México: la nueva correlación de fuerza políticas

Raúl Ramírez Baena

Si las encuestas y predicciones de los politólogos, académicos y periodistas resultan ciertas y el 2 de julio amanece el país con la noticia del triunfo de Andrés Manuel López Obrador, y no sólo eso, sino que la Coalición que encabeza el tabasqueño gana la mayoría en el Congreso de la Unión y en las gubernaturas en disputa, estaremos ante el escenario del ascenso de una nueva fuerza política en el país.

No es difícil entender la férrea resistencia que muestra el aparato político-ideológico-económico que ha gobernado al país en los últimos 30 años, el coloquialmente llamado PRIAN, surgido desde el régimen de Carlos Salinas de Gortari mediante la primera “concertacesión” entre el PRI y el PAN, representados entonces por el propio Salinas y por Diego Fernández de Cevallos.

Un segundo momento de concertacesión se vivió en el año 2002, cuando Vicente Fox llama al PRI a cogobernar para frenar tanto las fuertes presiones derivadas del “Pemexgate” como el ascenso de López Obrador como serio contendiente a la Presidencia. Un tercer momento se observa en los acuerdos Peña Nieto-Calderón, destinados a contener de nuevo el impulso de López Obrador y a garantizar la prolongación de la alternancia hasta el año 2030, mediante el pacto secreto entre esas dos figuras políticas del PRI y del PAN. Hechos documentados en el libro “El Amasiato” del periodista @alvaro_delgado.

A diferencia de aquellos años, ahora, los acuerdos no escritos se rompen estrepitosamente con la confrontación entre Peña Nieto y Ricardo Anaya (hecho que merece un análisis aparte), que marcan claramente la ruptura de las “concertacesiones” y del “amasiato” y, con ello, la posible agonía o, por lo menos, un grave debilitamiento del PRIAN. La gente ya no les cree como antes, a pesar del costoso despliegue mediático y de la guerra sucia electoral desatada.

Antes de la ruptura, en el contexto de la coyuntura electoral 2018, el régimen bipartidista, con sus aliados, llegó a su máximo nivel con la aprobación de las Reformas Estructurales de corte neoliberal (laboral, educativa, hacendaria, energética, financiera, en telecomunicaciones), el “Mexican moment” que tuvo que establecer fuertes compromisos con sectores estratégicos de la economía, la política y el sector castrense (partidos minoritarios, cúpulas empresariales, sindicalismo oficial, medios hegemónicos, Sedena, Semar, Departamento del Tesoro, Pentágono, OCDE, FMI, trasnacionales, etc.), a espaldas del sentir popular, desplegando toda su capacidad operativa legislativa y política, lubricada con una fuerte dosis de corrupción que hoy se les revierte.

Sin embargo, la nueva fuerza político-electoral que surge en torno a López Obrador como figura central, carece hasta hoy de una identidad ideológica propia, ya que muchos de sus cuadros provienen del viejo régimen, de la izquierda, del centro y de la derecha confesional, lo cual sin duda provocará una feroz lucha interna por el control político una vez consumada la posible victoria electoral, pragmatismo que puede dificultar el inaugurar lo que ellos mismos llaman “La Cuarta Transformación” de la nación, o lo que cuadros de izquierda ven como una posible transición hacia la democracia. Todo un reto.

La izquierda mexicana no partidista aglutinada en torno a la candidatura de “Marichuy” y a las resistencias populares en ascenso, no aliada a López Obrador, manifiesta que aún con el probable triunfo de éste no habrá cambios de fondo en el modelo neoliberal, sino un régimen de recambio de cuadros políticos y de formas de gobierno que sólo matizará la pobreza y la desigualdad social, que intentará combatir la corrupción desbordada y que aplicará un programa de austeridad en el gasto público, pero que en esencia todo seguirá igual en torno al desarrollo económico del país, quizá con algunos matices, con las consecuencias que esto acarreará en las condiciones sociales para el grueso de la población. Así, las movilizaciones sociales de protesta prometen continuar.

Aun llegando un régimen nuevo, no se ve en el corto y mediano plazo un panorama optimista en el tratamiento de los temas de seguridad, justicia, pobreza y derechos humanos, que son el “hueso duro de roer” que deja como herencia el modelo neoliberal impuesto desde hace 30 años, coronado por el desastroso gobierno de Peña Nieto.

Aunado a lo anterior, las campañas electorales han dejado a una sociedad mexicana desconfiada, dividida, polarizada y con fuertes dosis de sentimientos de odio y de miedo cuyas heridas serán difíciles de restañar.

El pueblo mexicano, alejado de las luchas y “grillas” en torno al poder, debe esperar que los que se van del poder y los que verán afectados sus intereses económicos con el arribo de un grupo político diferente, no caigan en la tentación de desestabilizar a la nación y de minar las acciones del nuevo gobierno.

Raul Ramirez Baena
Director de la Comisión Ciudadana de Derechos Humanos del Noroeste, AC. Articulista de opinión en La Jornada de Baja California y Los Ángeles Press.

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