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El corazón de la apachería: crónica desde Chihuahua

Vinicio Chaparro entrega su primera crónica desde El corazón de la apachería en el marco de su libro El otro lado de la luna

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Foto: Historia de los apaches en Chihuahua/ compartehistoria.com


Crónica

Por Vinicio Chaparro

Capítulo Uno

La primera flecha envenenada

¡Ring, riiing!, sonó el Facebook.

Una nueva misión

Era Elías Ramos, me invitaba a ir allá, a su tierra, al corazón de La Apachería. Elías y Miguel Méndez habían formado un grupo sobre Apaches en la red social de Facebook y desde ahí dirigían las acciones. Se trataba de llevarme a Nuevo Casas Grandes para presentar ante la sociedad novocasagrandina a mi libro “El Otro Lado de la Luna”. Humm, qué delicia hacerlo en el lugar donde flotan más moléculas atapascanas de todo Chihuahua. El aire revitalizaría mis pulmones llenos de hollín.

El centro de operaciones de Proyecto Nedni, en Stockton, California, empezó a procesar un cúmulo de información. James Bond y Los Ángeles de Charlie nos hacían los mandados. Juntos. La misión se preparó con todo detalle. Se trataba de un viaje al Corazón de La Apachería. Genial. Al área de Casas Grandes y Janos. Genial, repetía La Jefa Colleen.

“¡Apolo XI llamando a Stockton, Apolo XI llamando a Stockton!”, se empezó a escuchar en las pantallas de la NASA apache. “¡Santo llamando a Blue Demond, Santo llamando a Blue Demond!”, se oía en otro lado del complejo cibernético. Las operadoras se volvían locas tratando de sincronizar todas las comunicaciones.

Después de una reunión a distancia con La Jefa Colleen, se autorizó la misión. Se planeó con toda pulcritud, como un viaje a la luna, entre logaritmos y fórmulas incomprensibles para un ser común y corriente.

Por órdenes superiores (siempre órdenes superiores), el 33.33% de Proyecto Nedni (o sea yo), empacó las maletas y se dirigió al noroeste del Estado Grande, a cumplir su labor, con toda devoción, como siempre, y alzando los ojos al cielo, como encomendándome a Ussen, el dios de los apaches, le pedí ayuda y permiso para penetrar en su territorio. Una vieja herida me llevaba hacia allá. La herida de una historia ignorada.

Otros apachólogos esperaban con ansias al enviado especial de Proyecto Nedni. Habían desenterrado las lanzas.

Objetivo: Rescatar la memoria indígena, en lo que a apaches se refiere. Juntar las tribus desperdigadas. Dos pantalones, dos pares de calcetines, los respectivos chones y mi camiseta de Einstein …-Fuga-, me dije internamente. Ah!, pero faltaban mi libro de Villa, de Paco Ignacio Taibo, y mi colección completa de los Rolling Stones y …-Se fueron-. Trataba de darme ánimos.

A medida que penetraba en territorio apache, mis sospechas encontraban fundamento a su existencia. La organización de ese viaje obedecía claramente a que en Casas Grandes (alias Chantes Longas) había otras gentes, amantes de la historia, trabajando sin denuedo en la misma dirección. Se iban a juntar los apaches. Cincho, no todo era casualidad en este mundo. Había un grupo ya, escarbando en la historia apache. Claro! Pasamos Flores Magón, podía imaginar aquella vieja historia de los apaches robándose a Pedro Cedillo y convirtiéndolo en El Gran Jefe Vitorio (Vitorio, sin C, como le decía mi abuelo). Podía imaginar fácilmente a los apaches cabalgando por las cumbres de las sierras que pasábamos. Entonces Galeana. Buscaba el cerro donde mataron a Mata Ortiz. Entonces empezó el diluvio. El camión parecía el arca de Noé. Pero sin animales.

Y llegamos a la tierra de Ju.

La primera presentación sería a las seis. Faltaba hora y media. Todo indicaba que la fuerte lluvia no cesaría nunca. Seguro que los dioses de los hombres blancos intentaban un boicot. ¿Cómo tanta agua junta, en el mismo lugar donde hablaríamos de la apache historia? No podía ser una casualidad. Alguien en el cielo se molestaba, habían descubierto la misión supersecreta. No importa, si tuviera que llegar nadando, llegaría. Tenía una cita con esa apache historia.

Entre toneladas de agua que caían del cielo, por centímetro cuadrado, en unos segundos, mientras bajaba las maletas, me empapé, parecía que todo el cielo y los tornados de Okalhoma se venían sobre mí. Malos augurios. Mantuve el ánimo, nada desbarataría la misión. Entre la tempestad, apareció el coche de Miguel, jefe máximo de esta revolución apachosa. Y empezó la visita.

-El tiempo se nos echa encima y todavía tengo que ir por la señora Nelda, a Colonia Juárez- dijo Miguel. Y fue ahí que la vi por segunda vez. Era un honor que Nelda Whetten asistiera a la reunión. Eso le daría mayor nivel, (a la reunión, Nelda ya lo tenía), ella era de las personas que por años ha escarbado en la tierra (es un decir) tratando de desenterrar los pedazos rotos de la historia indígena de estos lugares. La acumulación de información (verso sin esfuerzo) que Nelda poseía era invaluable. Por años había hurgado en el pasado de los apaches. Era el mejor sinodal para la presentación de mi libro. Conversamos durante el camino de regreso, la lluvia amainaba, pero la enorme cantidad de charcos impediría la asistencia masiva a la vieja estación de ferrocarril que había sido convertida en Casa de cultura.

Alguna gente esperaba en el exterior. Poco más de diez. La lluvia había hecho estragos con nuestras expectativas de asistencia. Me escurrí para vestirme de acuerdo a la ocasión. Más rápido que Superman estuve listo, volví y me sentaron al frente. Observaba varias caras curiosas llenas de emoción. Esperando, reloj en mano. La presión crecía. –A ver a que horas-, me pareció escuchar entre la enorme multitud de veinte asistentes.

En La Ciudad de las Mulas (alias Chihuahua), en Cuauhtémoc, en mi tierra santa, Anahuita la Bella, había presentado mi libro. Saúl Vásquez había hecho un hermoso ensayo poético para presentarme al público. Polo Zapata, un excelente poeta de mi rancho, también había iluminado mi camino, el del libro, y apartado un poco los zarzales de la vereda de la sátira como recurso literario para hablar de historia. Ambos fueron buenísimos, en su estilo, pero el discurso de Miguel Méndez me dejó perplejo y anonadado. Ojalá y pronto lo podamos publicar aquí, como parte de la crónica de este viaje. Con precisión quirúrgica, Miguel abrió las puertas para mi participación. Nelda observaba con atención, me pareció ver brillar sus ojos. En efecto, los apaches se juntaban. Esta vez sería definitivo, rescatar la historia de los apaches no era cuestión de una persona. No son enchiladas, pensábamos.

Entre el extraordinario público asistente, mientras Miguel hablaba, en la segunda fila localicé a quién debía ser Elías Ramos, apachólogo de corazón y causante directo de esa reunión. Sereno, disfrutaba su éxito, había juntado a los apachólogos. Luego hasta mero, mero atrás vi una persona muy seria que después supe que era Javier Ortega Urquidi, adelante a la izquierda, oculto entre los demás, identifiqué a otra persona que después sabría que se trataba de Ernesto Beall, que junto con Nelda, para mi, eran los mejores historiadores apachosos del país. Claro que fue un honor tenerlos ahí, a ambos. Luego mi gran amigo Carlos Chávez animando todo con su característica pasión de apache. Miguel terminó, hay una excelente crónica de su discurso en el Diario de Casas Grandes (después les facilitamos los datos a los lectores).

Fue entonces que me cayó el veinte, estaban reunidos ahí, los mejores historiadores apachosos de México. Bueno, claro, hay otros, pero esta vez estaban reunidos muchos de ellos. Tal vez los mejores. Nomás. Solo nos faltó Víctor Orozco y Martha Rodríguez.

Ningún lugar como Casas Grandes para hablar de apaches.

Y entonces inicié mi intervención, les dije de cómo había nacido la idea del libro El Otro Lado de la Luna, de cuando primero, cuando andaba de mojado por allá por Phoenix, Arizona, me encontré el libro de Betzinez, donde leí de la última saga de Gerónimo y Ju, les dije que era un libro muy valioso. Luego les platicaba, con mi estilo churriguresco y renegado, de cuando encontré el libro de Kaywaykla y conocí de la versión de la muerte de Vitorio y, finalmente, les receté un resumen condensado de la guerra apache.

Desde 1599 los fui llevando hasta cuando Johnson masacró a la tribu de su amigo Juan José. Las fechas se acumulaban y algunos ojos se cerraban involuntariamente, excepto los ojos de Nelda y Ernesto Beall que no perdían detalle y yo aceleraba mis intentos por llamar la atención del público dormido y aumentaba mis peroratas sobre el robo de la historia indígena. En la primera fila, un reportero friccionaba su pluma con inusitada pasión, en una libretita, mientras sacaba la lengua como Mafalda cuando quería proteger al mundo. Al otro día publicaría un excelso resumen de la reunión. Pero Nelda, Elías, Urquidi (Jorge Ortega), Ernesto Beall, Carlos Chávez y Miguel a mi lado, me mantenían la ilusión de que alguien me escuchaba después de la larga exposición.

Fue hasta que llegamos a la parte de Gerónimo cuando recuperé un poco el interés de la audiencia. No obstante, el aburrimiento hacía estragos con mi público femenino. Cuando apareció Vitorio, en la plática, algunos bellos durmientes levantaron la cabeza y un poco sus hombros y vivieron la aventura de Tres Castillos. Al escuchar como encontraron al cuerpo de Vitorio abrieron sus ojotes y a duras penas contenían sus preguntas internas, yo nos les brindaba la menor oportunidad de intervenir y sin puntos y aparte también les receté las palabras de Kaywaykla, observaba escepticismo en la cara de Nelda. Como que aquella versión de la muerte de Vitorio no la convencía del todo. Pero entonces, puse el turbo e imprimí mi toque personal, hablé sobre la necesidad de rescatar la historia apache y la lucha mano a mano contra la versión oficial y echando madres contra Joaquín Terrazas, con otras palabras, claro, hice el cierre entre una lluvia de aplausos, (como cinco).

Y empezaron las preguntas. Fue delicioso, hablar con gente que sabía, que conocía el tema. Y fue entonces que Urquidi levantó la mano. -Dios mío-, me dije por dentro, -ahí viene la primera flecha.

Urquidi, acababa de publicar su libro Los Apaches del desierto que rompía récord de ventas en las librerías de Chihuahua y en él, sostenía que la muerte de Ju se había dado en otras circunstancias, diferentes a como yo lo planteaba en El Otro Lado de la Luna. Temía que El otro Lado y los Apaches del Desierto chocaran como en la guerra de verdad. El debate real iniciaba. Cada palabra era importante.

–Ya sé por donde vienes-, pensé, mientras acomodaba las flechas de mi carcajada para poder rápidamente responder al ataque, al más puro estilo de Mangas Coloradas, quién atravesaba un venado con una flecha. No fue así, su pregunta era sobre la reunión de Ju y don Porfirio (alias don Porfis), me sorprendió entre segunda y primera, su flecha dio en el blanco a un lado de mi pobre corazón desvalido.

Desnudó mi ignorancia de las cosas de Don Porfis. Argumentó que Don Porfis (alias, don Porfirio) no había estado en Chihuahua en esas fechas. Con un gran esfuerzo, saqué de mi costado la flecha envenenada mientras con una mano trataba de detener la hemorragia y le manifesté mis personales dudas sobre el particular, le expliqué que no era mi versión sino la de Daklugie, hijo de Ju. Le dije que en las memorias de Joaquín Terrazas, éste describía una visita de Don Porfis a tierras chihuahuenses. Me rebatió que esa visita de Díaz fue después de la desaparición de Ju. Herido de muerte acepté mi derrota. Entonces la cosa se puso candente, por todos lados volaban flechas, el público cayó en la provocación, eso era el libro, una provocación, les explicaba. Pos más flechas me tiraban.

Nelda pidió la palabra. Su tranquilidad calmó un poco los ánimos. Era una apache amiga y no llevaba armas, calculé, y sí, sólo hizo un comentario sobre Gerónimo. Discretamente dejó para otra ocasión sus observaciones sobre el libro y la muerte de Vitorio. Sí, el verdadero debate sobre algunos eventos muy polémicos para los historiadores, iniciaba soterradamente. Se auguraba una visita posterior a Colonia Juárez, donde ella vive. Agradecí su discreción, ya eran muchas las flechas que mi cuerpo había recibido.

 Miguel me arrastró entre la multitud y ayudó a escurrirme de nuevo, pero ahora para escapar. Temblando y con la ropa interior mojada de sudor, salí de mi primer encuentro con la sociedad apachosa, en el corazón de La Apachería, donde sí saben de apaches. Aún temblando salí a fumar un cigarrillo, evadía la plática directa. ¡Dalai, dalai!, repetía.

Había que prepararse mejor para el otro día cuando nos presentaríamos en El Pueblo (Casas Grandes), al otro lado del río. Los paquimeítas nos esperaban ansiosos. Tenía un día para lamer mis heridas. Primera batalla. Cero hits, cero carreras. Tres ponches.

Esto no se acaba hasta que se acaba, recordé al gran Yogui Berra.

Continuará…

Os seguiré reportando desde El Corazón de la Apachería. Manden curitas.

Vinicio Chaparro

Enviado especial de Proyecto Nedni

 

 

 

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Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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Ricardo Raphael plagia título del libro sobre la vida de Luka Modric, El hijo de la guerra

El título del nuevo libro de Ricardo Raphael plagiado de los autores españoles José Manuel Puertas y Vicente Azpitarte.

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Por Guadalupe Lizárraga

Ricardo Raphael plagia el título “Hijo de la guerra” para su nuevo libro, bajo el sello editorial Seix Barral, a los autores españoles José Manuel Puertas y Vicente Azpitarte, quienes publicaron originalmente en febrero de 2016, el título Luka Modric: El hijo de la guerra, bajo el sello Espasa Calpe, en España.

La publicación de Raphael, de acuerdo con su descripción en la prensa mexicana, es una serie de conversaciones con un presunto confundador del cártel de los Zetas. Mientras que El hijo de la guerra, de Puertas y Azpitarte, trata sobre la difícil vida como refugiado del futbolista del Real Madrid, de origen croata Luka Modric, quien sufrió los embates de la guerra de los Balcanes, y llegó a ser uno de los jugadores más reconocidos del mundo.

El periodista y escritor José Manuel Puertas al darse cuenta de la situación dijo que hablaría con su editorial para saber cómo actuar, porque era la primera vez que le sucedía.

Por otra parte, el abogado mexicano, especialista en derechos de autor, Jorge León, señaló que jurídicamente no existe el plagio, sino “el uso no autorizado de un contenido literario”, y que los derechos de autor protegen al contenido de la obra y no a los títulos.

Sin embargo, el especialista también apuntó que si hubiera similitudes del Hijo de la guerra, de Raphael, con El hijo de la guerra, de Puertas y Azpitarte, podría haber un conflicto autoral, aunque se trate de contextos y personajes distintos. También enfatizó que la situación propiciada en este caso resultaba interesante porque tenía varias vertientes, y una de ellas es que el autor mexicano podría beneficiarse del éxito de la obra de los españoles, más si se trata de un libro reconocido a nivel global.

Un caso similar se dio en España con el caso de la escritora Lucía Etxebarria, quien en su novela Ya no sufro por amor (2005) copió fragmentos del texto “Dependencia emocional y violencia doméstica”, del psicólogo Jorge Casteló. Cuando se le demostró el plagio a la escritora reconoció que parte del éxito de su libro se debía a las acusaciones de plagio.

El escritor mexicano Abelardo Gómez Sánchez, autor de varios libros de cuentos, crónica, ensayo y novela, e instructor de Literatura, opinó que “tiene que ver mucho la intencionalidad del autor que plagia, porque podría ser por ignorancia, pero si lo sabes y lo haces, es una chingadera”. Gómez Sánchez dio el ejemplo de su libro Mala mujer no tiene corazón. “Es el nombre de una canción de Matancera, y alude a Bienvenido Granda, Celia Cruz, Daniel Santos… a muchos de ellos, e incluso el personaje principal es un cantante y a través de éste hago un homenaje a la Matancera; estoy usando esa frase de la canción pero para hacer una apología de la Matancera”.  

El abogado Jorge León, por su parte, insistió en que “al final, si el contenido es similar o partes de la redacción del libro Hijo de la guerra, del autor mexicano al de El hijo de la guerra, de los autores españoles, ahí sí, sería un tema de piratería o estaría copiando el contenido de la obra original, o sería una obra derivada de ésta, si tuviera la autorización de los españoles”.

Es la segunda ocasión en que Ricardo Raphael es exhibido de usar contenidos no autorizados de otros autores, y enfrenta una denuncia formal ante la Fiscalía General de la República en México, por adjudicarse la investigación El falso caso Wallace, de la periodista Guadalupe Lizárraga, quien desde 2014, ha publicado más de cien reportajes, videos y un libro. Ricardo Raphael la entrevistó en su programa de televisión, en Canal 11, el 12 de diciembre de 2018, y a partir del 24 abril de 2019, el conductor se ha presentado a los medios como el “investigador” del caso, con un reportaje publicado en la revista Proceso, conteniendo datos e información que Lizárraga había publicado en su libro en 2018, y en el portal de noticias Los Ángeles Press.

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