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Coronavirus en las cárceles: “Encerrados” no es lo mismo que “aislados”:

Las cárceles en Latinoamérica ante la pandemia

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Nathalie Alvarado

La llegada del nuevo Coronavirus se está viviendo con preocupación en los entornos penitenciarios. La suspensión de las visitas en Italia, Brasil y Colombia han desatado motines con decenas de heridos, muertos y saqueos a enfermerías. Para calmar las tensiones, algunos países han tomado medidas sin duda excepcionales. España, por ejemplo, decidió aislar a los más de 50,000 internos del sistema penitenciario al considerarlos “colectivos de alto riesgo”. Irán tomó un camino radicalmente distinto y decretó prisión domiciliaria temporal para 70,000 prisioneros.

Las cárceles, a menudo espacios olvidados para la mayoría de la sociedad, estos días han ocupado las portadas de los periódicos en muchos países. ¿Por qué? El confinamiento y el hacinamiento carcelario hace que las prisiones sean un espacio donde las enfermedades contagiosas se propagan con gran rapidez. Incluso en muchos países con buenas infraestructuras y servicios públicos, se ha calculado que la tasa de prevalencia de tuberculosis dentro de las cárceles es 81 veces más alta que en el exterior. La entrada del nuevo Coronavirus en la cárcel no ha sido una excepción. China reportó más de 500 presos contagiados. En Estados Unidos, la cifra ronda varias docenas y va en aumento.

¿Coronavirus en la cárcel? Más agua en un vaso hace rato rebosado

En América Latina afrontamos el COVID-19 con una desventaja adicional: nuestras cárceles tienen muchos presos y muy hacinados. Las prisiones de algunos países alojan hasta tres veces su límite de residentes. En total en nuestra región hay ahora mismo más de un millón y medio de presos. Y de ellos casi un 6% son mayores de 65 años –el grupo de edad más vulnerable.

La vida dentro de la cárcel es muy dura, y la amenaza del nuevo Coronavirus complica las cosas aún más. Las medidas de prevención y mitigación recomendadas para esta pandemia (lavarse las manos, reducir las interacciones sociales…) son casi impracticables en el contexto carcelario latinoamericano. Los datos lo dicen todo: el 58% de los internos no tiene una cama para dormir y un 20% no tiene acceso a suficiente agua potable. Tan solo el 37% cuenta con jabón. Así, no es de extrañar que las enfermedades contagiosas se propaguen con rapidez: dos tercios de los reclusos se ha enfermado en alguna ocasión durante su encierro.

Cómo superar este “stress-test” en nuestras prisiones

La sobrepoblación y la falta de higiene hacen que los centros penitenciarios sean lugares donde las enfermedades infecciosas sean de fácil transmisión y difícil contención. La pregunta urgente es: ¿Cómo asegurarnos que dejamos al virus fuera de las cárceles?

Descongestionar las cárceles todo lo que sea posible. Casi la mitad de la población carcelaria de América Latina está en prisión preventiva. Ahora más que nunca, nuestros sistemas de justicia deben dar prioridad a las medidas de seguridad que no impliquen la privación de libertad. Por ejemplo, Colombia, Chile y el Salvador están valorando pasar temporalmente a prisión domiciliaria a miles de presos que no representan una amenaza para la seguridad pública y que cumplen ciertos criterios, como ser mayor de 60 años, enfermos crónicos, o mujeres embarazadas o con hijos menores de 3 años, entre otros.

Limitar el flujo de personas que entra en una cárcel. Reducir al máximo el tránsito de personas es una de las medidas más racionales para prevenir la entrada del nuevo Coronavirus en la cárcel y, al mismo tiempo, sensibles. Las visitas familiares son para muchos presos el canal más fiable para conseguir alimentos extra, ropa o medicamentos. Por ello, si bien es inevitable, es importante que todas las decisiones se comuniquen transparentemente y venga de la mano de un plan para sustituir la red de asistencia que supone la familia en el contexto carcelario.

Mejorar la higiene de las prisiones. La suspensión de visitas es también una interrupción drástica del acceso a ropa limpia y utensilios de aseo. Pero muchas prisiones no cuentan con algo tan básico como suministro estable de agua potable. Por lo tanto, los centros penitenciarios deben asegurar la provisión de insumos de aseo y desinfección. o al menos proporcionar los materiales. Si ir más lejos, en Argentina, El Salvador y Uruguay los presos se encuentran fabricando sus propias máscaras y jabones con material brindado por las autoridades.

Asegurar servicios médicos. Prisioneros, personal penitenciario y visitantes deben someterse a rigurosos exámenes médicos. En Jamaica, por ejemplo, se ha establecido un protocolo para detectar síntomas tempranos entre los trabajadores de las cárceles. Y Argentina ha reservado espacio en las prisiones federales para poner en cuarentena a internos que tengan el virus o que sean sospechosas de portarlo.

Más tecnología para mantener lazos con el mundo exterior. La tecnología hace muy fácil garantizar que los privados de libertad sigan conectados con sus familias y abogados en un contexto de restricciones de visitas. La comunicación digital también ofrece algo esencial para el buen funcionamiento de la justicia: que las audiencias con los jueces continúen y que los presos tengan acceso a todo el ecosistema de herramientas (asistentes sociales, cursos de aprendizaje, programas de socialización) encaminadas a hacer de la cárcel un lugar de rehabilitación social.

Las prisiones latinoamericanas no sólo hacinan presos en poco espacio, sino que también aglutinan entre sus paredes un microcosmos de desafíos que son la puerta para resolver el problema de inseguridad en nuestras calles. Irónicamente, las tensiones generadas entre la población penitenciaria, a raíz de la crisis del nuevo Coronavirus, ha puesto nuestros centros penitenciarios en el centro de la atención pública. Dicen que las crisis son oportunidades. Si somos intencionales con el problema, las medidas que nos ayuden a solucionar esta epidemia en el corto plazo serán, con suerte, las mismas que nos ayuden a fortalecer nuestro sistema penitenciario y a convertirlo en lo que siempre tuvo que ser: una estación de paso para reconstruir vidas truncadas por la pobreza y el crimen.

 

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Justicia pendiente

Director de Cefereso de Michoacán tortura, amenaza y viola derechos humanos, denuncian internos

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Por Ignacio García

El director del Centro Federal de Readaptación Social (Cefereso) número 17 de Michoacán, Julio César Pérez Álvarez, ha incurrido en constantes violaciones de derechos humanos hacia los presos del penal como la ausencia del servicio de agua potable, así como constantes torturas y amenazas sin haber sido sancionado por las autoridades federales.

Por medio de una misiva, George Khoury Layón, interno del penal federal acusado  falsamente del delito de homicidio calificado por Isabel Miranda de Wallace, denunció que el directivo ordenó que le arrojaran gas lacrimógeno, además de que ha incurrido en malos tratos y golpes constantes hacia su persona, así como enviarle un perro para quitarles sus tenis ortopédicos.

Por ello, pidió al presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, que ordene a los comisionados federales que atiendan las irregularidades cometidas por Pérez Álvarez, ya que, enfatizó, existen 273 amparos en contra del director por la falta de agua potable, falta de atención médica, amenazas y torturas contra los internos.

De acuerdo con el reo, los amparos se encuentran radicados en los juzgados Quinto y Octavo de Uruapan, Michoacán, sin embargo, hasta el momento no han obtenido una respuesta satisfactoria y el director lo ha amenazado con negarle el suministro de sus medicamentos contra la lumbalgia que padece, así como retirarle los tenis ortopédicos que requiere para su postura en caso de no desistir de sus denuncias públicas.

Agregó que Julio César Pérez ha alegado que cuenta con el respaldo institucional, pues su familiares trabajan en la Federación y él es uno de los ex colaboradores de Genaro García Luna, ex titular de la Secretaría de Seguridad Pública federal (SSP) durante el gobierno de Felipe Calderón y preso en Estados Unidos por sus presuntos nexos con el Cártel de Sinaloa.

Asimismo, expresó que pueden contar con hasta 200 firmas de los presos que están en contra de las funciones de Pérez Álvarez, por lo que demandaron la intervención del presidente de México para que se frenen los abusos cometidos contra los internos del Cefereso de Michoacán.

 

 

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Arteleaks

Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Mundo

OMS estima que vacunación contra Covid-19 se concentra sólo en 10 países

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Por Ignacio García

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el 95 por ciento de las vacunas aplicadas en el mundo se concentran sólo en 10 países, los cuales en su mayoría se ubican en Europa.

El organismo internacional lamentó que existe poca solidaridad de las naciones más ricas para permitir que los demás países también puedan aplicar de forma eficiente los programas de vacunación en sus respectivas poblaciones.

Los países con más vacunas aplicadas son Estados Unidos, China, Reino Unido, Israel, Emiratos Árabes, Italia, Rusia, Alemania, España y Canadá, por lo que la OMS pidió mayor solidaridad para que se apliquen a otras naciones que no cuentan con la misma riqueza.

Asimismo, enfatizó que en más de un mes se han vacunado a 28 millones de personas en el mundo, distribuidas en apenas 46 países, pero también advirtió que la nueva cepa viral localizada por primera vez en Reino Unido también se propagó por 25 naciones.

Sin embargo, la OMS es optimista con el comportamiento de la pandemia y aunque reconoció que durante este año continuará con presencia en el mundo, será más controlable, debido a la aplicación de la vacuna en la mayor parte del planeta.

México se ubica en el lugar 13 de los países con más vacunas aplicadas en el mundo, aunque muy rezagado con respecto a Estados Unidos que ha vacunado a más de 3 millones de personas en el último mes.

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