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Con voz propia

Cártel del Noreste estrena plaza en Colima

El cártel de Noreste, Los Zetas, con presencia en el estado de Colima, en medio de una política de desarme y despido de policías estatales y municipales

Tomas Borges

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Tomás Borges

“El poder arbitrario constituye una tentación natural para un príncipe, como el vino o las mujeres para un hombre joven, o el soborno para un juez, o la avaricia para el viejo, o la vanidad para la mujer”.

Jonathan Swift

La designación del nuevo secretario de Seguridad Pública del Estado, el coronel retirado de Infantería Enrique Alberto Sanmiguel Sánchez (nombrado el pasado 3 de julio tras el estrepitoso fracaso del partido en el poder) en Colima, pone en manifiesto cómo algunos gobernadores siguen utilizando su gestión, cual virreyes sin que les importe el bienestar y la seguridad de sus gobernados.

Lo anterior en virtud de que el gobernador José Ignacio Peralta Sánchez (mejor conocido como Nachito por los colimenses), al designar al actual secretario está poniendo en riesgo la seguridad del estado, ya que de una manera consciente (en política no hay casualidades) está permitiendo la entrada del Cártel del Noreste/ZETAS.

¿Por qué tal afirmación? Debido a que el recién designado secretario de Seguridad Pública Sanmiguel Sánchez puso como su operador, al sargento Florencio Santos Hernández, director Operativo de la Policía Estatal Acreditada (PEP), quien de una manera más que prepotente, se dedicó a desarmar al personal de la corporación cuando sale franco, a pesar de haber razones más que obvias, para que el personal uniformado se lleve su arma de cargo consigo para su protección, debido a que son amenazados por los delincuentes que operan en la entidad y han asesinado a mansalva a cuanto elemento puedan eliminar.

Este sujeto, quien piensa que los policías son corruptos y quien paradójicamente es quien está permitiendo el acceso del CDN/ZETAS al estado, está replicando su fallida estrategia de Guadalupe, Nuevo León, donde utilizando el pretexto de la pérdida de confianza y de que todos están coludidos con el crimen organizado, hizo que renunciaran o se separaran de su cargo a 56 elementos en el 2011.

Elementos entrevistados, solicitaron a este medio que el gobernador los voltee a ver y que “le ponga un alto a éste sujeto”, quien de entrada ya se dedicó a desarmar al personal y a pedirles “números”, sin importarle que se moleste a la población, la cual se siente sitiada con la presencia de elementos de la Gendarmería, quienes realizan operativos bajo el nombre clave “lluvia de estrellas”.

Aunado a lo anterior, también la Marina hace operativos mixtos con la municipal y la Estatal, lo que ha ocasionado que los visitantes que arriban al estado y al Puerto de Manzanillo, se sientan en estado de sitio y más los fines de semana, cuando se revisa a la gente que departe en el Boulevard Miguel Alemán (la costera manzanillense), sin que se hagan operativos en las colonias problemáticas como Santiago, Chandiablo, Barrio 5 y El Jabalí, donde están los picaderos de ICE o cristal.

Tal pareciese, que lo único que buscan las fuerzas del orden es justificar su presencia ante los turistas, ya que van en caravana todas unidades de los tres niveles de gobierno como si de un desfile y no un operativo se tratara.

No en vano, un ciudadano del Barrio de Santiago llegó a comentar que “antes los delincuentes eran los que se tapaban el rostro, hoy lo hacen los federales” en alusión de los elementos de las Fuerzas federales, quienes patrullan con personal embozado, incluso en el día y con temperaturas superiores a los 38 grados centígrados a la sombra, sin contar la humedad del puerto, que hace que portar un uniforme sea una odisea, por no decir tortura.

Florencio Santos Hernández fue nombrado director de la Policía Municipal en Guadalupe, Nuevo León, junto con Sanmiguel Sánchez, quien recibió el puesto de secretario de seguridad, en abril del 2011 por Ivonne Álvarez García alcaldesa en ese entonces. Al respecto, en aquella ocasión los egresados de la SEDENA se comprometieron a trabajar “día y noche hasta lograr que la tranquilidad vuelva a la población”.

Tras un atentado perpetrado por un comando armado en contra de Florencio Santos, en mayo de ese año, fue nombrado director del C4 tras una depuración de elementos policiacos, llegando a la suma de 56 bajo el socorrido pretexto de la perdida de la confianza, cuestión que busca replicar actualmente en Colima al decir que “para él todos los policías son corruptos”.

Prueba de que la militarización no ha dado resultados (debido en parte a la corrupción y a la ineficiencia de la actual estrategia de seguridad), es que lo único que ha hecho desde que los militares salieron de sus cuarteles con Felipe Calderón, es abatir unos cárteles en beneficio de otros, por lo que algunos especialistas hablan de cárteles del sexenio, o transexenales, como ocurrió con El Chapo Guzmán, quien tras su fuga de Puente Grande, en Jalisco en el 2001, comenzaron a caer como bolos de boliche todos sus contrincantes.

En el caso de Colima, el nuevo secretario está poniendo la seguridad pública en riesgo, debido a que, según una fuente consultada por el autor, “Él ya tiene arreglos con el Cártel del Noreste (CDN), ya que pactó con Alejandro Vázquez Araujo (a) Comandante GAFE (preso desde septiembre del 2017 en el Penal de Topo Chico) quien era el encargado de las operaciones en Nuevo León y Tamaulipas.

Según lo vertido a este medio, Sanmiguel tiene como enlace con el CDN al sargento Florencio Santos, quien fue conocido de Miguel Ángel Treviño Morales (a) Z40 (capturado en el 2013), por lo que tiene compromisos con lo que queda de dicho grupo criminal, quienes movieron sus influencias para que Sanmiguel y Santos fueran recomendados para los puestos en Colima, tras la vacante dejada por el anterior secretario Hugo Vázquez Colorado, quien renunció a su cargo el 18 de junio argumentando problemas de salud, cuando en realidad salió por haber hecho mal uso de los recursos asignados y no dar resultados.

“Tal parece que Colima es un estado donde no hay un plan integral de seguridad y cada vez que llega un titular, inicia un borrón y cuenta nueva en perjuicio de los colimenses y de los miles de visitantes que vacacionan en sus playas y ciudades, como Cómala, el pueblo mágico y el puerto de Manzanillo, el cual desafortunadamente está a merced del crimen organizado”, dice el entrevistado.

Como muestra tenemos que el actual secretario quien, como todos, juró “ir al fondo y con todo en materia de seguridad”, ha dado la orden a sus policías (mal equipados y pagados, sin prestaciones de ley como INFONAVIT) para que pongan a disposición a 5 personas diario como mínimo, sin importar el motivo o la gravedad.

Lo anterior, ha traído como consecuencia que los uniformados sólo estén poniendo a disposición del Centro Preventivo a drogadictos y vagabundos sin una estrategia clara para erradicar el narcotráfico, ya que como se mencionó en mi anterior entrega, el nuevo titular tiene al parecer compromisos con el CDN.

No conforme con lo anterior, el sargento Florencio Hernández está hostigando al personal al grado de que acuarteló como viles soldados a más de 300 policías quienes, tras laborar más de 20 horas, fueron encerrados sin explicación alguna en el destacamento de Colima el pasado 29 de julio, quedando en el destacamento encerrados sábado y domingo sin alimento alguno, tal como informó El Diario de Colima sólo por el capricho del nuevo director, quien ha manifestado “no confiar en ningún uniformado”.

Derivado de lo anterior, ha ocasionado que algunos uniformados hagan tropelías con tal de satisfacer las órdenes del mando en turno, como sucedió el pasado 27 de julio, cuando Efrén Narrín Casillas de Guadalajara (se anexa foto), al negarse a una revisión fue golpeado por el Policía Cristian Otoniel Padilla Montes adscrito a Colima (y escolta del Director General), quien tras vejar al ciudadano, lo pusieron a disposición del juez cívico en el centro preventivo por “ultrajes a la autoridad”, cuando lo único que reclamó fue el porqué de la revisión.

Lo anterior orilló al reclamo de sus familiares y amigos quienes dijeron a este medio, que “en lugar de estar deteniendo a ciudadanos, deberían estar agarrando a narcos”, lo que pone en evidencia que un militar está ordenando arbitrariedades y violentando los derechos humanos.

Efrén Narrín Casillas, golpeado por la PEP

“Un soldado no debe de estar de titular de una policía ciudadana, ya que el país no es un cuartel y a los militares les cuesta mucho entender que un civil no es un enemigo, que hay derechos que se deben proteger y velar” comenta Oscar “N”, policía tercero desde hace 4 años y quien pide que se deje de experimentar con la institución y su personal.

Al respecto, Colima News en su página de Facebook, reportó la inconformidad de los uniformados, quienes se sienten abandonados por el actual gobernador al poner como responsables de la seguridad de los ciudadanos a gente ajena a la problemática de los colimenses. Gente proveniente de otras latitudes, con otra idiosincrasia, de tal manera que ya desapareció a la Policía de Investigación (a quienes uniformó) e incluso desarmó al personal de los municipios de Tecomán y Manzanillo considerados como los municipios con mayor incidencia delictiva.

Los elementos al comentarle al director sobre el riesgo que tienen de no portar un arma para su defensa cuando salen de descanso (pese estar activos y haber acreditado los exámenes de la Licencia Oficial Colectiva (LOC) ante la SEDENA), de una manera burlona les dice “El que nada debe, nada teme”, sin que éste sujeto prescinda de sus seis escoltas quienes no lo dejan de custodiar.

Asimismo, algunos policías que llevan más de 20 años de servicio y por cuestiones de salud y humanitarias, fueron colocados en servicios fijos, para que sigan siendo útiles en lo que esperan su jubilación, de buenas a primeras fueron amenazados con la baja, por no estar en condiciones “optimas” de laborar.

En espera de que el gobernador ponga los ojos en su policía y vea las condiciones laborales con las que trabajan sus policías estatales quienes, pese a no tener los elementos necesarios, realizan un trabajo digno, por lo que hartos de que se tengan que traer gentes de otros lados, se les dé la oportunidad a sus elementos, egresados de la academia para que sean mandos y no sean elementos de gente ajena y prepotente, que sólo viene a lucrar con la seguridad.

Como dijo Peter Drucker a propósito de los incompetentes; “Se puede decir que no hay países subdesarrollados sino mal gestionados”, a lo que yo agregaría, “no hay malos policías, sino malos mandos”.

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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