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Antonio Rosales Flores, el héroe de Culiacán

Antonio Rosales, uno de los héroes de Culiacán que enfrentaron al enemigo en territorio mexicano, con una destacada trayectoria de dignidad

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Antonio Rosales, el héroe, pintado por Rina Cuéllar

Antonio Rosales, el héroe, pintado por Rina Cuéllar

El 22 de diciembre de 2014 se conmemora el 150 Aniversario de la Heroica Batalla de San Pedro, cuando los “muchachos de Culiacán” derrotaron al ejército francés, considerado el mejor del mundo.

Por Miguel Alonso Rivera Bojórquez *

Cabalgaba con decisión y valor, en silencio, con expresión severa, al frente de sus hombres. Sigiloso, astuto y agazapado, en ocasiones entre los caminos de agrestes matorrales, siempre esperando el momento oportuno para actuar y, cuando por fin estaba ante el peligro, surgía su explosiva personalidad, que iba de arrebatos casi suicidas ante el enemigo, con ira y crueldad, a una asombrosa sangre fría, en situaciones extremas.

Sin embargo, era de exterior modesto: enjuto de carnes, rígidos músculos, de una estatura mediana, de ojos claros y serenos, bigote negro y poblado, oscuro y lacio el cabello, las cejas juntas y espesas, velludo hasta en las manos, el pecho un tanto hundido, angostas y arqueadas las espaldas, de hablar pausado y discreto.

Fue poeta, periodista y escritor, pensador, liberal e idealista, patriota, misericordioso con el enemigo vencido, pero bravo y guerrero implacable en el campo de batalla.

Habían pasado diez meses desde que José Antonio Abundio de Jesús Rosales Flores, mejor conocido en la épica sinaloense como Antonio Rosales -parafraseando al poeta Juan de Dios Peza-  inspirara recelo, por ser un desconocido para todos. Y al preguntarle su partido y sus proyectos respondió: “Mi partido lo ignoro, pues no tengo. Yo no defiendo personas sino a la patria y al pueblo, y mi proyecto se cifra en lograr de mi Gobierno, que al batir a los franceses, a mí me mande primero”.

Rosales no era un hombre común. Joven apasionado, republicano, político. Hoy es el personaje vivo, en la memoria de la historia, a casi dos siglos de su nacimiento.

Homenaje al héroe de Culiacán. Foto: Ernesto Alonso López Uriarte

Homenaje al héroe de Culiacán. Foto: Ernesto Alonso López Uriarte

Ignacio Ramírez “El Nigromante”, en sus cartas a Guillermo Prieto en febrero de 1865, escribió:

“Rosales, aquel Rosales de quien te he hablado tantas veces, acaba de dar una zurra a los franceses, que llegaban más bombásticos (engreídos) y más faroleros que nunca.

Lo curioso, lo más curioso de todo, es que después de la batalla (de San Pedro) entraron a Culiacán más prisioneros que vencedores. Me parece que no ha habido en el mundo muchas refriegas así.

Un zuavo quiso besar la mano de Rosales y el héroe se rehusó diciéndole: ¡Quite usted! En mi país no se acostumbra besar la mano de los hombres”.

(Zuavo es el nombre que se dio a ciertos regimientos de infantería del ejército francés a partir de la década de 1830.)

Uno de los máximos honores que se le confirieron a Rosales, poco después de su muerte, fue que el Congreso del Estado de Sinaloa, en el año de 1872, le adjudicara su apellido al naciente colegio de instrucción secundaria denominándolo “Liceo Rosales”, inaugurado por Eustaquio Buelna, antecedente histórico de la Universidad Autónoma de Sinaloa, también llamada por tal motivo “casa rosalina”.

“Antonio Rosales Flores, El Héroe” es la última obra de Gilberto J. López Alanís, director del Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa, en coordinación con La Crónica de Sinaloa, A.C. y el Instituto Municipal de Cultura. Sale a la luz como la primera entrega de la colección editorial Culiacán, Ciudad Heroica, en el marco del 150 Aniversario de la Batalla de San Pedro, a celebrarse el 22 de diciembre de 2014. El libro me lo obsequió Gilberto, en un encuentro fortuito, precisamente por la Avenida Rosales, y de su valioso contenido comparto estas líneas.

El antropólogo e historiador Joel Isaías Barraza Verduzco, Director de Patrimonio Cultural del Instituto Sinaloense de Cultura, destaca en su Proemio, las hazañas de un hombre ilustre y las virtudes del legendario personaje, protagonista de epopeyas que dieron gloria a Sinaloa y a las armas nacionales.

El insigne poeta Jesús G. Andrade, en el año de 1900, ofreció un poema a Rosales, personaje inmortalizado en plazas públicas, monumentos, calles, escuelas, obeliscos y murales:

“¡Nadie podrá olvidarte! Te inmortaliza el Arte para que siempre te bendiga el hombre: un templo del saber toma tu nombre, tu figura en cincel el bronce labra, te presta sus colores la paleta, la música te canta, y el poeta te apostrofa, con épica palabra, duerme, titán, que tu memoria vuela de gente en gente, con eterna vida; duerme, titán, en tu sepulcro vela la imagen de la Patria redimida.”

Fotografía editada de Rosales.

Fotografía editada de Rosales.

La sombría desnudez del alma de Rosales, el poeta rebelde

José Antonio Abundio de Jesús nació el 11 de julio de 1822, en un “lugar de flores”, que tal es el significado del pueblo de Juchipila, Zacatecas, donde sus pobladores naturales eran los chichimecas antes de la llegada de los españoles.

Hijo de don Apolonio Rosales y doña Vicenta Flores. Abuelos paternos: don Justo Rosales y doña Josefa Serrano; abuelos maternos: don Nicolás Flores Alatorre y doña Josefa Carrillo, padrinos don Pablo Núñez y doña Teodosia Flores Alatorre.

Antonio Rosales, formado en esta familia de buenos recursos, estudió en el Seminario Conciliar de San José de Guadalajara separándose de la institución por la rebeldía juvenil que no pudo contener.

Sus convicciones patrióticas lo llevaron a combatir en contra de los invasores norteamericanos en Monterrey, como miembro de la Guardia Nacional en 1847, como simple soldado. Esta participación lo marcó de por vida y lo identificó en el ideal liberal de su tiempo.

Por su posterior participación política, sabemos que Rosales fue un hombre de fuerte personalidad, determinación y recio carácter. No era un hombre de sentimientos a medias. “En 1851 -narran sus contemporáneos Hijar y Vìgil-, Rosales publicó un pequeño periódico intitulado El Cantarito, en que hacía una guerra sin cuartel al partido moderado que entonces se hallaba en el poder; esto le valió algunas persecuciones; fue preso en un cuartel y de allí salió para Sinaloa, en donde emprendió la carrera militar”. Estos autores califican su situación emocional a esa edad – 29 años, que para ese tiempo era más de media vida-, la “sombría desnudez de su alma”, y citan el poema donde Rosales, en la Aurora Poética de Jalisco, dice:

“¿Quién es Dios? “¿Quién es Dios? ¿Su excelsa lumbre/Plugo velar a míseros humanos,/Y en el alto solio e inaccesible cumbre/Ve con desprecio la obra de sus manos?”

(Plugo es la tercera persona de singular del pretérito perfecto simple de placer, que denota el agrado o el gusto por algo, y solio se refiere al trono con dosel, refiriéndose al reino de Dios).

Antonio Nakayama, en “Juárez. Rumbo y Señal de Sinaloa” narra que Rosales cumplió misión diplomática con Plácido Vega al rescatar la goleta Reforma, del gobierno de Sinaloa en 1860 en poder de marinos norteamericanos, exhibiendo una determinación que maravilló al “Nigromante”. “Nigromante” era el pseudónimo del periodista e ideólogo liberal Ignacio Ramírez, reconocido masón ateo oriundo de Guanajuato. Nigromante es aquél que practica la adivinación a través de los muertos, su pseudónimo era una ironía de algo en lo que no creía Ignacio Ramírez, quien manifestó su admiración por Antonio Rosales.

Rosales fue redactor del Periódico Oficial y alcanzó la Secretaría General de Gobierno para después ser Gobernador del Estado, al que le entregó la mayor victoria lograda por un gobernante local, en la famosa Batalla de San Pedro, alcanzada con la participación de los “muchachos” de Culiacán.

Rosales había hecho un pronunciamiento público donde agradeció la nominación alcanzada como gobernador, el 20 de octubre de 1864: “Tomaré para la guerra los recursos estrictamente necesarios sin entrabar en nada el movimiento industrial y mercantil; y para tener soldados, no forzaré a nadie a ser patriota y héroe contra su voluntad; sino que apelaré a los que espontáneamente sientan brotar en su alma aspiraciones nobles y elevadas. El patriotismo no se desarrolla a latigazos, sino que se provoca dando ejemplos de probidad y de abnegación en los puestos públicos, y de arrojo y valentía en el campo de batalla”.

La decisión de Rosales, Gobernador y Comandante Militar del Estado de Sinaloa, de enfrentar a los franceses, tuvo una circunstancia alentadora ya que meses antes, el 26 de marzo de 1864, la corbeta de guerra francesa Cordelliere fue derrotada en Mazatlán. Corona y Rosales habían decidido no enfrentar a los franceses en Mazatlán. Con tácticas de guerrilla, Rosales enfrentó a las fuerzas intervencionistas desde el sur. De esos episodios se recuerdan los tres incendios que sufrió Escuinapa por las fuerzas del imperio de Maximiliano I.

El primero en quemar Escuinapa fue El Tigre de Alica y después los franceses, durante su retirada. Antonio Rosales se impuso con 300 hombres al fiero ataque de 2500 indígenas bajo el mando de Manuel Lozada “El Tigre de Alica” que, enloquecido, ordenó incendiar la población. ¿Podía el coronel Rosales quedar menos ante los hechos de los aguerridos soldados que enfrentaron La Cordelliere en Mazatlán? Por supuesto que no: Los franceses habían desembarcado en el puerto de Altata, y fueron derrotados por Antonio Rosales, el 22 de diciembre de 1864, cuando nuestro héroe tenía 42 años de edad. El ejército francés, profesional y superior en número y recursos, considerado el mejor del mundo en ese tiempo, fue derrotado por un batallón de voluntarios patriotas.

Álamos, su sepulcro al morir en combate contra los franceses

Después de la sangrienta batalla de San Pedro, la actividad del Dr. Ignacio Praslow y las damas que atendieron a los heridos en la Casa de Moneda de Culiacán, habilitada como Hospital Militar, se prolongó hasta principios de 1865.

Un fragmento del comunicado que escribió Rosales al siguiente día de la batalla al Ministro de Guerra y Marina de la República, decía:

“La brigada de Sinaloa, compuesta de poco menos de 400 hombres a mi inmediato mando, batió y derrotó a un cuerpo de 500 hombres, franceses y mexicanos intervencionistas. Después de dos horas de combate sangriento, se obtuvo por la tropa de mi mando, el aprisionamiento de 98 franceses y argelinos (Legión Extranjera), y casi el doble número de intervencionistas”.

El 9 de enero de 1865, el presidente Benito Juárez le escribió al Gral. José María Patoni:

“… quedé impuesto con suma satisfacción del importante triunfo que alcanzaron nuestras fuerzas sobre los franceses y los traidores … Por el mérito distinguido que ha adquirido el coronel Rosales rindiendo al invasor extranjero en defensa de la independencia nacional, le he conferido el ascenso de General de Brigada del Ejército de la República”.

Antonio Rosales murió, el 24 de septiembre de 1865, en la Batalla de Álamos, durante la Segunda Intervención Francesa en México. El General Rosales falleció en el fragor de la batalla, defendiendo a la población que era atacada por milicianos yaquis, coras y mayos.

Ignacio Zaragoza murió a los 33 años de fiebre tifoidea, fatigado y enfermo por la campaña militar, cuatro meses después de la Batalla de Puebla del 5 de mayo de 1862, en cambio, Antonio Rosales, nuestro héroe, murió en combate a los 43 años de edad.

Arrojado en la pelea, existe la versión no confirmada sobre su trágico final: que desfalleciente por la hemorragia de una herida, la vista y el pulso pudieron haberlo traicionado al disparar al enemigo, muriendo bajo los golpes de un indígena.

Sus restos reposaron en Álamos hasta 1923 cuando fueron trasladados a la Rotonda de las Personas Ilustres en la Ciudad de México. Sin embargo, en el panteón de Álamos aún se conserva el obelisco original de su sepulcro.

Así concluye el libro de Gilberto López Alanís, que presentará el viernes 26 de septiembre, en el Modular Inés Arredondo:

“El general Antonio Rosales se enfiló hacia el norte, llegó hasta el Real de Álamos y al tratar de luchar por la plaza, una intensa luz se filtró entre las torres de la Parroquia de la Purísima Concepción, para cegarlo por siempre; desde entonces, la profecía nigromántica traspasó el tiempo, quedando en el alma del pueblo”.

* Periodista miembro de La Crónica de Sinaloa, A.C.

 E-mail: correo@miguelalonsorivera.com

Twitter: Miguel_A_Rivera

Facebook: miguelalonsorb

Fotografías editadas por Ernesto Alonso López Uriarte.

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El recuerdo de Ignacio Grajeda Bounette, autor de ‘Sabor de engaño’

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Los músicos de la vieja foto en blanco y negro

Por Miguel Alonso Rivera Bojórquez

Hay fotografías que te mueven a la curiosidad y a tratar de rememorar, pero es difícil cuando se trata de un pasado desconocido que se nos fue. Mis recuerdos de Ignacio Grajeda Sánchez no pueden ser más entrañables, cuando cantábamos o filosofábamos sobre la vida. Un hombre siempre alegre, todo amor y dedicado a su familia.

Recientemente llegó a mis manos una fotografía de él cuando era joven. La imagen me fue enviada después de escribir una anécdota tras el primer natalicio luego de su partida. Al ver la imagen color sepia me pareció un emblemático fragmento de su vida y me despertó la añoranza de las veces que trabajamos juntos en los arreglos musicales de mis composiciones.

Sin duda, existen músicos maravillosos que con su obra hacen del mundo algo mejor.

El compositor Ignacio Grajeda Bounette, autor auténtico de la canción “Sabor de engaño”, aparece sentado al centro en esa vieja fotografía en blanco y negro con tonalidades sepias que nos hizo llegar José Melchor Óscar Ávila.

Melchor fue mi compañero de generación en la licenciatura en Periodismo y es primera voz y director del Cuarteto San Miguel. Es además autor del libro “Sinaloa, tierra de compositores y artistas; un viaje por su geografía e historia”.

Las personas que aparecen en esta fotografía eran los integrantes de la pequeña banda orquesta “Jambao” que tocaba en el callejón número 5 con Socorro, en el centro de Eldorado, sindicatura de Culiacán, Sinaloa.

El primero de izquierda a derecha es Ignacio Grajeda Sánchez, hijo de Ignacio Grajeda Bounette. En esa época tocaba la trompeta y los teclados. Ignacio padre e hijo eran músicos extraordinarios y ambos grandes saxofonistas.

“La persona que está al costado de mi papi era su compadre, pero solo sé que le dicen ‘Talo’. Creo que se llama Natalio”, dijo Lídice Grajeda. Natalio, el baterista del grupo, es el segundo de izquierda a derecha.

Al centro, el tercero de izquierda a derecha, Ignacio Grajeda Bounette era el director de la orquesta “Jambao” y tocaba el saxofón. El cuarto de izquierda a derecha es Benito López, quien tocaba el requinto y la guitarra. El quinto de izquierda a derecha es Daniel López, quien tocaba el bajo eléctrico. Benito y Daniel son hermanos.

Daniel López, compadre de Ignacio Grajeda Sánchez, es padrino de Lídice Grajeda Brito quien se refiere a él con cariño. “Daniel López, aparece en la fotografía a la orilla contraria a la de mi papi, con quien compartió muchas aventuras y la pasión por la música. Él tiene muchísimas historias que contar”, comentó.

En efecto, Ignacio me presentó a Daniel en la Escuela de Música de Eldorado y cantamos juntos una de mis composiciones acompañados con las notas de su bajo eléctrico. Guardo esa grabación con cariño.

La historia de la música está llena de canciones que fueron firmadas por personas que no son sus verdaderos autores.

Hace poco compartí la historia de esta famosa canción inspiración de Grajeda Bounette que trasciende en su arte, oculto tras su propia melodía registrada por otra persona.

Grajeda Sánchez es autor de la música del “Himno a Cobaes” (1989), cuya letra fue escrita por la maestra Irma Garmendia Bazúa. El reconocimiento a su arte lamentablemente fue póstumo.

Una familia de grandes creadores cuya mágica presencia sigue entre nosotros.

La música no tiene fin y ahora estoy ayudando a registrar sus canciones a Marcos Grajeda, hijo de Ignacio Grajeda Sánchez. Para preparar los materiales soy lento porque necesito muchísimo tiempo y tranquilidad para poder concentrarme. Me gusta estar convencido completamente de que las cosas van en orden y soy muy meticuloso en ese aspecto más cuando se trata de la obra de otro músico magnífico como Marcos Grajeda.

Mucho agradecería a mis lectores sus comentarios y me compartieran más información sobre las personas que aparecen en esta fotografía, incluyendo el nombre completo de Natalio.

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Ernesto Sábato, un autor indispensable en esta era de la estupidez

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Por Alberto Farfán

Considerado como uno de los más relevantes escritores latinoamericanos del siglo XX y, en definitiva, de este nuevo siglo en decadencia, no era posible soslayar la presencia de uno de los últimos libros publicados por Ernesto Sábato, cuya óptica e intensidad literarias oscilarían siempre en pro de la genuina conformación integral del hombre.

Nacido en Argentina (1911-2011), nuestro autor realizó su doctorado en Física y también tomo cursos de Filosofía en la Universidad de La Plata. Más tarde trabajaría en el Laboratorio Curie, en París. Sin embargo, en 1945 se decide por abandonar definitivamente la ciencia para dedicarse específicamente a la literatura. Sin olvidar, a su vez, su activismo político y por la defensa de los derechos humanos, pero sobre todo en contra de los crímenes de la dictadura militar en su país.

Dentro de su producción editorial encontramos más de una docena de libros de ensayos que abordan al hombre en la crisis de nuestro tiempo y sobre el sentido de la actividad literaria, siendo los más representativos: El escritor y sus fantasmas (1963), Apologías y rechazos (1979); y desafortunadamente para los amantes de la literatura sólo tres novelas: El túnel (1948), Sobre héroes y tumbas (1961) y Abbadón el exterminador (1974).

No obstante, Antes del fin se configura como un valioso libro porque en él Sábato nos entrega su legado literario y filosófico; su estilo y pasión narrativas, así como su preocupación existencial por el género humano y las posibles alternativas de solución observadas, las cuales habrán de converger a través de la develación propia de ese trayecto vital que le correspondiera transitar hasta su lamentable deceso.

Al plasmar sus memorias dentro de un enfoque novelesco, el escritor argentino permite la comunicación efectiva entre él y sus lectores, particularmente a quienes van dirigidas, los jóvenes; además de reafirmar el vínculo intimista que validará su angustia y pesadumbre reveladas, que derivan de la pérdida de su esposa e hijo, dramática situación que lo marcaría profundamente en sus últimos años de vida.

Sábato nos brinda los momentos más significativos de su trayectoria vital, destacando nombres de personas y lugares importantes para su formación; sin evitar mencionar los conflictos político-ideológicos en que se viera inmerso y las pugnas que tuvo que enfrentar debido a su firme postura en pro del hombre. Cuestionamientos a la desaparecida Unión Soviética, pero también al líder vitalicio Juan Domingo Perón.

Y si bien es cierto que en todo el libro se desprende una atmósfera irrespirable, apocalíptica, que apunta al fracaso de la humanidad, nuestro autor, a manera de testamento, nos ofrece ciertas reflexiones que conviene transcribir. Fundamentalmente si consideramos lo que actualmente vivimos: Corrección política, ideología de género, lenguaje inclusivo, destrucción de paradigmas, revisionismo histórico, hibridismo sexual y cultural, etc. (Generalmente todo ello impulsado por los gobiernos de manera heterodoxa).

Así, nos indica acerca de la ética del que escribe: “El escritor debe ser un testigo insobornable de su tiempo, con coraje para decir la verdad, y levantarse contra todo oficialismo que, enceguecido por sus intereses, pierde de vista la sacralidad de la persona humana. Debe prepararse para asumir lo que la etimología de la palabra testigo le advierte: para el martirologio.” Palabras acaso tanto para literatos como para periodistas, sin duda.

Y con respecto a la novela sustancial, Sábato apunta: “Una novela profunda surge frente a situaciones límite de la existencia, dolorosas encrucijadas en que intuimos la insoslayable presencia de la muerte. En medio de un temblor existencial, la obra es nuestro intento, jamás del todo logrado, por reconquistar la unidad inefable de la vida.” En efecto, cuando hoy por hoy hasta la violencia más atroz se suele banalizar en los medios de comunicación o redes sociales.

Sobre la creación escrita o no en general, sostiene imperturbable: “La mayor nobleza de los hombres es la de levantar su obra en medio de la devastación, sosteniéndola infatigablemente, a medio camino entre el desgarro y la belleza.” Frente a la decadencia en que vivimos nada como levantar esas obras cualesquiera que sean, hasta el límite.

Y después de esta especie de salvación ontológica por medio de la creación a que nos convoca, afirmará dirigiéndose especialmente a los jóvenes (y me temo que también a los adultos): “Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto hayamos perdido.” La congruencia nos definirá.

Con sus memorias Antes del fin, título por demás significativo, todo indica que Ernesto Sábato nos brindaba un adiós para siempre de esta vida, su adiós, no obstante, su evidente inmortalidad literaria ya cristalizada, difícilmente cuestionable. Pero también, lo que debemos llevar a cabo todos en beneficio de la humanidad, antes de su fin.

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Rosario Ferré, un cuento de venganza sobrenatural

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Por Alberto Farfán 

Odio, venganza y un halo sobrenatural se conjugan de manera magistral en esta breve pieza literaria de altos vuelos, que necesariamente nos llevan a pensar en la inolvidable arista de carácter clave de la novela El nombre de la rosa de Umberto Eco (1980) y de ciertas piezas de Edgar Allan Poe y William Faulkner.

Rosario Ferré Ramírez de Arellano (1938-2016) fue una mujer que nació en Ponce, Puerto Rico, que a una edad temprana, trece años, se trasladó a Wellesley, Massachusetts, para estudiar su Educación media básica en la Dana Hall School y posteriormente ingresó en el Manhattanville College en donde obtuvo el Bachelor of Arts en inglés y francés. Todo ello ─hay que decirlo─ gracias a pertenecer a una de las familias más adineradas de su país, pues incluso su progenitor fue gobernador entre 1968 y 1972 de este territorio usurpado por el imperio yanqui.

Ferré retorna a su país en 1970, obteniendo una maestría en Español y Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Puerto Rico y un doctorado en la Universidad de Maryland. Fue profesora invitada en diversas universidades norteamericanas de alto prestigio y además empezó a obtener importantes galardones nacionales e internacionales por su obra escrita, la cual iniciara desde el año en que regresara a su tierra natal, desarrollándose en diversos géneros, algunos de los cuales serían: narrativa, poesía, ensayo, crítica literaria, crónica periodística y literatura infantil.

Autora realmente prolífica nos legó más de una docena de obras de gran relevancia y el carácter trascendental de éstas se podría constatar en el hecho de haber sido traducida en idiomas como el inglés, el italiano, el alemán y el checo. De entre las que destacarían las novelas Maldito amor y La batalla de las vírgenes, el poemario Fábulas de la garza desangrada, el libro de cuentos Papeles de Pandora y los volúmenes de ensayo Sitio a Eros, El coloquio de las perras y El árbol y sus sombras. Y por supuesto su indiscutible libro sobre cuento y poesía Las dos venecias (1992) del cual comentaremos uno de sus textos.

Acaso su mejor pieza corta, “El cuento envenenado” se constituiría en su más idónea y plausible carta de presentación, por ser un texto representativo de su obra que no hace más que confirmando su indiscutible oficio literario. Una sola prueba, es cierto; pero que ha sido una de sus historias más antologadas y reconocidas.

“El cuento envenenado” es una historia en que Ferré utiliza el paralelismo narrativo. Por un lado, un narrador omnisciente refiere con detalle los diversos sucesos, conflictos y agresiones que viven la joven protagonista y su padre con la nueva esposa de éste. Y por el otro, aparecerá la voz que cuestiona la veracidad de los hechos relatados, la parcialidad que afecta a la hoy madrastra; será ésta quien intervenga acotando, negando la verdad.

El objetivo fundamental a que obedece esta estructura se localiza en el interés de nuestra autora por crear una atmósfera de misterio de índole sobrenatural. En el velorio del marido, la ya viuda dará inicio a la  lectura de un cuento que perteneció al libro que éste le obsequiara a su hija. Relato que poderosamente la subyuga porque en él se habla de su vida con su esposo e hijastra, cual imágenes cinematográficas se develará la genuina realidad de víctimas que padecieran ambos consanguíneos, pero a su vez inevitablemente se observará el odio de la madrastra y sus acciones en contra de ellos.

Así, conforme la mujer lee nos enteramos paulatinamente de los agrios acontecimientos que giraron en torno a la muerte del marido. Al mismo tiempo que de la serie de notas al margen que ella apunta increpando al anónimo autor, pues no admite ser puesta en tela de juicio. Pero al ir avanzando empezará a experimentar tenues malestares y desfallecimientos. Toda vez que cambia de página debe ensalivar sus dedos y un extraño sabor la invade.

No obstante sigue leyendo, continúa pasando página a página, y acaso por ello la intransigente e insensible mujer jamás culmina su lectura. Nunca se entera del final, de cómo se explica y describe su propia muerte. Su avaricia, prepotencia y ofuscación le impidieron advertir sobre la posible venganza ultraterrena que fraguaba la fallecida esposa, insinuada en el mortal cuento que leía.

Conseguir la tensión necesaria y el efecto sorpresivo con recursos narrativos como los empleados, nos demostrarían la calidad literaria del oficio de la puertorriqueña Rosario Ferré en “El cuento envenenado”, validando de manera incuestionable la atmósfera sobrenatural que lo nutre y lo circunda, sobrecogiendo al lector, intimidándolo.

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