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Con voz propia

Calcetitas rojas, investigación de Frida Guerrera sobre el asesinato de una niña

La activista contra los feminicidios, Frida Guerrera, investigó y reveló la identidad de una niña asesinada y tirada en un lote baldío en Netzahualcóyotl, Estado de México.

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ESTADO DE MÉXICO.- A finales de abril de 2017, la activista contra los feminicidios en Estado de México, Frida Guerrera, su avatar en las redes, emprendió una campaña después de conocer la noticia de que una niña de cuatro años había sido violada, golpeada y asesinada, y su cuerpo tirado en un lote baldío. En nueve meses de campaña, con transmisiones y dibujos del rostro de la niña, buscaba su identidad, hasta que encontró quién era aquella niña que había sido tirada como un desperdicio a la calle.

Frida Guerrera

Calcetitas rojas, así le pusimos. Era lo único que le dejaron puesto junto con su sudadera color verde agua. Unas botas negras arrojadas despectivamente junto a su cuerpo y una cobijita de ositos en su cabeza. Fue dejada ahí, en un terreno donde ahora, a casi diez meses, fue ocupado por montones de tierra como pretendiendo sepultar el terrible crimen de a quien cariñosamente llamé mi niña.

Aquel 18 de marzo de 2017 documenté cómo encontré esa imagen que desgarró mi ser, como madre y persona, y quienes me han seguido desde aquel 26 de abril de 2017, mis transmisiones diarias de #FeminicidioEmergenciaNacional donde solicitaba ante la falta de un rostro datos que me llevaran a encontrar quién era esta pequeña. Día tras día, requiriendo el apoyo de algunos miles de personas que nos han visto durante ocho meses, en octubre 27 por fin logramos sacar ese primer rostro después de una ardua tarea. Alguien se unió a la petición y llegó primero una imagen dolorosa que mostraba el rostro severamente lastimado de mi niña.

Muchos me hacían saber que era imposible, que no iban a encontrar ni a su familia, ni su identidad y mucho menos a quienes se habían atrevido a asesinarla, violarla, morderla y dejarla ahí tirada como basura.

El 01 de noviembre de 2017, luego de dar a conocer la primera video-columna y el rostro de la niña Calcetitas rojas, un feminicidio donde el dolor no cede supe que había sido sepultada por la Fiscalía del Estado de México en un panteón privado. Qué bien, pensé, pero nuevamente oculta, invisible, como si no hubiera existido, así como legalmente nunca constó.

La artista forense Rosa Alejandra Arce, se unió a esta necesidad de darle rostro e identidad a la niña. Fue así que el 15 de noviembre de 2017 dimos a conocer la segunda imagen. Después, todo fue como una ola, me llegaban decenas de mensajes diciéndome que tal vez era una niña vista en tal lugar, otros de una chica que vio el cadáver de la pequeña en el Servicio Médico Forense (SEMEFO) en Nezahualcóyotl. Cuando buscaba a su sobrina, afortunadamente para ella, no era la niña, pero estaba segura de que era mi niña. Después alguien más que me decía que era muy parecida a su sobrina, a donde me llamaban acudía en esta necesidad por conocerla.

El 25 de noviembre de 2017 recibo un mensaje vía Facebook, alguien me solicitaba hablar conmigo respecto a la niña, le pedí un número telefónico y llamé, fue el 27 de noviembre de 2017 que me comuniqué, era su tía Marina.

Todo ha pasado rápidamente desde entonces, ir a verlas, platicar con las dos tías que sospechaban que podría tratarse de la niña, finalmente estaban más que convencidas de que era la niña. El 14 de diciembre de 2017 recibí nuevamente un mensaje vía Facebook, en esta ocasión de un joven, Alberto (por seguridad le cambiamos el nombre), quién me pedía nuevamente me comunicara con él, que quería hablarme de la niña. Acudí a verlo el 15 de diciembre, una foto y un video de la niña en vida me convencieron. Era ella en esa fotografía, tenía puestas las botitas que fueron dejadas cerca de su lastimado cuerpecito. Para el 18 de diciembre todo se concretó. No tiene caso decirle de que toda la investigación se la entregué a la Fiscalía del Estado de México.

Imagen proporcionada por familiares que la identificaron.

Lo que parecía imposible

Lupita nació el 16 de enero de 2013 en Nezahualcóyotl, Estado de México. Era la cuarta hija de “Monse”. La historia de la pequeña es como la de muchas de nuestras niñas en este país, proveniente de una madre con problemas de drogadicción en un mundo donde la pobreza y la dejadez Institucional se palpan a diario, sin buscar realmente la manera de atender tan grave problema. Jeremy Guadalupe, como la conocían personas cercanas a ella, no fue registrada cuando nació, fue con una partera aquellas que socorren a miles de mujeres que no cuentan con un servicio de salud.

Lupita nació bajo una protección no otorgada, mucha gente intentó hacerse cargo de ella, pero por alguna razón nadie lo pudo concretar. Lupita, como el resto de los hijos de Monse, estaba en un lugar, después en otro. Quienes intentaban ayudar eran rechazados por la madre de la niña. Sin buscar justificar a Monse, la madre de Lupita, nada se podía esperar de ella. Fue educada de la misma manera por una madre que solo buscaba su satisfacción personal sin pensar que los hijos no son animales o que se crían solos.

El 2 de diciembre de 2013, Monse fue recluida en el Reclusorio por robo, y Lupita fue dejada en la casa de “alguien” de donde más tarde fue rescatada por la familia materna. Estaba llena de piojos, sufrió de pediculosis, durante dos años la pequeña estaba entre la casa de su abuela y “personas que la cuidaban”. Sin embargo, en esos tiempos, sus tías Marina y Luz, su abuela materna y personas que la conocían intentaban rescatar a la niña. La inocente fue entregada a su madre el 2 de abril de 2016, cuando salió del penal.

Nuevamente Lupita deambulaba en la calle y entre basureros a lado de su mamá en diciembre de 2016, Lupita llegó a casa de Doña Rufina (nombre ficticio para proteger su identidad) en Lago Cuitzeo, muy cerca de la vecindad donde vivía con Karla, quien, dicho por la niña, la quemaba con cigarrillos.

“Abuelita tengo hambre”, expresó Lupita, al abrazar las piernas de Doña Rufina que se encontraba parada en el lavadero como acostumbra, una mujer igual de humilde que ella pero con un corazón gigante. Alberto la vio y escuchó. Doña Rufina es abuela del joven, la niña vestía un pantalón azul verdoso lleno de hoyos, una playera rosa, y zapatos negros, eran aproximadamente las cinco de la tarde de ese 20 de diciembre de 2016.

Alberto le dio una moneda para que comprara sus papas y su “Coca-cola”. Lupita regresó a la casa de Doña Rufina, desde entonces ya no quiso irse. Durante 15 días nadie fue a buscar a la pequeña. Rufina, Alondra y Alberto, fueron quienes se convirtieron en su abuela, madre y padre, dicho por la niña, trataron de educarla. Lupita buscaba en los botes de basura comida para degustarla.

Con lágrimas en los ojos, Doña Rufina me hace saber que escondía los botes de basura para que la niña no hurgara la mugre. Trataron de establecer horarios de comida, pero era imposible. La pequeña quería comer todo el tiempo, y cuando menos lo imaginaba Rufina la niña ya estaba comiendo con algunas de sus tías o su “papá”

“Sólo es un taco abuelita, ¿quieres taco?”, expresaba la pequeña.

Mi niña, tú niña, nuestra niña fue arrebatada de la familia de Doña Rufina y Alberto a mediados de febrero de 2017 por Monse, su madre biológica y Pablo, su padrastro. Fueron por ella, y solo le informaron a Rufina que se llevarían a la niña.

“¿Yo qué podía hacer?, ella era su mamá”, me dice Rufina. Desde entonces nadie volvió a verla, solo la madre de Pablo el 17 de marzo y acudió al DIF en el municipio de Nezahualcóyotl para denunciar que la niña había sido severamente golpeada por su madre y Pablo.

El 18 de marzo, su cuerpo fue encontrado muy temprano por la mañana. Fue reportada, ahí estaba Lupita, Yolloxochitzin, nuestra niña, violada, asesinada y dejada como un pedazo de nada, de nadie, quien permaneció en el anonimato casi nueve meses.

Imagen de la fiscalía.

Las autoridades poco hicieron por encontrarla o buscar quién era. La fiscal Irma Millán no me contestó mi intento de colaborar con ellos el 26 de abril de 2017 para ayudar a buscarla, y expresó con cierto orgullo “Yo la sepulté, le hice su misa y no hice un video para que se supiera”.

Ni la fiscal de feminicidios Irma Millán, ni el fiscal general del estado Alejandro Gómez, ni más nadie hizo algo por saber quién era esta pequeña. Cuando Marina y Luz María fueron aquel 27 de noviembre a preguntar a la Fiscalía de Nezahualcóyotl, primeramente, les dijeron que la niña ya había sido reclamada por sus abuelos y que ya era un caso cerrado. “Hasta me mostraron fotos de los abuelos”, detalla Marina.

Cuando ya iban de salida de la fiscalía, las increparon, cuestionándoles por qué no habían ido antes a reclamar el cuerpo de la niña, por qué antes no la buscaron, y la respuesta fue:No habíamos visto nada, ni nadie nos buscó, hasta que lo vimos con Frida”.

Abrazar a Lupita

El diario vivir con la familia de la niña me ha dado la oportunidad de conocer el contexto en que creció esos cuatro años. Conocí a sus dos hermanitos que afortunadamente están con una familia que los ama y los protege, a su hermana mayor que está con su tía y que hace todo y mucho para vencer cientos de problemas que se le han conjuntado después de hacer la denuncia.

El seis de enero de 2018 conocí a su hermana, una nena que sólo le llevaba un año a Lupita, cuando la tuve frente a mí, me desarmé. Era ella, su misma cara, su misma voz, salió en su patín del diablo, ahí en Neza, tenía puesta una pijama rayada, rosa con azul y blanco, su carita era la misma, salió y cuando me vio sonrió. No pude más que arrodillarme ante ella, abrí mis brazos, para recibirla gritando un ¡hola hermosa!, ella me abrazó, solté un par de lágrimas, no podía soltarme a llorar frente a ella. Con su vocecita me dijo “Monse mató a Lupita, yo no quiero sentir feo aquí dentro, (tocándose el corazón), sólo quiero que Lupita, perdone a Monse, ella ahora está en el cielo, pero le he pedido a los Reyes su muñeco Casimerito”.

La sensación aún permanece en mis brazos, en mi cabeza, sus brazos rodeándome el cuello, recostada en mi hombro, no quería soltarla era como abrazar a Lupita, a Yolloxochitzin, a mi niña que por meses busqué, a una niña que está muerta, que no conocí viva, pero que la convicción personal me llevó a encontrarla, así a buscarla como una aguja en un pajar.

Cuando detuvieron a Monse y Pablo, no pude más que ver el rostro de Lupita que por meses busqué.

Te dije, mi niña, no podían sólo dejarte ahí y no pagar por tanto dolor que te habían causado.

Enero 2018

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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