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El Consejo de Europa pide crear tribunal especial para juzgar a líderes rusos por crimen de agresión

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La Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa (APCE) ha aprobado este jueves una resolución para que se cree urgentemente un tribunal penal internacional ‘ad hoc’ que investigue y juzgue el crimen de agresión cometido por los líderes políticos y militares de Rusia, cuya sede estaría en Estrasburgo.

El crimen de agresión está definido en el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional (artículo 8 bis) y supone el uso de la fuerza militar de un Estado contra la soberanía, integridad territorial o independencia política de otro, incluyendo la invasión de otro Estado, el bombardeo y el bloqueo de puertos.

Ese tribunal tendría el poder de emitir órdenes de arresto internacionales y no estaría limitado por la inmunidad del Estado, de los jefes de estado y de gobierno, y otros funcionarios.

La creación del Tribunal ‘ad hoc’ se haría con un tratado multilateral aprobado por la Asamblea General de Naciones Unidas, con el apoyo del Consejo de Europa, la Unión Europea y otras organizaciones internacionales. La sede estaría en Estrasburgo, ante las posibles sinergias con el tribunal Europeo de Derechos Humanos, que examina numerosas demandas individuales e interestatales relacionadas.

El texto asegura que “esta guerra se lleva a cabo con una brutalidad sin precedentes en Europa desde la Segunda Guerra Mundial”. La resolución se ha aprobado por unanimidad de 115 votos.

Con información de Agencias.

 

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Masacre El Charco, 24 años de impunidad del Ejército mexicano

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El 7 de junio de 1998, el Ejército mexicano masacró a diez campesinos indígenas en El Charco, Ayutla de los Libres, Guerrero. Los campesinos descansaban en la Escuela Primaria «Profr. Caritino Maldonado Pérez», después de una reunión sobre proyectos productivos para la comunidad, cuando fueron rafagueados, les lanzaron dos granadas, detuvieron a 25 personas, de las cuales dos estuvieron presos y fueron torturados.

Desde entonces, ha sido una larga lucha por la justicia para las víctimas que ha liderado la organización Red Solidaria Década contra la Impunidad, AC, ante diferentes instancias mexicanas, y posteriormente ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que tardó seis años en admitir el caso para su revisión. Por lo que a 24 años de la masacre, la organización mantiene la exigencia de justicia que ha ignorado el Estado mexicano.

Comunicado Red Solidaria contra la Impunidad

A 24 AÑOS DE LA ATROS MASACRE DE EL CHARCO, AYUTLA DE LOS LIBRES, GUERRERO, COMETIDA POR INTEGRANTES DEL EJERCITO MEXICANO, MANTENEMOS LA EXIGENCIA DE JUSTICIA PARA LAS VÍCTIMAS; NO PERDONAMOS, NO OLVIDAMOS, NO NOS RECONCILIAMOS.

El 16 de julio del 2012, la Red Solidaria Década Contra la Impunidad AC solicitó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) la Petición de Admisibilidad del caso la masacre de El Charco. Para el 19 de diciembre del 2018, la CIDH nos otorga el Informe de Admisibilidad 166/18, en diciembre del 2018.

El caso gira en torno a que el 7 de junio de 1998, en la comunidad del Charco, Ayutla, Guerrero, el ejército mexicano masacró a 10 campesinos indígenas Nu’Saavi y al estudiante de la Universidad Nacional Autónoma de México, Ricardo Zavala Tapia, 4 adultos y un niño fueron gravemente heridos, mientras  que otras 22 personas, 4 de ellas adultos y un niño y una estudiante universitaria, fueron ilegalmente detenidas y posteriormente torturadas.

Actualmente representamos  a 3 viudas y a la familia del estudiante de la UNAM, Ricardo Zavala Tapia, a 6 sobrevivientes, entre quienes se encuentran Ericka Zamora Pardo y Efrén Cortes Chávez, por lo que nos unimos con las víctimas para recordar la deuda de justicia que existe a 24 años plagados de impunidad. Las víctimas aún siguen caminando en busca de la justicia, tienen sus esperanzas en que la CIDH, emita su Informe de Fondo y de traslado a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, y a nivel internacional se logre la justicia que a nivel nacional no se logró.

Hoy traemos a la memoria que Ericka Zamora Pardo, junto con Ricardo Zavala Tapia, entonces estudiantes de la UNAM, soñadores y comprometidos con las causas del pueblo, fueron agredidos por el Estado; Ricardo ejecutado extrajudicialmente, Ericka torturada, acusada de formar parte de un grupo guerrillero, ingresada al penal de máxima seguridad de “Puente Grande”, exclusivo para varones, por ser catalogada de alta peligrosidad. Efrén Cortes Chávez, activista social que se encontraba en la comunidad de El Charco, también fue torturado y encarcelado, ambos; Ericka y Efrén salieron absueltos de la prisión 4 años después de su detención.

Sin embargo, los generales que encabezaron esta masacre, Juan Alfredo Oropeza Garnica y Luis Humberto Portillo Leal, militares expertos en contrainsurgencia que combatieron al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas, se mantienen totalmente impunes. Los obstáculos enfrentados por las víctimas, son el termómetro que mide la impunidad en este país, es tiempo de derribar la impunidad que prevalece y se pueda lograr la verdad y justicias para las víctimas, México tiene una deuda histórica con las víctimas y con la comunidad de El Charco. Las víctimas hoy encienden una luz contra la impunidad.

¡NO PERDONAMOS, NO OLVIDAMOS, NO NOS RECONCILIAMOS!

¡HASTA QUE LA JUSTICIA SE SIENTE ENTRE NOSOTROS!

 Responsables: Ericka Zamora Pardo y María Magdalena López

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El infierno de ser mujer, migrante y negra en México

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Por Rodrigo Soberanes

MÉXICO – Joy es originaria de Camerún. Logró llegar viva a Tijuana, en Baja California, en el noroeste de México. Betty nació en Haití y viajó hasta Tapachula, en el sureño estado de Chiapas, al igual que Elena, proveniente de El Congo. Las tres huyeron de sus países para escapar de un destino de pobreza, violencia y muerte.

Recorrieron miles de kilómetros. Un largo camino lleno de abusos, maltratos y discriminación. Llegaron a México con la esperanza de una vida mejor. No la encontraron.

Como ellas, miles de personas provenientes de Haití y África que en los últimos años han llegado a México, forman parte de un flujo inédito en la historia de este país.

La situación de vulnerabilidad de estas mujeres migrantes es evidente. Alejandra Elizalde Trinidad, coordinadora del Programa de Género de Formación y Capacitación  (Foca), califica la situación humanitaria que atraviesan de “terrible”.

Un ejemplo son las originarias de Haití quienes padecen “subordinación racial y xenofóbica”, señala E. Tendayi Achiume, relatora especial de las Naciones Unidas sobre las Formas Contemporáneas de Racismo, Discriminación Racial, Xenofobia y Formas Conexas de Intolerancia.

Elena, de El Congo

Elena huyó de la guerra civil en El Congo, viajó hasta Brasil donde encontró otro tipo de violencia: el desprecio por ser pobre… Y negra.

Con su familia emprendió el viaje hacia el norte, pero a la mitad del camino encontró un nuevo infierno: la selva conocida como el Tapón de Darién, una de las regiones más peligrosas del mundo para las personas migrantes, que separa a Colombia de Panamá, y está controlada por bandas de narcotráfico y tráfico de personas.

Elena fue una de sus víctimas. Durante 10 días fue separada de su esposo e hijo de ocho años, para ser convertida en esclava sexual. Cuando finalmente lograron escapar, pudieron llegar a Tapachula, Chiapas. Pero su alma quedó atrapada en la selva de El Darién.

Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en 2021 más de 133 000 personas migrantes cruzaron el Tapón del Darién; cuatro veces mayor al récord de 2016, cuando pasaron por esa región selvática unos 30 000 migrantes.

En Tapachula –ciudad mexicana fronteriza con Guatemala– muchas personas migrantes, sobre todo de Haití y África, viven en casonas o grandes construcciones con una multitud de habitaciones pequeñas llamadas cuarterías.

Cuarterías, habitaciones muy pequeñas donde se hacinan personas migrantes en Tapachula. Foto: Duilio Rodríguez / PdP

En una de esas cuarterías un joven originario de El Congo grita desesperado, una mezcla de portugués y español. Es Djingo, el esposo de Elena. “¡La máquina de la prostitución está funcionando en México!”, grita el congolés.

Sus vecinos en la cuartería, que sostenían una intensa discusión sobre la forma de abandonar Tapachula, enmudecen. Saben que Elena se ha visto obligada al trabajo sexual, porque su esposo no ha logrado conseguir un empleo.

“¡Sus manos, sus manos!”, insiste Djingo sobre su esposa. “¡Están manchadas por el contacto con tanta persona!”. En la cuartería donde se encuentran, como en el resto de la comunidad migrante de la frontera sur, es secreto a voces que las crueles prácticas sexuales de El Tapón del Darién también llegan a Tapachula y persiguen, sobre todo, a mujeres vulnerables.

Djingo, en la azotea de la cuartería donde vive junto a su esposa e hijo de ocho años. Foto: Duilio Rodríguez / PdP

La dramática experiencia marcó la vida de la mujer migrante. Las huellas visibles están en sus manos con manchas y escoriaciones, que parecen surcos que se prolongan hasta los antebrazos.

La familia no sabe qué son. Ningún médico la ha revisado, pero Elena cree que es una reacción al estrés, que su cuerpo grita algo por el dramático paso por El Darién.

Necesita ayuda, no sólo por las manchas sino porque desconoce el impacto por el daño físico por los días de esclavitud sexual sin métodos de protección. También requiere apoyo psicológico con urgencia, sobre todo porque sigue sometida a un infierno.

Elena se comunica más con su lenguaje corporal que con el habla. Se muestra silenciosa, casi por completo. Esconde sus manos entre las telas de su vestido. Las escoriaciones son un símbolo de su martirio en la selva, pero esas sólo son las huellas visibles, las otras se notan en la mirada triste y apagada, por momentos, ausente.

Joy, de Camerún

Joy –no es el nombre real, pidió usar este por seguridad– tiene 39 años y es enfermera. Escapó de Camerún, su país natal, donde era perseguida política e intentó refugiarse en Ecuador, en 2018, el único país latinoamericano donde no le requerían visa. Ahí, durante meses, sufrió maltrato, discriminación y abusos laborales. Vivió en la calle y en cuanto pudo emprendió camino al norte.

Joy recorrió miles de kilómetros desde Camerún para escapar de la violencia. Foto: Duilio Rodríguez / PdP

En Quito, la capital ecuatoriana, consiguió empleo en un restaurante, pero se enfrentó de lleno con la discriminación hacia las mujeres negras. Una vez, mientras trabajaba en la cocina, escuchó un reclamo airado al propietario del negocio.

“Una cliente le dijo que, si tenía en la cocina a una mujer negra, se iría de su restaurante. Pero el dueño insistió en dejarme y los clientes comenzaron a irse. Luego me dijeron que si me despedían, en pocos días volverían los clientes”, cuenta.

Joy hizo todo lo posible por conservar el empleo, pero tres meses después fue despedida. Sola, sin dinero para pagar el alquiler de la habitación donde vivía, no tuvo otra opción que vivir en la calle.

Joy es enfermera. Abandonó Camerún y ahora intenta sobrevivir en Tijuana. Foto: Duilio Rodríguez / PdP

“Comencé a dormir en el parque. Empecé a aprender a vivir así. Sin país y sin dinero. Aprendí a comer de la basura. Tenía hambre, quería comer”.

Contactó a otra mujer africana que podría ayudarla a conseguir trabajo, pero lo que ofreció fue meterla en el trabajo sexual. “Quiso usar mi cuerpo para hacer negocios. Yo no acepto eso, yo soy enfermera y auxiliar en farmacia”, dice.

Un día, cuando ya llevaba un mes en la calle, encontró a una paisana suya que estaba a punto de viajar al norte. Joy había ganado unos dólares trabajando en otro restaurante y recolectando botellas de plástico que vendió a un centro de reciclado. Usó ese dinero para irse.

La mujer camerunesa enfrentó un camino pleno en abusos y violencia. “Mucha gente murió enfrente de mí, vi demasiada gente muerta en la jungla”, dice.

Joy cruzó el río Suchiate, que divide la frontera entre Guatemala y México, en agosto de 2019, y entró a Tapachula, Chiapas, donde fue detenida y encerrada en la Estación Migratoria Siglo XXI. Un mes después hubo protestas por el maltrato hacia las personas detenidas que fueron disueltas por la Guardia Nacional.

“Yo estaba adentro. Sufrí discriminación. Sufrí racismo adentro. Cuando llegas, personas africanas están apartadas del resto. Te dan un ticket de diferente color. Tu color es diferente, ¿por qué? La comida que te dan es diferente al resto”, relata Joy.

Después del incidente, la camerunesa fue liberada y permaneció algunos días en un campamento en Tapachula, mientras conseguía dinero para seguir el viaje. En ese lapso sufrió incidentes con la policía.

Uno de ellos ocurrió durante una manifestación de personas migrantes, cuando preguntó a un agente, traductor de por medio, si tenía el poder de retener sus documentos.

El policía contestó con un insulto racista e insistió al traductor que lo dijera tal cual: “Cerdos, no sé qué vienen a hacer a mi país”.

“¿Por qué nos escogen para pedirnos nuestra identificación? Nos dicen que tenemos apariencia peligrosa. ¡Wow! ¿Apariencia peligrosa? Porque somos negras nos miran así, lo siento”, se pregunta Joy.

Ocho meses después de cruzar el Río Suchiate consiguió un documento de refugio de la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (Comar) y logró llegar a Tijuana. Allí se encuentra, a la espera de solicitar asilo humanitario al gobierno de Estados Unidos.

En esta ciudad fronteriza del norte de México no hay muchos cambios para Joy. Como en Ecuador, El Darién o en Tapachula, la camerunesa enfrenta su realidad: es la misma mujer vulnerable y sin derechos.

Cuando llegas aquí es lo mismo. Cada vez que camino veo cómo la policía arresta a las personas. A mí los policías me pidieron mi identificación y me la quitaron. Me dijeron que no era válida. Me registraron, tocaron mi cuerpo.

El mural de un albergue en Tijuana muestra el nuevo rostro de la ciudad fronteriza. Foto: Duilio Rodríguez / PdP

Betty, de Haití

Haití siempre ha sido el país más pobre de América Latina, pero su marginación histórica se profundizó con el terremoto que en 2010 lo devastó. Fue el inicio de una diáspora que en los siguientes años expulsó a decenas de miles de personas. Betty y su esposo fueron parte de ese éxodo.

Hace ocho años llegaron a Ecuador, donde nacieron sus dos hijos y creyó que podría refugiarse de la discriminación y la violencia por el color de su piel, pero estaba equivocada.

Aunque tenían una mejor vida que en Haití no era suficiente y, al inicio de 2021, vendieron sus pocas pertenencias e iniciaron el camino a Estados Unidos. El viaje marcó su vida. “Soy una persona destrozada”, confiesa.

Betty escapó de Haití, devastado por sismos, pobreza y violencia. Atravesó la selva del Darien, donde sufrió violencia sexual. Foto: Duilio Rodríguez / PdP

Como miles de haitianos que han compartido la misma ruta de migración, la familia se vio obligada a cruzar por el Tapón del Darién. El costo fue muy alto, sobre todo para Betty.

Ahora en una cuartería de Tapachula, a Betty le cuesta hablar del viaje. Platica en tercera persona, como si con eso intentara creer que se trata de otra persona.

Quitan a la madre enfrente de los niños para hacerle cualquier cosa. Los niños están llorando y el esposo no puede hacer nada. Una se tiene que aguantar todo lo que está pasando”, dice.

Robaron, violaron y mataron a muchos de nosotros. Es una mezcla de dolor, miedo. De todo”, dice Betty en voz baja.

Betty, en una de las cuarterías donde viven principalmente personas migrantes de Haití. Foto: Duilio Rodríguez / PdP

Su esposo escucha la narración en silencio. A unos metros otros migrantes haitianos asienten: ellos también saben de las caminatas a ciegas por una selva desconocida, el cansancio, sed extrema y el riesgo permanente a convertirse en víctimas de cualquier crimen grave.

“Mi sueño solamente era sacar a mi familia adelante, un buen futuro para mis hijos. Un futuro que no tenía y quería para mis hijos”, cuenta.

El tono de su voz parece desesperanzado. Puede que tenga razón. Hasta ahora en México no ha encontrado la ayuda que necesita.

Sus hijos, por ejemplo, cuando se han enfermado de fiebre y diarrea, no han sido atendidos por ningún médico porque la familia no puede acreditar su estancia regular en el país.

“Están destruidos, no tienen escuela, no tienen ayuda”, confiesa Betty. “Tengo el corazón destruido como madre”.

Éxodo en medio de discriminación

Las historias de Joy, Betty y Elena son un reflejo de la cruda realidad que enfrentan las mujeres migrantes en México y que en su caso resulta aún peor, pues también padecen discriminación por su piel.

El éxodo se siente en México, a donde llegó la mayoría de estas personas. De acuerdo con la Unidad de Política Migratoria de la Secretaría /ministerio) de Gobernación (Segob), en 2021 el Instituto Nacional de Migración detuvo a cien mil 64 mujeres. De ellas, 32 mil 393 eran menores de edad.

Las estadísticas nada dicen sobre su destino. De acuerdo con organizaciones civiles, muchas fueron deportadas, pero otras solicitaron asilo humanitario en México.

El año pasado, según la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (Comar), 53 mil 745 mujeres migrantes pidieron refugio en el país. La dependencia enfrenta la mayor ola de solicitudes en su historia, y los recursos con que cuenta han sido insuficientes para atender la demanda.

El daño que sufren las mujeres migrantes y sobre todo las afrodescendientes es grave, dice Paulina Olvera, directora de la organización Espacio Migrante que trabaja con esta población en Tijuana.

“El viaje tiene un gran impacto en todos los sentidos. El tema de la salud mental es preocupante. Vienen desde Brasil, Chile y Venezuela. Hay muchos casos que llegaron aquí con anemia severa. Muchas mujeres embarazadas llegaban aquí con desnutrición y con cero revisiones médicas en su haber”, cuenta.

Alejandra Elizalde, de Foca, insiste en que las mujeres en las mismas circunstancias que Betty, Joy y Elena deberían tener de inmediato la posibilidad de permanecer en el país. “Se tiene que garantizar el acceso pleno a sus derechos, reconocer su situación de vulneración de derechos, acercarles servicios médicos y acompañamiento psicológico”, señala.

En la presentación del informe “Un viaje de esperanza: La migración de mujeres haitianas a Tapachula, México”, Achiume, la relatora especial de las Naciones Unidas sobre las Formas Contemporáneas de Racismo, Discriminación Racial, Xenofobia y Formas Conexas de Intolerancia, reconoce que las mujeres migrantes “deben navegar la intolerancia y exclusión basada en su raza e identidad de género, las cuales se exacerban por la intolerancia racista en las regiones por las que se mueven e intentan asentarse”.

Las personas migrantes, en general, viven en situación de vulnerabilidad, debido a su situación irregular, cultural, muchas veces de idioma. Sin embargo, para las mujeres y en particular para las de color, la vulnerabilidad es aún mayor y la padecen a cada paso de su trayecto, sin que existan mecanismos efectivos de protección para ellas.

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Este artículo se publicó originalmente en Pie de Página, de la mexicana red Periodistas de A Pie.

RV: EG

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Ayer y ahora, paralelismos con Díaz Ordaz 

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TRAS BAMBALINAS 

Por Jorge Octavio Ochoa

La semana pasada hablábamos en este espacio, sobre el incipiente surgimiento de una especie de “terrorismo de Estado”, y ya tenemos las primeras pruebas.  La reciente marcha de mujeres, el pasado 8 de marzo, fue el pretexto para que, desde los dos Palacios del epicentro de la República, surgiera la primera versión de posible violencia extrema a manos de grupos “radicales”

La escenografía con el tapiado de la residencia presidencial, subrayó el tono de tensión que ya en los dos años anteriores se había perfilado, con la presunta irrupción de “grupos radicales”.

La intensión evidente, era generar miedo, temor, para inhibir la participación social y preparar el terreno por si se requería el uso de la fuerza. El lenguaje del gobierno, y el tono de la comunicación es, paradójicamente, similar a lo que se vivió en 1968.

Por aquellos años, previo a las olimpiadas, el mundo experimentaba una ola de agitación estudiantil precisamente contra el mundo capitalista y el transnacionalismo que pretendía dominar la economía global.

Por un lado, los jóvenes se quejaban del autoritarismo del régimen priista; de la falta de oportunidades y libertades. A su vez, el gobierno federal hablaba de intentos de infiltración, de radicalización y de penetración de grupos de ultraizquierda.

Esto, según los politólogos e historiadores, dio paso a un creciente abuso de la fuerza y brutalidad policiaca. Así se empezaron a generar los dos bloques ideológicos que chocaron en la segunda mitad de 1968.

Otro paralelismo entre aquella época y la actual, es la guerra. En aquel entonces en Vietnam, como hoy en Ucrania, se enfrentaron los dos principales ejes ideológicos: la extrema derecha y la extrema izquierda.

El expresidente Gustavo Díaz Ordaz estaba obsesionado, abrigaba grandes temores sobre presuntos intentos de desestabilización a través de grupos fascistas que buscaban alterar el orden institucional.

Incluso llegó a considerarlo como parte de una asonada internacional para implantar nuevos equilibrios. Bajo esa lógica, decidió cerrarse. No escuchó a nadie más que a su intuición y se negó a dialogar con los estudiantes. Los hizo sus adversarios.

Díaz Ordaz empezó a tomar decisiones unilaterales, basado sólo en comentarios de su gente más cercana, pero no de sus asesores profesionales ni de sus secretarios de Estado.

Hay autores que consideran esto, como parte de todo un proceso mental para construir un discurso y acciones que justificaran la “racionalización de la violencia”, el uso de la fuerza y la violación de los derechos humanos.

Es decir, se creó el fantasma de enemigos peligrosos al régimen, a los cuales había que combatir. A eso puede considerársele “terrorismo de Estado”, porque son las propias autoridades quienes infunden el terror.

Bordan y elaboran escenarios para la toma de decisiones, aunque éstas violen derechos elementales. Igual antes que ahora, existía un partido de Estado, poderoso, sin oposición, en el que descansaba el autoritarismo de Díaz Ordaz.

Calentamiento político

Ésa es la retórica que cruza en nuestros días. El enrarecimiento social, acompañado por un insólito e increíble sobre calentamiento del discurso político, alimentado desde los dos Palacios del Zócalo. Teorías de complots, “golpe de Estado blando”, “ataques de la derecha al proyecto de transformación”. Así se ha estructurado el discurso del presidente, con un abierto maniqueísmo de los extremos.

El presidente López Obrador se ha colocado en un extremo radical, bajo la frase: “estás conmigo o estás contra mí”, con una actitud intolerante, que lo lleva a creer que él es el centro y el objeto de todos los ataques internos y externos.

Ésa fue la manera con que abordó la marcha de las mujeres, segmentando a muchas de ellas en un “grupo de interés”, encabezado -dice él- por el poderoso empresario Claudio X González y su hijo, a quienes tilda de feministas tardíos.

Así, dice que hay grupos de provocación, de infiltrados, en todos los campos de la vida nacional: desde el feminismo hasta el periodismo; el sector empresarial, el mundo judicial, la Suprema Corte.

Tres años han pasado sin que el presidente López Obrador haya podido presentar una sola prueba de esa asonada de la ultraderecha en su contra, apoyada con “periodistas corruptos”.

Miles de imágenes han circulado, de mujeres efectivamente violentas, que atacan, que causan destrozos; que agreden a mujeres policías. Pero no ha podido presentar ni una sola prueba de vínculo alguno con grupos de ultraderecha.

Fue más eficaz y veloz el gobierno de Querétaro en identificar por video y fotos a los implicados en la violencia en el estadio La Corregidora, que el aparato de la Guardia Nacional para dar a conocer los nombres de las presuntas provocadoras.

La victimización y la impotencia

El presidente ha mantenido, desde hace ya más de un año, una actitud de permanente victimización: intereses “injerencistas” y aviesos tratan de frenar la marcha de su 4ª Transformación, dice.

Obsesionado con esos fantasmas, asegura que en esto participan Estados Unidos, al financiar a organizaciones no gubernamentales; y el Parlamento Europeo, al seguir “como borregos”, los dictados de esos grupos de interés “colonialista”.

Bajo esa lógica se inscribe también el próximo periplo que realizará por América Central y Cuba, entre reclamos por la poca ayuda que brinda el vecino del norte para combatir la pobreza, y sus intentos personales de convertirse en líder regional.

Insistimos: quizá López Obrador cree que Estados Unidos estará más preocupado por ver lo que pasa en Ucrania, pero el desarrollo de la guerra lo único que traerá para México es más angustia, más asfixia y más intervención.

El FBI en México

Baste ver lo ocurrido el sábado pasado en Playa del Carmen, tras el asesinato de un empresario canadiense, el tercero en menos de tres meses. Hace dos semanas fueron tiroteados otros dos en el hotel Xcaret.

Estados Unidos ha puesto en marcha una investigación a cargo del FBI por la frecuencia de estos crímenes en Quintana Roo. Estos hechos serán la punta de lanza para investigar también los depósitos de rusos en la Rivera Maya.

No hay espacio para la ingenuidad. López Obrador cree que con estos acercamientos en Honduras, El Salvador, Guatemala o Cuba logrará crear un bloque “anticolonialista” o de exportación de sus políticas del “bienestar”.

Pero no. Nada cruzará por nuestros territorios, sin que pase por el cedazo de la lógica belicista. La misma lucha entre cárteles podría adquirir nuevas dimensiones, si esos capitales rusos deciden también intervenir o ponerse a salvo en el occidente.

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