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Carta a Felipe, un campesino que murió desangrado

Felipe Vivanero Martínez, joven de 14 años de edad que murió desangrado por anemia originado por pesticidas en el campo en la Montaña Guerrero

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Felipe, rumbo a su tumba. Foto: Arturo de Dios Palma.

Felipe, rumbo a su tumba. Foto: Arturo de Dios Palma.

CHILAPA, Guerrero, 15 de Mayo de 2014.

Por Arturo de Dios Palma

La única vez que te vi estabas tendido sobre un petate, en el piso de tierra de un cuarto con paredes de otate y techo de lámina. Estabas rodeado de flores silvestres, alumbrado por veladoras, cubierto con una sábana blanca. Sí, estabas muerto.

Un día antes te habías rendido a una hemorragia nasal que no pudiste atender. No había centro de salud o médicos en tu comunidad, San Marquitos, Chilapa.

Moriste, luchando sin armas contra la enfermedad, como muchos otros jóvenes indígenas, en ese pedazo duro que puede ser la Montaña de Guerrero.

Pasaste peleando seis meses contra la anemia aplásica que te detectaron. Habías cumplido 14 años de vida. Apenas 14, Felipe Vivanero Martínez. En vida eras un muchacho de rostro redondo, de piel morena y con un cuerpo lleno de vida.

Después de que comenzaste a sufrir desmayos, y un sangrado constante por la nariz y las encías, anduviste de un hospital a otro por toda la región. Te internaron en el Hospital General de Chilapa, donde no pudieron detectar lo que tenías. De ahí te mandaron al Instituto de Cancerología de Acapulco, donde te hablaron de eso de la anemia aplásica: las células de tu médula ósea estaban defectuosas y no permitían el buen desarrollo de tus glóbulos rojos, blancos y plaquetas.

Estabas condenado, Felipe. Y tu cuerpo te lo decía: antes de morir estabas flácido, pálido y tu rostro delgado, escurrido.

Tu hermana mayor, Josefina, murió igual que tú, por una hemorragia, en el 2001. Y también tu mamá, María Francisca Martínez de Jesús, y tu hermano Margarito. Todos con los mismos síntomas, por las mismas causas.

Tu madre y tus hermanos comenzaron a morir después de que regresaron de Culiacán, donde trabajaron en el campo Bella Vista, en el corte de chile.

Tú lo recordabas: en el año 2000, allá en Culiacán, Josefina tuvo una hemorragia nasal que obligó a tus padres a regresar a Chilapa para internarla en el hospital. Ahí le dieron unos medicamentos que sólo pudo tomar un tiempo. Justo un año después, murió por un profuso sangrado. En cuestión de horas, y con 12 años de edad.

Un año después falleció tu madre, por una hemorragia vaginal. Y Margarito, tu otro hermano, anduvo igual que tú, de un hospital a otro. Al final, por la falta de dinero para el pasaje, tu papá no lo pudo llevar a Acapulco y se quedó en San Marquitos, para esperar la muerte. Tenía 15 años. Vivió un año más que tú.

Lo que no supiste, a fin de cuentas, fue que la anemia pudo haber sido provocada. Alguna sustancia tóxica que quizá ingeriste.

Tampoco, de seguro, supiste que en el 2012, a través de un boletín, el número 116, el Instituto Mexicano del Seguro Social alertó que tener contacto frecuente con ciertos productos químicos de uso cotidiano en el campo, como los insecticidas, está vinculado con ese tipo de anemia.

Sí, tú y tu familia, la mayor parte de su corta vida, la pasaron trabajando en el campo, en la siembra. Tú papá, Tomás Vivanero Barrera, se preguntaba continuamente: ¿quién puede saber cómo se enfermaron?

Tus últimos seis meses de vida fueron intensos, Felipe, como puede ser el tiempo que se acompaña fielmente con dolor, marginación y pobreza.

Todo lo sabías mejor. No habría forma de no ver cómo tu padre, quien sigue viviendo en San Marquitos, se resistía a perder la esperanza de que los cinco hermanos que te quedan no mueran de la misma manera.

Hoy que te escribo, porque pienso que a tu casi década y media de vida, en medio de la pobreza, tal vez nunca te sentiste condenado por una mala suerte.

Apenas hace unos cuantos años conociste la luz eléctrica, aunque no lograste ver cómo caía el agua por una llave. Ni viste los caminos vestidos de asfalto, ni a tus cuatro hermanos pequeños metidos en una escuela amplia, con salones limpios, con pizarrón y, sobre todo, con profesores todos los días. Tampoco pudiste ver una clínica o una casa de salud.

De seguro te moriste sin ganas de verlos. ¿Quién puede añorar lo que nunca ha conocido?

Fue tu vida, Felipe, como la vida de tantos millones de mexicanos: desde antes de que nacieras, unos cuántos hombres, aquellos que mandan en este país, ya te habían condenado a la miseria.

Al fondo, el padre de Felipe acompañando a su hijo en el féretro. Foto: Arturo de Dios Palma

Al fondo, el padre de Felipe acompañando a su hijo en el féretro. Foto: Arturo de Dios Palma

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El recuerdo de Ignacio Grajeda Bounette, autor de ‘Sabor de engaño’

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Los músicos de la vieja foto en blanco y negro

Por Miguel Alonso Rivera Bojórquez

Hay fotografías que te mueven a la curiosidad y a tratar de rememorar, pero es difícil cuando se trata de un pasado desconocido que se nos fue. Mis recuerdos de Ignacio Grajeda Sánchez no pueden ser más entrañables, cuando cantábamos o filosofábamos sobre la vida. Un hombre siempre alegre, todo amor y dedicado a su familia.

Recientemente llegó a mis manos una fotografía de él cuando era joven. La imagen me fue enviada después de escribir una anécdota tras el primer natalicio luego de su partida. Al ver la imagen color sepia me pareció un emblemático fragmento de su vida y me despertó la añoranza de las veces que trabajamos juntos en los arreglos musicales de mis composiciones.

Sin duda, existen músicos maravillosos que con su obra hacen del mundo algo mejor.

El compositor Ignacio Grajeda Bounette, autor auténtico de la canción “Sabor de engaño”, aparece sentado al centro en esa vieja fotografía en blanco y negro con tonalidades sepias que nos hizo llegar José Melchor Óscar Ávila.

Melchor fue mi compañero de generación en la licenciatura en Periodismo y es primera voz y director del Cuarteto San Miguel. Es además autor del libro “Sinaloa, tierra de compositores y artistas; un viaje por su geografía e historia”.

Las personas que aparecen en esta fotografía eran los integrantes de la pequeña banda orquesta “Jambao” que tocaba en el callejón número 5 con Socorro, en el centro de Eldorado, sindicatura de Culiacán, Sinaloa.

El primero de izquierda a derecha es Ignacio Grajeda Sánchez, hijo de Ignacio Grajeda Bounette. En esa época tocaba la trompeta y los teclados. Ignacio padre e hijo eran músicos extraordinarios y ambos grandes saxofonistas.

“La persona que está al costado de mi papi era su compadre, pero solo sé que le dicen ‘Talo’. Creo que se llama Natalio”, dijo Lídice Grajeda. Natalio, el baterista del grupo, es el segundo de izquierda a derecha.

Al centro, el tercero de izquierda a derecha, Ignacio Grajeda Bounette era el director de la orquesta “Jambao” y tocaba el saxofón. El cuarto de izquierda a derecha es Benito López, quien tocaba el requinto y la guitarra. El quinto de izquierda a derecha es Daniel López, quien tocaba el bajo eléctrico. Benito y Daniel son hermanos.

Daniel López, compadre de Ignacio Grajeda Sánchez, es padrino de Lídice Grajeda Brito quien se refiere a él con cariño. “Daniel López, aparece en la fotografía a la orilla contraria a la de mi papi, con quien compartió muchas aventuras y la pasión por la música. Él tiene muchísimas historias que contar”, comentó.

En efecto, Ignacio me presentó a Daniel en la Escuela de Música de Eldorado y cantamos juntos una de mis composiciones acompañados con las notas de su bajo eléctrico. Guardo esa grabación con cariño.

La historia de la música está llena de canciones que fueron firmadas por personas que no son sus verdaderos autores.

Hace poco compartí la historia de esta famosa canción inspiración de Grajeda Bounette que trasciende en su arte, oculto tras su propia melodía registrada por otra persona.

Grajeda Sánchez es autor de la música del “Himno a Cobaes” (1989), cuya letra fue escrita por la maestra Irma Garmendia Bazúa. El reconocimiento a su arte lamentablemente fue póstumo.

Una familia de grandes creadores cuya mágica presencia sigue entre nosotros.

La música no tiene fin y ahora estoy ayudando a registrar sus canciones a Marcos Grajeda, hijo de Ignacio Grajeda Sánchez. Para preparar los materiales soy lento porque necesito muchísimo tiempo y tranquilidad para poder concentrarme. Me gusta estar convencido completamente de que las cosas van en orden y soy muy meticuloso en ese aspecto más cuando se trata de la obra de otro músico magnífico como Marcos Grajeda.

Mucho agradecería a mis lectores sus comentarios y me compartieran más información sobre las personas que aparecen en esta fotografía, incluyendo el nombre completo de Natalio.

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Ernesto Sábato, un autor indispensable en esta era de la estupidez

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Por Alberto Farfán

Considerado como uno de los más relevantes escritores latinoamericanos del siglo XX y, en definitiva, de este nuevo siglo en decadencia, no era posible soslayar la presencia de uno de los últimos libros publicados por Ernesto Sábato, cuya óptica e intensidad literarias oscilarían siempre en pro de la genuina conformación integral del hombre.

Nacido en Argentina (1911-2011), nuestro autor realizó su doctorado en Física y también tomo cursos de Filosofía en la Universidad de La Plata. Más tarde trabajaría en el Laboratorio Curie, en París. Sin embargo, en 1945 se decide por abandonar definitivamente la ciencia para dedicarse específicamente a la literatura. Sin olvidar, a su vez, su activismo político y por la defensa de los derechos humanos, pero sobre todo en contra de los crímenes de la dictadura militar en su país.

Dentro de su producción editorial encontramos más de una docena de libros de ensayos que abordan al hombre en la crisis de nuestro tiempo y sobre el sentido de la actividad literaria, siendo los más representativos: El escritor y sus fantasmas (1963), Apologías y rechazos (1979); y desafortunadamente para los amantes de la literatura sólo tres novelas: El túnel (1948), Sobre héroes y tumbas (1961) y Abbadón el exterminador (1974).

No obstante, Antes del fin se configura como un valioso libro porque en él Sábato nos entrega su legado literario y filosófico; su estilo y pasión narrativas, así como su preocupación existencial por el género humano y las posibles alternativas de solución observadas, las cuales habrán de converger a través de la develación propia de ese trayecto vital que le correspondiera transitar hasta su lamentable deceso.

Al plasmar sus memorias dentro de un enfoque novelesco, el escritor argentino permite la comunicación efectiva entre él y sus lectores, particularmente a quienes van dirigidas, los jóvenes; además de reafirmar el vínculo intimista que validará su angustia y pesadumbre reveladas, que derivan de la pérdida de su esposa e hijo, dramática situación que lo marcaría profundamente en sus últimos años de vida.

Sábato nos brinda los momentos más significativos de su trayectoria vital, destacando nombres de personas y lugares importantes para su formación; sin evitar mencionar los conflictos político-ideológicos en que se viera inmerso y las pugnas que tuvo que enfrentar debido a su firme postura en pro del hombre. Cuestionamientos a la desaparecida Unión Soviética, pero también al líder vitalicio Juan Domingo Perón.

Y si bien es cierto que en todo el libro se desprende una atmósfera irrespirable, apocalíptica, que apunta al fracaso de la humanidad, nuestro autor, a manera de testamento, nos ofrece ciertas reflexiones que conviene transcribir. Fundamentalmente si consideramos lo que actualmente vivimos: Corrección política, ideología de género, lenguaje inclusivo, destrucción de paradigmas, revisionismo histórico, hibridismo sexual y cultural, etc. (Generalmente todo ello impulsado por los gobiernos de manera heterodoxa).

Así, nos indica acerca de la ética del que escribe: “El escritor debe ser un testigo insobornable de su tiempo, con coraje para decir la verdad, y levantarse contra todo oficialismo que, enceguecido por sus intereses, pierde de vista la sacralidad de la persona humana. Debe prepararse para asumir lo que la etimología de la palabra testigo le advierte: para el martirologio.” Palabras acaso tanto para literatos como para periodistas, sin duda.

Y con respecto a la novela sustancial, Sábato apunta: “Una novela profunda surge frente a situaciones límite de la existencia, dolorosas encrucijadas en que intuimos la insoslayable presencia de la muerte. En medio de un temblor existencial, la obra es nuestro intento, jamás del todo logrado, por reconquistar la unidad inefable de la vida.” En efecto, cuando hoy por hoy hasta la violencia más atroz se suele banalizar en los medios de comunicación o redes sociales.

Sobre la creación escrita o no en general, sostiene imperturbable: “La mayor nobleza de los hombres es la de levantar su obra en medio de la devastación, sosteniéndola infatigablemente, a medio camino entre el desgarro y la belleza.” Frente a la decadencia en que vivimos nada como levantar esas obras cualesquiera que sean, hasta el límite.

Y después de esta especie de salvación ontológica por medio de la creación a que nos convoca, afirmará dirigiéndose especialmente a los jóvenes (y me temo que también a los adultos): “Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto hayamos perdido.” La congruencia nos definirá.

Con sus memorias Antes del fin, título por demás significativo, todo indica que Ernesto Sábato nos brindaba un adiós para siempre de esta vida, su adiós, no obstante, su evidente inmortalidad literaria ya cristalizada, difícilmente cuestionable. Pero también, lo que debemos llevar a cabo todos en beneficio de la humanidad, antes de su fin.

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Rosario Ferré, un cuento de venganza sobrenatural

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Por Alberto Farfán 

Odio, venganza y un halo sobrenatural se conjugan de manera magistral en esta breve pieza literaria de altos vuelos, que necesariamente nos llevan a pensar en la inolvidable arista de carácter clave de la novela El nombre de la rosa de Umberto Eco (1980) y de ciertas piezas de Edgar Allan Poe y William Faulkner.

Rosario Ferré Ramírez de Arellano (1938-2016) fue una mujer que nació en Ponce, Puerto Rico, que a una edad temprana, trece años, se trasladó a Wellesley, Massachusetts, para estudiar su Educación media básica en la Dana Hall School y posteriormente ingresó en el Manhattanville College en donde obtuvo el Bachelor of Arts en inglés y francés. Todo ello ─hay que decirlo─ gracias a pertenecer a una de las familias más adineradas de su país, pues incluso su progenitor fue gobernador entre 1968 y 1972 de este territorio usurpado por el imperio yanqui.

Ferré retorna a su país en 1970, obteniendo una maestría en Español y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Puerto Rico y un doctorado en la Universidad de Maryland. Fue profesora invitada en diversas universidades norteamericanas de alto prestigio y además empezó a obtener importantes galardones nacionales e internacionales por su obra escrita, la cual iniciara desde el año en que regresara a su tierra natal, desarrollándose en diversos géneros, algunos de los cuales serían: narrativa, poesía, ensayo, crítica literaria, crónica periodística y literatura infantil.

Autora realmente prolífica nos legó más de una docena de obras de gran relevancia y el carácter trascendental de éstas se podría constatar en el hecho de haber sido traducida en idiomas como el inglés, el italiano, el alemán y el checo. De entre las que destacarían las novelas Maldito amor y La batalla de las vírgenes, el poemario Fábulas de la garza desangrada, el libro de cuentos Papeles de Pandora y los volúmenes de ensayo Sitio a Eros, El coloquio de las perras y El árbol y sus sombras. Y por supuesto su indiscutible libro sobre cuento y poesía Las dos venecias (1992) del cual comentaremos uno de sus textos.

Acaso su mejor pieza corta, “El cuento envenenado” se constituiría en su más idónea y plausible carta de presentación, por ser un texto representativo de su obra que no hace más que confirmando su indiscutible oficio literario. Una sola prueba, es cierto; pero que ha sido una de sus historias más antologadas y reconocidas.

“El cuento envenenado” es una historia en que Ferré utiliza el paralelismo narrativo. Por un lado, un narrador omnisciente refiere con detalle los diversos sucesos, conflictos y agresiones que viven la joven protagonista y su padre con la nueva esposa de éste. Y por el otro, aparecerá la voz que cuestiona la veracidad de los hechos relatados, la parcialidad que afecta a la hoy madrastra; será ésta quien intervenga acotando, negando la verdad.

El objetivo fundamental a que obedece esta estructura se localiza en el interés de nuestra autora por crear una atmósfera de misterio de índole sobrenatural. En el velorio del marido, la ya viuda dará inicio a la  lectura de un cuento que perteneció al libro que éste le obsequiara a su hija. Relato que poderosamente la subyuga porque en él se habla de su vida con su esposo e hijastra, cual imágenes cinematográficas se develará la genuina realidad de víctimas que padecieran ambos consanguíneos, pero a su vez inevitablemente se observará el odio de la madrastra y sus acciones en contra de ellos.

Así, conforme la mujer lee nos enteramos paulatinamente de los agrios acontecimientos que giraron en torno a la muerte del marido. Al mismo tiempo que de la serie de notas al margen que ella apunta increpando al anónimo autor, pues no admite ser puesta en tela de juicio. Pero al ir avanzando empezará a experimentar tenues malestares y desfallecimientos. Toda vez que cambia de página debe ensalivar sus dedos y un extraño sabor la invade.

No obstante sigue leyendo, continúa pasando página a página, y acaso por ello la intransigente e insensible mujer jamás culmina su lectura. Nunca se entera del final, de cómo se explica y describe su propia muerte. Su avaricia, prepotencia y ofuscación le impidieron advertir sobre la posible venganza ultraterrena que fraguaba la fallecida esposa, insinuada en el mortal cuento que leía.

Conseguir la tensión necesaria y el efecto sorpresivo con recursos narrativos como los empleados, nos demostrarían la calidad literaria del oficio de la puertorriqueña Rosario Ferré en “El cuento envenenado”, validando de manera incuestionable la atmósfera sobrenatural que lo nutre y lo circunda, sobrecogiendo al lector, intimidándolo.

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