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Con voz propia

Ayotzinapa y el asedio a Palacio

Las protestas y la indignación por Ayotzinapa cobran nuevas dimensiones que hacen eco en Palacio Nacional por la renuncia de Peña Nieto

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El incendio de la puerta de Palacio Nacional en México. Foto: EFE

El incendio de la puerta de Palacio Nacional en México. Foto: EFE

Lucio Juárez

Desde la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa ocurrida el pasado 26 de septiembre en Iguala (Guerrero), la fuerza moral de nuestro pueblo, representada en organizaciones sociales de diversos tipos y sociedad civil en general, se han manifestado de manera continua por la presentación con vida de los estudiantes y justicia a los culpables de éstos hechos inhumanos.

Los normalistas, críticos permanentes del sistema del capital y del régimen cleptocrático y neoliberal dominantes en nuestro país, se movilizaron en la ciudad de Iguala, gobernada por  José Luis Abarca –candidato externo y miembro del cártel de droga Guerreros Unidos, por medio de su esposa, María de los Ángeles Pineda. Los estudiantes “toman” dos autobuses que iban a utilizar días después. Por una “confusión” de movimientos, los Abarca ordenan detener el convoy. En el enfrentamiento entre policías y estudiantes resultan varios heridos, seis muertos y 43 estudiantes desaparecidos. Éstos últimos son entregados a una facción de los Guerreros Unidos.

El presidente municipal presenta su renuncia y se reúne con Jesús Zambrano, líder de Los Chuchos para discutir su futuro político. Días después se ordena su detención por los asesinatos de Arturo Hernández Cardona, por delincuencia organizada y por la desaparición de los estudiantes. Se convierte en fugitivo, junto a su esposa, que hasta el momento no se le ha imputado ningún cargo, tan sólo señalamientos. En días pasados fueron detenidos, finalmente, en la delegación Iztapalapa. José Luis Abarca es trasladado a la cárcel de máxima seguridad en Almoloya de Juárez, y María de los Ángeles Pineda, actualmente, se encuentra arraigada.

En el caso de Ángel Aguirre se vio obligado a solicitar licencia al cargo, un mes después, debido a los siguientes factores: la presión de la opinión pública, las movilizaciones de la sociedad civil, la radicalidad de las protestas, la presencia y reactivación de los grupos guerrilleros, la presión pública sobre el PRD -soporte de su gobierno-, y el retiro del apoyo del gobierno federal.

Las movilizaciones de los padres de los 43 han tenido como resultado el apoyo y la solidaridad de una multitud de fuerzas sociales: de los grupos guerrilleros, de la CETEG, la UPOEG, la CRAC-PC, de Morena, de grupos religiosos, de los estudiantes, de organizaciones de derechos humanos, etc. La fuerza que han desplegado en las tres marchas muestra el verdadero músculo de la fuerza moral de nuestro pueblo. La asistencia a ellas ha sido de aproximadamente unos 100 000 y 120 000, en la 2da. y 3ra. Marcha, respectivamente. El último movimiento estratégico realizado por los padres de los normalistas es la Caravana de los 43×43, que pretenden recorrer los estados de la república, en apoyo y solidaridad a sus acciones. A nivel estatal, las fuerzas que pugnan en Guerrero han conseguido tomar más de 20 municipios, el cierre de la Autopista del Sol, levantamiento de plumas en casetas, expropiación de mercancías a las transnacionales, etc. En el caso de los empresarios de Guerrero, al inicio fue de apoyo pero en los próximos días, lo más seguro es que se irán retirando, haciendo público la pérdida que causan el “vandalismo” de las manifestaciones.

En el caso del sistema de justicia era de esperarse sus resultados nulos al principio, lentos después y finalmente, la premura en cerrar el caso. En los primeros días eran las instituciones estatales de justicia las que le daban seguimiento. Semana y media después es la PGR, personificado en Murillo Karam, la que se ocupara de las investigaciones. Los resultados han sido: más de 40 detenidos –policías y narcotraficantes-, la detención de los Abarca, la localización -junto a la UPOEG-, de fosas clandestinas, la movilización de más de 8 mil elementos en la búsqueda de los estudiantes, etc.

Las demandas de los padres de familia, a la cual se suma la sociedad civil, es la aparición con vida de los estudiantes y castigo a los culpables. Hasta el momento podemos decir que sólo se han ubicado a unos cuantos culpables, ampliándose cada vez más su número. Los Abarca son una parte de los perpetradores. Se ha mencionado que es necesario castigar a los que hicieron caso omiso de las denuncias en contra de los Abarca, y aquí intervienen, por omisión, la PGR y el gobierno estatal, bajo el mando, en su momento de Ángel Aguirre Rivero.

Es válido esta consigna debido a que era el exgobernador, al final de cuentas, el que protegía a los Abarca. Por la información ventilada se deduce que fue omiso porque recibió financiamiento para su campaña, y al parecer, seguía manteniendo contacto directo con Los Pineda, por medio de Ma. De los Ángeles, esposa de Abarca –también se comenta que eran amantes. En el caso de la PGR, podemos comentar poco, debido a que tal institución no le dio seguimiento a las demandas correspondientes, es decir, fue completamente omiso y cómplice. Los últimos comentarios de Murillo Karam, realizados en la conferencia de prensa y de la plática con los padres de familia, han motivado, aún más, la indignación. Por una parte, por querer cerrar el caso, diciendo que probablemente ya fueron encontrados sus restos, convertidos en cenizas. Cosa que rechazan los padres de familia. En segundo término, por su frase célebre #YaMeCansé, que muestra la verdadera cara de un régimen carente de valores.

Resultado de lo anterior, la sociedad civil, por medio de las redes sociales, llaman a manifestarse horas después (a las 8pm), en el Ángel de la Independencia, realizándose una pequeña marcha a la PGR. Y manteniendo en alto su indignación, promueven una marcha y manifestación en el zócalo para el día siguiente (8-Nov), a las 8pm.

La marcha inició a las 8:45pm con una asistencia de 10 000 personas, aproximadamente. En el avance se van integrando nuevos contingentes, que al final, al llegar al zócalo sumamos unos 40 000. Fue una marcha espontánea, con poca asistencia de las organizaciones y de los estudiantes. La marcha transcurrió con calma y finalizó a las 10:15pm. No hay discursos, y la mayoría, después de llegar al zócalo se retiró.

Minutos después, empzó el asedio a Palacio. Viendo esto, cientos de marchistas huyeron despavoridos. Sólo permanecen unos 500. Algunos encapuchados pretenden incendiar la puerta de entrada principal, los soldados desde su interior, reaccionan vaciando agua sobre ella. Momentos después, los jóvenes intentan derribarla pero sus esfuerzos son inútiles. Eso sí, motivan la excitación juvenil. Intentan prender las ventanas, lanzan petardos, etc. Los esfuerzos son en vano. Aquí la pregunta que cabe: ¿había algún provocador en los 6 ó 8 que trataron de quemar y derribar la puerta de Palacio? Debo de ser claro y sincero: me pareció que dos o tres eran infiltrados y eran los más activos.

Después de una hora de intento fallido, la muchedumbre observa a dos uniformados en la esquina, platicando con un hombre de negro, que va y viene. El agente mantiene comunicación constante, vía celular. Los jóvenes, después del recorrido del agente, corren tras él, unos para golpearlo y otros, para protegerlo. El agente recibe unos golpes que lo hacen caer y sangrar. Varios de los encapuchados, anarquistas de seguro, tratan de impedir que lo sigan golpeando. Logran controlar la situación, después de unos minutos. Aun así el agente, momentos después, mostrara su coraje y rencor sobre los jóvenes. Aquí la pregunta que cabe: ¿el agente pretendía provocar a los manifestantes o sólo fueron actos imprudentes los que realizó?

Minutos más tarde, llega a Palacio una camioneta blanca. ¿Quién vendrá en su interior?[1] De repente salen alrededor de 30 soldados, convertidos en antimotines, sonando sus escudos para asustar a los jóvenes rebeldes. Cumplen con su objetivo. Su misión es cubrir la puerta principal, a cual llegan rápidamente. Momentos después aparecen unos 50 personajes de negro pero sin protección: son policías federales. En un primer momento son ubicados para cubrir la otra puerta de Palacio. Después, el personaje X, les da la orden de colocarse en fila sobre todo el frente de Palacio. Unos dos o tres federales vienen con cadenas, tratando de asustar. Al momento son recibidos con piedras y unos cuantos petardos. El enfrentamiento dura unos minutos.

En la esquina se preparan tres comandantes de la policía del df esperando la llegada de sus respectivos granaderos.[2] En unos minutos aparecen al fondo de la calle los policías. Los comandantes señalan rápidamente a quiénes van a detener. Van con el primero: lo detienen, lo tiran y lo golpean. El joven o niño que, momentos antes participó activamente en el asedio a Palacio, cae noqueado por los golpes. A unos cuantos metros, los de la policía federal detienen a otros dos. El niño es abandonado a su suerte: se encuentra inconsciente. Una señora, de unos 45 años, sufre una crisis epiléptica. Casi media hora después llegarán las ambulancias que los atenderán. Los policías federales realizan dos detenciones más, de entre las personas que se acercan a observar a los heridos de la batalla. Los reporteros y observadores toman sus datos y los fotografían para conocer la identidad de los detenidos. Los federales suben a dos camiones; los detenidos son subidos a las patrullas de la policía metropolitana.

Así acabamos el recorrido de esta marcha tan caótica, en su parte final. Muchos que participaban solidariamente en las marchas se retiraran por miedo, temor o terror y otros empezaran a criticar las últimas acciones de los encapuchados. Al parecer, este es el máximo clímax que pudo alcanzar el movimiento en solidaridad a los estudiantes de Iguala, y poco a poco se replegará las fuerzas de apoyo. Podemos deducir que, en tres semanas, se difumina completamente el movimiento, o sólo que, nuevos eventos relancen el accionar colectivo.

[1] Contamos con fotografía del personaje en cuestión.

[2] Contamos con las fotos de reconocimiento.

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Arteleaks

Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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