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Antonio Rosales Flores, el héroe de Culiacán

Antonio Rosales, uno de los héroes de Culiacán que enfrentaron al enemigo en territorio mexicano, con una destacada trayectoria de dignidad

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Antonio Rosales, el héroe, pintado por Rina Cuéllar

Antonio Rosales, el héroe, pintado por Rina Cuéllar

El 22 de diciembre de 2014 se conmemora el 150 Aniversario de la Heroica Batalla de San Pedro, cuando los “muchachos de Culiacán” derrotaron al ejército francés, considerado el mejor del mundo.

Por Miguel Alonso Rivera Bojórquez *

Cabalgaba con decisión y valor, en silencio, con expresión severa, al frente de sus hombres. Sigiloso, astuto y agazapado, en ocasiones entre los caminos de agrestes matorrales, siempre esperando el momento oportuno para actuar y, cuando por fin estaba ante el peligro, surgía su explosiva personalidad, que iba de arrebatos casi suicidas ante el enemigo, con ira y crueldad, a una asombrosa sangre fría, en situaciones extremas.

Sin embargo, era de exterior modesto: enjuto de carnes, rígidos músculos, de una estatura mediana, de ojos claros y serenos, bigote negro y poblado, oscuro y lacio el cabello, las cejas juntas y espesas, velludo hasta en las manos, el pecho un tanto hundido, angostas y arqueadas las espaldas, de hablar pausado y discreto.

Fue poeta, periodista y escritor, pensador, liberal e idealista, patriota, misericordioso con el enemigo vencido, pero bravo y guerrero implacable en el campo de batalla.

Habían pasado diez meses desde que José Antonio Abundio de Jesús Rosales Flores, mejor conocido en la épica sinaloense como Antonio Rosales -parafraseando al poeta Juan de Dios Peza-  inspirara recelo, por ser un desconocido para todos. Y al preguntarle su partido y sus proyectos respondió: “Mi partido lo ignoro, pues no tengo. Yo no defiendo personas sino a la patria y al pueblo, y mi proyecto se cifra en lograr de mi Gobierno, que al batir a los franceses, a mí me mande primero”.

Rosales no era un hombre común. Joven apasionado, republicano, político. Hoy es el personaje vivo, en la memoria de la historia, a casi dos siglos de su nacimiento.

Homenaje al héroe de Culiacán. Foto: Ernesto Alonso López Uriarte

Homenaje al héroe de Culiacán. Foto: Ernesto Alonso López Uriarte

Ignacio Ramírez “El Nigromante”, en sus cartas a Guillermo Prieto en febrero de 1865, escribió:

“Rosales, aquel Rosales de quien te he hablado tantas veces, acaba de dar una zurra a los franceses, que llegaban más bombásticos (engreídos) y más faroleros que nunca.

Lo curioso, lo más curioso de todo, es que después de la batalla (de San Pedro) entraron a Culiacán más prisioneros que vencedores. Me parece que no ha habido en el mundo muchas refriegas así.

Un zuavo quiso besar la mano de Rosales y el héroe se rehusó diciéndole: ¡Quite usted! En mi país no se acostumbra besar la mano de los hombres”.

(Zuavo es el nombre que se dio a ciertos regimientos de infantería del ejército francés a partir de la década de 1830.)

Uno de los máximos honores que se le confirieron a Rosales, poco después de su muerte, fue que el Congreso del Estado de Sinaloa, en el año de 1872, le adjudicara su apellido al naciente colegio de instrucción secundaria denominándolo “Liceo Rosales”, inaugurado por Eustaquio Buelna, antecedente histórico de la Universidad Autónoma de Sinaloa, también llamada por tal motivo “casa rosalina”.

“Antonio Rosales Flores, El Héroe” es la última obra de Gilberto J. López Alanís, director del Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa, en coordinación con La Crónica de Sinaloa, A.C. y el Instituto Municipal de Cultura. Sale a la luz como la primera entrega de la colección editorial Culiacán, Ciudad Heroica, en el marco del 150 Aniversario de la Batalla de San Pedro, a celebrarse el 22 de diciembre de 2014. El libro me lo obsequió Gilberto, en un encuentro fortuito, precisamente por la Avenida Rosales, y de su valioso contenido comparto estas líneas.

El antropólogo e historiador Joel Isaías Barraza Verduzco, Director de Patrimonio Cultural del Instituto Sinaloense de Cultura, destaca en su Proemio, las hazañas de un hombre ilustre y las virtudes del legendario personaje, protagonista de epopeyas que dieron gloria a Sinaloa y a las armas nacionales.

El insigne poeta Jesús G. Andrade, en el año de 1900, ofreció un poema a Rosales, personaje inmortalizado en plazas públicas, monumentos, calles, escuelas, obeliscos y murales:

“¡Nadie podrá olvidarte! Te inmortaliza el Arte para que siempre te bendiga el hombre: un templo del saber toma tu nombre, tu figura en cincel el bronce labra, te presta sus colores la paleta, la música te canta, y el poeta te apostrofa, con épica palabra, duerme, titán, que tu memoria vuela de gente en gente, con eterna vida; duerme, titán, en tu sepulcro vela la imagen de la Patria redimida.”

Fotografía editada de Rosales.

Fotografía editada de Rosales.

La sombría desnudez del alma de Rosales, el poeta rebelde

José Antonio Abundio de Jesús nació el 11 de julio de 1822, en un “lugar de flores”, que tal es el significado del pueblo de Juchipila, Zacatecas, donde sus pobladores naturales eran los chichimecas antes de la llegada de los españoles.

Hijo de don Apolonio Rosales y doña Vicenta Flores. Abuelos paternos: don Justo Rosales y doña Josefa Serrano; abuelos maternos: don Nicolás Flores Alatorre y doña Josefa Carrillo, padrinos don Pablo Núñez y doña Teodosia Flores Alatorre.

Antonio Rosales, formado en esta familia de buenos recursos, estudió en el Seminario Conciliar de San José de Guadalajara separándose de la institución por la rebeldía juvenil que no pudo contener.

Sus convicciones patrióticas lo llevaron a combatir en contra de los invasores norteamericanos en Monterrey, como miembro de la Guardia Nacional en 1847, como simple soldado. Esta participación lo marcó de por vida y lo identificó en el ideal liberal de su tiempo.

Por su posterior participación política, sabemos que Rosales fue un hombre de fuerte personalidad, determinación y recio carácter. No era un hombre de sentimientos a medias. “En 1851 -narran sus contemporáneos Hijar y Vìgil-, Rosales publicó un pequeño periódico intitulado El Cantarito, en que hacía una guerra sin cuartel al partido moderado que entonces se hallaba en el poder; esto le valió algunas persecuciones; fue preso en un cuartel y de allí salió para Sinaloa, en donde emprendió la carrera militar”. Estos autores califican su situación emocional a esa edad – 29 años, que para ese tiempo era más de media vida-, la “sombría desnudez de su alma”, y citan el poema donde Rosales, en la Aurora Poética de Jalisco, dice:

“¿Quién es Dios? “¿Quién es Dios? ¿Su excelsa lumbre/Plugo velar a míseros humanos,/Y en el alto solio e inaccesible cumbre/Ve con desprecio la obra de sus manos?”

(Plugo es la tercera persona de singular del pretérito perfecto simple de placer, que denota el agrado o el gusto por algo, y solio se refiere al trono con dosel, refiriéndose al reino de Dios).

Antonio Nakayama, en “Juárez. Rumbo y Señal de Sinaloa” narra que Rosales cumplió misión diplomática con Plácido Vega al rescatar la goleta Reforma, del gobierno de Sinaloa en 1860 en poder de marinos norteamericanos, exhibiendo una determinación que maravilló al “Nigromante”. “Nigromante” era el pseudónimo del periodista e ideólogo liberal Ignacio Ramírez, reconocido masón ateo oriundo de Guanajuato. Nigromante es aquél que practica la adivinación a través de los muertos, su pseudónimo era una ironía de algo en lo que no creía Ignacio Ramírez, quien manifestó su admiración por Antonio Rosales.

Rosales fue redactor del Periódico Oficial y alcanzó la Secretaría General de Gobierno para después ser Gobernador del Estado, al que le entregó la mayor victoria lograda por un gobernante local, en la famosa Batalla de San Pedro, alcanzada con la participación de los “muchachos” de Culiacán.

Rosales había hecho un pronunciamiento público donde agradeció la nominación alcanzada como gobernador, el 20 de octubre de 1864: “Tomaré para la guerra los recursos estrictamente necesarios sin entrabar en nada el movimiento industrial y mercantil; y para tener soldados, no forzaré a nadie a ser patriota y héroe contra su voluntad; sino que apelaré a los que espontáneamente sientan brotar en su alma aspiraciones nobles y elevadas. El patriotismo no se desarrolla a latigazos, sino que se provoca dando ejemplos de probidad y de abnegación en los puestos públicos, y de arrojo y valentía en el campo de batalla”.

La decisión de Rosales, Gobernador y Comandante Militar del Estado de Sinaloa, de enfrentar a los franceses, tuvo una circunstancia alentadora ya que meses antes, el 26 de marzo de 1864, la corbeta de guerra francesa Cordelliere fue derrotada en Mazatlán. Corona y Rosales habían decidido no enfrentar a los franceses en Mazatlán. Con tácticas de guerrilla, Rosales enfrentó a las fuerzas intervencionistas desde el sur. De esos episodios se recuerdan los tres incendios que sufrió Escuinapa por las fuerzas del imperio de Maximiliano I.

El primero en quemar Escuinapa fue El Tigre de Alica y después los franceses, durante su retirada. Antonio Rosales se impuso con 300 hombres al fiero ataque de 2500 indígenas bajo el mando de Manuel Lozada “El Tigre de Alica” que, enloquecido, ordenó incendiar la población. ¿Podía el coronel Rosales quedar menos ante los hechos de los aguerridos soldados que enfrentaron La Cordelliere en Mazatlán? Por supuesto que no: Los franceses habían desembarcado en el puerto de Altata, y fueron derrotados por Antonio Rosales, el 22 de diciembre de 1864, cuando nuestro héroe tenía 42 años de edad. El ejército francés, profesional y superior en número y recursos, considerado el mejor del mundo en ese tiempo, fue derrotado por un batallón de voluntarios patriotas.

Álamos, su sepulcro al morir en combate contra los franceses

Después de la sangrienta batalla de San Pedro, la actividad del Dr. Ignacio Praslow y las damas que atendieron a los heridos en la Casa de Moneda de Culiacán, habilitada como Hospital Militar, se prolongó hasta principios de 1865.

Un fragmento del comunicado que escribió Rosales al siguiente día de la batalla al Ministro de Guerra y Marina de la República, decía:

“La brigada de Sinaloa, compuesta de poco menos de 400 hombres a mi inmediato mando, batió y derrotó a un cuerpo de 500 hombres, franceses y mexicanos intervencionistas. Después de dos horas de combate sangriento, se obtuvo por la tropa de mi mando, el aprisionamiento de 98 franceses y argelinos (Legión Extranjera), y casi el doble número de intervencionistas”.

El 9 de enero de 1865, el presidente Benito Juárez le escribió al Gral. José María Patoni:

“… quedé impuesto con suma satisfacción del importante triunfo que alcanzaron nuestras fuerzas sobre los franceses y los traidores … Por el mérito distinguido que ha adquirido el coronel Rosales rindiendo al invasor extranjero en defensa de la independencia nacional, le he conferido el ascenso de General de Brigada del Ejército de la República”.

Antonio Rosales murió, el 24 de septiembre de 1865, en la Batalla de Álamos, durante la Segunda Intervención Francesa en México. El General Rosales falleció en el fragor de la batalla, defendiendo a la población que era atacada por milicianos yaquis, coras y mayos.

Ignacio Zaragoza murió a los 33 años de fiebre tifoidea, fatigado y enfermo por la campaña militar, cuatro meses después de la Batalla de Puebla del 5 de mayo de 1862, en cambio, Antonio Rosales, nuestro héroe, murió en combate a los 43 años de edad.

Arrojado en la pelea, existe la versión no confirmada sobre su trágico final: que desfalleciente por la hemorragia de una herida, la vista y el pulso pudieron haberlo traicionado al disparar al enemigo, muriendo bajo los golpes de un indígena.

Sus restos reposaron en Álamos hasta 1923 cuando fueron trasladados a la Rotonda de las Personas Ilustres en la Ciudad de México. Sin embargo, en el panteón de Álamos aún se conserva el obelisco original de su sepulcro.

Así concluye el libro de Gilberto López Alanís, que presentará el viernes 26 de septiembre, en el Modular Inés Arredondo:

“El general Antonio Rosales se enfiló hacia el norte, llegó hasta el Real de Álamos y al tratar de luchar por la plaza, una intensa luz se filtró entre las torres de la Parroquia de la Purísima Concepción, para cegarlo por siempre; desde entonces, la profecía nigromántica traspasó el tiempo, quedando en el alma del pueblo”.

* Periodista miembro de La Crónica de Sinaloa, A.C.

 E-mail: correo@miguelalonsorivera.com

Twitter: Miguel_A_Rivera

Facebook: miguelalonsorb

Fotografías editadas por Ernesto Alonso López Uriarte.

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Sara Sefchovich, ¿absurdo nivel Dios?

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

En rigor, ¿realmente alguien en su sano juicio se plantearía como un instrumento contundente para combatir o eliminar el flagelo del crimen organizado en su modalidad de narcotráfico el hecho de solicitar apoyo educacional o moral a las madres de los delincuentes? ¿Las progenitoras regañando a sus vástagos para que dejen el mal y se conviertan al bien?

La connotada escritora y periodista Elena Poniatowska en entrevista con Sara Sefchovich (1949), quien se ostenta como socióloga, escritora, historiadora, catedrática, investigadora, traductora, comentarista y conferencista,  y que además es autora de más de una docena de libros y diversos artículos en periódicos y revistas, toman como hilo conductor de la misma el leitmotiv de la última novela de Sefchovich, Demasiado odio: la importancia de las madres en su papel de correctoras de sus hijos delincuentes. No por nada el título de la conversación se llama “Sin la complicidad de las madres el narco bajaría” (La Jornada, 10/01/21). Y como aquí no se comenta la novela desde el punto de vista estético-literario, sino sobre el asunto central, quien esto escribe realizará lo propio.

Como bien se observa, estamos frente a dos intelectuales de nivel que deben de dominar el tema en cuestión. Y aquí nos dice la entrevistada los orígenes de su proposición:

“Publiqué una novela: Atrévete, propuesta hereje contra la violencia en México (2014), que se presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese libro yo hacía una propuesta a las madres de familia de bajarle la violencia en México diciéndole a sus hijos que si querían robar, robaran, pero no violaran, no mataran, no maltrataran (sic). Para escribirlo, viajé por todo México, me reuní con grupos de madres a quienes preguntaba cómo veían esta situación y pedirles que ayudaran; que su trabajo como madres era impedir que sus hijos entraran al mundo del narcotráfico. Para mi sorpresa, en todos los grupos con los que me reuní durante casi dos años encontré que las madres no estaban dispuestas a sacrificar los beneficios que reciben de la delincuencia aun a costa de que pueden encarcelar y hasta matar a sus hijos”. Y cabe añadir, por cierto, que esta situación no es el gran descubrimiento de Sefchovich, pues ya era conocido.

Y al percatarse que su exhorto caía en el vacío por parte de las jefas de familia, indica lo siguiente: “Incluso se lo escribí al presidente (Andrés Manuel) López Obrador. Él mismo pidió ayuda a las madres de familia y recuerdo que le dije: ‘Nos equivocamos, señor presidente, las madres no están dispuestas a ayudar’.” Y en efecto, es de todos conocido que el presidente de México hizo este llamado públicamente en más de una ocasión.

Por supuesto que es un fenómeno demostrado que ciertas familias han incursionado en el narcomenudeo. E incluso a un grado mayor. Recordemos a Delia Patricia Bustos Buendía, quien no sólo recibía de sus hijas y yernos enormes cantidades de dinero y enseres, sino que era ella misma quien lidereaba a la organización criminal que se denominó el Cártel de Neza, siendo ella la temible Ma Baker. Extendió su poder en buena parte del valle de México, a sangre y fuego. Puso en jaque a la extinta Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS), asesinando ministerios públicos federales e incluso a un alto funcionario de dicha dependencia, fiscalía perteneciente a la antigua Procuraduría General de la República (José Antonio Caporal, El cártel de Neza, 2012).

Evidentemente nos encontramos con un problema de orden multifactorial. Y todo indica, al parecer, que nuestra socióloga realizó su investigación de esa manera: vivió en Michoacán, Reynosa y en zonas de migrantes, donde abordaría “el deterioro del medio ambiente, el descuido, la ignorancia, la indiferencia, la corrupción… (Y) lo mismo me sucedió en otros países. Recorrí siete ciudades del mundo para hacer un paralelismo entre el narcotráfico y el terrorismo y también me encontré con madres de familia que solapan a sus hijos”. Y no obstante su amplio y diverso estudio llegó a la misma conclusión.

Inmutable, tropezándose una y otra vez con la complicidad materna, reitera: “Yo pensaba que las madres podían ayudar a que sus hijos aprendieran a vivir de otra manera, pero después de escribir adquirí la certeza de que no quieren cambiar… Ese es mi tema: la complicidad de las madres y la de los familiares. Estoy convencida que sin ella bajaría el narcotráfico y el terrorismo”.

No obstante, al final Sefchovich apunta sobre el origen de todo ello: “Las carencias rigen nuestro funcionamiento social. Cuando una familia descubre que puede vivir mejor, es lógico que acepte dádivas. No sólo en México, en todos los países hay narco”. Pero bajo la lógica simplista de la pobreza significaría que miles de mexicanos en situación de miseria todos serían narcomenudistas. Y esto no es así.

 Resulta francamente impensable que una académica como Sefchovich reduzca de manera absurda el grave asunto del narcotráfico a la complicidad de madres e hijos viviendo en la pobreza. Y que Poniatowska no la haya cuestionado en su enfoque al entrevistarla. Lamentablemente ya no hablamos de un binomio, como nos quiere indicar nuestra socióloga, sino de una unidad. Existen familias enteras que participan en el narcomenudeo, desde el abuelo hasta los nietos. Basta revisar la nota roja de cualquier periódico para comprobarlo.

 Por lo tanto, ningún llamado a la congruencia moral dirigido a las madres o familiares del narcomenudista va a funcionar de manera alguna. Existe tal descomposición social que hasta suben fotografías en redes sociales luciendo armas y dinero como parte de su inserción a un grupo criminal. No, en lo absoluto es una solución.

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Vicente Huidobro y su vorágine amorosa

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Voz reveladora, amorosa, introspectiva, luminosa o profética en ocasiones; mas voz incendiaria siempre, surgió y se inmortalizaría en un mes como éste. Por lo que no pecaríamos de exagerados si a enero se le considerara como el mes de la poesía, la más perfecta poesía del mayor poeta latinoamericano. Coincidencia paradojal o resultado de la prisión de su trágica busca: el chileno Vicente Huidobro nace el 10 de enero de 1893 y muere un 2 de enero de 1948.

Existe un número importante de estudios acerca de su obra, no obstante, poco se conoce de los demonios internos del autor de los excelsos poemas largos Altazor y Temblor de cielo, y menos aún de los relativos a su afán amoroso. Los cuales acaso nos revelarían el perfil verdadero de su espíritu trágico.

Siguiendo la biografía escrita por el abogado y también poeta Volodia Teitelboim, Huidobro, la marcha infinita (Editorial Hermes), nos encontramos con una serie de datos nada favorables para el padre del Creacionismo y del precursor de las vanguardias estéticas, de la primera mitad del siglo XX, en América Latina y en Europa, pero que esclarecen el vertiginoso devenir afectivo a que se entregó.

Pareciera que Huidobro se despedaza cayendo al abismo, en avidez de las alturas literarias y amorosas. Una sola cúspide que confiere inmortalidad y sobre la cual girarían aquellas aristas circundantes de la condición humana. Propias de los demás, pero también intrínsecas a él y a todas luces mundanas, banales, de suyo ordinarias. 

De familia acaudalada, a los 19 años el poeta chileno contrae nupcias con Manuela Portales Bello, quien además de pertenecer a su círculo social es sumamente atractiva. A pesar de su carácter introvertido, sería ella quien lo impulsó a publicar sus primeros libros. Sólo que ella tuvo que pagar muy caro su estadía en ese matrimonio con Huidobro. 

Y es que Manuela además de soportar las continuas infidelidades de su esposo también tuvo que sobrellevar con grandes dificultades el definitivo abandono del poeta al final de su relación años después. En efecto, Huidobro la redujo de compañera afectiva e intelectual a sombra de sí misma, proceso que repetiría con sus demás parejas.

Teresa Wilms Montt, nacida en Chile, fue una escritora y precursora del feminismo. No sólo fue notoria por su espléndida belleza y por ser considerada la poetisa del momento, sino también por su postura rebelde frente a los valores hipócritas de la élite burguesa en que vivía. Debido a lo cual su familia la internaría por la fuerza en un convento como represalia a sus posturas. 

No obstante, sería su gran amigo Vicente Huidobro quien la rescataría para fugarse a la Argentina con él. Así, nuestro poeta viviría un affaire con ella a sus 23 años. De la misma edad y similar al poeta en su afán de ser el centro de atracción, pero además por comulgar de la misma manera en torno a los cuestionamientos acerca del establishment de la época que realizaban ambos, Teresa sucumbiría a su destino ya sin Huidobro a su lado. Su inestabilidad y su nula capacidad de adaptación la conducirían a la muerte mucho tiempo después, suicidándose. 

Ximena Amunátegui también era hermosa, culta y pertenecía a la alta sociedad. Tenía 16 años y Huidobro 33. Por ella nuestro poeta dejaría a su esposa Manuela y a sus hijos. Ximena fue quien le inspiró los versos más cálidos y elevados en torno al amor, tanto en el canto II de Altazor como en todo Temblor de cielo, los cuales cristalizarían en todo su esplendor, según apunta nuestro biógrafo consultado.

Pero la historia se reprodujo años después. Cual paradoja atroz. Sólo que Ximena no emularía a Manuela en la obligatoria y abnegada fidelidad femenina de la época. Golpe terrible y demoledor, Ximena rompe con Huidobro para casarse con uno de los admiradores del poeta. Aislada y fungiendo como secretaria de Huidobro, callándose infidelidades del hombre que más admiraba, Ximena tuvo la oportunidad de reencontrarse y emerger con luz propia.

Lastimado y confuso, prácticamente devastado, Huidobro trabaría contacto con la poetisa chilena Raquel Señoret. De las mismas características que las mujeres anteriores, Raquel se uniría al poeta hasta la prematura muerte de éste. Con casi 30 años de diferencia, Huidobro intentó hacer feliz a su joven pareja, pero sin poder olvidar a su amadísima Ximena. Raquel al igual que Manuela sufrirían penurias económicas cuando Huidobro faltó.

Vicente Huidobro eclipsaba con gran fuerza a las mujeres que más le amaron, al grado de arrojarlas a la nada de manera avasalladora. Ninguna de ellas fue capaz de cumplir con la máxima del escritor ruso Dostoyevski: salvarlo incluso a pesar de sí mismo. Porque acaso no tenía salvación.

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Norman Mailer, un autor más que necesario hoy en día

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán 

Novelista, periodista, ensayista, e incluso cineasta, Norman Mailer (1923-2007) fue el último descendiente de una tradición genuinamente norteamericana: el heredero directo de un linaje que también dio a Jack London y a Ernest Hemingway, entre otros. Un hombre que confrontaría a sus propios demonios como si fueran los de todos sus contemporáneos, horadando a esa sociedad que los engendraría.

Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que plasmaría en Los desnudos y los muertos (1948), probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. 

En virtud de la favorable acogida de esta obra, Mailer alcanzaría la fama y pasó a formar parte de la pléyade junto con Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth, generación que sería considerada la vanguardia de las letras estadounidenses.

En 1951 publicó Costa bárbara y en 1955 El parque de los ciervos, novelas que no alcanzaron el nivel a que había llegado. Y acaso por ello, se refugia en el periodismo, fundando el semanario neoyorquino The Village Voice, donde publicó en 1956 su célebre reportaje “El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster“, un ensayo incendiario con una peculiar visión sobre el racismo y una exaltación de la violencia. Y al tiempo que apoyaba a Kennedy y cuestionaba la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando en la voz más exacerbada de la contracultura norteamericana.

Redactados en una prosa subversiva y delirante, sus textos sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron –en palabras de Robert Lowell– en “el mejor periodista de América”.

Y en el terreno privado, nuestro autor era congruente con su posición anti-statu quo. Tuvo nueve hijos, seis matrimonios, pugnas por pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal, que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera de órdago. La agresión se saldaría con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, La última fiesta.

A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es Maidstone), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política. Se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A’dvertisements for Myself’) que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente “en la intimidad de mi mente”. Pero Mailer de algún modo destacaba más en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas disputas con otros colegas de profesión.

En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron (de quien ya hemos hablado aquí en Los Ángeles Press) por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa. No obstante, en 1971 la violencia no se pudo impedir con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson.              

Pero la más memorable de sus relaciones conflictivas –mantenida a lo largo de décadas– fue la relación de amor-odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba y con quien mantuvo coléricas polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta La canción del verdugo (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y redactada en forma de reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, A sangre fría.

Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de provocador nato lo alejaron siempre de las listas de galardonados. Macho-alfa intransigente, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un agitador de conciencias, la encarnación misma de la incorrección política: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.

Autor de más de una docena de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoyevskiana de American Psycho (extraordinaria novela de gran envergadura escrita por Bret Easton Ellis) y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó Noches de la antigüedad, una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, El fantasma de Harlot, una novela no menos voluminosa y ambiciosa acerca del funcionamiento interno de la CIA.

Crítico a ultranza de su entorno y del establishment; cuyo discurso honesto delirante hacía temblar a más de uno, Norman Mailer –en última instancia– puso de relieve las aristas de la oscura condición humana, que sólo contados escritores tienen la facultad y el arrojo de llevarlo a cabo hasta sus últimas consecuencias. No por nada en sus últimos libros se atrevió a poner en perspectiva a Cristo, a Hitler y al mismísimo Satanás, que acaso él consideraba a su nivel. Un hombre así, en definitiva, es lo que se requiere hoy en día si consideramos los nuevos condicionamientos ideológico-sociales que se pretenden imponer a través del poder en muchos de nuestros países.

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