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De adjetivos y lugares comunes

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Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

Un grafococo con quien tuve tratos en el pasado pluscuamperfecto hasta que se traicionó a sí mismo y profanó la memoria del maestro que lo custodió, puso por escrito lo que piensa de mí: soy, publicó en su retorcida y barroca columna, “un nefasto”.

Tan delicada proclama de admiración y afecto me provocó un arrebato de hilaridad. En mis décadas de ejercicio profesional me han endilgado toda suerte de adjetivos y he sido blanco de casi todas las satanizaciones y algunos elogios, pero “nefasto”… francamente nunca antes.

Pasado el momento festivo me pregunté si el escribiente sabría el significado de lo que escribió.

La facilidad con la que se horneó este ocurrente opinador -que no columnista-, tuvo el daño colateral de transmutarlo en un escaparate de puñaladas traperas a la sintaxis, zancadillas a la sindéresis, bofetadas a la ortografía y hervidero del lugar común, prendas que se sumaron a virtudes que desde jovenzuelo portaba: solemnidad, arrogancia, impunidad, ignorancia, servilismo y adjetivitis.

Del humor no digo nada, porque el tipo le huye como Avelino Pilongano al trabajo. Tampoco me extenderé sobre su pereza mental, porque me da flojera. Detengámonos entonces en la adjetivitis, palabreja que, de más está decir, acabo de acuñar. Los adjetivos son, y perdón por el lugar común, armas de dos filos.

Cuando alguien carece de capacidad para expresarse, ¿qué mejor que echar mano de ellos? Son como golpes de látigo: breves, sonoros, lacerantes. Suenan bien. Y evitan pensar demasiado.

No hay lugar común que no hormiguee con estos cómodos amiguitos. El primero que dijo “el astro rey” fue un poeta; el segundo, un botarate. Lo mismo para “vital líquido”, “lago hemático”, “primer priista”, “caiga quien caiga”, “cámara baja”, “deleitar la pupila”, “adorador de Baco” y una interminable lista de etcéteras.

Regreso a “nefasto”, pues en verdad quiero entender lo que quiso decir ese mentecato. Como dice odiarme, supongo que cuando me asestó el calificativo o sus tres neuronas estaban en blanco, o sufría dispepsia o estaba enojado por razones metafísicas.

O tal vez le pidieron cinco líneas más para cerrar el espacio. Todo puede ser, aunque mi diagnóstico es que se trata de otra víctima del virus de la adjetivitis. Nefasto tiene dos acepciones: a) en la Roma antigua, el día festivo en que estaba prohibido ocuparse de asuntos públicos, y b) funesto, ominoso, detestable.

Descarto por obvias razones la primera. Y de la segunda, ¿qué soy? Funesto quiere decir aciago, triste y desgraciado. Aciago sí lo aceptaría. Triste y desgraciado definitivamente no.

Ominoso significa de mal agüero, abominable, execrable, muy malo. Esas virtudes no suenan tan mal, pero tampoco me describen con exactitud, salvo quizá el “muy malo”.

Detestable significa abominable, execrable, aborrecible, pésimo. Quizá no las rebatiera porque a fin de cuentas cada cabeza es un mundo y las filias y fobias personales son sentimientos muy primarios que ni yo ni nadie va a cambiar.

¡Vaya! Un solo y funesto adjetivo me ha dado catorce definiciones que con un poco de empeño podría crecer exponencialmente… aunque no lo haré para no dar lugar a que alguien me tache de columnista político.

Creo que he demostrado mi argumento. Los adjetivos y sus hermanos los lugares comunes son como una droga o, mejor, un afrodisíaco para el onanismo de algunos escribidores. Es fácil enviciarse con ellos y crean dependencia. Y como cualquier droga, despachan a cuanta neurona se les ponga al frente. Juzgue si no el lector: ¡ahora mismo me dieron tema para un artículo plagado de adjetivos y lugares comunes!

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Aquel 2 de octubre

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represión militar el 2 de octubre de 1968 unam, de esto nos habla Miguel Angel Sánchez de Armas

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

Han pasado 54 años, pero el recuerdo de ese día está vivo en mi memoria.

Son pasadas las tres de la madrugada y estoy en la acera frente al Kiko’s de la avenida Juárez, en el centro de una bandada de alumnos de la Prepa Dos

Venimos en zigzagueos y a brincos desde el Zócalo en busca de cobijo. Nuestra idea fija es llegar al amanecer y a la corrida de los camiones “Bellas ArtesCU” que llevan a territorio libre y seguro. 

Se ha corrido la voz del episodio de Tlatelolco y el miedo transpira en los rostros. Se habla de cientos de muertos y de cadáveres apilados en un auditorio en Zacatenco.

Estoy al lado de Rubí, enfundado en la trinchera pringosa que llevará hasta su último día un par de años después, con las venas reventadas por la hierba, las píldoras y el alcohol que un día aparecieron facilitadas en un zaguán del callejón del Licenciado Verdad. Sus ojos verdes a medio abrir tienen destellos gatunos. 

Me fijo en una chica que se unió al grupo en Santo Domingo. Tiene las manos manchadas de la pintura con la que estuvo estampando consignas en las mantas para el mitin de Tlatelolco. No dice su nombre. No es muy alta. Tiene el pelo desordenado y me dirige una sonrisa torcida. 

No te pierdas: Al cielo por el arte: la obra pictórica de Rosalío González, la columna de Miguel Sánchez Armas

Hay una discusión sorda: ¿avanzar por Bucareli hacia el mercado y ahí esperar, o caminar por Reforma al parque de La Madre y mezclarnos con los vagos y catarrines que tienen ahí su refugio? 

De pronto un tropel aparece por Iturbide. Se desplaza velozmente. Un pelotón que agita fusiles le pisa los talones. 

Otros soldados cierran el paso desde la Avenida Juárez. Las cuadrillas arrinconan a los jóvenes contra los cristales de la librería Porrúa. Las culatas de los mosquetones caen rítmicamente, casi en silencio, sin emociones, sobre cuerpos que se desmoronan en las baldosas. 

Gritamos, más para aliviar nuestro propio miedo que para detener la golpiza. Varios fotógrafos de prensa se han aproximado y observan la escena impávidos, con las cámaras inertes colgando al cuello. 

Me acerco. Los enfrento. Los acuso de que no registran la alevosía porque son parte de la prensa vendida. No tengo conciencia de mi imprudencia y no me percato de que ninguno de mis camaradas me acompaña en la diatriba contra los informadores.

Alguien me avisa que los verdes ahora se dirigen a nuestro grupo. Me alejo a paso veloz y me detengo en la esquina, desde donde veo que el oficial al mando interroga a los fotógrafos. 

Uno de ellos -alto, tez blanca, pelo gris engominado, traje bien cortado y compostura fuera de lugar en aquel escenario- me señala y le dice algo al militar, quien rápidamente se desprende en mi dirección. 

Lo que está a punto de suceder me pega como un rayo. Corro como nunca en mi vida, como gamo aterrorizado por las balas del cazador, como zorro perseguido por los mastines. Embisto el camellón de Reforma. No vuelvo la mirada. 

Llego a La Fragua, irrumpo en el Sanborn’s y choco de frente contra dos meseras muy jóvenes. Les basta mirarme para entender. Sin decir nada me toman de los brazos y me arrastran rumbo a la cocina y al patio de servicio. Me arrojan en un depósito de basura en donde permanezco hasta bien entrada la mañana.

Para leer más del autor: Las claves secretas del arte, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

Todavía puedo ver a las dos chicas y a los pocos parroquianos que observan en silencio el rescate. Sé que aunque lleguen los militares nadie me va a delatar. Vivimos en una atmósfera que intuye la legitimidad del movimiento. Mi madre me ha dicho: “Haz lo que tengas que hacer” … con el llanto asomando a sus ojos.

Al mediodía dejo el refugio y por calles apartadas camino a la pensión de Miguel E. Schultz. Doña Cruz, la dueña, me echa un vistazo y anuncia que va a prender el calentador, aunque sea jueves y mi alquiler no ampare el servicio ese día. Vivo en el sótano, amontonado con otros provincianos permanentemente atrasados con el pago de la renta.

Por la noche me presento en Novedades en donde unas semanas antes fui aceptado a prueba como redactor y traductor. Y ahí, frente al departamento de fotografía, veo al delator, muy quitado de la pena conversando con el gordo Casasola. 

No conozco su nombre. Le dicen el “Ché” y me entero de que nadie en la redacción soporta a este argentino que tiene fama de fotógrafo mercenario e informante de Tlaxcoaque, la sede los granaderos y de Plaza de la Constitución, asiento de la Federal de Seguridad.

“Chinchihuilla” el hueso más viejo de los periódicos capitalinos, me asegura que el “Ché” trabajó para la junta militar en Buenos Aires. Que es un rufián. Que me cuide. Luego lanza su grito de batalla: “¡Joven Salchicha!”, antes de llevar una tanda de notas al secretario de redacción. El hueso es un office-boy. “Chinchihuilla” llegó a Novedades hace 30 años y en ese puesto se quedó. Nadie sabe por qué. Nadie sabe cómo se llama.

El ”Ché” me ve y me reconoce. Se acerca. Dice que no tuvo opción, que lo acorralaron y amenazaron. Miente. Me aconseja no ser imprudente en el clima de peligro que vivimos. Le pregunto que a cuántos otros ha denunciado. No responde. Le doy la espalda. No lo vuelvo a ver en mi vida.

En 1968 viví como incipiente periodista el gran movimiento que sacudió al país el año en que vivimos en peligro. De las consignas de aquellas jornadas hubo una que sobresaltó mi entonces inocencia profesional: “¡Prensa vendida!”

Lee más: Las claves secretas del arte, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

No alcanzaba yo a comprender el significado profundo del reproche lanzado una y otra vez por las multitudes en las avenidas defeñas. Las mantas, los puños en alto y la expresión colectiva de encono me sumían en un estado de confusión. 

Mas pronto abrí los ojos a la dolorosa realidad de nuestra profesión: tantos medios al servicio del sistema y alejados de la sociedad a la que dicen servir. 

2 de octubre de 2022

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Emma Albertina Quiroz Acuña, la ‘diva’ del Periodismo en Sinaloa

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emma quiroz acuña, periodista de sinaloa

Una guerrera del periodismo sinaloense en los temas de Seguridad pública y Procuración de justicia. Su campo de batalla:  la lucha por la justicia.

Por Miguel Alonso Rivera Bojórquez

Ella, Emma Albertina Quiroz Acuña, siempre ha tenido la fortaleza para conseguir sus propósitos con la certeza de que nada podrá detenerla. A sus 55 años, es una mujer que lleva tres décadas dedicada a su pasión más grande: el periodismo.

Auténtica admiradora del talento, el carácter y la belleza de María Felix, la Doña, Emma también es diva, se considera como tal y ciertamente lo es porque tiene la esencia de una “Diva” con un espíritu fuerte, generoso y empoderado, no sólo por ser hermosa, carismática y excepcional.

Emma Albertina Quiroz Acuña cumple años este 4 de octubre.

La “Diva” del periodismo sinaloense es una figura respetada con una amplia experiencia en materia de seguridad pública que ha acumulado en el último tramo de su vida.

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En un mundo que había sido vedado para las mujeres, Emma Albertina Quiroz ha demostrado que es fiel a su esencia intrépida y determinada porque nunca la han detenido los estereotipos ni el qué dirán. Además es claro que no le tiene miedo a nada ¡Pobre de aquel que se interponga en su camino!

Como periodista nunca ha podido ser indiferente ante la desigualdad y la injusticia porque va contra su esencia de “Diva” y sin importar en donde esté, ella siempre alza la voz para ser escuchada hasta excesos criticados.

Emma Albertina Quiroz, la mujer

Nació el 4 de octubre de 1967 en Culiacán, Sinaloa, como la única hija que meció la cuna Alberto Quiroz Soto, su padre, y Emma Acuña, su madre. Alberto Quiroz era originario del puerto de Topolobampo, y Emma Acuña, del poblado de Metates, Durango. Fue la única mujer entre cuatro hijos varones. “Lo Diva lo tengo en la sangre”, admite.

Fue una niña sumamente consentida, querida por todos, y criada junto a sus hermanos se hizo más combativa.

No obstante, siendo la única hija fue protegida de los latidos de su propio corazón colocando sobre ella un manto protector para que no tuviera contacto con los misterios y los imponderables del mundo.

 “Fui una niña muy consentida. Creo que por eso he sido tan altanera y caprichosa. Mi padre era la disciplina y el castigo, pero también el protector, proveedor, y su familia siempre fue su tesoro más preciado. Mi madre una mujer entregada a su hogar, esposo y sus hijos.  Organizada para con su familia y alcahueta con sus hijos”, recordó.

Desde pequeña le apasionaron los fenómenos sociales, el comportamiento humano y la lucha por las causas justas. Por eso, su primer impulso fue estudiar Psicología. Sin embargo, al salir de la preparatoria, por los avatares del destino en un hogar sobre protector que no le permitió ir a estudiar a Jalisco, decidió ingresar a la licenciatura en ciencias de la comunicación y relaciones públicas en la Universidad Autónoma de Occidente.

“Entré a la carrera de comunicación porque cuando salí de la preparatoria le comenté a mis papás que quería estudiar Psicología en Guadalajara, pero mi padre no lo autorizó y me dijo que lo que quisiera estudiar lo haría aquí en Culiacán”, comentó.

Fue así como hizo su servicio social en la Coordinación General de Comunicación Social del Gobierno del Estado de Sinaloa durante la administración del gobernador Francisco Labastida Ochoa.

“Me gusta la comunicación, el contacto con la gente, me considero una mujer intolerable ante las infamias u ofensas.  No las permito a nadie. ¡A nadie!”, comentó.

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Al concluir su carrera, una vez graduada, estudió italiano y viajó con dos amigas a Florencia, Italia, para estudiar Diseño Gráfico. «Una experiencia maravillosa», dice, pues a sus 21 años conoció el viejo continente.

Al regresar de Europa, Emma fue a buscar a Ignacio Lara Herrera, un zacatecano que se trajo Francisco Labastida de la Ciudad de México para que fuera su jefe de prensa. Fue él quien incorporó a Emma al servicio público, primero en el área de Relaciones Públicas, del Titular del Ejecutivo del Estado, y luego como jefa de prensa de la Dirección de Vialidad, Tránsito y Transportes del Estado.

En 1993, se trasladó a Guadalajara para laborar en el área de ventas de la empresa Promomedios Radio, y también fue conductora del programa “Las viejas en el deporte”. Allí conoció al hombre con el que se casaría.

En 1996, su novio Carlos Mar Blanco fue a Culiacán a pedir la mano de Emma a su padre, y en ese mismo año nació su única hija Carla Valeria Amor Mar Quiroz. “Siempre quise tener nueve hijos, lamentablemente no pude”, confesó.

Al terminar esa relación amorosa, dos años después regresaría a Culiacán, junto con su hija. “Mi mayor satisfacción es haber sacado a mi hija adelante.  Hoy es una extraordinaria profesionista”, afirmó.

Emma Albertina Quiroz, una periodista en peligro 

En 1999, Rigoberto Félix Díaz, gerente de JAPAC, la contrató para el programa “Cultura del Agua” y en el año 2000 se incorporó al Consejo Estatal de Seguridad Pública, iniciando su formación y trayectoria en las áreas de la seguridad pública.

De esta manera, fue directora de comunicación social del Consejo Estatal de Seguridad Pública, secretaria técnica de la Procuraduría General de Justicia y directora de Planeación y Participación Ciudadana del Consejo Estatal de Seguridad Pública donde, fiel a su temperamento de mujer fuerte, nunca pudo quedarse callada ante las injusticias.

En el sexenio del gobernador Jesús Aguilar Padilla fue vocera del Gobierno del Estado de Sinaloa y enlace entre el Ejército Mexicano, la Policía Federal Ministerial y corporaciones estatales y municipales.

En ese periodo, de 2008 a 2013, fue el Operativo Conjunto Culiacán-Navolato, cuando recrudeció la guerra contra el narcotráfico en el estado, emprendida por el entonces presidente de México, Felipe Caderón.

A lo largo de la trayectoria de Emma, su integridad ha estado varias veces en peligro. En esos años de vocería, la sinrazón de la delincuencia siempre fue peligrosa.

En la actualidad, la gente comprende la labor de un vocero que consiste en transmitir información, pero hubo un tiempo en que eso no se entendía y Emma tuvo experiencias donde casi pierde la vida.

Fue precisamente en esa época cuando conoció más de cerca las detonaciones, las ráfagas de AK-47, buscando su cuerpo, las explosiones y el humo que sobrevuela y lo impregna todo de olor a pólvora. Sensible y valerosa no se amedrentó. Pero fue entonces que volvió a nacer tras un terrible atentado.

Durante la administración del gobernador Mario López Valdez, se alejó de la comunicación y se convirtió en emprendedora al abrir con el apoyo de su padre el Spa “Divas y Reyes Spa”.

En el 2017, aceptó el llamado del gobernador Quirino Ordaz Coppel para trabajar nuevamente en la Secretaría de Seguridad Pública del Estado.

En 2019, ingresó a la Comisión Estatal de Atención Integral a Víctimas donde permaneció hasta junio de 2022 y en julio de este mismo año fue invitada por el rector de la Universidad del Policía, Óscar Fidel González Mendívil, para incorporarse a esa institución cuyo propósito fundamental es formar policías profesionales y preparados.

También en 2019, inició su programa “Sin Mentiras”, de transmisión en vivo a través de las redes sociales con contenidos periodísticos de interés social.

No ha sido fácil sacar adelante este proyecto periodístico, pues durante los dos últimos años ha sufrido pérdidas dolorosas. La pandemia del Covid-19 le arrebató a su madre Emma Acuña, murió su hermano Ramón Quiroz Acuña por cáncer de páncreas y su sobrino Carlos Arturo Quiroz Ramírez falleció en un accidente. Su fortaleza resiliente le permitió superar tales adversidades.

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“He sido una mujer afortunada en muchos aspectos, privilegiada en otros, pero en gobierno me he abierto las puertas yo sola, debido a que creo oportunidades, porque padrinos políticos no tengo. Tampoco partido político”, subrayó.

A pesar de haberse desarrollado en el frente de la guerra, en las áreas de seguridad, Emma es una mujer protectora y niñera de vocación porque le encantan los chiquillos, ama a las personas mayores y a los animales, quizás por ser más vulnerables. Emma, la Diva del periodismo, es una figura complicada y aguerrida, pero entrañable. Es uno de esos personajes que siempre hacen falta para hacer contrapeso y alcanzar la sociedad que anhelamos.

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Septiembre

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kissinger y nixon golpe de estado Chile

Por Miguel Ángel Sánchez de Armas

Si alguien dudaba que algo tiene de inquietante el mes de septiembre, el pasado lunes 19 borró toda incertidumbre.

Septiembre significa “séptimo mes”, pero en el calendario es el noveno y además transcurre bajo la protección de Vulcano, dios de muy corta mecha. Es una anomalía lunaria.

Quienes tuvieron el presentimiento de que el viaje de Isabel II para encontrarse con Cerdic de Wessex precisamente en septiembre anunciaba el fin de la civilización occidental, seguramente confirmaron su corazonada.

No pretendo alarmar a mis lectores ni escribo en la negra sombra del recelo por un evento que tenía 0.0000021% de posibilidades de ocurrir. El sismo de 2007 me cambió la vida y el lunes anterior no fue un día fácil, pero garantizo que tengo firme la rienda en el oficio de articulista no político.

Veamos algunas razones por las que atisbo nubarrones en este mes. El primero de septiembre de 1939 los nazis desencadenaron la II Guerra Mundial, que terminaría en el mismo mes con la rendición de Japón seis años después. 

El onceavo día me parece particularmente siniestro. Ese día de 1973 se concretó en Chile el golpe de estado asestado por Mr. Nixon y Herr Kissinger en contra del gobierno de Salvador Allende y en el 2011 tuvo lugar en Nueva York el espeluznante ataque a las Torres Gemelas

Un repaso histórico revela otros episodios hórridos del séptimo mes que se creyó noveno. Se dirá que fueron casualidades o no, mas no siendo la parapsicología hagiográfica el fuerte de JdO, permítaseme una ociosa reflexión septembrina en lugar de la apología patriótica de la temporada mexicana.

Para leer más del autor: Ve y dilo en la montaña, la columna de Miguel Ángel Sánchez de Armas

En la noche del 10 al 11 de septiembre de 1541 fue la catástrofe que costó la vida a doña Beatriz de la Cueva, viuda de Pedro de Alvarado, noticia que conocemos como “Relacion del espantable terremoto que agora nuevamente ha acontecido en las Yndias en una ciudad llamada Guatimala es cosa de grade admiración y de grande exemplo para que todos nos enmendemos de nuestros pecados y estemos aprescibidos para cuando Dios fuerere servido de nos llamar”, crónica del notario Juan Rodríguez que inaugura el género periodístico en América. 

Un año después, las fuerzas de Michimalonco destruyeron la ciudad de Santiago de Nueva Extremadura, en territorio que hoy llamamos Chile. En 1649 Cromwell se cubrió de gloria con la masacre de Drogheda y en 1714 Barcelona es arrasada por las tropas borbónicas.  

En 1943 los nazis iniciaron el exterminio de los judíos en los guetos de Minsk y Lida. En 1965 llegó a Vietnam la primera división de caballería del ejército yanqui y quedó sellado el destino de cientos de miles de jóvenes gringos y vietnamitas, peones en un tablero de ajedrez manipulado desde Washington, Moscú y Pekín. 

En 1972 el comando palestino “Septiembre Negro” secuestró a once israelíes en los Juegos Olímpicos de Múnich. En 1973 el general Augusto Pinochet derrocó al presidente Salvador Allende. En 1982, Israel invadió Líbano y se dieron las masacres de Sabra y Shatila.

De todos esos acontecimientos, sólo uno, el de Guatemala en 1541, fue un desastre natural. Todos los demás tienen que ver con lo humano. Permítaseme el lugar común: “Homo lupus hominem”. 

Mas el tiempo, que todo pone en su lugar, un día levanta los velos y nos enteramos de las razones ruines, casi siempre impunes, con que los poderosos siegan vidas y destruyen pueblos por “razones de Estado”, cuidando siempre que tales “razones” se cumplan puntualmente en las vacas del vecino y no en las reses propias. 

Hay en el documental Fahrenheit 9/11 de Michael Moore una escena conmovedora en donde el robusto director se apuesta a las afueras del Congreso e invita a los padres de la Patria que acaban de votar la invasión a Irak a que enlisten a sus hijos para defender la tierra que los vio nacer. Todos sin excepción -a semejanza del señorito Aznar, que en un encuentro con estudiantes en México declaró que había sido “engañado” en ese asunto-, huyen con risas nerviosas. En mi rancho a eso le llamamos mariconería.

Hace tiempo el Archivo Nacional de Seguridad de la Universidad de Georgetown (NSA por sus siglas en inglés), desveló las transcripciones de telefonemas entre el señor presidente Richard Nixon, el señor profesor Henry Kissinger (asesor de seguridad nacional y Premio Nobel de la paz), el señor secretario de Estado William Rogers y el señor director de la CIA Richard Helms, que confirman lo que todos sabíamos: en 1973 el gobierno de Estados Unidos organizó y estuvo tras el golpe militar de Pinochet, tal como organizó y estuvo tras los asesinatos de Madero y Pino Suárez en 1913, en contubernio con Inglaterra y Alemania. 

Nixon murió hace 28 años, Rogers hace 21, Helms hace 20. Pero el professor K. sigue vivito y coleando a los 99. ¿Pisará la cárcel por acciones que hubiesen tenido cabida en el tribunal de Núremberg? Apueste usted a que no.

Poco después de la asunción de Allende en 1973, este feroz retoño de Metternich gritaba a Helms: “¡No permitiremos que Chile se vaya por el drenaje!” 

No te pierdas: Al cielo por el arte: la obra pictórica de Rosalío González, la columna de Miguel Sánchez Armas

Leemos en la transcripción del Archivo Nacional de Seguridad: “Después de que Nixon habló personalmente con Rogers, Kissinger grabó una conversación en la que el secretario de Estado estuvo de acuerdo en que, ‘como tú dices, deberíamos decidir a sangre fría qué hacer y después llevarlo a cabo’; mas aconsejó proceder ‘con prudencia para que no nos salga el tiro por la culata’. El secretario Rogers consideró que ‘después de lo que hemos dicho acerca de las elecciones, si la primera vez que un comunista gana los E.U. intentan impedir el proceso constitucional, nos vamos a ver muy mal’”.

Demos dar gracias a la diosa Walpurga o a nuestra deidad favorita de la antigua Alemania, de que el señor profesor Kissinger, a imagen y semejanza de los represores de izquierda y derecha con los que seguramente no estaría dispuesto a convivir, haya grabado secretamente sus conversaciones telefónicas como la que tuvo el ¡16 de septiembre! de 1973 con su jefe Nixon. Es posible que tenga efectos eméticos en algunos lectores, por lo que se recomienda precaución:

(Saludos respetuosos. Nixon pregunta si hay novedades.)

K. No. Nada de importancia. El asunto chileno se está consolidando. Claro que los periódicos están desgarrándose porque un gobierno pro-comunista fue derrocado.

N. Vaya, vaya. Qué cosas.

K. Digo, en vez de celebrar. En la administración de Eisenhower seríamos héroes.

N. Bueno, no lo hicimos –como sabes- no aparecimos en esto.

K. No lo hicimos. Quiero decir los ayudamos ______ generamos condiciones tan amplias como fue posible.

N. Así es. Y así es como se va a jugar. Pero escúchame, en lo que toca a la gente, déjame decir que no se van a tragar ninguna mierda de los liberales en ésta.

K. De ninguna manera.

N. Saben que es un gobierno pro-comunista y eso es lo que es.

K. Exactamente. Y pro-Castro.

N. Bueno, lo principal fue… Olvidémonos de lo pro-comunista. Fue un gobierno totalmente antiestadounidense.

K. Ferozmente.

N. Y los fondos de que dispusiste. Vi el memorándum que giraste acerca de la plática confidencial _________ para una política de reembolsos para expropiaciones y cooperación con Estados Unidos y por romper relaciones con Castro. Bien; diablos, ése es un gran aliciente si lo piensan. No, de ninguna manera te fijes en las columnas y en los desgarres sobre eso.

K. Oh. No me molesta. Sólo se lo informo a usted.

N. Sí. Me lo informas porque es típico de la mierda a la que nos enfrentamos.

K. Y la increíblemente sucia hipocresía…

N. Eso lo sabemos.

K. De esa gente. Cuando se trata de Sudáfrica, si no los derrocamos arman un escándalo.

N. Sí. Tienes razón.

En fin, ¡otra historia septembrina!

25 de septiembre de 2022

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