Connect with us

Con voz propia

Democracia e izquierda: entrevista con Michelangelo Bovero

Ser de “izquierda” en una democracia obliga a ciertas exigencias de legitimidad y contexto. Una conversación con Micheangelo Bovero

Avatar

Published

on

Michelangelo Bovero, filósofo discípulo de Norberto Bobbio Foto: percyacunhavigil.blogspot.com

Por Guadalupe Lizárraga

Michelangelo Bovero, filósofo político y coautor de diversas obras con Norberto Bobbio, nos habla de las exigencias a las que se ve inducida la izquierda en el contexto político actual. Imparte cátedra en la Escuela de Turín, una de las más reconocidas en los ámbitos del Derecho y Ciencia Política. En su reciente visita a México, aceptó ser entrevistado sobre la Izquierda y su relación con la democracia, en un momento en que ambos conceptos muestran sus debilidades frente al predominio del mercado.

Guadalupe Lizárraga: ¿Tú estarías de acuerdo con la tesis de que “ser de izquierda”, como una opción que aspira a ser legítima en un orden democrático, equivale a defender la igualdad social?

Michelangelo Bovero: Ahora sí. Primero, ser de izquierda quiere decir que alguien es de derecha, depende de los contextos. Contextos en donde hay hombres, movimientos que hacen referencia al valor del orden; si tú eres un liberal puro y duro, eres de izquierda frente a los demás. Derecha e izquierda son conceptos relacionados, relativos, no son identidades substantivas.

En todo caso, a la altura del desarrollo político del mundo actual, ser de izquierda quiere decir hacer un esfuerzo de interpretación del valor de igualdad, y por supuesto, los problemas graves, serios, del mundo son de enorme, de escandalosa desigualdad social, éste es el asunto. Pero, todo esto es muy genérico. ¿Qué quiere decir igualdad social?¿qué quiere decir cómo se logra? ¿Qué tienes que hacer para alcanzar algo que se parezca a igualdad social? Cuando hemos dicho que ser de izquierda quiere decir luchar en pro de la igualdad social no has dicho casi nada, el problema se queda ahí.

GL: Si para ser de izquierda tomamos como referente la defensa de la igualdad social ¿no estaríamos implicando que el mercado produce desigualdad?

MB: Sí, pero hasta ahora algo como el mercado es insustituible. El problema es doble. Primero, cómo hacer para poner límites a la lógica del mercado para que no llegue a dominar todos los sectores de la vida social, incluso el sector político.

Segundo lugar, desigualdad todavía es una palabra genérica, ¿cuál desigualdad? ¿en qué términos? Tú puedes decir: “un hombre es libre”, pero no tiene sentido decir “un hombre es igual”. Un hombre es igual o no igual o desigual a otro ¿en qué cosa? Cuando se enfrenta a un problema de igualdad con desigualdad, siempre tienes que contestar primero a las preguntas ¿igualdad o desigualdad?, ¿entre quién y en qué cosa?

El vacío de las ideas de izquierda, hoy en el mundo, no en México ni en Italia, ahora se fija justamente en este asunto, en este hecho. En el hecho de que, después de la quiebra del mundo socialista y de la idea misma del socialismo cuando de la crisis profunda, no se ha logrado tener éxito en los esfuerzos de una nueva interpretación del valor de la igualdad y de los hechos de desigualdad.

GL: El mercado, entonces, ¿produce desigualdad, además del supuesto de la formación de oligopolios, monopolios o contubernios con la autoridad política?

MB: Nuestros amigos economistas te contestarían que el mercado de por sí no implica sino excluye los oligopolios o monopolios. Nosotros sabemos muy bien que no existe el mercado perfecto en ningún lugar. Pero no es éste el asunto, en todo caso, el mercado como mecanismo de distribución de bienes produce desigualdad, incluso si no hubiera oligopolios, monopolios, pero el problema es el que te comentaba antes. Lo insustituible del mercado: la libertad.

Es una utopía sin significado en el mundo actual la abolición del mercado. El punto radica en la lógica de la mercantilización de las relaciones sociales; no hay un sector que no transfiera sus problemas a los otros sectores, en primer lugar al sector político. Algo como el mercado político, por supuesto, existe en todo el mundo, y es todo lo contrario de lo que podemos pensar bajo conceptos como democracia o igualdad.

GL. ¿No estarías avalando una vieja tesis de Marx, la teoría de la explotación?

MB. Quizás no. Mi gran viejo amigo Marx –el cual yo pasé estudiando cinco o seis años de mi vida-, al contrario de lo que se piensa en la cultura actual, tuvo muchas razones. La teoría de la mercantilización mundial es profecía justa, correcta de Marx, pero quizás los problemas son verdaderamente problemas. Los más graves hoy, no son sencillamente el problema de la explotación, sino es el problema de la desigualdad bíblica, lo que paradójicamente había visto de cualquier manera el maestro de Marx, Hegel. Es decir, en el mundo están cerca una de otra, la infinita miseria y la infinita riqueza, nosotros podemos ver en el mundo actual esto, esto es el verdadero problema.

GL: Otro de los puntos relevantes para la izquierda hoy, es el contenido axiológico en sus planteamientos ¿cuáles serían los valores o máximas que promovería la izquierda como propios?

MB: Para contestar esta pregunta hay que hacer un pequeño salto de lo que diríamos antes. A mi parecer, el mayor peligro que corre el mundo, incluso así llamado desarrollado, es el de la extinción, el del extinguimiento de la capacidad subjetiva de los sentimientos.

Eso radica en los problemas del video-poder. Bueno, la política en el mundo de hoy, no va hacia una solución aceptable si no logramos la capacidad de ser sujetos; por esto, yo creo que en el contexto de los problemas de la desigualdad social tienen que tener, en primera plana, un proyecto de izquierda.

El primer lugar, en este contexto, tendría que otorgárselo al problema de la capacitación de los individuos. No dejarse manipular por los medios de comunicación es un problema de educación cívica.

La única –qué lástima–, pero la única cosa que comparto con la izquierda italiana, es eso: invertir en el sector de la educación pública, de la educación cívica en todos los niveles, desde los chiquitos hasta la universidad, hasta la investigación científica. Lo que no se logra en ninguna parte del mundo desarrollado. Los que se quedan en la universidad y realizan investigaciones científicas son simplemente lugares privilegiados.

GL: Invertir en la educación pública ¿sería una diferencia fundamental con la derecha?

MB: Sí, yo creo que sí. A las derechas no les importa nada de la educación igualitaria. La derecha es el mundo del privilegio, por eso yo creo que las izquierdas, geográficamente hablando, tendrían que apuntar muchas de sus energías hacia un proyecto de capacitación humana.

Bobbio habla que una de las grandes promesas incumplidas de la democracia es el ciudadano no educado. El asunto es éste, invertir energía, proyectos, fuerzas hacia una idea de educación a la ciudadanía.

GL: El proyecto general de una nueva izquierda ¿se resolvería en un estado liberal democrático o por el contrario, polarizaría con él?

MB: El estado liberal democrático es irrenunciable. ¿Qué quiere decir estado liberal democrático? Quiere decir un estado en el que tú como individuo, tú quiere decir cualquiera, como individuo tienes libertades garantizadas; puedes desplazarte a algún lado como quieras, puedes expresar tu opinión como quieras, puedes reunirte con alguien como quieras, puedes crear asociaciones como quieras, éstas son libertades irrenunciables que nos llegan de la tradición liberal, pero son universalizables e irrenunciables.

Primero, un estado liberal democrático quiere decir que a nadie le corresponde el derecho de decirte qué tienes que pensar o qué tienes que decidir, esto es irrenunciable. Luego, hay dos espacios donde puedes intentar proyectos de mejoramiento de la sociedad, de hacer una sociedad mejor, la óptima sociedad es enemiga del bien –decían unos filósofos–, pero no se trata de plantear el asunto de una óptima sociedad sino de una sociedad mejor. Bueno, la sociedad mejor se puede pensar bajo ciertos principios de valor, implementando ciertos principios de valor a cambio de otros, ¿cuál es el valor de la izquierda? justamente la igualdad, pero unas ciertas igualdades.

La justicia es un asunto de igualdad, es una cuestión de igualdad. La justicia, el principio de justicia, como sabemos desde hace más de dos mil años de historia occidental es tratar a los iguales como iguales y a los desiguales como desiguales. La justicia no es a cada quien la misma cosa, sino a cada quien lo que le corresponde bajo ciertos criterios.

GL: ¿En qué se diferencian estos planteamientos de los de la derecha?

MB: A cada quien la misma cosa, en algún tiempo fue un planteamiento equivocado de algunas izquierdas, por ejemplo de La sociedad de los iguales de Babeuf, que está equivocado porque está en contra de todo principio de modernidad, en el sentido bueno del término, que quiere decir el primado de la identidad individual sobre cada identidad colectiva, quiere decir el primado de lo que yo selecciono, de lo que quiero hacer, pero que quiero ser sobre lo que es mi identidad, como dicen los filósofos, adscriptiva.

Tú no has elegido ser mujer, esto es un pedazo de tu identidad, pero de tu identidad adscriptiva, no electiva. Bueno, una sociedad mejor como proyecto de izquierda quiere decir mayor espacio a las elecciones, a la posibilidad de volverte lo que quieres volverte y no lo que eres como nacimiento.

* * *

Estas últimas líneas dichas por Bovero, nos invitan a reflexionar en el proyecto de nación que queremos como mexicanos. Cuando Bovero habla de “mayor espacio a las elecciones, a la posibilidad de volverte lo que quieres volverte”, inevitablemente me enfrento a varias cavilaciones: en el proyecto de nación que queremos los mexicanos, y en el papel de la izquierda en esta gran tarea; en el tipo de sociedad que queremos pero sobre la base de la instauración del estado liberal-democrático. Éste ya no está más a debate. Un estado moderno es un estado liberal democrático. La pregunta empieza aquí: ¿bastaría con eso?

Pensar en un proyecto de izquierda o de derecha es hablar ya sobre la base de un grupo de derechos y libertades que, nos dice Bovero, son irrenunciables, inalienables. Derechos y libertades que no son de izquierda ni de derecha: son el requisito primordial para ser ciudadanos. Sólo así podremos ser capaces de elegir nuestro rumbo histórico; antes de ello, mientras las izquierdas –y pienso aquí especialmente en la izquierda mexicana– no sean capaces de construir su identidad histórica y política, en el marco de las exigencias de nuestro tiempo, estaremos en el círculo perenne de la simulación.

Mientras siga habiendo resistencia al paso de la modernidad, aun estado plena y genuinamente democrático y liberal, seguiremos siendo “menores de edad”, y antes de aspirar a un proyecto de nación desde la perspectiva de izquierda o de derecha, tenemos que buscar la posibilidad de elegir lo que queremos ser: simplemente ciudadanos, en el sentido original del concepto.

Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

Published

on

Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

Continue Reading

Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

Published

on

Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

Continue Reading

Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

Published

on

                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

Continue Reading

Trending