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Con voz propia

Conversaciones de Paz en Palestina

Palestina e Israel accedieron a continuar las conversaciones de paz por al menos nueve meses, mientras contienen reacciones populares de ambas partes

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Reacciones a reanudar diálogo de paz en Palestina. Foto: AP

Reacciones a reanudar diálogo de paz en Palestina. Foto: AP

Antonio Hermosa Andújar*

La creencia de que el futuro está contenido en el pasado es propia de un pensamiento determinista y a la historia, en cambio, prestidigitadora como es, le gustan las sorpresas. Por eso, en demostración de que es un arte al que lo posible pertenece por derecho, periódicamente resucita el cadáver de algún fracaso al que la reiteración le llevó a la tumba con un imperativo Lázaro, levántate y anda; y por eso, periódicamente también, juega al olvido con el pasado de personajes, histriónicos a veces, devolviéndoles en el espejo una imagen en la que ocasionalmente no reconocen al sujeto que ven.

Es así como, de repente, un problema enterrado por inacción, como el de la paz en Palestina, vuelve desde su sepulcro a la arena internacional; o como, al igual que en Venezuela puso a ex Chávez ante la posibilidad de ser el nuevo Bolívar que tanto invocaba, bien que luego se quedó en simple chávez, ahora brinda al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, la oportunidad de hacer historia poniendo a su alcance la resolución del mentado problema: a él, uno de sus más acérrimos enemigos entre los políticos israelíes de los últimos tiempos. Confiemos aprenda de Rabin el aprender a tiempo, y persiga emular el legado de aquél con una tenacidad par a la de su valeroso mentor, y cuya realización la usura del azar le arrebató. Por lo demás, con esta doble pirueta ejercitada de un solo golpe la historia vuelve a demostrar la libertad inmanente a la acción de sus protagonistas, los seres humanos, pese a la religiosa renuncia que de ella hacemos a diario o a la frecuencia con la que intereses espurios producen efectos similares a los de la resignación.

De momento Netanyahu ha aceptado el envite, lo que no es poco; no lo es por sí mismo, porque ese sí a conversar no sólo erradica la dogmática certeza del tradicional Niet que acompañaba la mención de la expresión mesa de negociaciones si referida a la paz, salvo en tiempos recientes, en los que se la declamaba retóricamente habida cuenta de la ristra de precondiciones interpuesta por la contraparte palestina para volver a ella. Tampoco lo es porque, con su aceptación, la pelota de la responsabilidad si se recae en la tradición del fracaso está ahora en el otro bando (en el que, ante la sofocante presión de Washington, Mahmud Abbas ya se ha apresurado a rebajar algunas, dejando otras, como la de la liberación de los presos palestinos, como baza con la que devolver la jugada a Netanyahu) e Israel saldría reforzado ante la opinión pública internacional en una situación idéntica a la actual.

Mas, sobre todo, el sí quiero conversar de Netanyahu es importante porque, en función de cómo enfoque el nuevo gobierno iraní su política exterior, si girando, como parece, hacia un pragmatismo de cuya falta adoleció en la larga etapa anterior, o bien volviendo por sus fueros nucleares, el posible ataque de Israel a Irán gozaría de un plus de legitimidad ante la opinión pública mundial y determinadas potencias, no sólo occidentales, si hay en curso negociaciones con los palestinos por apagar el conflicto decano de la región.

Hay una razón más al menos por la que la reanudación de las conversaciones constituye una decisión política mayor, esta vez de naturaleza interna: su solo anuncio ya ha abierto una brecha en el gobierno israelí, una amplia coalición en la que los partidos de la extrema derecha religiosa se han desvinculado críticamente de la medida. Algo que, ciertamente, no puede no ser saludado con regocijo, pues si cuenta con la oposición entusiasta del extremismo ortodoxo y político milagroso será que no sea bueno, y si no que se le pregunte a Alá.

Sólo que en esta ocasión, la posible defección y su consiguiente chantaje de semejantes miserias antidemocráticas apenas hará mella en la capacidad de Netanyahu para actuar, dado que cuenta con un extraordinario apoyo político y social a favor de la paz y de los medios para obtenerla. Las declaraciones de políticos de relieve de la oposición ya han hecho ostensible su apoyo; y en cuanto a la sociedad, una encuesta del diario Haaretz llevada a cabo tras la declaración de John Kerry, el Secretario de Estado estadounidense que ha logrado la aquiescencia de las partes a acudir a la mesa, indica que más de la mitad de la población aprobaría la medida si se la convocara a un referéndum al respecto.

Analizadas desde el contexto de Oriente Medio, las conversaciones entre las partes del contencioso palestino, aun en el supuesto optimista de que dieran lugar a negociaciones que finalizaran en un acuerdo entre aquéllas, podría parecer que llegan demasiado tarde; que incluso ese inopinado éxito no sería a la postre sino un ejercicio de narcisismo con el que la política, en esta región ferozmente caótica del mundo, maquilla su impotencia. Porque, en efecto, aún no es definible “el nombre”, que diría Homero, de la nueva realidad que está surgiendo a partir de los escombros de la primavera árabe, y su indeterminación, en una zona poblada de armas y fanáticos que las empuñan, y enloquecida por una mística religiosa aún peor que las armas, solo añade inestabilidad a la inestabilidad y miedo al resultado, transformando al feto en un monstruo antes de ser siquiera conocido.

Cuando en países como Iraq o Siria –y de rebote en Líbano- la violencia ha completado su obra de deshumanización merced a la oda a la muerte que a diario se entona, y no deja más destino aparente que la guerra civil, la fragmentación territorial y nuevos sujetos armados e incontrolados. Cuando países como Túnez o Egipto caminan con paso firme hacia esa misma guerra por medio, en el primer caso, de crímenes selectivos con los que se pretende asesinar el Estado y la convivencia pacífica que debiera garantizar a través del asesinato de personas; o, en el segundo, de la deposición mediante un golpe de Estado de un gobierno que abjuró de los principios democráticos con los que se había comprometido, demostrando por doquier su ineficacia y sectarismo, y cambiando a la fuerza de dueño; o, en ambos casos, por la división en el islamismo, incluso el radical, como en Egipto, y el enfrentamiento civil surgido por los nuevos reagrupamientos sociales, que ya no admite compromisos ni vuelta atrás. Cuando incluso en Gaza Hamás está perdiendo buena parte del apoyo con el que ha dominado plácidamente durante años, y la inestabilidad no sólo gana terreno, sino que se aproxima conforme lo gana al conflicto violento entre las partes. Cuando el hasta hace poco modelo turco ha devenido un problema en la misma Turquía. O cuando, por no extenderme más, la brecha religiosa histórica que desde siempre ha desgarrado al Islam entre chiís y suníes se amplía a diario desde la política, enfrentando a Irán y satélites con Arabia Saudí y los suyos, al punto de que los dirigentes de este nauseabundo régimen llegaron a pedir a Obama la invasión del país de los ayatolás… Cuando todo eso sucede, poco parecería importar ya ni la reanudación de las conversaciones en Palestina ni el resultado de las mismas.

Empero, no me parece acertada esa manifestación de escepticismo. El catálogo de problemas recién enumerado pone de relieve la falacia, de la que la política de la zona se nutrió interesadamente durante décadas, de que sin solución al contencioso palestino-israelí ninguna solución era posible en Oriente Medio, lo que derivaba automáticamente en una crítica inmisericorde –y no sólo por los países de la zona, sino por las cabecitas huecas de la legendaria izquierda europea, tan democrática ella que merecería ser saudí– de la despectivamente denominada entidad sionista (ahora se ve que el problema básico para la convivencia se llama Islam: la pasividad, la intolerancia, la violencia, la corrupción, el subdesarrollo cultural que promueve, la explotación económica que permite, la heteronomía individual que fomenta, el bienestar y el hedonismo que evita o prohíbe, los despotismos que genera; y que ese problema se agiganta con la política con la que las grandes potencias, democráticas y no democráticas, manipulan la región). En cambio, las negociaciones de las partes en conflicto que abocan a una solución consensuada puede venir a dar razón a posteriori a quienes pensaban así, aunque por lo contrario de lo que decían, instaurando en la región el modelo político racional de la solución dialogada, es decir, enalteciendo el poder de la palabra como la principal arma política democrática, según nos dijera Hannah Arendt mirando a la Hélade, y fiando a la política los recursos naturales que necesita para imponer su arte sobre la religión y sobre las tiranías.

En suma: si una posible negociación entre palestinos e israelíes acabara estableciendo la paz en Palestina, la solución a dicho contencioso indicaría a los países circundantes la vía a seguir para resolver sus problemas, y la paz en Palestina sería el medio fundante del establecimiento de la paz en Oriente Medio. Y aunque el mérito se repartiría entre palestinos y judíos, un Israel garante merced a su política de la estabilidad interna de los países musulmanes (que tendrían, naturalmente, que dejar de profesarse políticamente tales) y de la externa de la región sería en los tiempos modernos la máxima venganza política a la que han dado lugar las ironías de la historia.

*El autor es escritor y filósofo español.

 

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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