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El amante, un encuentro con la escritura de Marguerite Duras

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El amate, de Marguerite Duras, es un viaje a la memoria de la autora

 

Por Guadalupe Lizárraga

De París a Saigón. De la adolescencia al “envejecimiento brutal” en tan sólo dos años. Es El amante de Marguerite Duras. La escritora viaja –a través de su memoria– no sólo hacia el pasado, sino hacia el interior de sí misma, para construir de nueva cuenta aquellas fronteras que a sus quince años traspasó apenas sin percibirlas y que inseminaron su ser-escritora. Transgresora de culturas, el amor la transforma en “Otra”, re-descubriéndose, despojándose de la sombra de su propio origen, para entregarse a lo “extraño”, a lo extranjero, en una fusión que le asigna una nueva esencia, desde donde aprende a contarse su transición, mucho tiempo después.

“Tengo un rostro destruido. Diré más, tengo quince años y medio. El paso de un transbordador por el Mekong. La imagen persiste durante toda la travesía del río. Tengo quince años y medio. En ese país, las estaciones no existen, vivimos en una estación única, cálida, monótona, nos hallamos en la larga zona cálida de la tierra, no hay primavera, no hay renovación.”

Lee más: Ve y dilo en la montaña, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

 

Su escritura es un acto solitario en la búsqueda de los confines de su corta edad. De una existencia que configura su sentido en una amalgama de sentimientos y desazones que sólo podía comprender a través de la existencia necesaria del “otro”: su amante chino. La adolescente envejecida escudriña, a través de la escritura, sus pudores, sus ocultamientos, sus miedos, sus deseos y liviandades; “para ellos”, un acto moral, para ella, nada; y mientras escribe va corriendo el velo de esa su historia que no existe y que sin embargo da origen a su realidad de futuro:

“Años después de la guerra, después de las bodas, de los hijos, de los divorcios, de los libros, llegó a París con su mujer. Él le telefoneó. Soy yo. Ella le reconoció por la voz. Él dijo: sólo quería oír tu voz. Ella dijo: soy yo, buenos días. Estaba intimidado, tenía miedo, como antes. Su voz de repente, temblaba. Y con el temblor, de repente, ella reconoció el acento de China. Él sabía que ella había empezado a escribir libros. Lo supo por la madre a quien volvió a ver en Saigón. Y también por el hermano menor, que había estado triste por ella. Y después ya no supo qué decirle. Y después se lo dijo. Le dijo que era como antes, que todavía la amaba, que nunca podría dejar de amarla, que la amaría hasta la muerte.”

El amante. Marguerite Duras, Madrid, Ed. El País, 2002.

Reseña.

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Martha Robles en un monólogo catártico revelador, la columna de Alberto Farfán

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Alberto farfán reseña el último libro de la escritora Martha Robles

La condena: Biografías clandestinas

Por Alberto Farfán

La extraordinaria ensayista literaria y profunda analista de escritoras mexicanas, Martha Robles, guarda entre sus diversos libros publicados un volumen de orden trascendental para nuestras letras por su elevada composición estética y su contenido temático incuestionable.

Autora de La sombra fugitiva. Escritoras en la cultura nacional, Entre el poder y las letras: Vasconcelos en sus memorias, Espiral de voces, y Mujeres, mitos y diosas, entre otras obras, Martha Robles (1948) nos entrega en La condena: Biografías clandestinas (FCE) una especie de monólogo testimonial, que pone de relieve las aristas enquistadas en una relación de pareja entre un hombre y una mujer a todas luces antagónicos.

Para leer más del autor: Del feminismo sexista sobre el tema de la sexualidad, la perspectiva de María Teresa Döring

Sin embargo, la estructura de espiral ascendente en que descansa el discurso que ofrece nuestra autora permitirá que éste paulatinamente tome consistencia de una genuina catarsis, cuyo objeto central por resolver adquirirá visos universales: el punto en cuestión particular e intimista dará paso a uno de carácter ontológico, en donde el ser del sujeto logrará su cristalización integral e individualizadora, es decir, su propia identidad.

Escrito por una mujer culta para lectores cultos, este texto se encuentra obligado a oscilar, sin menoscabo del feminismo crítico subyacente, entre la política, la historia y la filosofía en el contexto de nuestro país en décadas pasadas, debido a que dichas disciplinas forman parte del acervo del gran intelectual a que se hace referencia en este monólogo. Mientras ella es una principiante de 25 años, él ya es una connotada autoridad a sus 57, edades en las que ambos contraen nupcias.

La extraordinaria fluidez narrativa empleada correrá paralela a diversas líneas de hondura lírica y filosófica, en ese afán exorcizante y revelador. Emancipación necesaria de su entorno, cuyos demonios la anulan como mujer y profesionista, hasta convertirla en un vulgar receptáculo del rencor de un anciano frustrado y decadente, así como también de los vicios del mundo a que éste pertenecía, los cuales tendría que enfrentar posteriormente debido a su rompimiento conyugal.

Lee más: Aristas históricas en torno a la sexualidad

Al ir depurando y afirmando su identidad, la voz femenina trazará múltiples hallazgos de toda índole respecto al matrimonio, al amor, al hombre y a la mujer, los cuales la afianzarán en su perspectiva liberadora; como cuando hace alusión a su esencial vocación ya recuperada. El drama que ella vive por reencontrarse con la literatura resulta fundamental.

Leemos al respecto: “La fidelidad a lo que se es y la decisión de llevar a cabo un proyecto por encima de todo conllevan precios que sólo estamos dispuestos a pagar quienes conocemos la hondura del propio don, la señal de la gracia”.

O cuando hace referencia a la condición femenina: “Hija de mi raza, intervenir en ciertos asuntos era tanto como atentar contra la masculinidad o contra la jefatura del tribuno: la palabra, ya se sabe, no es recurso de mujeres, sí el palabrerío, el que distrae con ruido el acto del pensar”.

 

Autobiográfico o no, este extenso monólogo climático de una mujer en su afán por afirmarse como individuo irreprochable y consecuente, resulta sumamente cautivante y enriquecedor. Y más si consideramos la decadencia y el sin sentido que se vive en esta etapa del siglo XXI.

 

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Ve y dilo en la montaña, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

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Miguel Angel Sánchez Armas habla de la obra de James Baldwin

 

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

James Arthur Baldwin nació en el barrio negro neoyorquino de Harlem en 1924, en plena depresión. Hijo de un predicador fanático y autoritario y de una mujer cuya principal actividad fue echar hijos al mundo, se convirtió en la voz literaria de los negros estadounidenses principalmente durante las luchas civiles de la década de los sesenta. 

Su amor por los libros era tan grande como el odio a su padre. En Apuntes de un hijo de la tierra, uno de sus más conocidos ensayos, nos presenta una brutal introducción a su vida:

“El 29 de julio de 1943 mi padre murió. El mismo día, unas horas después, nació el último de sus hijos. 

“Durante el mes anterior, mientras esperábamos el desenlace de estos acontecimientos, había tenido lugar en Detroit una de las más sangrientas revueltas raciales del siglo. Unas cuantas horas después de la ceremonia fúnebre de mi padre, cuando su cuerpo aguardaba en la capilla, un motín racial se desató en Harlem […] 

“El día del funeral de mi padre cumplí 19 años. Lo llevamos al cementerio entre gritos de injusticia, anarquía, descontento y odio. Me parecía que Dios mismo había orquestado, para conmemorar el fin de la vida de mi padre, la más brutal y ensordecedora tremolina. Y me parecía también que la violencia que nos rodeaba mientras mi padre se iba de este mundo había sido concebida como un correctivo para la arrogancia de su hijo mayor […] 

“Había decidido rebelarme en su contra por las condiciones de su vida y por las condiciones de nuestra vida, pero cuando llegó su fin comencé a interrogarme sobre esa vida y también, de una manera no antes conocida, tuve recelos acerca de la mía”.

Para leer más del autor: Al cielo por el arte: la obra pictórica de Rosalío González, la columna de Miguel Sánchez Armas

Resulta por lo menos asombroso, después de esta descarnada confesión, saber que Baldwin siguió los pasos del muerto y que adolescente aún fue consagrado como ministro y predicador en la iglesia Fireside, de Harlem, barrio que habría de convertirse en el centro literario e intelectual de la comunidad negra y escenario de violentas manifestaciones durante el movimiento pro-derechos civiles del siglo pasado. 

Quizá una explicación sea que aquél era en realidad su padrastro, pues James fue hijo ilegítimo. Otra, que las misteriosas tensiones en la relación padre-hijo se manifiestan en conductas de complejidad insondable. Sea como fuere, en el púlpito, Baldwin se tropezó con la que sería su verdadera vocación, la literatura, aunque ese encuentro no sería evidente de inmediato y pasaría a formar parte del arcano bagaje con el que se ensambla el espíritu de los seres humanos.

En uno de sus numerosos ensayos, casi todos salpicados con pasajes de su biografía, asentó que sus tres años en el púlpito lo convirtieron en escritor porque vivió expuesto a la gran desesperación y simultánea gran belleza de la grey a su cargo. 

Creo que a Baldwin le sucedió lo que al novelista indio R. K. Narayan, quien se apartaba de su ventana pues desde ella eran visibles millones de historias que no podía llevar a sus libros. Y viéndolo bien, ¿no es lo que pasa a los periodistas, escritores y otros creadores que andan por la vida con los ojos abiertos? En rigor, no hay que ir muy lejos para obtener material.

Baldwin dejó los hábitos y transitó por una serie de empleos manuales antes de establecerse en el barrio bohemio neoyorquino de Greenwich Village y comenzar su vida de escritor. Ahí sobrevivió publicando reseñas de libros en The New York Times e hizo amistad con el autor Richard Wright, quien lo ayudó a conseguir una beca en 1948 para viajar a Francia y a Suiza.

No te pierdas: Las claves secretas del arte, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

 

Una vez más vemos cómo, de manera que me resisto a creer sea accidental, una carrera literaria se entrelaza con el periodismo. Durante su estancia en el Village (crisol de espíritus de todas las nacionalidades y razas) Baldwin, no siendo precisamente un reportero, sí fue un periodista especializado que se ganaba la vida escribiendo para los diarios reseñas de los libros que devoraba día y noche.

En 1953 publicó su primera novela, Ve y dilo en la montaña, obra en la que resalta el fuerte acento adquirido en sus años de predicador y que de acuerdo a los críticos, le consagró como el más sobresaliente comentarista negro de la condición de los de su raza en Estados Unidos. 

La siguiente, El cuarto de Giovanni (1956), es una historia de amor homosexual; Apuntes de un hijo de la tierra (1955) y Nadie sabe mi nombre (1961) son libros de ensayos y memorias de su juventud. 

Baldwin es autor además de Otro país (1962), La próxima vez el fuego (1963), Blues para Mister Charlie (1964), Dime cuánto hace que se fue el tren (1968), Sin nombre en la calle (1972) y los ensayos agrupados en El costo de la entrada (1985), entre otros títulos.

El abordaje de temas a partir de su preferencia homosexual hizo a Baldwin blanco de acerbas críticas desde los mismos círculos que se beneficiaron con su aporte intelectual y militancia por los derechos de la minoría de color. Eldrige Cleaver, uno de más notorios “Panteras Negras”, lo acusó de exhibir en su obra un “doloroso y total odio hacia los negros”.

“Supongo”, diría a su vez el autor, “que todo escritor siente que el mundo en el que nació es una conspiración contra el cultivo de su talento”.

 

Baldwin nació en agosto de 1924. Y en otro agosto, pero de 1963, tuvo lugar aquella jornada histórica en que millones de yanquis escucharon en Washington a Martin Luther King pronunciar la oración que bajo el título “Tengo un sueño” (I have a dream) habría de convertirse en el programa de la lucha contra la discriminación racial en Estados Unidos y el resto del mundo.

Dos existencias destinadas a cruzarse. Mi lado racional puede descartarlo, pero el mágico me dice que en lo humano no hay nada accidental, y como Edmundo Valadés, sostengo que hay vidas y obras que están destinadas a complementarse. 

Sea como fuere, hay entre Baldwin y King coincidencias por lo menos notables, cuando no estremecedoras. Negros, hijos de predicadores y ellos mismos ministros de culto, hombres de gran potencia intelectual, inconformes, creativos y atormentados por la obsesión de un cambio posible y de una vida mejor.

“Tengo el sueño”, exclamó King ante miles de ciudadanos reunidos en Washington el 22 de agosto de 1963, “de que mis cuatro pequeños hijos un día habitarán un país en el que no se les juzgue por el color de su piel, sino por la entereza de su carácter”. 

Baldwin, por su parte, escribiría en un recuerdo sobre su niñez en Harlem: “Sabía que era negro, desde luego, pero también sabía que era inteligente. Ignoraba cómo utilizaría mi inteligencia, incluso si pudiera aplicarla, pero eso era lo único que poseía”. 

Baldwin estuvo entre los oyentes de King aquella jornada, pues desde principios de los sesenta había regresado de su autoexilio para incorporarse a la lucha al lado de Martin Luther. 

Otra faceta de este creador: su compromiso con la democracia y contra la opresión. Producto de muchas minorías (negro, pobre, homosexual, periodista y escritor) en un momento de su exilio decidió que además de su participación intelectual debía ensuciarse las manos como militante. Así, retornó a Estados Unidos y viajó extensamente por las regiones de mayor discriminación racial. Producto de ese tiempo fueron los libros Apuntes de un hijo de la tierra y La próxima vez el fuego

Aparentemente esa época de su vida también fue amarga y llegó a la conclusión de que las cosas cambiarían sólo por la vía de la violencia. Después del asesinato de sus amigos Martin Luther King y Malcolm X, regresó al extranjero en donde no sólo pudo cultivar una mejor perspectiva de su existencia, sino que encontró una solitaria libertad para su oficio de escritor. “Una vez inmerso en otra civilización”, escribió, “te obligas a examinar la propia.”

Lee más: Cervantes y Freud en el diván de un mexicano

En la nación vecina aún hoy se viven las consecuencias de la integración forzosa de razas vía el tráfico de esclavos. Desde mediados del siglo XV y hasta 1870, entre 11 y 13 millones de africanos fueron exportados hacia América y alrededor de 10 millones fueron esclavizados en los países de destino (ya que entre el 15% y el 20% murió durante las travesías), principalmente en el que hoy conocemos como Estados Unidos, pues en la Nueva España hubo, por decirlo de una manera brutal, materia prima vernácula (Bartolomé de las Casas denunció la existencia de unos tres millones de esclavos indígenas).

James Baldwin fue producto de ese encuentro forzado y doloroso, como lo fue King, como lo fueron y son millones de negros estadounidenses. Vivió además el peso de su pertenencia simultánea a un abanico de minorías en un contexto social, recordemos, que en comparación con el tiempo actual era brutalmente asfixiante… aniquilante.

Al terminar de redactar estas líneas, por una extraña asociación de ideas recuerdo la novela de Harper Lee, Para matar un ruiseñor, y me pregunto si, guardadas las distancias y circunstancias, James Baldwin podría ser considerado el Atticus Finch de los derechos civiles

4 de septiembre de 2022

 

@juegodeojos  facebook.com/JuegoDeOjos sanchezdearmas.mx

 

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Del feminismo sexista sobre el tema de la sexualidad, la perspectiva de María Teresa Döring

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Una de las cuestionables contradicciones en que incurren persistentemente algunas de las feministas de hoy, es la relativa a diluirse en la visión que cuestionan

 

Por Alberto Farfán

Una de las cuestionables contradicciones en que incurren persistentemente algunas de las feministas de hoy, es la relativa a diluirse en la visión que cuestionan. Es decir, ésta las permea hasta reducirlas al sexismo radical. Y no sólo eso, sino que además las conduce a la exposición de argumentos ajenos a una mínima de objetividad.

La psicóloga y doctora en sociología María Teresa Döring realizó una serie de entrevistas con respecto a la expresión sexual de nuestra sociedad, 26 preguntas que se aplican tanto a hombres y mujeres especialistas en la conducta humana como a no especialistas, que se recopilan en el volumen El mexicano ante la sexualidad, libro que ha sido importante al respecto que ya presenta varias ediciones desde que se publicó.

Para leer más del autor: Salma al Shehab encarcelada en Arabia Saudita por promover derechos humanos en Twitter

 

Desde un inicio, Döring establece que el sexo “está dado por la biología”, en tanto que el género “por las estructuras, valores y normas sociales”. De este modo, el género se constituye en la “introyección de roles, posibilidades y prohibiciones, propiedad e impropiedades asignadas a cada uno de los sexos”.

Llama la atención, por otro lado, que Döring intercale en cada una de las respuestas registradas un comentario posterior. Ya que impide que el entrevistado tenga la posibilidad de puntualizar. Por ejemplo, de cara a las siguientes declaraciones a todas luces de carácter machista e inaceptables, en efecto, nuestra autora inmediatamente intervendrá de forma implacable y pueril, cuando por la obviedad del caso no se requería hacer patente dicha orientación sexista. Esto es, frente al tema de la violación el sacerdote católico expresará: “es el hacer uso indebido” de una persona. Y Döring apuntará: “¿Es posible ‘hacer uso debido’ de una persona?”

Por su parte, el psicoanalista y psicoterapeuta familiar varón expondrá que en primer lugar hay que considerar y tratar al violador, puesto que sufre de “perturbaciones graves”; y posteriormente a la mujer ultrajada, pues “muchas veces esas mujeres violadas en alguna forma están promoviendo o dando la posibilidad de ser violadas.”

Lee más: Aristas históricas en torno a la sexualidad

Esto último coincide con lo asentado por el homosexual varón, quien lo sintetiza de manera peculiar, afirmando: “Confucio dice: ‘Disfrútalo y no digas nada’. Es lo que recomienda a la mujer violada y con razón”. Ante lo cual Döring arremeterá con: “¡!¡!¡!¿?¿?¿?*&#%” (sic), cuando ella misma había dicho con respecto a ciertas expresiones verbales (tomar, chingar y otras más contundentes o soeces), que “el lenguaje utilizado refleja una forma de pensar y sentir y, por tanto, de actuar”. (¿Se deduciría entonces que la doctora hubiera golpeado al interfecto sólo por no convenir con ella?).

Pero cuando Döring interviene en las respuestas de las mujeres entrevistadas ocurre algo curioso. Ya no se mostrará inquisitiva, sino complaciente. Pues dice sobre el tema de la manifestación de la sexualidad: “Juzgamos que la búsqueda es válida, aunque no se sepa hacia dónde se llegue, si uno sabe de dónde quiere salir”, cuando la feminista militante asegura que en su medio hay “una especie de gran transición hacia quién sabe qué, pero permeada de una gran confusión respecto de quiénes somos”. (Hay una transición confusa de individuos confusos, pero no importa mientras seas mujer y feminista; sería mi interpretación).

Entre otros puntos más que son adversos a El mexicano ante la sexualidad, se podría concluir que, sin duda, en este libro se confirma la tesis del género, aunque de forma indirecta e involuntaria. Pues si por un lado los entrevistados varones se auto evidencian machistas, en razón de su condicionamiento social; por el otro, la autora hace lo propio en su actitud intransigente para con ellos y con respecto al trato favorecedor otorgado a sus congéneres, lo cual se llama, aseverado por ella misma, sexismo; es decir, la discriminación del otro en función de los órganos genitales correspondientes.

 

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