Connect with us

Con voz propia

Boletas electorales: Del secuestro a la destrucción de la verdad

El significado político de la destrucción de boletas electorales de 2006 en México,

Avatar

Published

on

Quema de boletas electorales de 2006 en México. Foto: vanguardai.com.mx

Quema de boletas electorales de 2006 en México. Foto: vanguardai.com.mx

Francisco Bedolla Cancino*

Hace unos días, con el aval recién emitido por el Comité de Derechos Humanos de la ONU, dio inicio formal el proceso para la destrucción de la paquetería electoral utilizada en la jornada electoral de 2006. Básicamente, se trata de más de 200 millones de boletas y de varios cientos de miles de actas de escrutinio y cómputo utilizadas con motivo de las elecciones para presidente, senadores y diputados federales, las cuales llevaban más de siete años en bodegas especiales y bajo el resguardo de las fuerzas castrenses del Estado mexicano.

La peculiaridad del acto no estriba en el destino final de la papelería, que es su destrucción, puesto que la ley electoral instruye su realización cuando las elecciones llegan al punto de ser cosa juzgada, sino que éste haya debido posponerse casi siete años, a un costo de 1, 300 millones de pesos, y sin que al final hubiese prevalecido el sentido común, la razón pública, el derecho constitucional a la información pública, y lo que, sustancialmente importa, el interés y la certidumbre democrática de que quién gobernó el pasado sexenio lo hizo contando con la voluntad mayoritaria de las preferencias ciudadanas.

En tal contexto, viene a la mente la numeralia de la compleja maquinaria electoral federal que, entre cosas, presupone una movilización espectacular de recursos en cada año electoral: aproximadamente 5, 000 millones de pesos en costos operativos del IFE; 5, 000 millones en financiamiento público a los partidos políticos; cientos de miles de spots publicitarios; cientos de miles de funcionarios de casilla; y millones de electores acudiendo a las urnas; entre otros. Porque, a final de cuentas, se trata de una inversión colosal de recursos públicos, cuyo sentido y razón principales estriban en dar vigencia al derecho democrático a la elección de los gobernantes.

Así las cosas, si frente al reclamo legítimamente democrático de acceder a la información contenida en las boletas electorales y hacer un recuento para disipar cualquier duda, el Tribunal Electoral, primero; luego el Instituto Federal de Acceso a la Información Pública, después; y, por último, el Comité de Derechos Humanos de la ONU; bajo argumentos diversos, coincidieron en negar tal petición, la pregunta relevante a la que los representantes de dichas instituciones han de someterse es si tiene algún sentido la inversión pública y la participación ciudadana en las elecciones.

Entiéndase el punto: luego de la atroz negativa del Tribunal Electoral a instruir el recuento, el dilema dejó de ser si el gobierno de Felipe Calderón fue o no legítimamente democrático, para convertirse en uno que ponía en juego la vocación de las instituciones incidentes para permitir al público ciudadano el derecho a informarse del más público de los asuntos políticos: el resultado de las elecciones de 2006.

Los hechos están allí y son incontrovertibles. La diferencia entre la primera y la segunda fuerza electorales en 2006 fue menor de medio punto porcentual, lo que en sí mismo entrañaba una razón de peso para que, aún sin mediar reclamo o petición de parte, se hubiese optado por el recuento. Peor aún, si a eso se agrega la variedad y el peso de las irregularidades conocidas y reconocidas incluso por el propio Tribunal Electoral, el panorama luce más contundente: no hay razones públicas suficientes para avalar la decisión de impedir la transparencia y el acceso a la información de la información pública de mayor relevancia para la comunidad política nacional.

Si algún sentido públicamente relevante le es reconocible y argumentable a la destrucción de las boletas de las elecciones de 2006 es la pérdida de la oportunidad histórica de una confronta saludable, por informada, con nuestro pasado político-electoral. Hay quienes piensan –ingenuamente, a mi modo de ver– que Felipe Calderón realmente obtuvo más votos que AMLO; hay quienes piensan que, con la participación entre omisa y activa del IFE, tuvo lugar una fina, selectiva e innovadora estrategia de fraude; y hay otros que, además, piensan que hubo todo tipo de triquiñuelas a cargo de todos los competidores. Frente a las diversas e inciertas percepciones, lo único cierto es que viviremos en la condena de no saber a ciencia cierta qué paso, porque las instituciones, todas, se confabularon para negar a los ciudadanos el derecho a acceder a la información pública contenida en las boletas electorales.

En virtud de lo anterior, si un par de calificativos caben bien con la destrucción de las boletas electorales son los de triste y lamentable. Quizás tan triste y lamentable, o más, como la ignorancia y la arrogancia del Secretario Ejecutivo del IFE, Edmundo Jacobo, que no tuvo empacho en intentar alegremente hacer pasar esta atrocidad como un acto democrático y de credibilidad. Para muestra, este botón: “En este caso, el IFE incrementa su credibilidad al no transgredir ninguno de los procedimientos legales hasta llegar a este momento, tardamos 7 años, es mucho tiempo, pero así es la democracia”.

Con ese tipo de declaraciones de sus altos mandos, no hace falta abundar en las razones de la crisis severa de liderazgo, visión estratégica, sensibilidad política y congruencia ética por las que atraviesa el IFE. En la visión teórica, política y axiológica de la democracia en las que se asienta el espíritu del 41 constitucional nada hay que permita hacer un festín de la quema de boletas, del oscurantismo y de la privatización de la información pública. Por el contrario, dicho espíritu apunta a la subsidiaridad, a la soberanía ciudadana, a la transparencia y a la ampliación de la libertad.

Probablemente, Edmundo Jacobo confunde democracia con Estado de Derecho y, por eso mismo, le parece que con el mero cumplimiento de una sentencia judicial se honra la democracia. Quizás es demasiado tarde para hacerle entender a este funcionario electoral que la decisión legal de destruir sin revisar las boletas actualiza la probabilidad, develada por la teoría política de cuño reciente, de que el Estado de Derecho pueda encaminarse hacia un rumbo contrario al de la democracia y, por si fuese poco, al de la credibilidad y la confianza ciudadanas.

Una pequeña dosis de sensibilidad, conocimiento e inteligencia son más que suficientes para darse cuenta que la destrucción forzada de las boletas colocan al IFE como el gran perdedor, porque ahora no podrán contrarrestar los costos en imagen y credibilidad que le impuso su controversial actuación en las elecciones de 2006.

*Analista político

@franbedolla

 

Continue Reading
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

Published

on

Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

Continue Reading

Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

Published

on

Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

Continue Reading

Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

Published

on

                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

Continue Reading

Trending