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El engaño, un estado de la mente y la mente de un Estado

El Estado es para Umberto Eco el principal productor de mentiras para mantener apaciguada a los gobernados, nos recuerda el autor Miguel Angel Rivera

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El escritor Umberto Eco, en su casa en Milán. Foto: revistaenie.clarin.com

El escritor Umberto Eco, en su casa en Milán. Foto: revistaenie.clarin.com

Miguel Alonso Rivera Bojórquez*

La mentira y la manipulación de la percepción social existen desde el origen mismo de la humanidad. Los códigos de ética resplandecen como catálogos de buenas intenciones, igual que los principios que ostentan falsamente empresas sinvergüenzas o proyectos engañosos.

La historia, que después de todo la escriben los vencedores a como se les pega en gana, se encuentra llena de lagunas o de episodios apócrifos. Sin embargo, prevalece en el ser humano la duda y la búsqueda de la verdad. Todavía existen sabuesos desconfiados, periodistas que sueñan con revelar las mentiras y corruptelas del poder político.

Pero la búsqueda de la verdad y de la justicia tiene un precio que lamentablemente muchas veces se paga con la vida. Al poder no le interesa la luz sino la oscuridad. Los corporativos de medios, los fabricantes de noticias, están al servicio del poder. “Las noticias no hacen al periódico sino que el periódico hace las noticias”, dice Eco en su última novela.

La circulación ya no mantiene un medio impreso. Se ocupa de benefactores. Los medios viven de la publicidad y del sensacionalismo. Los criterios editoriales obedecen a intereses. Qué es lo que hay que decir, o qué es lo que hay que callar, cómo, cuándo, por qué y para qué, en beneficio y perjuicio de quiénes.

El escritor y filósofo italiano Umberto Eco tiene actualmente 83 años (nació en 1932) y es catedrático experto en semiótica, ciencia que estudia los signos como instrumentos de comunicación en sociedad. En 1980 salió a la venta la novela que lo catapultó a la fama: El nombre de la rosa. Después fueron publicadas sus novelas El péndulo de Foucault, La isla del día de antes, Baudolino, La misteriosa llama de la Reina Loana, El cementerio de Praga y este año, Número cero.

Ha cultivado también otros géneros como el ensayo, donde ha sido prolífico. Es miembro del Foro de Sabios de la Mesa del Consejo Ejecutivo de la Unesco y Doctor Honoris Causa por treinta y ocho universidades de todo el mundo.

Eco nos cuenta, en Número cero, la historia de un escribano que participa en la creación de Domani, un diario que pretende deformar la realidad y ejercer el chantaje. Cualquier semejanza con un periódico en el que usted identifique alguno de estos rasgos… no creo que sea mera coincidencia. Colonna, que tal es el nombre de este escritor fracasado, personaje central de la novela, sueña con lo que sueñan todos los perdedores: con escribir un día un libro que le dé gloria y riqueza.

En la búsqueda de convertirse en un gran escritor, este personaje ya la hizo de “negro” o ghost writer (escritor fantasma), lo que hacen muchos escribanos, algo parecido al “parador” en la cárcel. Un escritor fantasma es como la mujer que alquila su vientre para la gestación de un bebé que ya le es ajeno antes de parirlo. Un “parador” es aquel que, muchas veces teniendo todos los años del mundo por condena, asume las culpas de delitos cometidos por otros en prisión, a cambio de un pago.

Colonna ha reflexionado que el placer de la erudición está reservado a los perdedores. “Cuando vives cultivando esperanzas imposibles, ya eres un perdedor. Y cuando te das cuenta, te hundes”, confiesa Colonna, el protagonista de Número Cero.

La historia gira en torno a la promesa de un diario -financiado por el Commendatore Vimercate a través de un tal Simei- que arma un equipo de redactores y desea también que Colonna le escriba un libro. Por supuesto, el crédito será de Simei. “En vista de que ambos somos hombres sin atributos, acepto el pacto”, dice Colonna. Hablan de homogeneizar el estilo y hablar el lenguaje del lector, nada de palabras rebuscadas.

En la historia aparecen diversos personajes; uno particularmente importante es Braggadocio, el periodista detectivesco, quien confiesa que su padre lo acostumbró a no creer las noticias a pie juntillas. “Los periódicos mienten, los historiadores mienten, la televisión miente. Vivimos en la mentira y, si sabes que te mienten, debes vivir instalado en la sospecha”, dice.

Después de hablar con Braggadocio, cualquiera tendrá la seguridad de que hay alguien a sus espaldas que lo está engañando. Las sospechas nunca son exageradas. Sospechar, sospechar, solo de este modo se encuentra la verdad. ¿No es esto lo que dice la ciencia que hay que hacer? En las juntas editoriales se planea introducir a un hombre de la calle en una noticia, un representante de la opinión pública. Una vez colocadas las comillas, esas afirmaciones se convierten en hechos.

Se puede suponer que un periodista da voz solo a quien piensa como él, por lo que las declaraciones deben ser dos, en contraste entre ellas. Al lector se le induce a aceptar la opinión más convincente. El lector siempre se identificará con el texto que apunta a alguien o algo, con el que indica responsabilidades.

“No son las noticias las que hacen el periódico sino el periódico el que hace las noticias. Las noticias las hacemos nosotros, y hay que saber hacerlas ver entre líneas”, sentencia Simei, director de Domani, un hombre sin escrúpulos. Para hacer frente a un desmentido, asegura Simei, es mejor limitarse a insinuar en lugar de pregonar datos que alguien podría cotejar. Insinuar no significa decir algo preciso, sirve solo para arrojar una sombra de sospecha sobre el desmentidor.

Para rebatir una acusación, también, no es necesario probar lo contrario, basta deslegitimar al acusador. “Nadie es nunca integérrimo (superlativo de íntegro) al cien por ciento”.

Hay temas que hay que tocar a la fuerza y aventurar hipótesis que en pocos días pueden ser desmentidas, eso es un riesgo que un periódico verdadero tiene que correr. Número Cero juega con eso porque es un periódico que no existe y nunca saldrá un ejemplar a las calles.

Ante la indiferencia hacia la contaminación del mundo, propone Cambría, miembro del consejo editorial: si se difundiera la idea de que contaminar no solo perjudica a las ballenas sino también al falo (perdonen el tecnicismo), creo que asistiríamos a repentinas conversiones al ecologismo.

Al enamorarse de Maia, nuestro personaje suelta: “No hay mayor éxito que el ameno encuentro de dos fracasos”. Maia, joven, inquieta y antojable, es la encargada de los chismes faranduleros, horóscopos y esquelas del periódico. Su experiencia le permite ubicar a los dolientes a látere, esos a los que les importa un bledo el difunto y su familia, pero que usan la esquela como name dropping, para decir: yo también lo conocía. Aunque esto último, muchas veces, tampoco sea cierto. Se trata de esos que compran esquelas con especial gusto en las muertes “importantes”.

Estas definiciones es preciso hacerlas porque el mundo de la apariencia y de la percepción, simular o fingir ser lo que no se es, resulta frecuente:

A látere, dícese de los legados extraordinarios que el papa envía escogidos entre sus cardenales.

Name-dropping (soltar nombres) es la práctica de mencionar a personas o instituciones importantes con el propósito de impresionar a otros.

Una persona usa el name-dropping con el objetivo de posicionarse dentro de cierta jerarquía social. Se usa continuamente para crear una sensación de superioridad al elevar su propio status, pero se trata de una falacia, una mentira.

Al implicar un lazo con una persona de alto status, esta persona espera levantar su propio status social a un nivel más cercano a aquellos cuyo nombre ha mencionado, situándose por tanto por encima, o igualando el status de sus interlocutores.

La frase del jefe del periódico: “Señores, estamos haciendo periodismo, no literatura”, nos recuerda la eterna frontera. La lección final es que los periódicos enseñan a la gente cómo debe pensar.

En este peregrinar de intereses y pensamientos, la novela nos indica que evidentemente, ha empezado la operación retorno y sobre todo, pedir perdón: la iglesia anglicana le pide perdón a Darwin; el estado de Virginia pide perdón por el drama de la esclavitud y, entre otras cosas, el papa pide perdón a Galileo, aunque no debe decirse que la Iglesia ha reconsiderado sus antiguas posiciones sobre la rotación de la Tierra.

El escándalo como materia prima es otro asunto a considerar en un periódico: schadenfreude es una palabra del alemán que designa el sentimiento de alegría creado por el sufrimiento o la infelicidad del otro. Es este el sentimiento que un periódico tiene que respetar y alimentar. Es el sensacionalismo, el amarillismo; es una tendencia iniciada por Joseph Pulitzer, la cual debe su nombre a un personaje de caricaturas que simbolizaba el exceso: el chico amarillo. Paradójicamente, Pulitzer estableció el premio de excelencia periodística que hoy todavía lleva su apellido. Hay quienes aseguran también que el término “amarillismo” se debe a que las hojas de los periódicos con el tiempo se hacían amarillas.

Volviendo a la historia de Número Cero, que gira en 1992, hay una parte donde Maia exclama: “Pero las cosas están cambiando; quizá dentro de diez años un gay podrá decir que es gay sin que nadie se inmute”.

Simei habla de las manzanas podridas en los partidos políticos y de las comisiones ilegales, sugiere advertir de una posible campaña contra los partidos, proponer un partido de los honrados, y un artículo de fondo sobre la honradez, la posibilidad de un partido de ciudadanos capaces de hablar de una política distinta.

En tales escenarios surgen vanos intentos por hacer periodismo; los redactores ven frustrados sus intentos y piensan en denunciar la farsa, pero ¿dónde? Lamentablemente, todos los periódicos son de la misma calaña y se protegen unos a otros.

Colonna tiene charlas estimulantes con Braggadocio quien le advierte: “El engaño es un estado de la mente, y es la mente de un Estado”.

Por supuesto, Braggadocio investiga cómo el poder hegemónico ha deformado la historia a través de la Operación Gladio y una serie de hipótesis conspiratorias desde la Segunda Guerra Mundial. Sostiene que las pruebas de su investigación demuestran que Mussolini, el dictador italiano, no murió asesinado en 1945, sino que pudo huir a Argentina con el apoyo de los aliados y que el cuerpo exhibido fue de otra persona. Cuando estaba a punto de concluir esta investigación de manera personal, junto con otra indagación sobre prostíbulos que le habían encargado en la redacción, es asesinado y el periódico también muere, antes de nacer.

Del inesperado idilio de Colonna con Maia, veinte años más joven, surge una nueva vitalidad y comparten sus pensamientos mientras escapan de la muerte. El caso es que los periódicos no están hechos para difundir sino para encubrir noticias. Hay cosas de las que la prensa apenas habla y la opinión pública se entera vagamente meses después.

La cuestión es que todo lo que sabemos es falso, deformado, vivimos en el engaño. Nunca hay que creer lo que nos cuentan. Quizás sea también porque la gente quiere milagros, no escepticismo radical chic.

Lo peor es que siempre existirá quien quiera silenciarlo y eso represente la muerte de un periodista, como en esta historia. Las historias existen pero son borradas de la mente colectiva. Siempre hemos sido un pueblo de puñales y venenos. Estamos curados de espanto ante cualquier historia nueva que nos cuenten.

Los soñadores, enamorados y frustrados, al final piensan en buscar un país, o quizás un estado, donde no haya secretos y todo se desarrolle a la luz del sol.

Quizás esta reflexión -que se asemeja a una realidad que nos lastima a todos- tampoco sea una mera coincidencia, porque no parece existir tal esperanza en una sociedad acostumbrada a perder la vergüenza cuando los delincuentes –así lo escribe Umberto Eco- cuentan sus fechorías como esperando una medalla, aflora la corrupción autorizada, los mafiosos en el parlamento, y el ladrón o el defraudador fiscal en el gobierno.

 

*E-mail: correo@miguelalonsorivera.com

https://twitter.com/Miguel_A_Rivera

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Un relato feminista en Don Quijote de la Mancha

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Nadie podría objetar el carácter fundamental de Don Quijote de la Mancha (1605) tanto en la literatura universal como en el horizonte cultural de todos los tiempos. Sin embargo, difícilmente se ha hecho énfasis en la aportación feminista que su autor nos legó. Miguel de Cervantes (1547-1616) en su obra cumbre nos presenta una breve historia en donde refiere el conflicto amoroso entre la pastora Marcela y su enamorado Grisóstomo, que aparentemente carecería de relieves y hondura. No obstante, el objetivo del autor es poner de manifiesto la cuestionable sujeción de la mujer al hombre.

Marcela es una mujer de extraordinaria belleza, que opta por convertirse en pastora a pesar de provenir de una opulenta familia. Grisóstomo, del mismo nivel económico, se enamora profundamente de ella al encontrarla. Por lo cual la perseguirá con el propósito de cristalizar la autenticidad de su inclinación; pero Marcela lo rechazará sin más, una y otra vez, sin que exista razón oculta en ello.

A Marcela no le interesa ni él ni ningún otro hombre, sólo desea vivir entre su rebaño y la naturaleza, pues ama la libertad. Pero Grisóstomo no lo interpreta así; considera que ha sido burlado. Por ello, no soporta ser rechazado por última vez y se suicida.

Este hecho repercute en el ánimo de los amigos de Grisóstomo, quienes se unirán en coro para denostar la aparente maldad femenina de Marcela. Ella –concluirán—había jugado con el amor puro y la genuina entrega del frustrado joven.

Marcela, empero, rompiendo con la conducta milenaria de la mujer abnegada y sumisa, les hará frente, desarrollando un singular discurso en el cual pone en tela de juicio la desigualdad de los sexos: la postura tradicional sobre la designación del varón para decidir el vínculo amoroso por encima del criterio de la mujer.

Expresa Marcela: “Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis, decís, y aun queréis que esté yo obligada a amaros… Y, según yo, he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien?”.

Observemos que no es casual la espléndida belleza conferida a Marcela, pues se busca resaltar, precisamente, las directrices ideológicas de corte tradicional, que refieren la hegemonía del sexo masculino sobre el femenino. De tal modo, que redondeará Marcela: “Si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades?”.

El acierto de Cervantes al emplear el factor belleza es realmente excepcional, porque no sólo se limita a dibujar el supuesto derecho natural del hombre en la elección de pareja, sino porque además permite deslizar de manera literal el afán de que el amor debe ser entre dos seres en igualdad, con independencia del atractivo físico y considerando la voluntad personal: “el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario”.

Y sin perder su tono sutil, es más claro aún con respecto al cuestionar esta sujeción de la mujer al hombre, cuando Marcela enfatiza: “… Si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por  corresponder a la intención de aquel que, por sólo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda?”.

Por otra parte, sin perder su calidad de mujer no pasiva y asumiendo sus consecuencias, nuestra protagonista advertirá: “Quéjese el engañado; desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas; confíese el que yo llamare; ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito.”

Destaquemos que Marcela al decir “yo llamare”, “yo admitiere”, subraya su condición de mujer activa en la relación de pareja, situándose en el mismo rango del hombre poseedor. Sin embargo, ella no supone limitarse a un hecho que también forma parte de la tradición  predominante, evidentemente.

En efecto, la heroína pretende no sólo romper con los roles sociales impuestos para ambos géneros, sino incluso con el vínculo formal  reestablecido y obligatorio para toda pareja. Dice: “Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos…”.

Mejor aún, especifica: “… tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a éste, ni solicito aquél; ni burlo con uno, ni me entretengo con el otro.”

Como bien se desprende, con este relato Miguel de Cervantes buscó sensibilizar con respecto a la posibilidad de modificar la desigualdad en la pareja, pero no sólo para elevar a la mujer al nivel del hombre, sino en dirección de que ambos accedieran a la genuina libertad.

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El talento de Freddie Mercury, a 29 de años de su partida

Enrique Dominguez Gutierrez

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Enrique Domínguez Gutiérrez

Con una media vocal de 117,3 Hz, propia de un barítono, sonidos subarmónicos más allá la velocidad de sus cuerdas vocales de 7.04 Hz (el vibrato típico fluctúa entre 5.4 Hz y 6.9 Hz) en su máximo esplendor, empleaba los pliegues ventriculares para emitir sonidos melodiosos y armónicos.

Farrokh Bulsara, conocido como Freddie Mercury, nació un 5 de septiembre de 1946, en Zanzibar, en Stone Town en la costa poniente de la isla, parte de lo que hoy es Tanzania, en África, cuando ésta era una colonia inglesa. A los siete años fue enviado a estudiar al St. Peter’s School en Bombay, India, donde además de efectuar sus estudios se concentró en el aprendizaje del piano, practicó boxeo y emprendió varias actividades como la formación de su primer grupo llamado “The Hectics”, donde cantaba y mostraba sus primeros brotes como pianista.

De origen Parsi y de religión Zoroástrica, su ascendencia tiene muchas mezclas que tienen su raíz en la India y en Irán, por ello hay algunas canciones de su extenso repertorio musical que hacen gala de esa influencia, podemos notarlo en la canción “Mustapha” y “My fairy King”.

El arte siempre estuvo ligado en su percepción para la composición, interpretación y un despliegue extraordinario en su voz. Siempre admiró a los bailarines Nijinsky y Nureyev, a las artistas Liza Minelli y Marlene Dietrich y al pintor Ricard Dadd, éste último fue considerado para componer una canción homónima llamada “The Fairy Feller’s Master-Stroke” donde al igual que: “Cuadros de una exposición” de Mussorgski, Freddie hace un análisis a su pintura entonando de una manera muy peculiar los distintos pasajes que su obra representaba. No solo eso, también hace énfasis a una extensa creatividad para darle vida a los personajes que integran la pintura.

Freddie además de concretarse a componer y a cantar, tenía un gran aprecio a Japón. Coleccionaba obras, jarrones y todo lo que implicara esa milenaria cultura. Hizo apariciones con la hoy también extinta Montserrat Caballé componiendo la totalidad de la opera “Barcelona”, en 1988, previo a las olimpiadas que se celebrarían en aquel lugar y cuyo tema central llevaría la interpretación de la obra que da título al álbum. Sin embargo, falleció meses antes y los planes cambiaron.

Hubo puestas en escena, coreografías de composiciones como “Bohemian Rhapsody”, “I Want to Break Free” (Compuesta por John Deacon) y “Made in Heaven”.

Su voz se hacía notar en sus armonías vocales, sus coros y movimientos en canciones como “Bohemian Rhapsody”, “Somebody to love”, “The march of the Black Queen”, “The prophet’s song” (Compuesta por Brian May), su faceta como solista destacan los falsetes en “Man made Paradise” (La parte final), “Exercises in the free love” que a la postre fue incluida en el álbum de “Barcelona”, titulada “Ensueño”, con la letra en español agregada por Montserrat Caballé.

Un gran liderazgo, extravagancia y un auténtico “frontman” en los conciertos que congregaban multitudes. Hasta la fecha no ha habido una persona que haya sido más aclamada que Freddie Mercury. Poseía un carisma y una conexión vital con el público que hacía estremecer, vibrar y sentir la música en los conciertos.

A diferencia de esa vitalidad manifestada en público, su imagen personal era introvertida, discreta y amilanada sumergido en vicios como el consumo de drogas y alcohol. Las depresiones eran constantes, el sufrimiento y la paranoia generaban retiros parciales de la banda. En cambio, su afición por las fiestas hicieron de él un empedernido vicioso de la perversión y depravación. Cabe recordar el ejemplo de una de sus famosas fiestas organizada en el Hotel Fairmont en Nueva Orleans, titulada “Bienvenidos a Sodoma y Gomorra”. Cientos de invitados eran recibidos por enanos con charolas repletas de cocaína, hechiceros que descabezaban gallos, lanzafuegos, Mujeres desnudas luchando en amplias tinas repletas en sangre de cerdo, cortesanas y cortesanos en los baños brindando placer oral a los invitados, el tercer sexo se ofrecía a fumar por cualquier orificio de su cuerpo, fiesta que duró al menos 3 días. De manera anecdótica y con cierta sorna, un periodista que acudió a esa fiesta comento: “no sé si por haber asistido a ese evento me iré al infierno”.

Las fiestas en Berlín, Alemania, eran un pasatiempo para Freddie, pues ahí organizaba y asistía a eventos donde se concentraban comunidades homosexuales, se organizaban orgías y la promiscuidad era el pan de cada día. 

Su bisexualidad la mantuvo en su vida, sin embargo, quien fue su consorte en toda esa vida de excesos, de alegrías, tristezas y agonías fue y lo será siempre Mary Austin.

Hoy su Casa en Kensington, Londres, luce triste, una gruesa lámina de policarbonato con un letrero: prohíbe las ofrendas, flores o pintas, con penas de arresto para proteger la privacidad de la hoy morada de Mary Austin

El 24 de noviembre de 1991 a la edad de 45 años pierde la vida Freddie Mercury, causada por Bronconeumonía debido a una complicación del SIDA.

A 29 años de su partida es digno recordar a uno de los más grandes músicos que han existido por su talento, creatividad y originalidad.

“Amo a la multitud. Amo más que nada el momento en que estoy frente a ella. Amo cantar nuestras canciones, pero más que nada sentir que la multitud es parte del espectáculo, cuando son ellos los que cantan”.

Freddie Mercury

Casa de Freddie Mercury, heredada a su pareja Mary Austin, en Londres. Foto: Enrique Domínguez.

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Esa visible oscuridad: Memoria de la locura, de Styron

Alberto Farfán

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Recordando a William Styron

Por Alberto Farfán

Lejano a nosotros desde hace catorce años, el escritor norteamericano William Styron (1925-2006) puede considerarse uno los autores de gran importancia de nuestro vecino país, quien nos lega una serie de obras para conocer con grata atención. En Un lecho de tinieblas (1951), su primera novela publicada a los 26 años, Styron nos relata el suicidio de una joven miembro de una peculiar y enigmática familia de Virginia, en cuya atmósfera se respira cierto aire faulkneriano. Las pasiones destructoras que socavan las instituciones de la sociedad y la absurdidad de la vida militar son el tema de La larga marcha (1955). Por otro lado, en Esta casa en llamas (1960), ambientada en la Italia de los años cincuenta, nos refiere que la violencia individual no constituye un remedio eficaz contra la decadencia moral.

Ganadora del premio Pulitzer en 1967 y reconocida a nivel mundial, la novela Las confesiones de Nat Turner refiere la verdadera historia de una sangrienta rebelión de esclavos que se suscitara en 1831 en Virginia; no obstante lo cual, grupos de militantes afroamericanos arremetieron contra nuestro autor acusándolo de racismo, pues para ellos el protagonista resultaba ser un negro con mentalidad del ominoso blanco norteamericano.

La decisión de Sophie (1979), que relata las vicisitudes de una superviviente del Holocausto, fue llevada al cine e interpretada por Meryl Streep con un gran éxito internacional. Con esta novela nuestro autor volvió a conocer la gloria, sin embargo, también tuvo que enfrentar una serie de cuestionamientos, ya que fue acusado de hacer una utilización acrítica de la exterminación de los judíos europeos por los nazis en aras de la comercialización.

En 1993 publica Una mañana a la orilla del mar: Tres relatos de juventud, cuyo sustento narrativo descansa en los momentos dolorosos de su infancia (amén de ciertas obras póstumas). Pero antes da a conocer su texto Esa visible oscuridad: Memoria de la locura (1990), sobre el cual deseo abundar con cierto detalle.

De este relato, titulado de manera exacta como Esa visible oscuridad: Memoria de la locura, surge inexorable el testimonio de un hombre que se enfrenta con el infierno. Los abismos de la locura y la inconsistencia de psiquiatras y la medicina, más los deseos de muerte, el suicidio, se entrelazan vertiginosamente para abatirlo.

En ciertos instantes pareciera que su autor refiere una honda y, al mismo tiempo, terrible pesadilla de ficción que reúne todos los elementos necesarios para su inequívoca cristalización. Sin embargo, nada de lo escrito es resultado de la imaginación creadora. Styron nos habla de la experiencia vivida, de su propio caso clínico.

Nuestro autor visita al psiquiatra por presentar insomnio, pero, en realidad, es objeto de un trastorno depresivo mayor (TDM), nunca diagnosticado oportunamente.

Y a pesar de que “el horror de la depresión es tan abrumador que excede con mucho toda posibilidad de expresión”, Styron viaja a París para recibir un premio, el cual bien valía un regocijo interior; no obstante, su actuación es desastrosa. A su retorno nada cambia. Su malestar se agudiza. Se encuentra inmerso en el pánico, en la ansiedad; hay confusión, fallas de enfoque mental, agitación, temor difuso. “La oscuridad me invadía tumultuosamente, tenía un sentimiento de terror y enajenación, y, sobre todo, de sofocante ansiedad”. Experimentaba “pánico y desgobierno, y la sensación de que el proceso de mi pensamiento se hundía bajo una marea tóxica e inenarrable que obliteraba toda respuesta placentera al mundo viviente.”

Debido a su afección, Styron investiga en diversos textos de autoridades en la materia, además de acudir con otro especialista; los anteriores a quienes recurrió por insomnio, que aún persistía, sólo le recetaron dosis de halcion y lorazepam. Pero su estado no se modifica. “La locura de la depresión es, generalmente hablando, la antítesis de la violencia. Es una tormenta, sí, pero una tormenta de tinieblas. Pronto se manifiestan síntomas como la lentitud cada vez mayor en las respuestas, una semi parálisis, el corte de la energía psíquica hasta casi cero. Por último es afectado el cuerpo, y se siente socavado, exangüe.”

Por ello, ya empieza a definirse por el suicidio, que no lleva a cabo porque oportunamente pide se le interne en una institución mental. En este sentido, Styron hace un llamado con respecto al uso del halcion, cuya peligrosidad no es cosa de la imaginación, pues, si así fuese, no hubiera sido “terminantemente prohibido en los Países Bajos”, afirma. Pero también llama la atención sobre la negligencia de algunos médicos al prescribir dosis de otros medicamentos similares sin un diagnóstico adecuado.

De impecable factura, Esa visible oscuridad: Memoria de la locura nos arroja a la terrible odisea del infierno interior, pero además nos obliga a reflexionar acerca de nuestra vulnerabilidad en manos no siempre consecuentes con su profesión.
Finalmente, estimado lector, lo invito a leer todas sus obras como un mínimo homenaje.

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