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Con voz propia

De músico a cocinero: un zapoteco en Los Ángeles

Alfonso «Poncho» Martínez, músico zapoteco, emigró a Los Ángeles para convertirse en un conocido cocinero de tlayudas.

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Kau Sirenio Pioquinto

LOS ÁNGELES, California.- El viernes se fue desvaneciendo en el 4318 de la avenida S. Main St, al Sur de Los Ángeles, mientras los comensales provenientes de todas partes de la ciudad degustaban las tlayudas de carne asada, moronga o chorizo, cocinadas por Alfonso «Poncho» Martínez, zapoteco emigrado en Estados Unidos.

Nacido en Santo Domingo Albarradas, Tlacolula, Oaxaca, Alfonso llegó a la capital de California hace 19 años aún con su clarinete, que con el tiempo fue dejando para entrar de lleno a la cocina. «Lo primero que hice en esta ciudad cuando llegué fue trabajar en la cocina», recuerda en una plática en su casa, acompañada de mezcal y chapulines traídos del Istmo.

Durante los primeros años que Alfonso vivió en Los Ángeles, combinó la cocina con la música. Los fines de semana se unía a la banda de música de viento de Santo Domingo Albarradas para tocar en las fiestas familiares y cada año lo hacían en la fiesta patronal organizada por la comunidad migrante.

Mientras prepara una tlayuda con moronga para unos comensales, Poncho hace una pausa y vuelve a la conversación con nostalgia. «No es tan fácil deshacerte de lo que aprendiste de niño. Para mí, la música es lo máximo; aprendes algo nuevo y no lo sueltas. Aunque ya no esté en una banda, sigo con mi clarinete».

La experiencia de Alfonso en sus primeros años de vida fue en las laderas y faldas de los cerros que rodean su pueblo. En Oaxaca todos los días escuchó el canto de las aves y el murmullo de las hojas de los pinos y las aguas de los ríos. Ese paisaje le envolvió hasta que cumplió 20 años, cuando cruzó la frontera.

El 10 de junio de 2016, Alfonso recibió el certificado por «las mejores tlayudas», un reconocimiento a emprendedores del año por su producto innovador que contribuye a la diversidad gastronómica que otorga la alcaldía de Los Ángeles.

«Poncho’s Tlayudas es un espacio de resistencia gastronómica y soberanía alimenticia», dice Alfonso. «Aquí la resistencia va de la mano con la solidaridad con organizaciones sociales como el Frente Indígena de Organizaciones Binacionales (FIOB), que organizan con frecuencia conferencias y presentaciones de libros».

El aprendizaje en Oaxaca

A principios de los noventa y con apenas once años de edad, Alfonso llegó  a Tlahui. Adoptó al internado como su nueva casa, y sus compañeros y maestros se convirtieron en su nueva familia. «Mucho después comprendí a mis maestros; ellos siempre nos decían que estábamos en el camino que nos llevaba a un futuro mejor si le echábamos ganas en el estudio», recuerda.

Mientras deshebra el quesillo traído de Oaxaca, jala el cordón que lo ata a la historia de su infancia, cuando se fue al Centro de Capacitación Musical y Desarrollo de la Cultura Mixe (CECAM), en Santa María Tlahuitoltepec Mixe, donde se formó como músico zapoteco.

El CECAM es un internado para niños y adolescentes indígenas de la región; además, ofrece secundaria, bachillerato y técnicos en reparación de instrumentos musical. «Mañana me voy a Tlahui a estudiar música», espetó Gerónimo Martínez mientras pescaba en el río de Santo Domingo Albarradas.

«Papá, mañana vamos con mi primo Gerónimo a la escuela de música en Tlahui», dijo Alfonso cabizbajo. «Está bien, nadie te está sacando, pero vamos, yo te llevo», contestó Juanino Martínez Chimil.

Al día siguiente de la plática familiar, papá e hijo salieron a las tres de la mañana de Santo Domingo al crucero de Matagallinas a esperar el camión que lo llevaría a Tlahuitoltepec. “Caminamos cuatro horas, hasta que llegamos donde pasa el camión que va a Tlahui. El autobús hizo dos horas más de camino entre carretera que van surcando entre las montañas”, revive. “La ropa que lleva puesta ese día, era un pantalón café y una camisa beige y zapatos negros; fue la ropa que usé en mi graduación de primaria… Ah… la mochila me la llevó mi hermana que vivía en la ciudad de México”.

–¿Qué aprendiste del CECAM? – le pregunto.

–Para mí, el CECAM fue muy fácil, porque ahí las rutinas eran lo mismo que hacía en mi casa con mis papás. Sin embargo, aprendí a ser más disciplinado; hasta ahora recuerdo las palabras que mi maestro me decía: «Sí vas hacer algo, hazlo tú mismo, no des instrucciones, porque la gente no entiende lo que haces».

Una vez que Alfonso terminó su estancia en el internado, regresó a Santo Domingo Albarradas y se integró a la banda de música comunitaria. Aún adolescente, acompañaba a la banda en los rezos y fiestas patronales de las comunidades vecinas.

Un año después emigró a la ciudad de Oaxaca, donde se empleó en la construcción, trabajo que dejó, pronto, cuando se reencontró con excompañeros del CECAM que fueron a una tocada en la capital. «Poncho, vamos mañana a una tocada», le propusieron. Así que el jueves avisó que faltaría al trabajo dos días. «No podré venir el viernes ni el sábado; regreso el lunes», le dije al maestrero.

De esa primera tocada, Alfonso fue conociendo más el ambiente de la música y las mieles del dinero, pues ganaba más que en la obra de construcción, en cuatro días de tocada recibía el doble de la paga que tenía como ayudante de albañil.

«Cuando fuimos a tocar en la colonia Monte Albán, en la Ciudad de Oaxaca, fue la primera vez que vi mucho dinero junto. Por tocar jueves, viernes, sábado y domingo me pagaron trescientos pesos; además, nos dieron comida y bebida. Tal vez por mi edad, no vi esa tocada como día de trabajo, sino como un fin de semana de parranda», suelta a carcajada. “Quise ser músico militar, pero no pude, porque no tenía documentos que me pidieron en la Secretaría de la Defensa Nacional”, agrega.

Sin embargo, eso no lo desanimó, sino que siguió ensayando con el maestro Manzano, de la Sierra Juárez, quien venía de la banda Militar de la Ciudad de México. Él tocaba con la banda Eco Serrano en Oaxaca.

Alfonso tocaba en la banda Santa Cecilia, en Santo Domingo Albarradas, pero a su vez, era músico invitado en otras bandas donde le pagaban un promedio de 200, al inicio. Después le incrementaron el salario de 400 a 600; hasta mil 400 pesos cada fin de semana, cuando los maestros de su pueblo ganaban 800, 900 pesos quincenales.

Las dificultades en México

Poncho aprendió a cocinar en el CECAM después de quedarse sin comer dos veces. La primera vez que no tuvo comida fue cuando su hermana se fue a la Ciudad de México; años después, se repitió la historia cuando quiso sorprender a su mamá, pero el sorprendido fue él. En su casa no había quién le cocinara. “Todos estaban vendiendo en la feria del pueblo”.

Alfonso "Poncho" Martínez Luis, preparando tlayudas en Los Ángeles.

Alfonso «Poncho» Martínez Luis, preparando tlayudas en Los Ángeles.

“Me quedé sin comida dos veces por no saber cocinar, así que le pedí a las cocineras del internado que me dejaran ayudar en la cocina. Lo que quería era aprender a cocinar, así que me la ingenié para ayudar todos los días, cuando terminaba la tarea de la escuela y corría hacia a la cocina”, recrea.

Alfonso dice que con el paso de los años aprendió a cocinar. “Huevos revueltos… no hice sándwich porque en el internado no se comía más que tortilla. Al terminar la secundaria regresé a Santo Domingo, con nueva mentalidad. Me levantaba temprano a barrer, a lavar mi ropa e ir a correr a la cancha”.

La mamá de Poncho, Feliciana Luis Morales, le enseñó otra parte de la cocina, mientras tejía petates para ayudar a la economía familiar. Porque el papá se dedicaba al cultivo de maíz.

Ya en Los Ángeles, Poncho trabajó de lavatrastos. “Empecé a trabajar un lunes; sólo me dieron instrucciones de lo que iba hacer; yo no sabía lavar trastes; eran bastantes platos, como cien por hora, aparte los cubiertos, ollas, jarras. La verdad yo no estaba preparado para hacer eso, pero aprendí y aquí me ves”, relata.

El cruce clandestino

Alfonso despertó a las 6:00 de la mañana en el hotel en Mexicali. Después de lavarse la cara buscó a sus compañeros que se quedaron con él, pero no los encontró. Tras meditarlo por un rato, sacó un billete de 200 pesos que traía escondido bajo la plantilla de su zapato; con ese dinero almorzó. El día anterior no comió por la caminata en el desierto.

“Cuando desperté, no estaban los demás; me habían dicho que es muy común que te abandonen en el camino sin avisar; lo mismo le hacen a las mujeres, si no traen dinero. Por eso guardé mi dinero en mis zapatos; otros lo guardan en el dobladillo de la camisa o ropa interior», explica Poncho.

Después de almorzar, caminó sin rumbo, ni siquiera sabía a dónde iba. Quebró en la primera esquina, de ahí tomó otra calle; así anduvo hasta la tarde. Entonces, se encontró a un ‘coyote’ que le ofreció cruzarlo de nuevo. «Vente conmigo, ahorita nos vamos», propuso el desconocido.

Antes de llegar a Mexicali, Alfonso estuvo en Tijuana en los primeros días de noviembre de 1999, procedente de Oaxaca, su objetivo era cruzar la frontera. Primero lo hizo con sus compañeros en la garita de San Isidro, pero les cayó la migra. Ese día corrieron en la franja fronteriza durante la noche para que no los detuvieran. Al día siguiente, optaron por el Río Colorado, pero no corrieron con suerte, hasta que los llevaron a Mexicali.

–¿Por qué te viniste a Los Ángeles?

–Cuando somos jóvenes pensamos que vamos a ganar mucho dinero. Pero no es así. Sin embargo, quería conocer otras ciudades; en México recorrí toda la Sierra Juárez, el Istmo de Tehuantepec, y parte de Morelos y la Ciudad de México. Pero siempre falta algo nuevo por conocer.

–¿Por dónde entraste?

–En Mexicali

–¿Mexicali? ¿En el desierto?

–No. En la garita. Caminé entre el puesto de revisión y el carril vehicular, mientras la policía revisaba a las personas.

–¿Ah… sí?

–Sí. Iba con miedo, porque ya me habían agarrado ahí; pero el coyote me animó. «Tu hazlo, no te van a agarrar no te preocupes», me dijo. Y, mira, aquí estoy.

–¿Cuánto tiempo tardaste para cruzar?

–Tres semanas. Entre Tijuana, Mexicali,

San Luis Río Colorado, Algodones… ya no recuerdo dónde más estuve después de vueltas y vueltas, hasta que pude pasar.

Después de cruzar en la frontera, Alfonso se quedó en un hotel antes de viajar a Los Ángeles. “Estuve dos días en el hotel, hasta que el señor regresó por mí; me llevó a Los Ángeles en auto deportivo, un Corvet… bueno, no sé mucho de carros. Pero ese día, recuerdo que salimos de la casa del ‘coyote’, entramos en la autopista, luego pasamos por el Estudios Universal”.

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Un amigo de Dios

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JUEGO DE OJOS

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

En esta entrega comenzamos con un acertijo. ¿Podrá el lector adivinar de quién hablo?

Un escritor, nacido alrededor de 1890, es famoso por tres novelas. La primera es corta, elegante, un clásico inmediato. La segunda, su obra maestra, presenta a los mismos personajes, aunque es más larga y compleja, e incorpora en forma creciente elementos míticos y lingüísticos. La tercera es enorme, casi una locura exuberante de la imaginación.

Una pista: no se trata de Joyce.

Un escritor, nacido alrededor de 1890, denunció la producción masiva, el estruendo del tráfico y el descarno y fealdad de la vida moderna europea, y amó los árboles y la verdura de la campiña inglesa en donde vivió de niño, así como a las pequeñas y delicadas criaturas con las que se topó en las leyendas nórdicas.

Una pista: no se trata de D. H. Lawrence.

Un escritor, nacido alrededor de 1890, mezcló porciones de literatura antigua con su propia obra maestra, aderezándolas magistralmente conforme avanzaba.

Una pista: no se trata de Ezra Pound.

Un escritor, nacido alrededor de 1890, se declaró monárquico y católico.

Una pista: no se trata de T.S. Eliot.

Los más antiguos de mis lectores –antiguos en el sentido clásico- quizá hayan adivinado ya de quién hablo.

Y si son mis contemporáneos y fueron como yo vagamundos y en su camino a Damasco se toparon en un callejón con el grafiti “¡Frodo vive!”, entonces ya lo saben de cierto.

Para los más jóvenes, quizá un cuento les ayude:

“Había una vez un cuarentón, profesor de lingüística y filología, que sabía más que nadie en el mundo sobre las antiguas lenguas nórdicas y el Beowulf. El maestro había quedado huérfano muy joven, y el ejército de su país lo mandó a una guerra terrible en donde estuvo a punto de perder la vida.

“Anegado en el lodo sanguinolento de las trincheras y apabullado por el estruendo del cañón y la metralla y los lamentos de amigos y enemigos, quizá haya imaginado el mundo que creó cuando muchos años después interrumpiera por un momento la calificación de un examen para escribir al reverso de la hoja: “En un agujero en la tierra vivía un hobbit”.

Es claro que el escritor de quien hablo, nacido alrededor de 1890 en África del Sur, es John Ronald Reuel Tolkien, hoy una referencia doméstica gracias a Hollywood, pero en mi adolescencia y primera juventud, vicario de un rito arcano cuyos miembros nos reconocíamos por señas secretas y conjuras pronunciadas en voz baja como la de “¡Frodo vive!”

Me asombra que haya sido hasta fines de los ochenta que encontré en mi propio país con quien hablar sobre la tetralogía de Tolkien y sus asonancias y disonancias con, entre otros, Joyce, Lawrence, Pound y Eliot, de la manera juguetona que se consigna al inicio de este texto y que ojalá fuera mía, pero lo es de Jenny Turner, la espléndida periodista autora de Razones para amar a Tolkien.

He aquí un personaje deslumbrante y paradójico. De él se dice que era aburrido en una sociedad y un siglo de tiesuras, y que su devoción por la filología se percibía anticuada incluso entonces.

Pero la obra de este flemático inglés nacido en Sudáfrica, quien nunca alzaba la voz, vestía siempre en tweed y chaleco y fumaba pipa, despertó una corriente pasional pocas veces vista en la literatura.

Jenny Turner confiesa que le asusta haber pasado “demasiado tiempo” de su adolescencia en compañía del demiurgo de El señor de los anillos y que ya adulta si bien encuentra los libros repetitivos y “ruidosos”, éstos siguen conectándose a su espíritu de manera inquietante.

“Hay una succión, un algo primigenio que se transmite entre ambos, como cuando una nave espacial se enchufa a la nave madre. Es como el seno materno, es un alivio infantil… que también es como un hoyo negro”.

Escalofriante memoria, pero humana y generosa si la comparamos con otros juicios, como el de mi admirado Edmund Wilson: “Hipertrofiado… Un libro infantil que de alguna manera se salió de madre… Una pobreza creativa casi patética…”.

John Heath-Stubbs estima que la obra es “Una mezcla de Wagner y el osito Winnie Pooh, mientras Germaine Greer exclama que fue “su pesadilla”.

Vaya, pues. Supongo que el viejo profesor, tan enemigo de las pasiones terrenas, nunca imaginó que la obra iniciada con la frase, “En un agujero en la tierra vivía un hobbit”, fuera a despertar tantas y tan opuestas durante tantas generaciones, pues a estas alturas del siglo y mal que me pese gracias al cine, la cofradía tolkiense es ya una muchedumbre.

No escapa a la aguda e inteligente mirada de Jenny Turner la paradoja: si los libros son tan criticables, ¿por qué a tantos millones les han apasionado?

No es una pregunta fácil, pero tengo mi propia experiencia. El Hobbit (1937) me encontró, aún adolescente, en el aeropuerto de Londres, olvidado o escondido por alguien entre el Time, el Newsweek y el Life.

Lo compré por no dejar, por tener algo que leer en el vuelo de interminables horas que me esperaba. ¿Por no dejar? ¿O fue que se cumplió el adagio de Edmundo Valadés sobre los libros que nos están destinados en la vida?

En la sala de espera comencé la lectura y a la mitad del vuelo maldije no haber adquirido los tres tomos de la secuencia, conocida como El Señor de los Anillos (1954).

Caí en la red del viejo profesor, atrapado, de nuevo, en el vicio solitario que nos libra para siempre de la soledad. No descansé hasta que pude fatigar la trilogía con pasión talmúdica y transité los caminos de toda la obra del viejo profesor y de lo que su hijo Christopher editó amorosamente en memoria del demiurgo de la Tierra Media.

Y como dicen los angloparlantes, al final del día lo que me quedó fue una profunda identificación con la obra, una suerte de simbiosis que, ahora lo pienso, tiene en verdad algo de misterio sobrecogedor.

Leo y releo los libros. Sé de memoria pasajes enteros. Y cada vez que los visito descubro algo novedoso. Quizá ahí esté la explicación. Tolkien fue capaz de comunicarse con otros espíritus en un nivel anímico primario que escapa a toda explicación y que tiene como hilo conductor las emociones y sensaciones más humanas.

Desde luego que una mirada crítica, como apunto arriba, descubre inconsistencias en el texto, en los diálogos, en los personajes y en la narrativa.

Yo daría cristiana sepultura a Tom Bombadil, un personaje arbóreo que transcurre cantando tonadillas hueras y que no tiene mayor consecuencia en el resto de la historia, y trabajaría la estructura interna de algunos protagonistas así como la lógica de varios episodios.

Y ya que de utopías hablamos, también sacaría del mercado la horrenda traducción al español de Taurus, con su majadera “castellanización” de nombres que en vez de un Bilbo Baggins nos sirve un “Bilbo Bolsón” amén de otras aberraciones asestadas a la obra del viejo profesor. No ha nacido el argentino que se deje intimidar por los versos aliterativos del Beowulf. ¡No señor!,

Y a todo esto, ¿quién fue este personaje, esa suerte de hobbit mayor?

John Ronald Reuel Tolkien nació el domingo 3 de enero de 1892 en Bloemfontein, África del Sur, después de un parto difícil y prolongado. Apunto este detalle íntimo porque lo encuentro en la biografía de muchos escritores.

Sus padres fueron Arthur Tolkien y Mabel Suffield. A ese país habían emigrado en busca de fortuna y ahí creció, un niño débil y enfermizo. A la muerte de Arthur en 1896, Mabel regresó a Inglaterra, en 1900 se convirtió al catolicismo y en 1904 murió de diabetes, enfermedad incurable en la época.

La madre es un personaje fascinante por derecho propio y creo que su personalidad impregna a los espíritus etéreos y fuertes de las pocas mujeres en la obra de J.R.R.

Antes de casarse con Arthur a los 21 años, había sido misionera de la Iglesia Unitaria en África y, créalo o no el lector, ¡impartió catecismo en el harén del sultán de Zanzíbar!

Ahora bien, imaginémonos a esta familia de la clase media pobre en la Inglaterra anglicana y victoriana de entonces y las consecuencias que sin duda estos hechos tuvieron sobre la sensible personalidad del niño J.R.R.

¿Recuerda el lector a Shelob, el mefistofélico ser que en forma de tarántula gigante custodia el paso de Cirith Ungol a Mordor por donde deben transitar Bilbo y Samwise merced a las intrigas de Gólum?

Pues en Sudáfrica el niño John tuvo experiencias que aparecerán reflejadas en su obra: un encuentro con una tarántula peluda que lo picó, y con una serpiente.

Y un mozo de la familia “lo tomó prestado” durante varios días para llevarlo a su aldea y presumirlo a su extensa parentela, con las consecuencias que el lector podrá imaginar.

Creo que su niñez africana, su adolescencia en la campiña inglesa, su estancia en las trincheras en la primera guerra mundial -donde el gas mostaza daño su salud para siempre y en donde perdió a la mayoría de sus amigos- , su vida enclaustrada como profesor de filología y sajón antiguo… toda su existencia, pues, está reflejada en la saga de los Baggins, desde la fiesta a la que asisten los enanos sin invitación, hasta la última escena en que Bilbo, Frodo y otros personajes abandonan para siempre la inolvidable Tierra Media.

Pero me estoy saliendo de cauce. Si el viejo profesor pudiera leer estas cuartillas y en particular el anterior párrafo, sin duda las haría confeti, ya que detestaba a los críticos y a los exégetas… ¡y a fe mía que tenía razón! Así que en resumen diré que los cuatro libros de la saga (El Hobbit,  El Señor de los Anillos, Las dos torres y El regreso del rey) con El Silmarilion, integran una república abierta a quien desee pedir la ciudadanía del país mayor del gozo, que es la tierra de la imaginación.

Reuel, el tercer nombre de Tolkien (John Ronald), es un apelativo heredado de padres a hijos en esa familia, y quiere decir, literalmente, “Amigo de Dios”. Sin duda el viejo profesor lo fue.

***

Fuente: juegodeojos.mx

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Con voz propia

Samuel García y Mariana Rodríguez, con trastorno de personalidad narcisista: Ernesto Lammoglia

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Por Alberto Farfán

 En ocasiones en México se suelen encontrar en análisis periodísticos de algunos columnistas imberbes y limitados términos propios de la psiquiatría para plantear la personalidad de gobernantes, servidores públicos y otros de este ámbito, en el afán de vituperar tanto sus actividades de Estado como las personales o sociales, aunque también esta práctica puede encontrarse en otros países.

De ahí que sean importantes las observaciones del doctor Ernesto Lammoglia (Veracruz, 1940), connotado médico psiquiatra, criminólogo, escritor y comunicólogo, que desarrolla acerca del gobernador de Nuevo León y su esposa, Samuel García Sepúlveda y Mariana Rodríguez Cantú, respectivamente.

En entrevista, el Dr. Lammoglia, siempre ético y profesional, advierte que el perfil que brindará está sujeto a lo expuesto por los medios de comunicación y redes sociales, lo cual no se podría considerar un diagnóstico objetivo porque para ello el matrimonio regio debería haber sido analizado en su consultorio. Razonamiento que nos parece perfectamente válido e incluso obligado ponerlo sobre la mesa. (Conversación con Julio Hernández en Astillero Informa por YouTube, 13/05/22).

Sin embargo, resulta interesante la caracterización que realiza el doctor si tomamos en cuenta la serie de peculiaridades que García y Rodríguez han mostrado antes, durante y después, ya ubicados en el pináculo del poder en Nuevo León, a través de redes sociales sobre todo. Las cuales no voy a enumerar porque francamente sus sketchs son siempre lo mismo: llamar la atención a costa de quien sea o de lo que sea con un humor que se supone graciosísimo.

Así, para el Dr. Lammoglia, galardonado en múltiples ocasiones por su labor profesional y con más de una docena de libros publicados, ambos personajes padecen del trastorno de personalidad narcisista. Palabras más, palabras menos, desprendemos que dicho trastorno mental implica que las personas padecerán de un sentido desproporcionado de su propia importancia, una necesidad exagerada de atención desmedida, relaciones de explotación emocional y una ausencia profunda de empatía por las personas a su alrededor.

No obstante, esto no es más que una especie de máscara protectora de hierro, pues en realidad su autoestima es rotundamente frágil y vulnerable al comentario crítico más anodino. Y añade el Dr. Lammoglia que “el nivel más alto de esta condición es la psicopatía”.

Y al revisar con detenimiento estas características del narcisismo, pero fundamentalmente al confrontarlas con las curiosidades del matrimonio en redes sociales, no puede uno soslayar que acaso el Dr. Lammoglia no esté equivocado, sino todo lo contrario.

Situación que, en efecto, no tendría ninguna relevancia si Samuel García y Mariana Rodríguez fueran ciudadanos comunes y corrientes, divirtiéndose con sus ocurrencias en videos y demás. Sin embargo no lo son. Más aún, él como gobernador y ella como primera dama detentan un gran poder en la entidad en que viven, con el objeto, se supone, de velar por la ciudadanía en todos sentidos, pero al ser narcisistas me temo que difícilmente se podrán erradicar los feminicidios, el narcotráfico, la trata de personas y otros flagelos sociales que prevalecen impunes. Si otros que no lo son no lo logran, menos ellos.

Finalmente, es evidente que un perfil psicológico o psiquiátrico por más objetivo y exacto que sea no necesariamente indicará que el gobernante diagnosticado con alguna condición mental podrá constituirse en el mejor o el peor, pero estemos de acuerdo o no nos dará una idea sobre a qué atenernos. Y serán los hechos los que hablarán a este respecto. Lamentablemente, ya están hablando con claridad de manera negativa en Nuevo León en torno a los más recientes feminicidios y al cuestionable proceder de los responsables de la fiscalía del estado.

 

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Con voz propia

La producción para el autoconsumo, pero los malditos medios

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TRAS BAMBALINAS

Las podridas y los podridos

Por Jorge Octavio Ochoa

Este fin de semana empezó a circular, con cierta algarabía, el anuncio del gobierno de la república para impulsar un programa de “Producción para el Autoconsumo”. Con ello, López Obrador piensa sacar a México de las penurias y volverlo un país autosuficiente en alimentos básicos.

¡Hombre, cómo no se nos ocurrió antes! Hemos sido tan ciegos e imbéciles para no ver esa posibilidad. Quizá pudo ser la solución para frenar el fenómeno del narcotráfico; detener el huachicoleo de combustibles; contener el uso de jóvenes y niños como “halcones” de los traficantes.

Dicen que el presidente se reunirá con alrededor de 12,000 técnicos, agrónomos y campesinos para promover esta brillante idea, que en los hechos sólo esconde otro reparto ingente de dinero, de una bolsa sin fondo que, bien a bien, no sabemos de dónde saldrá.

El proyecto es “ambicioso”, como todo lo que dice y hace el mandatario:

“La directriz es producir lo que consumimos los mexicanos para que nos podamos proteger porque la pandemia nos llega de fuera, nos afecta en lo económico, la guerra de Rusia y Ucrania también descontrola, todo el mercado mundial”, dice el mandatario.

¡Caramba! ¡Cómo no lo habíamos visto antes!

“Aumentan los fletes, no hay suficiente producción de alimentos en el mundo; aumenta el precio de fertilizantes, necesitamos producir. Lo mejor es producir lo que consumimos, pero que tengamos maíz, frijol, pollo, huevo, carne, aceite, los alimentos básicos”. “Que tengamos las gasolinas, el diésel, la energía eléctrica, eso es fundamental”.  

¡Sí, hombre! Hemos sido tan torpes y miopes. Pero él nos viene a “iluminar” con su gran mente brillante, justo ahora que la inflación rebasa el 7% mensual y su “acuerdo” de contención de precios está valiendo un carajo.

Pero esto es lo que nos venderá los próximos días en sus peroratas de “la mañanera”, como parte del discurso ideológico-político para defender su pequeña rebelión en la granja, e insistir que ningún gobierno debe ser excluido de la Cumbre de las Américas.

Ahí, hasta los dictadores podrían tener el foro para explicar al mundo porqué reprimen a sus pueblos, encarcelan a los opositores, porqué prostituyeron sus revoluciones y se eternizan en la silla sin poder sacar a sus pueblos de la miseria.

Entonces, López Obrador reprochará nuevamente la tardanza de Joe Biden para apoyar en todo el continente latinoamericano su proyecto de Sembrando Vida, y detener así, el sunami de migrantes que todos los días se viene a agolpar en las fronteras del odiado capitalismo.

Malditos medios  

Hay quien dice que los medios, y los reporteros en particular, sólo buscan “las podridas”, que atraen lectores. Sin embargo, sin conceder razón, esto ocurre porque esas notas siempre están vinculadas con “los podridos”

En México, más del 80% no cree en sus políticos, ni en los funcionarios públicos. Menos aún en sus partidos. Es decir, más que reprobados, todos ellos son repudiados. La pregunta que rompe los esquemas es: ¿Usted se siente realmente representado por sus políticos?

La percepción generalizada es que toda esta élite es igual de corrupta. En el 2018, hubo la esperanza de que, ahora sí, vendría un cambio profundo que pusiera por encima los intereses de la población. No ocurrió y no ocurrirá. Lo que hay es una compra cínica de voluntades.

Pueden vendernos la idea de una reforma electoral, una reforma eléctrica; o que Centro y Sud América por fin encontrarán lazos de unidad para presentar un frente unido contra las hegemonías. Pero en los hechos, esto no ocurrirá mientras se mantenga el mismo modelo de desarrollo, basado en la voluntad de unos cuantos

El actual régimen, por ejemplo, nos vendió la idea de que en la Ciudad de México lo más necesario eran los segundos pisos. Hoy vemos que indirectamente, sólo se privilegió a las clases altas, porque los pobres siguen viajando en el mismo transporte desvencijado.

La criminalidad se solaza con el asalto diario al transporte conurbado, en las zonas que, en los años de poderío priista, se permitieron asentamientos pese a que no existieran las condiciones para dotar de servicios urbanos indispensables como drenaje, agua, luz, comunicación.

Cuando metieron camiones nuevos en algunas rutas, de zonas más o menos populares, de inmediato subieron la tarifa de 5 a 7 pesos, sin consulta alguna, y con el agravante de que, si usted no tiene la cantidad exacta, pues entonces tendrá que dejar la moneda de 10.

Algo parecido ocurre ahora con las obras “maravillosas” que publicita el gobierno como el AIFA, el Tren Maya, la Refinería Dos Bocas, las 100 Universidades Benito Juárez, el INSABI, el Banco del Bienestar, Sembrando Vida, Jóvenes por el futuro o las pensiones para adultos mayores.

Son acciones que se financian con dinero del pueblo; que impactan en los impuestos, en los niveles de vida de la población, en el ánimo de las personas, porque sólo agudizan el grado de dependencia, necesidad y compromiso con los gobernantes en turno. ¿Por qué entonces nos gobiernan esos tipos?

El jefe de la rebelión en la granja 

Puestas así las cosas, ante las bajas expectativas que de por sí arrastran esas cumbres, López Obrador se convertirá en el jefe de la pequeña rebelión en la granja y hablará de la solidaridad, del humanismo, de la cristiandad y del amor al prójimo, aunque, como hemos visto, todo eso le vale un reverendo pito.

Su perdón a los criminales, pese al daño que éstos han causado ya en la idiosincrasia del mexicano, es la muestra extrema no sólo de la falta de conciencia del mandatario, sino del velado interés de convertir a algunas de esas bandas, en fuente del desarrollo y la producción.

“También cuidamos a los integrantes de las bandas; también son seres humanos”, es la frase que se quedará en el imaginario popular y que quizá, ¡por qué no!, quedará inscrita en los futuros libros de texto de primaria, cuando se legalice plenamente la mariguana, la amapola y demás enervantes.

Esa es la falsa solidaridad que distingue los actos de López Obrador. Dedica 285 millones de pesos para pagar a 585 presuntos especialistas cubanos, y despide a 741 médicos y enfermeras mexicanos que arriesgaron su vida durante la pandemia, pero ahora los acusa de no quererse ir a vivir a zonas marginadas.

Con dinero de mexicanos, entrega becas a 62 mil centroamericanos, sin consulta alguna al Congreso, ni puntualizar de qué partida saldrá todo ese dinero. Él habla de los “corruptos de antes”, pero no le parece escandaloso destinar 14 millones de pesos para el pago de “hospedaje, alimentación y servicios generales” a cubanos.

Ésta es la visión “latinoamericanista” que querrá inyectar el mandatario de cara a la fallida Cumbre, en medio de un chantaje descomunal, sólo para apuntalar a su partido, con una actitud cada día más arbitraria y prepotente. Por eso la pregunta viene a cuento: ¿Cree que realmente protegen los intereses de usted y su familia?

Pero usted obedezca al Mesías, porque ahora nos llevará a la tierra prometida de la producción para el autoconsumo; claro, mientras no se le inunde la casa o las tierras por la ya próxima temporada de ciclones y tormentas. ¡Ese es nuestro grandioso presidente!

La amenazas de la reforma electoral  

Pero, a la par de su iluminada iniciativa para matar el hambre, López Obrador insiste en una reforma electoral que nadie entiende, aunque parezca muy tentador reducir a 300 el número de diputados y 96 el número de senadores. Los mexicanos intuyen que hay “gato encerrado” para beneficiar a Morena.

Y en efecto, así es. La iniciativa de AMLO elimina a los diputados de mayoría y los sustituye por los plurinominales. Ello implica eliminar, de golpe, la geografía distrital y elegir a todos mediante listas de prospectos que, ¡claro! Serán propuestos por los partidos.

Actualmente los diputados federales se eligen en 300 distritos por mayoría relativa y 200 mediante 5 listas regionales de representación proporcional. En el nuevo esquema habría 32 listas. El nuevo método disminuiría la proporcionalidad nacional de la Cámara de Diputados.

Es decir, estarán representados los partidos, con una mayoría aplastante para el más grande. Y por el lado del INE se pretende convertirlo en un ente que, como en los viejos tiempos del PRI, sea el encargado desde el centro del país, de dirigir las elecciones y desaparecer los tribunales e institutos de los estados.

No, no hay bondad en nada de lo que hace López Obrador.

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