Mala mujer no tiene corazón, de Abelardo Gómez Sánchez, cumple 25 años

25 años de Mala Mujer no tiene corazón

Los textos siguientes son los de la presentación del libro de cuentos, Mala Mujer no tiene corazón (1993, Cuadernos de Cantera), del escritor Abelardo Gómez Sánchez, en la Librería Bonilla de la Ciudad de México. He aquí estas reseñas críticas, cuyos autores son Ignacio Trejo Fuentes y Armando González Torres escritores representativos, de la sana y lúcida crítica literaria en México, como lo atestiguan sus, ahora, sólidas obras.

La Mala Mujer cumple 25 años, y para celebrarlos volverá a ver la luz  en su primera edición electrónica. Presentamos la portada de esta modalidad editorial cuya ilustración, Mala mujer es una tinta china del gran maestro pintor Raúl Herrera.

Mala mujer no tiene corazón

Ignacio Trejo Fuentes. *

La revista Cantera verde extendió sus proyectos a la edición de libros, sobre todo de autores que incursionan por vez primera en esos terrenos. Uno de ellos es Abelardo Gómez Sánchez (México, 1961), quien debuta con el volumen de relatos Mala mujer no tiene corazón.

Me parece, de entrada, que Gómez Sánchez es uno de esos escritores que nacen con la camiseta puesta, que posee una garra natural, de esos que nacen para contar historias de la mejor manera. Cuenta, además, con una cualidad que pareciera rara avis en la narrativa mexicana: el humor, la cachondería verbal, el regocijo. El autor asume la literatura como lo que debiera ser siempre, como un juego, como un divertimento que hay que compartir con los lectores, lo cual no desestima que en medio de esa fiesta surjan consideraciones de otro nivel, que pueden ser, son, muy serias. Esto es, la seriedad se desliza como una serpiente venenosa en medio del inocultable tono juguetón. Y eso, qué duda cabe, es una virtud.

Abelardo es un desenfadado, casi un irreverente; pero no lo es en cuanto a las formas: tiene un profundo respeto por la técnica. Su desenfado va en otra dirección, en la que los asuntos tienen capital importancia. Para ilustrarlo basta remitirnos a la lectura de cuentos como Odió a su prójimo como a sí mismo, en el que el protagonista, Garrido, vive empeñado en no vivir, aferrado a la idea del suicidio. Lo intenta varias veces, fracasando en todas. Imagino que otro autor hubiera hecho del tema una verdadera tragedia, un monumento a la fatalidad; en cambio, aunque en el fondo es una historia terriblemente desoladora por sus implicaciones existenciales, Abelardo ha hecho de ella una suerte de sustitución, y lo que debería alarmarnos más bien nos regocija.

Varios más de los cuentos de Gómez Sánchez tienen ese tono, por ejemplo, el que da título al libro y No sucede otra cosa que una rosa. Ambos son verdaderos delirios de los protagonistas, emmascarados con el tono socarrón utilizado por el narrador. El segundo de los mencionados, al último tiene algo de grotesco, de absurdo, pero al parecer Gómez Sánchez quiere ilustrar que la vida no es menos grotesca y absurda que esas ficciones. Si se lee de este modo, se entenderá la forma en que, como decía, el autor cuela entre el aparente desmadre conceptos de mucha seriedad: Su idea de la vida grotesca, a veces sin sentido coherente, sería una de esas propuestas.

Sobresale en Mala Mujer no tiene corazón el cúmulo de referencias culturales que hace el autor en sus narraciones, referencias que casi siempre se asientan en un trasfondo popular, proveniente de manifestaciones musicales y cinematográficas. El cuento titulado ¡Por qué Pepe ya no puede ser el Toro!, parece un homenaje a toda esa cultura pedroinfantesca, además de que está tejido con un lenguaje peculiarísimo, poderoso y por eso convincente.

Pero la raigambre del tono popular se manifiesta claramente en Mala mujer no tiene corazón. Nutrido fundamentalmente de los ecos del bolero (desde el título), va mucho más allá: el ritmo narrativo, las cadencias verbales son esencialmente hijas de la música, y eso no es cosa fácil de conseguir: es posible advertir que el lector baila mientras lee.

Tiene razón el escritor Jaime Lorenzo cuando en la cuarta de forros afirma que Abelardo se apoya con frecuencia en la parodia, y sobre todo cuando señala que este escritor hace recordar a Jorge Ibargüengoitia. El recordatorio no es gratuito, porque, como se señaló una de sus virtudes radica en su sensacional sentido lúdico. Para terminar, he de volver a la idea principal de esta nota: Abelardo Gómez Sánchez sabe manejar, con excelentes recursos, el sentido del humor para revestir situaciones esencialmente dramáticas, lo que es sin duda un motivo para acercarse a su libro.

Ciudad de México

Septiembre de 1993.

*Ignacio Trejo Fuentes (Pachuca, Hgo., 1955) es cronista, novelista, ensayista, periodista y crítico literario. Académico de larga y prolífica trayectoria en la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma Metropolitana y la Universidad Iberoamericana. Conocedor profundo de tradiciones narrativas varias, y especialmente la mexicana: es clarificador lúcido de este vasto continente del relato. Autor de Segunda voz (ensayos sobre novela mexicana), Faros y sirenas (aspectos de la crítica literaria), las crónicas de Loquitas pintadas y la novela Hace un mes que no baila el muñeco, entre una docena de libros.

Mala mujer no tiene corazón.

Armando González Torres. *

Pese al desparpajo y liberalidad con que se concibe al lenguaje literario después de la onda, es un hecho que, con pocas excepciones, la narrativa mexicana reciente es dominada por una escolástica de la solemnidad y el aburrimiento. No es, sin duda, el corsé de la corrección gramatical lo que da un aire irremediablemente tedioso a muchos de los productos narrativos actuales, sino ese tomarse demasiado en serio, que, en sus versiones más pobres, produce una narrativa de rictus congelados o de intensidades cretinescas. Frente a esta parálisis facial de la escritura, producto de un clima de ideas que muy bien describe George Steiner, probablemente una de las actitudes más sanas sea una carcajada franca, inteligente. Esta, precisamente, ha sido la elección narrativa de Abelardo Gómez que, armado de un inusual dominio del oficio y de un escalpelo irónico, afilado al máximo, descubre con carcajadas crueles, estentóreas, a menudo terapéuticas, las cicatrices y deformidades de la realidad.

En esta tarea, Abelardo Gómez muestra un apetito omnívoro por la ingestión de géneros y cultiva con soltura diversas modalidades narrativas que van desde un estilizado costumbrismo que hace guiños con los lugares comunes de nuestra cultura clasemediera hasta la ciencia ficción. La variedad y profusión del humor de Abelardo Gómez son casi ostentosos y no se agotan en la invención de situaciones, sino que van acompañadas de una respiración rítmica y una enorme riqueza de motivos verbales que permiten raras y afortunadas entre la construcción sintáctica, la atmósfera y el carácter de los personajes. Esta madurez estilística tan rara en un primer libro, se refleja en todas las aristas de los cuentos, ya sea la verosimilitud cinematográfica de las atmósferas; la traducción límpida de los tonos, o el despliegue puntual, exacto, de las tramas.

Pero el libro no es sólo un muestrario de depurada capacidad narrativa, Abelardo Gómez es un auténtico kultkritiker, que, a la manera de los filósofos cínicos o los maestros zen, utiliza el humor y la sorpresa como estrategia pedagógica de choque para realizar lo mismo una cirugía de nuestros mitos culturales, que una reflexión sobre la condición humana. En este sentido, el libro es mucho más que una mera sucesión de sketches y constituye una mirada agria sobre el estado de la cultura, sobre lo relativo de nuestros valores y lo ridículo de nuestras tentativas, sobre la pobreza de nuestra percepción estética y la artificialidad de nuestros vínculos sentimentales.

Aunque, a primera vista, todos los relatos parecen ejercicios magníficos de humor negro, en esas vidas yermas que vegetan tragicómicamente en un mundo de convivencias fantasmales, podemos encontrar una de las experiencias más plausibles y cercanas a nuestra cotidianeidad, un perplejo costumbrismo. Así, si en “El malestar en la cultura” el autor mezcla su muy jocosa imaginería sentimental con retazos, saldos de la cultura popular y de la midcult para lograr un fabuloso efecto de perspectiva y presentar una visión poco esperanzada de los excesos, las falsas intensidades y prosopopeyas de nuestras costumbres sentimentales; en “No sucede otra cosa que la rosa” desarrolla ya una metáfora desgarradora de la misantropía, a través de la figura imperturbable, narcotizada de un burócrata, figura, por otra parte, emblemática de una socialidad autófaga en la que cualquier suceso resulta lejano e impenetrable.

Queda claro pues, en todas las exploraciones y periplos del bisturí burlesco de Abelardo Gómez, en sus entremeses metafísicos, que el humor no se reduce a pastelazos y que precisa de un trabajo complejo de invención narrativa, imaginación lingüística e inteligencia. Gracias a estas virtudes encontramos en Mala mujer…, no un libro de chistes, sino un instrumento de punción cuasi socrático, una mayéutica intelectual y moral para interrogar el estado de cosas del mundo, para explorar sus posibilidades y sus soteriologías más insospechadas (la felicidad de la necrofilia, el íntimo decoro del suicidio o la ataraxia). Por ello, al final de cuentas, las narraciones de Abelardo Gómez son parábolas piadosas que nos reconstituyen, a través de la recreación de proyectos, situaciones de vida y personajes a los que, merced al humor, es posible mirar dos veces, reconocerlos y reconocernos, en su dignidad y en su desprotección.

Ciudad de México

Septiembre de 1993.

*Armando González Torres (México D. F. 1964) internacionalista por profesión, es poeta, ensayista y agudo crítico cultural y literario dotado de amplio espectro temático. Es autor de autor de La sed de los cadáveres, Eso que ilumina el mundo, Las guerras culturales de Octavio Paz, ¡Que se mueran los intelectuales! entre una decena de libros. Colaborador de décadas en múltiples suplementos y revistas con una prosa brillante, decantada, y con frecuencia muy cáustica.

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