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Egipto: ¿Golpe de Estado contra Guerra civil?

Egipto enfrenta el dilema poniendo de relieve la condición necesaria de modernizar sus instituciones religiosas para conseguir la paz pública

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Violencia en Egipto. Foto: AP

Violencia en Egipto. Foto: AP

Antonio Hermosa Andújar*

Cuando hace aproximadamente un año se constituyó el primer gobierno salido de las urnas, la Revolución iniciada a finales de enero de 2011, a la que sólo más tarde se sumaría el movimiento triunfador en las elecciones, parecía embocar al fin la senda institucional, y el país se prometía un destino más feliz. Nada más ilusorio, porque las fuerzas de oposición al régimen tiránico de Mubarak, una vez privado de su cabeza revelaron al verse juntas en la escena pública que en su posibilidad de cooperar era más lo que les separaba que lo que les unía; nada más ilusorio porque, a fin de cuentas, el monstruo al que se pretendía dar forma era el de la compatibilidad de dos seres antagónicos por naturaleza: el islam y la democracia. Una ilusión que, una vez más, en estos días se hace cobrar su sueño en sangre.

Desde que asumió el poder, el gobierno Morsi ha tenido tiempo sobrado de aprender cuán diferente es protestar desde la oposición que gobernar, y de no ser porque a lo largo del año Estados Unidos, al igual que Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Qatar, han continuando financiando a Egipto, dicho gobierno probablemente no habría esperado tanto para llegar al paraíso, y sin pasar siquiera por las tribulaciones terrícolas a que se ha visto sometido, pues habría ahorrado al Ejército la molestia de deponerlo. Instalado en el trono, Morsi y su equipo se volcaron a poner en práctica el islamismo político, para lo que contaron con la inestimable ayuda de sus hermanos enemigos, los salafistas, con quienes comparten fines aunque no siempre los medios: a éstos no importa añadir a su acción esa ración de jesuitismo histórico que aceleraría mediante la violencia el advenimiento del Corán como constitución terráquea islámica, medida que se completaría con la enseñanza de dicha joya del racionalismo universal a los niños de las madrasas, a fin de que lleguen cabalmente descerebrados a mayores. Sus Hermanos Musulmanes de sangre comparten, insisto, el mismo afán vampirizador de la razón, aunque renunciaron a la violencia en los años 80 del pasado siglo y gustan empezar la sagrada tarea por arriba, desde el gobierno, un par de peldaños más cerca de Alá.

En ello andaban, con Morsi acumulando poderes a la Mubarak, con la Sharía haciendo ya de las suyas en cuanto fuente del derecho, cuando se recrudecieron los antagonismos con la oposición, que juzgaba, y con toda justicia, traicionado su ideal democrático con tales medidas. Manifestaciones gigantescas, de entre doce y veinte millones de personas –según quién cuente, claro-, por numerosas ciudades egipcias exigiendo la dimisión de Morsi marcaron el punto álgido del enfrentamiento. A partir de ahí no había vuelta atrás y sólo la violencia marcaría la relación entre las partes.

En este punto no era tan difícil percibir al ejército, que había hecho profesión de fe constitucional, como un deus ex machina político, un poder super partes en grado de poner orden entre los bandos y calma en la inquietud de la sociedad. Y lo era aún menos que se auto-percibiese él, dada la fulgurante inestabilidad política ante la rebelión popular, que le brindaba la coartada soñada; la ruina de la economía, que llevaba a tirios y troyanos a la calle clamando contra la situación y su supuesto culpable, el gobierno; la ola de inseguridad y violencia social, contra las mujeres sobre todo, y, naturalmente, su propia tradición de Estado dentro del Estado, siempre a la sombra del tirano de turno (por no decirlo al revés), y que en relación con las normas le lleva a imponerlas más que a cumplirlas.

Con todo, ese conjunto de factores estimulantes del golpe no son a mi juicio sino meras justificaciones post factum, pero no causas del mismo. Lo más probable es que ni Estados Unidos, ni la cosa Occidente, ni las mismas potencias árabes que financian Egipto, salvo Qatar, aprobaran la advertencia con perfume de amenaza un día proferida por Morsi al principio de su mandato, a saber, que los días de la política exterior egipcia como títere de la occidental habían terminado; que Egipto miraría por sus intereses y no por los de sus amos, enviando la primera señal de su autonomía al replantear sus relaciones con Irán. Un Egipto en pleno uso de su soberanía difícilmente resulta tolerable para quienes financian su existencia, es decir, compran su voluntad. La reacción británica tras el golpe, la más cínica de todas en sus ecos hobbesianos, lo deja clarito por boca del jefe de su diplomacia, William Hague: “No apoyamos las intervenciones militares en un sistema democrático, pero trabajaremos con las actuales autoridades en Egipto”: ¡carta blanca al golpe, pues! Apenas una semana después y ya el Ejército ha dado muerte a docenas de militantes de Hamás en el Sinaí, detenido a centenares de ellos, y vuelto a la particular guerra fría diplomática con Irán, al acusarle de inmiscuirse en los asuntos internos egipcios por criticar la destitución del Presidente.

Riesgo de guerra civil. Foto: AP/Manu Brabho

Riesgo de guerra civil. Foto: AP/Manu Brabho

Las reacciones internas al golpe dan de nuevo cuenta de la división de la sociedad; los partidarios del depuesto Morsi parecía que no lo esperasen, y muy posiblemente dicha apariencia se funde en el pacto entablado entre los Hermanos Musulmanes y el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas al inicio de la transición, en virtud del cual aquéllos asegurarían al Ejército una salida digna del poder y garantizarían su autonomía con una fuerte financiación –o sea: dejar las cosas como desde Nasser han sido-, y a cambio éste prepararía el advenimiento de aquéllos al poder apartando todos los obstáculos que los no islamistas interpusieran al mismo: desde los jóvenes partidarios de la revolución hasta los cristianos, pasando por las mujeres, los partidos y movimientos de la oposición entre otros. Ese fue el pacto antidemocrático hoy quebrado por una de las partes, por lo que la engañada quizá debería tener en cuenta ese fraude oculto que hizo a la sociedad antes de dar pábulo al histrionismo en su desesperación por el asalto armado a la democracia. Por supuesto, tiene razón al tildarlo de golpe de Estado, pero quizá debería quejarse a Alá de que no le hubiera advertido de su bisoñez al creer que se puede sujetar al diablo mediante el lazo de una simple promesa: o Alá o sus reclutas deberían leer, también aquí, a Hobbes, aparte de comunicarse más entre sí.

En cambio, la parte marginada en el conciliábulo, a la que se sumaron en principio islamistas de diverso pelaje, como los propios salafistas, y que retiraron su apoyo al golpe luego de la matanza perpetrada por el Ejército contra los Hermanos, ni siquiera lo considera una acción antidemocrática, sino todo lo contrario: el cumplimiento de la ley de la necesidad invocada por la democracia en aras de su auto-protección frente al autoritarismo político y totalitarismo religioso islamista. Por ello, ni hablan de golpe: la intervención del Ejército, dijo Mohamed El-Baradei, aunque se trate de una “medida dolorosa” resulta necesaria al objeto de “evitar una guerra civil”.

Aclamar un golpe de Estado para evitar una guerra civil da idea de la absoluta división de la sociedad, incapaz de encontrar un punto medio sobre el que buscar acuerdos. Pero ello, por otro lado, significa asimismo legitimar al Ejército como salvador de la democracia y perder la propia autonomía al colocarse en la arena política bajo su manto protector. De rebote, aquél pierde de golpe su potencial condición de poder super partes, algo que sólo en el cinismo de sus dirigentes o en el candor de partidarios y detractores pudo llegar a existir.

Naturalmente, una vez dado el golpe y depuesto el gobierno legítimo –cada vez más autoritario, insisto, al erradicar los derechos humanos de la política y sustituirlos por el autoritarismo y el totalitarismo, lo que le enajenaba un amplísimo sector de la sociedad-, ¿quién podía imaginar que en semejante contexto los islamistas se dedicasen a rezar o a algo parecido? Los enfrentamientos de egipcios de ambos bandos entre sí con piedras o armas blancas, el posterior asesinato por el Ejército de militantes islamistas desalmados (y la ampliación del crimen cometida con las explicaciones del mismo), más la resuelta determinación de las partes a no ceder en sus objetivos anuncian que el golpe de Estado no ha hecho sino acelerar los enfrentamientos civiles, es decir, agitar más cerca de la sociedad el espantajo de la guerra civil. Y el proceso no lo detendrá la fijación de fechas para las nuevas elecciones, porque los islamistas no consideran legítima dicha opción ni, aunque lo hicieran, nada les garantiza que un nuevo triunfo suyo no terminase como el anterior.

Por otro lado, nada garantiza a los demócratas y a los religiosos moderados, que suelen coincidir entre sí, que una vez en el poder, o fuera de él, los islamistas no contagien con su rabia religiosa todo lo que muerden, ya que ése es su proyecto de sociedad. Por ello no cabe prever una solución al conflicto -finalmente revelado en toda su desnudez con la desaparición del tirano- hasta que una de las partes domine sin contestación a la otra o acepten unas reglas de juego para ambos; y nunca habrá reglas de juego comúnmente aceptadas si el islamismo no cambia naturaleza y práctica, por cuanto se trata más de un factor de división que de integración de la sociedad.

No que sus practicantes vayan a volverse ateos, porque igual ni se reconocerían al mirarse al espejo, pero sí deben asumir que la modernización de sus instituciones y su conciencia es la condición sine qua non para la paz pública, y que ello pasa por una radical transformación del islam que lo relegue al ámbito privado, abandonando el sueño de un califa que monopolice ambos poderes, e incluso la idea, aberrante, de un poder político al que todo está permitido si dice actuar en el nombre de su divinidad. De lo contrario, aunque se disfracen de caperucitas y blanqueen inocentemente sus culitos con polvos de talco al acusar de antidemócratas a sus adversarios, la democracia nunca pasará de ser en el mejor de los casos una cenicienta ideológica en sus manos, y en el gran escenario de la sociedad la amenaza de los tambores de guerra civil nunca dejará de resonar.

 

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Marruecos: Pacto Mundial sobre Migración

Marruecos es la sede donde se reúnen más de 150 países para firmar el Pacto Mundial para una Migración segura, ordenada y regular, para dar salida a crisis humanitarias

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Raúl Ramírez Baena

Hace 70 años, el 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de la ONU aprobó en París la DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS, documento magno que dio origen al Derecho Internacional de los Derechos Humanos.

La Declaración se propone como ideal común de la humanidad, la consecución de la libertad, la justicia y la paz, el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana, e inscribe dos principios fundamentales: la UNIVERSALIDAD y la PROGRESIVIDAD de los derechos humanos.

En este marco, la ONU ha convocado en Marruecos a los países miembros a debatir el acuerdo global sobre migración, llamado “Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular” (cuyo acuerdo inicial, a excepción de los Estados Unidos de América, fue aceptado en julio para su discusión los días 10 y 11 de diciembre), teniendo como objetivo “ayudar a aprovechar los beneficios de la migración y proteger a los inmigrantes indocumentados.”

Como una manifestación de “aporofobia” (rechazo al pobre), países industrializados de Europa occidental y de Norteamérica no simpatizan con este Pacto Mundial, países de destino de la migración, que han girado sus políticas económicas hacia corrientes nacionalistas, conservadoras y proteccionistas de su planta laboral y mano de obra nativa, en contraste con la Globalización y el liberalismo del mercado, hoy en declive.

Son destacables las posiciones de Donald Trump, del Brexit en Inglaterra, de la Ley de Extranjería en España y de los duros controles migratorios en Sudamérica, en Alemania y en los países de Europa del Este, que bloquean y criminalizan la migración masiva de los países en crisis.

Recientemente, se calcula que 68 millones de personas desplazadas han salido de sus países, provenientes del Medio Oriente y de América Latina y el Caribe, huyendo de la pobreza y de los fenómenos naturales, pero más, de la guerra y de la violencia que los asola.

Este Pacto constituye el primer intento para gestionar los flujos migratorios de forma integral y a escala internacional; “refleja el entendimiento común de los Gobiernos de que la migración que cruza fronteras es, por definición, un fenómeno internacional y que para gestionar con efectividad esta realidad global es necesaria la cooperación para ampliar el impacto positivo para todos”, apuntó el Secretario General de la ONU, António Guterres.

Se busca cambiar las políticas de rechazo y criminalización de la migración hacia una visión más positiva y propositiva donde todos los países ganen, los de origen, los de tránsito y los de destino de la migración.

Hay algunas metas genéricas del Pacto como la cooperación para abordar las casusas que motivan la migración o mejorar las vías de migración legal. Pero también hay compromisos concretos, como medidas contra la trata y el tráfico de personas, evitar la separación de las familias, usar la detención de migrantes como última opción y reconocer el derecho de los migrantes irregulares a recibir salud y educación.

Los Estados se comprometen también a mejorar su cooperación a la hora de salvar vidas de migrantes, con misiones de búsqueda y rescate, garantizando que no se perseguirá legalmente a quien les dé apoyo de carácter exclusivamente humanitario.

Además, los Estados que suscriban el Pacto prometen garantizar un regreso seguro y digno a los inmigrantes deportados y no expulsar a quienes enfrenten un riesgo real y previsible de muerte, tortura u otros tratos inhumanos, como es el caso de los hondureños hoy refugiados en México en espera de la resolución de asilo en los Estados Unidos de América

Destaco dos cosas en lo que se refiere a México: primero, en razón de su campaña de reelección, la no adopción por Donald Trump de este mecanismo mundial, impidiendo entre otras cosas ayudar a resolver la crisis de los migrantes centroamericanos en la frontera con Tijuana (crisis que, por el contrario, ha exacerbado), éxodo cuya responsabilidad recae en las políticas económicas, sociales y de seguridad impuestas por los EUA en América Latina y el Caribe.

Por otro lado, la muy lamentable posición intolerante, xenófoba y racista (no les gusta que les digan así) que sin el menor recato y análisis de contexto ha asumido buena parte de la población tijuanense, que denota una deficiente cultura de los derechos humanos y una falta de sentimientos de empatía y solidaridad para con los migrantes hondureños, a quienes se ha rechazado, discriminándolos y estigmatizándolos negativamente.

Según Juan José Gómez Camacho, embajador de México en la ONU, “los migrantes hacen una contribución económica extraordinaria en los países donde están trabajando. Las remesas representan un 15% de los ingresos del migrante; el otro 85% se queda en el país de destino”. Además, existen hoy 250 millones de migrantes que representan un 3,4% de la población mundial, que contribuyen con un 9% del PIB mundial con casi 7 trillones de dólares al año.

Por lo pronto, el Canciller Marcelo Ebrard se encuentra ya en Marruecos asistiendo al Pacto Mundial sobre Migración. Doy por seguro que México suscribirá este importante acuerdo y que se traducirá en una política migratoria humanitaria, no criminalizante.

Fotografía:  El presidente del Gobierno de España Pedro Sánchez Castrejón, saliendo de la conferencia. (Tomada de su perfl de Twitter).

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Vivir sin miedo, la explotación sexual en el tránsito a Europa

La migración de africanos a Europa para salvar sus vidas de la violencia de dictaduras y miseria enfrenta la explotación y violencia sexual a niñas y mujeres

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Por J. Marcos y Ma. Ángeles Fernández
@desplazados_org

MADRID.- La nigeriana Juliet nunca llegó. Su camino fue siniestro y la meta, imposible. Murió en el mar, con su hija, huyendo de la organización que le obligaba a prostituirse. Su tránsito a Europa es otra historia más teñida por la explotación sexual. Partió de Nigeria, cruzó Benín y llegó a Bamako, la capital de Malí, donde la obligaron a vender su cuerpo. Sus planes hacia una vida mejor nunca imaginaron la esclavitud.

No hay imágenes de mujeres saltando las concertinas de Ceuta y Melilla, esas mallas de alambre que seis metros por encima culminan en afiladas cuchillas. No las hay porque, según confirman los registros, ellas no intentan saltar la valla. Apenas se conocen unas pocas excepciones. Pero la ausencia de espinas metálicas no evita que niñas y mujeres ingresen en Europa a través múltiples fronteras que también rasgan sus cuerpos y sus vidas.

Su entrada al territorio europeo se produce sobre todo a través de embarcaciones o a nado, con Almería, Motril, Cádiz, Ceuta y Melilla como los principales puntos de llegada en el caso del Estado español. Y ahí ya sí que existen fotografías, incluso de embarazadas y con bebés en sus brazos. Pero el mar es apenas el penúltimo obstáculo fronterizo en su camino.

“En Bamako es horroroso. Allí comienza lo que será tu vida en Europa. Te tienes que acostar con todos los hombres que quiera el connection man [también conocidos como captador, pasador o patrón] y no hay preservativos y hay muchas enfermedades”, cuenta Precious en la investigación Vivir sin miedo, publicada por CEAR-Euskadi.

Habla Precious, pero bien se podría hablar de las congoleñas Charlotte (“en la frontera es obligatorio acostarse con policías marroquíes y argelinos. Me han violado delante de la niña”), Hope, Dorcas y tantas otras mujeres que encuentran barreras, violencia y agresiones físicas y sexuales en un trayecto que nunca imaginan tan cruel.

Fronteras blindadas

El blindaje de las fronteras europeas se traduce en el surgimiento de vías alternativas, rendijas del sistema que se traducen en el incremento de las violencias para las migrantes. El tránsito de personas no merma mientras sí crecen los peligros e inseguridades. FRONTEX, la Agencia Europea para la Gestión de la Cooperación Operativa en las Fronteras Exteriores de los Estados miembro, lidera en el ámbito europeo las variadas estructuras para la vigilancia y el castigo, encargadas de la violencia en las líneas divisorias: patrulleras, estancias de detención en terceros países, devoluciones en caliente, Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE), acuerdos de readmisión, vuelos de deportación.

Solo en 2016 y solo por la llamada Frontera Sur, que apenas concentra el cuatro por ciento de las entradas irregulares en la UE, llegaron a España 14.128 personas. De ellas, cerca de 1.500 mujeres, 65 embarazadas. Y más de un millar de niñas y niños. Los datos de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDHA) se completan con 295 muertes, que se elevan a más de 5.000 ampliando el área a toda la frontera mediterránea del bloque comunitario, la ruta más mortal del mundo y eso que se desconocen las cifras que deja la travesía por el desierto norafricano.

“En el camino he trabajado de chacha, he cuidado cabras, he sido víctima de violaciones y como resultado de ellas he tenido un embarazo. Cuando di a luz no tenía ni dónde dormir. Soy una mujer llena de cicatrices, cicatrices de mis deportaciones al desierto, del camino, de todas las violaciones. He sufrido mucho y eso ha dejado señales en mi cuerpo y en mi alma”, cuenta Charlotte y recoge Vivir sin miedo.

El endurecimiento de las condiciones de entrada infringe un golpe extra a las niñas y las mujeres, tal y como atestigua la Comisión Española de Ayuda al Refugiado en el País Vasco (CEAR-Euskadi): “En estos contextos de militarización, el sistema de dominación patriarcal se refuerza, haciendo más profundas las desigualdades de género. Las mujeres y las niñas se ven expuestas a las relaciones de poder, dominación y abuso sexual por parte de personas en tránsito, por las fuerzas de seguridad y control fronterizo, y por las redes de trata de personas”. Las redes de tráfico y trata de seres humanos se convierten con frecuencia en su única llave de entrada a Europa, en el sacrificio necesario para escapar del sufrimiento en sus países de origen: el conflicto armado, el matrimonio forzado, la mutilación genital o el terrorismo son algunas de las razones que les obligan a migrar. Sin duda el género es un motivo de marcha.

Los embarazos y abortos forzados también funcionan como control de los cuerpos en ese purgatorio migratorio. “Muchas no conocen el significado del término ‘violación’ y tampoco tienen el mismo concepto del embarazo y del aborto que manejamos en Europa. Las redes no les facilitan anticonceptivos, sometiéndolas a prácticas sexuales de alto riesgo y obligándoles a interrumpir sus embarazos en condiciones de extrema insalubridad. Pero también les obligan a gestar cuando lo consideran conveniente para alcanzar Europa”, añaden desde Women’s Link Worldwide. Esta violencia reproductiva en ocasiones termina con la apropiación de su maternidad, con los bebés al servicio de sus fines, tal y como denuncian desde el colectivo Caminando Fronteras.

La trata, una parte del tránsito

“La posibilidad de emprender un proceso migratorio sin sufrir violencia sexual o acabar en manos de las redes de trata es casi inviable para quienes vienen de África subsahariana”, añaden desde CEAR-Euskadi. Nigeria es, por cierto, el país de origen que, según sus datos, presenta los peores registros: en 2016, más de 40 mujeres nigerianas han sido atendidas en el País Vasco por la organización de refugio con síntomas de haber sido víctima de trata con fines de explotación sexual.

De acuerdo con Women’s Link Worldwide, en la travesía aparecen figuras tan controvertidas como el ‘marido del camino’, una especie de ‘protector’ que ‘cobija’ a las mujeres a cambio de ejercer de esposas sexuales, pudiendo además estar vinculado con redes de trata.

Las evidencias recogidas confirman que gran parte de las que transitan por la Frontera Sur son víctimas de estos entramados, como sucede por ejemplo con quienes llegan al CETI de Ceuta, según recoge Amnistía Internacional. Porque las que consiguen llegar no escapan a la vulneración de sus cuerpos: la Oficina de Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito (UNODC, por sus siglas en inglés) estima que 140.000 niñas y mujeres sufren trata con fines de explotación sexual en Europa. Los guarismos en el Estado español tampoco son mejores: el año pasado se han detectado el 12.419 personas en riesgo de explotación sexual (la mayoría, entre el 80 y el 90 por ciento, de origen extranjero), a pesar de que únicamente se identificaron 591, según el Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO), Rumanía, Nigeria y China son los principales países de captación.

Un derecho de asilo condicionado

Todos estos hechos, que podrían dar pie a establecer un protocolo especial en la frontera, no brindan para las mujeres la opción preferencial de ser refugiadas ni de recibir protección, pues no son consideradas como un grupo de especial vulnerabilidad. Hasta 2016, apenas seis personas (cuatro mujeres y dos menores) recibieron protección internacional por esta haber sido víctima de trata en el Estado, si bien es cierto que en el último cuatrimestre del pasado ejercicio el Ministerio del Interior se la concedió a 19 africanas, cuentas que refleja CEAR-Euskadi en #Refugiadas. La trata con fines de explotación en el contexto de militarización y cierre de fronteras, asegurando sin embargo que “aún es pronto para ver si esta protección se afianza o se circunscribe a circunstancias especiales de carácter político”.

Por sí solos, ni el género ni la orientación sexual justifican para la legislación un motivo de marcha

La legislación española vigente (Ley de Asilo de 2009) por primera vez incluye expresamente como causa de asilo la persecución por motivos de género y orientación sexual, pero ninguna de estas dos causalidades tiene el mismo nivel de protección de la que gozan otros motivos de persecución como la raza, la religión, la nacionalidad, el grupo social y las opiniones políticas. Por sí solos, ni el género ni la orientación sexual pueden dar origen a la aplicación de la legislación, siendo necesarias otras circunstancias que justifiquen la salida de los países de origen. Todas estas solicitudes suelen ser rechazadas sin un estudio individual.

Además, esta normativa excluye a las personas comunitarias, así como a las que procedan de un país considerado seguro. En definitiva, denuncia CEAR-Euskadi, “son muy pocas las mujeres que, superados los obstáculos, acceden al procedimiento de protección internacional”. El Defensor del Pueblo recoge en uno de sus informes esta realidad: en 2015 y en la primera mitad de 2016 no hubo resoluciones favorables a la concesión del estatuto de refugiado o protección subsidiaria a las víctimas de trata.

Y cuando las autoridades aceptan revisar las peticiones de estas mujeres, el camino sigue cuesta arriba, subrayan desde la delegación vasca de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado: “El miedo a exponer su verdadera situación, especialmente cuando aún se encuentran bajo la influencia de la red, las lleva a ocultar información o a mentir sobre su procedencia y sobre los motivos de persecución. Como consecuencia, sus solicitudes son inadmitidas o denegadas por inverosímiles o incoherentes”.

Fuente: publico.es

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Por Helena Maleno, defender a quien defiende

La activista de derechos humanos Helena Maleno es obligada a comparecer ante juez en Tánger, Marruecos, por supuesto delito de tráfico de personas al salvar vidas de migrantes y evitar que murieran ahogadas en el Estrecho.

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Marta Abiega*

El apremio nunca fue una fuente de inspiración, pero hoy la urgencia llama a mi puerta ante el enjuiciamiento de la defensora de derechos humanos Helena Maleno por los Tribunales marroquíes.

El 16 de octubre cogí un autobús a Gasteiz con un solo propósito, conocer a Helena Maleno que comparecía ante la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento Vasco. En mi bolsa, un mensaje “Mundu berri bat daramagu bihotzean” (Llevamos un nuevo mundo en el corazón), y un regalo, un pañuelo de Ongi Etorri Errefuxiatuak, en la completa seguridad de que si a alguien le iba a sentar bien ese pañuelo amarillo que da la bienvenida a las personas migrantes y refugiadas, ésa era Helena, la voz de las que no tienen voz, el grito valiente de las mujeres que desafían el Mar de Alborán en busca de una vida mejor, el dedo acusador de las criminales políticas de la Unión Europea, una ACTIVISTA con mayúsculas, de unos derechos que cada vez son más inhumanos.

Helena es la piedra en el zapato de Zoido, el “pepito grillo” en la conciencia inexistente de tanto Guardia Civil de Fronteras con una sospechosa entrega y dedicación a su trabajo. Pero corren malos tiempos para las defensoras de derechos humanos en el mundo.

La externalización es un mecanismo muy utilizado a muy distintos niveles. Abrumadas ante tanta crueldad humana desplegada por nuestros gobiernos, externalizamos la culpa y olvidamos que por acción u omisión también tenemos responsabilidades en las decisiones que toman.

El Gobierno Vasco recurre a la incompetencia, a mi juicio en sus dos acepciones, para externalizar su culpa ya que, con su apoyo a los presupuestos del PP, demuestra una importante capacidad de presión que ejerce en nombre de intereses económicos, pero en ningún caso en nombre de intereses humanos.

El gobierno del estado externaliza sus culpas en relación al incumplimiento de las cuotas de personas refugiadas responsabilizando de ello a una burocracia ajena a su voluntad. Al mismo tiempo deniega la posibilidad de petición de asilo de determinadas nacionalidades en las fronteras y establece mecanismos draconianos e ilegales como las devoluciones en caliente, haciendo oídos sordos a los tribunales de la Unión Europea y redefiniendo a su antojo la palabra “legalidad” con subterfugios que a nadie engañan.

Sus tribunales de justicia, en este caso la Fiscalía de la Audiencia Nacional, descartaron investigar a Helena Maleno al no ver indicios de delito en sus llamadas a salvamento marítimo alertando de pateras a la deriva. Así pues, han decidido externalizar la injusticia, al igual que el control de fronteras, jactándose de demócratas y acusando de falta de democracia a monarquías amigas que engordan con la sangre de una ciudadanía que está más que harta de tanta connivencia.

El intachable historial de Helena Maleno como defensora de los Derechos Humanos en la frontera sur de España y el hecho de que la Audiencia Nacional archivara la denuncia interpuesta por la Policía Nacional deberían ser suficientes para el sobreseimiento de este juicio-farsa en el país vecino norafricano.

Por si alguna persona tiene dudas de cómo los derechos humanos se utilizan como moneda de cambio, sabemos que la política de fronteras se vuelve más o menos beligerante en función de los acuerdos económicos que tenga que firmar la monarquía marroquí con su homónima española. La externalización de las fronteras tiene un precio muy alto, pero el que me preocupa en este momento no es el económico, sino el precio de las personas víctimas con sus nombres y sus apellidos.

Me estremezco, Helena, ante tanta frivolidad cotidiana cuando te oigo decir que acompañas en la identificación de los cadáveres en las morgues y me pregunto cómo sobrevives a esa experiencia. Ahora sé que es porque hiciste todo lo que estaba en tus manos para que no ocurriera y aun así ocurrió.

Por todas las personas que has salvado con tus llamadas de socorro y también por aquellas que no conseguiste salvar a pesar de esas llamadas. Porque contigo aprendí la importancia de poner nombres a las víctimas y la de comunicar a sus familiares esas tragedias –para mí asesinatos– más cotidianas de lo que quisiéramos. Por Patience, Bebe, Dalloba, Aminatou, Clemence, Melville y Karmeline, que en septiembre murieron ahogadas después de que una patrullera española frenara el paso de su patera con el objetivo de que fuesen alcanzados por la Marina marroquí para proceder a su devolución a Marruecos. Por todas nosotras que también morimos con su muerte. Por los familiares de las víctimas de Tarajal que siguen pidiendo una justicia que no debería entender de fronteras, clases ni colores. Por la tristeza que nos produce esta injusticia. Porque todas somos Helena Maleno. Lucharemos juntas sin dejar que nos venzan. Sabemos que estamos en el lado correcto, el lado de los derechos humanos.

 * Colaboradora de Pikara Magazine

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