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Con voz propia

Defensa de los culpables fabricados, aprendizaje para el Estado mexicano

Participación de Guadalupe Lizárraga en la Caribbean Philosophical Association con sede en Nueva York, sobre el aprendizaje de los éxitos de la liberación de culpables fabricados en México

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Guadalupe Lizárraga*

Reflexionar en nuestros éxitos en la lucha por la justicia para obtener un aprendizaje se antoja una tarea embarazosa, compleja. Más aún cuando esta tarea se enfrenta a una de las expresiones más monstruosas y cínicas del régimen autoritario como es la fabricación de culpables bajo tortura en México. El éxito en esta lucha significa salvar a un ser humano, liberarlo a tiempo del cautiverio, y lograr la reparación del daño para la víctima y su familia. Sin embargo, la tarea no concluye en ello. El aprendizaje, además de ser asequible a nosotros como activistas y periodistas, lo debe ser para el Estado. No obstante, los llamados más diversos en materia de derechos humanos y sensatez democrática se estrellan contra el muro de su indiferencia y contra esa especie de veleidad pertinaz que empapa nuestra vida pública.

Cuando uno piensa en México, el país más violento del mundo como ya se le ha señalado, se hace indispensable recordar a Hanna Arendt en aquella imagen cuando sugiere que las víctimas del Holocausto habían perdido algo de su humanidad mientras caminaban a su extinción. Esa dolorosa imagen, me lleva invariablemente a pensar en las víctimas mexicanas pero también en sus verdugos. ¿Y acaso no pierde algo de humanidad la sociedad toda con su indiferencia? México vive una tragedia permanente y potencialmente suicida alimentada por la impunidad. Se mata porque se puede. Se viola porque se puede. Se fabrican culpables y se tortura por la impunidad de la burocracia responsable de procurar justicia. Es decir, porque pueden.

Uno de los casos planteados en esta ponencia como éxito de lucha es la liberación de la líder comunitaria de Olinalá, Guerrero, Nestora Salgado, detenida arbitrariamente por el ejército mexicano e incriminada por secuestro de parte del mismo gobierno en agosto de 2013. Cuando impulsé la campaña por su liberación como periodista desde California –a través de las redes sociales y mi propio portal Los Ángeles Press– sabía que cruzaba la línea del periodismo para convertirme en una militante por la justicia. Logramos la atención de los medios, primero en Estados Unidos, antes que en México. Logramos la sensibilidad y consciencia en otros países como Canadá, España, Alemania, antes que en nuestro propio país. Y logramos su liberación después de casi tres años por la presión internacional y por un sinnúmero de personas que participaron espontáneamente en esta campaña desde diferentes partes del mundo. Sí, lo logramos. ¿Pero cuál fue el aprendizaje para el Estado?

La sociedad mexicana nunca se planteó la pregunta: ¿cómo fue posible este horror? El gobierno contra una mujer solidaria que lo único que hacía era ayudar al mismo Estado a proveer servicios básicos de seguridad, salud y alimentación para la supervivencia de las comunidades indígenas. No obstante, después de ello, el gobierno ha seguido cometiendo nuevas atrocidades, incluso mayores, como la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, la masacre de Nochixtlán por parte del ejército, asesinatos y secuestros de periodistas y de activistas, y podríamos seguir nombrando casos, antes y después de Nestora, y una larga lista de culpables fabricados por la burocracia para proteger a criminales en el poder. Y la pregunta sigue siendo la misma: ¿cuál es el aprendizaje para el Estado mexicano ante todos estos horrores cometidos por sus gobiernos?

La lucha por la justicia es muy larga y tortuosa en México, lo sabemos. Pero lo que no sabemos es qué tan acostumbrada está la sociedad mexicana a las condiciones que les imponen sus opresores: esa burocracia siniestra especializada en el horror de la tortura, la fabricación de culpables, la simulación de justicia a costa de vidas inocentes a quienes arrancan juventud y dignidad porque pueden. Un caso poco conocido mediáticamente y no menos espeluznante es el de José Eduardo Toledano Téllez, un hombre que iniciaba su carrera como policía de la Ciudad de México, casado y con familia, honesto y entregado al servicio público. Fue incriminado por narcotráfico por tener el mismo apellido que un criminal. Su madre, maestra de yoga y terapias alternativas, hoy adulta mayor, lleva 17 años luchando por la libertad de su hijo, a quien después de un tortuoso proceso determinan su inocencia, además de la detención del verdadero culpable. Sin embargo, José Eduardo sigue preso, sin ninguna justificación.  

El Estado se resiste al aprendizaje. Y lo que no sabemos, es qué tanto la sociedad facilita su propia opresión, en la imagen de Arendt, toda proporción guardada. Una tolerancia silenciosa al sufrimiento tejida fuertemente con la corrupción del gobierno mexicano es lo que provee ese poder siniestro. Una sociedad indiferente a su propio sufrimiento porque se percibe al margen de las víctimas, las aísla. El historiador inglés Norma Cohn escribió en su ensayo Garantía para el genocidio en referencia al Holocausto que “cuando la gente sabe, aunque sólo sea con la mitad de la cabeza, que se está cometiendo una gran injusticia y no tiene ni el valor ni la generosidad para protestar, automáticamente echa la culpa a las víctimas: es la forma más sencilla de apaciguar su conciencia” (1967, p.267).  

Romper con esta inercia sólo puede darse desde la constante que todos los regímenes autoritarios les es insoportable, la internacionalización de sus crímenes. Esto es, exhibir el horror desde fuera,  develar ese rostro sanguinario e inadmisible para lo que hoy todavía se percibe como mundo democrático. Lo constatamos en el caso de Nestora. Lo constatamos en el caso de los feminicidios de Ciudad Juárez. Lo estamos constatando en el caso de Ayotzinapa, y en tantos otros perpetrados en cada administración sexenal. La internacionalización del horror en México ya no da cabida a dudas de la naturaleza de su régimen. Y nuestro activismo en derechos humanos y en el ejercicio de nuestras libertades de expresión y prensa ha ayudado a este señalamiento internacional. Ha ayudado a que la impunidad no sea absoluta. Eso por una parte.

Por otra, quienes alzamos la voz por la justicia, generalmente, hacemos más de lo que creemos. No vemos la completa magnitud de nuestras acciones, y al hacer referencia a la magnitud implica un cambio cuantitativo, pero que en algún punto de su expansión alcanza un cambio cualitativo. Y este cambio es la acción moral. Para decirlo en términos del creador de esta idea, Zygmunt Bauman, sostiene que “la moralidad es un momento de generosidad”.  Es la idea del amor gratuito, de la acción gratuita por los demás. Debido a su gratuidad, los actos morales no se pueden comprar, atraer, exigir, no se pueden convertir en rutina ni en un plan. Un gobierno criminal no puede competir contra ello. Y es aquí donde surge la conciencia de lo político y se comparte, donde el Estado se emplaza frente a su propia imagen para reconocerse víctima y victimario. En ese momento se da el aprendizaje.  

El ejemplo de la autora de la fabricación del Caso Wallace es muy contundente para esta idea. La sociedad mexicana compró la mentira de Isabel Miranda Torres cuando ésta se presentaba con la máscara de madre dolida por el supuesto secuestro de su hijo. En aquel tiempo, supo manejar la empatía del dolor a través de los medios y supo engañar a la sociedad por tener acceso privilegiado a las instituciones. Pero al cambiar de máscara, de madre dolida a activista, ha tenido que ser legitimada e incorporada en la estructura de la dominación del régimen, como una criminal más, porque sola era imposible sostener su mentira. Su acción no es moral ni ética. Y esta debilidad es nuestra fuerza, una fuerza conjunta con la de los familiares de las verdaderas víctimas que no desfallecen pese a los titánicos esfuerzos, como los de Enriqueta Cruz, madre de Brenda Quevedo, o los de Lourdes Téllez, madre de José Eduardo Toledano, y en su momento los de José Ávila, esposo de Nestora Salgado, o los de Yaskade Fernández por su hijo torturado, incriminado, y asesinado después de su liberación, y los esfuerzos de miles y miles más. Contra estas acciones, contra la lucha auténtica, moral y ética, el autoritarismo y la corrupción no pueden competir.

Podemos ver estos logros, pues, por nuestra capacidad para actuar fuera de las fronteras geográficas del conflicto, fuera del régimen opresor, y éste sería uno de los aprendizajes que propongo registrar y sistematizar en la lucha por los derechos humanos. Porque además lo que desarrolla esta capacidad colectiva de lucha consciente, es la confianza que nos estimula día a día en nosotros mismos, como activistas, en mi caso como periodista, pero también en la comunidad creada virtualmente y en persona que sin condiciones se suma a la defensa de las víctimas. Para terminar, recapitulo mi propuesta:

La internacionalización del horror, el fortalecimiento de la confianza y el ejercicio impecable de nuestra responsabilidad moral. Cuestiones, insisto, con las que no puede competir el gobierno ni su burocracia criminal. Desde mi punto de vista, es la mejor lección para el Estado.

*Ponencia en Caribbean Philosophical Association en la mesa “Building a Blueprint: What can we learn from our successes against false imprisonment to better serve the innocents?”.

 

David Bertet y María José Espejo en Nueva York en la conferencia sobre culpables fabricados en México. Foto: perfil Twitter David Bertet

Guadaupe Lizárraga de la videoconferencia desde California sobre culpables fabricados en México. Nueva York/CPA

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Arteleaks

Un amigo de Dios

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JUEGO DE OJOS

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

En esta entrega comenzamos con un acertijo. ¿Podrá el lector adivinar de quién hablo?

Un escritor, nacido alrededor de 1890, es famoso por tres novelas. La primera es corta, elegante, un clásico inmediato. La segunda, su obra maestra, presenta a los mismos personajes, aunque es más larga y compleja, e incorpora en forma creciente elementos míticos y lingüísticos. La tercera es enorme, casi una locura exuberante de la imaginación.

Una pista: no se trata de Joyce.

Un escritor, nacido alrededor de 1890, denunció la producción masiva, el estruendo del tráfico y el descarno y fealdad de la vida moderna europea, y amó los árboles y la verdura de la campiña inglesa en donde vivió de niño, así como a las pequeñas y delicadas criaturas con las que se topó en las leyendas nórdicas.

Una pista: no se trata de D. H. Lawrence.

Un escritor, nacido alrededor de 1890, mezcló porciones de literatura antigua con su propia obra maestra, aderezándolas magistralmente conforme avanzaba.

Una pista: no se trata de Ezra Pound.

Un escritor, nacido alrededor de 1890, se declaró monárquico y católico.

Una pista: no se trata de T.S. Eliot.

Los más antiguos de mis lectores –antiguos en el sentido clásico- quizá hayan adivinado ya de quién hablo.

Y si son mis contemporáneos y fueron como yo vagamundos y en su camino a Damasco se toparon en un callejón con el grafiti “¡Frodo vive!”, entonces ya lo saben de cierto.

Para los más jóvenes, quizá un cuento les ayude:

“Había una vez un cuarentón, profesor de lingüística y filología, que sabía más que nadie en el mundo sobre las antiguas lenguas nórdicas y el Beowulf. El maestro había quedado huérfano muy joven, y el ejército de su país lo mandó a una guerra terrible en donde estuvo a punto de perder la vida.

“Anegado en el lodo sanguinolento de las trincheras y apabullado por el estruendo del cañón y la metralla y los lamentos de amigos y enemigos, quizá haya imaginado el mundo que creó cuando muchos años después interrumpiera por un momento la calificación de un examen para escribir al reverso de la hoja: “En un agujero en la tierra vivía un hobbit”.

Es claro que el escritor de quien hablo, nacido alrededor de 1890 en África del Sur, es John Ronald Reuel Tolkien, hoy una referencia doméstica gracias a Hollywood, pero en mi adolescencia y primera juventud, vicario de un rito arcano cuyos miembros nos reconocíamos por señas secretas y conjuras pronunciadas en voz baja como la de “¡Frodo vive!”

Me asombra que haya sido hasta fines de los ochenta que encontré en mi propio país con quien hablar sobre la tetralogía de Tolkien y sus asonancias y disonancias con, entre otros, Joyce, Lawrence, Pound y Eliot, de la manera juguetona que se consigna al inicio de este texto y que ojalá fuera mía, pero lo es de Jenny Turner, la espléndida periodista autora de Razones para amar a Tolkien.

He aquí un personaje deslumbrante y paradójico. De él se dice que era aburrido en una sociedad y un siglo de tiesuras, y que su devoción por la filología se percibía anticuada incluso entonces.

Pero la obra de este flemático inglés nacido en Sudáfrica, quien nunca alzaba la voz, vestía siempre en tweed y chaleco y fumaba pipa, despertó una corriente pasional pocas veces vista en la literatura.

Jenny Turner confiesa que le asusta haber pasado “demasiado tiempo” de su adolescencia en compañía del demiurgo de El señor de los anillos y que ya adulta si bien encuentra los libros repetitivos y “ruidosos”, éstos siguen conectándose a su espíritu de manera inquietante.

“Hay una succión, un algo primigenio que se transmite entre ambos, como cuando una nave espacial se enchufa a la nave madre. Es como el seno materno, es un alivio infantil… que también es como un hoyo negro”.

Escalofriante memoria, pero humana y generosa si la comparamos con otros juicios, como el de mi admirado Edmund Wilson: “Hipertrofiado… Un libro infantil que de alguna manera se salió de madre… Una pobreza creativa casi patética…”.

John Heath-Stubbs estima que la obra es “Una mezcla de Wagner y el osito Winnie Pooh, mientras Germaine Greer exclama que fue “su pesadilla”.

Vaya, pues. Supongo que el viejo profesor, tan enemigo de las pasiones terrenas, nunca imaginó que la obra iniciada con la frase, “En un agujero en la tierra vivía un hobbit”, fuera a despertar tantas y tan opuestas durante tantas generaciones, pues a estas alturas del siglo y mal que me pese gracias al cine, la cofradía tolkiense es ya una muchedumbre.

No escapa a la aguda e inteligente mirada de Jenny Turner la paradoja: si los libros son tan criticables, ¿por qué a tantos millones les han apasionado?

No es una pregunta fácil, pero tengo mi propia experiencia. El Hobbit (1937) me encontró, aún adolescente, en el aeropuerto de Londres, olvidado o escondido por alguien entre el Time, el Newsweek y el Life.

Lo compré por no dejar, por tener algo que leer en el vuelo de interminables horas que me esperaba. ¿Por no dejar? ¿O fue que se cumplió el adagio de Edmundo Valadés sobre los libros que nos están destinados en la vida?

En la sala de espera comencé la lectura y a la mitad del vuelo maldije no haber adquirido los tres tomos de la secuencia, conocida como El Señor de los Anillos (1954).

Caí en la red del viejo profesor, atrapado, de nuevo, en el vicio solitario que nos libra para siempre de la soledad. No descansé hasta que pude fatigar la trilogía con pasión talmúdica y transité los caminos de toda la obra del viejo profesor y de lo que su hijo Christopher editó amorosamente en memoria del demiurgo de la Tierra Media.

Y como dicen los angloparlantes, al final del día lo que me quedó fue una profunda identificación con la obra, una suerte de simbiosis que, ahora lo pienso, tiene en verdad algo de misterio sobrecogedor.

Leo y releo los libros. Sé de memoria pasajes enteros. Y cada vez que los visito descubro algo novedoso. Quizá ahí esté la explicación. Tolkien fue capaz de comunicarse con otros espíritus en un nivel anímico primario que escapa a toda explicación y que tiene como hilo conductor las emociones y sensaciones más humanas.

Desde luego que una mirada crítica, como apunto arriba, descubre inconsistencias en el texto, en los diálogos, en los personajes y en la narrativa.

Yo daría cristiana sepultura a Tom Bombadil, un personaje arbóreo que transcurre cantando tonadillas hueras y que no tiene mayor consecuencia en el resto de la historia, y trabajaría la estructura interna de algunos protagonistas así como la lógica de varios episodios.

Y ya que de utopías hablamos, también sacaría del mercado la horrenda traducción al español de Taurus, con su majadera “castellanización” de nombres que en vez de un Bilbo Baggins nos sirve un “Bilbo Bolsón” amén de otras aberraciones asestadas a la obra del viejo profesor. No ha nacido el argentino que se deje intimidar por los versos aliterativos del Beowulf. ¡No señor!,

Y a todo esto, ¿quién fue este personaje, esa suerte de hobbit mayor?

John Ronald Reuel Tolkien nació el domingo 3 de enero de 1892 en Bloemfontein, África del Sur, después de un parto difícil y prolongado. Apunto este detalle íntimo porque lo encuentro en la biografía de muchos escritores.

Sus padres fueron Arthur Tolkien y Mabel Suffield. A ese país habían emigrado en busca de fortuna y ahí creció, un niño débil y enfermizo. A la muerte de Arthur en 1896, Mabel regresó a Inglaterra, en 1900 se convirtió al catolicismo y en 1904 murió de diabetes, enfermedad incurable en la época.

La madre es un personaje fascinante por derecho propio y creo que su personalidad impregna a los espíritus etéreos y fuertes de las pocas mujeres en la obra de J.R.R.

Antes de casarse con Arthur a los 21 años, había sido misionera de la Iglesia Unitaria en África y, créalo o no el lector, ¡impartió catecismo en el harén del sultán de Zanzíbar!

Ahora bien, imaginémonos a esta familia de la clase media pobre en la Inglaterra anglicana y victoriana de entonces y las consecuencias que sin duda estos hechos tuvieron sobre la sensible personalidad del niño J.R.R.

¿Recuerda el lector a Shelob, el mefistofélico ser que en forma de tarántula gigante custodia el paso de Cirith Ungol a Mordor por donde deben transitar Bilbo y Samwise merced a las intrigas de Gólum?

Pues en Sudáfrica el niño John tuvo experiencias que aparecerán reflejadas en su obra: un encuentro con una tarántula peluda que lo picó, y con una serpiente.

Y un mozo de la familia “lo tomó prestado” durante varios días para llevarlo a su aldea y presumirlo a su extensa parentela, con las consecuencias que el lector podrá imaginar.

Creo que su niñez africana, su adolescencia en la campiña inglesa, su estancia en las trincheras en la primera guerra mundial -donde el gas mostaza daño su salud para siempre y en donde perdió a la mayoría de sus amigos- , su vida enclaustrada como profesor de filología y sajón antiguo… toda su existencia, pues, está reflejada en la saga de los Baggins, desde la fiesta a la que asisten los enanos sin invitación, hasta la última escena en que Bilbo, Frodo y otros personajes abandonan para siempre la inolvidable Tierra Media.

Pero me estoy saliendo de cauce. Si el viejo profesor pudiera leer estas cuartillas y en particular el anterior párrafo, sin duda las haría confeti, ya que detestaba a los críticos y a los exégetas… ¡y a fe mía que tenía razón! Así que en resumen diré que los cuatro libros de la saga (El Hobbit,  El Señor de los Anillos, Las dos torres y El regreso del rey) con El Silmarilion, integran una república abierta a quien desee pedir la ciudadanía del país mayor del gozo, que es la tierra de la imaginación.

Reuel, el tercer nombre de Tolkien (John Ronald), es un apelativo heredado de padres a hijos en esa familia, y quiere decir, literalmente, “Amigo de Dios”. Sin duda el viejo profesor lo fue.

***

Fuente: juegodeojos.mx

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Con voz propia

Samuel García y Mariana Rodríguez, con trastorno de personalidad narcisista: Ernesto Lammoglia

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Por Alberto Farfán

 En ocasiones en México se suelen encontrar en análisis periodísticos de algunos columnistas imberbes y limitados términos propios de la psiquiatría para plantear la personalidad de gobernantes, servidores públicos y otros de este ámbito, en el afán de vituperar tanto sus actividades de Estado como las personales o sociales, aunque también esta práctica puede encontrarse en otros países.

De ahí que sean importantes las observaciones del doctor Ernesto Lammoglia (Veracruz, 1940), connotado médico psiquiatra, criminólogo, escritor y comunicólogo, que desarrolla acerca del gobernador de Nuevo León y su esposa, Samuel García Sepúlveda y Mariana Rodríguez Cantú, respectivamente.

En entrevista, el Dr. Lammoglia, siempre ético y profesional, advierte que el perfil que brindará está sujeto a lo expuesto por los medios de comunicación y redes sociales, lo cual no se podría considerar un diagnóstico objetivo porque para ello el matrimonio regio debería haber sido analizado en su consultorio. Razonamiento que nos parece perfectamente válido e incluso obligado ponerlo sobre la mesa. (Conversación con Julio Hernández en Astillero Informa por YouTube, 13/05/22).

Sin embargo, resulta interesante la caracterización que realiza el doctor si tomamos en cuenta la serie de peculiaridades que García y Rodríguez han mostrado antes, durante y después, ya ubicados en el pináculo del poder en Nuevo León, a través de redes sociales sobre todo. Las cuales no voy a enumerar porque francamente sus sketchs son siempre lo mismo: llamar la atención a costa de quien sea o de lo que sea con un humor que se supone graciosísimo.

Así, para el Dr. Lammoglia, galardonado en múltiples ocasiones por su labor profesional y con más de una docena de libros publicados, ambos personajes padecen del trastorno de personalidad narcisista. Palabras más, palabras menos, desprendemos que dicho trastorno mental implica que las personas padecerán de un sentido desproporcionado de su propia importancia, una necesidad exagerada de atención desmedida, relaciones de explotación emocional y una ausencia profunda de empatía por las personas a su alrededor.

No obstante, esto no es más que una especie de máscara protectora de hierro, pues en realidad su autoestima es rotundamente frágil y vulnerable al comentario crítico más anodino. Y añade el Dr. Lammoglia que “el nivel más alto de esta condición es la psicopatía”.

Y al revisar con detenimiento estas características del narcisismo, pero fundamentalmente al confrontarlas con las curiosidades del matrimonio en redes sociales, no puede uno soslayar que acaso el Dr. Lammoglia no esté equivocado, sino todo lo contrario.

Situación que, en efecto, no tendría ninguna relevancia si Samuel García y Mariana Rodríguez fueran ciudadanos comunes y corrientes, divirtiéndose con sus ocurrencias en videos y demás. Sin embargo no lo son. Más aún, él como gobernador y ella como primera dama detentan un gran poder en la entidad en que viven, con el objeto, se supone, de velar por la ciudadanía en todos sentidos, pero al ser narcisistas me temo que difícilmente se podrán erradicar los feminicidios, el narcotráfico, la trata de personas y otros flagelos sociales que prevalecen impunes. Si otros que no lo son no lo logran, menos ellos.

Finalmente, es evidente que un perfil psicológico o psiquiátrico por más objetivo y exacto que sea no necesariamente indicará que el gobernante diagnosticado con alguna condición mental podrá constituirse en el mejor o el peor, pero estemos de acuerdo o no nos dará una idea sobre a qué atenernos. Y serán los hechos los que hablarán a este respecto. Lamentablemente, ya están hablando con claridad de manera negativa en Nuevo León en torno a los más recientes feminicidios y al cuestionable proceder de los responsables de la fiscalía del estado.

 

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Con voz propia

La producción para el autoconsumo, pero los malditos medios

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TRAS BAMBALINAS

Las podridas y los podridos

Por Jorge Octavio Ochoa

Este fin de semana empezó a circular, con cierta algarabía, el anuncio del gobierno de la república para impulsar un programa de “Producción para el Autoconsumo”. Con ello, López Obrador piensa sacar a México de las penurias y volverlo un país autosuficiente en alimentos básicos.

¡Hombre, cómo no se nos ocurrió antes! Hemos sido tan ciegos e imbéciles para no ver esa posibilidad. Quizá pudo ser la solución para frenar el fenómeno del narcotráfico; detener el huachicoleo de combustibles; contener el uso de jóvenes y niños como “halcones” de los traficantes.

Dicen que el presidente se reunirá con alrededor de 12,000 técnicos, agrónomos y campesinos para promover esta brillante idea, que en los hechos sólo esconde otro reparto ingente de dinero, de una bolsa sin fondo que, bien a bien, no sabemos de dónde saldrá.

El proyecto es “ambicioso”, como todo lo que dice y hace el mandatario:

“La directriz es producir lo que consumimos los mexicanos para que nos podamos proteger porque la pandemia nos llega de fuera, nos afecta en lo económico, la guerra de Rusia y Ucrania también descontrola, todo el mercado mundial”, dice el mandatario.

¡Caramba! ¡Cómo no lo habíamos visto antes!

“Aumentan los fletes, no hay suficiente producción de alimentos en el mundo; aumenta el precio de fertilizantes, necesitamos producir. Lo mejor es producir lo que consumimos, pero que tengamos maíz, frijol, pollo, huevo, carne, aceite, los alimentos básicos”. “Que tengamos las gasolinas, el diésel, la energía eléctrica, eso es fundamental”.  

¡Sí, hombre! Hemos sido tan torpes y miopes. Pero él nos viene a “iluminar” con su gran mente brillante, justo ahora que la inflación rebasa el 7% mensual y su “acuerdo” de contención de precios está valiendo un carajo.

Pero esto es lo que nos venderá los próximos días en sus peroratas de “la mañanera”, como parte del discurso ideológico-político para defender su pequeña rebelión en la granja, e insistir que ningún gobierno debe ser excluido de la Cumbre de las Américas.

Ahí, hasta los dictadores podrían tener el foro para explicar al mundo porqué reprimen a sus pueblos, encarcelan a los opositores, porqué prostituyeron sus revoluciones y se eternizan en la silla sin poder sacar a sus pueblos de la miseria.

Entonces, López Obrador reprochará nuevamente la tardanza de Joe Biden para apoyar en todo el continente latinoamericano su proyecto de Sembrando Vida, y detener así, el sunami de migrantes que todos los días se viene a agolpar en las fronteras del odiado capitalismo.

Malditos medios  

Hay quien dice que los medios, y los reporteros en particular, sólo buscan “las podridas”, que atraen lectores. Sin embargo, sin conceder razón, esto ocurre porque esas notas siempre están vinculadas con “los podridos”

En México, más del 80% no cree en sus políticos, ni en los funcionarios públicos. Menos aún en sus partidos. Es decir, más que reprobados, todos ellos son repudiados. La pregunta que rompe los esquemas es: ¿Usted se siente realmente representado por sus políticos?

La percepción generalizada es que toda esta élite es igual de corrupta. En el 2018, hubo la esperanza de que, ahora sí, vendría un cambio profundo que pusiera por encima los intereses de la población. No ocurrió y no ocurrirá. Lo que hay es una compra cínica de voluntades.

Pueden vendernos la idea de una reforma electoral, una reforma eléctrica; o que Centro y Sud América por fin encontrarán lazos de unidad para presentar un frente unido contra las hegemonías. Pero en los hechos, esto no ocurrirá mientras se mantenga el mismo modelo de desarrollo, basado en la voluntad de unos cuantos

El actual régimen, por ejemplo, nos vendió la idea de que en la Ciudad de México lo más necesario eran los segundos pisos. Hoy vemos que indirectamente, sólo se privilegió a las clases altas, porque los pobres siguen viajando en el mismo transporte desvencijado.

La criminalidad se solaza con el asalto diario al transporte conurbado, en las zonas que, en los años de poderío priista, se permitieron asentamientos pese a que no existieran las condiciones para dotar de servicios urbanos indispensables como drenaje, agua, luz, comunicación.

Cuando metieron camiones nuevos en algunas rutas, de zonas más o menos populares, de inmediato subieron la tarifa de 5 a 7 pesos, sin consulta alguna, y con el agravante de que, si usted no tiene la cantidad exacta, pues entonces tendrá que dejar la moneda de 10.

Algo parecido ocurre ahora con las obras “maravillosas” que publicita el gobierno como el AIFA, el Tren Maya, la Refinería Dos Bocas, las 100 Universidades Benito Juárez, el INSABI, el Banco del Bienestar, Sembrando Vida, Jóvenes por el futuro o las pensiones para adultos mayores.

Son acciones que se financian con dinero del pueblo; que impactan en los impuestos, en los niveles de vida de la población, en el ánimo de las personas, porque sólo agudizan el grado de dependencia, necesidad y compromiso con los gobernantes en turno. ¿Por qué entonces nos gobiernan esos tipos?

El jefe de la rebelión en la granja 

Puestas así las cosas, ante las bajas expectativas que de por sí arrastran esas cumbres, López Obrador se convertirá en el jefe de la pequeña rebelión en la granja y hablará de la solidaridad, del humanismo, de la cristiandad y del amor al prójimo, aunque, como hemos visto, todo eso le vale un reverendo pito.

Su perdón a los criminales, pese al daño que éstos han causado ya en la idiosincrasia del mexicano, es la muestra extrema no sólo de la falta de conciencia del mandatario, sino del velado interés de convertir a algunas de esas bandas, en fuente del desarrollo y la producción.

“También cuidamos a los integrantes de las bandas; también son seres humanos”, es la frase que se quedará en el imaginario popular y que quizá, ¡por qué no!, quedará inscrita en los futuros libros de texto de primaria, cuando se legalice plenamente la mariguana, la amapola y demás enervantes.

Esa es la falsa solidaridad que distingue los actos de López Obrador. Dedica 285 millones de pesos para pagar a 585 presuntos especialistas cubanos, y despide a 741 médicos y enfermeras mexicanos que arriesgaron su vida durante la pandemia, pero ahora los acusa de no quererse ir a vivir a zonas marginadas.

Con dinero de mexicanos, entrega becas a 62 mil centroamericanos, sin consulta alguna al Congreso, ni puntualizar de qué partida saldrá todo ese dinero. Él habla de los “corruptos de antes”, pero no le parece escandaloso destinar 14 millones de pesos para el pago de “hospedaje, alimentación y servicios generales” a cubanos.

Ésta es la visión “latinoamericanista” que querrá inyectar el mandatario de cara a la fallida Cumbre, en medio de un chantaje descomunal, sólo para apuntalar a su partido, con una actitud cada día más arbitraria y prepotente. Por eso la pregunta viene a cuento: ¿Cree que realmente protegen los intereses de usted y su familia?

Pero usted obedezca al Mesías, porque ahora nos llevará a la tierra prometida de la producción para el autoconsumo; claro, mientras no se le inunde la casa o las tierras por la ya próxima temporada de ciclones y tormentas. ¡Ese es nuestro grandioso presidente!

La amenazas de la reforma electoral  

Pero, a la par de su iluminada iniciativa para matar el hambre, López Obrador insiste en una reforma electoral que nadie entiende, aunque parezca muy tentador reducir a 300 el número de diputados y 96 el número de senadores. Los mexicanos intuyen que hay “gato encerrado” para beneficiar a Morena.

Y en efecto, así es. La iniciativa de AMLO elimina a los diputados de mayoría y los sustituye por los plurinominales. Ello implica eliminar, de golpe, la geografía distrital y elegir a todos mediante listas de prospectos que, ¡claro! Serán propuestos por los partidos.

Actualmente los diputados federales se eligen en 300 distritos por mayoría relativa y 200 mediante 5 listas regionales de representación proporcional. En el nuevo esquema habría 32 listas. El nuevo método disminuiría la proporcionalidad nacional de la Cámara de Diputados.

Es decir, estarán representados los partidos, con una mayoría aplastante para el más grande. Y por el lado del INE se pretende convertirlo en un ente que, como en los viejos tiempos del PRI, sea el encargado desde el centro del país, de dirigir las elecciones y desaparecer los tribunales e institutos de los estados.

No, no hay bondad en nada de lo que hace López Obrador.

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