del vacío), y que todos ellos se observan cual fanáticos de la ideología de género, que en uno de sus rubros incluyen lo que han dado en llamar “lenguaje inclusivo” o “lenguaje incluyente”, cuya imposición no debe ser cuestionada.

Cuando su concupiscencia lingüística es imperativa para calmar sus ansias ideologizantes, usan el lenguaje para beneficiar su agenda y se expresan con desdoblamientos lingüísticos (las y los), o con una E final, la X o el símbolo de la arroba (que se supone incluyen a los géneros masculinos, femeninos y a los no binarios (lo que sea que signifique esto que es además anticientífico) y también a las minorías con disforia de género o bien, definidas como híbrido-sexuales (Lipovetsky dixit).

Pero curiosamente la incongruencia e hipocresía se presentan en cuanto el asunto a tratar se eleva a noticia grave, delicada o profundamente seria. Y es ahí cuando observamos que se dicen: los enfermos por la COVID-19, los vacunados o los fallecidos por el SARS-CoV-2. Es decir, se emplea el masculino genérico, tal y como debe ser si respetamos lo indicado por la RAE, la cual por supuesto se opone de manera tajante y plausible al lenguaje inclusivo.

Hace poco el Gobierno de México informó que se contratarían a médicos y especialistas cubanos para que apoyaran al país en áreas en que eran necesarios. Y, una vez más, leímos y escuchamos que lo comunicaban como lo acabo de hacer. Esto es, se ciñeron al masculino genérico para emitir las noticias al respecto.

No obstante que en ambos casos había hombres, pero también mujeres. Y no, nadie habló de los y las víctimas de…, ni de las y los médicos cubanos, así como tampoco usaron la E, la X ni la arroba. O aún más, nadie indicó algo así como las personas que padecen o fallecieron por causa de la COVID-19, ni tampoco sobre las personas médicas cubanas.

Un ejemplo más evidente de la prostitución del lenguaje, lo encontramos de manera más clara y contundente con Alberto Fernández, el presidente de Argentina, en su cuenta de Twitter. Toda vez que Fernández en sus mensajes aborda problemas de máxima prioridad para su país, siempre lo veremos manejando el masculino genérico, pero si sube un tuit al encontrarse con neofeministas o miembros híbridos sexuales, su redacción cambia 180 grados. Leeremos desdoblamientos, las E, las X y las arrobas. (Por cierto, espero alguna vez poder escuchar como emitirían de manera no escrita sino oral expresiones como todxs o tod@s). Obviamente para quedar bien políticamente con estos grupos con miras a procesos electorales posteriores.

Y podría extenderme en ejemplos como los aquí referidos pues francamente son decenas y decenas. Sin embargo, lo que hay que subrayar es que la degradación lingüística con el objeto de un beneficio ideológico o político, es decir, de la prostitución del lenguaje, es real e incuestionable. Y lo más terrible del caso es que en México existen instituciones con cariz del Santo Oficio cuyas funciones, entre otras, es que se imponga y respete el lenguaje inclusivo. Y ahí tenemos a la Conapred (Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación) y a la Copred (Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación).

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