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Con voz propia

Ébola, drama y psicosis

Ante la posibilidad de propagarse la epidemia de ébola, México se encuentra en la situación más precaria para enfrentar una emergencia de esta naturaleza

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En el Congo, ante un tratamiento de ébola en 2003. Foto: archivo red

En el Congo, ante un tratamiento de ébola en 2003. Foto: archivo red

José Luis Lezama*

             Un día de tantos, al despuntar el otoño de 1976 en Amberes Peter Piot,  hoy director de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de la Universidad de Londres y descubridor del virus del Ébola, recibió un termo azul de manos de un piloto de Sabena Airlines, enviado por un médico de Kinshasa en la hoy República Democrática del Congo. El termo contenía una muestra de sangre de una enfermera belga que hacía trabajo humanitario en Yambuku, al norte de ese país africano, quien había contraído una extraña enfermedad. El médico de Kinshasa solicitaba al profesor Piot pruebas de laboratorio para descartar fiebre amarilla. El profesor Piot nunca sospechó que tuvo en sus manos, manipuló y convivió,  sin saberlo y sin mayores previsiones, con un mortal virus que ha mostrado hoy día su devastador poder, expresado en una tasa de mortandad del 70 por ciento.

            Nada hay quizá más distinto que vivir la enfermedad en un país rico y en uno pobre, aun cuando el ébola muestra algunas similitudes en ambos mundos. En Estados Unidos  los casos de Thomas Duncan, ciudadano liberiano que falleció en Dallas el 8 de octubre y las enfermeras contagiadas Nina Phan y Amber Vinson, han puesto bajo la mirada pública las dificultades para enfrentar la enfermedad, incluso en el país más desarrollado del mundo. Duncan fue mal diagnosticado, enviado rápidamente a su casa con antibióticos, pensándose que tenía un cuadro de sinusitis y reingresado de nuevo en estado grave.

Nina Pham, quien tuvo contacto directo con Duncan contrajo la enfermedad, según el sindicado de enfermeras de Estados Unidos, por no llevar el equipo de protección adecuado, lo cual ha sido negado por el Hospital Presbiteriano de Dallas donde fue atendido Duncan. Las enfermeras señalan que Nina Pham, de acuerdo a los expedientes, no iba protegida y que no se rompió con ningún protocolo médico porque simplemente no había protocolo. El doctor Daniel Varga, jefe médico del hospital, reconoció en audiencia ante el Congreso que, a pesar de contar con todo el equipo médico apropiado, diagnosticaron mal al paciente y pidió disculpa pública por ello, (The Guardian 16/X/2014).

            El doctor Bruce Ribner, infectólogo del Emory University Hospital de Atlanta, uno de los centros de mayor especialización para tratar con enfermedades altamente infecciosas en Estados Unidos,  y quien coordinó allí la atención médica de tres casos de ébola en agosto pasado, lo dijo con claridad: “No importa cuánto planees; cometerás errores la mitad de las veces”. El condado donde se ubica el Hospital Emory amenazó con desconectar el servicio de drenaje para impedir que las cañerías hospitalaria contaminaran la red; la empresa del servicio de recolección de desechos se rehusó a recolectar cualquier basura que hubiera estado en contacto con los enfermos de ébola; el servicio de paquetería se negó a transportar, a una distancia de dos cuadras, las muestras de sangre de los pacientes, e incluso los repartidores de pizza evitaron tomar pedidos del hospital; todo esto ocurría mientras los enfermos se debatían entre la vida y la muerte. (The Guardian, 13/X/2014).

            La muerte de Duncan es una muestra de la reacción social, política y gubernamental en un evento de esta naturaleza. Por una parte expuso la deficiente atención a una persona de raza negra, en contraste con la que recibió el ayudante del Alguacil Michael Monnig, quien fue atendido de manera eficiente y expedita. Por otro lado exhibió los errores médicos ocurridos y su ocultamiento por las autoridades hospitalarias. Puso de manifiesto también el estigma social que enfrentan los contagiados, particularmente si son pobres, de una raza discriminada o de cualquier minoría.

El brote de ébola en África y su expansión a otros partes del mundo se vive hoy día como drama y psicosis y es ya reconocido, no sólo como una amenaza a la salud humana, sino también a la vida comunitaria y a las instituciones donde se presenta. En África, particularmente en Guinea, Liberia y Sierra Leona, países que apenas se recuperan de los estragos de la guerra civil, el impacto es inmenso y el panorama desolador. Crisis sanitaria, desempleo, pobreza, escasez de alimentos y desesperación. En esta región de África, consideradas como las de mayor pobreza del mundo, cualquier evento perturbador se convierte en un drama.

Tras años de guerra, la infraestructura médica de estos países fue devastada. En 2010 Liberia contaba únicamente con 51 médicos, muchos de los cuales murieron posteriormente de ébola. La Organización Mundial de la Salud, mantuvo a sus oficinas regionales en África con presupuestos precarios y el personal era nombrado más bien con criterios políticos.

            En África  se presentan mil casos de ébola a la semana; de éstos sólo el 30 por ciento sobrevive. Los hospitales están saturados, el desempleo aumenta, la minería y la agricultura se han visto severamente afectadas, los negocios cierran y despiden trabajadores, y los servicios básicos escasean.

Las familias cuyos miembros mueren por la enfermedad esperan semanas para que los cuerpos sean recogidos, y muchos de ellos son aventados a la calle, o enterrados clandestinamente. Las escuelas lucen vacías, los profesores no reciben salarios y la histeria se difunde entre los trabajadores de salud. El estigma de la enfermedad hace rechazar o alejarse de los seres queridos, o de las amistades; los vínculos familiares se ven afectados y las instituciones debilitadas.

            En Liberia, hoy día, puede ser más importante tener dinero para comer que para comprar medicinas: allí La muerte tiene permiso. Por su parte, el presidente Obama y su equipo asesor han percibido que el principal problema del ébola en Estados Unidos no tiene que ver con la escasez; tampoco es sólo cuestión sanitaria. Su equipo médico piensa que, a pesar de los errores cometidos recientemente, están hospitalariamente preparados. Al presidente le preocupa más bien que la psicosis del ébola se traduzca en crisis, crisis social, crisis política, crisis de confianza y, finalmente, sus repercusiones en el tejido social americano, severamente afectado por la crisis económica y por el preocupante incremento de la desigualdad y la concentración de la riqueza.

Es ésta percepción del problema lo que llevó al presidente a nombrar como ‘Zar’ especial para coordinar el combate del ébola, no a un especialista en salud, sino a Ron Klain, abogado y jefe de gabinete de Al Gore y Joe Biden, experto en resolver situaciones de crisis, como la que tuvo lugar durante la elección presidencial del 2000, motivada por el dudoso recuento de los votos en Florida.

México dice estar preparado. No obstante, los hospitales públicos carecen de lo más elemental para atender la normalidad. Sin medicinas, jeringas, gasas, son recibidos muchos enfermos en la ciudad y, en mayor medida, en el campo.

En México regularmente nos preparamos con discursos, con programas virtuales y, la mayor parte de las veces, con resignación. Ojalá no sea el caso para enfrentar una eventual entrada del virus del ébola en nuestro país.

http://joseluislezama.blogspot.mx/

www.joseluislezama.com

*@jlezama2

Posdata:

En Ayotzinapa se juega hoy día el destino del estado de Derecho y el imperio de la ley en México. La muerte y la desaparición de los 43 normalistas constituyen una abominable afrenta contra la sociedad mexicana y las familias y ciudadanos que la integran. Marcan la entrada de México en un estado de normalización de la barbarie. No son sólo los criminales y las bandas de delincuentes las responsables; es todo el aparato del Estado, sin cuya protección sería imposible la desaparición de estos jóvenes y la de otros ciudadanos que padecen o han padecido esta descomposición social que hoy día se vive en México.

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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