Revista Proceso ignora denuncia contra Renato Sales por torturas a víctimas del caso Wallace

Guadalupe Lizárraga

El 8 de febrero de 2019, estuve en el penal federal El Altiplano, Almoloya de Juárez, Estado de México. Fui a entrevistar a George Khoury Layón y a César Freyre Morales, ambos vinculados por falsas acusaciones al caso Wallace, torturados con extrema brutalidad e ignorados por las instancias nacionales de derechos humanos. No me dejaron pasar en la aduana del penal, pese a que estaba autorizada como periodista y anotada en la lista de visitas de los internos. Después de tres horas de espera, y de haber respondido cuál era mi nombre una decena de veces, tuve que retirarme. Sin embargo, me hicieron llegar una larga carta de César Freyre, en la que narra a detalle las visitas de Isabel Miranda Torres, de las torturas que padeció todavía hasta 2017, y de las sesiones dirigidas directamente por ella.

La carta me causó un fuerte impacto emocional. Leer a Freyre de cómo lo sacaron en un helicóptero a media noche, y le pusieron un audio con la voz de Isabel Miranda donde lo amenazaba y decía que, si no se inculpaba del secuestro de su hijo Hugo Alberto, tenían la orden de lanzarlo vivo, atado de pies y manos colgado de cabeza. Otras veces, sacado de la misma forma, aterrizaban en un campo al aire libre. Allí volvían a torturarlo con descargas eléctricas, asfixia, golpes, y después en el regreso al penal con maniobras del piloto mientras lo mantenían colgado del estribo.

En la carta, Freyre hace referencia a unas cinco veces que habrían hecho lo mismo: usar un helicóptero para sacarlo de El Altiplano y torturarlo. Da los nombres de algunas autoridades que permitieron esas torturas, los que le permitían a Isabel Miranda entrar al penal las veces que quisiera, y que lo sacaran a media noche o de madrugada. Entre estas autoridades, destaca a Renato Sales Heredia, quien fue comisionado nacional de Seguridad, durante la administración de Enrique Peña Nieto.

Ya en California, envié un mensaje de texto al director de la revista Proceso, Rafael Rodríguez Castañeda, para ofrecerle mi reportaje sobre las detenciones y torturas en las que había participado directamente Isabel Miranda. El periodista Ricardo Raphael me había hablado bien de él, “nada que ver con Pascal Beltrán del Río”, me dijo en referencia a una anécdota de censura que yo le había contado. Así que pensé que sería buena idea enviar mi trabajo a la revista, para darle seguimiento a lo que Ricardo había escrito sobre mi libro El falso caso Wallace.

Dos días después le envié mi trabajo, un texto de siete páginas con testimonios y documentos judiciales y de organismos internacionales como la ONU, que daban sustento a la narración de las detenciones ilegales y torturas que habían padecido tres víctimas de Isabel Miranda Torres, en las que ella había participado directamente. Mi trabajo no dejaba cabos sueltos, lo había pulido con esmero por tratarse de un medio ajeno. Rafael Rodríguez me confirmó que había recibido el material, por lo que estuve atenta a las notas que iban subiendo. Nada. Otro día, le pregunté su opinión. Me dijo que no lo había revisado porque tenía mucho trabajo. Le pedí que me dijera si lo iba a publicar, si no para darle salida por Los Ángeles. “Te resuelvo a primera hora de la tarde”, fue su respuesta por texto. Pero nunca llegó esa hora. Y el trabajo lo publiqué en mi medio.

Ayer sábado, alguien me compartió la revista Proceso en PDF, y me llamó la atención el título de su portada: “Mi historia con El Chapo. Testimonio de Renato Sales”. Con un texto anecdótico sobre el efímero encuentro en su papel de custodio, Sales Heredia abre la edición número 2207. Se expande en detalles, entre éstos, bajo el subtítulo La vigilancia, hace alusión a la rutina que tenía como comisionado. Por ejemplo, “leer el reporte de los incidentes en los penales federales del país” y, en referencia a “lo poco probable” de que bajara un helicóptero en El Altiplano, recrea la conversación: “¿Es posible que baje aquí un helicóptero? Sí, pero es muy poco probable”, refiere Sales que le decían. “Tan poco probable como fugarse por el piso de su baño”, dice haber contestado, y cierra el párrafo: “Hagan imposible que baje un helicóptero”.

Sin embargo, pese a la imposibilidad enfatizada por Sales en su texto, el helicóptero en el que subían a César Freyre aterrizaba y se elevaba de madrugada, sin ningún problema y sin que ninguna autoridad interviniera, durante la gestión de Renato Sales, en su paso por la Comisión Nacional de Seguridad. Encargado de la vigilancia de los penales federales, la principal tarea no la cumplía. Las torturas fueron periódicas entre 2006 a 2017, incluso dentro del penal, como en las que llegó a participar la misma Isabel Miranda. De todo daba cuenta Freyre, hasta por medio de una misiva al expresidente Enrique Peña Nieto, de la que obtuvo acuse de recibo. Pero Renato Sales, en su rutina de custodio, ignoró el trato cruel e inhumano que padecían todas las víctimas del caso Wallace, no nada más Freyre, porque era imposible no saberlo, ya que las mismas víctimas o sus familiares se encargaron de poner las quejas a derechos humanos, e incluso de comunicárselo directamente a él, como fue el caso de Enriqueta Cruz, madre de Brenda Quevedo, quien el 23 de septiembre de 2015, le envió una misiva por las torturas a su hija y las violaciones al debido proceso.  La respuesta de Sales fue el silencio. Además, era evidente que el excomisionado respondía en favor del tráfico de influencias de Miranda al permitirle entrar a los penales a discreción, causando un grave daño físico y psicológico a las víctimas.

Siguiendo su texto, Sales Heredia comenta que “las corporaciones de seguridad penitenciaria tienen por misión esencial evitar fugas de internos, que se cometan crímenes en el interior…”, entre otros puntos, y les llama “riesgos”. Riesgos que no se previeron con las víctimas de Miranda. Cuando Freyre narra en su misiva sobre las torturas, cuenta que al menos unas diez veces lo visitó Miranda, y que los custodios le habían dicho que “la señora Wallace quería entrevistarse con él”. Cada entrevista era una tortura por agentes ministeriales de SIEDO dirigidos por ella. Si Renato Sales simplemente hubiera hecho su trabajo, tal como se jacta en la conversación con Rafael Rodríguez, como lo hizo con El Chapo, hubiera sido imposible que las torturas de las víctimas del caso Wallace hubieran tenido lugar, no habrían ingresado instrumentos para perpetrarlas, ni hubiera habido facilidad de acceso a personas sin facultad jurídica, menos aún habrían utilizado vehículos gubernamentales, como el helicóptero que entraba y salía del penal para llevarse a Freyre.

En otro párrafo, el excomisionado, entusiasmado con su historia sobre el narcotraficante con más amigos expresidentes, narra que lo subieron a “un helicóptero Black Hawk que del Altiplano lo llevó a la Ciudad de México”, aunque párrafos antes recreaba la escena de la vigilancia en la que “era imposible” que bajara un helicóptero.

En cambio, Freyre no se contradice. Especifica sin titubeos, en su misiva, la responsabilidad de Sales Heredia en las torturas y su complicidad con Miranda Torres:

«En el sexenio de Enrique Peña Nieto también fui torturado en presencia de la señora María Isabel Miranda Torres, con la complicidad y complacencia del Lic. Renato Sales Heredia, comisionado nacional de Seguridad».

También lo menciona en la lista de los custodios y funcionarios que permitieron la tortura. Y en otro punto, Freyre señala:

“… me han dañado de manera irreparable, no hay forma de resarcir esta infamia hecha en mi persona, psicológicamente estoy en un abismo sin fondo, mi salud deteriorada en extremo…”

 

El contraste de los dos textos, el de Sales y el de Freyre, muestra una gastada realidad que tiene agotado a México: el director de un medio de prestigio nacional apapachando al funcionario cómplice de tortura, mientras censura a la víctima, pese a la gravedad de sus denuncias; y de nueva cuenta en favor de Isabel Miranda Torres, la señora Wallace que sigue impune.

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