Un sacerdocio de riesgo, la trayectoria del padre Solalinde

Por Dianeth Pérez Arreola

José Alejandro Solalinde Guerra es el padre Solalinde. Un defensor de los derechos humanos de migrantes que atraviesan México con la esperanza de llegar a los Estados Unidos y tener un trabajo digno para mantener a su familia o porque van huyendo de la violencia de sus países de origen. La mayoría, centroamericanos montados en La Bestia, el tren de carga que cruza de Chiapas a Baja California Norte. El padre Solalinde ha sido el que les abre las puertas del albergue que dirige y ofrece la cena para que al día siguiente continúen su viaje.

El sacerdote católico mexicano viajó a Holanda, para recibir el reconocimiento “Geuzenpenning 2019” por esta labor en favor de los migrantes, y concedió una entrevista exclusiva para Los Ángeles Press

Sobre el caso Ayotzinapa, en el que 43 estudiantes fueron víctimas de desaparición forzada, el 26 de septiembre de 2014, en Iguala, Guerrero, el padre Solalinde dijo tener confianza en el nuevo gobierno para elegir a una persona idónea como investigador, y confía además en que pronto se dará con el paradero de las víctimas, que será este mismo año.

“La verdad va a servir para enjuiciar a Peña Nieto, porque finalmente él es el principal responsable. Él siempre supo lo que había pasado. No puede negar que sabía lo que pasó con los estudiantes. En este sistema presidencialista, el primero que sabe, es el presidente. Posiblemente, vaya a ser enjuiciado y condenado por crímenes de lesa humanidad por el caso Ayotzinapa”.

Sobre la impunidad del Ejército…

No. Tampoco se va a escapar el ejército. Los que fueron culpables de eso tendrán que pagar y tendremos el primer expresidente en la cárcel. La Haya lo va a juzgar. Este caso está aquí, y ya fue admitido por la institución. México es un desastre en derechos humanos. Más descompuesto de lo que te imaginas. Más corrupto de lo que se pueda ver. Lo que recibió el presidente Andrés Manuel López Obrador es una papa caliente. He acompañado a las madres que buscan desaparecidos; las acompaño y las seguiré acompañando. El dolor, la incertidumbre, de no saber dónde están sus hijos; ni siquiera poder descansar con unos restos, pero yo creo que es tan enorme la magnitud de los desaparecidos y de todas las personas que incineraron, que el gobierno no puede, no tiene capacidad para poder investigar todo. Sí va a poder hacerlo con casos emblemáticos como Ayotzinapa, y lo va a tratar de hacer para saber el paradero de los muchachos. Yo, al menos, creo saber qué pasó, y les ha ofendido mucho a los padres de los muchachos que yo diga esto, pero creo que a todos los mataron y además a todos los incineraron, no en el basurero de Cocula, sino en los hornos crematorios del ejército.

Los que están implicados, los responsables últimos son militares y de la Policía federal, y creo que el presidente ahora sí va a ordenar que se investigue a esos militares.

Sobre el papel del ejército en la Guardia Nacional…

La Guardia Nacional es necesaria, es indispensable. México está tan descompuesto que necesitamos una fuerza que no esté tan infiltrada. A todas las instituciones la infiltró el crimen organizado, pero quizá la Marina y el Ejército son los menos infiltrados; son los que pueden dar un poco más de confianza. Como punto de partida, como mal menor, no hay más que partir de aquí. Ya después iremos preparando policías éticas, capacitadas, bien equipadas.

En la visita que hizo a Europa en 2017, se dijo decepcionado del encuentro con Aldo dell’Ariccia comisionado de la Unión Europea para América Central, México y el Caribe por la pobre labor de la Unión Europea a favor de los derechos humanos. ¿Ha cambiado algo desde entonces?

Te voy a contar algo que he visto y que hoy comprobamos. A nivel oficial las cosas han empeorado más; es decir, la política de los gobiernos se ha cerrado todavía más. Han aumentado las barreras, los muros, las fronteras, como que hay oficialmente más prevención contra los migrantes. Pero abajo, el pueblo está trabajando; las iglesias están trabajando; las personas mayores están trabajando. Especialmente, las mujeres están haciendo un trabajo increíble, los voluntarios y voluntarias, porque ellos no pueden cambiar las leyes, pero en todos los países que yo he recorrido están enseñando el idioma local, están enseñando a los migrantes cómo adaptarse a Europa, están facilitando las condiciones para que puedan sobrevivir, para que trabajen, para que entiendan y, amén, se hagan responsables de Europa. Lo veo clarísimo, sobre todo en Italia. Yo puedo percibir dos movimientos: uno que es el oficial y otro el del pueblo, sobre todo de las mujeres, de las jubiladas, quienes están haciendo un puente con los venidos de África, de Asia y ahora de América. Los venezolanos no están yendo más a los Estados Unidos, están viniendo a Europa.

¿Cómo puede ser que mientras la sociedad civil se moviliza para ayudar a los migrantes, en la política los gobiernos ultraderechistas adquieren más poder?

Esto es muy interesante, porque por una parte los gobiernos se han cerrado porque tienen mucho miedo; los gobiernos son los responsables de Europa y ahora tienen mucho miedo de los extranjeros; sobre todo tienen pánico de los musulmanes. ¿Por qué? Porque muchos han demostrado intolerancia contra el cristianismo, no aceptan el cristianismo en sus lugares de origen y también porque son diferentes. Mucha gente participa de esa psicología masiva del miedo contra los migrantes y por eso están votando por gobiernos de derecha. Pero otros, a lo mejor son menos, son los que están apostando para hacer un puente, una transición con la migración de cualquier lado donde vengan, hacia Europa, y lo digo de esta manera, como si fuera un instinto de conservación. De hecho, si no fuera por estas mujeres, por estos voluntarios y voluntarias que están dando la vida por los migrantes entonces habría en el futuro una ruptura.

Estuve en Asís. Ahí me invitaron a participar con 400 personas, todas mayores. Son gente jubilada, bien preparadas, profesionistas. Les pregunté si creían que ya habían dado lo mejor de su vida: Levanten la mano quienes crean que ya dieron lo mejor de su vida, y la mayoría la levantaron. Levanten la mano los que crean que lo mejor está por venir, y como tres o cuatro personas la levantaron. Lo mejor está por venir, les dije, ¿ustedes creen que ya hicieron mucho por Europa y por Italia? ¿Creen que todo lo que pudieron haber hecho ya lo hicieron? No sabían qué decir, y al final dijeron que no. ¿Por qué no piensan en hacer algo maravilloso para ayudar a Europa? porque Europa es un legado, tienen cosas muy importantes qué cuidar, cada país, cada rincón, cada pueblo. ¿Cómo? Haciendo que los migrantes que llegan, si toman un migrante por familia, y no para que vivan en su casa, le pueden traducir Europa, le pueden hacer que ame Europa y que se vaya responsabilizando de las personas mayores. Pregunté que cuántas personas podrían hacer eso, y que yo volvería para comenzar. Se juntaron 16 mujeres, ningún hombre.

 

 

Foto: AFP

¿Ha notado alguna diferencia desde la entrada de Trump, en el trabajo que usted hace con los migrantes?

Trump no significa casi nada. Quiero ser franco; los migrantes tienen su vida propia, son autónomos y no le tienen que pedir permiso a nadie para hacer lo que tienen que hacer. Ellos fueron provocados para salir forzadamente de sus lugares de origen. Cuando ellos empiezan a salir, inician un movimiento que no ha parado y que no va a parar. Este movimiento fue provocado por el sistema neoliberal capitalista, que rompió reglas mínimas, reglas humanas, reglas de la vida y entonces al romper ese orden también provocó movimientos involuntarios dentro de la misma sociedad. Por ejemplo, los migrantes no salen por gusto, salen forzadamente, pero al mismo tiempo es como un búmeran, porque Estados Unidos destruye sus lugares de origen: Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, y ahora toda esa gente viene a Estados Unidos, porque no hay otro destino. Ni siquiera quieren quedarse en México. Ahora que Estados Unidos cierra sus fronteras, ahí están esperando; pero estar esperando no quiere decir que renuncien a entrar a Estados Unidos. Cuando puedan pagar al coyote van a pasar, porque se pasan de muchas maneras. Hay corrupción de este lado y corrupción del otro lado. Se pasan por la garita de Migración, por los aeropuertos, por lanchas de motor, por túneles… Cuando están pensando en poner muros, ahí, abajo hay túneles. Les cierran uno y abren tres más. El crimen organizado pone a trabajar a los mismos migrantes haciendo túneles. Ellos dicen, a ver, Donald Trump va a meter un muro con nueve metros de profundidad, entonces haremos un túnel con diez o doce metros de profundidad. No hay manera de parar la migración.

Donald Trump es un factor que hace visible algo que antes no se reconocía. Los supremacistas blancos tienen un odio ancestral, una discriminación contra la gente de fuera, son racistas, y entonces Donald Trump lo que hace es aceptar que eso existe, que se haga visible y que físicamente también materialicen su rechazo y su odio a los migrantes mediante ese muro. Nos estamos dando cuenta de la realidad que vive Estados Unidos. El muro no va a servir de nada, Donald Trump va a pasar en unos años más y los migrantes van a seguir muchos presidentes más porque ellos no tienen prisa. Se van a quedar muchos en el camino, en el desierto, en México, pero otros ya están adentro y se están multiplicando. Desde 2012, los anglosajones ya no crecen, los que están creciendo muchísimo son los latinos. Los supremacistas blancos son los menos preparados, son los que consumen más drogas, en ellos hay más estrés y hay más suicidios, y son los que menos hijos tienen. Se están quedando solos. Son fanáticos, fundamentalistas, no tienen fe. Los migrantes en general, no sólo latinos, están resistiendo contra esos supremacistas blancos, y al mismo tiempo hay mujeres blancas que siempre han sido solidarias con los movimientos libertarios.

Sobre los cárteles de la droga y la trata de personas…

Cuando empecé a acompañar a los migrantes me empecé a dar cuenta de quién los perseguía, y tuve el momento para decidir si salvaba el pellejo y me iba, o me quedaba y asumía las consecuencias. Dije, yo soy hombre de fe, me quedo y como pastor que soy voy a defender a mis ovejas. Yo no sabía qué iba a pasar ni cómo le iba a hacer. No sabía nada de derechos humanos ni sabía contra quien estaba luchando, no sabía si tras cada amenaza, cada agresión, iba a ser el último día de mi vida. Al ir sobreviviendo aprendí a perder el miedo, perdí el miedo hasta de morir, porque me fueron haciendo de todo.

Me la juego, el que no arriesga no gana. Somos más de 500 defensores y defensoras de derechos humanos pero reconozco que fui pionero en arriesgarlo todo. En 2007, fue la primera vez que me golpearon, me metieron a la cárcel y resistí, no me fui y me quedé. Un señor que quería hacer algo por los migrantes me dijo: “padre yo voy atrás de ti, si tú das un paso, yo doy un paso también, pero si te regresas, yo también me regreso”; se me quedó muy grabado, yo no me quiero hacer el valiente ni quiero ser mártir, es que se necesita ser eso. Voy a dar ese paso.

Orgullo migrante. Foto: José Pedro Martínez/2018

El peor día de su vida…

Nunca voy a olvidar el 24 de junio de 2008. Las autoridades del PRI estaban empeñadas en cerrar el albergue porque yo no los dejaba hacer su trabajo con el crimen organizado para el tráfico de personas, para los secuestros masivos, para la trata, para el tráfico de órganos, el único estorbo era yo. Ellos ya me habían golpeado y encarcelado en 2007, pero no les dio resultado. Así que planearon otra cosa. Inventaron la violación de una niña del pueblo por parte de un migrante. La idea inventada era que el migrante había salido del albergue, fue a violar a la niña y se regresó al albergue. Todos estuvieron de acuerdo, incluyendo periodistas corruptos de ahí, que repitieron esa historia. Cuando fui a investigar, me di cuenta de que no era posible. Todo estaba planeado por el principal narcomenudista de esa ciudad, “Caloto”, que ya murió, para echarle la culpa al migrante nicaragüense, a quien lo torturaron para que dijera que había salido del albergue. Se van todos contra mí. Por la mañana de ese día, va el presidente municipal con treinta hombres y otros noventa ya estaban frente al albergue, armados con piedras, palos y gasolina para quemarlo. Si yo me iba y cerraba el albergue, los migrantes quedaban sin protección y, en ese momento, estaban llegando cientos cada día. Un día llegaron mil 200 personas. Si yo cerraba, podía pasar algo horrible, iba a haber una matazón de gente. El presidente municipal trató de engañarme diciéndome que era para protegerme, cuando él estaba azuzando a la gente, del partido del PRI en contra mía. Las noventa personas entraron al albergue para quemarlo, pero no había nada que quemar. ¡No teníamos nada! Las patrullas estuvieron del otro lado para que no corrieran los migrantes, pero había nueve solamente: dos menores de edad y siete jóvenes adultos. Cuando ven esto, dos de los jóvenes se asustan y se echaron a correr, pero los demás ya no pudieron porque cerraron con patrullas. Del otro lado, estaba el presidente municipal con la multitud. Yo todavía fui y lo saludé sin saber lo que se proponía, mientras su gente salía del albergue enojada porque no había nada que quemar. Los líderes hicieron un círculo a mi alrededor, no quiero mencionar sus nombres. Con groserías, me dijeron que protegía a un violador y a los migrantes que eran una bola de delincuentes, que llegaban, robaban, violaban y regresaban al albergue donde yo los protegía. Entonces, empezaron a gritar:

–¡Vamos a darle en la madre!

–¡Muerto el perro se acaba la rabia! ¡Sí!

–¡Vamos a quemarlo! ¡Vamos!

Yo pensé que no me iba a escapar. Lo que hice fue ponerme con los brazos abiertos y decirles:

–Si me van a quemar, ¡quémenme! –Me dicen que así no, que bajara los brazos. No soportaban verme como Jesús. Di tres pasos hacia ellos y pude oler la gasolina y ver cómo destapaban las garrafas. Se hizo un silencio increíble, me di la media vuelta y me fui caminando muy despacio. Nadie gritó, nadie me insultó, no me tiraron una sola piedra, pero cuando entré al albergue sentí que si hubiera corrido, nos mataban a todos.

Más tarde el presidente municipal inventó una reunión para que el pueblo decidiera si se cerraba el albergue o no. Yo dije que iba a hablar con la gente, que no tenía miedo. Pero cuando voy, el pueblo no estaba convocado, solamente estaban los regidores. Me encerraron y estaban las personas que había estado en la mañana y habían querido quemarme. Allí estaban, eran seis personas insultándome, diciendo que yo era pollero. Casi seis horas me tuvieron encerrado y decían que no me iban a dejar salir hasta que yo no firmara que iba a cerrar el albergue.

–Hagan lo que quieran, mátenme, si quieren, pero no voy a firmar. El albergue no se cierra porque ése es un establecimiento de la Iglesia Católica.

Ya para terminar dijo el presidente municipal:

–¡Afuera está la prensa esperando! Están de acuerdo en que yo sea el vocero de todos para que yo diga lo que pasó aquí. –Yo dije que no–.

–Yo tengo mi propia versión y usted no tiene por qué ser vocero mío. –Cuando salí toda la prensa se vino conmigo, y a él ni caso le hicieron. Hablé directo:

–Lo que acaba de pasar es un secuestro. ¡Me secuestraron!

Empecé a decir toda la verdad. Eso fue en la tarde. En la noche vino otro capítulo. Los migrantes llegaban a las seis de la tarde, y los maquinistas –por miedo a la gente– no quisieron que llegaran en tren hasta la ciudad. Los dejaron del otro lado del puente, y yo tuve que ir por ellos. Eran como 90 migrantes, y venían unos niños, vestidos de amarillo. Un sacerdote y una religiosa venían conmigo. De repente, una narcomenudista me dijo que por qué iba manejando, que me bajara a caminar con los migrantes, sabiendo que adelante nos esperaban dos grupos violentos que querían golpearme. Sin embargo, lo hice. Me fui caminando con los migrantes, los instruí a no responder a las provocaciones. Ahí estaba la policía municipal y la estatal que jamás intervinieron para defendernos. Al pasar frente a un templo evangélico, me detuvieron y me aventaron con un grupo que traía piedras, palos y gasolina. En ese momento les dije:

–Miren, yo no sé si ustedes tengan fe, pero estos migrantes son Jesús. Vean cómo vienen: con hambre, con sed, hay menores de edad. ¿En quién creen ustedes? –No dijeron nada y seguimos avanzando.

Había un segundo grupo. También me detuvieron, me aventaron y, aquí, ya perdí la paciencia.

–Si me van a quemar, ¡quémenme! –los reté con firmeza. Pero ellos tampoco hicieron nada, y pudimos continuar. Al llegar al albergue, ya me estaban esperando el padre y la religiosa. Cuando me pusieron sus manos en mis hombros, me quebré y empecé a llorar.

En el albergue, unos pastores protestantes habían llegado antes para apoyarnos y observaron todo. Los párrocos católicos, en cambio, nunca estuvieron. Los padres Jesuitas estaban ahí, nos habían ido a visitar y empezaron a decir chistes para relajar el ambiente. Todos empezaron a reír, y yo, con la angustia. Luego, ya iba a pasar el tren que iba a Veracruz, donde se iban a subir los migrantes que ya habían cenado, pero el problema era que la gente estaba esperándolos con piedras. Cogí el teléfono y hablé con el presidente municipal.

–La gente está amenazando de lastimar a los migrantes. Si les pasa algo, o a mi equipo o a mí, a usted lo voy a denunciar. –Se puso enojadísimo, pero continué– Usted es la autoridad y tiene que poner orden aquí, porque si pasa algo, contra usted me voy a ir.

–Voy a ver qué puedo hacer –masculló.

–Pues haga lo que le toca. Nada más.

Llegó el tren y la gente seguía con las piedras en las manos. Se subieron los migrantes y no les aventaron las piedras a ellos, sino a los maquinistas. A uno de ellos le dieron una pedrada tan fuerte que lo tuvieron que llevar al hospital. Ese día nunca lo voy a olvidar. Nunca.

Migrantes sobre el cerco que divide México y Estados Unidos. Foto: Gaba Cortés/2017

El padre Solalinde iba narrando de un episodio a otro de su vida de riesgo. Las amenazas constantes por su defensa de los derechos humanos a migrantes provenían principalmente de políticos coludidos con los cárteles, para quienes los migrantes eran oportunidad de hacer crecer el sicariato.

Sobre las amenazas…

En 2012, recibo seis amenazas seguidas, hasta me dijeron qué sicario me iba a matar. Ahí, en Juchitán, hay familias completas de sicarios, los Terán, por ejemplo. Uno de ellos me fue a amenazar al albergue. Fueron seis amenazas de muerte, le dije a mis superiores, me dijeron tienes que salir dos meses para que las condiciones se mejoren. Salí dos meses y las condiciones no mejoraron. Poco a poco sobreviví. Llegaron los escoltas que tengo ahora y, con ellos, sufrí tres atentados. El último, hace tres años.

Iba a recibir a los migrantes, que esa vez llegaron a las doce de la noche. Les di la bienvenida, y al subirme a la camioneta llegaron dos camionetas y se bajó gente con armas largas. El comandante de mi escolta me aventó al piso y el oficial que iba conduciendo se cruzó la vía y va en sentido contrario. Llegamos al albergue, finalmente. Yo le pregunto por las consecuencias de ir tan rápido y en sentido contrario. Me dice:

–Mire, padre, qué tal si esas camionetas eran un señuelo y había una tercera camioneta esperándonos para matarnos. Si atropellamos o chocamos a alguien eso lo arreglamos, pero a mi me pagan por cuidar su vida.

Las amenazas han seguido. A cada rato me matan en internet. Yo sólo contesto, yo estoy bien, no tengo miedo y voy a seguirle.

Las amenazas vienen más de políticos que del crimen organizado. El PRI jamás acepta los errores que ha cometido, no ofrecen disculpas de nada. A mí nunca me han ofrecido disculpas y son los únicos que sí me han ofendido y me han agraviado físicamente.

La ley del hielo

El único reconocimiento que he recibido de la Iglesia Católica ha sido de los padres escolapios en Veracruz, de la Universidad de Cristóbal Colón. Es más, en este momento, los obispos de México me están aplicando la ley del hielo. Donde quiera que me invitan, busco al obispo. Me acaban de dar el premio Tatic Samuel Ruiz en Irapuato, busqué al obispo Enrique Díaz para saludarlo. Lo invitaron al evento y no fue, y así como ése en todos lados donde voy, se esconden, no quieren ir o de plano me dicen que no me quieren recibir.

El obispo de Veracruz, Luis Felipe Gallado le prohibió oficiar una misa.

Sí, él decía que si yo estaba dispuesto a callar y a no volver a hacer críticas contra la Iglesia, me daba permiso para celebrar la misa. Yo le dije que yo no venía aquí para celebrar misas, para eso están los padres, que celebren las misas y les paguen bien. Yo vengo a defender los derechos humanos, vengo a otra cosa. A mí no me preocupa que usted no me dé permiso para celebrar la misa.

¿Y el arzobispo no lo ha tratado de silenciar?

El anterior, Norberto Rivera Carrera, nunca me quiso recibir. La única vez que lo vi fue en una misa de las Madres Carmelitas. Me le puse a un lado, ya estábamos por salir, era en la sacristía y le dije “Cardenal, yo soy el Padre Soalinde” y me hace “Mjú”, volteándome la cara. En la hora de la paz, no me dio la paz. Con el actual, Carlos Aguiar Retes, no se cuántas veces le he mandado decir con personas que se reúnen con él que quiero saludarlo, que si me permite verlo… no me contesta. Yo personalmente fui a llevar a su oficina de Durango 90, de la colonia Roma, una carta escrita diciéndole que quiero reunirme con él, porque tengo el compromiso de la Cruz de Lampedusa de Italia, y me nombraron a mí como organizador. Quiero tomar en cuenta su autoridad. Jamás me ha contestado, de eso hace semanas. Es la ley del hielo.

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