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Cuauhtémoc Blanco y la ética en el deporte

Crónica zapatista sobre la ética en el deporte y el modo de vida de las comunidades indígenas. Una entrega de Vinicio Chaparro

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Equipo zapatista en Chiapas Foto: aucas-pueblo.blogspot.com

Viaje al Epicentro de la Tierra

(Un estudio profundo del inconmensurable fenómeno del zapatismo)

Los Tiempos Indios

Crónica

Por Vinicio Chaparro

¿Y que diablos tiene que hacer Cuauhtémoc Blanco en un estudio sobre el inconmensurable fenómeno del zapatismo, si ya ni siquiera juega al futbol y ahora es el hijo de Carmen Salinas en una telenovela de alto rating en El Canal De Las Estrellas?, me pregunté tres veces antes de escribir esta entrega. ¡Bull Shit!, casí grité, (acuérdense que también estoy escribiendo para los lectores chicanos de Los Ángeles Press).

¿Y qué tenía que ver ese patán en un ensayo sobre zapatismo y ética deportiva?

En este viaje al epicentro de la tierra, al parecer, debía haber otros temas más importantes que el de un pobre futbolista cuyo mérito intelectual más destacable era el movimiento de sus patas (sí, dije patas). No, definitivamente esto era irregular, algo sicótico, (ojalá y sepan que quiere decir esta palabra, por que yo no, y se oye muuuuy mal), era algo que se había salido de control y de estilo literario, juro por dios que todo lo ve y nada olvida, que en toda la caravana no hubo toques eléctricos. Fue otra cosa lo que motivó la aparición del Cuau, fue definitivamente, otra cosa.

Fue un juego de básquetbol.

Apenas habíamos asimilado lo increíble y novedoso del nuevo planteamiento zapatista en términos de educación, de organización social y de la cuestión del poder y justo después de deglutir dos sabrosos tamales de frijoles que dos de las hormigas antropólogas nos habían ido a ofrecer por la cómoda cantidad de dos pesos con cincuenta centavos por los dos tamales, cinco pesos por cuatro, (lo que ocasionó que volviera a pensar en el Nobel de Economía, otra vez), y después de un intercambio de miradas cómplices con las dos jóvenes vendedoras, que seguían sus análisis de mi persona, tal vez porque era el más veterano de La Karavana de La Karakola o por que vieron la juventud de mi corazón, no sé. A la mejor por feo. O por lo bonito, o les recordé a su abuelito, pero se alejaron contentas por su venta y las seguí con la vista y veía que de vez en vez, juguetonas, volteaban y tapaban su sonrisa con una mano, en la otra cargaban los tamales, por dos bromas infantiles que les habíamos hecho.

Apenas devoramos, Fabi y yo, los cuatro tamalotes y empezó un juego de basket en la cancha de La Garrucha. Tuvimos que mover rápidamente nuestros traseros para salir corriendo como Las Ángeles de Charlie, a quitar nuestras tiendas de campaña que en un rincón de la cancha, estorbaban al juego.

La División del Norte, que se mantenía a la expectativa a distancia de la cancha, vio nuestro rápido movimiento y a una mirada del Yeneral Ányol, (¿se acuerdan del él, el que estaba enamorado de Miranda y nunca se lo dijo?), toda la División: Jesús, el primo lejano de Charlie Brown, (ya no le voy a decir Chuky), Javier, Gema, y la subdivisión completa de Querétaro, (“Los hijos de La Corregidora”, les decíamos, o Los Chichimecas de La Jefa Tanya), se incorporaron a la labor y a duras penas y en un rápido movimiento colectivo divisionario movimos las tiendas con mucho cuidado, pues algunas tenían una lujosa laptop de 2 mil dólares americanos, con 7 gigas de memoria Ram, (brincos diéramos), adentro del sleeping y había que evitar daños cibernéticos. Y el juego continuó.

El árbitro zapatista en juego de basquetbol Foto: Proyecto Suri

Bueno, en realidad los jóvenes no habían dejado de jugar y, cuando se requería capturar una bola fugaz que se iba hacia el rincón aquel, brincaban las tiendas como canguros, como cuando los perseguía el ejército aquel enero del lejano1994.

Solo Rina, la alemana más tierna de esta historia, hija renegada de La Merkel, tomaba apuntes con inusitada pasión. Se podía escuchar el tallar de su bolígrafo. Los demás observábamos el juego con especial interés. Bueno, Rina se la pasó todo el viaje escribiendo, solo se interesaba en nosotros cuando escuchaba albures, entonces si trataba de mejorar su español, y las relaciones germano-mexicanas.

Fue entonces que me percaté de lo importante de aquel juego.

Mi mente viajó lejos, a mi Chihuahua del alma, cuando éramos campeones, cuando Raúl Palma, Oscar Asiain, La Flecha Zaragoza y hasta Chuy García, eran nuestros Maykoles Yordans y Mayics Johnsones. Y Ron Sidol (así se oía en la radio) era el ídolo de nuestras malinchistas chihuahuenses que nomás con ese negrote “querían”, a los chihuahuenses ni los volteaban a ver aunque hicieran mil garigolas.

Recordar es vivir, me dije mientras observaba a aquellos jóvenes zapatistas dándonos unas clases de fragor y entusiasmo que ya las quisiera el Che en sus filas cuando andaba en El Congo. Eran jugadores de potencia. No muy altos, pero corrían como desgraciados. La defensiva era terrible, una lluvia de manos estorbaba cada tiro. Mucha fuerza, poca técnica bajo el tablero, recurrían sin cesar a los tiros de media distancia, con funestos porcentajes de aciertos.

Seguramente que a ambos técnicos, de los dos equipos, debían poner a practicar fuertemente los movimientos y tiros bajo el aro, (les urgía y les requeteurgía un video de Michael Jordan), eran una jauría. Eran puros Rodmans defensivos. Y ya se han de imaginar, nomás se oían los pujidos, y nosotros, los disciplinados villistas de la División, estábamos tras uno de los aros.

Podíamos observar las venas del cuello, inflamadas por el esfuerzo. Pero aún y la falta de técnica y de tiros bajo el aro, la potencia, la fuerza con que luchaban, era de llamar la atención. La pasión, como diría Faithelson. “Era pasión, dedicación, entusiasmo, lo que el básquetbol exigía. Una inmensa lucha por ganar, por ser el mejor. Y solo los gladiadores son capaces de eso, pues se juegan la vida frente a un león…”.

Bueno, parece que he visto mucha tele últimamente y…la pasión me desborda el entusiasmo, las ganas de vivir el remolino de la competencia, del duelo del hombre contra el hombre. Ay güey, pensé, a ver si no me ve José Ramón Fernández o el pobre arrastrado de Brozo, el ex payaso tenebroso, y me quieran contratar de cronista.

Hice mis anotaciones mentales con excelsa pulcritud y me dispuse a observar todo a mí alrededor, como el antropólogo natural que nunca fui. Rina sacaba la lengua mientras escribía y exprimía un pequeño barrito adolescente, mientras daba ocasionales miradas a la cancha, parecía no importarle mucho el marcador. (Ni nosotros, creo que siempre le valía madre si estábamos o no, cerca de ahí). Eso me inspiró, después de todo Carlitos Marx era alemán, así que, prensé un botón y puse el Ojo Biónico Avisor, en ON.

Fue hasta el segundo tiempo, cuando un equipo rebelde le ganaba a otro equipo rebelde, fue hasta entonces que me cayó el veinte y vino Cuauhtémoc Blanco a mi memoria, de cuando era el estrellita del equipo América y propinó, ante las cámaras de Tv Azteca, un santo trancazo en la cara a David Faihtelson, mi cronista deportivo favorito, después de Juanra, (los de Televisa me dan ganas de guacarear), desde una minúscula ventana de unos vestidores, cuando el poeta grandulón pasaba por ahí, en un acto por demás miserable, de Cuaytemoc, claro, y recordaba cuando insultó a la primer árbitra mexicana de la historia, cuando, con mis antenitas de vinyl inglés, me percaté que en ese partido que observaba en ese momento no había árbitros, ni ampayers, ni referis. Los mismos jugadores advertían de cualquier falta. ¡Oh…!, dije para mis adentros. Un caso para Sherlock Holmes, sin duda. (Bueno, debí decir Cherloque Jolms, ya ven que soy la versión mexicana).

Pero, perdón por la desviación, creo que tendremos que llevar un poco la vista atrás, volver hasta cuando el deporte fue corrompido por las ambiciones (y ganancias) del capitalismo, (ya ven que el capitalismo tiene la culpa de todo, hasta de cuando no llueve), podemos verlo a cada minuto cuando en las camisetas de los equipos de futbol de los mexicanos ya no cabe un anuncio más: bancos, coca colas, cerveceras, papitas fritas, tenis superbiónicos, Leche Lala y todas las falsas ilusiones de calidad que llenan el cuerpo de los jugadores ídolos de nuestra juventud, con fines meramente publicitarios, o sea, mercantiles.

Los juegos olímpicos han perdió su sentido deportivo para convertirse en un espectáculo de ventas. O, ¿cómo le podemos llamar al hecho de que Michael Jordan, quien ganaba millones de dólares al minuto, se enfrentara a deportistas tan pobres que su alimentación era peor que la del mismo perro favorito de Jordan. Hasta allá ha llegado el capitalismo a corromper la competencia de unos atletas amateurs que a veces tenían problemas hasta para comer arroz o frijoles.

Basta imaginar a un atleta de Ruanda, de Indonesia o de México tratar de enfrentar a temibles máquinas estadunidenses, rusas y alemanas formadas de todo tipo de asteroides y esteroides. Noooombre, sería como si yo me enfrentara con John Cena (Yon Sina, se prenuncia), ese transformer hecho de puras hormonas musculares, en una dispareja contienda de wrestling (lucha libre, para los que no hablan inglés). Ni los huesos me hubieran quedado. Que diferencia al Cavernario Galindo que se daba tremendos trompones con El Santo, El enmascarado de plata, pero naturalitos. Cero hormonas artificiales. Ahora son puros globos.

Los grandes deportistas han sido capturados por la mercadotecnia y esto ha desarrollado una ambición por sueldos tan millonarios como el de Messi y de Christiano Romualdo, (perdón fanáticos del Real Madrid, debí decir Ronaldo, el dios Ronaldo). Hoy el deporte es un negocio, es decir, una manipulación de nuestros ánimos deportistas. Una manipulación que busca la ganancia como motor fundamental de los juegos olímpicos y todo tipo de competencias mundiales o televisivas.

Solo en Cuba se ha impedido esta involución. El resto del mundo mira el futbol entre comerciales de las transnacionales que nos hacen tomar una coca al día, querer tener un Peugot o anhelar un viaje a Cancún o, mínimo, una cerveza Sol. Para eso nos quieren ahí, sentados frente al televisor, para hacernos fanáticos de Hugo Sánchez. Bueno, antes; ahora El Pichichi es más «mamón» que el mismísimo Cuau. Ya ni Televisa lo quiere.

Y dentro de la ética en el deporte, dicho con todo respeto para los amantes del Perro Bermúdez, el futbol es el deporte más cuestionable de todos. ¡Truchas, ojo, zorras!, fíjensen bien en el terreno del juego. Basta ver a un jugador de futbol soccer tirado en el pasto agarrándose una pierna con una cara de muerte mortal, como si se le hubieran quebrado la pata (si, dije pata) en tres partes, basta eso y ver como todos los dolores desaparecen al sonido favorable del silbato.

Fingir es lo común en el futbol. Hasta Cristiano Ronaldo se ha roto un fémur con tal de ganarle al Barcelona. Messi no hace malos quesos, lo he visto sufrir como en un parto natural y levantarse ágil y ligero a los 15 segundos, después de conseguir el penalti con su actuación.

Podrán poner a miles de niños a que saquen una enorme bandera de “Fair Game” antes de cada juego, de todos modos los patadones se dan al por mayor, insultos, escupitajos, golpes bajos y conatos de violencia. Eso es clásico para los domingos en el sillón (los que tienen sillón). La ética en el futbol es una desconocida manifestación humana, reflejo de nuestro sistema pedagógico, que no ha sido estudiada con todo rigor. Pero es solo un deporte, ¿que de importante puede ser la ética del deporte si lo que este intenta es divertir? Dirimir las guerras en carreras y jodazos reglamentarios al por mayor (sobre todo en el box).

Un caso aparte es la lucha libre, como fenómeno deportivo-teatral, aún más preocupante para la sociología del deporte. Pero, eso…es otra historia.

Por eso, en ese espíritu de “ganar a como de lugar”, en que se ha convertido el deporte, el basquetbol es el rey de la ética, (porque en todos los demás aspectos, el rey de los deportes es el beisbol, ya lo decía mi Hemingway del alma). Pero, ya fuera de broma, sin antagonismos deportivos y sin rictus de dolor en el césped de un estadio, hay que reconocer el papel ético en el deporte del basquetbol. ¿Dónde más?, me pregunto, ¿un deportista levanta la mano para aceptar haber cometido una falta? No, ¿verdá?

Eso no tiene ninguna duda, podrán darse todas las polémicas sobre el particular, pero el basquetbol es el más diferente de todos los deportes por este simple hecho, bastaría con imaginar que el faulista de un equipo de futbol levante la mano para aceptar haber cometido una infracción al reglamento. Noooombre, ni en sueños. He visto grandes jugadores meter goles con la mano y se hacen güeyes y celebran como si hubiese sido legal. Pero eso es normal para el futbol. Por eso no aceptan revisar las jugadas como en el futbol americano, ahí se la pasarían.

Pero bueno, mis increíbles análisis deportivos y los tamales de frijoles, hacían estragos con mi estomago y la gastritis me provocaba inflación y no podía ver el juego con atención, apreté los ojos y así pensé en lo que veía. Los dos equipos, el rojo y el azul, fueron detenidos al llamado de un riel colgado de una viga y golpeado con un tubo de una vieja silla tubular, valga la rebuznancia, y el juego terminó.

Entonces me alejé a 50 metros, mínimo.

Mural de educación zapatista Foto: émula.blogsport.com

Habíamos apreciado que el zapatismo tenía una alternativa revolucionaria de educación. Pero lo visto ahí fue un shock total.

No supe quien ganó, los fuertes dolores estomacales, la gastritis, amenazaban con reventar mi estomago, debo confesar que el hambre ancestral de tarahumara me había llevado a consumir cuatro enormes platos de frijoles negros en la cocina de La Karakola y no, no eran los tamales, era la media tonelada de ese alimento altamente explosivo lo que no me dejó apreciar todos los detalles del juego.

Aún así, entre mareos y amenazas de desmayamiento, aprecié algunas cosas que me gustaría mencionar.

Los jóvenes zapatistas eran jugadores de potencia, recorrían la cancha de un lado a otro, cuatro veces en medio minuto, como motores desbocados.

Pero eso provocaba muchos roces y golpes de dolor y pujidos. Aún así, el jugador golpeado, apretaba los dientes y levantaba la mano cuando el oponente cantaba el faul. Es decir, “aguantaba vara”, como decimos los rancheros, a pesar de del rasguño en su cara que limpiaba discretamente.

Y en ese juego de potencia el hecho se repitió sin cesar. Se escuchaba el golpe sordo y alguien levantaba la mano. Cero discusiones, eran hermanos. Educación, le llaman en mi rancho. Los frutos de la pedagogía, diría Piaget.

Es una estupidez, una verdadera estupidez, como todos mis reportes, pero ¿podríamos imaginar que en el resto de México, algún día, la gente, en las competencias deportivas, no se apasionara tanto y quisiera ganar a como diera lugar, y no necesitara ni árbitros, ni referis, como en los tiempos indios?

Los tiempos indios… antes de que el hombre blanco viniera a corromper todas nuestras cosas. Desde un espejo, hasta un juego de futbol.

Vinicio Chaparro
Enviado especial de
Proyecto Nedni

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Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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Ricardo Raphael plagia título del libro sobre la vida de Luka Modric, El hijo de la guerra

El título del nuevo libro de Ricardo Raphael plagiado de los autores españoles José Manuel Puertas y Vicente Azpitarte.

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Por Guadalupe Lizárraga

Ricardo Raphael plagia el título “Hijo de la guerra” para su nuevo libro, bajo el sello editorial Seix Barral, a los autores españoles José Manuel Puertas y Vicente Azpitarte, quienes publicaron originalmente en febrero de 2016, el título Luka Modric: El hijo de la guerra, bajo el sello Espasa Calpe, en España.

La publicación de Raphael, de acuerdo con su descripción en la prensa mexicana, es una serie de conversaciones con un presunto confundador del cártel de los Zetas. Mientras que El hijo de la guerra, de Puertas y Azpitarte, trata sobre la difícil vida como refugiado del futbolista del Real Madrid, de origen croata Luka Modric, quien sufrió los embates de la guerra de los Balcanes, y llegó a ser uno de los jugadores más reconocidos del mundo.

El periodista y escritor José Manuel Puertas al darse cuenta de la situación dijo que hablaría con su editorial para saber cómo actuar, porque era la primera vez que le sucedía.

Por otra parte, el abogado mexicano, especialista en derechos de autor, Jorge León, señaló que jurídicamente no existe el plagio, sino “el uso no autorizado de un contenido literario”, y que los derechos de autor protegen al contenido de la obra y no a los títulos.

Sin embargo, el especialista también apuntó que si hubiera similitudes del Hijo de la guerra, de Raphael, con El hijo de la guerra, de Puertas y Azpitarte, podría haber un conflicto autoral, aunque se trate de contextos y personajes distintos. También enfatizó que la situación propiciada en este caso resultaba interesante porque tenía varias vertientes, y una de ellas es que el autor mexicano podría beneficiarse del éxito de la obra de los españoles, más si se trata de un libro reconocido a nivel global.

Un caso similar se dio en España con el caso de la escritora Lucía Etxebarria, quien en su novela Ya no sufro por amor (2005) copió fragmentos del texto “Dependencia emocional y violencia doméstica”, del psicólogo Jorge Casteló. Cuando se le demostró el plagio a la escritora reconoció que parte del éxito de su libro se debía a las acusaciones de plagio.

El escritor mexicano Abelardo Gómez Sánchez, autor de varios libros de cuentos, crónica, ensayo y novela, e instructor de Literatura, opinó que “tiene que ver mucho la intencionalidad del autor que plagia, porque podría ser por ignorancia, pero si lo sabes y lo haces, es una chingadera”. Gómez Sánchez dio el ejemplo de su libro Mala mujer no tiene corazón. “Es el nombre de una canción de Matancera, y alude a Bienvenido Granda, Celia Cruz, Daniel Santos… a muchos de ellos, e incluso el personaje principal es un cantante y a través de éste hago un homenaje a la Matancera; estoy usando esa frase de la canción pero para hacer una apología de la Matancera”.  

El abogado Jorge León, por su parte, insistió en que “al final, si el contenido es similar o partes de la redacción del libro Hijo de la guerra, del autor mexicano al de El hijo de la guerra, de los autores españoles, ahí sí, sería un tema de piratería o estaría copiando el contenido de la obra original, o sería una obra derivada de ésta, si tuviera la autorización de los españoles”.

Es la segunda ocasión en que Ricardo Raphael es exhibido de usar contenidos no autorizados de otros autores, y enfrenta una denuncia formal ante la Fiscalía General de la República en México, por adjudicarse la investigación El falso caso Wallace, de la periodista Guadalupe Lizárraga, quien desde 2014, ha publicado más de cien reportajes, videos y un libro. Ricardo Raphael la entrevistó en su programa de televisión, en Canal 11, el 12 de diciembre de 2018, y a partir del 24 abril de 2019, el conductor se ha presentado a los medios como el “investigador” del caso, con un reportaje publicado en la revista Proceso, conteniendo datos e información que Lizárraga había publicado en su libro en 2018, y en el portal de noticias Los Ángeles Press.

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