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Del sexo de los filósofos

El escritor Abelardo Gómez presenta una exquisita reseña sobre los ‘miniensayos’ de Armando González Torres a lo que titula El sexo de los filósofos

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Foto: salondeletras.com

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Abelardo Gómez Sánchez*

En Del sexo de los filósofos, del poeta y ensayista Armando González Torres (México, D. F. 1964) la contingencia del antojo reúne 64 “miniensayos” que suspenden la monotonía y el acelere de “lo novedoso” como yugo periodístico, y así despliegan la amplia cartografía intelectual y la agudeza de éste observador cultural. Si bien el autor nos confirma su corpulencia humanística, y su convivio ecléctico con los diversos campos de la literatura y la filosofía que frecuenta, no es logro menor la conjunción de gran complejidad y disposición conversacional.

Una afirmación preliminar: en sus cuatro capítulos destella, a discreción, un rasgo sustancial: la reflexión moral como bitácora y golpe de timón culturales. Así, en el primero, “Del sexo de los filósofos” —en textos como “Compasión”, “La sirena y el buen hombre”, “Referir el mal” o “Elogio de la confesión”— el escritor, con su diestro ejercicio de razones, nulifica la ya centenaria y hueca queja de “la pérdida de valores” con la muy concreta andadura de, digamos, la razón práctica: y esto en un medio en que, lo culturalmente correcto, es un enrarecido y rebuznante nihilismo, —por lo demás pre-nietzscheano: ya que el gran Friedrich habló del origen del valor y del valor del origen. Aún más, en este sagaz crítico no sólo se verifica la pertinencia de la valoración moral como discurso posible, sino la vivacidad y el vigor corrosivo del punto de vista ético. Y en este sentido es un libro esplendentemente marginal en nuestro medio.

Señalo también la revigorización de la parábola, ese género milenario, como artefacto casuístico contemporáneo. Si bien enfatizo el —intermitente y fragmentario— punto de vista ético y, singularmente, la problematización del quehacer cultural desde esta vitrina ponderativa, que nadie se llame a engaño: Nada más lejano a este hermeneuta cultural que un discurso moralista, porque la moralina es ciega, ignorante y zafia.

Tal llamado al ethos no es el rescate de los cachivaches morales, de tal o cual tradición, sino a su operacionalización cotidiana y real, desde el raciocinio argumentado; la postulación recurrente de la responsabilidad —esta urgente contracara de la libertad, escamoteada para privilegiar la distinción: libertad/represión o variantes como: libertad/censura— y la fineza de la autorregulación personal como logro civilizatorio. Y, para mí, esto es lo que le confiere su fuerza interrogativa y su alto voltaje crítico.

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En medio del fútil marketing de la felicidad instantánea, el segundo capítulo, “Autoayuda de altura” es un revival de la filosofía como estilo de vida; un conjunto de obras que ponen su interés en el individuo como unidad de autogestión espiritual. Para este emplazamiento, el autor convoca obras y pensadores de gran sutileza y libertad: The Consolations of Philosophy de Alain de Bottom o Las razones del amor de Harry Frankfurt, entre otros; y concita también a escritores celebérrimos como el tremebundo E. M. Cioran (cuya sola mención mueve a la carcajada aciaga) a Bertrand Russell y La conquista de la felicidad, Albert Camus y El mito de Sísifo, o a Epicuro con Sobre la felicidad. Pero más allá de sus referencias, el autor ejecuta una ensayística de la introspección cuyas tensiones y exigencias múltiples deben ser sostenidas. Y, de este repertorio contra lo infausto, se derivan invitaciones de altura, a la autoconstrucción de esa unitas multiplex, pero integral, que es el individuo, con la guía impecable de la congruencia, ese acorde de tres cuerdas: pensamiento, palabra y obra como decían los antiguos.

Con “Enfermos de libros”, tercer capítulo, el escritor nos remite a comportamientos anómalos vinculados con sagas librescas: la bibliofilia como acaparamiento protervo de un personaje de Ciryl Connolly; la “filotiranía” de Heidegger o las mezquindades de los obituarios literarios. Por otra parte, dedica varios textos al trabajo axial e imprescindible de la crítica y sus esencias creativas, por ejemplo: Raymond Aron y su desmontaje del “mesianismo intelectual” u obras como Autoescarnio de la crítica de Iris Murdoch, Contra los poetas de Gombrowics, o The Company of Critics de Michael Walzer, por mencionar algunos.

“Zona Freak”, el capítulo más extenso, es la muy buena pesca, de una treintena de autores, en la marea loca de la insulsa jerarquización del mercado y el corporativismo literarios, a los que el poeta González Torres les otorga el pasaporte de un lector pródigo. La degustación freak nos propone un “canon informal”, individualidades que, por sí mismas, son Big Bangs literarios, o literaturas autofundadas en la propia alteridad.

Así, nos conduce a un delta de múltiples y sorprendentes bifurcaciones: biografías y estilos cardinales (Rimbaud, Valéry o T. S. Eliot); personajes aleccionadores (Bel-Ami de Maupassant o Jakob von Gunten de Robert Walzer), viacruces laicos y cristianismos extenuadamente personalizados y heterodoxos (Ramos Sucre, Simone Weil o Giovanni Papini); clásicos, si los hay: los Robayyat del persa Omar Jayyam; escritores que incendian la letra con sus propios o ajenos rescoldos corporales, (Hospital británico de Héctor Viel Temperley, Diario de la peste de Samuel Pepys o Diarios indios de Chantall Maillard, o los Poemas a la muerte escritos por monjes zen) y un languruto etcétera. En fin, se trata de un conjunto de estilos idiosincráticamente labrados y difíciles de encuadrar en el canon literario, y cuyos denominadores comunes podrían ser: la lucidez, la integridad, y la honestidad frente al oficio de escritor.

La bien temperada elocuencia; la multiplicación de resonancias de cualquier tema, por “banal” y “anacrónico” que sea, en diferentes campos y registros de la literatura y el pensamiento; su difícil sencillez expositiva, y la elisión cortés del aparato crítico que implican muchas de sus aseveraciones; y por último, su cacumen minimalista (pocos elementos igual a sólidos argumentos) son razones para aproximarse a este libro. En efecto: Al campo minúsculo de tres mil caracteres, por texto, Armando González Torres opone la alta densidad de su prosa. Y así se cumple la sentencia de Hegel, cito de memoria: La síntesis es la lujuria de la inteligencia.

(Armando González Torres, Del sexo de los filósofos, Secretaría de Educación del Gobierno del Estado de México, Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, 2011).

*El autor es escritor oaxaqueño.

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Un amigo de Dios

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JUEGO DE OJOS

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

En esta entrega comenzamos con un acertijo. ¿Podrá el lector adivinar de quién hablo?

Un escritor, nacido alrededor de 1890, es famoso por tres novelas. La primera es corta, elegante, un clásico inmediato. La segunda, su obra maestra, presenta a los mismos personajes, aunque es más larga y compleja, e incorpora en forma creciente elementos míticos y lingüísticos. La tercera es enorme, casi una locura exuberante de la imaginación.

Una pista: no se trata de Joyce.

Un escritor, nacido alrededor de 1890, denunció la producción masiva, el estruendo del tráfico y el descarno y fealdad de la vida moderna europea, y amó los árboles y la verdura de la campiña inglesa en donde vivió de niño, así como a las pequeñas y delicadas criaturas con las que se topó en las leyendas nórdicas.

Una pista: no se trata de D. H. Lawrence.

Un escritor, nacido alrededor de 1890, mezcló porciones de literatura antigua con su propia obra maestra, aderezándolas magistralmente conforme avanzaba.

Una pista: no se trata de Ezra Pound.

Un escritor, nacido alrededor de 1890, se declaró monárquico y católico.

Una pista: no se trata de T.S. Eliot.

Los más antiguos de mis lectores –antiguos en el sentido clásico- quizá hayan adivinado ya de quién hablo.

Y si son mis contemporáneos y fueron como yo vagamundos y en su camino a Damasco se toparon en un callejón con el grafiti “¡Frodo vive!”, entonces ya lo saben de cierto.

Para los más jóvenes, quizá un cuento les ayude:

“Había una vez un cuarentón, profesor de lingüística y filología, que sabía más que nadie en el mundo sobre las antiguas lenguas nórdicas y el Beowulf. El maestro había quedado huérfano muy joven, y el ejército de su país lo mandó a una guerra terrible en donde estuvo a punto de perder la vida.

“Anegado en el lodo sanguinolento de las trincheras y apabullado por el estruendo del cañón y la metralla y los lamentos de amigos y enemigos, quizá haya imaginado el mundo que creó cuando muchos años después interrumpiera por un momento la calificación de un examen para escribir al reverso de la hoja: “En un agujero en la tierra vivía un hobbit”.

Es claro que el escritor de quien hablo, nacido alrededor de 1890 en África del Sur, es John Ronald Reuel Tolkien, hoy una referencia doméstica gracias a Hollywood, pero en mi adolescencia y primera juventud, vicario de un rito arcano cuyos miembros nos reconocíamos por señas secretas y conjuras pronunciadas en voz baja como la de “¡Frodo vive!”

Me asombra que haya sido hasta fines de los ochenta que encontré en mi propio país con quien hablar sobre la tetralogía de Tolkien y sus asonancias y disonancias con, entre otros, Joyce, Lawrence, Pound y Eliot, de la manera juguetona que se consigna al inicio de este texto y que ojalá fuera mía, pero lo es de Jenny Turner, la espléndida periodista autora de Razones para amar a Tolkien.

He aquí un personaje deslumbrante y paradójico. De él se dice que era aburrido en una sociedad y un siglo de tiesuras, y que su devoción por la filología se percibía anticuada incluso entonces.

Pero la obra de este flemático inglés nacido en Sudáfrica, quien nunca alzaba la voz, vestía siempre en tweed y chaleco y fumaba pipa, despertó una corriente pasional pocas veces vista en la literatura.

Jenny Turner confiesa que le asusta haber pasado “demasiado tiempo” de su adolescencia en compañía del demiurgo de El señor de los anillos y que ya adulta si bien encuentra los libros repetitivos y “ruidosos”, éstos siguen conectándose a su espíritu de manera inquietante.

“Hay una succión, un algo primigenio que se transmite entre ambos, como cuando una nave espacial se enchufa a la nave madre. Es como el seno materno, es un alivio infantil… que también es como un hoyo negro”.

Escalofriante memoria, pero humana y generosa si la comparamos con otros juicios, como el de mi admirado Edmund Wilson: “Hipertrofiado… Un libro infantil que de alguna manera se salió de madre… Una pobreza creativa casi patética…”.

John Heath-Stubbs estima que la obra es “Una mezcla de Wagner y el osito Winnie Pooh, mientras Germaine Greer exclama que fue “su pesadilla”.

Vaya, pues. Supongo que el viejo profesor, tan enemigo de las pasiones terrenas, nunca imaginó que la obra iniciada con la frase, “En un agujero en la tierra vivía un hobbit”, fuera a despertar tantas y tan opuestas durante tantas generaciones, pues a estas alturas del siglo y mal que me pese gracias al cine, la cofradía tolkiense es ya una muchedumbre.

No escapa a la aguda e inteligente mirada de Jenny Turner la paradoja: si los libros son tan criticables, ¿por qué a tantos millones les han apasionado?

No es una pregunta fácil, pero tengo mi propia experiencia. El Hobbit (1937) me encontró, aún adolescente, en el aeropuerto de Londres, olvidado o escondido por alguien entre el Time, el Newsweek y el Life.

Lo compré por no dejar, por tener algo que leer en el vuelo de interminables horas que me esperaba. ¿Por no dejar? ¿O fue que se cumplió el adagio de Edmundo Valadés sobre los libros que nos están destinados en la vida?

En la sala de espera comencé la lectura y a la mitad del vuelo maldije no haber adquirido los tres tomos de la secuencia, conocida como El Señor de los Anillos (1954).

Caí en la red del viejo profesor, atrapado, de nuevo, en el vicio solitario que nos libra para siempre de la soledad. No descansé hasta que pude fatigar la trilogía con pasión talmúdica y transité los caminos de toda la obra del viejo profesor y de lo que su hijo Christopher editó amorosamente en memoria del demiurgo de la Tierra Media.

Y como dicen los angloparlantes, al final del día lo que me quedó fue una profunda identificación con la obra, una suerte de simbiosis que, ahora lo pienso, tiene en verdad algo de misterio sobrecogedor.

Leo y releo los libros. Sé de memoria pasajes enteros. Y cada vez que los visito descubro algo novedoso. Quizá ahí esté la explicación. Tolkien fue capaz de comunicarse con otros espíritus en un nivel anímico primario que escapa a toda explicación y que tiene como hilo conductor las emociones y sensaciones más humanas.

Desde luego que una mirada crítica, como apunto arriba, descubre inconsistencias en el texto, en los diálogos, en los personajes y en la narrativa.

Yo daría cristiana sepultura a Tom Bombadil, un personaje arbóreo que transcurre cantando tonadillas hueras y que no tiene mayor consecuencia en el resto de la historia, y trabajaría la estructura interna de algunos protagonistas así como la lógica de varios episodios.

Y ya que de utopías hablamos, también sacaría del mercado la horrenda traducción al español de Taurus, con su majadera “castellanización” de nombres que en vez de un Bilbo Baggins nos sirve un “Bilbo Bolsón” amén de otras aberraciones asestadas a la obra del viejo profesor. No ha nacido el argentino que se deje intimidar por los versos aliterativos del Beowulf. ¡No señor!,

Y a todo esto, ¿quién fue este personaje, esa suerte de hobbit mayor?

John Ronald Reuel Tolkien nació el domingo 3 de enero de 1892 en Bloemfontein, África del Sur, después de un parto difícil y prolongado. Apunto este detalle íntimo porque lo encuentro en la biografía de muchos escritores.

Sus padres fueron Arthur Tolkien y Mabel Suffield. A ese país habían emigrado en busca de fortuna y ahí creció, un niño débil y enfermizo. A la muerte de Arthur en 1896, Mabel regresó a Inglaterra, en 1900 se convirtió al catolicismo y en 1904 murió de diabetes, enfermedad incurable en la época.

La madre es un personaje fascinante por derecho propio y creo que su personalidad impregna a los espíritus etéreos y fuertes de las pocas mujeres en la obra de J.R.R.

Antes de casarse con Arthur a los 21 años, había sido misionera de la Iglesia Unitaria en África y, créalo o no el lector, ¡impartió catecismo en el harén del sultán de Zanzíbar!

Ahora bien, imaginémonos a esta familia de la clase media pobre en la Inglaterra anglicana y victoriana de entonces y las consecuencias que sin duda estos hechos tuvieron sobre la sensible personalidad del niño J.R.R.

¿Recuerda el lector a Shelob, el mefistofélico ser que en forma de tarántula gigante custodia el paso de Cirith Ungol a Mordor por donde deben transitar Bilbo y Samwise merced a las intrigas de Gólum?

Pues en Sudáfrica el niño John tuvo experiencias que aparecerán reflejadas en su obra: un encuentro con una tarántula peluda que lo picó, y con una serpiente.

Y un mozo de la familia “lo tomó prestado” durante varios días para llevarlo a su aldea y presumirlo a su extensa parentela, con las consecuencias que el lector podrá imaginar.

Creo que su niñez africana, su adolescencia en la campiña inglesa, su estancia en las trincheras en la primera guerra mundial -donde el gas mostaza daño su salud para siempre y en donde perdió a la mayoría de sus amigos- , su vida enclaustrada como profesor de filología y sajón antiguo… toda su existencia, pues, está reflejada en la saga de los Baggins, desde la fiesta a la que asisten los enanos sin invitación, hasta la última escena en que Bilbo, Frodo y otros personajes abandonan para siempre la inolvidable Tierra Media.

Pero me estoy saliendo de cauce. Si el viejo profesor pudiera leer estas cuartillas y en particular el anterior párrafo, sin duda las haría confeti, ya que detestaba a los críticos y a los exégetas… ¡y a fe mía que tenía razón! Así que en resumen diré que los cuatro libros de la saga (El Hobbit,  El Señor de los Anillos, Las dos torres y El regreso del rey) con El Silmarilion, integran una república abierta a quien desee pedir la ciudadanía del país mayor del gozo, que es la tierra de la imaginación.

Reuel, el tercer nombre de Tolkien (John Ronald), es un apelativo heredado de padres a hijos en esa familia, y quiere decir, literalmente, “Amigo de Dios”. Sin duda el viejo profesor lo fue.

***

Fuente: juegodeojos.mx

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‘Viajero de otro mundo’, una novela sobre la violencia irracional que padecen menores de edad

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Por Alberto Farfán

Bajo una atmósfera oscura y asfixiante que oscila entre la violencia absurda y el afán de ser en libertad, esta novela nos arrojará al infierno de niños y jóvenes tan temido, que en la época actual pareciera no detenerse, sino todo lo contrario, crece y crece expandiéndose hasta los límites de la muerte.

Elman Trevizo (1981) es un prolífico narrador, poeta, dramaturgo y periodista mexicano nacido en el estado de Sinaloa, quien ha optado por ir desarrollándose en la literatura juvenil e infantil. Ha publicado cerca de 20 libros de entre los cuales hemos elegido para abordar a este excelente escritor su novela Viajero de otro mundo (1ª. edición 2012, 1ª. reimpresión 2016).

Ha sido laureado en diversas ocasiones por la calidad de sus textos, como por ejemplo el Premio de Cuento del Semanario Meridiano 107 en 1998, el Premio de Poesía de la Revista Punto de Partida, en 2003, el Premio Estatal de la Juventud de Chihuahua en 2008, el Premio Valladolid de las Letras de cuento para niños en 2010 y el Premio Nacional de Novela Norma en 2012.

En Viajero de otro mundo se nos presenta la historia de Deek Ciprés, un joven de 17 años que sin saber qué está ocurriendo despierta de un momento a otro en un lugar y tiempo desconocidos, y sin recordar quién es él o quiénes son sus padres, sus amigos o su mundo. Y cuyo alrededor es siniestro e incomprensible.

Y a partir de este primer escenario la odisea del protagonista iniciará inexorable, pero sin quedarle claro si se dirige a la salida o a la entrada del infierno. Para ello, Trevizo plasmará de manera impecable un marco de pesadilla insoportable y atemorizante, en donde seres de aspecto terrorífico pueblan todos los sitios en los que deberá transitar Deek.

Conforme avanza la historia, nuestro autor realizará una serie de acotaciones en voz de otros personajes, quienes en realidad son los padres, amigos de la escuela y la novia de Deek, dibujando el tiempo y espacio genuinos; no el de la pesadilla en la que se encuentra el protagonista. Y estas observaciones que alimentan la comprensión sobre lo que le ocurre a él en verdad, aparecerán como comentarios en redes sociales cada vez que concluye un capítulo de la novela.

De esta manera, vislumbraremos paulatinamente las razones por las cuales la violencia irracional y el deseo de ser quienes somos son los ejes que dan forma a la historia; asimismo, obtendremos la respuesta a los constantes cuestionamientos del autor a dicha violencia. Y se aclarará por qué la aparente exageración del miedo que se transpira a lo largo de todos y cada uno de los capítulos por parte de Deek, quien no es más que una víctima y no el héroe tradicional de una obra literaria.

En efecto, Elman Trevizo rompe con el esquema del texto de denuncia común y corriente para proponer un texto incuestionablemente literario e innovador en dirección de plantear el acoso escolar o bullying llevado al extremo, en el que acaso el resultado será caer en estado de coma o, en definitiva, en la muerte, porque el final de Viajero de otro mundo es dolorosamente ambiguo. Tomar con seriedad el bullying y acabar con él de manera inmediata pareciera que es el mensaje que estamos obligados a asumir.

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La historia de cómo Juanita Buendía volvió a ver a su padre

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Por Mónica del C. Aguirre

Muchos años después, frente a la pantalla de la computadora, Juanita Buendía había de recordar aquella tarde remota en la que su padre la llevó a comprar un celular. Era el décimo tercer cumpleaños de Juanita y el celular, su último regalo.

Amaba a su padre. Recordaba cada detalle de aquel cálido día como si hubiera sido ayer; podía volver a sentir cómo escurría el helado de nata por sus dedos torcidos. Ese día llevaba un collar de cochinillas disecadas y sobre sus flacos hombros, un vestido de holanes raídos (Juanita mordisqueaba y se comía el cuello de sus ajuares cuando estaba inquieta). Joaquín Buendía, por su parte, llevaba el mismo traje deslavado que usaba todos los domingos y sus armazones redondos con cadena de púas.

 Cuando regresaron a casa, Francisca de Buendía abofeteó a Juanita.

—¡Te he dicho que dejes de roer los vestidos!— la regañó mientras escupía y el odio le sacaba a presión los ojos de sus cavidades.

 Juanita siempre culpó a su madre de la muerte de su padre. Joaquín Buendía murió a causa de nudos en los intestinos: producto de tantos corajes.

 Cómo había disfrutado su padre al ver la cara de felicidad de Juanita al obsequiarle el celular. Habían valido la pena los escrupulosos ahorros.

 Juanita anotó en un post-it la dirección que encontró en el navegador y salió de casa. No apagó la computadora. La página de Google arrojaba los resultados de la búsqueda: “Médium para hablar con los muertos en Puebla, México.”

 

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