Trump amenaza, pero China me tranquiliza

10 de Abril del 2017

Con voz propia

Donald Trump y Xi Jinping posan para la prensa en su encuentro en el complejo vacacional de Mar-a-Lago, Florida. FOTO: Agencia Xinhua

L. Alberto Rodriguez

Aún si la reunión entre Xi Jinping y Donald Trump realizada en la primera semana se abril en el resort de Mar-a-Lago, Florida, quedó en los mejores términos posibles, con una cena llena de risas y los nietos del mandatario estadounidense cantando en chino para el matrimonio Xi, el futuro de la relación entre China y Estados Unidos sigue siendo incierto, fundamentalmente por la belicosidad del Pentágono sobre el mar de Corea, a cuya península  arribó un buque de guerra estadounidense casi al mismo tiempo que el presidente chino salía del aeropuerto de Palm Beach.

Hay que recordar, además, que Estados Unidos lanzó 59 misiles Tomahawk contra la base militar siria de Al Shairat, en la provincia central de Homs, justo cuando Xi aterrizaba en suelo estadounidense para su encuentro con Trump. El hecho constituyó, sin duda, un acto de hostilidad diplomática que puede ser entendido a la luz de las históricas estrategias de bravuconería de los gobiernos estadounidenses frente a naciones que le resultan amenazantes como lo es China, por supuesto, cuya economía está a punto de desbancar a EE.UU. como la primera potencia del mundo.

De tal manera, uno de los propósitos del arribo del portaviones USS Carl Vinson –con capacidad de 85 jets de combate de propulsión nuclear y que se hizo famoso por ser la nave en la cual se portó el presunto cuerpo de Osama Bin Laden antes de ser supuestamente tirado al mar en mayo de 2011 tras su aparente captura en Pakistán–, es hostigar a la República Popular Democrática de Corea cuando ésta realiza ejercicios armamentísticos para, precisamente, defenderse de posibles ataques en su contra por parte de EE.UU. y su territorio anexado de Corea del Sur, desde el mar amarillo. La maniobra pretende presionar a China para calmar, por así decirlo, a su aliado comunista coreano y hacerlo desestimar de sus ejercicios nucleares que amenazan a Washington, según su visión. De esto habrían hablado Xi Jinping y Donald Trump, acordando cooperación para “resolver pacíficamente” el tema.

Estados Unidos logró con ello dar al mundo un fin de semana de tensión bélica, al bombardear Siria y atentar contra posiciones de Rusia; hostigar a la RPDC y pretender chantajear a China. Sin embargo, hace falta mucho más para que la Casa Blanca logre siquiera inquietar a Moscú y Beijing. De hecho, ha sido la República Popular China la que ha logrado hacer retroceder a la diplomacia hostil de EE.UU., primero, orillándolo reconocer su error con relación a su trato con el territorio separatista de Taiwán, y segundo, teniendo para el matrimonio Xi lo mejor que el mundo de Trump puede ofrecer. Nada casual, si se considera que China es dueño del diez por ciento de la deuda pública estadounidense y ha ganado al país norteamericano la sociedad comercial en más de la mitad de las naciones del mundo. El gigante asiático es, pues, dueño del juego de la globalización.

Donald Trump es un tipo imprevisible. Hoy llama amigo a Xi Jinping y mañana estaría volviendo a amenazar a China con elevar aranceles y soltando sus buques en el océano Pacífico. Pero eso lo sabe muy bien el líder chino. Sabe, como pocos extranjeros, cómo es vivir bajo la política volátil del régimen estadounidense, habiendo vivido el joven estudiante de ingeniería Xi entre agricultores de Iowa que miraban Star Trek y leían novelas conservadoras de Pearl S. Buck, en 1985. Por eso es claro advertir que, si bien nada puede darse por sentado con EE.UU., la obstinación de Washington llegará hasta donde Beijing quiera, pues supera en número a su par norteamericano en cualquier área: política, económica, científica o militar, y no se diga cultural. En ese sentido el mundo puede estar tranquilo. Yo lo estoy. 

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