Connect with us

Arteleaks

Cuando el periodismo murió en un sismo

El periodismo en Oaxaca en la cobertura del terremoto de 8.2 grados en escala de Richter del 7 de septiembre de 2017

Avatar

Published

on

Afectados por sismo en Juchitán, Oaxaca. Foto: Cuartoscuro

Humberto Sesma Vázquez*

La cobertura de una catástrofe como la ocurrida con los terremotos del mes pasado no es algo sencillo, pero debería ser algo que ponga a prueba toda la capacidad informativa y narrativa de los periodistas.

Es, digamos, una prueba de fuego que no cualquiera aprueba. Es más, nadie aprobó y me refiero, para tristeza del oficio, a los colegas de los mal llamados “medios nacionales”.

Si el sismo del día 7 despertó la capacidad de los reporteros oaxaqueños para dar una cobertura íntegra, en todo el sentido de la palabra, a la tragedia, explorando y explotando los géneros olvidados como la crónica, la entrevista y el reportaje, además de excelentes notas cargadas de descripción más que de opinión y de fotografías más que elocuentes, el terremoto del día 19 reveló la mediocridad de la mayoría de reporteros de la Ciudad de México.

Nadie aprendió la lección, en materia periodística, del 19 de septiembre de 1985. Esa mañana, mientras la gente en la capital del país apenas se sobreponía de su asombro y terror, dos periodistas informaban el saldo del movimiento telúrico.

Contrario a lo que se pensaba (y quizá se siga creyendo), Jacobo Zabludovsky no recibió línea alguna y tuvo toda la libertad para narrar con cuidadosa exactitud precisamente lo que sus ojos estaban viendo. Y mientras él daba cuenta de derrumbes, desplomes, gritos de auxilio, incendios y devastación, su contraparte en Imevisión, Joaquín López Dóriga, hacia esfuerzos ridículos acallando a sus reporteros: “dame datos ciertos”, les decía; “pero Joaquín, el edificio se cayó”, le respondían, y al corte. López Dóriga tergiversando las cosas, en un intento fútil de minimizar la tragedia. Por ejemplo, esa inolvidable frase de “nos informan, repito, nos informan que el edificio Nuevo León en Tlatelolco presenta algunas cuarteaduras”, cuando todo el mundo ya sabía que se había desplomado.

***

Esta vez, quizá por ser muy local, quizá por orgullo, quizá porque verdaderamente hay oficio, los medios oaxaqueños dieron un puntual y asertivo seguimiento al fenómeno que sacudió a Oaxaca casi a la media noche.

Y, aunque la información no fluyó tan rápidamente como se hubiera deseado, en las redacciones de los medios locales pasamos de hacer una llamada en portada, a ser la portada misma, en cuestión de una hora, dado el horario de cierre.

Nadie en Oaxaca inventó nada ni estremeció con notas alarmistas ni falsas. Me parece que el periodismo local merece un reconocimiento si lo comparamos con los “nacionales” que supuestamente cubrían (o intentaban cubrir) las cosas en la Ciudad de México en el sismo del día 19 de septiembre, coincidentemente.

Antes de que ninguna televisora pudiera revelarnos la magnitud de la tragedia en la capital del país, usuarios de You Tube ya atiborraban sus cuentas con videos propios y caseros, tomados con sus celulares. Las primeras imágenes de la catástrofe no provinieron de las cámaras y micrófonos de los reporteros, sino de las cuentas de You Tube y acaso alguien en Periscope o Facebook live.

Nadie publicó crónica, entrevistas, un reportaje sobre algún edificio colapsado, con especialistas, con sismólogos, con nadie. Pasó de noche casi para todos los reporteros. A los pocos días eran los editorialistas y columnistas de los diarios “nacionales” quienes más datos informaban en sus espacios.

A la falta de oficio, apareció la especulación. La invención y el alarmismo. El descrédito al periodismo. Como ejemplo está el de la famosa “Frida Sofía”, una niña que supuestamente estaba bajo los escombros de lo que fue el colegio Enrique Rébsamen, y que Televisa usó durante varios días para atraer la atención, quizá, de su baja audiencia, o tal vez para distraer a la opinión pública de otros edificios con gente sepultada, como el de Álvaro Obregón 286.

Como si se tratara de una novela y no de un suceso real en curso, Televisa apostó cámaras, micrófonos, personal e infraestructura para rescatar (y con ella a otros cientos de niños) a una “Frida Sofía” inexistente.

Entre el dolor y desesperación de los niños atrapados entre los escombros de la institución, se creó una esperanza de vida, la de una niña que estaba con vida y pidió agua. Pero la historia fue un fraude.

La cuenta de Twitter de Azteca Noticias publicó un video en el que Hannia Nobel señaló que tras la verificación de las listas de estudiantes registrados en la escuela, no se encontró ninguna niña que respondiera al nombre de “Frida Sofía”. Y se desplomó la credibilidad de la Televisora de los Azcárraga, pero más, la credibilidad del oficio periodístico.

Al contrario de lo que sucedió en Oaxaca, no hubo reporteros haciendo crónicas ni entrevistas ni reportajes. Nada. Hasta el asunto de la directora del Colegio Rébsamen resultó algo oscuro, difuso y confuso.

Fue más creíble y preferible, por vez primera en la historia reciente del periodismo en México, escuchar los informes de las autoridades. Luego, habida cuenta de que en otras tragedias la ayuda humanitaria se ha perdido, a ningún reportero se le ocurrió iniciar un seguimiento de los donativos y fondos que se estaban recibiendo. A estas alturas algún vival ya les comió el mandado.

***

El periodismo oaxaqueño no jugó a especular, no inventó historias, no jugó al engaño ni al alarmismo. Estuvo a la altura de las circunstancias. El de la Ciudad de México pasó de noche.

Después de 22 años de verlo con desdén por sus dichos y posiciones sobre la prensa española (el periodismo en general), por fin le damos la razón al escritor y también periodista Manuel Vicent Recatalá, quien publicó en El País en 1996 que un periodista “es un sujeto que escribe a toda velocidad de cosas que generalmente ignora y lo hace de noche y la mayoría de las veces cansado o borracho y que no teniendo talento para ser escritor ni coraje para ser policía se queda sólo en un chismoso”.

Sí, Vicent por fin tiene la razón. Al menos en el punto exacto de la cobertura de los sismos en la Ciudad de México por parte de un supuesto ejército de reporteros que tienen y conocen sus fuentes y pudieron ser más informativos y narrativos, pero simplemente fueron a escribir nota del día. El sismo y sus damnificados.

¿Acaso hubo algún reportero o medio que hiciera un recuento fiel, alejado de las conveniencias gubernamentales, apegado a la realidad, de la situación? ¿De todos los edificios colapsados? ¿De la cantidad de víctimas? No. Todos se dedicaron a ensalzar la “solidaridad de los mexicanos en tiempos de tragedias”.

Pero los terremotos de septiembre dejan una gran lección y desvelan una triste realidad: el periodismo en México está en una grave crisis. Especialmente, en los grandes medios y emporios. No así en los medios pequeños y de los estados.

Alguien me comentó que se debe a que la mayoría de reporteros aún no nacía o eran bebés en el sismo de 1985. Pero no lo creo. Simplemente, no hay vocación. O nadie les enseñó.

Si alguien tiene duda, puede ingresar a los portales (en inglés) de “The New York Times”, BBC y hasta CNN y buscar lo relativo al “mexican earthquake september 19th 2017” y nutrirse de las increíbles historias contadas por corresponsales y enviados de esos medios. Realizaron un puntual seguimiento noticioso haciendo uso y gala de todas las técnicas del periodismo, que son universales.

Son conmovedoras, por momentos trágicas, pero en su justa dimensión, sin inventar ni crear terror en los lectores. Sin duda alguna el público de esos medios supo más historias que los propios mexicanos.

Sigo en cambio, con mi reconocimiento a la cobertura en Oaxaca de su sismo del día 7. Hallamos crónicas, entrevistas, reportajes, narraciones, descripciones y detalles de la devastación en el Istmo sin alarmismos, sin crear pánico, pero sobre todo, sin inventarse nada. No necesitamos corresponsales, aunque vinieron desde la Ciudad de México sin pena ni gloria. Tan de noche como en su propia ciudad. Adormilados.

Definitivamente urge una revisión al periodismo que se hace en nuestro país y que luce adormilado.

Los periodistas y los medios locales, estatales, ya dimos una prueba de lo que debe hacerse como cobertura en una tragedia. Ya pusimos el ejemplo. Ojalá así siga caminando, porque la prensa regional es la del futuro, la que sobrevivirá por encima de los que están en todas partes informando exactamente nada: los “medios nacionales”.

Por cierto, aprovecho para tirar otro dardo: internet golpeó a los grandes medios, de todos tipos, de la capital mexicana. Aún muchos no se reponen y otros luchan por reposicionarse. Los medios regionales en cambio no tenemos ese problema.

Sabemos que internet es otro mercado que consume otras cosas y trabajamos para hacer una simbiosis entre ambas plataformas: la digital y la prensa escrita.

Nos hacen falta muchas cosas. La primera, aceptar nuestras limitaciones y dejar de crearse grupos imaginarios de reporteros especializados en nada. La segunda, aprender de quien ya pasó por una experiencia y tiene mucho que enseñar. Y la tercera: compartir los conocimientos y abrir oportunidades. No todo está perdido, al menos en Oaxaca.

 

 

*Esta colaboración se publica con la autorización editorial de su fuente original: Suplemento cultural “Cronos”, número 117, del periódico Tiempo de Oaxaca, sábado 7 de octubre de 2017.

Continue Reading
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Arteleaks

Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

Published

on

Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

Continue Reading

Arteleaks

Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

Published

on

Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

Continue Reading

Arteleaks

Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

Published

on

Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

Continue Reading

Trending