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Con voz propia

El debate #YoSoy132 y la relación México-Estados Unidos

El debate #YoSoy132 ayudó a que los jóvenes definieran preferencias electorales y lo manifestaran como un ejercicio verdaderamente plural

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Imagen de la red

Por Ricardo V. Santes Álvarez

El debate entre tres aspirantes presidenciales organizado por el movimiento #YoSoy132, fue exitoso. Se construyó enteramente por ese sector de ciudadanos jóvenes, informados y ocupados en contribuir al fortalecimiento de la libertad de expresión y la vida democrática en México. Se llevó a la práctica al margen de la sanción y acartonamiento de la instancia formal, el IFE, y en mismo se apreció a tres candidatos más “al natural”, que por momentos tuvieron oportunidad de dialogar entre sí, tanto con voz como con lenguaje corporal.

Fue un triunfo compartido también por todos los mexicanos, pues amén de mostrar que la organización y el acuerdo permiten los avances, evidencia que los millones de pesos del erario público que se gastan en debates oficiales nada tienen que ver con su calidad; confirma que los montos utilizados para este tipo de acontecimientos no se justifican.

Los temas acordados se materializaron en preguntas que inquietan no sólo al #YoSoy132 sino a muchos más; algunas ya habían sido tratadas, por lo que esta vez las posiciones de los candidatos se ampliaron. Los temas más controversiales fueron el asunto de los monopolios (televisoras, CFE, Pemex), y el de la inseguridad, que se vincula al negocio de las drogas y a la relación con Estados Unidos.

Sobre los monopolios, los tres aspirantes coincidieron en la necesidad de evitarlos, pero disintieron en cuanto a las formas; sobre todo en el caso de Pemex, pues en tanto que el candidato del Panal, Gabriel Quadri de la Torre, apostó por la modernización mediante la privatización y libre competencia, el candidato de las izquierdas, Andrés Manuel López Obrador, planteó la modernización del sector mediante una reforma que combata la corrupción al interior de la empresa y permita reestructurarla, haciéndola eficiente con apoyo privado donde sea necesario, pero no mediante la privatización absoluta.

Decidida a confrontar a López Obrador, la candidata del PAN, Josefina Vázquez Mota, se manifestó a favor de reformar Pemex, asumiendo que es lo que rechaza el candidato de las izquierdas; aunque mostró una postura ambigua y Quadri le demandó mayor precisión; sin aceptarlo, Vázquez Mota exhibió coincidencia con López Obrador al postular complementariedad en inversión pública y privada, si bien mantuvo la ambigüedad al inclinarse también por la libre competencia que planteó Quadri.

Respecto a la seguridad interna, la candidata oficial apuesta a continuar la estrategia de la derecha gobernante; la pregunta es: ¿podía ser de otra manera? Gabriel Quadri, favorece el fortalecimiento al estado de Derecho, es decir, orden y control, que en esencia repite la receta de Felipe Calderón. El candidato López Obrador rechaza la política de ocurrencias vigente, que ha causado la violencia, proponiendo un diagnóstico del problema y la atención de sus causas últimas; esto es algo consecuente con los principios de igualdad y equidad que están en la raíz del pensamiento de izquierda.

El asunto de las drogas fue similarmente polémico. Para Quadri, la solución es sencilla: hay que eliminar la política prohibicionista; así se terminaría el negocio. Tal vez acierte, pero no debe olvidarse que de ese lucrativo negocio se han servido influyentes personajes que, a los ojos de todos, viven como ciudadanos (y funcionarios públicos) honestos. En ese sentido, la legalización encontraría fuerte oposición de poderosos grupos de interés.

Para Vázquez Mota, el tema debe consultarse con los Estados Unidos pues ambos países deben actuar de manera corresponsable. Es lo que ha demandado Calderón a Washington. En la práctica, sin embargo, la corresponsabilidad funciona entre países pares en capacidad de influencia, no así donde existen relaciones asimétricas como la que mantienen México y Estados Unidos, donde lo que ocurre es sumisión del débil ante el poderoso. Es conocido que Estados Unidos aporta el dinero y las armas, así como el consumo de las drogas, mientras que México ofrece la nota roja de violencia y muertes, además de la producción y las vías de tránsito. Por ello, la corresponsabilidad que pregona Calderón, y que ahora enarbola Vázquez Mota, no significa lo mismo en uno y otro lado. Para López Obrador, por su parte, el asunto debe tratarse, primero, internamente: Lo que debe privilegiarse es el interés de los mexicanos; respetando a otros países pero defendiendo el respeto que México se merece de los demás.

En tanto que Vázquez Mota se aferra al discurso de la corresponsabilidad, López Obrador va a la raíz de las relaciones internacionales al defender el principio de la soberanía. No obstante, ambos se quedan en la medianía; obvian que ninguna postura es ciento por ciento pura. No se debe seguir acríticamente los pasos de Calderón, ignorando que existe un México que demanda cambios en la estrategia contra la inseguridad y el negocio de las drogas; tampoco puede soslayarse que la globalización incide en esos problemas, lo que obliga a una interlocución con otras naciones y a una reflexión sobre la soberanía tradicional.

La discusión sobre este espinoso tema fue por demás interesante, pues aportó indicios sobre el rumbo futuro de la relación de México con los Estados Unidos si alguno de los tres debatientes llega a la presidencia. Por una parte está el mantenimiento del statu quo con Vázquez Mota, y por otra, una readecuación del esquema de colaboración bilateral que atienda aspectos estructurales de base, con López Obrador.

Alternativamente, queda la estrategia que ya esboza el candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, al anunciar la inclusión en su equipo de un asesor militar colombiano. Con ese personaje, la guerra frontal contra el crimen organizado transmutaría a una con sazón sudamericano, con todo lo que ello implique; pero que en todo caso, no dejaría de ser guerra ni terminaría con la violencia que ha marcado al actual régimen.

Es factible que el color partidista de quien asuma la presidencia de México sea lo que menos importa a Estados Unidos; empero, la crisis de seguridad que afecta a México produce una preocupante inestabilidad social que ya impacta en la Unión Americana, y eso sí enciende las luces de alerta en Washington. Felipe Calderón y Barack Obama bien pudieron haber discutido el asunto en la reciente reunión del G20 en Los Cabos. El mexicano ya se va pero Obama tiene la opción de repetir en la presidencia, de manera que la elección mexicana debe importarle; lo mínimo que debe cuestionarse es qué tipo de vecino al sur conviene más y qué candidato ofrece mejores garantías de estabilidad social.

A lo anterior hay que agregar que, luego de la reunión del G20, la declaración de Calderón haciendo votos porque la elección presidencial sea limpia y apegada a la ley muestra a un presidente interesado en dejar el cargo con decoro y reconocimiento por parte de la comunidad internacional. Tiene razón, esa sería su mejor tarjeta de despedida de la presidencia, y de presentación en una posible actividad en el exterior.

Volviendo al debate, entre otros temas adicionales, dos se abordaron de manera suave y con franco oportunismo: La atención a las comunidades indígenas y el sector de los jóvenes. Sobre el primero, se vio a una Josefina Vázquez Mota aseverando que conoce perfectamente cada rincón del país, y que los usos y costumbres “tienen que apegarse a los derechos humanos”. A un Andrés Manuel López Obrador reafirmando su trabajo sobre los asuntos indígenas en su estado natal y en sus recorridos por toda la República. Y a un Gabriel Quadri visionando un México indígena trilingüe. Veremos si la próxima administración trata la cuestión indígena, finalmente, con la seriedad que amerita.

El segundo aspecto, la atención a los jóvenes, fue utilizado por los candidatos para posicionarse ante sus interlocutores, pretendiendo recibir su beneplácito y, por supuesto, su voto en la jornada del 1 de julio. En esto hay que subrayar un endeble entendimiento de la emergencia del movimiento juvenil. A la candidata del PAN habría que señalarle que el #YoSoy132 no se integra por menores de edad o huérfanos buscando el regazo materno, como para merecer expresiones condescendientes como “queridos jóvenes” (que nos hace recordar aquel de “querida amiga”); mucho menos se merecen ocurrencias como la de sacar de la manga un gabinete de potenciales colaboradores que, como ella misma reconoció, no estaban enterados, y que por cierto, alguno se pronunció de inmediato rechazando tal posibilidad.

Al candidato del Panal vale decirle que el #YoSoy132 no está conformado por ingenuos como para aceptar la insinuación que ser joven es coincidir con “propuestas liberales” y ser viejo es sinónimo de quedar estancado en principios estatistas. Similarmente al señor López Obrador hay que aclararle que el movimiento sostiene no estar contaminado por ideologías partidistas y voluntarismos como para ser acrítico de sus propuestas y lugares comunes; no se conforma con eso y se lo hizo saber. En resumen, si alguno de los candidatos se presentó al tercer debate pensando que iba a convencer a los jóvenes con palabras melosas, tecnicismos o retórica, pienso que se equivocó.

Es de lamentar la ausencia en el debate del puntero en las encuestas “serias”, el candidato Peña Nieto. Creo que aunque el movimiento se declaró en un momento anti-Peña, no todos compartieron ese pronunciamiento; y aunque así haya sido, los asesores de Peña Nieto debieron considerar su participación en el evento. El argumento insostenible de que no estaban dadas las condiciones para asistir fue contraproducente para Peña (aunque él no lo ve así), pues perdió la oportunidad de mejorar su imagen ante quienes han sido sus más fuertes y auténticos críticos. Al despreciar el encuentro, perdió prácticamente toda oportunidad de tener algún voto de ese importantísimo sector social, justamente el que ahora acelera el cambio democrático que el país demanda. Sobre la excusa para no asistir, habrá que decirle a Peña Nieto que el #YoSoy132 aglutina solamente belicosos pensadores, fabricantes de visiones y planes para cambiar el país. No está constituido por porros que le pudiesen haber representado un peligro mayor, como al parecer supuso.

En lo inmediato, el debate sirvió para que los jóvenes del #YoSoy132 tuvieran una posición clara, y diría yo, definitiva, sobre qué candidato(a) merece su voto. Porque a diferencia de lo que algunos aseguraron de que el movimiento es pro-AMLO, en realidad se integra por una pluralidad de posiciones. Los tres aspirantes lo sabían y por eso atendieron la invitación. Tal vez quienes en un primer momento apoyaban a López Obrador hoy apoyen a Vázquez Mota, o viceversa; o tal vez elijan a Quadri de la Torre. Incluso puede ocurrir que, a escasos días de la elección, el movimiento llegue a consensar hacia quien inclinará su preferencia; porque el voto informado, razonado y conveniente, es una opción real, como lo demuestra el desplegado aparecido ayer en el periódico La Jornada, firmado por personajes de distintas trincheras, partidistas y apartidistas.

Coincido con quienes afirman que quien ganó el debate fue la ciudadanía, y si hubo un perdedor fue precisamente quien rehusó debatir y dejó una emblemática silla vacía.

Concluyo apuntando que hubo fallas técnicas para ver el debate. No obstante, peor que eso fueron los reprobables obstáculos impuestos para tal fin por gobernantes autoritarios. Un ejemplo es lo que ocurrió en el puerto de Veracruz, donde las autoridades locales coartaron a los ciudadanos la posibilidad de ver el evento en la plaza pública. No cabe duda, en estos días, Veracruz es noticia.

*El autor es investigador del Colegio de la Frontera Norte en Baja California

Twitter: @RicSantes

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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