Efectos

Autodefensas en Michoacán / Foto: Esther Vargas
Autodefensas en Michoacán / Foto: Esther Vargas

Una colorada (vale más que cien descoloridas)

Por Lilia Cisneros Luján

¿Que incentiva a un buen número de la población a lanzarse en contra del responsable de la política interior en México luego de haber expresado un punto de vista acerca de la impertinencia del método empleado por el anterior presidente en materia de combate a la inseguridad? Por supuesto hay quienes suponen que se trata de cuestiones partidistas y electorales pero ¿será la inseguridad algo exclusivo de México? ¿Porqué países en peores condiciones económicas que nosotros –Bolivia por ejemplo- tiene índices menores de delincuencia?

No ha mucho tiempo que los robos, violaciones, homicidios, daños a propiedad, invasiones, despojos y otros tantos actos violentos se reservaban a una sección de algunos diarios o incluso a ciertos periódicos especializados en “la nota roja”  ¿Qué sacó esto del ámbito de los morbosos para convertir tales conductas en cuestiones de preocupación generalizada para la ciudadanía? ¿Se vale marginar el tema -de innegable interés y consecuencias para todos- de la agenda gubernamental? Las frases del señor Osorio, parecen recordarnos la urgencia de no quitar el dedo del renglón aunque no necesariamente basando el método en cuestiones punitivas; lo mismo detenciones, contenciones, cárcel o incluso abusos en el ejercicio del poder.

Se ha dicho que por la inseguridad no hay inversiones; que los capitales vuelan fuera del país debido a este flagelo; que es la falta de empleo, la pobreza, la exclusión para la educación o la vivienda … como si esto produjera necesariamente inseguridad; y sí en la visión neoliberal donde el éxito tiene que ver básicamente con dinero, tal vez el enfoque sería correcto; pero hay sitios donde las condiciones económicas son peores y hay menos violencia y otros donde a pesar de la bonanza y la riqueza la seguridad no está garantizada.

La preocupación generalizada es similar en Francia, Brasil, ciertos sectores de Alemania o Estados Unidos[1], que en Guatemala o Nicaragua ¿Qué impide entonces reducir los índices de inseguridad a pesar de grandes esfuerzos y gasto multimillonario?

El tema es tan complejo, que resulta casi pueril intentar hacerlo depender de un solo factor: lo económico, lo político o lo ideológico. Así como es una equivocación considerar a la inseguridad causa única de los quebrantos financieros, también lo es dejar de lado la posibilidad de que sea efecto de lo que ya hemos esbozado. Elemento común en los gobiernos latinoamericanos –por reducirlo a una región- es su incapacidad para controlar el problema, que terminan delegando en cuerpos acostumbrados a la represión y contención en el mejor de los casos y, en el peor, los ejércitos conducidos a la guerra interna.

Estas medidas alivian un poco a ciudadanos que se sienten amenazados y no pueden o no quieren adquirir un arma pero ¿hay una clara conciencia de las consecuencias de militarizar la seguridad interior? Son muchos los académicos que coinciden en afirmar que la verdadera causa de la inseguridad es una debilidad institucional –por incompetencia, limitaciones emocionales, ambiciones desmedidas- que coloca al ciudadano en un estado casi similar al de la época pre-civilizada.

La debilidad estructural del Estado, propicia el surgimiento de milicias no formales, vendetas grupales o individuales, linchamientos, pulverización de los grupos sociales desde los vecinales hasta los más complejos como partidos políticos, clubes, grupos de profesionistas etc.

Si en vez de medidas represivas –de corto plazo- se diseñan  y aplican políticas tendientes a fortalecer las estructuras del Estado –no solo del mercado- vinculadas con aspectos sociales de bienestar y desarrollo, de manera inmediata y también en el largo plazo veremos disminuir el flagelo de la inseguridad.

Jóvenes talentosos de nuestra región, son parte de investigaciones científicas como las que ocurren en Ginebra y otras ciudades europeas a donde llegaron por sus niveles extraordinarios de mente y trabajo. Ellos siguen amando a México, desean volver y no quieren verse limitados dentro de un coche blindado o por un grupo de “guaruras”. Extrañan los tacos y el guacamole y prefieren no sucumbir a la percepción de ineficacia de los responsables de la correcta marcha del país.

No todos los pobres aspiran a ser delincuentes, algunos mafiosos son jóvenes privilegiados que se convierten en empresarios de lo criminal; si el dicho del señor Secretario de Gobernación tiene que ver con la compresión de las causas, los efectos y los procesos para cambiar de rumbo, me uno al entusiasmo y la esperanza para que las cosas mejoren. Si acaso se trata solo de un discurso más, veré como el desencanto, la abulia y hasta los suicidas seguirán creciendo para abonar a la inseguridad.

De la misma manera que un mexicano talentoso llegó hasta el pedestal del Nobel[2], nuestros estudiantes buscadores de la “partícula de dios” regresarán a su tierra con el entusiasmo de apoyar a quienes vengan detrás de ellos mostrándoles que hay muchas más opciones en el camino del compromiso, la responsabilidad y la solidaridad que en la ruta de la descalificación sistemática que nos niega a todos las posibilidad de una vida feliz y trascendente.

 



[1] Este país es uno de los que tiene mayor criminalidad entre éstos. La población carcelaria estadounidense es igual al número de estudiantes de colegios y por supuesto al salir, caen en el síndrome de la puerta giratoria y prono regresan, lo cual además implica pingües ganancias para los administradores privados de las cárceles. Tal dato duro, echa por tierra el mito de que “usando mano dura como en los países desarrollados se acaba la inseguridad.


[2] Me refiero al de química, porque ya antes tuvimos uno en el ámbito de la paz y otros más que deberían promoverse como ejemplos en vez de darle tiempo de comunicación a personajes como el llamado Chapo.

Guadalupe Lizárraga

Periodista independiente. Fundadora de Los Ángeles Press, servicio digital de noticias en español en Estados Unidos sobre derechos humanos, género, política y democracia. Autora de las investigaciones en formato de libro Desaparecidas de la morgue (Editorial Casa Fuerte, 2017) y El falso caso Wallace (Casa Fuerte, 2018) ambos distribuidos por Amazon.com

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