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Censura en la era de la estupidez: el caso de Charles M. Blow

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Por Alberto Farfán

Todo pareciera indicar que estamos viviendo bajo el manto de la era de la estupidez. Basta con observar que frente al importante margen de libertad en que nos vemos inmersos nos comportamos de manera peculiar –por decirlo de una manera menos drástica–, pues esa misma libertad la utilizamos para censurar, prohibir, cancelar, eliminar aquello que se considera políticamente incorrecto.

En los últimos días a través de los medios de comunicación hemos podido conocer que incluso las caricaturas que todos hemos visto alguna vez van a ser objeto de censura porque afectan supuestamente a las nuevas perspectivas de integración y/o cohesión social.

Así, Pepe Le Pew, Speedy Gonzales, The Flintstones, Pucca, Betty Boop, Johnny Bravo, entre otros dibujos animados, han sido puestos en tela de juicio tanto por la industria del entretenimiento como por diversas voces, pero sobre todo por los ya inevitables usuarios de redes sociales, siendo ellos una parte importante de la llamada generación de cristal, pues todo les molesta. Considerando por lo tanto que deben suprimirse por completo tales cartoons.

Es conveniente agregar que esta polémica se debe al columnista de The New York Times, Charles M. Blow, quien escribió, entre otras cosas, que a su parecer el actuar del personaje Pepe Le Pew contribuye a la “cultura de la violación”. Recordemos que Pepe Le Pew es un zorrillo con muy mal olor, quien se encuentra enamorado de Penélope, que es una gatita de color negro, que accidentalmente le cayó pintura blanca en su lomo, dándole apariencia de un zorrillo. Ella lo rechaza una y otra vez tanto por su olor como porque no son de la misma especie. Pero él como buen enamorado insistirá siempre en conquistarla. ¿Realmente esto nos llevaría a cometer una violación? Yo no lo creo.

A su vez, Blow asevera que la caricatura del ratón Speedy Gonzales fomenta los pensamientos racistas sobre los mexicanos. A este respecto, conviene evocar que las aventuras del “ratón más veloz de todo México” consistían en enfrentar a sus némesis, el gato Silvestre y el pato Lucas, pues ellos agredían a los demás ratones y Speedy intervenía exitosamente para salvarlos. Si bien este dibujo animado se encuentra estructurado con ciertos estereotipos, ¿el que un ratón siempre gane la batalla nos conduce al racismo?

Desafortunadamente el columnista nunca ofrece elementos de juicio objetivos para sustentar sus tesis y con ello poder responder punto a punto a su postura. De modo que, por consiguiente, cualquiera puede afirmar lo mismo que él. Todo en aras de la corrección  política. ¿Pero quién le concedió a este tipo de periodistas el carácter de juez, jurado y verdugo para decidir sobre lo que es “políticamente correcto” para todos?

Peor aún, he notado que estos personajes que se constituyen en el nuevo Santo Oficio del siglo XXI suelen caer en una especie de doble moral, pues lo que les llamó la atención desde una óptica totalmente subjetiva lo critican y piden su censura, pero cuando se trata de otras expresiones “artísticas” evidentemente objetables no dicen nada.

Como por ejemplo –aclarando que el que esto escribe no es un mojigato–, el baile que llaman los jóvenes “perreo”, en el cual las mujeres se frotan a los varones en posición cánida simulando tener relaciones sexuales. Otro ejemplo, las letras de las canciones del género reguetón, en donde el afán de obtener un coito es explícito, empleando un lenguaje totalmente soez.

De este modo, tenemos a los miembros de la corrección política de doble moral y por otro lado a los jóvenes de la generación de cristal, los cuales en círculo vicioso se conjugan y alimentan unos con otros, fomentando lo que nos indica la Real Academia Española respecto a la estupidez: “Torpeza notable en comprender las cosas”.

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El futuro de los reporteros, sólo en sus manos

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Por Gilberto Meza*            

No soy un reportero; ni siquiera estoy seguro de ser un periodista, por más que haya pasado largos años en las redacciones de periódicos, revistas o agencias de noticias. Lo que sí soy es un escritor con intereses múltiples que intenta acercarse a la realidad desde diferentes frentes. O por lo menos es lo que he creído de mí mismo y de mi trabajo.

También sé que el periodismo ofrece oportunidades inestimables para abordarla, pero en su sino este acercamiento se ofrece como la que podría tener un entomólogo. Quiero decir que mi forma de abordarla parte de al menos dos fuentes: los libros, periódicos, revistas y todo tipo de material de investigación, incluidos estudios, informes, entrevistas, la clase adecuada de material forense, como se dice ahora, y que uno necesita cuando investiga, y de la observación y experiencias personales, de mis preocupaciones y de mi voluntad por poner un grano de arena ante una realidad que desde que tengo memoria me resulta injusta, dolorosa, indignante, pero sobre todo transformable. Es cierto que no me considero optimista sobre la deriva de la humanidad, y que a veces creo no estar muy lejos de la misantropía, pero también es verdad que siempre he estado convencido del valor de la palabra, de las palabras. Es por ello que no he cejado, en toda mi vida adulta, de hacer de ellas mi principal arma de batalla. Son mi trinchera particular.

Todo esto para decir que mi visión es libresca, limitada y parcial, como es siempre el trabajo de un escritor más o menos solitario que apuesta a la escritura para descifrar el mundo y lanzar su conjuro en un golpe de dados que, como quería Mallarmé, nunca suprimirá el azar. Tal vez la suerte falle y no logre su cometido, pero la experiencia me ha enseñado lo que muchos otros, hombres y mujeres, han logrado con ellas, con sólo un puñado de ellas, lo que me da un poco de confianza, y porque he visto también que es en la escritura donde cada uno de nosotros puede revelar si es capaz de expresarse correctamente, es decir de forma verosímil. Esa es la apuesta. Porque tal vez todo consiste en hacer las preguntas adecuadas, es decir en hacérnoslas nosotros para que sepamos qué buscar en la realidad, cómo encajan en ella nuestros prejuicios y limitaciones, y decidir con base en ello qué escribir y cómo, porque a veces estas decisiones pueden ser la diferencia.

Me he debatido sobre la forma en que lo haría, pero mientras investigaba escribía y escribía textos, desentrañaba misterios y buscaba las preguntas. Porque no tenía respuestas; de hecho, si algo puedo ofrecer ahora son preguntas, unas abiertas y otras cerradas, pero sólo preguntas. Y son las que quisiera dejar hoy aquí entre los oyentes.

Tal vez nada me haya impresionado más que haber tenido la oportunidad de visitar los gabinetes de trabajo de dos grandes figuras históricas. El primer de ellos escribió: Si quieres cambiar el mundo, toma la pluma y escribe. Me refiero, desde luego a Martín Lutero, y el gabinete al que me refiero era la torre de un castillo medieval al sur de Alemania, un espacio pequeño, iluminado por una vela de cebo, con una mesa me madera brusca y una silla del mismo material. Y una biblia en latín. Y el segundo era el de Goethe, también en Alemania, en la ciudad de Weimar. En el primero Lutero traducía la biblia al alemán vulgar, lo que constituyó la mayor herejía de su tiempo, y de paso cambió la historia primero de las religiones y luego de la misma forma de mirar al mundo, y el segundo contenía una de las mayores bibliotecas de su tiempo, con poco más de seis mil volúmenes y a la que pude asomarme tímidamente. Ambas se asemejan porque me dejaron ver que no hay un solo camino para bosquejar la realidad.

La Ofensiva

Pero entremos en materia. El periodismo debe ser un espacio de reflexión, dice Alma Guillermoprieto, premio Princesa de Asturias. Y ese es el rasgo que ella atribuye a esta profesión lo que la hace tan insoportable para el poder, en un momento de nuestra historia en que la prisa parece dominarlo todo. Tenemos prisa por gastarnos el tiempo, por divertirnos, por ganar dinero. Las bolsas de valores del mundo desde hace decenios, conscientes de que el tiempo era insuficiente, decidieron inventar un nuevo instrumento: los mercados de futuros. Sí, un futuro que ellos pueden planear, vender desde ya, ganar más y más condicionando la producción, sobre todo de materias primas, con una regla básica: si las cosechas superan sus expectativas, ellos ganan más; pero si no las alcanzan, los que pierden son los productores. Y así vivimos cada día más todos nosotros, esperando que el presente pase rápido para comprar el último modelo de teléfono inteligente.

Y todo ello, ¿por qué?, se preguntan los periodistas, reflexionan los editores, indagan los reporteros. Y eso es malo para el negocio. Pero esa es su función: investigar lo que hay detrás de todo lo que hacemos, tratar de darle sentido a lo que vivimos como sociedad.

Y eso, insisto, molesta al poder, sea político, económico, financiero o del tipo que sea.

En el año 1992 la periodista bielorrusa Svetlana Aleksievich debió enfrentar un proceso, largo y desgastante, por la denuncia de una de las madres que había entrevistado para su libro Los muchachos del zinc, en la que narra los hechos silenciados por el Kremlin sobre la intervención que dejó un saldo mortal de un millón de muertos afganos y más de 15 mil soviéticos en la guerra entre 1979 y 1989, una década de muerte.

La autora, galardonada en 2015 con el Premio Nobel de Literatura por sus meticulosos testimonios, dueña de un estilo que no ahorra al lector la crudeza de los hechos que reseña, salió airosa de esa prueba que, como se denunció entonces, fue montada por las autoridades de Moscú, con la intención de desacreditarla y cuestionar la verdad que su libro muestra.

Otros no han tenido tanta suerte. Es el caso de la periodista rusa Ana Politkóskaya, asesinada en su domicilio en un crimen nunca aclarado pero que se cataloga como crimen de Estado por la fuerte crítica que ejercía sobre la represión del gobierno de Putin en la guerra de Chechenia.

Su caso, ciertamente, no es ni nuevo ni novedoso, ha sido una estrategia constante contra periodistas y reporteros, incómodos desde que tenemos memoria. Si algo sorprende acaso es la rabia con que se presenta hoy.

Se trata, en esencia, del viejo enfrentamiento entre la libertad de expresión y el poder, que se pretende dueño de ese derecho que compete a los ciudadanos.

Pese a las subdivisiones que se han hecho en el periodismo actual. Y esa esencia es lo que lo hace tan incómodo al poder, pues lo cuestiona y confronta, le obliga a explicar sus acciones, algo a lo que no está acostumbrado, y pone en duda sus intenciones al confrontarlas con la realidad.

En México algo sabemos de eso. Es el caso de Javier Valdez, uno de los fundadores de RíoDoce ejecutado en una calle de Culiacán el 15 de mayo de 2017 por sus denuncias contra el crimen organizado y sus relaciones con el poder, o el de la reportera Miroslava Breach, también asesinada en Chihuahua el 23 de marzo de ese mismo año, y así podríamos seguir hasta llegar a los 45 reporteros asesinados sólo en el curso de los últimos tres años. Sí, durante este gobierno. Si consideramos los últimos tres sexenios la cifra llega a muchos más de 100. Eran 104 contando a Miroslava, o 105 a Valdez, pero desde entonces el número se incrementa con increíble velocidad. Casi no hay semana en que no se ejecute a algún periodista o luchador social, ecologista o defensor de reservas forestales.

En los últimos diez años 278 periodistas han sido asesinados en el mundo, de acuerdo con una reciente investigación del Comité para la Protección de los Periodistas, una organización mundial que reclama su protección. Sí, la profesión de los periodistas, es decir de los reporteros, es riesgosa. Lo significativo es que casi el 90% de esos crímenes siguen impunes. En México son víctimas, me atrevería a decir que por igual, lo mismo por los criminales que por alguna instancia de poder, por el gobierno; lo mismo podemos decir de los luchadores sociales, incómodos también para los negocios del poder.

El caso de Julián Assange es distinto. Él no es periodista, sino un luchador social por los derechos civiles y la libertad de prensa, al igual que Edward Snowden, un ex analista informático de la CIA, quien como Assange hicieron públicos documentos clasificados, aunque él pudo escapar, mientras que Assange, luego de diez años, lucha por no ser extraditado a EU donde sería juzgado por traición y seguramente condenado de cadena perpetua.

Pero todos ellos forman parte de esa misma familia, la que reclama los derechos civiles, o humanos, o a la privacidad o simple y sencillamente el derecho a una prensa libre, derechos por cierto consagrados por las constituciones de los países que los condenan. Para unos se pide prisión; para otros, silencio.

Los riesgos

Desde la promulgación de la llamada Ley Patriota en los Estados Unidos esa ha sido la constante, que ha dejado ya varias víctimas. Pensamos, desde luego, en Assange, pero hay muchos otros que han enfrentado cárcel y exilio. Prácticamente todos esos casos enarbolan en muchos sentidos uno de los elementos que han cambiado el mundo del periodismo, es decir el que se abrió paso, a codazos, en el universo digital que trajeron consigo las nuevas tecnologías de la información. Hablamos del derecho a saber.

Este hecho contrasta, y actualiza, los métodos extremos de que se habían valido los reporteros para investigar, denunciar y poner en evidencia la explotación, el expolio o la degradación de amplias capas de la población, como Gunter Wallraff, autor de los libros El periodista indeseable, Cabeza de turco, y varios más. Su método conocido como investigación encubierta, o periodismo de inmersión, nos dio algunos de los mejores libros de reportaje de la segunda mitad del siglo pasado. Y cómo olvidar a Oriana Fallaci, herida de bala el 2 de octubre de 1968 durante la represión del ejército en la ciudad de México. Hablamos, desde luego, de una vertiente del periodismo de investigación, que vive en México uno de sus momentos estelares, casi tanto como el que se conoce como periodismo narrativo, con sus grandes estrellas como Gabriel García Márquez (Historia de un secuestro o Retrato de un náufrago), así como la obra de Ryszard Kapuscinski (El Emperador, El Sha, Ébano…), o la obra que sigue escribiendo el cronista Jon Lee Anderson.

El hecho es que hoy contamos también con reporteros bien formados, preparados intelectualmente y con buena pluma, lo que nos habla de años de trabajo formativo en las distintas redacciones de nuestro país y en muchas del mundo. Son reporteros comprometidos con el oficio; la mayoría jóvenes y bien plantados, que hablan lenguas extranjeras y son capaces de entender el idioma de las nuevas tecnologías y de sus plataformas, lo que también nos habla de profesionales atentos al acontecer mundial. Esto quiere decir que dejamos el provincianismo y si me apuran diría la actitud parroquial que ha sido la marca del periodismo mexicano durante larguísimas décadas, iluminadas apenas por el trabajo de autores como Manuel Buendía, algunos de cuyos asesinos comparten hoy el poder de la 4T, o Miguel Ángel Granados Chapa o el mismo Julio Scherer García. No es que antes no hubiera mujeres brillantes, las había, pero el sistema les impedía brillar, aunque permitió la existencia de una Poniatowska.

Tampoco es que los periodistas que acabo de mencionar hayan sido los únicos. En la mal llamada provincia mexicana han existido siempre reporteros y periodistas de enorme valía, pero no existían los instrumentos que permitieran compartir su trabajo con los demás.

Habría que decir que al menos en ese sentido el desarrollo de la tecnología de la información nos ha dado herramientas que nos permiten salir del ostracismo. Ha sido, sin lugar a dudas, la mayor revolución en los últimos 50 años. Que haya sido utilizada para tan diversos fines de la globalización no es su responsabilidad: las herramientas no tienen ideología, sólo se les da el uso que se quiere o se puede, y sí las tecnologías de la información es lo mejor que nos pudiera haber ocurrido a los individuos, aunque tarde y desafortunadamente no ocurrió lo mismo con la industria de la información, que entregó su modelo de negocios sin entender lo que perdía frente a los nuevos gigantes, ¿cómo es que Google, Facebook y el centenar de empresas como ellas se hacen de los recursos que les corresponderían a los diarios? En 2009, Andrew Neil, ex director de The Sunday Times de Londres, aguerrido defensor del acceso gratuito en sus orígenes, y quien reflejó entonces el gran desengaño que sufren hoy los grandes diarios, y los periodistas, cuando señaló: “La tecnología era nueva y no la entendíamos. Nos dijeron que si conseguíamos muchos lectores el dinero vendría después. Pues los conseguimos y el dinero no llegó”. Y eso fue el principio del fin.

Algunos datos como los siguientes ilustran las consecuencias de este fenómeno. En julio de 2017, el día 10 para ser exactos, News Media Alliance, asociación integrada por unos dos mil grupos de medios, entre los que se cuentan los influyentes The New York Times y The Wall Street Journal, acusó en un comunicado que frente a Google y Facebook se ven forzados “a entregar sus contenidos y jugar bajo sus normas sobre cómo presentar, priorizar y monetizar las noticias y la información”, toda vez que dichas plataformas “distorsionan el valor económico que se obtiene haciendo buen periodismo”, y puntualizó que sólo estas dos empresas se llevaron más del 70% de los 73 mil millones de dólares que se gastan actualmente en publicidad en la Web.

“Pero estos dos gigantes digitales no emplean reporteros. No hurgan en los archivos públicos para descubrir corrupción, ni envían corresponsales a zonas de guerra ni cubren el juego de anoche. Ellos esperan que la económicamente exprimida industria de noticias haga por ellos ese costoso trabajo”, escribió en el WSJ el director ejecutivo de la News Media Alliance, David Chavern.

En Estados Unidos, donde es posible seguir desde sus inicios este fenómeno, entre 2001 y 2016 los periodistas perdieron 328 mil empleos: de 9,310 empresas de medios que existían en ese primer año, sólo sobrevivieron 7,623 al concluir el segundo, es decir 18% menos. Los empleos en el sector cayeron 57.8%, y esta situación se repite con sus particularidades en prácticamente todo el mundo Occidental, excepto en los llamados países emergentes, donde el periodismo cobra fuerza, quizás por el hecho de que estas naciones llegaron tarde al proceso de mundialización y sus efectos todavía no se dejan ver en toda su crudeza.

En México, por ejemplo, de acuerdo con una investigación del periodista Roberto Fuentes Vivar (en su columna Diario Ejecutivo), de 2008 a diciembre de 2017 (no hay cifras previas en el sector), el número de periodistas, diarios y revistas se habría reducido apenas 15.1% y 18.2%, números que sorprenderían si no fuera porque ahora cada periodista empleado realiza el trabajo de cuatro, en una sobreexplotación tolerada por todos ante la creciente falta de opciones. Todo ello en un país, México, con 875 diarios reportados en 2014, 328 revistas, 53 empresas televisivas y 857 radiofónicas, pero donde el tiraje sumado de todos sus periódicos no alcanza el millón, y bajando, como escribió Jenaro Villamil en Proceso en 2017.

El Metauniverso

Por si todo esto fuera poco, hoy los periodistas deben competir contra un nuevo enemigo, el del universo mágico. Así, es común leer, luego de repasar las noticias que nos trae cada día nuestra compleja realidad, la información correspondiente a la de los héroes y heroínas y los villanos de ese metauniverso que ya forma parte de nuestra cotidianidad. Nos enteramos así que todos los actores y bellas actrices encarnarán a tal o cual personaje de ese universo Marbel, o de Amazon o de cualesquiera de las plataformas que inundan nuestra vida y nos hacen tan felices, que de eso se trata, de darle alegría a nuestra aburrida realidad. Convierten en glamour la vida de los narcotraficantes, los ladrones internacionales, los espías y, quién lo duda, algunos terroristas, siempre desde la visión maniquea a la que estamos tan acostumbrados en México. Una realidad sin matices, en blanco en negro, y que vuelve a esos personajes tan cercanos, tan parecidos a nosotros mismos, o al menos a nuestras aspiraciones, y que quizás por todo ello nos permiten interiorizar la violencia que vivimos, a normalizarla, a verla como algo natural.

Ya vivimos otras ficciones, complots habría que llamarles, en el pasado, y tuvieron la misma fuente. Que ahora se presente en forma tan inocente no debe engañarnos. Ni el comunismo durante la Guerra Fría, ni la lucha contra las drogas a partir de los 70 o del terrorismo en el 2000 deben engañarnos.   Lo que ese metauniverso, alternativo, busca es alejarnos de la realidad cotidiana. Su necesidad se hizo evidente como parte de la estrategia de reencantamiento del mundo, lo que quiere decir de hacernos volver al mundo mágico que había sido superado hace ya más de un siglo por la ciencia y la filosofía, por el psicoanálisis y la biología. En ese mundo mágico las cosas no ocurren debido a nuestros actos, sino a la suerte, al destino o por intervención divina, es decir por alguna fuerza más allá de nuestros actos y sus consecuencias, lo que nos exime de cualquier responsabilidad. Es el karma, se suele decir, y de esta manera quedamos a salvo. Como pueden apreciar, es un pensamiento atractivo.

Es contra estos problemas que los periodistas de hoy deben batallar.

En este proceso todos perdimos. Periódicos y periodistas, pero también los ciudadanos, que no sólo han ido perdiendo derechos sustantivos sino a quienes además se les escamotea su privacidad, una batalla que tomó siglos concretar. Hoy ya no la tenemos, y estamos enfocados en un proceso en el que la misma información se trasmuta de pública a privada. ¿Que qué quiero decir? Que el objetivo último de las empresas tecnológicas es que los ciudadanos nos convirtamos en el objeto, en el objetivo de la información. Y lo están logrando.

Lo que no debemos olvidar es que desde hace al menos dos siglos, el periodismo ha permitido ordenar al mundo. Y es justo por eso por lo que resulta tan peligroso para la clase política, el crimen organizado o el nuevo orden financiero mundial.

Porque el periodismo, y los reporteros en primerísimo lugar, tratan de explicar el mundo, los hechos, más allá de una visión social en blanco y negro. La realidad, lo hemos sabido siempre, está hecha de matices cuyo origen pretendemos desentrañar. Los hechos, la represión, los crímenes, no ocurren por ensalmo, ni se eliminen por conjuro, para continuar con la metáfora. Hay una palanca que los mueve, intereses que se benefician, poderes que se confirman. Hay una razón y un interés porque determinados hechos ocurran. Los reporteros indagan los resortes que los impulsan, los negocios detrás de la opacidad gubernamental. ¿Quién se beneficia de ella?, es la pregunta.

¿Por qué el poder tiene tanto miedo a la información?, ¿por qué se prefiere el silencio?, ¿por qué les da tanto miedo que un reportero, o un medio, investigue el tráfico de influencias en el poder? Ésta y muchas otras preguntas son las que motivan al nuevo periodismo, que no es sólo político, sino también ambiental, social, educativo…, pónganle el adjetivo que deseen, en todos van a descubrir los intereses ocultos que el discurso del poder intenta ocultar de los ojos de los ciudadanos. Eso explicaría por qué al menos 45 periodistas han sido asesinados en lo que va de este sexenio, o los 94 defensores ambientales.

Los reporteros, por fortuna, prefieren hablar, es decir escribir, publicar sus hallazgos, y hacerlo incluso de manera estridente para que los escuchen. Bien fundamentadas sus investigaciones para que no puedan ser negadas, y lo más ampliamente posible para que alcancen a los más.

Llama la atención, por lo menos a mí, que únicamente las investigaciones periodísticas hayan puesto a la discusión pública los grandes asuntos nacionales, de la famosa Casa Blanca a la Estafa Maestra o el escándalo Odebrecht. Para el poder nunca existieron. Incluso hoy no hay apenas avances. A la autoridad no le interesa investigar, castigar, poner ejemplo. No puedo dejar de recordar el caso del periodista hidalguense Alfredo Rivera Flores, quien en un libro extraordinario, La Sosa Nostra, porrismo y gobierno coludidos en Hidalgo, revelo los negocios sucios del poder en ese estado, y que le costó un larguísimo proceso de 18 años y el pago de una multa estratosférica por evidenciar una poderosísima organización criminal que opera como aliada de los poderes en turno, incluyendo, cómo no, al actual. Porque se le considera un aliado, no un adversario político.

Pero, hay que decirlo, justo para eso sirve el periodismo. Para, como dije antes, ordenar el mundo, darle coherencia e intentar crear un lugar mejor.

La transición hacia el periodismo del siglo XXI, sin embargo, no ha sido fácil, ni para los medios ni para, sobre todo, los reporteros. Es verdad que en muchos sentidos la incorporación a la vida cotidiana de la llamada red de redes ha venido a facilitarnos la vida y a ampliar los márgenes de la comunicación. Gadgets, redes y comunicación vía satélite, sin embargo, han creado nuevos problemas para los reporteros, fotógrafos y editores. Hoy los teléfonos inteligentes han transformado a cada poseedor en testigo y difusor de los hecho, sin criterios ni experiencia, pero que responden, todos, a la simultaneidad tan apreciada por las nuevas generaciones, y esa simultaneidad ha obligado también a los medios a entrar a esa carrera en la que tiene todas las de perder.

Hemos traslapado el interés público por el privado. El mundo es un lugar que es interesante sólo porque yo estoy en él. Esto encierra también todos los riesgos a la privacidad, a la individualidad y a una vida cotidiana plena, que es donde todos realizamos nuestra vida. Y esa es la apuesta de las empresas tecnológicas. Su apuesta es a que como todos tenemos una vida cotidiana sin sorpresas ni emociones, como aspiramos que sea, entonces lo que le ofrecemos es diversión, una inagotable lista de diversiones que le permitan matar el tiempo, función que un día llegaron a cumplir los crucigramas.

Pero ese es otro asunto. Para lo que nos ocupa, valga decir que esas coberturas en tiempo real nos han llevado a que se desvalorice el periodismo de investigación, el análisis de fondo, los enviados de guerra, los fotógrafos y camarógrafos profesionales y, desde luego, los corresponsales. Ya no los necesitamos por alguien subirá una foto, un video, un comentario jocoso o, todavía mejor, alguien transmitirá el atentado, el accidente o lo que sea desde el mismo lugar de los hechos y con su imagen incluida. Ha sido un largo proceso de desvalorización en el que, sin embargo, no podemos culpar a nadie sino a los propios medios, incapaces de entender lo que significó la toma del internet por parte de las empresas tecnológicas, que no sólo se apropiaron de su información sino también, lo que resultó más grave, de su negocio.

La cabeza de Medusa

La pregunta no es, no debe ser, sobre cuál es el futuro de los reporteros, sino si los reporteros tienen algún futuro. No estoy hablando del periodismo como tal. Es indudable que apenas por entrar a la tercera década de este siglo XXI que tantas sorpresas nos ofrece, el periodismo se está viendo obligado a reinventarse, y los reporteros enfrentan su propia disyuntiva: subsistir o desaparecer.

Sé que suena drástico, sobre todo después de más de cien años en los que su trabajo ha sido indispensable para explicarnos la historia que vivimos, por la transformación que experimentan los medios tradicionales, donde habían encontrado un espacio. Esto en momentos en que la nota informativa se ha convertido en la reina del festejo.

Es cierto también que los reporteros no se han dormido en sus laureles. Desde hace muchísimos años, han encontrado en el libro un espacio privilegiado, que ha su vez ha dado lugar a géneros, y subgéneros, de la crónica al periodismo narrativo, altamente apreciados por los lectores que buscan no sólo la sorpresa de sus revelaciones sino también el goce de estilos que podemos considerar icónicos. Pero hay que reconocer que sólo unos pocos han alcanzado esa excelencia; la mayoría sobrevive en los medios tradicionales, sin más esperanza que completar la quincena.

Los medios más fuertes y visionarios siguen apostando por el reportaje, y han formado baterías de reporteros de altísima calidad, pero son los menos, y su futuro sigue atado al destino de aquellos que acaban de encontrar, luego del avasallamiento a que fueron sometidos al fenómeno de las así llamadas empresas tecnológicas.

Por sin esto fuera poco, deben trabajar en un mundo cambiante y cada vez más violento, en el que acaban convertidos en blancos de esa violencia criminal.

Hasta hace algunas décadas, los periodistas eran las víctimas de regímenes autoritarios, pero hoy, aunque aquella situación persiste, son más bien objetivos de la criminalidad que arrastran consigo los grupos criminales. Lo peor es cuando las dos situaciones se conjuntan. Reporteros sin Fronteras y otras organizaciones similares han alertado de esta situación en muchos países, destacadamente México, con uno de los peores registros de asesinatos de periodistas en tiempos de paz, una paz condicionada por la actividad criminal y la violencia que ejercen los dueños del poder político. Los reporteros tocan sus intereses, los hacen peligrar al revelarlos mediante su trabajo de investigación.

Por eso las cifras de reporteros asesinados en México son escalofriantes, y suben en número año con año, no importa que se declaren alertas para su protección o que tampoco se declare abiertamente la censura. En los hechos, se les persigue y se les asesina, no importa lo que digan los gobiernos en turno, y tampoco si se declaran de derecha, centro o izquierda. La persecución a que son sometidos, y los reclamos desde el poder les ponen una marca, una especie de estigma, que los convierte de esta manera en objetivos críticos, y por lo tanto molestos. Prescindibles.

Lo que hemos descubierto a lo largo de las últimas décadas es que los reporteros han sido blanco del poder. Son seres incómodos, inquisitivos, preguntones, que además no se conforman con las respuestas oficiales, que quieren saber más: de dónde vienen las políticas públicas, por ejemplo; que es lo que esperan, a quién benefician, cómo se financian, por qué esa y no otra. En fin, que nunca quedan satisfechos. Y es esa insatisfacción lo que les da la oportunidad de ser un eslabón imprescindible en las sociedades. Y sí, se les contiene, se los reprime, se les cortan caminos para que puedan ejercer su oficio. Se les restringe y, la verdad, quisiera acabárseles, exterminarlos, y a veces lo consiguen, pero han probado ser como el mito de la Medusa: por cada cabeza que le cortan, surgen más. Dos, diez, cientos de nuevos reporteros que toman el relevo donde el otro lo dejó. Y exigen respuestas. Si se les acota en los diarios, buscan otras rutas, más independientes, más libres, menos frágiles, porque hoy la Red de Redes, que no es sólo las redes sociales ni las empresas tecnológicas, ofrecen ventajas comparativas que antes no tenían. Hoy su mensaje, como las palomas en los inicios de la agencia Reuters, llega a todos, sin pleonasmo. Como los mensajes del papa, urbi et orbi.

Y con esto intento responder la pregunta: sí, los reporteros tienen futuro, y ese futuro está, por primera vez en nuestra historia, sólo en sus manos. Es decir, estamos iniciando una época en que los reporteros no dependen de un editor, un jefe de redacción o el propietario del diario, la radio o la televisora. El gran reto es qué hacer con esa libertad.

 

*El autor es escritor, periodista y editor de Luna Media. Esta ponencia fue presentada en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, dentro del marco FIL Pensamiento Foro de Periodismo Cultural el 3 de diciembre de 2021.

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Reporteros… frente a la resistencia, Foro de Periodismo Cultural en la FIL Guadalajara

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Este viernes, 3 de diciembre, se llevará a cabo la vigésima edición de FIL Pensamiento – Foro de Periodismo Cultural titulado “Reporteros en el Periodismo Cultural frente a la resistencia”, organizado por la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, Jalisco, con la participación de los periodistas Guadalupe Lizárraga, Alejandro Gálvez y Gilberto Meza, bajo la coordinación del gestor cultural Alejandro Sánchez.

El encuentro será presencial en el auditorio del Hotel Hilton, de las 12:00 a las 13:50 horas, en el que se abordará el estado del arte del periodismo en México, sus desafíos frente al poder y los temas que lo nutren en la actualidad.

Alejandro Gálvez ha sido periodista desde hace más de 21 años y ha colaborado en diferentes medios locales de Hidalgo y en la actualidad es director de la agencia Quadratín Hidalgo, además de corresponsal de Grupo Fórmula y colaborador de MVS Noticias, aunado a que también fue colaborador de Los Ángeles Press y en la actualidad organiza la Semana del Periodismo en Pachuca.

Gilberto Meza es escritor, periodista, editor y autor de diferentes libros y ha trabajado en diferentes medios de comunicación de Jalisco, aunado a que también ocupó puestos editoriales en Unos Más Uno y La Jornada, además de haber sido becario de la Fundación Reuters en la Universidad de Oxford y en la actualidad es columnista de la revista Emeequis.

Por su parte, Guadalupe Lizárraga es escritora y periodista independiente, con más de 20 años de experiencia en el periodismo de investigación, cuenta con un doctorado en Humanidades en la Universidad Carlos III de Madrid, maestría en Periodismo por la Escuela de Periodismo de El País y maestría en Psicología por la Universidad Sofía, de Palo Alto, California. Ha impartido diferentes cursos y seminarios sobre Periodismo, y es fundadora de esta casa editorial Los Ángeles Press, periodismo de derechos humanos con cobertura transfronteriza en México y Estados Unidos.

El moderador será el periodista y gestor cultural Alejandro Sánchez, fundador del foro, quien es licenciado en Artes y maestrante en Crítica del Arte, además de haber realizado estudios de Periodismo cultural con Humberto Musacchio, Hugo Gutiérrez y Braulio Peralta. Especialista en documental cinematográfico por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y miembro del comité de selección de cine documental del Festival Internacional del Cine.

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El recuerdo de Ignacio Grajeda Bounette, autor de ‘Sabor de engaño’

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Los músicos de la vieja foto en blanco y negro

Por Miguel Alonso Rivera Bojórquez

Hay fotografías que te mueven a la curiosidad y a tratar de rememorar, pero es difícil cuando se trata de un pasado desconocido que se nos fue. Mis recuerdos de Ignacio Grajeda Sánchez no pueden ser más entrañables, cuando cantábamos o filosofábamos sobre la vida. Un hombre siempre alegre, todo amor y dedicado a su familia.

Recientemente llegó a mis manos una fotografía de él cuando era joven. La imagen me fue enviada después de escribir una anécdota tras el primer natalicio luego de su partida. Al ver la imagen color sepia me pareció un emblemático fragmento de su vida y me despertó la añoranza de las veces que trabajamos juntos en los arreglos musicales de mis composiciones.

Sin duda, existen músicos maravillosos que con su obra hacen del mundo algo mejor.

El compositor Ignacio Grajeda Bounette, autor auténtico de la canción “Sabor de engaño”, aparece sentado al centro en esa vieja fotografía en blanco y negro con tonalidades sepias que nos hizo llegar José Melchor Óscar Ávila.

Melchor fue mi compañero de generación en la licenciatura en Periodismo y es primera voz y director del Cuarteto San Miguel. Es además autor del libro “Sinaloa, tierra de compositores y artistas; un viaje por su geografía e historia”.

Las personas que aparecen en esta fotografía eran los integrantes de la pequeña banda orquesta “Jambao” que tocaba en el callejón número 5 con Socorro, en el centro de Eldorado, sindicatura de Culiacán, Sinaloa.

El primero de izquierda a derecha es Ignacio Grajeda Sánchez, hijo de Ignacio Grajeda Bounette. En esa época tocaba la trompeta y los teclados. Ignacio padre e hijo eran músicos extraordinarios y ambos grandes saxofonistas.

“La persona que está al costado de mi papi era su compadre, pero solo sé que le dicen ‘Talo’. Creo que se llama Natalio”, dijo Lídice Grajeda. Natalio, el baterista del grupo, es el segundo de izquierda a derecha.

Al centro, el tercero de izquierda a derecha, Ignacio Grajeda Bounette era el director de la orquesta “Jambao” y tocaba el saxofón. El cuarto de izquierda a derecha es Benito López, quien tocaba el requinto y la guitarra. El quinto de izquierda a derecha es Daniel López, quien tocaba el bajo eléctrico. Benito y Daniel son hermanos.

Daniel López, compadre de Ignacio Grajeda Sánchez, es padrino de Lídice Grajeda Brito quien se refiere a él con cariño. “Daniel López, aparece en la fotografía a la orilla contraria a la de mi papi, con quien compartió muchas aventuras y la pasión por la música. Él tiene muchísimas historias que contar”, comentó.

En efecto, Ignacio me presentó a Daniel en la Escuela de Música de Eldorado y cantamos juntos una de mis composiciones acompañados con las notas de su bajo eléctrico. Guardo esa grabación con cariño.

La historia de la música está llena de canciones que fueron firmadas por personas que no son sus verdaderos autores.

Hace poco compartí la historia de esta famosa canción inspiración de Grajeda Bounette que trasciende en su arte, oculto tras su propia melodía registrada por otra persona.

Grajeda Sánchez es autor de la música del “Himno a Cobaes” (1989), cuya letra fue escrita por la maestra Irma Garmendia Bazúa. El reconocimiento a su arte lamentablemente fue póstumo.

Una familia de grandes creadores cuya mágica presencia sigue entre nosotros.

La música no tiene fin y ahora estoy ayudando a registrar sus canciones a Marcos Grajeda, hijo de Ignacio Grajeda Sánchez. Para preparar los materiales soy lento porque necesito muchísimo tiempo y tranquilidad para poder concentrarme. Me gusta estar convencido completamente de que las cosas van en orden y soy muy meticuloso en ese aspecto más cuando se trata de la obra de otro músico magnífico como Marcos Grajeda.

Mucho agradecería a mis lectores sus comentarios y me compartieran más información sobre las personas que aparecen en esta fotografía, incluyendo el nombre completo de Natalio.

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