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Con voz propia

El debate #YoSoy132 y la relación México-Estados Unidos

El debate #YoSoy132 ayudó a que los jóvenes definieran preferencias electorales y lo manifestaran como un ejercicio verdaderamente plural

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Imagen de la red

Por Ricardo V. Santes Álvarez

El debate entre tres aspirantes presidenciales organizado por el movimiento #YoSoy132, fue exitoso. Se construyó enteramente por ese sector de ciudadanos jóvenes, informados y ocupados en contribuir al fortalecimiento de la libertad de expresión y la vida democrática en México. Se llevó a la práctica al margen de la sanción y acartonamiento de la instancia formal, el IFE, y en mismo se apreció a tres candidatos más “al natural”, que por momentos tuvieron oportunidad de dialogar entre sí, tanto con voz como con lenguaje corporal.

Fue un triunfo compartido también por todos los mexicanos, pues amén de mostrar que la organización y el acuerdo permiten los avances, evidencia que los millones de pesos del erario público que se gastan en debates oficiales nada tienen que ver con su calidad; confirma que los montos utilizados para este tipo de acontecimientos no se justifican.

Los temas acordados se materializaron en preguntas que inquietan no sólo al #YoSoy132 sino a muchos más; algunas ya habían sido tratadas, por lo que esta vez las posiciones de los candidatos se ampliaron. Los temas más controversiales fueron el asunto de los monopolios (televisoras, CFE, Pemex), y el de la inseguridad, que se vincula al negocio de las drogas y a la relación con Estados Unidos.

Sobre los monopolios, los tres aspirantes coincidieron en la necesidad de evitarlos, pero disintieron en cuanto a las formas; sobre todo en el caso de Pemex, pues en tanto que el candidato del Panal, Gabriel Quadri de la Torre, apostó por la modernización mediante la privatización y libre competencia, el candidato de las izquierdas, Andrés Manuel López Obrador, planteó la modernización del sector mediante una reforma que combata la corrupción al interior de la empresa y permita reestructurarla, haciéndola eficiente con apoyo privado donde sea necesario, pero no mediante la privatización absoluta.

Decidida a confrontar a López Obrador, la candidata del PAN, Josefina Vázquez Mota, se manifestó a favor de reformar Pemex, asumiendo que es lo que rechaza el candidato de las izquierdas; aunque mostró una postura ambigua y Quadri le demandó mayor precisión; sin aceptarlo, Vázquez Mota exhibió coincidencia con López Obrador al postular complementariedad en inversión pública y privada, si bien mantuvo la ambigüedad al inclinarse también por la libre competencia que planteó Quadri.

Respecto a la seguridad interna, la candidata oficial apuesta a continuar la estrategia de la derecha gobernante; la pregunta es: ¿podía ser de otra manera? Gabriel Quadri, favorece el fortalecimiento al estado de Derecho, es decir, orden y control, que en esencia repite la receta de Felipe Calderón. El candidato López Obrador rechaza la política de ocurrencias vigente, que ha causado la violencia, proponiendo un diagnóstico del problema y la atención de sus causas últimas; esto es algo consecuente con los principios de igualdad y equidad que están en la raíz del pensamiento de izquierda.

El asunto de las drogas fue similarmente polémico. Para Quadri, la solución es sencilla: hay que eliminar la política prohibicionista; así se terminaría el negocio. Tal vez acierte, pero no debe olvidarse que de ese lucrativo negocio se han servido influyentes personajes que, a los ojos de todos, viven como ciudadanos (y funcionarios públicos) honestos. En ese sentido, la legalización encontraría fuerte oposición de poderosos grupos de interés.

Para Vázquez Mota, el tema debe consultarse con los Estados Unidos pues ambos países deben actuar de manera corresponsable. Es lo que ha demandado Calderón a Washington. En la práctica, sin embargo, la corresponsabilidad funciona entre países pares en capacidad de influencia, no así donde existen relaciones asimétricas como la que mantienen México y Estados Unidos, donde lo que ocurre es sumisión del débil ante el poderoso. Es conocido que Estados Unidos aporta el dinero y las armas, así como el consumo de las drogas, mientras que México ofrece la nota roja de violencia y muertes, además de la producción y las vías de tránsito. Por ello, la corresponsabilidad que pregona Calderón, y que ahora enarbola Vázquez Mota, no significa lo mismo en uno y otro lado. Para López Obrador, por su parte, el asunto debe tratarse, primero, internamente: Lo que debe privilegiarse es el interés de los mexicanos; respetando a otros países pero defendiendo el respeto que México se merece de los demás.

En tanto que Vázquez Mota se aferra al discurso de la corresponsabilidad, López Obrador va a la raíz de las relaciones internacionales al defender el principio de la soberanía. No obstante, ambos se quedan en la medianía; obvian que ninguna postura es ciento por ciento pura. No se debe seguir acríticamente los pasos de Calderón, ignorando que existe un México que demanda cambios en la estrategia contra la inseguridad y el negocio de las drogas; tampoco puede soslayarse que la globalización incide en esos problemas, lo que obliga a una interlocución con otras naciones y a una reflexión sobre la soberanía tradicional.

La discusión sobre este espinoso tema fue por demás interesante, pues aportó indicios sobre el rumbo futuro de la relación de México con los Estados Unidos si alguno de los tres debatientes llega a la presidencia. Por una parte está el mantenimiento del statu quo con Vázquez Mota, y por otra, una readecuación del esquema de colaboración bilateral que atienda aspectos estructurales de base, con López Obrador.

Alternativamente, queda la estrategia que ya esboza el candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, al anunciar la inclusión en su equipo de un asesor militar colombiano. Con ese personaje, la guerra frontal contra el crimen organizado transmutaría a una con sazón sudamericano, con todo lo que ello implique; pero que en todo caso, no dejaría de ser guerra ni terminaría con la violencia que ha marcado al actual régimen.

Es factible que el color partidista de quien asuma la presidencia de México sea lo que menos importa a Estados Unidos; empero, la crisis de seguridad que afecta a México produce una preocupante inestabilidad social que ya impacta en la Unión Americana, y eso sí enciende las luces de alerta en Washington. Felipe Calderón y Barack Obama bien pudieron haber discutido el asunto en la reciente reunión del G20 en Los Cabos. El mexicano ya se va pero Obama tiene la opción de repetir en la presidencia, de manera que la elección mexicana debe importarle; lo mínimo que debe cuestionarse es qué tipo de vecino al sur conviene más y qué candidato ofrece mejores garantías de estabilidad social.

A lo anterior hay que agregar que, luego de la reunión del G20, la declaración de Calderón haciendo votos porque la elección presidencial sea limpia y apegada a la ley muestra a un presidente interesado en dejar el cargo con decoro y reconocimiento por parte de la comunidad internacional. Tiene razón, esa sería su mejor tarjeta de despedida de la presidencia, y de presentación en una posible actividad en el exterior.

Volviendo al debate, entre otros temas adicionales, dos se abordaron de manera suave y con franco oportunismo: La atención a las comunidades indígenas y el sector de los jóvenes. Sobre el primero, se vio a una Josefina Vázquez Mota aseverando que conoce perfectamente cada rincón del país, y que los usos y costumbres “tienen que apegarse a los derechos humanos”. A un Andrés Manuel López Obrador reafirmando su trabajo sobre los asuntos indígenas en su estado natal y en sus recorridos por toda la República. Y a un Gabriel Quadri visionando un México indígena trilingüe. Veremos si la próxima administración trata la cuestión indígena, finalmente, con la seriedad que amerita.

El segundo aspecto, la atención a los jóvenes, fue utilizado por los candidatos para posicionarse ante sus interlocutores, pretendiendo recibir su beneplácito y, por supuesto, su voto en la jornada del 1 de julio. En esto hay que subrayar un endeble entendimiento de la emergencia del movimiento juvenil. A la candidata del PAN habría que señalarle que el #YoSoy132 no se integra por menores de edad o huérfanos buscando el regazo materno, como para merecer expresiones condescendientes como “queridos jóvenes” (que nos hace recordar aquel de “querida amiga”); mucho menos se merecen ocurrencias como la de sacar de la manga un gabinete de potenciales colaboradores que, como ella misma reconoció, no estaban enterados, y que por cierto, alguno se pronunció de inmediato rechazando tal posibilidad.

Al candidato del Panal vale decirle que el #YoSoy132 no está conformado por ingenuos como para aceptar la insinuación que ser joven es coincidir con “propuestas liberales” y ser viejo es sinónimo de quedar estancado en principios estatistas. Similarmente al señor López Obrador hay que aclararle que el movimiento sostiene no estar contaminado por ideologías partidistas y voluntarismos como para ser acrítico de sus propuestas y lugares comunes; no se conforma con eso y se lo hizo saber. En resumen, si alguno de los candidatos se presentó al tercer debate pensando que iba a convencer a los jóvenes con palabras melosas, tecnicismos o retórica, pienso que se equivocó.

Es de lamentar la ausencia en el debate del puntero en las encuestas “serias”, el candidato Peña Nieto. Creo que aunque el movimiento se declaró en un momento anti-Peña, no todos compartieron ese pronunciamiento; y aunque así haya sido, los asesores de Peña Nieto debieron considerar su participación en el evento. El argumento insostenible de que no estaban dadas las condiciones para asistir fue contraproducente para Peña (aunque él no lo ve así), pues perdió la oportunidad de mejorar su imagen ante quienes han sido sus más fuertes y auténticos críticos. Al despreciar el encuentro, perdió prácticamente toda oportunidad de tener algún voto de ese importantísimo sector social, justamente el que ahora acelera el cambio democrático que el país demanda. Sobre la excusa para no asistir, habrá que decirle a Peña Nieto que el #YoSoy132 aglutina solamente belicosos pensadores, fabricantes de visiones y planes para cambiar el país. No está constituido por porros que le pudiesen haber representado un peligro mayor, como al parecer supuso.

En lo inmediato, el debate sirvió para que los jóvenes del #YoSoy132 tuvieran una posición clara, y diría yo, definitiva, sobre qué candidato(a) merece su voto. Porque a diferencia de lo que algunos aseguraron de que el movimiento es pro-AMLO, en realidad se integra por una pluralidad de posiciones. Los tres aspirantes lo sabían y por eso atendieron la invitación. Tal vez quienes en un primer momento apoyaban a López Obrador hoy apoyen a Vázquez Mota, o viceversa; o tal vez elijan a Quadri de la Torre. Incluso puede ocurrir que, a escasos días de la elección, el movimiento llegue a consensar hacia quien inclinará su preferencia; porque el voto informado, razonado y conveniente, es una opción real, como lo demuestra el desplegado aparecido ayer en el periódico La Jornada, firmado por personajes de distintas trincheras, partidistas y apartidistas.

Coincido con quienes afirman que quien ganó el debate fue la ciudadanía, y si hubo un perdedor fue precisamente quien rehusó debatir y dejó una emblemática silla vacía.

Concluyo apuntando que hubo fallas técnicas para ver el debate. No obstante, peor que eso fueron los reprobables obstáculos impuestos para tal fin por gobernantes autoritarios. Un ejemplo es lo que ocurrió en el puerto de Veracruz, donde las autoridades locales coartaron a los ciudadanos la posibilidad de ver el evento en la plaza pública. No cabe duda, en estos días, Veracruz es noticia.

*El autor es investigador del Colegio de la Frontera Norte en Baja California

Twitter: @RicSantes

Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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