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“El estrujante e impactante relato de Rosa López Díaz”, presa en Chiapas por un delito que no cometió

Rosa López Díaz, indígena tzotzil, presa injustamente, desde 2007, en Chiapas.

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Crónica de un viaje al epicentro de la tierra

(Un estudio profundo del inconmensurable fenómeno del zapatismo)

 

Por Vinicio Chaparro

Capítulo Dieciséis

Pues creo que la crónica hasta el quinto capítulo ha sido de mucho ji, ji, ji y mucho jo, jo, jo, y mucho ja, ja, ja, pero ha llegado el momento de volver a la realidad del país y de la guerra antizapatista y preparar nuestras más amargas lágrimas y nuestra más profunda indignación por uno de los peores casos de injusticia que hayan pasado en Chiapas después de Acteal. Algún día Calderón y Sabines enfrentarán un juicio que los hará enfermarse gravemente de raras enfermedades como a Pinochet, Fujimori y Mubarak, juntos (ya vieron como estos terribles e inhumanos dictadores echaron a llorar y se enfermaron gravemente cuando enfrentaron la justicia, “Lele pancha”, nomás les faltó decir).

Pues sí, se acabó el ji, ji, ji, el ja, ja, ja y el jo, jo, jo.

Volvamos por un momento al México real.

Es conveniente aclarar primero que éste capítulo iba a ser el 16 ó el 18, pero debido a la lucha que se emprende a nivel mundial por la liberación de Rosa López, se tuvo que adelantar su publicación. Es indispensable exponer este asunto ante todos los divisionnortistas de corazón y seres afines, sólo para hacerlos reflexionar un poco sobre el fenómeno zapatista, que es el tema de esta crónica. “Ya chole con Chomsky y con los Charlies”, me advierten, ya nadie me cree que en realidad ande yo en Chiapas, los mensajes en Facebook dicen que me deje de rodeos y vuelva al tema que nos ocupaba al inicio.

Entonces, favor de abrocharse los cinturones y… se recomienda, antes de empezar la lectura, un trago de agua para enjuagar un poco la boca. Si tienen a su alcance una pastilla antiespumante (de ésas que le daban a Hulk cuando se ponía verde), les podrá ser de utilidad.

Romperemos un poco la secuencia de la crónica, porque se supone que yo todavía estoy en La Garrucha. Pero es conveniente hacer un viaje al futuro para atender esta contingencia. Ya después regresaremos a La Garrucha. Sale:

Después de los primero quince capítulos, cuando ya había regresado a Saint Christopher of the Chantes, capital del Reino Coleto, una mañana irrumpió en mi cuarto un ser extraño e italiano, con rastas al más puro estilo de Bob Marley, con el cepillo dentro de su boca, emitiendo sonidos extraños e incomprensibles para una terrible mañana de dura resaca. “Mjsnrinsoirnsuriieruyhouvenig”, escuchaba. Mi cabeza giró al más puro estilo de aquella película de El Exorcista, me incorporé a duras penas y le arrebaté el cepillo y al fin pudo decir claramente: Va a haber un viaje al penal donde están los presos zapatistas, ¿quieres venir? Así dijo. Era tan hermosa que a pesar de no haber pasado por la regadera, me confundió su pregunta. ¿Venir? ¿A dónde? ¿Cómo?, alcancé a articular, mientras recordaba todo El Kamasutra. Era muy guapa a pesar de su estilo hippie (o a la mejor por eso). Le veía sus chispeantes ojos azules pero me percaté que no existía ninguna connotación sexual en su amplia sonrisa. Pura amistad. Aquella hija rebelde de Berlusconi parecía nunca cansarse; apenas habíamos regresado de Oventik y ya me jalaba otra vez la correa.

–Simón –, le contesté más puesto que un calcetín.

–No lleves ropa azul subido, ni anaranjada, ni negra, ordenó, con su peculiar estilo de diosa romana. No es permitido entrar con esos colores, por reglas de seguridad de la prisión.

Mi única chamarra era de color azul subido así que oteé el horizonte y me enfundé en una pequeña chambrita infantil de color blanco pastel. Craso error. Pero fue lo único que encontré a la mano, porque ella ya arrancaba (pobre Corin Tellado si supiera que le estoy fusilando sus textos).

Y ahí vamos, era un remolino de actividad y caminaba aprisa. Me sentía como Jean Paul Belmondo persiguiendo, en una película de acción, a Ornela Muti o a Angelina Jolie, (la esposa de Sarkosy ya no me atraía desde que tuvo un Sarkosito). Zigzagueando peligrosamente en las angostitas banquetitas de Sancris logramos llegar al lugar donde tomaríamos una combi.

Foto: austitici.org

En el camino se encargó de explicarme que los zapatistas presos habían hecho una organización para luchar por mejores condiciones de vida y por su liberación. Que cada cinco de enero se juntaban y conmemoraban la formación de aquella pequeña organización de presos políticos cuyo lema era ¡Presos políticos, libertad! Y que se llamaba La Voz del Amate. Comprendí por qué en Italia había tantos grupos de apoyo al zapatismo. Era periodista y atendía cada manifestación del movimiento para informar a sus congéneres e hijos de Antonio Gramsci. El novato era yo.

Llegamos al penal número cinco, carretera a Ocosingo. El aire empezó a enfriar. Esperamos una eternidad, de pronto alguien me hizo el encargado plenipotenciario de dos enormes bolsas con cincuenta olorosos tamales cada una. ¡Hummm! Mi ética me impidió aprovechar el encargo. Entramos, nos recibió un sonriente chaparrito que nos daba la bienvenida a cada rato. Juan Collazo. Nos llevó a un tejabán. Empezaron a colocar unas bocinas y entonces hubo muchas palabras de bienvenida y la rifa de una hamaca se estimuló con devoción. Yo tenía el 67.

Nos juntamos alrededor de ellos, los sonrientes presos políticos, más de 100 personas, todos los amatenses nos saludaban con tremendos abrazotes de oso, nos querían levantar en vilo. ¡Chihuahua!, me decían luego. Saludos a todos los compas de allá. Hasta que me cansé de tantos chihuahuas. Sigilosamente me acomodé lo más cercano a las bolsas que custodiaba. Temía que se enfriaran y dejaran de emitir aquél peligroso humo tóxico que exaltaba mi sentido del olfato.

Y empezó la pachanga. Porque era una pachanga ¡adentro del penal! ¿Se imaginan?

Entonces se hizo una lista de participantes, mientras la rifa de la hamaca avanzaba lenta. Y hubo discursos donde nos explicaron toda la lucha de La Voz del Amate, el traslado de su líder, Alberto Patishtán, a un penal de Sonora para castigarlo por haberse atrevido a formar ese grupo y por organizar una huelga de hambre.

La garganta era aclarada a cada rato por los participantes de mi alrededor. Luego hizo su entrada triunfal el ánimo, al ritmo de El Olmeca, un agradable y platiador californiano hiphopero e irreverente que puso a todos los prisioneros que se agolpaban para apreciar el evento, a aplaudir a ritmo de hip hop. –Pin.. Olmeca, es un encanto–, decía Caro, una amiga vasca; del País Vasco, no de España, presumía.

Luego los charangos de hermosas y greñudas trovadoras deleitaron al público prisionero, como sólo una vez al año. Los aplausos y el ánimo corrían a borbotones. Los tamales se enfriaban peligrosamente. Un italiano, chapito, fortachón y fan del club de fútbol Roma, encabezaba las consignas con fuerte voz que era seguida por muchas otras, nomás retumbaban los muros de la prisión ¡Presos políticos, libertad!, lo admiré a pesar de que le iba al Roma. Era el día más feliz del año para cientos de prisioneros videntes. Pero llegó el momento en que los presos políticos empezaron a contar sus testimonios. La sangre se agolpó en el cerebro de los visitantes y por un rato se nos olvidó la rifa de la hamaca.

Rosa López Díaz

Y fue entonces que la vi. Delgada, morena, frágil, su cara sonriente pero con un rictus de dolor, de injusticia, pintado en sus ojos. Me impactó. Empezó a hablar; primero, con voz débil, el ingeniero de sonido le subió dos rayitas al aparato, y nos contó todo, (Rosa, no el ingeniero): cómo había sido apresada por un crimen que nunca cometió, cómo tuvo que confesar su supuesto crimen cuando sus captores pretendían violarla. ¡Estoy embarazada!, gritaba.

Que aceptó el crimen que se le imputaba para evitar semejante acto de barbarie. Que su hijo, por efecto de los golpes nació con severas secuelas que lo incapacitaron de por vida. Que cuando hicieron la huelga de hambre para exigir mejores condiciones de vida en la prisión, se lo quitaron y de pronto le informaron que su hijo había muerto, por negligencia médica. Echó a llorar, se secó mi garganta, me volteé y me alejé un poco del lugar, para no mostrar mis lágrimas de dolor. ¡Ahí donde haya una injusticia…!, recordaba las palabras del Ché. Claritas.

El sol era fuerte pero algunas nubes lo tapaban de pronto y el frío hacía estragos con mi epidermis. Jalaba mi chambrita para tapar un poco mi piel de gallina. Rosa me había dejado impactado. Quisiera dejar el relato para publicar algo tomado de un sitio de Internet que lucha por la liberación de Rosa López, e incitar a los mexicanos sensibles a la tortura humana, a firmar la carta de ese sitio para pedir la liberación de aquella rosa, que el régimen represivo mexicano ha pretendido deshojar.

Saquen el paño o los Kleenex y sacudan vigorosamente las narices, antes de empezar.

El siguiente es un texto tomado del muro de Bertha Gutiérrez (Birdie). Consúltenlo, se lo recomiendo.

Rosa López Díaz es una mujer indígena (tzotzil), nacida el 2 de diciembre de 1978, presa en Chiapas, México, desde el 10 de mayo del 2007 por un delito de secuestro que jamás cometió. Se le detiene junto con su compañero Alfredo López, y durante las primeras horas se le somete a tortura sexual y a otros tipos de tortura con el fin de arrancarle la autoinculpación. Rosa enfrenta una sentencia de 27 años y 6 meses en la cárcel nº5 de San Cristóbal de Las Casas.

La historia de su detención es escalofriante. A causa de la tortura, como estaba embarazada, tuvo a su hijo 5 meses más tarde, pero Natanael nació con parálisis cerebral. Así lo relata ella:

“Fue lo más triste de mi vida de mujer, jamás podré olvidar los rostros de las personas que me golpearon injustamente. Lo más doloroso de mi vida es que en esa tortura yo me encontraba embarazada de cuatro meses. En cierto momento sentí que alguien se me echó encima, intentando violarme. En ese momento no pude más y dije: ¡no me violen, estoy embarazada!, y entonces uno de mis agresores me dice: “Si dices que lo hiciste, no te hacemos nada”. En ese momento fue que les dije que sí, que había secuestrado a la muchacha, aunque es totalmente falso”.

“Después di a la luz a un niño que tiene por nombre Natanael López que nació enfermo con parálisis cerebral, además de deforme de cara y sin movimientos en su todo cuerpo. Los doctores le dijeron a mi madre que el niño nació enfermo por la tortura que recibí cuando me detuvieron”.

Por si no es suficiente, justo 4 años después del nacimiento de Natanael, en octubre de 2011, en plena huelga de ayuno y hambre protagonizada junto con sus compañeros de lucha en la cárcel, Natanael fallece por negligencia médica en los hospitales de Chiapas. Un hecho así no es posible digerirlo.

Ahora Rosa convive con su otro hijo, el pequeño Leonardo, de tres años. Con el paso del tiempo, y a través principalmente del contacto que establece en prisión con el profesor indígena Alberto Patishtán Gómez, ha ido tomando conciencia política de su situación y de la lucha por los derechos humanos de todos los presos injustamente encarcelados, que en un país como México, son la inmensa mayoría.

Rosa está resistiendo, a pesar de tener un delicado estado de salud como varios de sus compañeros, manteniéndose activa y organizada junto con los compañeros de lucha adherentes a La Otra Campaña del EZLN en las organizaciones de La Voz del Amate, Solidarios de la La Voz del Amate y Voces Inocentes, sus nombres son: Alberto Patishtán Gómez, Rosario Díaz Méndez, Pedro López Jiménez, Alfredo López Jiménez, Juan Collazo Jiménez, Alejandro Díaz Santis, Enrique Gómez Hernández y Juan Díaz López.

Foto: Enlace Zapatista

Bueno, espero que les haya impactado el texto. Les decía que ese sitio de Internet está promoviendo la liberación de Rosa López, creemos que es conveniente recomendar apoyar esa causa. Así como la liberación de todos los demás presos políticos.

Por lo que respecta al evento en la prisión, las cosas se pusieron tensas después de los testimonios, pero el reparto de café y tamales (que ya no sabían igual) nos regresó a la pachanga. Hubo más músicos participantes y luego la rifa de la hamaca, el 69 fue el premiado (casi, pensé) y al final se juntaron todas las charangueras y cantaron una larga versión de La Bamba, la más larga que he escuchado, hasta que nos pidieron abandonar el lugar.

El frío (iba en la caja de una camioneta) y la impresión me llevaron a San Christopher hecho paleta, de shock por lo vivido. Y no quise dejar de platicárselos a ustedes, frenéticos leedores de La Crónica de un viaje al epicentro de la tierra. Para compartir mi dolor. ¿Cómo puede ser posible que existan esta clase de injusticias? ¿En qué clase de país vivimos?

Y colorín, colorado.

 

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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