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Artistas en Nueva York por el derecho a filmar actividades policiales

Jóvenes artistas pintan murales con las actvidades policiales contra sus barrios y exigen respeto al derecho de filmar las detenciones

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Un mural en Bushwik, Nueva York, busca crear conciencia sobre los derechos de sus habitantes a la hora de tratar con la policía. Crédito: Kim-Jenna Jurriaans/IPS

Un mural en Bushwik, Nueva York, busca crear conciencia sobre los derechos de sus habitantes a la hora de tratar con la policía. Crédito: Kim-Jenna Jurriaans/IPS

Por Kim-Jenna Jurriaans

NUEVA YORK, NY (IPS).- Un colorido mural ocupa una fachada entera de un edificio de tres pisos en la esquina de la avenida Gates e Irving, en el barrio neyororquino de Bushwick, en Brooklyn. En él se ve a un grupo de jóvenes filmando un arresto con sus celulares.

Encima, una leyenda dice: “Tú tienes el derecho a mirar y a filmar las actividades policiales”.

“Pintamos este mural para informar a la gente de sus derechos”, dice Justin Serrano, de 19 años, quien creció en esta comunidad de origen predominantemente latinoamericano, donde alrededor de un tercio de los hogares son pobres.

El muro, pintado por jóvenes de Make the Road New York, una organización no gubernamental que intenta empoderar a la juventud de comunidades trabajadoras de toda la ciudad, refleja la presencia dominante que tiene la policía en las vidas de este sector de la población de Bushwick. También permite comprender su relación con el Departamento de Policía de Nueva York (DPNY).

Para los jóvenes que crecen en comunidades de inmigrantes como la de Bushwick, esa relación estuvo marcada en la última década por la persistente política de parar, interrogar y cachear.

Esta política de parada y cacheo (“stop and frisk”), como le llama la gente, permite a los agentes actuar ante personas que despiertan sospechas razonables de estar involucradas en alguna actividad delictiva. Es una táctica básica de la “tolerencia cero” que Nueva York aplica, y se ha vuelto el “modus operandi” de las gestiones de los últimos dos alcaldes.

El actual alcalde Michael Bloomberg y el comisionado policial, Ray Kelly, atribuyen a esta política la reducción de los delitos violentos en toda la ciudad y el haber sacado 8.000 armas de las calles.

Pero expertos en justicia penal y defensores de las libertades civiles cuestionan desde hace tiempo la efectividad de esta política y que el DPNY la aplique especialmente en las comunidades pobres de inmigrantes y de negros.

Datos del DPNY muestran que, entre 2003 y 2012, la policía paró y cacheó a casi cinco millones de personas. En aproximadamente 88 por ciento de los casos, la persona era negra o latinoamericana. Y en 90 por ciento, la policía no pudo demostrar ningún delito. Solo el año pasado, se paró y se cacheó casi 400.000 veces a negros y latinoamericanos.

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Aunque la cantidad de personas interceptadas en las calles se disparó en los últimos años, la incautación de armas se mantuvo persistentemente baja a lo largo de la década, y solo se dio en menos de uno por ciento de las detenciones.

Pero se avizoran cambios con las dos victorias históricas que se anotaron en agosto los defensores de la reforma policial en Nueva York, a pesar de que millones de detenciones de personas inocentes han dejado daños colaterales, insisten trabajadores comunitarios y juristas.

El explosivo aumento de la parada y el cacheo a hombres jóvenes no anglosajones preocupa por el impacto que puede tener en generaciones que crecen excesivamente controladas por la policía, según el investigador Brett Stoudt, profesor de psicología en la Facultad John Jay de Justicia Penal y el Centro de Graduados de la City University of New York.

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Entre 2008 y 2009, los jóvenes de 14 a 21 años representaron un tercio de las paradas y cacheos, pese a constituir apenas la décima parte de la población de la ciudad, revela uno de sus estudios.

Las reiteradas detenciones policiales sin motivo tienen un efecto desmoralizador en los jóvenes, dice Stoudt.

La enorme persistencia de esas medidas en ciertos barrios también crea un “entorno cíclico”, que incrementa las posibilidades de que los jóvenes de esas comunidades queden atrapados en el sistema penal “por un motivo u otro”, según Stoudt, coautor del informe “Stop, Question and Frisk Policing Practices in New York City” (Prácticas de parada, interrogatorio y cacheo en la ciudad de Nueva York).

Por ejemplo, “en una parada, el agente puede hallar una pequeña cantidad de marihuana. O (el joven en cuestión) puede asustarse y salir corriendo”, explica.

A Serrano la policía ya lo paró en la calle más de 20 veces. “Me hace sentir como si no fuera humano”, afirma. En una ocasión, se dirigía a toda prisa a su casa para llevarle medicinas a su madre y terminó en la comisaría.

En Nueva York, las experiencias de los jóvenes con la policía no se limitan a las calles, se extienden a escuelas y edificios de viviendas, donde el DPNY puede hacer presencia legal.

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Esta vigilancia de todos los aspectos de la vida cotidiana puede alterar notablemente la conducta personal y llevar por ejemplo a que uno evite pedir ayuda a la policía cuando la necesita, explica Stoudt.

Sentado en un banco de un parque de juegos, Serrano deja de comer su helado por un momento para aconsejar a dos amigos más jóvenes que se suben a sus bicicletas BMX.

“Tienen que dejar las bicicletas”, les dice. “Desde que empecé a usar mi skate (patineta) me detuvieron mucho menos”.

Serrano también dejó de pasear por su vecindario. Ahora se reúne con sus amigos en un sector gentrificado de un barrio cercano, donde la policía no los molesta.

En el barrio de Flatbush, en Brooklyn, pocos kilómetros al sur de Bushwick, Keron Gray evita estar afuera con sus “ruidosos amigos” y se mantiene lejos de rutas donde es más probable que lo detengan.

“Es indignante. Cuando estás de compras en la Quinta Avenida (de Manhattan) eso no ocurre”, dice Gray.

Funcionarios de la ciudad defienden desde hace tiempo la parada y el cacheo argumentando que en ciertos vecindarios hay mayor prevalencia de delitos violentos.

En una decisión histórica, la jueza Shira Scheindlin rechazó el 12 de agosto ese argumento y estableció que la parada y el cacheo del DPNY crean “una política de elaboración indirecta de perfiles raciales” que viola los derechos constitucionales de quienes no son blancos.

Scheindlin ordenó un proceso drástico de reforma

A fines de agosto, el Concejo de la Ciudad de Nueva York anuló un veto del alcalde y aprobó dos proyectos que establecen el control independiente de las políticas del DPNY y amplían los recursos legales contra los perfiles delictivos basados en criterios tendenciosos.

El DPNY no respondió a la solicitud de entrevista de IPS. Pero el alcalde Bloomberg, que apeló el fallo judicial, advirtió que ambas decisiones limitarán el trabajo de la policía y tendrán como consecuencia que vuelvan a aumentar los delitos violentos.

Pero entre los hechos de agosto y la investidura de un nuevo alcalde en 2014, parece inevitable una reforma de la mayor fuerza policial de Estados Unidos.

Para Serrano, parte del daño es irreparable. “La primera vez que me detuvieron, yo estaba con mi hermano menor… Hasta el día de hoy me ve diferente, como si fuera un delincuente”.

 

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Rosario Ferré, un cuento de venganza sobrenatural

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Por Alberto Farfán 

Odio, venganza y un halo sobrenatural se conjugan de manera magistral en esta breve pieza literaria de altos vuelos, que necesariamente nos llevan a pensar en la inolvidable arista de carácter clave de la novela El nombre de la rosa de Umberto Eco (1980) y de ciertas piezas de Edgar Allan Poe y William Faulkner.

Rosario Ferré Ramírez de Arellano (1938-2016) fue una mujer que nació en Ponce, Puerto Rico, que a una edad temprana, trece años, se trasladó a Wellesley, Massachusetts, para estudiar su Educación media básica en la Dana Hall School y posteriormente ingresó en el Manhattanville College en donde obtuvo el Bachelor of Arts en inglés y francés. Todo ello ─hay que decirlo─ gracias a pertenecer a una de las familias más adineradas de su país, pues incluso su progenitor fue gobernador entre 1968 y 1972 de este territorio usurpado por el imperio yanqui.

Ferré retorna a su país en 1970, obteniendo una maestría en Español y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Puerto Rico y un doctorado en la Universidad de Maryland. Fue profesora invitada en diversas universidades norteamericanas de alto prestigio y además empezó a obtener importantes galardones nacionales e internacionales por su obra escrita, la cual iniciara desde el año en que regresara a su tierra natal, desarrollándose en diversos géneros, algunos de los cuales serían: narrativa, poesía, ensayo, crítica literaria, crónica periodística y literatura infantil.

Autora realmente prolífica nos legó más de una docena de obras de gran relevancia y el carácter trascendental de éstas se podría constatar en el hecho de haber sido traducida en idiomas como el inglés, el italiano, el alemán y el checo. De entre las que destacarían las novelas Maldito amor y La batalla de las vírgenes, el poemario Fábulas de la garza desangrada, el libro de cuentos Papeles de Pandora y los volúmenes de ensayo Sitio a Eros, El coloquio de las perras y El árbol y sus sombras. Y por supuesto su indiscutible libro sobre cuento y poesía Las dos venecias (1992) del cual comentaremos uno de sus textos.

Acaso su mejor pieza corta, “El cuento envenenado” se constituiría en su más idónea y plausible carta de presentación, por ser un texto representativo de su obra que no hace más que confirmando su indiscutible oficio literario. Una sola prueba, es cierto; pero que ha sido una de sus historias más antologadas y reconocidas.

“El cuento envenenado” es una historia en que Ferré utiliza el paralelismo narrativo. Por un lado, un narrador omnisciente refiere con detalle los diversos sucesos, conflictos y agresiones que viven la joven protagonista y su padre con la nueva esposa de éste. Y por el otro, aparecerá la voz que cuestiona la veracidad de los hechos relatados, la parcialidad que afecta a la hoy madrastra; será ésta quien intervenga acotando, negando la verdad.

El objetivo fundamental a que obedece esta estructura se localiza en el interés de nuestra autora por crear una atmósfera de misterio de índole sobrenatural. En el velorio del marido, la ya viuda dará inicio a la  lectura de un cuento que perteneció al libro que éste le obsequiara a su hija. Relato que poderosamente la subyuga porque en él se habla de su vida con su esposo e hijastra, cual imágenes cinematográficas se develará la genuina realidad de víctimas que padecieran ambos consanguíneos, pero a su vez inevitablemente se observará el odio de la madrastra y sus acciones en contra de ellos.

Así, conforme la mujer lee nos enteramos paulatinamente de los agrios acontecimientos que giraron en torno a la muerte del marido. Al mismo tiempo que de la serie de notas al margen que ella apunta increpando al anónimo autor, pues no admite ser puesta en tela de juicio. Pero al ir avanzando empezará a experimentar tenues malestares y desfallecimientos. Toda vez que cambia de página debe ensalivar sus dedos y un extraño sabor la invade.

No obstante sigue leyendo, continúa pasando página a página, y acaso por ello la intransigente e insensible mujer jamás culmina su lectura. Nunca se entera del final, de cómo se explica y describe su propia muerte. Su avaricia, prepotencia y ofuscación le impidieron advertir sobre la posible venganza ultraterrena que fraguaba la fallecida esposa, insinuada en el mortal cuento que leía.

Conseguir la tensión necesaria y el efecto sorpresivo con recursos narrativos como los empleados, nos demostrarían la calidad literaria del oficio de la puertorriqueña Rosario Ferré en “El cuento envenenado”, validando de manera incuestionable la atmósfera sobrenatural que lo nutre y lo circunda, sobrecogiendo al lector, intimidándolo.

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La banalización del lenguaje neofeminista sobre asesinos seriales en México: el caso de Atizapán

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Por Alberto Farfán

Siempre ha sido tema de discusión la forma en que algunos medios de comunicación, sobre todo impresos, tratan las noticias relativas a asesinatos. Y son los medios amarillistas los que en general resaltan por el uso de palabras viciadas para adjetivar o describir dichos crímenes, con el objetivo de generar mayor morbosidad entre sus lectores y con ello obtener un mayor número de ventas.

En la actualidad, se dice que no se debe estigmatizar a un posible delincuente con adjetivos que vulneren su integridad y derechos humanos. Además de que en todo momento se incluirá la grafía “presunto”, pues sólo existe la suposición de que cometió algún delito que le ha sido imputado, pero que aún no se le ha comprobado jurídicamente.

Curiosamente, a nuestro juicio, dicha visión no guarda relación con el discurso de las neofeministas, aquellas que predican la doctrina de género de forma radical e intransigente, cuyo soporte apela siempre al lenguaje, tanto en la esfera morfológica, así como en el plano semántico.

A este respecto (siguiendo a Reporte Índigo en su web), consideremos el caso del presunto asesino serial de mujeres de Atizapán de Zaragoza del Estado de México, Andrés “N”, de 72 años, originario de Oaxaca y miembro activo del equipo de campaña del candidato a la presidencia municipal de la entidad por parte de la coalición Vamos por el Estado de México (PRI, PAN y PRD), quien fue detenido en días pasados por el presumible asesinato de Reyna, cuyo cadáver fue encontrado en su domicilio al momento de la intervención de la policía, sujeto que al parecer al ser asegurado por la autoridad ministerial confesó haber acabado con la vida de más de 30 mujeres durante los últimos 20 años.

Denominado por los medios como el “Monstruo de Atizapán”, las neofeministas de un grupo de Twitter han puesto de manifiesto que no se debe utilizar el concepto de “monstruo” para designar a Andrés “N”, pues según ellas: “Andrés Mendoza no es un monstruo, dicho por quienes lo conocen, es un hombre ‘bastante normal’, y en un país con 12 feminicidios diarios sí lo es. No es un monstruo, es un hombre que odia a las mujeres y que por 20 años las estuvo asesinando en completa impunidad”.

Así las cosas, añade Marisol Calva, secretaria de la Comisión de Redes Sociales de Movimiento Ciudadano (adversario de Vamos por el Estado de México), quien afirma a los medios: “No son los monstruos deshumanizados. Son hombres con vidas normales que son vecinos, colaboradores, amigos y hasta militantes de partidos. Es lo más peligroso de todo, están entre nosotros, asesinando mujeres como deporte. Aquí un feminicida serial”.

En síntesis, para estas neofeministas si a los asesinos seriales se les cataloga como “monstruos”, no se les estigmatiza, sino más bien se les deshumaniza, restándoles responsabilidad en sus crímenes, pues no son personajes de ficción o algo parecido; al contrario, son hombres que odian a las mujeres y las asesinan por deporte: feminicidas seriales y punto.

Como bien se observa, la trivialización del hecho que comentamos se inicia cuando estas neofeministas se aferran a su esgrima verbal ideológica de que hablábamos, para ponerla, en última instancia, al nivel de la gravedad de los feminicidios en sí. Pues debido a su intransigencia se les olvidó revisar en principio cuál es el significado de “monstruo” para la Real Academia de la Lengua Española. Y aunque de las siete acepciones sólo una habla de un ser fantástico, todas las demás se sintetizan en la siguiente: “Persona muy cruel y perversa”.

En conclusión, partir de una cuestión semántica retorcida, hablar de “deporte” sin decoro alguno y evitar el vocablo “presunto” a la aseveración “feminicida serial”, no es más que banalizar los supuestos crímenes de Andrés “N”, degradando la importancia de las muertes aún no comprobadas jurídicamente de las mujeres víctimas de este sujeto. Tanto es así, que este texto ─como otros más ya publicados─ también se centró en el lenguaje que invisibiliza los feminicidios. Pero conscientemente lo he redactado de esta forma para poner en evidencia al neofeminismo que nada aporta en nuestros días.

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Censura en la era de la estupidez: el caso de Charles M. Blow

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Por Alberto Farfán

Todo pareciera indicar que estamos viviendo bajo el manto de la era de la estupidez. Basta con observar que frente al importante margen de libertad en que nos vemos inmersos nos comportamos de manera peculiar –por decirlo de una manera menos drástica–, pues esa misma libertad la utilizamos para censurar, prohibir, cancelar, eliminar aquello que se considera políticamente incorrecto.

En los últimos días a través de los medios de comunicación hemos podido conocer que incluso las caricaturas que todos hemos visto alguna vez van a ser objeto de censura porque afectan supuestamente a las nuevas perspectivas de integración y/o cohesión social.

Así, Pepe Le Pew, Speedy Gonzales, The Flintstones, Pucca, Betty Boop, Johnny Bravo, entre otros dibujos animados, han sido puestos en tela de juicio tanto por la industria del entretenimiento como por diversas voces, pero sobre todo por los ya inevitables usuarios de redes sociales, siendo ellos una parte importante de la llamada generación de cristal, pues todo les molesta. Considerando por lo tanto que deben suprimirse por completo tales cartoons.

Es conveniente agregar que esta polémica se debe al columnista de The New York Times, Charles M. Blow, quien escribió, entre otras cosas, que a su parecer el actuar del personaje Pepe Le Pew contribuye a la “cultura de la violación”. Recordemos que Pepe Le Pew es un zorrillo con muy mal olor, quien se encuentra enamorado de Penélope, que es una gatita de color negro, que accidentalmente le cayó pintura blanca en su lomo, dándole apariencia de un zorrillo. Ella lo rechaza una y otra vez tanto por su olor como porque no son de la misma especie. Pero él como buen enamorado insistirá siempre en conquistarla. ¿Realmente esto nos llevaría a cometer una violación? Yo no lo creo.

A su vez, Blow asevera que la caricatura del ratón Speedy Gonzales fomenta los pensamientos racistas sobre los mexicanos. A este respecto, conviene evocar que las aventuras del “ratón más veloz de todo México” consistían en enfrentar a sus némesis, el gato Silvestre y el pato Lucas, pues ellos agredían a los demás ratones y Speedy intervenía exitosamente para salvarlos. Si bien este dibujo animado se encuentra estructurado con ciertos estereotipos, ¿el que un ratón siempre gane la batalla nos conduce al racismo?

Desafortunadamente el columnista nunca ofrece elementos de juicio objetivos para sustentar sus tesis y con ello poder responder punto a punto a su postura. De modo que, por consiguiente, cualquiera puede afirmar lo mismo que él. Todo en aras de la corrección  política. ¿Pero quién le concedió a este tipo de periodistas el carácter de juez, jurado y verdugo para decidir sobre lo que es “políticamente correcto” para todos?

Peor aún, he notado que estos personajes que se constituyen en el nuevo Santo Oficio del siglo XXI suelen caer en una especie de doble moral, pues lo que les llamó la atención desde una óptica totalmente subjetiva lo critican y piden su censura, pero cuando se trata de otras expresiones “artísticas” evidentemente objetables no dicen nada.

Como por ejemplo –aclarando que el que esto escribe no es un mojigato–, el baile que llaman los jóvenes “perreo”, en el cual las mujeres se frotan a los varones en posición cánida simulando tener relaciones sexuales. Otro ejemplo, las letras de las canciones del género reguetón, en donde el afán de obtener un coito es explícito, empleando un lenguaje totalmente soez.

De este modo, tenemos a los miembros de la corrección política de doble moral y por otro lado a los jóvenes de la generación de cristal, los cuales en círculo vicioso se conjugan y alimentan unos con otros, fomentando lo que nos indica la Real Academia Española respecto a la estupidez: “Torpeza notable en comprender las cosas”.

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