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Con voz propia

De músico a cocinero: un zapoteco en Los Ángeles

Alfonso “Poncho” Martínez, músico zapoteco, emigró a Los Ángeles para convertirse en un conocido cocinero de tlayudas.

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Kau Sirenio Pioquinto

LOS ÁNGELES, California.- El viernes se fue desvaneciendo en el 4318 de la avenida S. Main St, al Sur de Los Ángeles, mientras los comensales provenientes de todas partes de la ciudad degustaban las tlayudas de carne asada, moronga o chorizo, cocinadas por Alfonso “Poncho” Martínez, zapoteco emigrado en Estados Unidos.

Nacido en Santo Domingo Albarradas, Tlacolula, Oaxaca, Alfonso llegó a la capital de California hace 19 años aún con su clarinete, que con el tiempo fue dejando para entrar de lleno a la cocina. “Lo primero que hice en esta ciudad cuando llegué fue trabajar en la cocina”, recuerda en una plática en su casa, acompañada de mezcal y chapulines traídos del Istmo.

Durante los primeros años que Alfonso vivió en Los Ángeles, combinó la cocina con la música. Los fines de semana se unía a la banda de música de viento de Santo Domingo Albarradas para tocar en las fiestas familiares y cada año lo hacían en la fiesta patronal organizada por la comunidad migrante.

Mientras prepara una tlayuda con moronga para unos comensales, Poncho hace una pausa y vuelve a la conversación con nostalgia. “No es tan fácil deshacerte de lo que aprendiste de niño. Para mí, la música es lo máximo; aprendes algo nuevo y no lo sueltas. Aunque ya no esté en una banda, sigo con mi clarinete”.

La experiencia de Alfonso en sus primeros años de vida fue en las laderas y faldas de los cerros que rodean su pueblo. En Oaxaca todos los días escuchó el canto de las aves y el murmullo de las hojas de los pinos y las aguas de los ríos. Ese paisaje le envolvió hasta que cumplió 20 años, cuando cruzó la frontera.

El 10 de junio de 2016, Alfonso recibió el certificado por «las mejores tlayudas», un reconocimiento a emprendedores del año por su producto innovador que contribuye a la diversidad gastronómica que otorga la alcaldía de Los Ángeles.

“Poncho’s Tlayudas es un espacio de resistencia gastronómica y soberanía alimenticia”, dice Alfonso. “Aquí la resistencia va de la mano con la solidaridad con organizaciones sociales como el Frente Indígena de Organizaciones Binacionales (FIOB), que organizan con frecuencia conferencias y presentaciones de libros”.

El aprendizaje en Oaxaca

A principios de los noventa y con apenas once años de edad, Alfonso llegó  a Tlahui. Adoptó al internado como su nueva casa, y sus compañeros y maestros se convirtieron en su nueva familia. “Mucho después comprendí a mis maestros; ellos siempre nos decían que estábamos en el camino que nos llevaba a un futuro mejor si le echábamos ganas en el estudio”, recuerda.

Mientras deshebra el quesillo traído de Oaxaca, jala el cordón que lo ata a la historia de su infancia, cuando se fue al Centro de Capacitación Musical y Desarrollo de la Cultura Mixe (CECAM), en Santa María Tlahuitoltepec Mixe, donde se formó como músico zapoteco.

El CECAM es un internado para niños y adolescentes indígenas de la región; además, ofrece secundaria, bachillerato y técnicos en reparación de instrumentos musical. “Mañana me voy a Tlahui a estudiar música”, espetó Gerónimo Martínez mientras pescaba en el río de Santo Domingo Albarradas.

“Papá, mañana vamos con mi primo Gerónimo a la escuela de música en Tlahui”, dijo Alfonso cabizbajo. «Está bien, nadie te está sacando, pero vamos, yo te llevo», contestó Juanino Martínez Chimil.

Al día siguiente de la plática familiar, papá e hijo salieron a las tres de la mañana de Santo Domingo al crucero de Matagallinas a esperar el camión que lo llevaría a Tlahuitoltepec. “Caminamos cuatro horas, hasta que llegamos donde pasa el camión que va a Tlahui. El autobús hizo dos horas más de camino entre carretera que van surcando entre las montañas”, revive. “La ropa que lleva puesta ese día, era un pantalón café y una camisa beige y zapatos negros; fue la ropa que usé en mi graduación de primaria… Ah… la mochila me la llevó mi hermana que vivía en la ciudad de México”.

–¿Qué aprendiste del CECAM? – le pregunto.

–Para mí, el CECAM fue muy fácil, porque ahí las rutinas eran lo mismo que hacía en mi casa con mis papás. Sin embargo, aprendí a ser más disciplinado; hasta ahora recuerdo las palabras que mi maestro me decía: “Sí vas hacer algo, hazlo tú mismo, no des instrucciones, porque la gente no entiende lo que haces”.

Una vez que Alfonso terminó su estancia en el internado, regresó a Santo Domingo Albarradas y se integró a la banda de música comunitaria. Aún adolescente, acompañaba a la banda en los rezos y fiestas patronales de las comunidades vecinas.

Un año después emigró a la ciudad de Oaxaca, donde se empleó en la construcción, trabajo que dejó, pronto, cuando se reencontró con excompañeros del CECAM que fueron a una tocada en la capital. “Poncho, vamos mañana a una tocada”, le propusieron. Así que el jueves avisó que faltaría al trabajo dos días. “No podré venir el viernes ni el sábado; regreso el lunes”, le dije al maestrero.

De esa primera tocada, Alfonso fue conociendo más el ambiente de la música y las mieles del dinero, pues ganaba más que en la obra de construcción, en cuatro días de tocada recibía el doble de la paga que tenía como ayudante de albañil.

“Cuando fuimos a tocar en la colonia Monte Albán, en la Ciudad de Oaxaca, fue la primera vez que vi mucho dinero junto. Por tocar jueves, viernes, sábado y domingo me pagaron trescientos pesos; además, nos dieron comida y bebida. Tal vez por mi edad, no vi esa tocada como día de trabajo, sino como un fin de semana de parranda”, suelta a carcajada. “Quise ser músico militar, pero no pude, porque no tenía documentos que me pidieron en la Secretaría de la Defensa Nacional”, agrega.

Sin embargo, eso no lo desanimó, sino que siguió ensayando con el maestro Manzano, de la Sierra Juárez, quien venía de la banda Militar de la Ciudad de México. Él tocaba con la banda Eco Serrano en Oaxaca.

Alfonso tocaba en la banda Santa Cecilia, en Santo Domingo Albarradas, pero a su vez, era músico invitado en otras bandas donde le pagaban un promedio de 200, al inicio. Después le incrementaron el salario de 400 a 600; hasta mil 400 pesos cada fin de semana, cuando los maestros de su pueblo ganaban 800, 900 pesos quincenales.

Las dificultades en México

Poncho aprendió a cocinar en el CECAM después de quedarse sin comer dos veces. La primera vez que no tuvo comida fue cuando su hermana se fue a la Ciudad de México; años después, se repitió la historia cuando quiso sorprender a su mamá, pero el sorprendido fue él. En su casa no había quién le cocinara. “Todos estaban vendiendo en la feria del pueblo”.

Alfonso "Poncho" Martínez Luis, preparando tlayudas en Los Ángeles.

Alfonso “Poncho” Martínez Luis, preparando tlayudas en Los Ángeles.

“Me quedé sin comida dos veces por no saber cocinar, así que le pedí a las cocineras del internado que me dejaran ayudar en la cocina. Lo que quería era aprender a cocinar, así que me la ingenié para ayudar todos los días, cuando terminaba la tarea de la escuela y corría hacia a la cocina”, recrea.

Alfonso dice que con el paso de los años aprendió a cocinar. “Huevos revueltos… no hice sándwich porque en el internado no se comía más que tortilla. Al terminar la secundaria regresé a Santo Domingo, con nueva mentalidad. Me levantaba temprano a barrer, a lavar mi ropa e ir a correr a la cancha”.

La mamá de Poncho, Feliciana Luis Morales, le enseñó otra parte de la cocina, mientras tejía petates para ayudar a la economía familiar. Porque el papá se dedicaba al cultivo de maíz.

Ya en Los Ángeles, Poncho trabajó de lavatrastos. “Empecé a trabajar un lunes; sólo me dieron instrucciones de lo que iba hacer; yo no sabía lavar trastes; eran bastantes platos, como cien por hora, aparte los cubiertos, ollas, jarras. La verdad yo no estaba preparado para hacer eso, pero aprendí y aquí me ves”, relata.

El cruce clandestino

Alfonso despertó a las 6:00 de la mañana en el hotel en Mexicali. Después de lavarse la cara buscó a sus compañeros que se quedaron con él, pero no los encontró. Tras meditarlo por un rato, sacó un billete de 200 pesos que traía escondido bajo la plantilla de su zapato; con ese dinero almorzó. El día anterior no comió por la caminata en el desierto.

“Cuando desperté, no estaban los demás; me habían dicho que es muy común que te abandonen en el camino sin avisar; lo mismo le hacen a las mujeres, si no traen dinero. Por eso guardé mi dinero en mis zapatos; otros lo guardan en el dobladillo de la camisa o ropa interior», explica Poncho.

Después de almorzar, caminó sin rumbo, ni siquiera sabía a dónde iba. Quebró en la primera esquina, de ahí tomó otra calle; así anduvo hasta la tarde. Entonces, se encontró a un ‘coyote’ que le ofreció cruzarlo de nuevo. “Vente conmigo, ahorita nos vamos”, propuso el desconocido.

Antes de llegar a Mexicali, Alfonso estuvo en Tijuana en los primeros días de noviembre de 1999, procedente de Oaxaca, su objetivo era cruzar la frontera. Primero lo hizo con sus compañeros en la garita de San Isidro, pero les cayó la migra. Ese día corrieron en la franja fronteriza durante la noche para que no los detuvieran. Al día siguiente, optaron por el Río Colorado, pero no corrieron con suerte, hasta que los llevaron a Mexicali.

–¿Por qué te viniste a Los Ángeles?

–Cuando somos jóvenes pensamos que vamos a ganar mucho dinero. Pero no es así. Sin embargo, quería conocer otras ciudades; en México recorrí toda la Sierra Juárez, el Istmo de Tehuantepec, y parte de Morelos y la Ciudad de México. Pero siempre falta algo nuevo por conocer.

–¿Por dónde entraste?

–En Mexicali

–¿Mexicali? ¿En el desierto?

–No. En la garita. Caminé entre el puesto de revisión y el carril vehicular, mientras la policía revisaba a las personas.

–¿Ah… sí?

–Sí. Iba con miedo, porque ya me habían agarrado ahí; pero el coyote me animó. «Tu hazlo, no te van a agarrar no te preocupes», me dijo. Y, mira, aquí estoy.

–¿Cuánto tiempo tardaste para cruzar?

–Tres semanas. Entre Tijuana, Mexicali,

San Luis Río Colorado, Algodones… ya no recuerdo dónde más estuve después de vueltas y vueltas, hasta que pude pasar.

Después de cruzar en la frontera, Alfonso se quedó en un hotel antes de viajar a Los Ángeles. “Estuve dos días en el hotel, hasta que el señor regresó por mí; me llevó a Los Ángeles en auto deportivo, un Corvet… bueno, no sé mucho de carros. Pero ese día, recuerdo que salimos de la casa del ‘coyote’, entramos en la autopista, luego pasamos por el Estudios Universal”.

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Arteleaks

Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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