Enrique Dominguez Gutierrez Miércoles, 12 de Febrero del 2020, 17:46
Enrique Domínguez Gutiérrez
Ni la letrina más asquerosa que hayamos visto en nuestra vida merece la deposición de un individuo que asesina a sangre fría y comete un acto tan repulsivo como asesinar a su mujer a puñaladas y desollarla. Una realidad en el que una vez más otra joven mujer es víctima por parte de su pareja, un energúmeno, loco, sádico y desquiciado personaje.
El 8 de febrero, Ingrid Escamilla, de 25 años, fue privada de su vida por su propio esposo de la manera más artera y vil que se tenga memoria en los últimos años. Apuñalada, desollada, desmembrada. Una gran consternación e indignación en muchos ámbitos de la sociedad mexicana se manifiestan y piden castigo a Eric Francisco Robledo Rosas, aunque, sea cual fuere la justicia aplicada, nada reparará el daño acontecido tanto para la víctima como para sus familiares.
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El problema es muy serio y merece gran notoriedad por tratarse nuevamente de un acto misógino, pues un crimen así no tiene por qué volver a ocurrir. No se trata solo de Ingrid, hay cientos de mujeres que son asesinadas años tras año por el hecho de ser mujeres. Algo que nos debe llevar a plantearnos el papel que tenemos en esta sociedad.
Es de ofrecer una disculpa post mortem a las víctimas por parte de una sociedad que no ha sido capaz de frenar esta situación tan dolorosa que deja a las mujeres viviendo en un mundo de terror e incertidumbre, al tener que cuidarse en todo momento de la violencia, atacantes, violadores y en el peor de los casos; carniceros deshumanizados.
Desollar, desmembrar, descuartizar, arrojar las vísceras por el drenaje y odiar de esa manera no es concebible y resulta increíble en un mundo aparentemente civilizado donde el infierno está más cerca de lo que imaginamos o simplemente estamos inmersos ya en él.
Existe aún el prejuicio y el machismo latente que se mantiene en la sangre como un modo de atentar contra la integridad de una mujer y descargar la ira irracional de psicópatas que no se detienen ante nada. El odio es parte de ellos y establecen como premisa su propio egoísmo para sentirse superiores y enarbolar carencias propias de una mentalidad retrógrada que son desquitadas por decenas de formas en perjuicio de la mujer.
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De acuerdo a los datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública en 2015 se registraron 411 feminicidios, en 2016, 600; en 2017, 736; en 2018, 861 y en 2019, 940, es decir, de 4 años a la fecha el aumento fue del 128 por ciento.
Rabia, encabronamiento e incluso impotencia es un claro ejemplo de justos reclamos para que se tomen acciones inmediatas dejando a un lado la tibieza de las autoridades. Como reacción, la digna manifestación de mujeres tiene que ser mediática.
Es urgente enfocar los reflectores y emprender de inmediato leyes que promuevan la denuncia rápida sin burocratismos ni trabas para la atención efectiva a mujeres que sufren de cualquier tipo de maltrato.
Denunciar y señalar al agresor no es una tarea fácil, sobre todo, si se trata de efectuar dicho trámite en alguna agencia del ministerio público o en una alcaldía. Es necesario que se presenten pruebas físicas de maltrato, en la mayoría de los casos no existe la atención psicológica a la mano y las penurias de una mujer al hacer señalamientos. No es precisamente algo que se caracterice por ser algo sencillo pues la vulnerabilidad, el agobio psicológico y el abatimiento generan la indefensión al aportar datos y sacar a la luz una serie de vejaciones que en ocasiones resultan indignas para la denunciante, ya sea por pena o por temor a actos pendencieros del agresor.
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No dejemos que un acto deshumanizado se normalice en nuestras vidas. El juicio ligero a las mujeres que protestan es una mera reacción de insensibilidad. Pero el silencio profundo ante el fenómeno de los feminicidios, es algo que no podemos perdonarnos como sociedad.
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