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Con voz propia

Alfredo Jalife o de cómo se incubó el huevo de la serpiente

Un grupo de 142 intelectuales mexicanos firmaron en contra de Alfredo Jalife para que no sea considerado en el Gobierno de México por López Obradror, y se queja ante Youtubers

Ramses Ancira

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Ramsés Ancira

La defensora de los derechos de la mujer y por la igualdad de género, antropóloga y catedrática emérita de la UNAM, Marta Lamas; Ángeles Mastretta escritora de Arráncame la Vida, una de las novelas mexicanas más importantes en la historia reciente de nuestro país y la brillante directora de la película “Las Horas Contigo”, Catalina Aguilar Mastretta, son consideradas por el evasor fiscal internacional Alfredo Jalife, como parte del “antiMéxico”.

El escritor y analista geopolítico Maruan Antaki; la activista internacional por los derechos humanos y directora de Freedom House, Mariclaire Acosta; el poeta y literato premiado nacionalmente, Javier Sicilia; el compositor Mario Lavista; la investigadora Soledad Loaeza, los galardonados escritores Xavier Velasco y Juan Villoro, forman parte, según Jalife, de este complot contra él, que en su decir revela a los enemigos de México.

Seguramente, en su mayoría, estos personajes estarían de acuerdo con la frase de Voltaire, “Puedo estar en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho de decirlo”, sin embargo, la excepción a esta regla son los decires que, como el nazismo, el fascismo, el machismo o el estalinismo, todos los extremismos que representa Jalife, causan odio, destrucción y muerte de millones de personas.

Junto conmigo, Premio Bellas Artes de Literatura testimonial Carlos Montemayor, ellas y ellos son parte del grupo de 142 personas que firmamos una carta en la que denunciamos el método Jalife para brillar en las redes sociales: infamias, insultos, amenazas, calumnias, discriminación racial y religiosa, acusaciones sin pruebas a todos sus enemigos de ser socios de cárteles, el uso faccioso de Búho Legal para hacer creer que personas homónimas, son las mismas que sus críticos más feroces.

El uso de verdades a medias para construir calumnias completas, los juegos de palabras de doble sentido (tal vez para encubrir su propia y negada homosexualidad; sus complejos por problemas de esterilidad, o quizá, para curarse en salud ante la investigación de la Unidad de Inteligencia Financiera, por transferir fondos al extranjero) son parte del método Jalife.

Un buen porcentaje de este grupo de firmantes votó por López Obrador por considerar que representaba una alternativa de cambio real. El tiempo dirá si la decisión fue acertada, pero Jalife se escuda en el político tabasqueño para difundir la sensación de que se le atacaba por sus preferencias políticas y no por el discurso misógino, mismo que ha provocado la resolución a la causa 43/2018 del decimocuarto Tribunal Colegiado en Materia Administrativa. En esta se ordena a la Universidad Nacional Autónoma de México aplicar el protocolo de violencia de género por la afectación que sufrieron estudiantes de esta casa de estudios.

La sentencia contra Jalife fue firmada por unanimidad de votos de los Magistrados Emma Gaspar Santana (Presidenta), Gaspar Paulín Carmona, (Ponente) y J. Jesús Gutiérrez Legorreta, “lo resolvieron y firman los integrantes del Decimocuarto Tribunal Colegiado en Materia Administrativa del Primer Circuito, ante la Secretaria de Acuerdos, quien autoriza y da fe”.

La entrevista que le regalaron ocho mexicanos productores de YouTube ha vuelto a empoderar a Jalife, quien regresó fortalecido a las redes sociales. Es algo que fácilmente se puede interpretar, según lo han manifestado en otras palabras la escritora Sabina Berman y el periodista Julio Astillero, como un disparo que salió por la culata.

Sin embargo, el exceso de poder produce soberbia y Jalife, que ha regresado con nuevos bríos a la embestida, también puede hacer que se abran de nueva cuenta a la opinión púbica los casos en que se ha visto involucrado por fondos que él explica como una herencia de su abuelo, quien debe ser un excepcional caso de longevidad, ya que lo heredó cuando el sedicente analista superaba los 60 años.

No se trata de un concurso de popularidad, sobre todo porque en algunas redes sociales los prejuicios y el odio pueden ser extremadamente productivos en términos de su alcance, pero sí vale la pena en términos de historia de las mentalidades, hacer algunos aportes de cómo se formó este monstruo cibernético apellidado Jalife Rahme Barrios.

Aunque la corriente mediática pueda ser muy fuerte en favor del discriminador, no callar para no otorgar.

Historia de un odio

Jalife no tiene convicciones, tiene patrocinadores. Durante un buen tiempo cobró como informante de la embajada de Israel en México.

Jalife trabajaba como una especie de anzuelo o imán para atraer a personajes u organizaciones extremistas que pudieran representar un riesgo a la seguridad de la comunidad de ascendencia israelita en México, e introducirse a embajadas de países tradicionalmente considerados enemigos por gobiernos israelíes, como Irán, para extraer información.

Desafortunadamente para su causa, la embajada cambió de métodos y desde entonces Jalife se convirtió en un acre agresor de cualquier persona que se cruzara en su camino que tuviera apellido judío, fuera un destacado físico, escritor, periodista, cineasta, historiador o político de izquierda como es el caso de la gobernante de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum Pardo.

Sin conocerle personalmente, me crucé con Jalife por los insultos desmedidos en contra de uno de los personajes que forman parte de mi trabajo México en su Memoria: Ikram Antaki.

Alfredo, quien se ostenta como doctor, sin poseer este grado académico y cuya tesis de licenciatura no se encuentra en los archivos de la UNAM, llamó a Antaki, en el menos racista de sus mensajes, y como siempre sin ningún sustento, “siria protosionista”.

En 2012, Jalife me buscó telefónicamente con el argumento de que yo le había requerido para una entrevista para el medio en el que trabajaba como corresponsal. Respetuosamente le respondí que no era así.

A mí me había enseñado José Cárdenas desde mis inicios como periodista que las entrevistas no se regalan, y recordaba la frase atribuida a George Orwell:  periodismo es lo que alguien no quiere que se publique, el resto no es periodismo, sino relaciones públicas.

Jalife no quería una entrevista, sino un espacio para un monólogo en que no se le cuestionara nada, tal y como se lo ofrecieron los jóvenes youtubers en la producción que realizaron el primer jueves de mayo de 2019. Luego publicó exactamente lo contrario:  que yo lo había buscado a él y que se negó a darme la entrevista.

Entonces el ego maniaco sujeto que se ostenta falsamente como doctor, empezó a buscar la manera de que me despidieran de Hispan TV.

La encontró con un artículo en el que destacaba la coincidencia entre el ex ministro Jorge Castañeda y el tabasqueño López Obrador sobre la ciudadanización de la política. Jalife no solo omitió esta parte central del artículo, sino que hizo varias aseveraciones calumniosas contra mi persona.

Jalife vende pesos y compra dólares para invertirlos en Líbano

A finales de ese mismo año Jalife confesó en una conversación telefónica en árabe que: “Mi cabeza, me estoy volviendo loco, no puedo razonar lo que  me estás diciendo, cada día me hablan diciéndome que ya bajo y bajo más, ponte en mi lugar, solamente quiero recuperar los 500,000 dólares, ya no quiero jugar en la bolsa, yo te dije que compraras cuando estuvieran al alza y no como tú lo haces, no quiero que ganemos 200,000 dólares en un día solo llega a los 50,000”.

La grabación que sostuvo Jalife en árabe y en inglés con su asesor financiero y la traducción al español fueron publicadas en el portal SDP noticias https://www.slideshare.net/sdpnoticias/reporte-antuan-traduccion-en-arabe.

La manera en que Jalife obtuvo los recursos para hacer una inversión millonaria en dólares no tiene respaldo legal. No corresponde a sus ingresos como columnista o profesor universitario.

La confesión de locura de Jalife, no está lejos de la realidad. Su odio contra las mujeres es una de sus manifestaciones más notables. La negación de su apellido materno, Barrios, podría ser analizada desde el punto de vista siquiátrico como una negación de sus raíces mexicanas o como parte del desprecio y misoginia que en reiteradas ocasiones manifiesta.

Esto, y no otras causas, motivaron a varias mujeres a firmar la misiva para impedir que Jalife pudiera incidir en políticas públicas. Al menos unas 37 destacadas mujeres por su compromiso social y en la lucha por los derechos humanos firman la misiva. 

Si hoy Jalife opera por cuenta de algún poder, o sólo quiere desviar la atención ante una investigación sobre el oscuro origen de sus recursos millonarios en dólares, es una tarea pendiente. Lo que no se debe, aunque sea por mera probabilidad estadística de 142 a uno, es descalificar a algunos de los más representativos artistas y universitarios mexicanos únicamente por pedir que se preste atención a la incubación del huevo de una serpiente que pretende la violencia, la calumnia y el insulto como métodos de división y discordia entre mexicanos.

Arteleaks

Jaime Sabines, un poeta menor

Alberto Farfán

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Por Alberto Farfán

Hace veintiún años, un 19 de marzo de 1999, dejó de existir el poeta mexicano Jaime Sabines (1926-1999), tiempo suficiente para que este articulista se atreva a tocar el tema sin lastimar a las obnubiladas mentes de afamados intelectuales, cuyo escándalo genuflexante y plañidero de aquel entonces hubiera podido trocarse en flamígero, particularmente a todo aquel que cuestionara la figura del chiapaneco.

         Pero vayamos por partes. Sabines nace en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el 25 de marzo de 1926, procreado por un libanés emigrado. Se desarrolla alternativamente en dicho Estado y en la ciudad de México. Ingresa en la carrera de Medicina, pero la abandona para posteriormente estudiar Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde logra concluir la licenciatura en Lengua y Literatura Española.

         Asimismo, hay que destacar su arribista labor política realizada. Para ello hay que apuntar que fue diputado federal por el estado de Chiapas de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Todo lo cual bajo las siglas del antaño hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó al país cerca de 70 años bajo opresión y nefandos ilícitos, con lo cual sobran explicaciones respecto a la estatura ético-política de nuestro autor.

         Fue Premio Villaurrutia en 1973 y Premio Nacional de Literatura en 1983, entre otros galardones recibidos, curiosamente todos de carácter local y no internacional. Y más aún, fue objeto del mayor elogio a nivel nacional (o del mayor vituperio, según se vea), cuando se le calificó como uno de los más importantes poetas del país del siglo XX, por quien fuera el presidente de México en aquella época, el priísta Ernesto Zedillo, uno más de los corruptos expresidentes que posiblemente sean juzgados por el actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

         Así pues, entremos en materia. Para ello hay que subrayar que nadie podrá negar esa especie de espíritu paisanil que han detentado sobre todo algunos críticos literarios en cuanto abordan a ciertos escritores de valía aldeana. Juan Rulfo, Rosario Castellanos y otros más de esa índole se han visto ensalzados una y otra vez sin que se pruebe en su favor una pizca de calidad universal en sus obras.

          Autores como el que nos ocupa soslayan las facultades reflexivas de sus lectores para buscar con sus textos, única y exclusivamente, las reacciones emotivas más primarias de estos, dentro de un marco ajeno a la más elemental universalidad humana; no se procura que piensen, sino que sólo sientan y se regodeen en ese sentir estrecho y enajenante, banal.

         Castellanos y Rulfo, por ejemplo, con su indigenismo a ultranza —en donde el sustento maniqueo hizo de las suyas—, erigieron al indio en el personaje pobrecito pero bueno de historias desalmadas. O el propio Sabines con sus seudo versos a “Julito”, respecto a una anécdota familiar por demás intrascendente: “No se dice tota, se dice Coca-Cola”; con lo cual quiso decir algo profundo, deseo suponer, ¿o no?

         Mejor aún, el priísta Sabines ha subyugado a sus miles de fanáticos en virtud de que elimina de sus poemas todo indicio de tensión interpretativa. Es decir: hace a un lado el carácter multívoco del discurso poético (que admite varias lecturas); el cual es intrínseco del arte literario en sí. Amén de que su prosaísmo, por cierto, no guarda relación alguna con el lirismo incuestionable que llega a presentarse en el género narrativo con otros autores, en efecto.

         Al eliminar dicha multivocidad cancelará la capacidad reflexiva del lector; hecho que se hace necesario para estimular el plano afectivo-emocional de aquél. Con ello cristalizaría su objetivo: narcotizar al sujeto lector; pues nunca buscó despertar la conciencia crítica del individuo sobre sí mismo o acerca de su entorno, cual poeta menor.

         Comparemos las diferencias en los siguientes fragmentos, cuyo tema es el mismo en ambos: la oquedad ontológica, que otros prefieren denominar vacío existencial, con el fin de ilustrar con mayor claridad las aseveraciones ya referidas.

         Dice Sabines en su poema titulado “A estas horas aquí”:

Yo lo que quiero es que pase algo,

que muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

   En oposición, veamos al premio Nobel de Literatura Octavio Paz –siervo del PRI-Gobierno de manera explícita y un colérico anticomunista– con su poema “La caída”.

         Escribe Paz:

Me dejan tacto y ojos sólo niebla,

niebla de mí, mentira y espejismo:

¿qué soy, sino la sima en que me abismo,

y qué, si no el no ser, lo que me puebla?

    Evidentes las diferencias, ¿verdad? En conclusión, si no se modifica radicalmente esa óptica acrítica y autocomplaciente (sobre todo si el escritor se muestra incapaz de romper con localismos estériles o cursilerías intimistas de orden sensiblero) por parte de los estudiosos exquisitos, nuestra literatura continuará patética y ridícula. ¿No cree usted?

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Con voz propia

Graciela Hierro, cero en feminismo

Alberto Farfán

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Ética y feminismo

 Por Alberto Farfán

No cabe duda de que el feminismo es un tema vigente. Y aún más considerando que en los últimos meses ha cobrado gran envergadura por la serie de movimientos de mujeres, particularmente en América Latina, en aras de alcanzar una genuina igualdad de derechos y no sólo formal. Por ello decidí consultar a una feminista mexicana para que arrojara luz con respecto a los fundamentos que pudieran vertebrar los futuros movimientos de esta índole.

De una académica dedicada a la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México se podrían esperar múltiples hallazgos y soluciones trascendentales en torno a la situación difícil que aún vive la mujer en sociedades como la nuestra, en oposición a esas otras feministas que se inscriben en disciplinas ubicadas a un gran margen de distancia de la señalada; inmersas en una reflexividad político-ideológica de difícil caracterización, estas últimas obedecen a un sexismo bastante estéril en sus resultados, pues carecen de cualquier rigor académico.

No obstante, pareciera que la firme convicción de quien esto escribe con respecto a mejorar las circunstancias de la mujer y de su consolidación en todos sentidos, necesariamente ha tenido que sufrir de una debacle intelectual, a consecuencia de habernos tropezado con libros como el de Ética y feminismo (UNAM) de la ya fallecida pero aún influyente Graciela Hierro, pues sus asertos sugerirán que la filosofía no es apta para las féminas.

Bajo una perspectiva ética, este libro establecerá las causas de la opresión femenina desde su origen, lo cual no es más que una descripción del fenómeno en que se intercalan observaciones de especialistas de otras materias; pero esta falta de rigor filosófico de Hierro habrá de modificarse cuando desarrolla su aparato teórico, despliegue meta-lingüístico, más que filosófico, que apuntará a soluciones inobjetables gracias a su carácter semántico, cuyo simplismo desembocará enfáticamente en las conclusiones a que llega al final.

Y así como encontramos la línea de análisis referente a la razón por la cual el varón ha tiranizado a la mujer en materia sexual: “las necesidades eróticas de las mujeres, buscando insaciablemente su satisfacción (sic), ponen en peligro la seguridad de la procreación y el abandono del cuidado de la prole”; también aparecerán curiosidades profundas como esta relativa a la equidad moral entre ambos sexos: “el argumento básico en contra de la imposición de la moralidad del más fuerte (el hombre) se centra en la idea de que ‘fuerte’ no es sinónimo de ‘sabio’, es decir de ‘bueno’.”

Pero como nuestra autora se propone, denodadamente, en crear una nueva ética de carácter normativo y genérico “capaz de fundamentar la moralidad de la condición femenina”, su enfoque filosófico denominado como “utilitario hedonista” la llevará a establecer aseveraciones como la siguiente:

“Para lograr el cambio efectivo de esta concepción del mundo (la patriarcal opresiva aún vigente), existe la necesidad de que se lleve a cabo la revolución copernicana de la educación femenina. Para ello es necesario que la reproducción deje de ser el sentido primordial de la vida de las mujeres, que se permita el reconocimiento de los intereses femeninos y se forme una nueva identidad femenina que constituya su ser auténtico.”

 Aquí el problema reside, en primer lugar, en saber pormenorizadamente cuál es ese “ser auténtico”, cuáles son esos “intereses femeninos” y cuál es esa “nueva identidad femenina” de que nos habla, pues sólo generaliza y nunca especifica. En segundo lugar, dicho problema se agrava aún más cuando ignoramos –por obvias razones– el cómo se logrará la cristalización de ese ser auténtico.

Peor aún, he aquí su imperativo categórico que toda mujer debe seguir fielmente para acabar con todo por lo cual emprende la lucha: “La idea central de la ética feminista –que espero haber probado– es la siguiente: La eliminación de la opresión femenina es el deber moral de las mujeres”. Cual si consigna en algún mitin, así concluye nuestra autora. Perfecto, ¿no? No. Patético.

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Arteleaks

Isabel Allende y su vulgar divertimento pro USA

Alberto Farfán

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                            El juego de Ripper 

 Por Alberto Farfán

Tiempo atrás, la escritora chilena Isabel Allende procuraba conferirles a sus libros de novelas y cuentos una óptica crítica con respecto al entorno y al ser mismo de sus personajes, poniendo en evidencia los aspectos negativos tanto políticos como sociales que los estructuraban, amén de los aspectos emocionales, por supuesto. En virtud de lo cual –cabe agregar–, quien esto escribe siempre catalogó a la literatura de Allende como impecable en todos sentidos, en oposición a la gran mayoría de críticos literarios que la descalificaban en América Latina.

Siguiéndola de cerca, debo reiterar que nunca faltó ese enfoque en sus obras, lo cual era de agradecer definitivamente. No obstante, sus últimas creaciones de ficción han dado un giro bastante abrumador, pues nuestra autora ahora sólo busca plasmar un banal divertimento que no conduce a ningún lado, sea desde un punto de vista estético-literario, filosófico o ideológico. Pero eso no le ha de importar a ella si, por el contrario, todos sus libros continúan alcanzando los grandes niveles de ventas a que está acostumbrada, quiero suponer.

El caso más paradigmático de lo referido lo podemos observar en una de sus novelas publicadas en estos últimos años: El juego de Ripper, en donde Isabel incursiona en el género policiaco para narrar la trayectoria de un asesino serial al que hay que ubicar y capturar antes de que continúe con su frenética espiral de violencia desencadenada.

Conociendo que el asunto policiaco no es lo suyo, la escritora confiesa en las páginas finales de su libro lo siguiente: “Este libro nació el 8 de enero de 2012 porque mi agente, Carmen Balcels, nos sugirió a Willie Gordon, mi marido, y a mí, que escribiéramos una historia de crimen a cuatro manos. Lo intentamos, pero a las veinticuatro horas fue evidente que el proyecto terminaría en divorcio, de modo que él se dedicó a lo suyo ─su sexta novela policial─ y yo me encerré a escribir a solas… Sin embargo, este libro no existiría sin Willie, él me ayudó con la estructura y el suspenso…”

Y en efecto, El juego de Ripper (Premio Libro de Oro, que se otorga en Uruguay por la cantidad elevada de ventas; con ediciones y reediciones en 2014, 2015, 2016, 2017) es un texto bien logrado como simple novela policial gracias a ese apoyo, pues logra sumergir al lector en los vericuetos propios de este género. Personajes en acción y ocultos, situaciones ambiguas o confusas, cambio de planos, todo lo cual conjugándose dará como resultado que el suspenso se mantenga in crescendo todo el tiempo según nos sumergimos en los incidentes relatados con gran maestría.

La trama es muy sencilla. Empiezan a surgir varios crímenes un tanto fuera de lo común en suelo norteamericano, que ningún policía logra conectar como propios de un sólo hombre. No obstante, a ciertos adolescentes, quienes integran un grupo para desarrollar un juego de rol vía internet (el juego de Ripper), les llama la atención estos crímenes y de inmediato se ponen a indagar por su cuenta para dar con el sujeto en cuestión, con la ventaja de que el padre de la líder de este juego es el policía investigador encargado del caso y debido a esto ella se hace de información de primera mano en todo momento, para alcanzar su objetivo al final de la historia.

Paralelamente al curso de la indagación policial, sin embargo, la escritora        –radicada en Estados Unidos desde hace años– omite cualquier rasgo de profundidad conforme avanzan los hechos, no hay cuestionamientos ni reflexiones sobre el entorno norteamericano en que se traza el hilo conductor, sino todo lo contrario.

Únicamente se busca vincular los homicidios y desenmarañar el entramado sangriento y cruel que se despliega, pero elogiando ciertos símbolos estadounidenses. Subraya que la policía de ese país puede equivocarse al buscar asesinos, pero no es corrupta ni abusa de su poder. Que los marinos norteamericanos se habrán excedido en sus funciones en latitudes extranjeras, pero que en su propio país son un dechado de virtudes, al grado de que el coprotagonista masculino y héroe de guerra militar logrará obtener una nueva insignia al final de la novela, siendo partícipe de la investigación. Que, en pocas palabras, el american way of life es una realidad total y más al contar con tan excelentes figuras policiaco-militares emanadas de cielo yankee.

Y nunca habla, por ejemplo, de que es en Estados Unidos donde prolifera el mayor número de serial killers; de que una cantidad importante de militares que retornan a su país después de haber actuado en cuestionables acciones de guerra sufren de problemas psico-emocionales y que los han llevado a agredir a la población; de que grandes hechos de discriminación –conocidos gracias a los mass media– los han protagonizado los policías anglosajones dentro de su propio país.

Así pues, corriendo ambas vertientes paralelamente a lo largo de El juego de Ripper que comentamos, la extensa novela (tiene 477 páginas) fluye vigorosa debido a la incuestionable capacidad narrativa de Isabel Allende, pero dejando en el camino una serie de aristas que bien pudo haber abordado para imprimirle un verdadero grado de literatura de corte universal, en vez de entregarnos un texto menor para la vulgar diversión del sujeto ocioso y, sobre todo, falto de asuntos trascendentales.

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