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Con voz propia

El acuerdo intrapalestino y el gobierno de Israel

El presidente de Israel Benjamin Netanyahu decide dar portazo a las negociaciones de paz con Palestina al hablar dos idiomas opuestos sin reconciliación

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El presidente Benjamin Netanhayu. Foto: Bloomberg

El presidente Benjamin Netanhayu. Foto: Bloomberg

Antonio Hermosa Andújar*

Tras escuchar durante años por parte de portavoces del gobierno de B. Netanyahu que era imposible negociar con un interlocutor que hablaba en dos idiomas opuestos, ahora que los antiguos enemigos deciden reconciliarse va el primer ministro israelí y lo primero que se le ocurre es dar un portazo a las negociaciones de paz y suspenderlas hasta que el Vaticano gane un mundial. ¡Para lo que habían servido en estos ocho meses, dirá alguien, bien se podrían interrumpir! Pero no, no ha sido ésa la razón esgrimida, sino la de que la reconciliación palestina ha producido un brutal ataque de celos en el gobierno israelí, que se ha sentido compuesta y sin novio: ¡la ha preferido a ella en vez de a mí!, ha sido la airada reacción de la doncella; y sabiendo, además, que “con Hamás no se puede hablar de paz”, como ha dicho Tzipi Livni, ministra de asuntos exteriores. En fin, inaudito e intolerable, oiga.

Parece, pues, que nos quedamos sin redondear la “oportunidad” aludida por Livni de dar a la paz una oportunidad, aunque, bien mirado, igual sin reconciliación tampoco habría habido redondeo, dado que el plazo para negociar expiraba dos días después del abrazo palestino y sin muchos grandes éxitos que contar a los nietos, por cuanto el Gobierno israelí no había procedido a liberar a todos los prisioneros palestinos a que se había comprometido y, por si fuera poco, seguía concediendo su venia a colonos deseosos de tener su chalecito en tierras palestinas. Por lo visto, en fin, tampoco con Abbas cabe “hablar de paz”.

Y por cierto: ya que con Hamás no se puede hablar de paz, ¿de qué ha hablado el primer ministro con ellos durante los cinco años en el cargo cada vez que su gente se reunía con tales innombrables? Porque, eso sí, la impresión de tomarse en serio la cosa, la daba; y los acuerdos sellados tras las conversaciones y ejecutados después la refuerzan. Y si de ahí pasamos a evaluar las rentas obtenidas por las facciones palestinas en sus negociaciones con Netanyahu, entonces ni hablemos: ¿pasa por alto el primer ministro contar a cuántos milicianos de Hamás, y cómo, ha liberado, frente a las pocas decenas que le ha conseguido sacar, y cómo, la Autoridad Palestina? Sólo por curiosidad: ¿con quiénes hablarían los emisarios del gobierno israelí en las negociaciones que pusieron fin al secuestro del soldado Gilad Shalit en 2011 y broche de paz a la Operación Pilar Defensivo, durante el gobierno del liberal Morsi en Egipto, en 2012? ¿Con Alá directamente? No consta. ¿Y entonces? ¡Ah, quizá es que sí quepa hablar de paz con quienes no cabe hablar de paz en ciertas ocasiones, aunque no en otras; o bien de ciertas paces sí y de ciertas paces no!

Y bien, vale, ha habido un acuerdo de reconciliación palestina: ¿es como para lanzar aullidos de desaire por parte israelí o como para tirar cohetes de alegría por parte del rival? En estos siete años de, por lo general, sorda guerra civil entre las facciones palestinas ya hubo intentos de recomponer la unidad: en El Cairo (2011); en Doha (febrero de 2012) y de nuevo en la capital egipcia (mayo de 2012), todos ellos con los resultados esperados, lógicamente. Ahora, en cambio, sí se ha conseguido, y en sólo dos días: el estupor, naturalmente, sería mayor si al igual que los reiterados fracasos denotan la profundidad de la división, la reiteración de intentos no denotara la profundidad de la intención de superarla. El logro del acuerdo siempre tendrá que ver con dicha intención, pero lo vertiginoso del mismo se debe muy probablemente a otros factores, regidos por la indeterminación –formación inmediata de un gobierno quizá de técnicos, que debe llevar a la convocatoria de elecciones en un mes y remisión de los asuntos espinosos a una comisión que los debatirá- y la necesidad: por parte de Abbas, la de terminar las negociaciones con algo más que las sólitas manos vacías con las que suele presentarse ante su gente; por parte de Hamás, la de superar el creciente desprestigio que lo aísla de sus antiguos seguidores y el aún mayor aislamiento al que lo ha confinado el nuevo rumbo político de Egipto, y que una vez más ha vuelto a transformar la geografía en destino.

Pero los problemas perviven, a empezar incluso por el de las prácticas políticas de una facción y otra: los presupuestos de la Autoridad Palestina, por ejemplo, son claros y conocidos; los de Hamás, en cambio, aparecen envueltos en el misterio con el que recubre la pulsión de su odio manifiesto a Israel, una patología malsana a la que cada vez cuesta más trabajo sobrellevar su idilio con el tiempo. Es sólo un caso. Pero hay más. Y si, además de malsana, dicha patología fuera también incurable; si en el nuevo contexto la eterna afirmación dogmática por parte de la banda de Hamás de que nunca reconocerá a Israel permanece en vigor, de poco servirá la probada voluntad de unión para preservar la recién fundada unidad: como mucho, para alegrar el día al conjunto del gobierno israelí, además de para regalar vanas esperanzas a quienes la desean. La unión hará la fuerza de las partes si ambas cambian con ella: en aras de mantenerla. Y, desde luego, la que más ha de cambiar es la actualmente dominante en Gaza.

En realidad, y si bien todo está por decidir, incluida la suerte de la reconciliación, algo ha cambiado ya si Mahmud Abbas no miente o se ha desembarazado por completo de la obcecación de sus antiguos tiempos pre-seniles. Porque éste, el mismo que ahora afirma con una claridad desconocida en la dirigencia palestina su execración de la Shoah, que antaño negara, ha declarado igualmente que él presidirá el nuevo gobierno y mantendrá los viejos compromisos: reconocimiento del Estado de Israel, repudio de la violencia y respeto a los acuerdos de paz. Si ello es así, la Hamás de ahora, tras la formación del gobierno anunciado, ya no será la Hamás del pasado; si traicionara un compromiso voluntaria y públicamente contraído con la comunidad internacional se habría hecho el harakiri de manera definitiva; y si respeta la palabra de Abbas, se lo habrá hecho ya. Bien mirado, incluso cabría pensar que tal sea el objetivo de Hamás a corto y medio plazo a fin de –renovada– sobrevivir, si no fuera porque ello implicaría el sacrificio de su éticamente oxidada y reprobable élite dirigente, la cual probablemente no esté por la labor. Con todo, zorros políticos viejos como son sus miembros, es probable que si el invento funcionase, y sin recurrir a la lógica democrática, postulen un cambio radical nada gattopardesco a fin de mantener posición y privilegios durante la transición.

Hamás, por tanto, se encuentra en un estadio decisivo en su devenir: con su propia existencia mucho más en peligro que la de su muy odiado enemigo externo; su posición disminuida ante su odiado enemigo interno, su prestigio decaído ante sus propios fieles y su influencia debilitada cuanto su prestigio. Podría tranquilamente desaparecer, o bien metamorfosearse en algo bastante distinto de lo que es si desea pervivir; en este punto resulta incomprensible que el gobierno israelí no eche una mano favoreciendo las negociaciones de paz al objeto de hacer de la necesidad virtud. Mas a pesar de la gran defección israelí, las próximas elecciones a celebrar en ambos territorios, fruto directo del acuerdo de reconciliación, medirán el statu quo de ambas fuerzas políticas y nos dirán cuáles deban ser sus próximos objetivos, así como el papel de la paz en su seno.

Así las cosas, esto es, con el proyecto de reconciliación claramente establecido –y, al tiempo, con las dificultades implicadas en su preservación y las oportunidades abiertas con su establecimiento–, el gobierno israelí, ahora que por fin el enemigo puede hablar con una sola voz, como él mismo tanto y tan legítimamente exigiera, sale huyendo en estampida de las negociaciones. ¿Ha sido a pesar del acuerdo o justo por su causa? De otra manera: ¿quiere el gobierno de Benjamin Netanyahu la paz? La respuesta, a mi juicio, es sí y no. Y más no que sí. Y la fuente de semejante ambivalencia, y de su ambigüedad consiguiente, hay que buscarla en la sociedad israelí.

Una de las paradojas más asombrosas de Israel promana de la fortaleza democrática de sus instituciones (a pesar de las reacciones pro-tradicionales a cada paso del movimiento modernizador), adquirida en cambio en una sociedad extraordinariamente escindida por mor de su heterogeneidad. Y los clivajes de la sociedad se trasladan directamente a la política, donde repercuten dejando en ella su poso de incertidumbre y de fragilidad gubernamental, dada la estricta proporcionalidad que rige la ley electoral. El sistema político produce estabilidad gubernamental, pero ésta se resiente más de lo debido de las escisiones señaladas, a las que no consigue dar solución.

El actual gobierno de Benjamin Netanyahu somatiza a la perfección tales consecuencias sociales, de las que apenas es algo más que su altavoz político. Eso significa de hecho que, en relación con la paz, la cuestión no es si el gobierno la quiere, sino, peor aún, si la puede querer. Así, la gran coalición gubernamental habría podido explotar por cada uno de sus polos sin la coartada de la reconciliación; la extrema derecha se mostraba dispuesta a actuar su amenaza de abandonar el gobierno –es decir: de hacerlo caer– si éste liberaba nuevos prisioneros o detenía el proceso de colonización, en tanto la izquierda del Likud habría actuado igual si el gobierno hubiera renunciado a proseguir con las negociaciones. En ambos casos, aunque por razones opuestas, se habría llegado al mismo resultado.

Constatado esto, la excusa del gobierno israelí suena a cinismo y a hipocresía, pero aún más a impotencia; los palestinos tendrán así todo el derecho a plantearse si les valdría la pena negociar con un interlocutor que habla a la vez en dos idiomas opuestos, en tanto la comunidad internacional contará el tiempo para ver cuándo un problema que debió resolverse en una negociación se envenena e intenta saldarse mediante la violencia.

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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