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Beatriz Meyer o El mundo de aquí

Abelardo Sánchez nos entrega esta excelente reseña sobre la más reciente novela de Beatriz Meyer sobre la condición sexual femenina en territorio de acoso

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La escritora mexicana Beatriz Meyer. Foto: UNARTE

La escritora mexicana Beatriz Meyer. Foto: UNARTE

Abelardo Gómez Sánchez

Una certeza de la tribu existencialista: existir es ser en el mundo; flotar o ser revolcado en la azarosa mundanidad en la que, literalmente, somos expulsados. El mundo de aquí, la más reciente novela de Beatriz Meyer (2013, Ed. E y C., Colección Íntimos, Puebla, México) nos devela un aquí del mundo, no el de allá ni el de acullá: sino el de Andrea Murray, joven nacida en Los Ángeles, California; y avecindada en la Ciudad de México, en la  que atrapada en este aquí, —de dimensiones familiar, laboral, doméstica y marital aderezan una realidad amenazante— sobrevive como traductora de textos de toda índole. Andrea es además, alumna en una “academia de escritores on-line” española.

Este aquí amenazante: el imperium falócrata de la autosatisfacción sin límites. La poderosa misoginia que, con voracidad vitalicia, la ha sitiado desde niña con sus múltiples máscaras: Nico, su hermano incestuoso y su proxeneta; Oswaldo, su desempleado y gandaya marido que llevará a vivir a su amante con ella. Pizano su actual y obligatorio patrón (Andrea está por perder su casa y no tiene un peso) y acosador todopoderoso —por ubicuo, omnisciente y sumamente eficaz en sus órdenes— y cuya afantasmada o descorporalizada presencia en internet le solicita textos pornos y la somete a una cadena simbólica del desprecio: la concatenación de caprichos sexuales que tiene que cumplimentar en sitios públicos o privados aunque, aparentemente Pizano, el anónimo tirano, nunca esté presente.

En suma, una constelación demoniaca que hace de esta mujer su botín —y no aludo sólo al muy concreto sexo de la Murray, sino a la expoliación absoluta de su personalidad vía la expropiación meticulosa de su sexualidad. Sin embargo, no estamos frente a la típica novela cuya víctima mueve a la pía conmiseración (y qué bueno porque, para Santa, como a Agustín Lara, me basta la de Federico Gamboa) y tampoco al urgente rescate asistencialista. Afortunadamente, la autora nos libra del  melodrama de denuncia con moraleja institucional. En efecto, la protagonista es un personaje complejo, sus variaciones la enriquecen: Si bien es víctima, no huye de su sexualidad. Si frecuentemente finge en el coito no se impide la lúcida, vindicativa y lúdica autoobservación (y digamos glosa para el lector/a) de su parlanchina genitalidad. Y complejo, sobre todo, porque gracias a su vena de literata, es una prolífica elaboradora de la victimización. Esto permite al personaje una evolución interesante: pasar de víctima a fabulatoria victimóloga mediante sus historias que, diestramente, la autora va interpolando en la trama principal de la novela. Y si el mundo de aquí, tercamente, ha hecho de lo sexual un territorio del acoso, Andrea Murray lo convierte, a veces enfáticamente, en el del gozo: principalmente narrativo, si se quiere, pero gozo.

Por lo demás, la novelista traza una doble dimensión de la condición sexual femenina. Es cierto, prioritariamente nos las descubre como la zona de despojos violentos, lo que hace que Andrea Murray se autorretrate como “un pulgón flotando sin rumbo en la superficie revuelta del estanque cósmico”. Y que sus heridas parlen: “Tal vez el mundo de aquí no ha sido jamás un refugio sino un coto de caza”.

Pero también, como el espacio contundente, desfachatado y jocoso en el que, la misma Andrea (y heteróclito gineceo que la acompaña) nos muestran las, muy concretas e individualizadas, palpitaciones cotidianas que matizan y exorbitan el rol sexual femenino contemporáneo. El franco encaramiento de su sexualidad de este grupo de féminas es autodesmistificador (manda al carajo los arcanos del eterno femenino) y por lo mismo generosamente ilustrativo: lo que muchos lectores varones seguramente agradecerán. Además hace de la Murray y su grupo de féminas un cónclave divertido y seductoramente catárquico.

Una constante narrativa central y notable: a la oscuridad de lo real, la protagonista opone siempre la luminosidad de lo creativo. En este sentido, y lo subrayo, Andrea Murray es la encarnación —desde su íntima sustancia— de la reversibilidad de todo poder autoritario; y pese a sus propias erratas existenciales (la complejidad se constituye en las contradicciones) —me refiero a su participación en el sitio web Tartarian (“lugar hecho para el espejismo de la maldad”) en el que, en complicidad con sus amigas, creará la “agencia de relatos porno Instrumentality” enfocada a los canales pornográficos—  pese a ello, que las convertirá en palabras de la Murray en “prostitutas virtuales” pero, sobre todo, en tributarias gananciosas y jacarondosas de la red que la victimiza,  la Murray traza vitalmente la capacidad de remontar, tras muchas vicisitudes, una trama social inhóspita.

El relato del yo protagónico —la construcción de su decantada individualidad— puede crear la sensación de que estamos frente al levantamiento autobiográfico de una nota roja: esto es mérito de su potente verosimilitud. En efecto, El mundo de aquí, es un relato que usufructúa los múltiples y pulimentados recursos de su autora. Su dominio del ars narrandi, su ágil, casi saltarina y rigurosa ejecución novelística es el resultado de sus afanadas conquistas de escritora.

De El mundo de aquí se desprende un irrefrenable hálito ético, ese que en el epílogo con cara de prólogo, se esperanza en “la igualdad y paz para todas y todos”.

Mayo/2015

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Poeta Amanda Gorman en la inauguración presidencial de Biden: “Incluso mientras lloramos, crecimos”.

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Los Ángeles Press

La poeta Amanda Gorman, de 22 años, ha compuesto y recitado un poema sobre la unidad nacional para la ceremonia de inauguración del periodo presidencial de Joe Biden. La poeta destacó en una entrevista con el New York Times que el asalto al Capitolio del pasado 6 de enero le ayudó a terminar la composición y varios versos hacer referencia al ataque contra el Congreso. Pero también usó un lenguaje que hace referencia a las escrituras bíblicas y, a veces, eco de la oratoria de John F. Kennedy y el reverendo Martin Luther King Jr.

Comienza preguntando: “¿Dónde podemos encontrar luz? ¿En esta sombra interminable? y usó su propia poesía e historia de vida como respuesta.

“De alguna manera, hemos resistido y hemos sido testigos de una nación que no está rota, sino simplemente inacabada. Nosotros, los sucesores de un país y una época en la que una chica negra delgada, descendiente de esclavos y criada por una madre soltera, puede soñar con convertirse en presidente, sólo para encontrarse ahora declamando para uno”, dijo Gorman.

“Hemos visto una fuerza que destrozaría nuestra nación en lugar de compartirla; que destrozaría nuestro país si ello supusiese retrasar la democracia; y este esfuerzo casi triunfa. Pero aunque la democracia puede ser retrasada, nunca puede ser derrotada”, reza el poema.

Gorman es la poeta más joven que ha participado en una ceremonia de toma de posesión presidencial. Ha recitado su poesía en la Biblioteca del Congreso, el Symphony Hall de Boston, la plataforma de observación del Empire State Building y en todo el país, actuando para políticos como Hillary Clinton, Al Gore y Lin-Manuel Miranda.

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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