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Con voz propia

Brasil ¿un nuevo ciclo de luchas populares?

Las grandes manifestaciones populares en Brasil que hicieron posible el triunfo de Lula en 2002, vuelven a las calles ahora contra políticas neoliberales

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La presidente de Brasil, Dilma Rouseff. Foto: red

La presidente de Brasil, Dilma Rouseff. Foto: red

Atilio Borón

Las grandes manifestaciones populares de protesta en Brasil demolieron en la práctica una premisa cultivada por la derecha, y asumida también por diversas formaciones de izquierda -comenzando por el PT y siguiendo por sus aliados: si se garantizaba “pan y circo” el pueblo –desorganizado, despolitizado, decepcionado por diez años de gobierno petista- aceptaría mansamente que la alianza entre las viejas y las nuevas oligarquías prosiguieran gobernando sin mayores sobresaltos.

La continuidad y eficacia del programa “Bolsa Familia” aseguraba el pan, y la Copa del Mundo y su preludio, la Copa Confederación, y luego los Juegos Olímpicos, aportarían el circo necesario para consolidar la pasividad política de los brasileños. Esta visión, no sólo equivocada sino profundamente reaccionaria (y casi siempre racista) quedó hecha añicos en estos días, lo que revela la corta memoria histórica y el peligroso autismo de la clase dominante y sus representantes políticos a quienes se les olvidó que el pueblo brasileño supo ser protagonista de grandes jornadas de lucha y que sus períodos de quietismo y pasividad alternaron con episodios de súbita movilización que rebasaron los estrechos marcos oligárquicos de un estado apenas superficialmente democrático.

Basta recordar las multitudinarias movilizaciones populares que impusieron la elección directa del presidente a comienzos de los años ochentas; las que precipitaron la renuncia de Fernando Collor de Melo en 1992 y la ola ascendente de luchas populares que hicieron posible el triunfo de Lula en el 2002. El quietismo posterior, fomentado por un gobierno que optó por gobernar con y para los ricos y poderosos, creo la errónea impresión de que la expansión del consumo de un amplio estrato del universo popular era suficiente para garantizar indefinidamente el consenso social.

Una pésima sociología se combinó con la traidora arrogancia de una tecnocracia estatal que al embotar la memoria hizo que los acontecimientos de esta semana fueran tan sorpresivos como un rayo en un día de cielos despejados.La sorpresa enmudeció a una dirigencia política de discurso fácil y efectista, que no podía comprender -y mucho menos contener- el tsunami político que irrumpía nada menos que en medio de los fastos futboleros de la Copa Confederación. Fue notable la lentitud de la respuesta gubernamental, desde las intendencias municipales hasta los gobiernos estaduales y el propio gobierno federal.

Opinólogos y analistas adscriptos al gobierno insisten ahora en colocar bajo la lupa estas manifestaciones, señalando su carácter caótico, su falta de liderazgo, la ausencia de un proyecto político de recambio. Sería mejor que en lugar de exaltar las virtudes de un fantasioso “posneoliberalismo” de Brasilia y de pensar que lo ocurrido tiene que ver con la falta de políticas gubernamentales hacia un nuevo actor social, la juventud, dirigieran su mirada hacia los déficits de la gestión gubernativa del PT y sus aliados en un amplio abanico de temas cruciales para el bienestar de la ciudadanía.

Plantear que las protestas fueron causadas por el aumento de 20 centavos de real en el transporte público de Sao Paulo es lo mismo que, salvando las distancias, afirmar que la Revolución Francesa se produjo porque, como es sabido, algunas panaderías de la zona de la Bastilla habían aumentado en unos pocos centavos el precio del pan. Confunden estos propagandistas el detonante de la rebelión popular con las causas profundas que la provocan, que dicen relación con la enorme deuda social de la democracia brasileña, apenas atenuada en los últimos años del gobierno Lula.

El disparador, el aumento en el precio del boleto del transporte urbano, tuvo eficacia porque según algunos cálculos para un trabajador que gana apenas el salario mínimo en Sao Paulo el costo diario de la transportación para concurrir a su trabajo equivale a poco más de la cuarta parte de sus ingresos. Pero esto sólo pudo desencadenar la oleada de protestas porque se combinaba con la pésima situación de los servicios de salud pública; el sesgo clasista y racista del acceso a la educación; la corrupción gubernamental (un indicador: la presidenta Dilma Rousseff ha echado a varios ministros por esta causa), la ferocidad represiva impropia de un estado que se reclama como democrático y la arrogancia tecnocrática de los gobernantes, en todos sus niveles, ante las demandas populares que son desoídas sistemáticamente: caso de la reforma de la previsión social, o de la paralizada Reforma Agraria o los reclamos de los pueblos originarios ante la construcciones de grandes represas en la Amazonía. Con estas asignaturas pendientes, hablar de “posneoliberalismo” revela, en el mejor de los casos, indolencia del espíritu crítico; en el peor, una deplorable sumisión incondicional al discurso oficial.

A la explosiva combinación señalada más arriba hay que sumar el creciente abismo que separa al común de la ciudadanía de la partidocracia gobernante, incesante tejedora de toda suerte de inescrupulosas alianzas y transformismos, que burlan la voluntad del electorado sacrificando identidades partidarias y adscripciones ideológicas. No por casualidad todas las manifestaciones expresaban su repudio a los partidos políticos.

Un indicador del costo fenomenal de esa partidocracia –que resta recursos al erario público que podrían destinarse a la inversión social- está dado por lo que en Brasil se denomina el Fondo Partidario, que financia el mantenimiento de una maquinaria meramente electoralista y que nada tiene que ver con ese “príncipe colectivo”, sintetizador de la voluntad nacional-popular del que hablara Antonio Gramsci.

Un solo dato será suficiente: a pesar de que la población exige infructuosamente mayores presupuestos para mejorar los servicios básicos que hacen a la calidad de la democracia, el mencionado fondo pasó de distribuir 729.000 reales en 1994 a la friolera de 350.000.000 de reales en el 2012, y está por acrecentarse aún más en el curso de este año. Esa enorme cifra habla con elocuencia del hiato que separa representantes de representados: ni los salarios reales ni la inversión social en salud, educación, vivienda y transporte tuvieron la prodigiosa progresión experimentada por una casta política completamente apartada de su pueblo y que no vive para la política sino que vive, y muy bien, de la política, a costa de su propio pueblo.

¿Eso es todo? No, hay algo más que provocó la furia ciudadana. El exorbitante costo en que incurrió Brasilia a cuenta de una absurda “política de prestigio” encaminada a convertir al Brasil en un “jugador global” en la política internacional. La Copa del Mundo de la FIFA y los Juegos Olímpicos exigirán enormes desembolsos que podrían haber sido utilizados más provechosamente en solucionar añejos problemas que afectan a las clases populares. Hubiera sido bueno que se recordara que México no sólo organizó una sino dos Copas del Mundo en 1970 y 1986, y los Juegos Olímpicos de 1968.

Ninguno de estos grandes fastos convirtió a México en un jugador global de la política mundial: pero aún, sirvieron para ocultar los problemas reales que irrumpirían con fuerza en la década de los noventas y que perduran hasta el día de hoy. Según la ley aprobada por el congreso brasileño la Copa del Mundo dispone de un presupuesto inicial de 13.600 millones de dólares, que seguramente aumentará a medida que se acerque la inauguración del evento, y se estima que los Juegos Olímpicos demandarán una cifra aún mayor.

Conviene aquí recordar una sentencia de Adam Smith, cuando decía que “lo que es imprudencia y locura en el manejo de las finanzas familiares no puede ser responsabilidad y sensatez en el manejo de las finanzas del reino.” Quien en su hogar no dispone de ingresos suficientes que garanticen la salud, la educación y una adecuada vivienda para su familia no puede ser elogiado cuando gasta lo que no tiene en una costosísima fiesta.

La dimensión de este despropósito queda graficado, como observa con perspicacia el sociólogo y economista brasileño Carlos Eduardo Martins, cuando compara el costo del programa “Bolsa Familia”, 20.000 millones de reales, con el que devoran los intereses de la deuda pública: 240.000 millones de reales.

Es decir, que en un año los tiburones financieros de Brasil y del exterior, niños mimados del gobierno, reciben como compensación a sus tramposos préstamos el equivalente doce planes “Bolsa Familia” por año. Según un estudio de la Auditoría Ciudadana de la Deuda, en el año 2012 el desembolso por concepto de intereses y amortizaciones de la deuda pública insumió el 47.19 por ciento del presupuesto nacional; por contraposición, se le dedicó a la salud pública el 3.98 por ciento, a la educación el 3.18 por ciento y a l transporte el 1.21 por ciento.

Con esto no se quiere disminuir la importancia del programa “Bolsa Familia” sino de resaltar la escandalosa gravitación de la sangría originada por una deuda pública-ilegítima hasta la médula- que ha hecho de los banqueros y especuladores financieros los principales beneficiarios de la democracia brasileña o, más precisamente, de la plutocracia reinante en el Brasil. Por eso tiene razón Martins cuando observa que la dimensión de la crisis exige algo más que reuniones de gabinete y conversaciones con algunos líderes de los movimientos sociales organizados. Propone, en cambio, la realización de un plebiscito para una reforma constitucional que recorte los poderes de la partidocracia y empodere de verdad a la ciudadanía; o para derogar la ley de auto-amnistía de la dictadura; o para realizar una auditoría integral sobre la turbia génesis de la escandalosa deuda pública (como hizo Rafael Correa en el Ecuador).

Agrega también que no basta con decir que el 100 por ciento de los royalties que origine la explotación del enorme yacimiento petrolero del Pre-Sal serán dedicados, como lo declaró Rousseff, a la educación, en la medida en que no se diga cuál será la proporción que el estado captará de las empresas petroleras. En Venezuela y Ecuador el estado retiene por concepto de royalties entre el 80 y el 85 por ciento de lo producido en boca de pozo. ¿Y en Brasil quién fijará ese porcentaje? ¿El mercado? ¿Por qué no establecerlo mediante una democrática consulta popular?

Como puede colegirse de todo lo anterior, es imposible reducir la causa de la protesta popular en Brasil a una eclosión juvenil. Es prematuro prever cual será el futuro de estas manifestaciones, pero de algo estamos seguros. El “¡Que se vayan todos!” de la Argentina del 2001-2002 no pudo constituirse como una alternativa de poder, pero por lo menos señaló los límites que ningún gobierno podría volver a traspasar so pena de ser derrocado por una nueva insurgencia popular. Más aún, las grandes movilizaciones populares en Bolivia y Ecuador demostraron que sus flaquezas y su inorganicidad -como las que hoy hay en Brasil- no le impidieron tumbar a gobernantes que sólo solo lo hacían a favor de los ricos.

Las masas que salieron a la calle en más de cien ciudades brasileñas pueden tal vez no saber adónde van, pero en su marcha pueden acabar con un gobierno que claramente eligió ponerse al servicio del capital. Brasilia haría muy bien en mirar lo ocurrido en los países vecinos y tomar nota de esta lección que presagia crecientes niveles de ingobernabilidad si persiste en su alianza con la derecha, con los monopolios, con el agronegocios, con el capital financiero, con los especuladores que desangran al presupuesto público de Brasil.

La única salida a todo esto es por la izquierda, potenciando no en el discurso sino con hechos concretos, el protagonismo popular y adoptando políticas coherentes con el nuevo sistema de alianzas.

No sería exagerado pronosticar que un nuevo ciclo de ascenso de las luchas populares estaría dando comienzo en el gigante sudamericano. Si así fuera lo más probable sería una reorientación de la política brasileña, lo cual sería una muy buena noticia para la causa de la emancipación de Brasil y de toda Nuestra América.

Fuente: Libre Red/El Ciudadano

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Con voz propia

Andrés Manuel López Obrador, analfabetismo en Comunicación y las nuevas autodefensas.

Ramses Ancira

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Diario de un Reportero

Ramsés Ancira

La definición clásica de Comunicación es un intercambio de mensajes entre un emisor y un receptor. Con una conferencia diaria de más de dos horas parecería que Andrés Manuel López Obrador sería un excelente comunicador, pero como sólo habla y no escucha, en realidad es el peor, al menos desde que este reportero tiene memoria; y no es una memoria corta, porque he cubierto ocasional o con cierta permanencia las administraciones desde José López Portillo hasta Enrique Peña Nieto, e incluso ésta.

Incluso cuando el PRI mataba periodistas, como sucedió con Manuel Buendía, (cien por ciento un crimen de Estado) yo tenía una estrategia que nunca me fallaba: cuando acreditación en mano el Estado Mayor Presidencial no me dejaba pasar a un evento, quizá porque me habían comisionado de último momento o no era el reportero de la fuente, yo me ponía a gritar “¡Están agrediendo a la prensa! Evitar escándalos era prioritario, así que como mí única arma visible era mi gafete de periodista, siempre acababan cediéndome el paso, con tal de que me callara.

La ocasión más reciente fue con Enrique Peña Nieto, en un evento en Los Pinos al que me pidieron acudir como corresponsal de Hispan TV. Si el lector me juzga un irrespetuoso de la autoridad o un abusivo del “cuarto poder”, está en todo su derecho, pero se lo cuento tal como ocurrió.

Estaba alzando la voz cuando llegó el entonces gobernador de Guerrero, René Juárez Cisneros y me llamó a la tolerancia. Yo estaba tan enojado que no sé exactamente lo que le contesté, pero fue algo así como que a nadie le interesaba lo que dijera el presidente y que yo estaba ahí para cubrir una orden y no por gusto. Finalmente pasé.

En otras dos ocasiones, cuando Andrés Manuel López Obrador estaba en su segunda campaña presidencial me pidieron solicitarle una entrevista exclusiva. La primera vez en un evento en Coyoacán, su jefe de prensa, César Yáñez, al que conocía desde que López Obrador era jefe de gobierno de la Ciudad de México, me invitó a acercarme personalmente a pedírsela.

Como el entonces candidato estaba sentado en primera fila en un evento de proselitismo, cuando me le acerqué de frente para hablar con él, noté que tapaba la visión de las personas que se encontraban en las sillas de atrás, así que me puse en cuclillas. De inmediato López Obrador me extendió el brazo para ayudarme a levantar y pidió que me cedieran una silla junto a él. “Póngase de acuerdo con César” me dijo amable, pero pasaron meses sin que recibiera respuesta.

Finalmente, un día me llamó César Yáñez para decirme que había una oportunidad durante una gira por Puebla y Veracruz. Lo perseguí todo el día en carreteras y mítines, pero siempre se retrasaba en sus actos de campaña y salía corriendo al siguiente. Esa noche mi equipo de producción y yo pernoctamos en el puerto y seguimos yendo a enormes mítines sin poder hablar con él. Finalmente, mi asistente, jugándose la vida al volante condujo al aeropuerto de Veracruz.

Mi camarógrafo y yo lo sorprendimos al bajar de su auto en carril de descenso y mientras salía su avión, él y su entonces compañero Dante Delgado me concedieron la anhelada exclusiva.

¡Ah, pero ése era otro López Obrador y no el más presidencialista de los presidentes que ha tenido México en el último medio siglo!

Todos estos antecedentes vienen a cuento porque el empresario y activista de Quintana Roo Carlos Mimenza Novelo dijo en una conferencia de prensa celebrada el 28 de octubre,  (ignorada por casi todos los grandes medios de información)  que está cansado de mandarle a Jesús Ramírez Cuevas, vocero de López Obrador, información sobre los asesinatos y desapariciones que ocurren a diario en su estado, detrás de los cuáles se encuentra la policía, misma que fue integrada con  el cártel morelense de Los Rojos y  ataviada con uniformes, por lo que ahora pueden secuestrar, violar y matar, con placas y toletes que les proporciona el mismo gobierno estatal.

El actual gobernador de Quintana Roo, Carlos Manuel Joaquín González, medio hermano del ex secretario de Energía, de Enrique Peña Nieto, y ex presidente del PRI, Pedro Joaquín Cadwell.

Mimenza Novelo dice que Joaquín González es “asesino, extorsionador e invasor de terrenos, involucrado con el narco”, y las pruebas fueron entregadas tanto a Alfonso Durazo, Secretario de Seguridad Pública (actualmente en fuga para convertirse en candidato a la gubernatura de Sonora) como a Jesús Ramírez Cuevas, vocero del presidente Andrés Manuel López Obrador, por lo que es imposible que el presidente las ignore.

El empresario es también activista por los derechos humanos, sostiene una fundación para la atención de niñas violadas y sujetas al comercio sexual, situación en la que, según Mimenza, Quintana Roo ocupa el primer lugar nacional.

Entre muchas acusaciones, asegura que una persona de Tulum, llamada Héctor Valdez fue amenazado de muerte por el gobernador, y luego golpeado policía enfrente del director de Seguridad Pública de Quintana Roo, Alberto Capella.

En ese estado todos los días se padecen extorsiones, secuestros y desapariciones forzadas, pero no se habla de esto porque los medios “están siendo callados a punta de billetazos”, dijo Mimenza, quien agregó que el 95 por ciento de los informativos locales están al servicio del gobernador” y los medios nacionales tampoco atienden el problema.

El cobro de piso a los empresarios y los pequeños comerciantes, dice el empresario y activista, es realizado en su mayoría por gente de Seguridad Pública de Quintana Roo.

Capella, agrega el denunciante, llegó al estado precedido de acusaciones de corrupción en Tijuana y Morelos. El propio gobernador de este estado, Cuauhtémoc Blanco, le advirtió a Carlos Manuel Joaquín los riesgos de darle ese puesto. Sus advertencias fueron desoídas.

Como consecuencia Capella importó de Morelos a integrantes de la organización delictiva “Los Rojos”, involucrada en la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, y los vistió de policías que se dedican al secuestro, entre otros del comisario ejidal de Playa del Carmen por quien pidieron un cuantioso rescate.

Según el denunciante, también ha llegado a Quintana Roo, desde la Ciudad de México, la banda criminal llamada Unión Tepito. Además, acusó al gobernador de tener como secretario particular a Óscar Montes de Oca, quien antes fue Secretario de Turismo y despojó de sus tierras a varias personas en Tulum, acusándolos falsamente de distintos delitos, que los mantienen en la cárcel.

Tulum, será una de las estaciones más representativas del Tren Maya, por lo que algunos de los principales beneficiarios serán los que inventaron falsos culpables, para apoderarse de sus tierras.

Toda esta información le ha sido proporcionada a López Obrador, sin que se haya actuado al respecto durante más de dos años. De manera que hace dos semanas decidieron formar un grupo de autodefensas en Tulum, que ya tuvo su primer éxito, la captura de un falso guardia nacional que se dedicaba al cobro de piso.

Si el presidente López Obrador no hace nada para detener los delitos atribuidos al gobernador y a su secretario de Seguridad Pública, varios empresarios, que ya antes habían apoyado al doctor José Manuel Mireles en Michoacán, están dispuestos a financiar autodefensas en los once municipios de Quintana Roo.

Así que además de los gobernadores del PRD, PAN, Movimiento Ciudadano y el independiente de Nuevo León, quienes integran la alianza federalista, mayoritariamente en el Norte del país, el presidente tendrá que sumar la inconformidad de empresarios organizados en el sureste, indignados por las mujeres violadas y las personas despojadas de sus tierras, que además de tener que pagar para que les reciban denuncias en el Ministerio Público, no tienen seguimiento de sus demandas.

¿Se acordará el presidente López Obrador que, en 1847, Zacatecas, ¿uno de los estados con más recursos económicos y militares se negó a participar en la defensa de la Nación durante la invasión de Estados Unidos?

Hoy el gobernador de Durango dice que: “El diálogo deberá ser el único instrumento que nos ayude a resolver puntos de vista distintos. Coincidimos en que a México y a nuestra entidad les vaya mejor. Confiamos en la sensibilidad del presidente”.

El problema es que para dialogar se necesitan al menos dos; pero como el nuevo personaje de López Obrador solo sabe hablar, y no escuchar, porque, según él, solo se trata de maniobras electoreras, los ciudadanos tenemos que rezar para que “sus datos” sean ciertos y   la 4a transformación no consista en una nueva fragmentación, como empezó sucediéndonos  con Texas, antes de perder dos millones de kilómetros cuadrados que hoy ocupan California, Nevada, Utah y Nuevo México.

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Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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